Existe un arte de escuchar. Para escuchar de veras, habría
que abandonar o hacer a un lado todos los prejuicios, formulaciones previas y
diarias actividades. Cuando os halláis en un estado mental receptivo, las cosas
pueden comprenderse con facilidad; cuando vuestra verdadera atención está
puesta en algo, escucháis. Desgraciadamente, empero, la mayoría de nosotros
escucha a través de un tamiz de resistencia. Nos escudamos en prejuicios
religiosos o espirituales, psicológicos o científicos; o en nuestros diarios
deseos, preocupaciones y temores. Escuchamos con todo eso por tamiz. De ahí que
en realidad escuchemos nuestro propio ruido, nuestro propio sonido, no lo que
se dice. Es en extremo difícil hacer a un lado nuestra educación, nuestros
prejuicios, nuestras inclinaciones, nuestra resistencia, y, llegando más allá
de la expresión verbal, escuchar de modo tal que comprendamos al instante. Esa
va a ser una de nuestras dificultades.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 12
La verdad no puede dárosla nadie. Tenéis que descubrirla; y,
para descubrir, es preciso que haya un estado mental en el que exista la
percepción directa. No hay percepción directa cuando hay una resistencia, un
resguardo, una protección. La comprensión llega dándose uno cuenta de lo que
es. Saber exactamente lo que es, lo real, lo efectivo, sin interpretarlo, sin
condenarlo ni justificarlo, es, por cierto, el comienzo de la sabiduría. Sólo
cuando empezamos a interpretar, a traducir de acuerdo con nuestro “condicionamiento”,
a nuestro prejuicio pasamos por alto la verdad. Ello, al fin y al cabo, es como
la investigación. Saber lo que una cosa es, lo que ella es exactamente,
requiere investigación; no podéis traducirla conforme con vuestros estados de
ánimo. De un modo análogo, si podemos mirar, observar, escuchar, darnos cuenta
de lo que es, exactamente, entonces el problema está resuelto. Y eso es lo que
procuramos hacer en todas estas disertaciones. Voy a señalaros lo que es, y no
a traducirlo caprichosamente; y tampoco vosotros deberíais traducirlo o
interpretarlo conforme con vuestro trasfondo o educación.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 13
Reconocer, darse cuenta de lo que uno es, representa ya el
comienzo de la sabiduría, el comienzo de la comprensión que os libra del
tiempo.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 13
Ha llegado a ser nuestra tradición maestro hábito nacional y
universal, el de ser espectadores, el de ver jugar al fútbol, el de observar a
los políticos y oradores públicos. Somos simples extraños que miran, y hemos
perdido la capacidad creadora. Queremos, por lo tanto, absorber y participar.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 15
No bien os dais cuenta de la confusión, de lo que es
exactamente, procuráis esquivarlo. Y las sectas que os ofrecen un sistema para
hallar solución al sufrimiento económico, social o religioso, son lo peor;
porque entonces lo importante se vuelve el sistema, no el hombre, ya se trate
de un sistema religioso o de un sistema de izquierda o de derecha. El sistema,
la filosofía, la idea, llegan a ser lo importante, no el hombre; y en aras de
la idea, de la ideología, estáis dispuestos a sacrificar a todo el género
humano. Eso, exactamente, es lo que está sucediendo en el mundo. Esta no es
mera interpretación mía; si lo observáis, veréis que eso, exactamente, es lo
que ocurre. El sistema se ha vuelto lo importante. Por consiguiente, como el
sistema es lo que importa, el hombre -vosotros y yo- perdemos significación; y
los que controlan el sistema, religioso o social, de izquierda o de derecha,
asumen autoridad, asumen el poder y a causa de ello os sacrifican a vosotros,
al individuo. Eso, exactamente, es lo que está ocurriendo.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 16
La sociedad no existe por sí misma. La sociedad es lo que
vosotros y yo hemos creado con nuestras relaciones; es la proyección hacia
fuera de todos nuestros estados psicológicos íntimos. De modo, pues, que si
vosotros y yo no nos comprendemos a nosotros mismos, la mera transformación de
lo externo -que es la proyección de lo interno- no tiene significación alguna.
Es decir, no puede haber alteración ni modificación significativa de la
sociedad mientras no me comprenda a mí mismo en relación con vosotros. Estando
confuso en mi vida de relación, doy origen a una sociedad que es la
reproducción, la expresión externa de lo que yo soy. Este es un hecho obvio que
podemos discutir. Podemos dilucidar si la sociedad, la expresión externa, me ha
producido a mí, o si yo he producido la sociedad.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 19
La transformación sólo puede producirse de inmediato; la
revolución es ahora, no mañana.
La comprensión es ahora no mañana. “Mañana” es para la mente
perezosa, la mente inactiva, la mente que no está interesada. Cuando estáis
interesados en algo, lo hacéis instantáneamente; hay comprensión inmediata,
transformación inmediata. Si no cambiáis ahora, jamás cambiaréis; porque el
cambio que se efectúa mañana es mera modificación, no transformación. La
transformación sólo puede producirse de inmediato; la revolución es ahora, no
mañana.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 20
Debemos, pues, llegar al punto en que nos preguntemos, de
modo serio y profundo, si la paz, la felicidad, Dios, o lo que os plazca,
pueden sernos dados por otra persona. ¿Puede esta búsqueda incesante, este
anhelo, darnos ese extraordinario sentido de realidad, ese ser creativo, que
surge cuando nos comprendemos realmente a nosotros mismos? ¿Acaso el
conocimiento propio nos llega siguiendo a alguna otra persona, perteneciendo a
alguna organización en particular, leyendo libros, y así sucesivamente? Después
de todo, ese es el principal problema: que mientras yo no me comprenda a mí
mismo, no tengo base alguna para el pensamiento, y toda mi búsqueda será en
vano. ¿No es así? Puedo escapar hacia cosas ilusorias, puedo huir de la
contienda, del esfuerzo, de la lucha; puedo adorar a otro; puedo buscar mi
salvación a través de otra persona. Pero mientras yo no me conozca a mí mismo,
mientras no me dé cuenta del proceso total de mí mismo, no tengo base alguna
para el pensamiento, para el afecto, para la acción.
Pero eso es lo último que deseamos: conocernos a nosotros
mismos. Esa, por cierto, es la única base sobre la cual podemos construir algo.
Pero antes de que podamos hacerlo, antes de que podamos transformarnos, antes
de que podamos condenar o destruir, es preciso que sepamos lo que somos.
Continuar buscando, cambiando de instructores religiosos, de guías
espirituales, practicando la “yoga”, ejercicios respiratorios, cumpliendo
ritos, siguiendo a Maestros y demás cosas por el estilo, es totalmente inútil,
¿verdad? Ello carece de sentido, aunque aquellos mismos a quienes seguimos nos
digan: “Estudiaos a vosotros mismos”, porque lo que nosotros somos, el mundo
es. Si somos mezquinos, celosos, vanos, codiciosos -eso es lo que creamos en
torno nuestro, esa es la sociedad en que vivimos.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 23
Cuanto más os conocéis a vosotros mismos, más claridad
existe. El conocimiento propio no tiene fin: no alcanzáis una realización, no
llegáis a una conclusión. Es un río sin fin. Y, a medida que se lo estudia, que
en él se ahonda de más en más, encuéntrase la paz. Sólo cuando la mente está
tranquila -mediante el conocimiento propio, no mediante una autodisciplina
impuesta-, sólo entonces, en esa quietud, en ese silencio, puede advenir la
realidad. Es sólo entonces cuando puede existir la beatitud, cuando puede haber
acción creadora. Y a mí me parece que, sin esa comprensión, sin esa
experiencia, el mero hecho de leer libros, de asistir a conferencias, de hacer
propaganda, es del todo infantil; es simplemente una actividad carente de
significado. Empero, si uno logra comprenderse a sí mismo, y con ello producir
esa vivencia de algo que no es de la mente, entonces, tal vez, puede haber una
transformación inmediata en la convivencia alrededor nuestro, y, por lo tanto,
en el mundo en que vivimos.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 25
Todo el cometido de la educación consiste en despertar al
individuo.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 27
Lo que sois, lo que pensáis y lo que sentís, lo que hacéis
en vuestra existencia diaria, se proyecte hasta afuera; y eso es lo que
constituye el mundo. Si somos desdichados, confusos, caóticos en nuestro
interior, eso, proyectado llega a constituir el mundo, la sociedad -la sociedad
es el producto de nuestra relación-, y si nuestra relación es confusa,
egocéntrica, estrecha, limitada, nacionalista, eso lo proyectamos y causamos
caos en el mundo.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 28
La revolución en la sociedad debe empezar por la
transformación íntima, psicológica, del individuo.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 30
Hay que estar libre de autoridad para ser creador.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 33
El mundo no es algo que existe aparte de vosotros y de mí;
el mundo, la sociedad, es la relación que establecemos o procuramos establecer
entre unos y otros.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 34
De suerte que vosotros y yo somos el problema, no el mundo;
porque el mundo es la proyección de nosotros mismos, y para comprender al mundo
tenemos que comprendernos a nosotros mismos. El mundo no está separado de
nosotros; somos el mundo, y nuestros problemas son los problemas del mundo.
Esto no puede repetirse con demasiada frecuencia, porque somos de mentalidad
tan indolente que no creemos de nuestra incumbencia los problemas del mundo;
creemos que deben ser resueltos por las Naciones Unidas o reemplazando los
viejos dirigentes por otros nuevos. Es una mentalidad bien torpe la que piensa
de ese modo; porque nosotros somos responsables de la horrible miseria y
confusión que hay en el mundo, de la guerra que nos amenaza. Para transformar
el mundo debemos empezar por nosotros mismos; y lo importante al empezar por
nosotros es la intención. La intención tiene que consistir en comprendernos a
nosotros mismos, y en no dejar para otros el transformarse o producir un cambio
modificado mediante la revolución, de izquierda o de derecha. Es, pues,
importante comprender que esta es nuestra responsabilidad, la vuestra y la mía;
porque, por pequeño que sea el mundo en que vivimos, si podemos transformarnos,
si podemos hacer surgir un punto de vista radicalmente diferente en nuestra
existencia diaria, entonces, tal vez, afectaremos al mundo en general, las
extensas relaciones de unos con otros.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 34
Como lo he dicho, pues, vamos a tratar de descubrir el
proceso de la comprensión de nosotros mismos, que no es un proceso de
aislamiento. No es el retiro del mundo, porque aislados no podéis vivir. Ser es
estar relacionado, y el vivir en el aislamiento es cosa inexistente. Es la
falta de verdadera convivencia lo que causa conflictos, miseria y lucha; y por
pequeño que sea nuestro mundo, si podemos transformar nuestras relaciones
dentro de ese pequeño mundo, ello será como una onda que se extiende constantemente
hacia afuera. Creo que es importante ver eso, o sea que el mundo es nuestra
interrelación, por estrecha que sea; y si ahí podernos producir una
transformación -no superficial sino radical-, entonces empezaremos activamente
a transformar el mundo. La verdadera revolución no es conforme a una norma
determinada, de izquierda o de derecha, sino una revolución de valores, una
revolución que lleva de los valores sensorios a los que no son sensorios ni
creados por influencias ambientales. Para encontrar esos verdaderos valores que
traerán una revolución radical, una transformación o regeneración, es esencial
que uno se comprenda a sí mismo. El conocimiento de uno mismo es el principio
de la sabiduría, y por lo tanto el comienzo de la transformación o regeneración.
