El
padre Pedro tenía un enemigo, un enemigo muy poderoso, a saber: el astrólogo
que vivía, allá en el fondo del valle, en una vieja torre derruida, y que
pasaba las noches estudiado las estrellas. Todos sabían que ese hombre era
capaz de anunciar por adelantado guerras y hambres, cosa que, después de todo,
no era muy difícil, porque por lo general había siempre una guerra o reinaba el
hambre en alguna parte. Pero sabía también leer por medio de las estrellas, y
en un grueso libraco que tenía la vida de cada persona, y descubría los objetos
de valor perdidos; todo el mundo en la aldea, con excepción del padre Pedro,
sentía por aquel hombre un gran temor. Incluso el padre Adolfo, el mismo que
había desafiado al demonio, experimentaba un sano respeto por el astrólogo
cuando cruzaba por nuestra aldea luciendo su sombrero alto y puntiagudo y su
túnica larga y flotante adornada de estrellas, con su libraco a cuestas y con
un callado, del que se sabía que estaba dotado de un poder mágico.
Mark Twain
El forastero misterioso, página 4
Nos
animaba a que no sintiésemos temor de ciertas cosas sobrenaturales como son los
fantasmas, asegurándonos que no hacían daño a nadie, limitándose a vagar de una
parte a otra porque se encontraban solos y afligidos y sentían necesidad de que
los mirasen con cariño y compasión; andando el tiempo aprendimos a no sentir
temor, y llegamos incluso a bajar con él, durante la noche, a la cámara
embrujada que había en las mazamorras del castillo. El fantasma se nos apareció
sólo una vez, cruzó por delante de nosotros en forma muy mortecina para la
vista, y flotó sin hacer ruido por los aires; luego desapareció; Félix nos
tenía tan bien adiestrados que casi ni temblamos. Nos dijo que en ocasiones se
le acercaba el fantasma durante la noche, y le despertaba pasándole su mano
fría y viscosa por la cara, pero no le causaba daño alguno; lo único que
buscaba es simpatía, y que supiesen que estaba allí.
Mark Twain
El forastero misterioso, página 7
Pero
lo más extraño de todo resultaba que Félix había visto ángeles —ángeles
auténticos bajados del cielo— y que había conversado con ellos. Esos ángeles no
tenían alas, iban vestidos y hablaban, miraban y accionaban exactamente igual
que una persona corriente, y no los habría tomado usted por ángeles, a no ser
por las cosas asombrosas que ellos hacían y que un ser mortal no hubiera podido
hacer, y por el modo súbito que tenían de desaparecer mientras se estaba
hablando con ellos, lo que tampoco sería capaz de hacer ningún ser mortal; nos
aseguró que eran agradables y alegres, y no tétricos y melancólicos, como los
fantasmas.
Mark Twain
El forastero misterioso, página 8
Por
último, yo me animé a pedirle que dijese quien era. —Un ángel —dijo con toda
sencillez, soltó otro pájaro, y palmoteó para que huyese de allí volando.
Mark Twain
El forastero misterioso, página 11
… nos
dijo que el único nombre de verdad que él tenía era el de Satanás, pero que
deseaba ser conocido únicamente de nosotros por el mismo; había elegido otro
nombre para que lo llamásemos con él cuando estaban presentes otras personas;
era un nombre vulgar, como cualquiera de los que lleva la gente: Felipe Traum.
Mark Twain
El forastero misterioso, página 19
La
verdad, que no es posible dar a comprender con palabras lo que nosotros
sentíamos. Aquello era un éxtasis, y el éxtasis es una cosa que no puede
explicarse con palabras; produce la misma sensación que la música, y nadie
puede hablar de la música de manera que consiga transmitir a otra persona la
sensación que le produce.
Mark Twain
El forastero misterioso, página 21
Yo
soy de la aristocracia de los imperecederos.
