—No soy de aquellos cuya fe solo es terror al juicio, cuya
oración solo es prosternación. ¿Mi forma de rezar? Contemplo una rosa, cuento
las estrellas, me deslumbra la belleza de la creación, la perfección de su
orden, el hombre, la obra más bella del Creador, su cerebro sediento de
sabiduría, su corazón sediento de amor, sus sentidos, todos sus sentidos,
despiertos o satisfechos.
Amin Maalouf
Samarcanda, página
17
—¿Tendré que esperar a ser viejo para expresar lo que
pienso?
—El día en que puedas expresar todo lo que piensas, los
descendientes de tus descendientes habrán tenido tiempo de envejecer. Estamos
en la edad del secreto y del miedo, debes tener dos caras y mostrar una de
ellas a la multitud y la otra a ti mismo y a tu Creador. Si quieres conservar
tus ojos, tus oídos y tu lengua, olvida que tienes ojos, oídos y lengua.
Amin Maalouf
Samarcanda, página
17
—Muchas ciudades pretenden ser las más hospitalarias de
todas las tierras del islam, pero solo los habitantes de Samarcanda merecen
semejante título. Que yo sepa, jamás ningún viajero ha tenido que pagar para
alojarse o alimentarse, y conozco a familias enteras que se han arruinado para
honrar a los visitantes o a los necesitados. Sin embargo, nunca las oirás
enorgullecerse y vanagloriarse por ello. Como has podido observar, en esta
ciudad hay más de dos mil fuentes colocadas en cada esquina de una calle,
hechas de barro cocido, cobre o porcelana y constantemente llenas de agua
fresca para apagar la sed de los transeúntes. Todas ellas han sido regaladas
por los habitantes de Samarcanda. ¿Crees que algún hombre grabaría allí su
nombre para granjearse el agradecimiento de alguien?
Amin Maalouf
Samarcanda, página
22
—Los astrólogos lo han proclamado desde el alba de los
tiempos y no han mentido: cuatro ciudades han nacido bajo el signo de la
rebelión, Samarcanda, La Meca, Damasco y Palermo. Nunca se sometieron a sus
gobernantes si no fue por la fuerza; nunca siguen el camino recto si no está
trazado por la espada, y fue por la espada como el Profeta redujo la arrogancia
de los habitantes de La Meca. ¡Y por la espada reduciré la arrogancia de la
gente de Samarcanda!
Amin Maalouf
Samarcanda, página
24
No es una casualidad que el cadí haya distinguido la
medicina y la astrología entre las numerosas disciplinas en las que Omar
destaca; siempre han gozado del favor de los príncipes, la primera por
esforzarse en preservar su salud y su vida, la segunda por querer conservar su
fortuna.
Amin Maalouf
Samarcanda, página
30
—He concebido un proyecto para ti, un proyecto de libro.
Olvidemos un momento tus ruba’iyyat. Para mí eso solo son los
inevitables caprichos del talento. Los campos donde verdaderamente destacas son
la medicina, la astrología, las matemáticas, la física, la metafísica. ¿Estoy
en un error si digo que desde la muerte de Ibn Sina nadie los conoce mejor que
tú?
Jayyám no dice ni una palabra. Abu Taher prosigue:
—Es en esos campos del conocimiento donde espero de ti el
libro último y ese libro quiero que me lo dediques.
—No pienso que haya un libro último en esos campos y
precisamente por eso hasta el presente me he contentado con leer y aprender,
sin escribir nada yo mismo.
—¡Explícate!
—Consideremos a los antiguos, los griegos, los indios y los
musulmanes que me han precedido. Ellos han escrito profusamente sobre todas
esas disciplinas. Si repito lo que han dicho, mi trabajo es superfluo; si les
contradigo, como constantemente estoy tentado de hacer, otros vendrán después
de mí para contradecirme. ¿Qué quedará mañana de los escritos de los sabios?
Solamente las críticas hacia aquellos que les han precedido. Se recuerda lo que
destruyeron de la teoría de los otros, pero lo que desarrollan ellos mismos
será indefectiblemente destruido, ridiculizado incluso, por aquellos que vengan
después. Esta es la ley de la ciencia; la poesía no conoce semejante ley, no
niega jamás aquello que la ha precedido y lo que la sigue jamás la niega,
atraviesa los siglos con toda tranquilidad. Por eso escribo mis ruba’iyyat.
¿Sabes lo que me fascina de las ciencias? Que encuentro en ellas la suprema
poesía: con las matemáticas, el vértigo embriagador de los números; con la
astronomía, el enigmático susurro del universo. Pero ¡por favor, que no me
hablen de verdad!