Para comprenderse uno mismo, tiene que existir la intención de comprender; y
ahí es donde se presenta nuestra dificultad. Porque, si bien la mayoría de
nosotros estamos descontentos, deseamos producir un cambio súbito, y nuestro
descontento se canaliza hasta el mero logro de cierto resultado; estando
descontentos, o buscamos otro empleo o simplemente sucumbimos ante el medio
ambiente. De suerte que el descontento, en vez de encendernos, de inducirnos a
poner en tela de juicio la vida y todo el proceso de la existencia, se ve
canalizado, con lo cual nos volvemos mediocres y perdemos la energía y el
empuje necesarios para descubrir todo el significado de la existencia. Por
consiguiente, es importante descubrir esas cosas por nosotros mismos, pues el conocimiento
de uno mismo no puede dárnoslo nadie ni habrá de hallarse en libro alguno.
Tenemos que descubrir, y para descubrir tiene que haber intención, búsqueda,
investigación. Mientras esa intención de descubrir, de inquirir hondamente, sea
débil o no exista, la mera aserción, o un deseo casual de investigar acerca de
uno mismo, tiene muy escasa significación.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 34
Para transformar el mundo que nos rodea, con su miseria,
guerras, desempleo, hambre, divisiones de clase y absoluta confusión, tiene que
haber una transformación en nosotros mismos. La revolución debe empezar dentro
de uno mismo, pero no de acuerdo a ninguna creencia o ideología, porque la
revolución basada en una idea, o en la adaptación a un modelo determinado, no
es en modo alguno, evidentemente, una revolución. Para producir una revolución
fundamental en uno mismo, hay que comprender todo el proceso del propio pensar
y sentir en la vida de relación. Esa es la única solución de todos nuestros
problemas, no el tener más disciplinas, más creencias más ideologías y más
instructores. Si podemos comprendernos a nosotros mismos tal como somos de
instante en instante, sin el proceso de acumulación, veremos cómo adviene una
tranquilidad que no es producto de la mente, una tranquilidad que no es
imaginada ni cultivada; y salo en ese estado de quietud, de serenidad, puede
haber “creatividad”.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 41
Después de todo, una taza sólo es útil cuando está vacía; y
una mente repleta de creencias, de dogmas, de afirmaciones y de citas, en
realidad no es una mente creativa, y lo único que hace es repetir. Y el huir de
ese miedo -de ese miedo al vacío, a la soledad, al estancamiento, de ese miedo
de no llegar, de no triunfar, de no lograr, de no ser algo, de no legar a ser
algo es sin duda una de las razones por las cuales aceptamos las creencias tan
ávida y codiciosamente. ¿No es así? ¿Y podemos comprendernos a nosotros mismos
mediante la aceptación de una creencia? Todo lo contrario. Es obvio que una
creencia, política o religiosa, impide la propia comprensión. Obra a modo de
pantalla a través de la cual nos miramos a nosotros mismos. ¿Y podemos mirarnos
a nosotros mismos sin creencia alguna? Si suprimimos esas creencias -las muchas
creencias que uno tiene-, ¿queda algo para mirar? Si no tenemos creencias con
las cuales la mente se haya identificado, entonces la mente, sin identificación
alguna, es capaz de mirarse a sí misma tal cual es; y ahí, ciertamente, está el
comienzo de la propia comprensión.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 48
Esta cuestión de la creencia y el conocimiento es en
realidad un problema muy interesante. ¡Cuán extraordinario es el papel que ella
desempeña en nuestra vida! ¡Cuántas creencias tenemos! Ciertamente, cuanto más
inteligente, cuanto más culta, cuanto más espiritual -si es que puedo emplear
esa palabra- una persona es, menor es su capacidad de comprender. Los salvajes
tienen innumerables supersticiones, aun en el mundo moderno. Los más
reflexivos, los más despiertos, los más alertas, son tal vez los menos creyentes.
Eso es porque la creencia ata, la creencia aísla; y eso lo vemos a través del
mundo, del mundo económico y político, y también en el mundo llamado
espiritual. Vosotros creéis que hay Dios, y tal vez yo creo que no hay Dios; o
vosotros creéis en el completo control de toda cosa y de todo individuo por el
Estado, y yo creo en la empresa privada y todo lo demás; vosotros creéis que
sólo hay un Salvador, y que por su intermedio podéis lograr vuestro fin, y yo
no lo creo. De suerte que vosotros con vuestra creencia y yo con la mía, nos
estamos imponiendo. Y sin embargo ambos hablamos de amor, de paz, de la unidad
del género humano, de una sola vida, lo cual nada significa, absolutamente;
porque de hecho la creencia misma es un proceso de aislamiento. Vosotros sois
brahmanes y yo un “no brahmán”; vosotros sois cristianos, yo musulmán, y así
sucesivamente. Pero habláis de fraternidad y yo también hablo de la misma
fraternidad, amor y paz. En la realidad de los hechos, estamos separados y nos
dividimos. Un hombre que quisiera la paz y deseara crear un mundo nuevo, un
mundo feliz, no puede ciertamente aislarse mediante forma alguna de creencia.
¿Está claro? Puede que ello sea verbal; pero si veis su significado, su validez
y su verdad, ello empezará a actuar.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 49
Creo que comprenderemos la significación de la vida, si
comprendemos lo que significa hacer un esfuerzo. ¿Acaso el esfuerzo trae
felicidad? ¿Habéis tratado alguna vez de ser felices? Es imposible, ¿verdad?
Lucháis por ser felices, y la felicidad no os llega, ¿no es así? El júbilo no
surge mediante la represión ni mediante el control o la propia complacencia.
Podréis complaceros a vosotros mismos, pero al final habrá amargura. Podréis
reprimiros o dominaros, pero siempre habrá lucha en lo recóndito. Por lo tanto
la felicidad no es fruto del esfuerzo, ni el júbilo es fruto del control y la
represión; y sin embargo toda nuestra vida es una serie de represiones, una
serie de controles, una serie de complacencias que traen pesar. Constantemente,
asimismo, nos dominamos, luchamos con nuestras pasiones, nuestra codicia y
nuestra estupidez. ¿No luchamos, no lidiamos, no nos esforzamos en la esperanza
de hallar la felicidad, de encontrar algo que nos dé un sentimiento de paz, un
sentimiento de amor? Y sin embargo, ¿surge acaso el amor o la comprensión
mediante el esfuerzo? Creo que es muy importante comprender qué entendemos por
lucha, porfía o esfuerzo.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 57
En el hombre que vive la verdad, la verdad se ha
manifestado.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 72
La humildad que se gana, deja de ser humildad. Una mente que
se torna humilde, ya no es humilde. Y es sólo cuando se tiene humildad -no una
humildad cultivada- cuando uno puede hacer frente a las cosas apremiantes de la
vida; porque entonces no es uno mismo lo importante, no mira uno a través de
las propias presiones y del sentido de la propia importancia. Uno mira el
problema en sí, y entonces puede resolverlo.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 82
La vida es la relación con todo.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 82
Después de todo, si queréis comprender algo debéis hablaros
en estado de ánimo pasivo, ¿no es así? No podéis continuar pensando en ello,
especulando al respecto, poniéndolo en tela de juicio. Tenéis que ser lo
bastante sensibles para captar su contenido. Es como si fuerais una placa
fotográfica sensible. Si yo deseo comprenderos, tengo que ser pasivamente
perceptivo; entonces empezáis a revelarme lo que sois. Eso, por cierto, no es
cuestión de capacidad ni de especialización. En ese proceso empezamos a comprendernos
a nosotros mismos; no sólo las capas superficiales de nuestra conciencia, sino
las más profundas, lo cual es mucho más importante; porque es allí donde están
nuestros móviles o intenciones, nuestros ocultos y confusos deseos, ansiedades,
temores, apetitos. Puede que exteriormente tengamos dominio sobre todo eso,
pero en nuestro interior todo eso está en ebullición. Mientras no lo hayamos
comprendido por completo, mediante una clara conciencia, es evidente que no
puede haber libertad, no puede haber felicidad, ni hay inteligencia.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 84
La vida es experiencia, experiencia en la vida de relación.
No se puede vivir en el aislamiento. La vida es, pues, convivencia, y ésta es
acción. ¿Cómo puede tenerse esa capacidad para comprender la relación que es la
vida? ¿No significa la relación, además de comunión con las personas, intimidad
con las cosas e ideas? La vida es relación, que se expresa mediante el contacto
con cosas, personas e ideas. Comprendiendo la relación, tendremos capacidad
para hacer frente plena y adecuadamente a la vida. Nuestro problema no es,
pues, la capacidad -ésta no es independiente de la relación- sino más bien la
comprensión de la convivencia, que naturalmente producirá capacidad de pronta
flexibilidad, pronta adaptación y pronta respuesta.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 92
La vida de relación es sin duda el espejo en el cual os
descubrís a vosotros mismos. Sin convivencia, no sois. Ser es estar
relacionado; estar relacionado es existir. Sólo existís en la relación; fuera
de ella no existís, la existencia carece de sentido. No es porque pensáis que
sois, que surgís a la existencia. Existís porque estáis relacionados; y es la
falta de comprensión de la relación lo que causa conflictos.
Ahora bien: no hay comprensión de la convivencia porque nos
servimos de ésta como simple medio de promover la realización, la
transformación, el devenir. La convivencia, empero, es un medio de
autodescubrimiento porque la relación es ser, es existencia. Sin relación, no
soy. Para comprenderme a mí mismo debo comprender la relación. Ésta es el
espejo en que puedo mirarme. Dicho espejo puede estar deformado o puede estar
como es y reflejar lo que es. Pero la mayoría de nosotros ve en esa relación,
en ese espejo, las cosas que más nos agradaría ver; no vemos lo que es.
Preferimos idealizar, evadirnos, vivir en el futuro en vez de entender la
convivencia en el inmediato presente.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 92
Mientras haya una frontera -nacional, económica, religiosa o
social- es un hecho evidente que no puede haber paz en el mundo.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 93
El amor es lo único que puede resolver todos nuestros
problemas humanos.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 102
La libertad es siempre al comienzo y no al fin.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 106
La Verdad no es algo que haya de ser logrado. El amor no
puede llegar a aquellos que tienen un deseo de aferrarse a él o que gustan de
identificarse con él. Tales cosas, por cierto, llegan cuando la mente no busca,
cuando la mente está del todo quieta, cuando la mente ya no engendra
movimientos y creencias de los que puede depender, o de los que deriva cierta
fuerza, lo cual es indicio de autoengaño. Sólo cuando la mente comprende todo
este proceso del deseo, puede ella estar en silencio. Sólo entonces la mente no
está activa para ser o para no ser, sólo entonces existe la posibilidad de un
estado en el cual no hay ningún género de engaño.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 112
Para comprender algo, debemos ser capaces de mirarlo, y,
para mirarlo, debemos conocer sus diversas actividades en diferentes niveles,
tanto conscientes como inconscientes -las directivas conscientes, como también
los movimientos egocéntricos de nuestras intenciones y móviles inconscientes.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 114
Un hombre que busca conscientemente la virtud por cierto no
es virtuoso. La humildad no puede buscarse, y esa es la belleza de la humildad.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 114
Es interesante comprender que nuestra vida transcurre
principalmente en el tiempo; no en el sentido de la sucesión cronológica, de
los minutos, las horas, los días y los años, sino en el sentido de la memoria
psicológica. Vivimos por el tiempo, somos el resultado del tiempo. Nuestra
mente es el producto de muchos “ayeres”, y el presente es mero pasaje del
pasado hacia el futuro. Nuestras actividades, nuestro ser, se basan en el
tiempo; sin el tiempo no podemos pensar, porque el pensamiento es resultado del
tiempo, el pensamiento es producto de muchos “ayeres”, y no hay pensamiento sin
memoria. La memoria es tiempo; porque hay dos clases de tiempo, el cronológico
y el psicológico. Hay tiempo que es ayer por el reloj, y hay tiempo que es ayer
por el recuerdo. No podéis desechar el tiempo cronológico, lo cual sería
absurdo; entonces perderíais el tren. ¿Pero existe realmente tiempo alguno
aparte del tiempo cronológico? Es evidente que hay un tiempo que es el ayer;
¿pero existe el tiempo, tal como la mente lo piensa? Esto es, ¿existe el tiempo
aparte de la mente? El tiempo -el tiempo psicológico- es por cierto producto de
la mente. Sin la base del pensamiento no hay tiempo alguno; el tiempo es mero
recuerdo, es ayer en conjunción con el presente, lo cual moldea el mañana. Es
decir, el recuerdo de la vivencia de ayer respondiendo al presente, crea el
futuro; y ello sigue siendo el proceso del pensamiento, un sendero de la mente.