Mark Twain
El forastero misterioso, página 22
No
debes ofender a los brutos aplicándoles malamente la palabra brutalidad, porque
no se lo merecen —siguió expresándose en ese tono—. Así es vuestra raza
miserable. No hace otra cosa que mentir, jactándose siempre de virtudes de que
carece y negándoselas a los animales de tipo más elevado, que son los que, en
efecto, las poseen. Ningún bruto comete jamás una crueldad. La crueldad es
monopolio de quienes poseen el sentido moral. Cuando un bruto inflige un dolor,
lo hace de un modo inocente, no comete una mala acción; para el bruto no existe
el mal.» Y tampoco inflige dolor por el puro gusto de infligirlo. Eso lo hace
únicamente el hombre, ¡inspirado por ese ruin sentido moral suyo! La función de
este sentido consiste en distinguir entre el bien y el mal, con libertad de
elegir entre los dos para actuar. ¿Qué ventaja puede producir eso? El hombre se
pasa la vida eligiendo, y en nueve de cada diez casos opta por el mal. No
debería existir el mal, y si no fuese por el sentido moral, no existiría. Pero,
con todo eso, el hombre es una criatura tan irracional que no alcanza a darse
cuenta de que el sentido moral lo rebaja hasta el plano inferior de los seres
animados y constituye una facultad vergonzosa. ¿Te sientes ya mejor? Pues
entonces voy a mostrarte algo.
Mark Twain
El forastero misterioso, página 44
Un
instante después nos encontrábamos en una aldea de Francia. Cruzamos por una
gran fábrica de no sé qué, en la que había hombres, mujeres y niños que
trabajaban en medio del calor, de la suciedad y de una nube de polvo, y
estaban, además, vestidos de harapos y cargados de espaldas sobre su trabajo,
porque estaban agotados y hambrientos, débiles y entontecidos. Satanás dijo:
—Aquí tienes un ejemplo del sentido moral. Los propietarios son ricos y muy
religiosos; pero el jornal que pagan a estos pobres hermanos y hermanas suyos
alcanza únicamente para impedir que se caigan muertos de hambre. Las horas
diarias de trabajo son catorce, invierno y verano, desde las seis de la mañana
hasta las ocho de la noche. Los niños pequeños, lo mismo que los demás. Y
tienen además que ir y venir desde las pocilgas en que viven (cuatro millas de
ida y cuatro de vuelta), un año sí y otro también, por entre el barro y el
fango, la nieve, la cellisca, la tormenta, diariamente. Disponen de cuatro
horas para dormir. Viven juntos, como una jauría de perros, tres familias en
cada habitación, en medio de una suciedad y un hedor inimaginables; llega una
epidemia y mueren como moscas. ¿Han cometido algún crimen estos seres sarnosos?
No. ¿Qué han hecho para verse castigados de ese modo? Nada en absoluto, salvo
el haber nacido como individuos de vuestra estúpida raza. Has visto cómo tratan
allí, en la cárcel, a un delincuente, y aquí ves como tratan a los inocentes y
a los honrados. ¿Hay lógica en esa raza tuya? ¿Salen mejor librados estos
inocentes malolientes que aquel hereje? Desde luego que no; el castigo del
hereje es una futesa comparado con el de los inocentes. Después que nosotros
nos marchamos de la cárcel, lo descoyuntaron en el potro y lo trituraron hasta
dejarlo reducido a pedazos y a pulpa; ha muerto ya, liberándose así de vuestra
inapreciable raza; pero estos pobres esclavos de aquí llevan años muriéndose, y
a algunos de ellos les quedan todavía años durante los cuales no podrán huir de
sus vidas. El sentido moral es el que enseña a los propietarios de la fábrica
cuál es la diferencia entre el bien y el mal, y a la vista tienes el resultado.
Se creen mejores que los perros. ¡Qué raza más falta de lógica y de razón la
vuestra! ¡Qué raza más ruin, sí, qué indeciblemente ruin!
Mark Twain
El forastero misterioso, página 45
Daba
verdadera pena pensar que en un mundo donde son tantas las personas que no
saben cómo matar su tiempo, no se dispusiese de una horita en favor de aquel
pobre individuo que tanto la necesitaba, y para el que esa hora equivalía a la
diferencia que existe entre la felicidad eterna y el dolor eterno. Eso daba una
idea abrumadora del valor de una hora; me pareció que ya no podría yo perder
una sola en mi vida sin sentir remordimiento y terror.
Mark Twain
El forastero misterioso, página 49
—¡Válgame
Dios, querida, y qué hermoso es! ¿Cómo se llama? —Felipe Traum. —¡Qué bien le
sienta ese apellido! —Téngase en cuenta que Traum quiere decir, en alemán,
ensueño—.