Amin Maalouf
Samarcanda, página
33
Lo que queda de una ciudad es la mirada indiferente que
habrá posado sobre ella un poeta medio borracho.
Amin Maalouf
Samarcanda, página
734
—¿Cuántos amantes crees que habrá en esta ciudad que en este
instante se encuentran como nosotros?
Es Yahán la que cuchichea con picardía. Omar se ajusta con
aire docto su gorro de noche, hincha las mejillas y ahueca la voz:
—Veamos el asunto detenidamente: si excluimos a las esposas
que se aburren, a las esclavas que obedecen, a las prostitutas que se venden o
se alquilan, a las vírgenes que suspiran, ¿cuántas mujeres quedan, cuántas
amantes irán esta noche al encuentro del hombre que han elegido? Igualmente
¿cuántos hombres duermen junto a la mujer que aman, una mujer sobre todo que se
entregue a ellos por otra razón que no sea la de no poder evitarlo? Quién sabe…
quizá no haya esta noche en Samarcanda más que una amante, quizá solo haya un
amante. Dirás, ¿por qué tú?, ¿por qué yo? Porque Dios nos ha hecho amantes como
ha hecho venenosas a algunas flores.
El ríe, y ella deja correr las lágrimas.
—Entremos y cerremos la puerta, podrían oír nuestra
felicidad.
Amin Maalouf
Samarcanda, página
38
—Solo estamos en la frontera de nuestras conquistas.
Amin Maalouf
Samarcanda, página
40
—Nunca se lee todo. ¡Hay tantos conocimientos que se pueden
adquirir cada día!
Amin Maalouf
Samarcanda, página
64
Entre los secretos y aquellos que los desvelan, estoy del
lado de los secretos.
Amin Maalouf
Samarcanda, página
74
¿Hay algo más sencillo que fingir lealtad? Nunca parece tan
verdadera como en las bocas mentirosas.
Amin Maalouf
Samarcanda, página
77
Las cualidades que se necesitan para gobernar no son las
que se necesitan para acceder al poder. Para dirigir bien los asuntos hay que
olvidarse de uno mismo, no interesarse más que por los demás, sobre todo por
los más desgraciados; para llegar al poder hay que ser el más ambicioso de los
hombres, no pensar más que en uno mismo, estar dispuesto a aplastar a los
amigos más íntimos, ¡y yo no aplastaré a nadie!
Amin Maalouf
Samarcanda, página
81
El mundo asistirá pronto a unos acontecimientos cuyo
sentido poca gente comprenderá. Tú comprenderás, sabrás lo que está pasando,
sabrás quién sacude esta tierra y cómo va a terminar esa vorágine.
Amin Maalouf
Samarcanda, página
91
Para mí, toda causa que mate deja de seducirme. A mis
ojos se afea, se degrada y se envilece, por muy hermosa que haya podido ser.
Ninguna causa es justa cuando se alía con la muerte.
Amin Maalouf
Samarcanda, página
107
En los años y décadas venideros, los innumerables mensajeros
de Alamut conocerían la misma muerte, con la diferencia de que ya no tratarían
de huir. «No basta con matar a nuestros enemigos», les enseña Hassan. «No somos
asesinos, sino ejecutores; tenemos que actuar en público, para ejemplo de
todos. Nosotros matamos a un hombre, pero aterrorizamos a cien mil. Sin
embargo, no basta con ejecutar y aterrorizar, también hay que saber morir, ya
que, aunque matando desanimamos a nuestros enemigos de emprender cualquier
acción contra nosotros, muriendo de la manera más valerosa posible provocamos
la admiración de la multitud. Y de esa multitud saldrán hombres para unirse a
nosotros. Morir es más importante que matar. Matamos para defendernos, morimos
para convertir, para conquistar. Conquistar es una meta, defenderse es solo un
medio». Desde entonces los asesinatos tendrían lugar, preferentemente, los
viernes, en las mezquitas y a la hora de la oración solemne, ante el pueblo
reunido. La víctima, visir, príncipe, dignatario religioso, llega rodeada de
una imponente guardia. La multitud está impresionada, sumisa y admirada. El
enviado de Alamut está allí, en alguna parte, bajo el disfraz más inesperado.