El proceso del pensamiento produce progreso psicológico en el tiempo; ¿pero es
él real, tan real como el tiempo cronológico? ¿Y podemos emplear ese tiempo que
es de la mente como medio de comprender lo eterno, lo atemporal? Porque, como
lo he dicho, la felicidad no es de ayer, la felicidad no es producto del
tiempo, la felicidad es siempre en el presente, un estado atemporal. No sé si
habéis notado que cuando hay en vosotros éxtasis, un júbilo creador, una serie
de nubes brillantes rodeadas de nubes sombrías, en ese momento el tiempo no
existe: sólo existe el inmediato presente. Pero la mente interviene después de
la vivencia en el presente, la recuerda y desea continuarla, reuniendo más y
más de sí misma, con lo que crea el tiempo. El tiempo, pues, es creado por el
“más”; el tiempo es adquisición, y el tiempo es también desprendimiento, el cual
sigue siendo una adquisición de la mente. Por lo tanto, el mero hecho de
disciplinar la mente en el tiempo, condicionar el pensamiento dentro el marco
del tiempo -lo cual es memoria- no revela por cierto aquello que es atemporal.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 118
Para comprender algo, cualquier problema humano o
científico, ¿qué es lo importante, qué es lo esencial? Una mente tranquila, ¿no
es así? Una mente que esté resuelta a comprender. No una mente que sea
exclusivista, que trate de concentrarse, lo cual, una vez más, es un esfuerzo
de resistencia. Si yo deseo realmente comprender algo, en seguida se produce en
mi mente un estado de quietud. Cuando queréis escuchar música o mirar un cuadro
que os gusta, que os emociona, ¿cuál es el estado de vuestra mente? Ella queda
inmediatamente en calma, ¿no es así? Cuando escucháis música, vuestra mente no
vaga por todas partes; escucháis. De un modo análogo, cuando queréis comprender
el conflicto, ya no dependéis para nada del tiempo; os enfrentáis simplemente
con lo que es, o sea con el conflicto. Entonces se produce de inmediato una
quietud, una serenidad de la mente. Cuando ya no dependéis del tiempo como
medio de transformar lo que es, porque veis la falsedad de ese proceso,
entonces os enfrentáis con lo que es y como estáis interesados en comprender lo
que es, resulta natural que tengáis la mente quieta. En ese estado mental
alerta y sin embargo pasivo, surge la comprensión Mientras la mente esté en
conflicto, censurando, resistiendo, condenando, no puede haber comprensión. Si
quiero comprenderos es obvio que no debo condenaros. Es, pues, esa mente
tranquila, esa mente serena, la que trae la transformación. Cuando la mente ya
no resiste, ya no elude, ya no descarta ni censura lo que es, sino que se
encuentra simplemente perceptiva de un modo pasivo, en esa pasividad de la
mente, si ahondáis de veras en el problema, hallaréis que ocurre una
transformación.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 121
La revolución sólo es posible ahora, no en el futuro, la
regeneración es ahora, no mañana. Si queréis experimentar con lo que acabo de
decir, encontraréis que habrá una regeneración inmediata, una cualidad de cosa
nueva, fresca, porque la mente siempre está serena cuando está interesada,
cuando desea o tiene intención de comprender. La dificultad para la mayoría de
nosotros está en que no tenemos la intención de comprender, porque tenemos
miedo de que, si comprendemos, ello podría traer una acción revolucionaria en
nuestra vida; y es por eso que resistimos. Es el mecanismo defensivo lo que
está en acción cuando nos valemos del tiempo o de un ideal como medio de
transformación
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 121
De suerte que la regeneración sólo es posible en el
presente, no en el futuro ni mañana. El hombre que confía en el tiempo como
medio por el cual puede lograr la felicidad, comprender la verdad o Dios, sólo
se engaña a sí mismo; vive en la ignorancia, y por lo tanto en conflicto. Pero
el que ve que el tiempo no es la salida de nuestra dificultad, y por lo tanto
está libre de lo falso, un hombre así, naturalmente, tiene la intención de
comprender; su mente por consiguiente, está quieta espontáneamente, sin compulsión,
sin ejercitación. Cuando la mente está serena, tranquila sin buscar respuesta
ni solución alguna, sin resistir ni esquivar, sólo entonces puede haber
regeneración, porque entonces la mente es capaz de captar lo que es verdadero;
y es la verdad lo que libera, no vuestro esfuerzo por ser libres.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 122
Lo único, por cierto, que puede traer un cambio fundamental,
una liberación psicológica creadora, es la diaria vigilancia, el darse cuenta
de instante en instante de nuestros móviles, los conscientes a la vez que los
inconscientes. Cuando comprendemos que las disciplinas, las creencias, los
ideales, sólo fortalecen el “yo” y por lo tanto son enteramente inútiles,
cuando eso lo captamos día a día y vemos la verdad al respecto, ¿no llegamos al
punto central en que el pensador constantemente se separa de su pensamiento, de
sus observaciones, de sus experiencias? Mientras exista el pensador aparte de
su pensamiento, que él trata de dominar, no puede haber transformación
fundamental. Mientras el “yo” sea el observador, el que acopia experiencia y se
fortalece a sí mismo por la experiencia, no puede haber cambio radical,
liberación creadora. Esa liberación creadora sólo llega cuando el pensador es
el pensamiento, pero el intervalo no puede salvarse mediante ningún esfuerzo.
Cuando la mente comprende que cualquier especulación, cualquier verbalización,
cualquier forma de pensamiento sólo da vigor al “yo”, cuando ve que mientras el
pensador exista aparte del pensamiento tiene que haber limitación, tiene que
producirse el conflicto de la dualidad, cuando la mente se da cuenta de eso,
entonces está alerta y capta sin cesar cómo ella se separa de la experiencia,
afirmándose, buscando poder. En esa comprensión, si la mente se dedica a ella
cada vez más profunda y extensivamente sin buscar un fin, una meta, se llega a
un estado en que el pensador y el pensamiento son uno solo. En ese estado no
hay esfuerzo, no hay devenir, no hay deseo de cambiar; en ese estado no hay
“yo”, pues ocurre una transformación que no es de la mente. Sólo cuando la
mente está vacía existe una posibilidad de creación; pero no me refiero a ese
vacío superficial que la mayoría de nosotros tenemos. La mayoría somos
superficialmente vacíos, corno lo muestra el deseo de distracción. Queremos
divertirnos, para lo cual recurrimos a los libros, a la radio, acudimos
presurosos a las conferencias, a las autoridades; la mente está llenándose a sí
misma sin cesar. No me refiero a esta última vacuidad, que es falta de
reflexión. Yo hablo, por el contrario, del vacío que se produce a través de una
extraordinaria reflexión cuando la mente capta su propio poder de crear
ilusión, y va más allá. El vacío creador no es posible mientras exista el
pensador, que está a la espera, en acecho, observando, a fin de acopiar
experiencias, de fortalecerse a sí mismo. ¿Y puede la mente estar libre de
todos los símbolos, de todas las palabras con sus sensaciones, para que no haya
experimentador que acumule? ¿Será posible que la mente deje de lado
completamente todos los razonamientos, las experiencias, las imposiciones, las
autoridades, para hallarse en un estado de vacuidad? No podréis contestar esta
pregunta, naturalmente; es una pregunta imposible de contestar para vosotros,
porque no lo sabéis, nunca lo habéis intentado. Pero, si se me permite
sugerirlo, escuchad la pregunta, dejad que os la hagan, que se siembre la
semilla; y ella dará frutos si realmente la escucháis, si no le resistís. Sólo
lo nuevo puede transformar, no lo viejo. Si seguís la norma de lo viejo,
cualquier cambio es una continuidad modificada de lo viejo; nada nuevo, nada
creador hay en ello. Lo creador sólo puede advenir cuando la mente misma es
nueva; y la mente puede renovarse tan sólo cuando es capaz de ver todas las
actividades de ella misma, no sólo en el nivel superficial sino en lo profundo.
Cuando la mente ve sus propias actividades, cuando se da cuenta de sus propios
deseos, reclamos, impulsos, empeños, la creación de sus propias autoridades, de
sus propios temores; cuando ella capta en sí misma la resistencia creada por la
disciplina, por el control, y la esperanza que proyecta creencias, ideales;
cuando la mente ve más allá de todo este proceso, cuando se da cuenta de él,
¿puede ella dejar de lado todas estas cosas y ser nueva, estar creadoramente
vacía? Sólo descubriréis si lo puede o no, experimentando sin tener una opinión
al respecto, sin querer “vivenciar” ese estado creador. Si queréis, lo
experimentaréis; pero lo que experimentaréis no será el vacío creador sino tan
sólo una proyección del deseo. Si deseáis experimentar lo nuevo, lo creador, no
hacéis más que entregaros a una ilusión. Pero si empezáis a observar, a
percibir vuestras propias actividades día a día, de instante en instante,
captando el proceso integro de vosotros mismos, como en un espejo, entonces,
según ahondáis más y más, llegaréis a la cuestión fundamental de este vacío en
el cual tan sólo puede estar lo nuevo. La verdad, Dios o lo que fuere, no es
algo que haya de experimentarse; pues el experimentador es resultado del
tiempo, de la memoria, del pasado; y mientras haya experimentador no puede
haber realidad. Sólo hay realidad cuando la mente se halla completamente libre
del analizador, del experimentador y lo experimentado. Entonces encontraréis la
respuesta, entonces veréis que el cambio llega sin que lo pidáis, que el estado
de vacío creador no es cosa que haya de cultivarse: está aquí, llega
oscuramente, sin invitación. Y sólo en ese estado hay una posibilidad, de
renovación de novedad, de revolución.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 127
No podéis hallar la verdad por intermedio de nadie. ¿Cómo lo
podríais? La verdad, por cierto, no es cosa estática; no tiene morada fija; no
es un fin, una meta. Por el contrario, ella es viviente, dinámica, alerta,
animada. ¿Cómo podría ser un fin? Si la verdad es un punto fijo, ya no es la
verdad; es entonces una mera opinión. La verdad es lo desconocido, y una mente
que busca la verdad jamás la encontrará. Porque la mente está formada de lo
conocido; es el resultado del pasado, del tiempo, cosa que podéis observar por
vosotros mismos. La mente es el instrumento de lo conocido, y de ahí que no
puede hallar lo desconocido; sólo puede moverse de lo conocido a lo conocido.
Cuando la mente busca la verdad, la verdad sobre la que ha leído en libros, esa
“verdad” es autoproyectada; pues entonces la mente sólo anda en busca de lo
conocido, de algo “conocido” más satisfactorio que lo anterior. Cuando la mente
busca la verdad, lo que busca es una proyección de sí misma, no la verdad. Un
ideal, después de todo, es autoproyectado; es ficticio, irreal. Lo real es
aquello que es, no lo opuesto. Pero una mente que busca la realidad, Dios,
busca lo ya concebido, lo conocido. Cuando pensáis en Dios, vuestro Dios es la
proyección de vuestra propia concepción, el resultado de influencias sociales.
