Anne Lacaton

“La buena arquitectura es abierta, abierta a la vida, abierta para mejorar la libertad de cualquier persona, donde cualquier puede hacer lo que necesita hacer.”
 
Anne Lacaton

Pedro Torrijos

 Bombas contra la leucemia

mediados de diciembre de 1943, el teniente coronel Stewart Francis Alexander llegó al hospital de San Paolo de Bari procedente de la base que la Armada de los Estados Unidos había instalado en Argel. En el hospital se encontró con un panorama dantesco. Decenas de hombres se amontonaban en las camas llenos de quemaduras, con dificultades respiratorias y medio ciegos. Al preguntar dónde estaban los heridos cuando fueron rescatados, las enfermeras le dieron una respuesta imposible: no estaban en ninguno de los barcos hundidos por las bombas. Esos hombres quemados y ciegos eran quienes habían rescatado a los heridos.

El Alto Mando había enviado a Alexander a la ciudad italiana para investigar las extrañas secuelas que estaban apareciendo tras el bombardeo que la Luftwaffe llevó a cabo sobre el puerto de Bari el 2 de diciembre, un par de semanas antes. El ataque aéreo había hundido veintinueve buques aliados, causando más de trescientos muertos y casi mil heridos, pero eso solo fue el principio. Al cabo de dos días, a los hospitales de Bari comenzaron a llegar decenas y decenas de personas afectadas por una sintomatología similar: quemaduras en la piel, tos, problemas para respirar y pérdida paulatina de la vista. También recordaban que el mar «olía como a ajo». Además de unos cuantos civiles, los más afectados eran los hombres que habían trabajado en el rescate de los heridos del bombardeo; gente que no había estado ni siquiera cerca de las explosiones, pero cuyo estado de salud empeoraba con rapidez. En vista de las noticias que recibían, el mando estadounidense decidió que a quien enviaría sería al teniente coronel Alexander, por dos razones; porque era médico y, sobre todo, porque era uno de sus mejores expertos en guerra química. Y también porque en el Alto Mando sabían perfectamente lo que estaba pasando en Bari.

Tras realizar una serie de pruebas a más de seiscientos afectados, Alexander concluyó que todos habían estado expuestos a gas mostaza. El teniente coronel se llevó las manos a la cabeza, agitado. El asunto era gravísimo. El gas mostaza llevaba prohibido desde el Protocolo de Ginebra de 1925 y su uso era un crimen de guerra, pero es que, además, sus averiguaciones le conducían por terrenos todavía más truculentos, así que enseguida pidió audiencia con los mandos, que se desplazaron hasta el cuartel aliado en Bari:

—¿Nos está diciendo que los nazis nos han bombardeado con gas mostaza? —le preguntaron.

—No —respondió Alexander—. En este plano del puerto he marcado los puntos donde se encontraron a las víctimas, y el epicentro desde donde se esparció el gas es el carguero de clase Liberty SS John Harvey, y ese barco es nuestro.

El general levantó la cabeza hacia el techo con la mirada perdida, como si quisiera atravesarlo y poner sus ojos en lo alto del cielo. Después, apartó a Alexander a una sala contigua y, en privado, le dijo en voz baja:

—Nada de lo que me ha dicho saldrá nunca de aquí. No contará a nadie lo que ha descubierto, bajo riesgo de que se le someta a un consejo de guerra por alta traición. ¿Me ha comprendido con claridad?

Alexander asintió y se marchó del cuartel. Pasó todo el camino desde allí hasta el despacho que le habían habilitado en el hospital de San Paolo musitando la gravedad y la trascendencia de su descubrimiento. Tras una noche de trabajo febril, el médico militar concluyó que el interior del SS John Harvey contenía los preparativos de un crimen de guerra. Una atrocidad que los Aliados parecían dispuestos a cometer y que los nazis habían evitado por casualidad.

La Segunda Guerra Mundial fue el primer conflicto armado a gran escala en el que se prohibieron ciertos avances tecnológicos en la maquinaria de guerra. Las inhumanidades cometidas entre 1914 y 1918 aún permanecían recientes en la memoria y, por eso, las armas químicas eran territorio prohibido tanto para las fuerzas del Eje como para los Aliados. Sin embargo, de igual manera que los nazis habían desarrollado el Zyklon-B, que usaban en las cámaras de exterminio, además de varios incumplimientos de los tabúes de guerra cometidos en la Operación Barbarossa, los Aliados también habían mantenido en secreto la producción de armas prohibidas que emplearían, según ellos, solo en caso de represalia. Creían firmemente que Alemania estaba fabricando armas químicas para utilizarlas en el frente, así que quisieron adelantarse. Mandaron al buque SS John Harvey con un cargamento secreto de dos mil bombas M47A con treinta kilos de gas mostaza en cada una. En total, sesenta mil kilos del agente químico.