Mark Twain
El forastero misterioso, página 60
Todos
los hombres sois una máquina de sufrimiento y una máquina de felicidad
combinadas. Ambas actividades funcionan juntas armónicamente, con precisión
fija y delicada, y sobre el principio de toma y daca. Si un departamento de
esos dos produce una felicidad, el otro departamento está preparado para
transformarla mediante un dolor y una aflicción, quizá mediante una docena. En
muchísimos casos las vidas de los hombres están divididas casi de una manera
igual entre la felicidad y la infelicidad.
Mark Twain
El forastero misterioso, página 69
—Aunque,
mirado superficialmente, no se vea, yo he trabajado en favor de los aldeanos.
Vuestra raza no distingue nunca la buena de la mala fortuna. Equivoca siempre
la una con la otra. Y eso ocurre porque no penetra en el porvenir.
Mark Twain
El forastero misterioso, página 72
Vuestra
raza no distingue nunca la buena de la mala fortuna. Equivoca siempre la una
con la otra. Y eso ocurre porque no penetra en el porvenir. Esto que yo he
estado haciendo por los aldeanos producirá buenos frutos algún día; en ciertos
casos, para que los gocen ellos mismos; en otros, para generaciones de hombres
que no han nacido todavía. Nadie sabrá jamás que yo he sido la causa; pero eso,
no obstante, no será por ello menos cierto. Hay entre vosotros, los muchachos,
un juego: colocáis una hilera de ladrillos en pie, a unas pulgadas de distancia
los unos de los otros; luego empujáis un ladrillo; éste golpea al siguiente, el
siguiente golpea al otro, y así hasta que toda la hilera se ha venido al suelo.
»Eso es la vida humana. El primer acto de un niño recién nacido golpea en el
ladrillo inicial, y los restantes siguen cayendo de modo inexorable. Quiero
decir que nada podrá cambiarlo, porque cada acción engendra infaliblemente otra
acción; ésta, a su vez, engendra a otra, y así sucesivamente hasta el final, y
quien contempla el espectáculo es capaz de mirar por la línea adelante y de ver
el momento en que cada acto va a nacer, desde la cuna hasta el sepulcro. —¿Es
Dios quien ordena esa carrera? —¿Ordenar previamente la sucesión de actos? No.
Quienes los ordenan son las circunstancias y el medio en que un hombre se
encuentra. Su primer acto determina el segundo y todos los que vienen después.
Pero supongamos, para poder argumentar, que el hombre fuera capaz de escamotear
uno de estos actos, un acto aparentemente fútil, por ejemplo; supongamos que
estaba dispuesto que en cierto día, y a una hora, minuto, segundo y fracción de
segundo determinados debería ir al pozo y no fuese. En el acto mismo la carrera
de ese hombre cambiaría por completo de allí en adelante; desde allí hasta la tumba
se diferenciaría totalmente de la carrera que su primer acto de niño había
dispuesto para él. Pudiera incluso ocurrir que si él hubiese ido al pozo,
terminase la carrera de su vida en un trono, y que omitiendo ese acto, su
carrera, desde allí en adelante, condujese a la mendicidad y a una tumba de
caridad. »Por ejemplo, si un momento dado (pongamos en su niñez), Colón hubiese
escamoteado el más insignificante eslaboncito de cadena de actos proyectados y
hechos inevitables por su primer acto de recién nacido, habría con ello
cambiado toda su vida subsiguiente y habría llegado a ser un sacerdote muerto
oscuramente en una aldea de Italia, y quizá América no habría sido descubierta
hasta dos siglos después. Yo lo sé. El escamotear uno de los billones de actos
de la cadena de Colón habría cambiado por completo su vida. Yo he examinado el
billón de posibles vidas de Colón y sólo en una de ellas se presenta el
descubrimiento de América. Vosotros los hombres no sospecháis que todos
vuestros actos son de un mismo calibre e importancia, y, sin embargo, es así;
el tirar un manotón a una mosca es un acto tan preñado de destino para una
persona como cualquiera de los demás actos previstos. —¿Tan importante, por
ejemplo, como el conquistar un continente? —Sí. Pues bien: nadie entre los
hombres escamotea un eslabón; eso es una cosa que no ha ocurrido jamás. Incluso
cuando él está intentando tomar una decisión sobre si hará o no hará una cosa,
ese pensar suyo es en sí mismo un eslabón, un acto que tiene su lugar propio dentro
de la cadena, y cuando él se decide, finalmente por una cosa, esa cosa es la
que había de hacer con absoluta seguridad. Ya ves, pues, que un hombre no
escamotea jamás un eslabón de su cadena. No puede hacerlo. Si se decidiese a
intentarlo, ese proyecto constituiría en sí mismo un eslabón inevitable, un
pensamiento que tenía que ocurrírsele en ese instante preciso, un pensamiento
hecho inevitable por el acto primero de su niñez. ¡Qué triste parecía todo
aquello! Yo dije muy pesaroso: —Entonces es un preso para toda su vida y no
puede liberarse. —No; por sí mismo no puede liberarse de las consecuencias del
primer acto de su niñez. Pero yo sí puedo liberarlo.