Por ejemplo, de miembro de la guardia. En el momento en que todas las miradas
convergen, golpea. La víctima se derrumba, el verdugo no se mueve, grita una
fórmula aprendida y afecta una sonrisa de desafío esperando dejarse inmolar por
los guardias enfurecidos y luego despedazar por la muchedumbre atemorizada. El
mensaje ha llegado; el sucesor del personaje asesinado se mostrará más
conciliador con respecto a Alamut; y entre la asistencia habrá diez, veinte,
cuarenta conversiones. Se ha dicho con frecuencia, a la vista de estas irreales
escenas, que los hombres de Hassan estaban drogados. De otro modo, ¿cómo
explicar que fueran al encuentro de la muerte con la sonrisa en los labios? Se
ha intentado demostrar la tesis de que actuaban bajo el efecto del haxix. Marco
Polo popularizó esta idea en Occidente; sus enemigos en el mundo musulmán los
han llamado a veces haxixiyun, fumadores de haxix, para desprestigiarlos;
algunos orientalistas han creído ver en este término el origen de la palabra
«asesino» que se convirtió, en varias lenguas europeas, en sinónimo de
criminal. El mito de los Asesinos fue todavía más aterrador. La verdad es otra.
Según los textos que nos han llegado de Alamut, a Hassan le agradaba llamar a
sus adeptos Asasiyun, los que son fieles al Asás, al «Fundamento» de la fe, y
fue esa palabra, mal comprendida por los viajeros extranjeros, la que parecía
tener efluvios de haxix. Es cierto que Sabbah era un apasionado de las plantas,
que conocía perfectamente sus virtudes curativas, sedantes o estimulantes. Él
mismo cultivaba toda clase de hierbas, cuidaba a sus fieles cuando estaban
enfermos y sabía prescribirles pociones para enfriarles el temperamento. De
este modo, se conoce una de sus recetas destinada a activar el cerebro de sus
adeptos y a hacerles más aptos para los estudios. Es una mezcla de miel, de nueces
machacadas y de cilantro. Como se ve, una medicina de lo más dulce. A pesar de
una tenaz y sugerente tradición, hay que rendirse ante la evidencia: los
Asesinos no tenían otra droga que una fe inamovible, constantemente fortalecida
por la más rigurosa de las enseñanzas, la más eficaz de las organizaciones, el
más estricto reparto de tareas.
Amin Maalouf
Samarcanda, página
115
He tenido que matar, pero no por ello me he convertido en un
asesino.
Amin Maalouf
Samarcanda, página
130
Se cuenta que un visir, sorprendido de oír a Omar exigir una
suma de cinco mil dinares de oro, le había lanzado: —¿Sabes que a mí no me
pagan tanto? —Es lógico —respondió Jayyám.
—¿Y por qué?
—Porque sabios como yo solo hay un puñado cada siglo,
mientras que visires como tú se podrían nombrar quinientos cada año.
Los cronistas afirman que el personaje supo reírse a
carcajadas y luego satisfizo todas las exigencias de Jayyám, reconociendo
civilizadamente la exactitud de tan orgullosa ecuación.
«Ningún sultán es más feliz que yo, ningún mendigo está más
triste», escribe Omar en esa época.
Amin Maalouf
Samarcanda, página
136
—¿Qué te autoriza a tratarme de ateo? ¡Espera al menos a
haberme oído!
—No necesito oírte. ¿No es a ti a quien se atribuye este
verso?: «Si castigas con el mal el mal que he hecho, dime ¿cuál es la
diferencia entre tú y yo?». El hombre que profiere semejantes palabras ¿no es
un ateo?
Omar se encoge de hombros.
—Si no creyera que Dios existe, no me dirigiría a Él.
—¿En ese tono? —ríe el cadí sarcásticamente.
—Solo a los sultanes y a los cadíes hay que hablarles con
circunloquios. No al Creador. Dios es grande, no necesita para nada nuestros
melindres y nuestras pobres zalemas. Me ha hecho pensante y por lo tanto pienso
y le entrego sin disimulos el fruto de mi pensamiento.
Amin Maalouf
Samarcanda, página
138
«¿Han leído las cuartetas de Jayyám?», proclamando «esa
libertad absoluta de espíritu que los más audaces pensadores modernos apenas
pueden igualar», que Ernest Renan reconociera: «Jayyám es quizá el hombre que
resulta más interesante estudiar para comprender en lo que se ha podido
convertir el libre talento de Persia dentro de la opresión del dogmatismo
Amin Maalouf
Samarcanda, página
158
Hay personas que van así, errantes de obsesión en obsesión.
Amin Maalouf
Samarcanda, página
176
En las ciudades de Oriente se buscan los colores del
presente y las sombras del pasado. En Teherán yo no encontré nada de eso. ¿Qué
fue lo que vi allí? Unas avenidas demasiado anchas para unir a los ricos de los
barrios del norte con los pobres de los barrios del sur; un bazar que,
ciertamente, rebosaba de camellos, mulas y telas abigarradas, pero que no tenía
comparación con los zocos de El Cairo, de Constantinopla, de Ispahán o de
Tabriz. Y por donde se posara la mirada, innumerables construcciones grises.