La operación fue tan confidencial que solo el Alto Mando y algunos de los tripulantes del John Harvey sabían de las toneladas de material asesino que descansaban en su bodega. Nadie de ninguna de las otras docenas de naves aliadas que permanecían atracadas en el puerto de Bari era consciente de lo que se escondía en las tripas del carguero.

Cumpliendo honor a la promesa que había hecho —y a la amenaza que había recibido—, Stewart Alexander no reveló su descubrimiento a nadie, pero ordenó a los médicos de Bari que tratasen a los extraños heridos como si hubiesen estado expuestos a gas mostaza. Y eso les salvó la vida. De los seiscientos veintiocho heridos por el agente químico, solo murieron ochenta y nueve; una cifra dramáticamente baja, pues el índice de letalidad del gas superaba el 60 %. Sin embargo, lo que aún no sabía Alexander es que iba a salvar muchas más vidas. Millones de vidas más gracias al gas mostaza.

Al tomar muestras de tejidos de los heridos de Bari y analizarlas en el laboratorio, se dio cuenta de algo que cambiaría la historia de la medicina: el daño producido por el gas mostaza se debía a que el agente impedía la formación de leucocitos. Paraba su multiplicación. Y teniendo en cuenta que los leucocitos se multiplican muy rápidamente, ese hallazgo significaba que había una manera de parar la multiplicación celular. Es decir, había una manera de parar el cáncer.

En realidad, desde 1935, tanto en la Universidad de Yale como en la de Chicago ya habían comprobado que el gas mostaza servía para ralentizar el cáncer en ratones, pero claro, no podían experimentar en humanos con un arma química. Fue diez años después, justo tras la guerra, cuando les llegaron los datos del teniente coronel Alexander y de las víctimas de Bari. Alguien había comprobado que lo que se aplicaba en ratones también se aplicaba en humanos. Era la Piedra Rosetta.

Así, gracias a los estudios combinados de Yale y de la Universidad de Chicago, y al truculento hallazgo de Stewart Alexander, en 1946 se desarrolló el primer tratamiento de quimioterapia contra la leucemia. Lo llamaron Mustina. Sí, por el gas mostaza.

Los documentos que guardaban el secreto de la carga del John Harvey no se desclasificaron hasta 1959, aunque el revuelo no se montó hasta que, en 1967, el veterano de guerra Glenn B. Infield publicó el libro Disaster at Bari, donde lo contaba todo. En ese momento, las autoridades americanas y británicas afirmaron que solo iban a usar el gas mostaza como represalia en caso de que los nazis utilizasen armas químicas, algo que, lógicamente, nunca se pudo comprobar.

Es difícil saber si ese desastre en Bari evitó un crimen de guerra aliado, aunque no es totalmente descartable. Lo que sí es seguro es que cientos de personas no dieron totalmente su vida en vano, aunque ellos no lo supiesen.

Pedro Torrijos
La pirámide del fin del mundo y otros territorios improbables, página 29