Mark Twain
El forastero misterioso, página 72
En
todo momento vimos guerras, más guerras, y siempre guerras, por Europa, por
todo el mundo. «Unas veces en el interés particular de las familias reales
—dijo Satanás— y otras para aplastar a alguna nación débil; jamás ningún
agresor inició una guerra con móviles limpios; no existe una guerra de esa
clase en la historia de la raza humana».
Mark Twain
El forastero misterioso, página 97
Las
monarquías, las aristocracias y las religiones se hallan todas basadas en ese
enorme defecto de vuestra raza, a saber: la desconfianza que cada cual siente
de su convecino, y su deseo, por propia seguridad o comodidad, de hacer buen
papel ante los ojos de ese convecino. Esas instituciones permanecerán siempre,
florecerán siempre, os oprimirán siempre, serán siempre para vosotros un
bochorno y una degradación, porque siempre seréis y seguiréis siendo esclavos
de las minorías. Jamás hubo un país en el que la mayoría de las gentes hayan
sido en lo profundo de sus corazones leales a ninguna de estas instituciones.
Mark Twain
El forastero misterioso, página 105
—Jamás
hubo una guerra justa, jamás hubo una guerra honrosa, por la parte de su
instigador. Yo miro en lontananza un millón de años más allá, y esta norma no
se alterará ni siquiera en media docena de casos. El puñadito de vociferadores
(como siempre) pedirá a gritos la guerra. Al principio (con cautela y
precaución) el púlpito pondrá dificultades; la gran masa, enorme y torpona, de
la nación se restregará los ojos adormilados y se esforzará por descubrir por
qué tiene que haber guerra, y dirá, con ansiedad e indignación: «Es una cosa
injusta y deshonrosa, y no hay necesidad de que la haya». Pero el puñado
vociferará con mayor fuerza todavía. En el bando contrario, unos pocos hombres
bienintencionados argüirán y razonarán contra la guerra valiéndose del discurso
y de la pluma, y al principio habrá quien los escuche y quien los aplauda; pero
eso no durará mucho; los otros ahogarán su voz con sus vociferaciones y el auditorio
enemigo de la guerra se irá raleando y perdiendo popularidad. Antes que pase
mucho tiempo verás este hecho curioso: los oradores serán echados de las
tribunas a pedradas, y la libertad de palabra se verá ahogada por unas hordas
de hombres furiosos que allá en sus corazones seguirán siendo de la misma
opinión que los oradores apedreados (igual que al principio), pero que no se
atreven a decirlo. Y, de pronto la nación entera (los púlpitos y todo) recoge
el grito de guerra y vocifera hasta enronquecer y lanza a las turbas contra
cualquier hombre honrado que se atreva a abrir su boca; y, finalmente, esa
clase de bocas acaba por cerrarse. Acto continuo, los estadistas inventarán
mentiras de baja estofa, arrojando la culpa sobre la nación que es agredida y
todo el mundo acogerá con alegría esas falsedades para tranquilizar la
conciencia, las estudiará con mucho empeño y se negará a examinar cualquier
refutación que se haga de las mismas; de esa manera se irán convenciendo poco a
poco de que la guerra es justa y darán gracias a Dios por poder dormir más
descansados después de ese proceso de grotesco engaño de sí mismos.
Mark Twain
El forastero misterioso, página 106
Satanás
solía decir que nuestra raza estaba acostumbrada a llevar una vida de constante
e ininterrumpido engaño de sí misma.