Sólo podéis pensar en lo conocido; no podéis pensar en lo desconocido, no
podéis concentraros en la verdad. En el momento en que pensáis en lo
desconocido, ello es simplemente lo conocido, una proyección de “mí mismo”. En
Dios o en la verdad no se puede pensar. Si pensáis al respecto, no es la
verdad. La verdad no puede buscarse: ella viene a nosotros. Sólo podéis ir en
pos de lo que es conocido. Cuando la mente no está torturada por lo conocido,
por los efectos de lo conocido, sólo entonces la verdad puede revelarse. La
verdad está en toda hoja, en toda lágrima; ha de ser captada de instante en
instante. Nadie puede conduciros a la verdad; y si alguien os conduce, sólo
puede ser a lo conocido.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 136
La verdad sólo puede venir a la mente que está vacía de lo
conocido. Adviene en un estado en el cual lo conocido está ausente, no actúa.
La mente es el almacén de lo conocido, el residuo de lo conocido; y para que la
mente se halle en ese estado en que lo desconocido se manifiesta; ella debe
darse cuenta de sí misma, de sus experiencias anteriores, conscientes, así como
inconscientes, de sus respuestas, reacciones y estructura. Cuando hay completo
conocimiento de uno mismo, entonces lo conocido tiene fin y la mente está del
todo vacía de lo conocido. Sólo entonces la verdad puede venir a vosotros, sin
que la invitéis. La verdad no pertenece a vosotros ni a mí. No podéis rendirle
culto. No bien es conocida, ella es irreal. El símbolo no es la realidad, la
imagen no es lo real; más cuando hay comprensión de uno mismo, cesación “yo”,
entonces adviene lo eterno.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 137
LA SOLEDAD
¿Habéis tratado alguna vez de estar solos? Cuando lo
intentéis, veréis cuán extraordinariamente difícil ello es y cuán
extraordinariamente inteligentes debemos ser para estar solos, porque la mente
no nos dejará estar solos. La mente se vuelve inquieta, se ocupa en evadirse.
¿Qué hacemos, pues? Tratamos de llenar ese extraordinario vacío con lo
conocido. Descubrimos cómo estar activos, cómo ser sociables; sabemos estudiar,
escuchar la radio. Llenamos esa cosa que no conocemos con las cosas que
conocemos. Intentamos llenar ese vacío con diversas clases de conocimientos,
relaciones o cosas. ¿No es así? Ese es nuestro proceso, esa es nuestra
existencia. Ahora bien, cuando os dais cuenta de eso qué hacéis, ¿seguís
creyendo que podéis llenar ese vacío? Habéis probado todos los medios de llenar
ese vacío de la soledad. ¿Lo habéis logrado? Lo habéis intentado con el cine,
sin éxito; y por eso seguís a vuestros guías espirituales o a vuestros libros,
u os volvéis muy activos socialmente. ¿Habéis conseguido llenar el vacío, o
simplemente lo habéis encubierto? Si sólo lo habéis encubierto, siempre está
ahí; por lo tanto volverá. Si sois capaces de huir totalmente, entonces vais a
parar a un manicomio u os volvéis sumamente torpes. Eso es lo que está
ocurriendo en el mundo.
¿Es posible llenar esta vacuidad, este vacío? Si no lo es,
¿podemos huir de él, escaparnos? Si hemos experimentado y encontrado que una
evasión carece de valor, ¿no carecen acaso de valor todas las otras evasiones?
Es indiferente que llenéis el vacío con esto o con aquello. La llamada
“meditación” es también una escapatoria. Poco importa que cambiéis vuestro
medio de evasión.
¿Cómo, entonces, hallaréis qué hacer con esta soledad? Sólo
podréis saber qué hacer cuando hayáis dejado de evadiros. ¿No es así? Cuando
estéis dispuestos a enfrentaros con lo que es -lo cual significa que no debéis
recurrir a la radio, y que debéis volver la espalda a la “civilización”-,
entonces aquella soledad termina, porque ha sufrido una completa
transformación. Ya no es soledad. Si comprendéis lo que es, entonces lo que es,
es lo real. Es porque la mente está continuamente evitando, evadiéndose, rehusando
ver lo que es, que ella crea sus propios estorbos. Como tenemos tantos estorbos
que nos impiden ver, no comprendemos lo que es y por lo tanto nos alejamos de
la realidad; todos esos estorbos han sido creados por la mente para no ver lo
que es. El ver lo que es no sólo requiere buena dosis de capacidad y
comprensión de la acción, sino que también significa volver la espalda a todo
lo que os habéis fabricado: vuestra cuenta bancaria, vuestro nombre y todo
aquello que llamáis “civilización”. Cuando veáis lo que es, veréis cómo se
transforma la soledad.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 149
EL SUFRIMIENTO
¿Qué es el sufrimiento? Una perturbación en diferentes
niveles: en el físico y en los distintos niveles del subconsciente. ¿No es así?
Es una forma aguda de perturbación, que me disgusta. Mi hijo ha muerto. He
erigido en torno de él todas mis esperanzas; o en torno de mi hija, de mi
esposo, de lo que sea. Lo tenía en un altar, junto con todas las cosas que
deseaba que él fuera. Y lo he tenido por compañero -ya conocéis todo eso- y de
pronto se ha ido. Hay por lo tanto una perturbación, ¿no es así? A esa perturbación
le llamo sufrimiento.
¿Qué significa, pues? ¿Qué es lo que sufre? No se trata de
saber por qué hay sufrimiento, ni cuál es la causa del sufrimiento, sino qué es
lo que realmente ocurre. No sé si veis la diferencia. Simplemente capto el
sufrimiento no como cosa distinta de mí, no como un observador que observa el
sufrimiento, sino que éste forma parte de “mí mismo”, es decir, la totalidad de
mí mismo sufre. Entonces puedo seguir su movimiento, ver adónde conduce. Si
hago esto, es seguro que el dolor me revela su sentido, ¿no es así? Entonces
veo que he puesto énfasis en “mí mismo”, no en la persona a quien amo. Esa
persona servía para ocultarme de mi propia miseria, mi vacío, mi soledad, mi
infortunio. Como yo no soy “algo”, esperaba que él lo fuese. Eso ya terminó;
estoy abandonado, perdido, vacío, solo. Sin él o ella, nada soy. Por eso lloro.
No es que se haya ido; es que estoy abandonado, que estoy vacío, solo. Es muy
difícil llegar a ese punto, ¿verdad? Es difícil darse cuenta realmente, y no
decir, simplemente, “estoy solo, vacío, ¿y cómo he de librarme de esa
soledad?”, lo cual es otra forma de huida. Es difícil ser consciente de ese
vacío, mantenerse en él, ver su movimiento. Esto lo tomo tan sólo como un
ejemplo. Así gradualmente, si dejo que el sufrimiento se manifieste, y revele
su significación, veo que sufro porque estoy perdido; se me fuerza a prestar
atención a algo que no quiero mirar. Se me impone algo que me resisto a ver y a
comprender. Y hay un sinnúmero de personas para ayudarme a huir, a evadir,
miles de personas llamadas “religiosas”, con sus creencias y dogmas, esperanzas
y fantasías. “Es el karma, es la voluntad de Dios”; todos me brindan una
salida, bien lo sabéis. Pero si puedo permanecer con el dolor y no apartarlo de
mí, ni tratar de circunscribirlo o negado, ¿qué ocurre? ¿Cuál es el estado de
mi mente cuando sigue de ese modo el movimiento del sufrir?
¿El sufrimiento es tan sólo una palabra, o es una realidad?
Si es una realidad y no una mera palabra, entonces la palabra ya no tiene
sentido. Lo único que existe, pues, es el sentimiento de intenso dolor. ¿Con
respecto a qué? Con respecto a una imagen, a una experiencia, a algo que
poseéis o no poseéis. Si lo poseéis, le llamáis placer; si no lo poseéis es
dolor. De modo que el dolor, el sufrimiento, está en relación con algo. ¿Ese
“algo” es mera verbalización o una realidad? Es decir, cuando hay sufrimiento,
él existe tan sólo en relación con algo. No puede existir por si sólo, así como
el temor no puede existir por sí sólo, sino en relación con algo: un individuo,
un incidente, un sentimiento. Ahora os dais plena cuenta del sufrimiento. ¿Es
ese sufrimiento distinto de vosotros, y por lo tanto sois simplemente el
observador que capta el sufrimiento, o es ese sufrimiento vosotros mismos?
Cuando no hay observador que sufre, ¿es el sufrimiento
diferente de vosotros? Sois el sufrimiento, ¿no es así? No estáis separados del
dolor; sois el dolor. ¿Y ahora, qué ocurre? No se lo evalúa, no se le da
nombre, y, por lo tanto, no se lo echa a un lado; sois ese dolor, simplemente;
sois ese sentimiento, esa sensación de agonía. Entonces, cuando sois eso, ¿qué
sucede? Cuando no le dais nombre, cuando no hay temor a su respecto, ¿hay
relación entre el centro, el yo, y el sufrimiento? Si el centro está en relación
con él, entonces le teme. Entonces tiene que actuar y hacer algo a su respecto.
Pero si el centro es dolor, ¿qué hacéis? No hay nada que hacer, ¿verdad? Si
sois dolor y no lo aceptáis, ni lo evaluáis, ni lo hacéis a un lado; si sois
esa cosa, ¿qué ocurre? ¿Decís entonces que sufrís? Ha ocurrido, por cierto, una
transformación fundamental. Entonces ya no existe el “yo sufro”, porque no hay
centro que sufra; y el centro sufre porque nunca hemos examinado lo que es el
centro. Sólo vivimos de palabra en palabra, de reacción en reacción. Jamás
decimos: “veamos qué cosa es esa que sufre”. Y no lo podéis ver por coacción,
por disciplina. Habéis de mirar con interés, con espontánea comprensión.
Entonces veréis que lo que llamamos sufrimiento, dolor, eso que evitamos, así
como la disciplina, todo se ha desvanecido. Si en mi relación con el
sentimiento no lo considero como “algo” separado de mí, no hay problema. Si lo
considero como “algo” aparte de mí, sí hay problema. Mientras trato el
sufrimiento como algo fuera de mí -sufro porque he perdido mi hermano, porque
no tengo dinero, por esto, por aquello- establezco una relación con ese “algo”,
y esa relación es ficticia. Pero si soy esa cosa, si veo el hecho, entonces
todo ello se transforma, todo ello tiene un significado diferente. Entonces hay
completa atención, atención integrada; y aquello que se considera en su
totalidad se comprende, y se disuelve, y así no hay temor; y, por lo tanto, la
palabra “sufrimiento” resulta inexistente.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 150
LA COMPRENSIÓN
La comprensión es observar sin condenar. La comprensión
produce entendimiento porque no hay condenación ni identificación, sino
observación silenciosa. Si quiero comprender algo, debo observarlo; no debo
criticar, no debo condenar, no debo perseguirlo cuando es placer, ni evitarlo
cuando no es placer. Lo único que debe haber es silenciosa observación de un
hecho. No hay un fin en vista, sino comprensión de todo lo que va surgiendo.
Esa observación, y la comprensión de esa observación, cesan cuando hay condenación,
identificación o justificación. La introspección es mejoramiento de uno mismo,
y, por lo tanto, la introspección es egocéntrica. La comprensión no es
mejoramiento del “yo”. Por el contrario, es la terminación del “yo”, con toda
su idiosincrasia y peculiares recuerdos, exigencias y empeños. En la
introspección hay identificación y condenación. En la comprensión no hay
condenación ni identificación; por consiguiente no hay mejoramiento del “yo”.
Entre ambas hay una enorme diferencia.