En 2009, a las afueras de Weesp, junto a Ámsterdam, se terminó de construir un peculiar «pueblecito» compuesto por sesenta y cuatro viviendas en edificios de ladrillo de dos plantas, además de una cafetería, un bingo, un supermercado y varias plazas públicas. Se llama De Hogeweyk. No parece un lugar muy especial, y si se presta atención a su arquitectura, pues es una arquitectura correcta, bien estructurada y bien planteada, pero tampoco es nada del otro mundo. En cambio, al fijarnos en las áreas abiertas, en las calles y las plazas, nos damos cuenta de que este pueblecito está completamente cerrado al mundo exterior, y no se concibe desde el interior de los edificios sino hacia las áreas públicas. Esencialmente es un decorado al aire libre que solo cobra sentido si lo entendemos como un simulacro del mundo real. De ese mundo en el que nadamos. Con sus bancos para sentarse, su parque para tomar el sol y sus calles para pasear o ir en bici. Porque lo genuinamente importante es que las ciento cincuenta personas que viven allí crean que aún viven en el mundo de fuera. En el mundo real. Que experimenten el mundo de dentro, que naden en él. Porque las ciento cincuenta personas que viven en De Hogeweyk son ancianos con Alzheimer y otros trastornos neurocognitivos. En De Hogeweyk viven ciento cincuenta personas y trabajan otras doscientas cincuenta enfermeras y enfermeros, pero lo hacen no solo cuidando a los ancianos, también simulan que son vendedores, que son cajeros, que son empleados del bingo o el supermercado. O que son el tipo que les pone una cerveza en el bar cada día y cada día les pregunta qué cerveza quieren, aunque cada día pidan la misma cerveza y al día siguiente y al día siguiente y al día siguiente. Siempre les va a preguntar qué cerveza quiere, aunque ellos no recuerden que se lo ha preguntado cada día. Es cierto que De Hogewyk no deja de ser una residencia para enfermos que han perdido el contacto con la realidad, pero no parece un hospital. No los agrupan en una sala de televisión, no los llevan de un lado para otro en comedores comunes, no los pastorean por el patio. Quizá no recuerdan, pero conservan un fragmento de autonomía. Toman helados, montan en bicicleta, juegan al ajedrez y compran en el supermercado, aunque paguen con una moneda de mentira. Quizá no recuerdan, pero ese mundo falso que se despliega a su alrededor es mejor realidad que la realidad. Como es lógico por la cantidad de recursos que se invierten, vivir en De Hogeweyk no es precisamente barato pero, con todo, la experiencia ha sido tal éxito que se está replicando en varias partes del mundo occidental. Algunas son más modestas, como The Lantern at Changrin Valley, en Ohio, que por fuera es un edificio convencional, pero cuyo interior simula una calle y cuyas puertas a las habitaciones imitan los porches que sirven de entrada a cualquier vivienda unifamiliar. Incluso el techo de ese interior está pintado de azul como el cielo falso del Venetian de Las Vegas. Harmonia Village, en Inglaterra, es un complejo más natural. Aprovechando un antiguo pueblo semiabandonado, han rehabilitado las viviendas para adecuarlas a su nuevo uso y solo han construido un nuevo edificio, que sirve como elemento de agrupación y convivencia social. Quizá el caso más sofisticado sea el de The Village Langley, junto a la ciudad canadiense de Vancouver, donde han levantado un pueblo entero, de los cimientos de las casas hasta la última teja de sus cubiertas. Y, aunque es una arquitectura construida en la década de 2010, y los interiores son decididamente contemporáneos, las fachadas de las viviendas rememoran a una cierta arquitectura vernácula de casitas de madera con cubierta inclinada. Probablemente esta decisión es la mejor, porque rememorar significa «volver a la memoria», y la memoria de esas personas, que apenas es un resto escondido en su mente, seguramente prefiera unas casas que les recuerden a las casas en las que vivían. Hay quien ha cuestionado las implicaciones éticas de este tipo de iniciativas. Que se pregunta si es moralmente justo «engañar» a estas personas, hacerlas creer que viven en un lugar real, cuando no lo es. Pero ¿qué es real? Nuestra casa, nuestra calle, nuestro coche y hasta nuestra pareja es real porque forman parte de nuestra vida. Y nuestra vida es real porque, sencillamente, creemos en ella. Yo no sé si es ético o es inmoral que alguien con Alzheimer severo crea que vive un lugar falso, pero desde luego, si estuviera en su lugar, yo preferiría tomar mi cerveza rodeado de una mentira feliz a estar perdido en un rincón olvidado de mi propia memoria.

Pedro Torrijos
Villa Demencia
De Hogeweyk. Ámsterdam, Países Bajos
52° 18’ 28.98’’ N, 5° 2’ 26.24’’ E
La pirámide del fin del mundo y otros territorios improbables, página 81











Charlotte Perriand

“La extension del arte de la vivienda es el arte de vivir, vivir en armonía con los impulsos más profundos del hombre y con su ambiente adoptado o prefabricado.”
 
Charlotte Perriand

Carmen Pinós

“La arquitectura construye paisaje o construye ciudad: no es una escultura.”
 
Carmen Pinós

Gae Aulenti

“Pienso en la arquitectura como una posibilidad técnica de filtrar la luz, de atenuarla.”
 
Gae Aulenti

Mark Z. Danielewski

"En la madurez uno descubre que todo tiene que ver con la aceptación de "no saber"."

Mark Z. Danielewski
 
 
 
"La pasión tiene muy poco que ver con la exuberancia y mucho que ver con la paciencia. De hecho, ambas palabras provienen de la misma raíz latina."

Mark Z. Danielewski
La casa de hojas
Tomada del libro La pirámide del fin del mundo y otros territorios improbables de Pedro Torrijos

Hernán Díaz

"Sé que los días que tengo por delante son menos que los que he dejado atrás. No se puede escapar a este hecho tan básico de la contabilidad. A cada uno de nosotros se nos asigna una cierta cantidad de tiempo. Cuánto, solo Dios lo sabe. No podemos invertir en ello. No podemos esperar un retorno de ningún tipo. Lo único que podemos hacer es gastarlo, segundo a segundo, década a década, hasta que se acabe. Aun así, incluso si nuestros días en esta Tierra son limitados, siempre podemos, a través del trabajo y la industria, intentar extender nuestra influencia en el futuro."