Mark Twain
El forastero misterioso, página 116
—La
vida es sólo una visión, un sueño.
Mark Twain
El forastero misterioso, página 123
—La
vida es sólo una visión, un sueño. Fue una descarga eléctrica. ¡Vive Dios, que
ese mismo pensamiento lo había yo tenido mil veces durante mis meditaciones a
solas! —Nada existe; todo es un sueño. Dios, el hombre, el mundo, el sol, la
luna, la inmensidad estelar, un sueño, todo un sueño; no tienen realidad. ¡Nada
existe, fuera del espacio vacío… y tú! —¡Yo! —Y tú no eres tú; no tienes
cuerpo, ni sangre, ni huesos; no eres sino un pensamiento. Yo mismo no tengo
realidad; no soy sino un sueño, tu sueño, una criatura de tu imaginación;
bastará un instante para que te des cuenta de ello, y entonces me borrarás de
tus visiones y yo me disolveré en la nada de la que me formaste. Estoy ya
dejando de existir, estoy descaeciendo, estoy muriendo. De aquí a unos
instantes te encontrarás solitario en el espacio sin límites, para que vayas y
vengas por su soledad inacabable sin ningún amigo ni camarada, porque serás por
siempre un pensamiento, el único pensamiento existente, inextinguible e indestructible
por tu misma naturaleza. Pero yo, tu pobre servidor, te he revelado a ti mismo
y te he dado la libertad. ¡Sueña otros sueños, y que sean mejores! ¡Qué cosa
más extraordinaria el que no lo hayas sospechado años ha, siglos, edades,
series de edades! ¡Porque tú has existido, sin compañía de nadie, por todas las
eternidades! ¡Cosa verdaderamente extraña el que tú no hayas sospechado que tu
universo y su contenido eran únicamente sueños, visiones, ficciones! ¡Cosa
verdaderamente extraña! Porque, como todos los sueños, ésos eran franca e
histéricamente disparatados; por ejemplo, el de un Dios que pudiendo crear con
la misma facilidad hijos buenos que malos, prefiriese crearlos malos; que
pudiendo hacerlos a todos felices, no haya hecho ni a uno solo completamente
feliz; que les haya hecho apreciar en mucho su áspera vida, y que, sin embargo,
se la haya cortado de pronto de manera tan mezquina; que otorgó a sus ángeles
una felicidad eterna sin que la ganasen, exigiendo, en cambio, a los demás
hijos suyos, que hiciesen méritos para conseguirla; que otorgó a sus ángeles
unas vidas libres de todo dolor, al mismo tiempo que echaba sobre sus demás
hijos la maldición de angustias vivísimas y de enfermedades de cuerpo y de
alma; que habla de justicia e inventó el infierno, que habla de misericordia e
inventó el infierno, que pronuncia las normas básicas de conducta y de perdón
multiplicadas por siete veces siete e inventó el infierno; que impone a los
demás normas morales y no guarda ninguna; que frunce el ceño ante los crímenes,
y que los comete todos; que creó el hombre sin que nadie se lo pidiese, y trata
luego de descargar sobre ese hombre la responsabilidad de sus actos, en lugar
de cargarla, como es lo honrado, sobre sí mismo; y, por último, con una torpeza
completamente divina, ¡invita a ese pobre y maltratado esclavo a que le rinda
adoración! Ahora comprendes ya que todas esas cosas son imposibles como no sea
en un ensueño. Ahora comprendes que son puros y pueriles despropósitos,
creaciones estúpidas de una imaginación que no tiene conciencia de sus
monstruosidades. En una palabra: que son sueños, y tú quien los crea. Llevan
todas las señales de los sueños, y deberías haberlo advertido antes. Esto que
te he revelado es cierto; no existe Dios, ni el universo, ni la raza humana, ni
la vida terrenal, ni el cielo, ni el infierno. Todo es un sueño, un sueño
grotesco y disparatado. Nada existe sino tú. Y tú no eres sino un pensamiento,
un pensamiento nómada, inútil, sin hogar propio, que vagabundea desamparado por
el vacío de las eternidades. Satanás desapareció, dejándome anonadado; porque
yo sabía, tenía la certeza, de que todo cuanto me había dicho era verdad.
Mark Twain
El forastero misterioso, página 123