Comprensión es el entendimiento de las actividades del “yo”,
en su relación con las personas, con las ideas y con las cosas. Esa comprensión
es de instante en instante, y, por lo tanto, no puede ser practicada. Cuando
practicáis una cosa, se convierte en hábito; y la comprensión no es hábito. Una
mente que actúa por hábito es insensible; una mente que funciona dentro del
surco de determinada acción es torpe, rígida. El “darse cuenta”, antes bien,
requiere constante flexibilidad, vigilancia. Esto no es difícil. Es lo que
hacéis cuando estáis interesados en algo, cuando os interesa observar a vuestro
hijo, a vuestra esposa, cuidar vuestras plantas, mirar los árboles, las aves.
Observáis sin condenación, sin identificación. En esa observación, por lo
tanto, hay completa comunión; el observador y lo observado están en comunión
completa. Esto ocurre efectivamente cuando estáis hondamente profundamente
interesados en algo.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 154
La próxima vez que estéis encolerizados o celosos, o que
sintáis codicia, o que seáis violentos o lo que sea, observaos a vosotros
mismos. En ese estado “vosotros” no existís. Sólo hay ese estado del ser. Pero
al momento, al segundo siguiente, dais nombre y definís el sentimiento, le
llamáis celos, ira, codicia. Habéis, pues, creado de inmediato el observador y
lo observado, el experimentador y lo experimentado. Cuando hay experimentador y
cosa experimentada, el experimentador procura modificar la experiencia,
cambiarla, recordar cosas con ella asociadas, y lo demás. Mantiene, por lo
tanto, la división entre sí mismo y lo experimentado. Pero si no dais nombre a
ese sentimiento -lo que significa que no buscáis un resultado, que no
condenáis, que simplemente os dais cuenta del sentimiento, en silencio-,
entonces veréis que en ese estado de sentir, en vivencia, no hay observador ni
cosa observada. El observador y lo observado, en efecto, son un fenómeno
concomitante -existen conjuntamente-, sólo hay vivencia.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 157
De suerte que la introspección y la comprensión son
enteramente diferentes. La introspección lleva a la frustración, a mayor
conflicto, puesto que en ella está implícito el deseo de cambio, y el cambio es
mera continuidad modificada. La comprensión es un estado en el que no hay
condenación, justificación ni identificación, y en el que, por lo tanto, hay
entendimiento, y en ese estado de pasiva comprensión, no existe el
experimentador ni lo experimentado. La introspección, que es una forma de
mejoramiento, de expansión del “yo”, jamás podrá conducir a la verdad porque es
siempre un proceso de encierro en uno mismo; mientras que la comprensión es un
estado en el que la verdad puede manifestarse: la verdad de lo que se es, la
simple verdad de la existencia diaria. Es sólo cuando comprendemos la verdad de
la existencia diaria, cuando podemos ir lejos. Debéis empezar cerca para ir
lejos; pero la mayoría de nosotros queremos saltar, empezar lejos sin
comprender lo que está cerca. A medida que comprendemos lo cercano,
encontraremos que no existe distancia entre lo cercano y lo lejano. No hay
distancia alguna: el comienzo y el fin son uno solo.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 157
LA VIDA DE RELACIÓN
Ser es estar en relación, y sin relación no hay existencia.
La relación, por lo tanto, tiene muy poco sentido cuando
sólo buscamos satisfacción mutua; pero se vuelve en extremo significativa
cuando es un medio de revelación y conocimiento de uno mismo.
Es preciso que comprendáis las actividades del “yo” en todas
las diferentes capas de la conciencia. Hay momentos en que realmente amamos, en
que no hay pensamiento ni móvil; pero esos momentos son muy raros. Y es porque
son raros que nos aferramos a ellos en el recuerdo y así creamos una barrera
entre la viviente realidad y la acción de nuestra existencia diaria. Para
comprender la vida de relación es importante comprender primero lo que es, lo
que realmente está ocurriendo en nuestra vida, en todas las diferentes formas
sutiles; y también lo que la relación significa en realidad. La relación es
autorrevelación. Es porque no queremos revelarnos a nosotros mismos que nos
refugiamos en la comodidad, y entonces la relación pierde su extraordinaria
hondura, significación y belleza. Sólo puede haber verdadera relación cuando
hay amor, pero el amor no es la búsqueda de satisfacción. El amor existe tan
sólo cuando hay olvido de uno mismo, cuando hay completa comunión, no entre uno
o dos sino comunión con lo supremo; y eso sólo puede acontecer cuando se olvida
el “yo”.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 158
LA GUERRA
La guerra es la proyección espectacular y sangrienta de
nuestra vida diaria, ¿no es así? La guerra es una mera expresión externa de
nuestro estado interno, una amplificación de nuestra actividad diaria. Es más
espectacular, más sangrienta, más destructiva, pero es el resultado colectivo
de nuestras actividades individuales. De suerte que vosotros y yo somos
responsables de la guerra, ¿y qué podemos hacer para detenerla? Es obvio que la
guerra que nos amenaza constantemente no puede ser detenida por vosotros ni por
mi porque ya está en movimiento; ya está desencadenándose, aunque todavía en el
nivel psicológico principalmente. Como ya está en movimiento, no puede ser
detenida; los puntos en litigio son demasiados, excesivamente graves, y la
suerte ya está echada. Pero vosotros y yo, viendo que la casa está ardiendo,
podemos comprender las causas de ese incendio, alejamos de él y edificar en un
nuevo lugar con materiales diferentes que no sean combustibles, que no
produzcan otras guerras. Eso es todo lo que podemos hacer. Vosotros y yo
podemos ver qué es lo que engendra las guerras, y si nos interesa detenerlas,
podemos empezar a transformamos a nosotros mismos, que somos las causas de la
guerra.
Las circunstancias pueden ser dominadas por nosotros, porque
nosotros hemos creado las circunstancias. La sociedad es el producto de la
relación; de vuestras relaciones y las mías, de todas ellas juntas. Si
cambiamos en nuestra vida de relación, la sociedad cambia. El confiar
únicamente en la legislación, en la compulsión, para la transformación externa
de la sociedad mientras interiormente seguimos siendo corrompidos, mientras en
nuestro fuero íntimo continuamos en busca del poder, de las posiciones, de la
dominación, es destruir lo externo, por muy cuidadosa y científicamente que se
lo haya construido. Lo que es del fuero íntimo se sobrepone siempre a lo
externo.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 162
Si no os conocéis a vosotros mismos, no hay paz.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 165
LA CRÍTICA
La comprensión llega, sin duda, cuando existe la ágil
ductilidad de una mente que está pasivamente alerta. Entonces es capaz de
recibir, entonces es sensible. Una mente no es sensible cuando está atestada de
ideas, prejuicios, opiniones, a favor o en contra de algo.
Sólo el hombre que no conoce la realidad gusta de palabras
sin sentido. El hombre que dice que sabe, no sabe; el hombre que está viviendo
la realidad de instante en instante no tiene medios de comunicar esa realidad.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 181
LA CREENCIA EN DIOS
Los hombres que dicen que creen en Dios han destruido la
mitad del mundo, y el mundo está en una miseria completa.
¿Es la creencia en Dios “un poderoso incentivo para un mejor
vivir”? ¿Por qué deseáis un incentivo para mejor vivir? Vuestro incentivo, por
cierto, tiene que ser vuestro propio deseo de vivir de un modo puro y sencillo,
¿no es así? Si esperáis algo de un incentivo, no os interesa el hacer la vida
posible para todos sino tan sólo vuestro incentivo, que es diferente del mío; y
nos pelearemos por el incentivo. Mas si vivimos felices juntos, no porque
creamos en Dios sino porque somos seres humanos, entonces compartiremos
enteramente los medios de producción a fin de producir cosas para todos. Por
falta de inteligencia aceptamos la idea de una superinteligencia a la que
llamamos “Dios”; pero este “Dios”, esta superinteligencia, no habrá de
brindarnos una vida mejor. Lo que conduce a una vida mejor es la inteligencia;
y no puede haber inteligencia si hay creencia, si hay divisiones de clase, si
los medios de producción están en manos de unos pocos, si hay nacionalidades
aisladas y gobiernos soberanos. Todo eso, evidentemente, indica falta de
inteligencia, y es la falta de inteligencia lo que impide un mejor vivir, no el
no creer en Dios.
Si realmente creyerais en Dios, si ello fuera para vosotros
una experiencia real, entonces en vuestro rostro habría una sonrisa; no
destruiríais a los seres humanos.
RENDIRSE A “LO QUE ES”
No se trata de aceptar lo que es; lo que es no necesita ser
aceptado. No aceptáis que sois morenos o blancos, puesto que ello es un hecho;
sólo cuando tratáis de llegar a ser otra cosa, tenéis que aceptar. No bien
reconocéis un hecho, éste deja de tener alguna significación; pero una mente
adiestrada a pensar en el pasado o en el futuro, adiestrada a huir en múltiples
direcciones, una mente así es incapaz de comprender lo que es. Sin la
comprensión de lo que es, no podéis encontrar lo que es real; y sin esa
comprensión, la vida carece de sentido, es una constante batalla en la que el
dolor y el sufrimiento continúan. Lo real sólo puede ser comprendido
comprendiendo lo que es. No puede ser comprendido si hay condenación o
identificación. La mente que siempre está condenando o identificándose no puede
comprender; sólo puede comprender aquello en lo que está atrapada. El
entendimiento de lo que es, la comprensión de lo que es, revela extraordinarias
honduras en las que está la realidad, el júbilo y la felicidad.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 191
RENDIRSE A “LO QUE ES”
Comprender lo que es no exige esfuerzo; el esfuerzo es una
distracción. Para comprender algo, para comprender lo que es, no podéis estar
distraídos, ¿verdad? Si yo deseo comprender lo que vosotros decís, no puedo
escuchar música; o el ruido de la gente afuera; debo dedicarle toda mi
atención. De tal suerte, es extraordinariamente difícil y arduo captar lo que
es, porque nuestro mismísimo pensar ha llegado a ser una distracción. No
queremos comprender lo que es. Miramos lo que es a través de los lentes del prejuicio,
de la condenación o de la identificación; y resulta muy arduo quitarse esos
lentes y mirar lo que es. Lo que es, por cierto, es un hecho, es la verdad, y
todo lo demás es una evasión, no es la verdad. Para comprender lo que es, el
conflicto de la dualidad debe cesar, porque la respuesta negativa de
convertirse uno en algo diferente de lo que es, es negarse a comprender lo que
es. Si deseo comprender la arrogancia, no debo caer en lo opuesto, no debo
dejarme distraer por el esfuerzo de llegar a ser algo, ni siquiera por el
esfuerzo de procurar comprender lo que es. Si soy arrogante, ¿qué ocurre? Si no
le doy nombre a la arrogancia, ella cesa; lo cual significa que la respuesta
está en el problema mismo y no fuera de él. No se trata de aceptar lo que es;
lo que es no necesita ser aceptado. No aceptáis que sois morenos o blancos,
puesto que ello es un hecho; sólo cuando tratáis de llegar a ser otra cosa,
tenéis que aceptar. No bien reconocéis un hecho, éste deja de tener alguna
significación; pero una mente adiestrada a pensar en el pasado o en el futuro,
adiestrada a huir en múltiples direcciones, una mente así es incapaz de
comprender lo que es. Sin la comprensión de lo que es, no podéis encontrar lo
que es real; y sin esa comprensión, la vida carece de sentido, es una constante
batalla en la que el dolor y el sufrimiento continúan. Lo real sólo puede ser
comprendido comprendiendo lo que es. No puede ser comprendido si hay
condenación o identificación. La mente que siempre está condenando o identificándose
no puede comprender; sólo puede comprender aquello en lo que está atrapada. El
entendimiento de lo que es, la comprensión de lo que es, revela extraordinarias
honduras en las que está la realidad, el júbilo y la felicidad.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 191
ORACIÓN Y MEDITACIÓN
La meditación es el principio del conocimiento propio, y sin
conocimiento propio no hay meditación.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 195
LA MENTE CONSCIENTE E INCONSCIENTE
Si observáis ahora cuidadosamente, veréis que si bien la
respuesta, el movimiento del pensar, parece tan veloz, hay resquicios, hay
intervalos entre los pensamientos. Entre dos pensamientos hay un periodo de
silencio que no está relacionado con el proceso de pensar. Si lo observáis,
veréis que ese periodo de silencio, ese intervalo, no pertenece al tiempo; y el
descubrimiento de ese intervalo, la plena vivencia de ese intervalo, os libera
del condicionamiento, o, más bien, no os libera a “vosotros” sino que hay
liberación del condicionamiento. De suerte que la comprensión del proceso de
pensar es meditación. Ahora estamos no sólo discutiendo la estructura y el
proceso del pensamiento -que es el trasfondo de la memoria, de la experiencia,
del conocimiento- sino asimismo tratando de descubrir si la mente puede
librarse del trasfondo. Sólo cuando la mente no da continuidad al pensamiento,
cuando está en silencio, en un silencio no inducido, y sin causalidad alguna,
es sólo entonces cuando puede haber liberación del trasfondo.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 202
EL PROBLEMA SEXUAL
Siempre pensamos desde un centro hacia la periferia; mas la
periferia es el centro para la mayoría de nosotros, de suerte que todo lo que
tocamos es superficial. Pero la vida no es superficial, exige ser vivida
completamente, y como sólo vivimos superficialmente, conocemos tan sólo la
reacción superficial. Cualquier cosa que hagamos en la periferia tiene
inevitablemente que crear un problema, y eso es nuestra vida; vivimos en lo
superficial, y ahí estamos contentos de vivir con todos los problemas de lo superficial.