Amin Maalouf
Samarcanda, página
183
Un persa, aunque posea un palacio, como era el caso del
padre de Fazel, rara vez invita a visitarlo: lo relega en favor del jardín, su
único motivo de orgullo.
Amin Maalouf
Samarcanda, página
185
Soy de los que creen que ninguna hoja cae del árbol sin
que haya estado escrito desde siempre en el Libro del Destino.
Amin Maalouf
Samarcanda, página
200
De qué sirve defenderme si ya estoy condenado.
Amin Maalouf
Samarcanda, página
202
Le conté una antigua leyenda: «Cuando los ejércitos de Darío
se enfrentaron con los de Alejandro el Grande, los consejeros del griego le
advirtieron que las tropas de los persas eran mucho más numerosas que las
suyas. Alejandro se encogió de hombros con aplomo: “Mis hombres”, dijo, “luchan
para vencer; los hombres de Darío luchan para morir”».
Amin Maalouf
Samarcanda, página
201
Se dirigió hacia un cofrecillo y sacó de él una hoja
cuidadosamente caligrafiada.
—Esta mañana he escrito mi testamento.
Me colocó el texto entre las manos y leí con emoción:
«No sufro por estar prisionero, no temo a la cercana muerte.
Mi única causa de desolación es comprobar que no he visto florecer las semillas
que sembré. La tiranía continúa aplastando a los pueblos de Oriente y el
oscurantismo sigue ahogando su grito de libertad. Quizá hubiera logrado mis
propósitos si hubiese sembrado mi semilla en la tierra fértil del pueblo en
lugar de en las áridas tierras de las cortes reales. Y tú, pueblo de Persia, en
quien puse mis mayores esperanzas, no creas que eliminando a un hombre puedes
ganar tu libertad. Es el peso de las tradiciones seculares lo que tienes que
osar sacudir».
Amin Maalouf
Samarcanda, página
202
«Persia» era un término impropio, que los persas llamaban a
su país «Irán», abreviación de un término muy antiguo, «Airania Vaeya», que
significaba «tierra de los arios».
Amin Maalouf
Samarcanda, página
206
La última vez que el nombre de Persia había sido impreso en
las páginas del Annapolis Gazette and Herald se remontaba, creo, a 1856, cuando
un transatlántico orgullo de la Cunard’s, el primer barco de ruedas que fue
dotado de un casco metálico, chocó contra un iceberg, pereciendo siete marinos
de nuestro condado. El infortunado navío se llamaba Persia. La gente del mar no
bromea con los signos del destino. Por eso juzgué necesario advertir, en la
introducción de mi artículo, que «Persia» era un término impropio, que los
persas llamaban a su país «Irán», abreviación de un término muy antiguo,
«Airania Vaeya», que significaba «tierra de los arios». Evoqué a continuación a
Omar Jayyám, el único persa del que la mayoría de mis lectores habrían oído ya
hablar, citando de él una cuarteta impregnada de un profundo escepticismo.
«Paraíso, infierno ¿habrá alguien que haya visitado esas singulares regiones?».
Acertado preámbulo antes de extenderme en algunos párrafos muy densos sobre las
numerosas religiones que, desde siempre, han prosperado en tierra persa, el
zoroastrismo, el maniqueísmo, el islam sunní y chií, la variante ismaelí de
Hasan Sabbah y, más cerca de nosotros, los babis, los xeijis, los bahais, y no
omití recordar que nuestro «paraíso» tenía por origen una antigua palabra
persa, «paradaeza», que quiere decir «jardín».
Amin Maalouf
Samarcanda, página
205
¡Desconcertante Persia, tan inmutable en sus convulsiones,
tan ella misma a través de tantas metamorfosis!
Amin Maalouf
Samarcanda, página
215
En nuestros días, los viajeros tienen demasiada prisa, prisa
por llegar, por llegar a toda costa, pero no se llega solamente al final del
camino. En cada etapa se llega a alguna parte, a cada paso se puede descubrir
una cara oculta de nuestro planeta, basta con mirar, con desear, con creer, con
amar.
Amin Maalouf
Samarcanda, página
218
De pronto se apoderó de nosotros una especie de
estremecimiento. Por más que uno se lo espere, por muy protegido que se esté
detrás de una pared, el espectáculo de una muchedumbre desatada que grita
amenazas de muerte y viene derecha hacia ti es, probablemente, la experiencia
más pavorosa que se puede tener.