Hernán Díaz
Fortuna
 Tomada del libro La pirámide del fin del mundo y otros territorios improbables de Pedro Torrijos

Javier Lajo

“No podemos pensar que estas ciudades se construyeron sobre una línea recta y a 45º del eje N-S, por azar; y si postulamos que esta ruta fue construida –para los creyentes- por algún Dios, o por extraterrestres –para otro tipo de creyentes-, aun así, habría que indagar que nos quisieron decir o indicar esos señores con tal magistral alineamiento. Pero como debemos apostar por lo nuestro, y creer en la grandeza de nuestros antepasados andinos, para develar nuestras hipótesis, aceptemos que fue hecho por una sabiduría y disciplina científica y tecnológica superior, aún no descubierta y estudiada, que, en estas condiciones, las “de ser un camino”, esta disciplina debería estar inmersa en sí misma, es decir. Es el seguimiento “o andar del camino”, en donde “sus pasos explicarán sus misterios”, siguiendo esa ruta podemos aprender esa sabiduría y re-conocerla.”
 
Javier Lajo

María Scholten de D’Ebneth

"En Chavín, al igual que en Tiahuanaco los diseñadores han utilizado la diagonal (cabe consignar que "diagonal" en quechua es "chekhalluwa", palabra que significa "verdad") como punto de partida de todas las medidas en cuanto a la arquitectura. Y principalmente, también en el arte lítico, de tal manera, que han comenzado su diseño con el trazo de un rectángulo con lados de 7 y 8 unidades americanas de 3,34 metros. En tal rectángulo de 7 x 3,34 =23,38 metros y de 8 x 3,34 =26,72 metros como lados, la diagonal tiene 35,50 metros de longitud (10,63 x 3,34). Esta medida de 35,50 metros es la medida clave utilizada por los arquitectos de Chavín. Una medida que que parece haber sido una suerte de código secreto solamente comprensible para los entendidos en matemáticas."
 
 María Scholten de D’Ebneth
 
 
 
 
"Línea de Viracocha: una proyección virtual de una línea diagonal que pasa por la tierra y que cruza por lugares religiosos antiguos. Esta línea forma parte de un sistema geométrico de líneas virtuales que han sido ordenados según la forma de la Chakana. Los lugares y las formaciones naturales que se pueden encontrar en esta línea virtual, contienen sitios importantes para los incas y las civilizaciones anteriores: Machu Picchu, Cuzco, Pucara y las cuatro islas del lago Titicaca, y algunos más. El centro de la figura es representado por la ruina de la ciudad antigua Tihuanacu."
 
María Scholten de D’Ebneth

Guillermo Lange Loma

“El jugo que se obtiene de una planta llamada kechuca –por ejemplo– hace gelatina a las piedras, este vegetal puede ser encontrado en el Cusco a unos 4.500 metros de altura, también otra planta denominada punco-punco puede disolver piedras.”
 
 Guillermo Lange Loma
 
 
 
 
“El objetivo de esta pequeña obra es crear el escenario natural que promueva en los ámbitos educativos, culturales y científicos, el análisis, el debate y la investigación concernientes a estas creaciones arquitectónicas (como los monumentos arqueológicos pétreos como el Templo de Kalasasaya y la pirámide de Pumapunku de Tiwanaku en Bolivia, la inmensa muralla de Sacsahuamán en Perú, la Terraza de Baalbeck del Líbano, la gran pirámide egipcia de Kheops, los bloques de Stonehenge en Inglaterra, las colosales estatuas de la isla de Pascua en el océano Pacífico y el complejo arquitectónico de NanMadol en Micronesia). y la revisión de los esquemas establecidos sobre la base de la Teoría de la Evolución.”
 
Guillermo Lange Loma
 
 
 
"El verdadero conocimiento y las técnicas inocuas que no lastiman en lo más mínimo a la Madre Naturaleza, se manifiestan al inicio de cada raza o humanidad, cuando el conocimiento superior que se expresa a través de la conciencia despierta, la naturaleza y el universo cooperan con el hombre en la creación de sus obras.·
 
 Guillermo Lange Loma
 
 
"Los procedimientos tecnológicos fueron secuenciales, los constructores de las grandes culturas ancestrales elegían un sitio, practicaban el corte aplicando la energía del rayo solar concentrado que penetraba la roca seccionándola, luego la gran mole con muchas toneladas de peso era sometida a determinados sonidos, que producían la levitación sónica, cuyos efectos provocaban que levite o flote para su traslado al lugar de su emplazamiento.

Detalles admirables como el corte escalonado y sumamente refinado –Pumapunku guarda bloques de andesita trabajados delicadamente–, así como la perfección de las esquinas o ángulos interiores que ostentan estas piedras, descartaron definitivamente el uso de los cinceles de cobre o los toscos martillos de piedra.”
 
 Guillermo Lange Loma