Así, pues, los problemas existen mientras vivimos en lo superficial, en la
periferia, siendo la periferia el “yo”, y sus sensaciones, las cuales pueden
ser exteriorizadas o hechas subjetivas, que pueden ser identificadas con el
universo, con la patria o con alguna otra cosa compuesta por la mente.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 203
EL AMOR
¡Cuán pocos entre nosotros somos generosos, magnánimos,
compasivos! Sois generosos cuando os conviene, compasivos cuando esperáis algún
provecho. Cuando esas cosas desaparezcan, cuando no ocupen vuestra mente, y
cuando las cosas de la mente no llenen vuestro corazón, entonces habrá amor; y
sólo el amor puede transformar la actual locura e insania del mundo, no los
sistemas, ni las teorías de izquierda o de derecha. Sólo amáis realmente cuando
no poseéis, cuando no sois envidiosos, codiciosos, cuando sois respetuosos,
cuando tenéis misericordia y compasión, cuando tenéis consideración por vuestra
esposa, vuestros hijos, vuestro vecino, vuestros infortunados servidores
Acerca del amor no se puede pensar; el amor no puede ser
cultivado ni practicado. La práctica del amor, la práctica de la fraternidad,
sigue estando en el ámbito de la mente, y por lo tanto no es amor. Cuando todo
eso ha cesado, entonces surge el amor, entonces conoceréis qué es amar. Por consiguiente,
el amor no es cuantitativo sino cualitativo. No decís “amo al mundo entero”;
pero cuando sabéis amar a uno, sabéis amar a todos. Es porque no sabemos amar a
uno, que nuestro amor a la humanidad es ficticio. Cuando amáis, no hay uno ni
muchos: hay sólo amor. Sólo cuando hay amor pueden resolverse todos nuestros
problemas; y entonces conoceremos su felicidad y su bienaventuranza.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 210
LA MUERTE
Lo nuevo no puede estar donde hay continuidad, pues lo nuevo
es lo creador, lo desconocido, lo eterno, Dios, o lo que os plazca. La persona,
la entidad continua que busca lo real, lo eterno, jamás lo encontrará porque
sólo puede encontrar lo que él proyecta de sí mismo; y eso que él proyecta no
es lo real. Sólo terminando, muriendo, lo nuevo puede ser conocido; y el hombre
que procura hallar relación entre la vida y la muerte, tender un puente entre
lo que continúa y lo que él cree que hay más allá, vive en un mundo ficticio,
ilusorio, que es una proyección de sí mismo.
Ahora bien: ¿es posible morir en vida, es decir, terminar,
ser como la nada? ¿Es posible, mientras uno vive en este mundo donde todo se va
haciendo más y más, o se va haciendo menos y menos, donde todo es un proceso de
ascender, de lograr, de alcanzar éxito, es posible en semejante mundo conocer
la muerte? ¿Es posible terminar con todos los recuerdos, no con el recuerdo de
los hechos, del camino a vuestra casa, y demás, sino con el apego interno a la
seguridad psicológica mediante la memoria, terminar con los recuerdos que uno
ha acumulado, almacenado, y en los que busca seguridad, felicidad? ¿Es posible
poner fin a todo eso, es decir, morir diariamente para que mañana haya
renovación? Sólo entonces se conoce la muerte en vida. Sólo en ese morir, en
ese terminar, en ese poner fin a la continuidad, está la renovación, esa
creación que es eterna.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 212
EL TIEMPO
Somos un resultado del pasado. Nuestro pensamiento se basa
en el ayer, y en muchos miles de “ayeres”. Somos un producto del tiempo, y
nuestras reacciones, nuestras actitudes presentes, son efecto acumulado de
muchos miles de instantes, incidentes y experiencias. De modo que el pasado,
para la mayor parte de nosotros, es el presente.
Dicho de un modo más sencillo: ¿cuál es el estado de vuestra
mente cuando queréis comprender algo? Cuando deseáis comprender a uno de
vuestros niños, a cualquier persona, o comprender algo que alguien dice, ¿cuál
es vuestro estado mental? No analizáis, ni criticáis, ni juzgáis lo que esa
persona dice; escucháis, simplemente. ¿No es así? Vuestra mente se halla en un
estado en que el proceso de pensar no es activo, pero sí muy alerta. Y en ese
estado de alerta el tiempo no existe, ¿verdad? Sólo estáis atentos, alertas,
pasivamente receptivos, y sin embargo plenamente conscientes; y es sólo en ese
estado que hay comprensión. Cuando la mente está agitada, preocupada, con ánimo
de inquirir, de disecar, de analizar, no hay comprensión. Cuando con toda
intensidad se quiere comprender, la mente, sin duda alguna, está tranquila.
Esto, por supuesto, habréis de experimentarlo; no lo creáis tan sólo porque yo
lo digo. Pero podéis ver que, cuanto más y más analicéis, menos y menos
comprenderéis. Podréis entender determinados sucesos o experiencias; pero no
podréis vaciar vuestra conciencia de todo su contenido mediante el proceso
analítico. Sólo podrá ser vaciada cuando veáis cuán falso es enfocar el
problema a través del análisis. Cuando veáis lo falso como tal, empezaréis a
percibir lo que es verdadero; y es la verdad que os librará de vuestro
trasfondo.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 213
LO VIEJO Y LO NUEVO
¿Qué es lo que efectivamente ocurre en nuestra vida? Hay
constante reto y respuesta. Eso es la existencia, eso es la vida: constante
provocación y respuesta. ¿No es así? El reto, siempre es nuevo, y la respuesta
siempre es vieja. Lo encontré a usted ayer, y hoy viene usted a mí. Es
diferente, ha cambiado, es un nuevo hombre. Pero yo tengo la imagen de usted
tal cual era ayer. Absorbo, por lo tanto, lo nuevo en lo viejo. No me encuentro
con usted de un modo nuevo, sino que tengo su imagen de ayer; de suerte que mi
respuesta al reto presente es siempre condicionada. Aquí, por el momento, usted
deja de ser brahmán, o cristiano, deja de ser casta superior, o lo que sea; se
olvida de todo. No hace más que escuchar, absorto, tratando de descubrir. Mas
cuando reasume su vida cotidiana, vuelve a ser usted lo que era: está de nuevo
en su casta, su sistema, su empleo, su familia. Es decir, lo nuevo se ve
siempre absorbido en lo viejo, en los viejos hábitos, costumbres, ideas,
tradiciones, recuerdos. Lo nuevo nunca está presente, puesto que siempre hacéis
frente a lo nuevo con lo viejo; el reto es nuevo, pero le hacéis frente con lo
viejo. De modo que el problema, en este asunto, es éste: ¿cómo liberar el
pensamiento de lo viejo, para que sea nuevo en todo momento? Cuando veis una
flor, cuando veis un rostro, cuando veis el cielo, un árbol, una sonrisa, ¿cómo
vais a hacerle frente de un modo nuevo? ¿Por qué no le hacemos frente de un
modo nuevo? ¿Por qué es que lo pasado absorbe lo nuevo y lo modifica? ¿Por qué
lo nuevo cesa cuando volvéis al hogar?
Ahora bien, la vieja respuesta surge del pensador. ¿No es el
pensador siempre lo viejo? Como vuestro pensamiento se basa en el pasado,
cuando os encontráis con lo nuevo es el pensador quien le hace frente; es la
experiencia de ayer que le hace frente. El pensador es siempre lo viejo.
Volvemos, pues, al mismo problema de manera diferente: ¿cómo liberar la mente
de sí mismo como pensador? ¿Cómo extirpar el recuerdo, no el recuerdo “factual”
sino el recuerde psicológico, que es la acumulación de la experiencia? Porque,
sin estar libre del residuo de la experiencia, no puede haber captación de lo
nuevo. Ahora bien, el libertar el pensamiento, el estar libre del proceso de
pensar y así hacer frente a lo nuevo, es arduo, ¿verdad? Porque todas nuestras
creencias, todas nuestras tradiciones, todos nuestros métodos educativos, son
un proceso de imitación, de copia, de “memorización”, de formar el receptáculo
de la memoria. Esa memoria responde constantemente a lo nuevo; y a la respuesta
de esa memoria llamamos “pensar”, y ese pensar hace frente a lo nuevo. ¿Cómo,
pues, puede existir lo nuevo? Sólo cuando no hay residuo de la memoria puede
haber lo nuevo, y hay residuo cuando la experiencia no está finalizada,
concluida, terminada, es decir, cuando la comprensión de la experiencia es
incompleta. Cuando la experiencia es completa, no hay residuo. Esa es la
belleza de la vida. El amor no es residuo, el amor no es experiencia; es un
estado de ser. El amor es enteramente nuevo. De suerte que nuestro problema es
éste: ¿puede uno hacer frente a lo nuevo constantemente, aun en el hogar? Por
cierto que sí. Para hacer eso hay que producir una revolución en el
pensamiento, en el sentir, y sólo podéis ser libres cuando todo incidente es
cabalmente pensado de instante en instante, cuando toda respuesta es plenamente
comprendida, no mirada de un modo casual y luego desechada. Sólo se está libre
de la acumulación de recuerdos cuando todo pensamiento, todo sentimiento, es
completado, pensado cabalmente hasta el final. Es decir, cuando cada
pensamiento y cada sentimiento es considerado acabadamente y concluye, hay un
final; y entonces existe un intervalo entre ese final y el siguiente
pensamiento. En ese intervalo de silencio hay renovación; la nueva
“creatividad” se manifiesta.
Ahora bien, esto no es teórico ni impracticable. Si tratáis
de captar por completo todo pensamiento y sentimiento, descubriréis que eso es
extraordinariamente práctico en vuestra vida diaria; pues entonces sois nuevos,
y lo que es nuevo es eterno, perdurable. Lo nuevo es creador, y ser creador es
ser feliz; y a un hombre feliz no le importa ser rico o pobre, ni a qué casta,
clase social o país pertenece. No tiene dirigentes, ni dioses, ni templos, ni
iglesias y por lo tanto tampoco tiene disputas ni enemistad.