Amin Maalouf
Samarcanda, página
234
Puedo execrar a este shah, pero no es contra él contra quien
lucho. Triunfar sobre un déspota no puede ser el objetivo último; lucho para
que los persas tengan conciencia de ser hombres libres, «hijos de Adán» como
decimos aquí, que tengan fe en sí mismos, en su fuerza, que encuentren un lugar
en el mundo de hoy. Es lo que he querido conseguir aquí. Esta ciudad ha
rechazado la tutela del monarca y de los jefes religiosos, ha desafiado a las
potencias, ha suscitado en todo el mundo la solidaridad y la admiración de los
hombres de buen corazón. Los habitantes de Tabriz estaban a punto de ganar,
pero no quieren dejarles ganar, tienen demasiado miedo de su ejemplo, quieren
humillarlos. Esta altiva población deberá prosternarse ante los soldados del
zar para obtener su pan. Tú, que has nacido libre en un país libre, deberías
comprender.
Amin Maalouf
Samarcanda, página
255
—Se dice que un rey de Samarcanda quiso realizar el sueño de
todo ser humano: escapar de la muerte. Convencido de que esta venía del cielo y
deseoso de actuar de manera que jamás pudiera alcanzarle, se construyó un
palacio bajo tierra, un inmenso palacio de hierro cuyos accesos cerró.
Fabulosamente rico, se había forjado, igualmente, un sol artificial que salía
por la mañana y se ponía por la tarde, para calentarle e indicarle el paso de
los días. Desgraciadamente, el dios de la muerte consiguió burlar la vigilancia
del monarca y se deslizó al interior del palacio para realizar su trabajo.
Tenía que probar a todos los humanos que ninguna criatura escapa de la muerte,
sea cual sea su poder o su riqueza, su habilidad o su arrogancia. Samarcanda se
convirtió así en el símbolo del encuentro ineluctable entre el hombre y su
destino.
Amin Maalouf
Samarcanda, página
264
Persia necesita sangre para creer.
Amin Maalouf
Samarcanda, página
284
—Hoy me pregunto si no habría sido mejor que no hubiera
puesto jamás los pies en este país.
La miré con horror.
—¡Eres tú quien dices eso!
—Sí, yo, Xirín, soy la que digo eso. Yo que aplaudí la
llegada del americano, yo que aprobé cada uno de sus actos, yo que vi en él a
un redentor, ahora siento que no se quedara en su lejana América.
—Pero ¿en qué se equivocó?
—En nada, justamente, y esa es la prueba de que no
comprendió a Persia.
—Verdaderamente no lo entiendo.
—Un ministro que tuviera razón contra su rey, una mujer que
tuviera razón contra su marido, un soldado que tuviera razón contra su oficial,
¿no serían doblemente castigados? Para los débiles es un error tener razón.
Frente a los rusos y los ingleses, Persia es débil, debería haberse comportado
como un débil.
—¿Hasta el fin de los tiempos? ¿No debe levantarse algún
día, construir un Estado moderno, educar a su pueblo, entrar en el concierto de
las naciones prósperas y respetadas? Es lo que Shuster ha intentado hacer.
—Por eso me produce la mayor admiración. Pero no puedo dejar
de pensar que si hubiera tenido menos éxito no estaríamos hoy en este
lamentable estado: nuestra democracia aniquilada, nuestro territorio invadido.
—Al ser las ambiciones del zar lo que son, tenía que ocurrir
tarde o temprano.
Amin Maalouf
Samarcanda, página
285
—Se dice que un rey medio loco había condenado a muerte a
Nasruddín por haber robado un burro. Cuando le van a llevar al suplicio,
Nasruddín exclama: «¡Este animal es en realidad mi hermano, un mago le dio esta
apariencia, pero si me lo confiaran durante un año le enseñaría de nuevo a
hablar como vos y yo!». Intrigado, el monarca hizo repetir su promesa al
acusado antes de decretar: «¡Muy bien! Pero si dentro de un año, ni un día más,
ni un día menos, el burro no habla, serás ejecutado». A la salida Nasruddín es
interpelado por su mujer: «¿Cómo puedes prometer semejante cosa? Sabes muy bien
que este burro no hablará». «Por supuesto que lo sé», responde Nasruddín, «pero
de aquí a un año el rey puede morir, el burro puede morir o bien puedo morirme
yo».
Amin Maalouf
Samarcanda, página
286
—Persia me hace pensar en un velero desafortunado. Los
marineros se quejan constantemente de no tener suficiente viento para avanzar.
Y de pronto, como para castigarlos, el cielo les envía un tornado.
Amin Maalouf
Samarcanda, página
287