Ese, por cierto, es el modo más práctico de resolver
nuestras dificultades en el presente caos mundial. Es porque no somos creadores
en el sentido en que uso ese término, que somos tan antisociales en todos los
diferentes niveles de vuestra conciencia. Para ser muy práctico y eficaz en
nuestras relaciones sociales, en nuestras relaciones con todo, uno debe ser
feliz; y no puede haber felicidad si no hay terminación, no puede haber
felicidad si hay un constante proceso de llegar a ser algo. En el finalizar hay
renovación, renacimiento, novedad, lozanía, júbilo.
Pero lo nuevo es absorbido en lo viejo, y lo viejo destruye
lo nuevo, mientras haya trasfondo, mientras el pensamiento condicione a la
mente, al pensador. Para verse libre del trasfondo, de las influencias
condicionantes, del recuerdo hay que estar libre de la continuidad; y hay
continuidad mientras el pensamiento y el sentimiento no hayan terminado por
completo. Usted completa un pensamiento cuando lo sigue hasta el final,
poniendo con ello fin a todo pensamiento, a todo sentimiento. El amor, por
cierto, no es hábito, memoria; el amor siempre es nuevo. Sólo puede haber
captación de lo nuevo cuando la mente es nueva; y la mente no es nueva mientras
haya el residuo de pasadas experiencias. La memoria es “factual” a la vez que
psicológica. No me refiero a la memoria “factual” sino a la memoria
psicológica. Mientras la experiencia no sea completamente comprendida; deja
residuo, que es lo viejo, que es lo de ayer, la cosa del pasado; y el pasado
está siempre absorbiendo lo nuevo, y por lo tanto destruyéndolo. Sólo cuando la
mente está libre de lo viejo, hace frente a lo nuevo de un modo nuevo, y en eso
hay júbilo.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 219
LO CONOCIDO Y LO DESCONOCIDO
¿Vuestra mente os impulsa hacia lo desconocido? ¿Existe en
vosotros apremio por lo desconocido, por la realidad, por Dios? Por favor,
pensad seriamente en ello. No se trata de una pregunta retórica; averigüémoslo,
realmente. ¿Existe en cada uno de nosotros un apremio interior para encontrar
lo desconocido? ¿Existe ese apremio? ¿Cómo podéis encontrar lo desconocido? Si
no lo conocéis, ¿cómo podéis encontrarlo? ¿Existe en nosotros un anhelo de
realidad? ¿O es simplemente un deseo de lo conocido, dilatado? ¿Comprendéis lo
que quiero decir? He conocido muchas cosas; no me han dado felicidad, ni
satisfacción, ni alegría. Por eso quiero ahora otra cosa que me dé mayor
alegría, mayor felicidad, mayor vitalidad, lo que sea. ¿Y puede lo conocido,
que es mi mente -porque mi mente es lo conocido, el resultado del pasado-,
puede esa mente buscar lo desconocido? Si yo no conozco la realidad, lo desconocido,
¿cómo puedo buscarlo? Debe, por cierto, venir a mí; yo no puedo ir en pos de lo
desconocido. Si voy en su búsqueda, voy en pos de algo que es lo conocido, de
algo proyectado por mí. Nuestro problema, pues, no es el de saber qué es lo que
en nosotros nos impulsa a hallar lo desconocido. Eso es bastante claro. El
problema es nuestro propio deseo de estar más seguros, de ser más permanentes,
más estables, más felices, de escapar al tumulto, al dolor, a la confusión. Ese
es, por cierto, nuestro evidente impulso. Y cuando existe ese impulso, ese
apremio, hallaréis un escape maravilloso, un maravilloso refugio, en Buda, en
Cristo, o en las banderías políticas y otras cosas más. Eso no es la realidad;
eso no es lo incognoscible, lo desconocido. Por lo tanto, el apremio por lo
desconocido ha de terminar, la búsqueda de lo desconocido ha de cesar; lo cual
significa que tiene que haber comprensión de lo conocido cumulativo, que es la
mente. La mente debe comprenderse a sí misma como lo conocido, porque eso es todo
lo que ella conoce. No podéis pensar en alguna cosa que no conozcáis. Solamente
podéis pensar en algo que conocéis. Lo difícil para nosotros es que la mente no
prosiga en lo conocido. Y eso puede ocurrir tan sólo cuando la mente se
comprende a sí misma y entiende que todo su movimiento proviene del pasado y se
proyecta a través del presente hacia el futuro. Es un movimiento continuo de lo
conocido; ¿y ese movimiento puede cesar? Sólo puede cesar cuando él mecanismo
de su propio proceso ha sido comprendido, sólo cuando la mente se comprende a
sí misma y comprende su funcionamiento, sus modalidades, sus propósitos, sus
empeños, sus exigencias -no sólo las exigencias superficiales sino los
profundos impulsos y móviles del fuero íntimo. Esta es una tarea sumamente
ardua; no es en una simple reunión, o en una conferencia, o leyendo un libro,
donde vais a descubrir. Al contrario, ello necesita vigilancia continua,
constante captación de todo movimiento del pensar, y no sólo en estado de
vigilia, sino también durante el sueño. Tiene que ser un proceso total, no un
proceso parcial y esporádico. Asimismo, la intención debe ser apropiada,
adecuada. Esto es, debe cesar la superstición de que, interiormente, todos
deseamos lo desconocido. Es una ilusión pensar que buscamos a Dios; no hay tal.
Nosotros no tenemos que buscar la luz. Habrá luz cuando no haya oscuridad; y a
través de la oscuridad no podemos encontrar la luz. Todo lo que podemos hacer
es remover esas barreras que crean oscuridad; y el removerlas depende de la intención.
Si la removéis con el propósito de ver la luz, entonces nada removéis; sólo
substituís la oscuridad por la palabra luz. Y hasta el hecho de mirar más allá
de la oscuridad es huir de la oscuridad.
Cuando la estupidez desaparece, surge la inteligencia.
Cuando el hombre que es estúpido trata de volverse inteligente, sigue siendo
estúpido. La estupidez jamás podrá ser transformada en sabiduría; sólo cuando
cesa la estupidez hay sabiduría inteligencia. Pero es obvio que el hombre que
es estúpido y trata de volverse inteligente, sabio, nunca podrá serlo. Para
saber lo que es la estupidez hay que penetrarla, no de un modo superficial sino
pleno, completo, profundo. Hay que penetrar todas las distintas capas de la
estupidez; y cuando se produce el cese de la estupidez, hay sabiduría.
De modo que resulta importante averiguar, no si existe algo
más que lo conocido, algo más grande que nos impulsa hacia lo desconocido, sino
ver qué es lo que en nosotros origina confusión, guerras, diferencias de
clases, “esnobismo”, búsqueda de renombre, acumulación de conocimientos,
evasión por medio de la música, del arte y de tantas otras maneras. Es
importante, por cierto, ver esas cosas como son, y volver a nosotros mismos tal
cuales somos. Y desde ahí podemos proseguir. Entonces resulta relativamente
fácil despojarse de lo conocido. Cuando la mente está en silencio, cuando ya no
se proyecta hacia el futuro, deseando algo, cuando la mente está realmente
serena, en una paz profunda, lo desconocido se manifiesta. No tenéis que buscarlo.
No podéis atraerlo. Lo que podéis atraer es tan sólo aquello que conocéis. No
podéis invitar a un huésped desconocido; sólo podéis invitar a alguien que
conocéis. Pero no conocéis lo desconocido, Dios, la realidad, o lo que sea.
Ello debe advenir. Sólo puede advenir cuando el campo está listo, cuando la
tierra está labrada. Pero si preparáis el terreno a fin de que aquello advenga,
entonces no lo tendréis. Así, nuestro problema no estriba en buscar lo
incognoscible, sino en comprender los procesos acumulativos de la mente, la
cual siempre es lo conocido. Y esa es una ardua tarea, requiere atención,
requiere una percepción, una captación constante en la que no haya sentido
alguno de distracción, de identificación, de condenación; es estar con lo que
es. Sólo entonces puede la mente estar serena, quieta. Ninguna clase de
meditación o disciplina puede aquietar la mente, en el verdadero sentido de la
palabra. Sólo cuando la brisa cesa, el lago entra en calma. No podéis aquietar
el lago. Nuestra tarea no es, pues, la de buscar lo incognoscible, sino la de
comprender la confusión, la agitación, la desdicha que hay en nosotros. Y
entonces surge misteriosamente ese “algo” en el que hay júbilo, dicha
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 228
DIOS
Si realmente amarais, ¿sabéis cuán diferente sería este
mundo? Seríamos gente realmente feliz. Por lo tanto, no debiéramos dejar que
nuestra felicidad dependa de Las cosas, de la familia, de los ideales.
Debiéramos ser felices, y por lo tanto las cosas, las personas y los ideales no
dominarían nuestra vida.
Habiendo amor, comprenderéis lo desconocido; sabréis qué es
Dios, y nadie necesitará decíroslo -y esa es la belleza del amor. Es la
eternidad en sí misma. Es porque no hay amor, que deseamos que otra persona o
Dios, nos lo dé. Si realmente amarais, ¿sabéis cuán diferente sería este mundo?
Seríamos gente realmente feliz. Por lo tanto, no debiéramos dejar que nuestra
felicidad dependa de Las cosas, de la familia, de los ideales. Debiéramos ser
felices, y por lo tanto las cosas, las personas y los ideales no dominarían
nuestra vida. Son cosas secundarias todas ellas. Como no amamos y no somos
felices, nos interesamos en las cosas, creyendo que nos darán felicidad; y una
de las cosas en las cuales nos interesamos es Dios.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 237
LA SIMPLICIDAD
El hombre que posee mucho, teme la revolución, interior y
exteriormente.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 243
LA SUPERFICIALIDAD
Lo cierto es que una mente superficial es la que huye de lo
que ella es;
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 245
LA TRIVIALIDAD
Tenéis que comprenderla, la mente tiene que reconocer sus
propias actividades; y en el proceso
Cuando la mente, habiendo visto sus trivialidades, se da
plena cuenta de ellas y por lo tanto se aquieta realmente, sólo entonces existe
una posibilidad de que esas trivialidades desaparezcan. Pero mientras
preguntéis con qué la mente debiera ocuparse, ella estará ocupada con
trivialidades, sea que construya una iglesia, que se dedique a la oración o
visite un santuario. La mente en sí es mezquina, pequeña, y con sólo decir que
es mezquina no habéis disuelto su mezquindad, su pequeñez. Tenéis que comprenderla,
la mente tiene que reconocer sus propias actividades; y en el proceso de ese
reconocimiento, en la alerta percepción de las trivialidades que consciente o
inconscientemente ella ha cimentado, la mente se aquieta. En esa quietud hay un
estado creador, y éste es el factor que trae una transformación.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 246+
LA SERENIDAD DE LA MENTE
Nuestro problema, entonces, no consiste en cómo serenar la
mente sino en ver la verdad acerca de cada problema a medida que él se nos
presenta. Es como el lago, que se calma cuando el viento cesa. Nuestra mente
está agitada porque tenemos problemas; y para evitar los problemas, serenamos
la mente. Pero es la mente la que ha proyectado esos problemas, y no hay
problemas fuera de la mente; y mientras la mente proyecte alguna concepción de
la sensibilidad, practique cualquier forma de serenidad, jamás podrá estar
serena. Cuando la mente, empero, comprende que sólo estando serena existe la
comprensión, entonces ella tórnase muy quieta. Esa quietud no es impuesta ni es
resultado de la disciplina; es una quietud que una mente agitada no puede
comprender. Muchos de los que buscan la quietud de la mente abandonan la vida
activa y se retiran a alguna aldea, a un monasterio, a las montañas. O bien se
engolfan en ideas, se encierran en creencias, o evitan a las personas que les
causan perturbación. Pero ese aislamiento no es serenidad de la mente. El
encierro de la mente en una idea, o el evitar las personas que complican la
villa, no trae serenidad a la mente. La serenidad de la mente llega tan sólo
cuando no hay proceso de aislamiento por medio de la acumulación, y sí completa
comprensión de todo el proceso de la vida de relación. La acumulación envejece
la mente; y sólo cuando la mente es nueva, cuando la mente es fresca, sin
proceso de acumulación, existe una posibilidad de que haya quietud mental. Una
mente así no está muerta; está sumamente activa. La mente serena es la mente
más activa; y si queréis experimentar, ahondar en ello, veréis que en esa
serenidad no hay proyección de pensamiento. El pensamiento, en todos los
niveles, es evidentemente la reacción de la memoria; y el pensamiento jamás
puede hallarse en estado de creación. Podrá expresar la facultad creadora, pero
en sí el pensamiento jamás puede ser creador. Mas cuando hay silencio -esa
tranquilidad de la mente que no es un resultado-, veremos que en esa quietud
hay extraordinaria actividad, una acción extraordinaria que la mente agitada
por el pensamiento jamás podrá conocer. En esa serenidad no hay formulación, no
hay idea, no hay recuerdo; y esa serenidad es un estado de creación que sólo
puede ser vivido cuando hay completa comprensión de todo el proceso del “yo”.
No siendo así, la serenidad carece de sentido. Sólo en esa serenidad, que no es
un resultado, descúbrese lo eterno, aquello que está más allá del tiempo.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 248
EL SENTIDO DE LA VIDA
¿Acaso el vivir no es en sí su propio objeto, su propio
sentido? ¿Por qué queremos más? Como estamos tan descontentos de nuestra vida,
como ella es tan vacía, tan inarmónica, tan monótona -hacer la misma cosa una y
otra vez-, deseamos algo más, algo que esté más allá de lo que hacemos. Puesto
que nuestra vida diaria es tan hueca, tan insípida, tan sin sentido, tan
aburrida, tan intolerablemente estúpida, decimos que la vida debe tener un
sentido más amplio; y es por eso que formuláis esa pregunta. No hay duda de que
un hombre cuya vida es muy rica, un hombre que ve las cosas como son y está
contento con lo que tiene, no está confuso; él tiene claridad, y por tanto, no
pregunta cuál es el objeto de la vida. Para él, el hecho mismo de vivir es el
comienzo y el fin. Nuestra dificultad, pues, es que siendo vacía nuestra vida,
deseamos hallarle un objeto y luchar por él. Tal objeto de la vida puede ser
tan sólo idea, sin realidad alguna; y cuando el objeto de la vida es buscado
por una mente estúpida, torpe, por un corazón vacío, ese objeto será también
vacío. Nuestro problema, por lo tanto, es como hacer nuestra vida rica, no de
dinero y todo lo demás, sino interiormente rica, lo cual no es cosa secreta.
Cuando decís que el objeto de la vida es ser feliz, es encontrar a Dios, ese
deseo de encontrar a Dios es por cierto una evasión de la vida, y vuestro Dios
es simplemente una cosa conocida. Sólo podéis abriros camino hacia un objeto
que conocéis; y si construís una escalera hacia eso que llamáis Dios, eso por
cierto no es Dios. La realidad sólo puede comprenderse en el vivir, no en la
evasión. Cuando le buscáis un objeto a la vida, en realidad os escapáis y no
comprendéis qué es la vida. La vida es relación, acción en la relación; y
cuando no comprendo mis relaciones, o cuando la relación es confusa, busco un
sentido más completo. ¿Por qué es tan vacía nuestra vida? ¿Por qué somos tan
solitarios, tan frustrados? Porque jamás hemos mirado dentro de nosotros mismos
y no nos hemos comprendido a nosotros mismos. Nunca admitimos que esta vida es
todo lo que conocemos, y que por lo tanto debiera ser comprendida plena y
completamente. Preferimos huir de nosotros mismos, y es por eso que buscamos el
objeto de la vida lejos de la vida de relación. Mas si empezamos a comprender
la acción -que es nuestra relación con la gente, con la propiedad, con las
creencias e ideas-, entonces hallaremos que la relación trae por sí su propia
recompensa. No tenéis que buscar. Es como buscar el amor. ¿Podéis encontrar el
amor buscándolo? El amor no puede ser cultivado. Sólo encontraréis el amor en
la vida de relación, no fuera de ella; y es porque no tenemos amor que deseamos
que la vida tenga un objeto. Cuando hay amor -que es su propia eternidad-,
entonces no hay busca de Dios, porque el amor es Dios. Es porque nuestra menté
está llena de tecnicismos y supersticiosas musitaciones, que nuestra vida es
tan vacía; y es por eso que buscamos un objeto más allá de nosotros mismos.
Para encontrar el objeto de la vida, debemos pasar por la puerta de nosotros
mismos; pero consciente o inconscientemente evitamos enfrentar las cosas como
son en sí mismas, y de ese modo deseamos que Dios nos abra una puerta que esta
más allá. Esta pregunta sobre el objeto de la vida, la formula tan sólo aquel
que no ama; y el amor sólo puede hallarse en la acción, que es relación.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 251
LA TRANSFORMACIÓN
Es evidente que tiene que haber una revolución radical. La
crisis mundial la exige. Nuestras vidas la exigen. Nuestros incidentes, empeños
y ansiedades de todos los días la exigen. Nuestros problemas la exigen. Tiene
que haber una revolución radical, fundamentad porque todo en torno nuestro se
ha derrumbado. Aunque en apariencia haya orden, en realidad hay lenta
descomposición y destrucción: la ola de destrucción está constantemente
alcanzando a la ola de vida.
Tiene, pues, que haber una revolución; pero no una
revolución basada en una idea. Semejante revolución es tan sólo la continuación
de la idea, no una transformación. Y una revolución basada en una idea trae
derramamiento de sangre, destrucción, esos. Del caos no se puede establecer el
orden; no es posible que produzcáis deliberadamente el caos con la esperanza de
que el orden surja de ese caos. No sois los elegidos de Dios para implantar un
orden nacido de la confusión. Esa es la manera errónea de pensar de los que
desean producir creciente confusión para luego establecer el orden. Por estar
momentáneamente en posesión del poder, se figuran que conocen todos los medios
de crear orden. Observando toda la catástrofe -la repetición constante de las
guerras, los incesantes conflictos entre las clases sociales y entre los
pueblos, la tremenda desigualdad económica y social, la diferencia de
capacidades y dones naturales, el abismo entre los que disfrutan de
extraordinaria dicha y tranquilidad, y los que viven prisioneros del odio, del
conflicto y de la miseria-, observando todo eso, se ve que es necesaria una
transformación completa, ¿no es cierto? Esta transformación, esta revolución
radical ¿es una finalidad o es de momento a momento? Bien sé que nos agradaría que
fuese la finalidad a alcanzar, ya que es tanto más fácil pensar en términos de
lejanía, de futuro. Al final nos habremos transformado, al final seremos
felices, al final hallaremos la verdad; pero, mientras tanto, continuemos como
hasta ahora. Una mente que así piensa en términos de futuro, es incapaz de
actuar en el presente; y por lo tanto una mente así no busca la transformación,
simplemente la rehúye. ¿Qué entendemos por transformación? La transformación no
es en el futuro; jamás puede serlo. Sólo puede ser ahora, de momento en
momento. ¿Qué entendemos, pues, por transformación? Es, sin duda, algo muy
sencillo: ver lo falso como falso y lo verdadero como verdadero. Ver también la
verdad en lo falso, y ver lo falso en aquello que ha sido aceptado como la
verdad; ver lo falso como falso y lo verdadero como verdadero es
transformación. Porque cuando veis muy claramente que algo es la verdad, esa
verdad es libertadora. Cuando veis que algo es falso, esa cosa falsa se
desprende. Cuando veis que las ceremonias son simples y vanas repeticiones;
cuando veis la verdad acerca de ellas y no las justificáis, prodúcese la
transformación, porque otra atadura ha desaparecido. Cuando veis que la
división de la sociedad en clases es falsa, que ella engendra conflictos,
miseria y desunión entre las personas; cuando veis la verdad al respecto, esa
verdad resulta libertadora. La percepción misma de esa verdad es transformación.
Y como estamos rodeados de tantas cosas falsas, el percibir de instante en
instante esa falsedad, es transformación. La verdad no se acumula; ella es de
momento en momento. Lo que se acumula, lo acumulado es la memoria; y mediante
la memoria jamás podréis hallar la verdad. La memoria, en efecto, pertenece al
tiempo; el tiempo es el pasado, el presente y el futuro. El tiempo, que es
continuidad, jamás puede descubrir aquello que es eterno. La eternidad no es
continuidad. Lo que perdura no es eterno. La eternidad está en el instante. La
eternidad está en el “ahora”. El “ahora” no es reflejo del pasado, ni
continuación del pasado hacia el futuro a través del presente. Una mente que
está deseosa de una transformación futura, o que encara la transformación como
objetivo final jamás podrá hallar la verdad. La verdad, en efecto, es algo que
tiene que surgir de momento a momento, que debe ser descubierto cada vez de
nuevo; y, por cierto, no puede haber descubrimiento alguno por medio de la
acumulación. ¿Cómo podréis descubrir lo nuevo si estáis agobiados por lo viejo?
Es tan sólo cuando desaparece esa carga que descubres lo nuevo. Para descubrir
lo nuevo, lo eterno, en el presente y de momento a momento, se requiere una
mente extraordinariamente alerta, una mente que no busque resultados, una mente
que no trate de llegar a ser algo. Una mente que se esfuerce por llegar a ser
algo no puede nunca conocer la plena beatitud del contentamiento; no del
contento de la fácil satisfacción, ni del contento que trae el logro de un
resultado, sino del contento que se produce cuando la mente ve la verdad en lo
que es y lo falso en lo que es. La percepción de esa verdad es de instante en
instante, y esa percepción se detiene al hablar de ese instante. La
transformación no es una finalidad, un resultado. La transformación no es un
resultado. El resultado implica residuo, una causa y un efecto. Donde hay
causalidad, tiene forzosamente que haber efecto; el efecto es simplemente el
resultado de vuestro deseo de transformación. Cuando deseáis veros
transformados, seguís pensando en términos de devenir; y aquello que es devenir
no puede nunca conocer aquello que es ser. La verdad es ser de momento en
momento; y la felicidad que continúa no es felicidad. La dicha es el estado
atemporal del ser. Ese estado atemporal puede producirse tan sólo cuando hay
tremendo descontento; no el descontento que ha hallado una vía de escape, sino
el descontento que no tiene salida ni escapatoria y que ya no busca
realización. Sólo entonces, en ese estado de supremo descontento, puede surgir
la realidad. Esa realidad no se compra, ni se vende, ni se repite; no puede ser
captada en libros. Tiene que ser captada de momento a momento, en la sonrisa,
en la lágrima, bajo la hoja muerta, en los pensamientos errabundos, en la
plenitud del amor. El amor no es diferente de la verdad. El amor es ese estado
en el cual el proceso del pensamiento en función del tiempo ha cesado
completamente. Y donde hay amor hay transformación. Sin amor, la revolución
carece de sentido pues en tal caso ella es mera destrucción, decadencia, una
miseria, desgracia creciente y cada vez mayor. Donde hay amor hay revolución,
porque el amor es transformación de instante en instante.
Krishnamurti
La libertad
primera y última, página 255