Jano García El triunfo de la estupidez

 
 
A raíz de la democratización, los estúpidos del mundo moderno cuentan, por ser mayoría, con el papel fundamental de escoger a sus gobernantes, o lo que es lo mismo: la estupidez es la que ostenta el poder. La pregunta que los seres dotados de una racionalidad superior al estúpido se plantean continuamente es cómo es posible que las personas estúpidas puedan alcanzar posiciones de poder y autoridad. Donde antaño los puestos de mayor responsabilidad quedaban reservados para la gente más instruida, con la llegada de la democracia estos fueron ocupados por los partidos políticos. Como explicamos en anteriores obras, esto es inevitable en las democracias modernas. No existe ejemplo alguno —ni nunca podrá existir debido a la naturaleza de la democracia— de un sistema democrático que no cuente con partidos políticos que agrupen a un gran número de personas y electores. Las elecciones democráticas brindan una gran oportunidad a la estupidez para poder perjudicar a todos los demás sin obtener ningún beneficio. Numerosos son los ejemplos de cómo una nación ha resultado empobrecida y denigrada a través del voto democrático porque la mayoría de las personas llamadas a votar son estúpidas. A tenor de esta realidad no resulta extraño que el poder político haya azuzado el potencial nocivo de los estúpidos. Incluso el gobernante hace uso de su inteligencia malvada para fomentar la estupidez y así poder manipular mejor a la masa,
 
Jano García
El triunfo de la estupidez, página 10
 
 
… es estúpida por naturaleza. La masa, con su alma burda y estúpida, se entrega para saborear los bienes de la democracia convertida irremediablemente en la competición de los necios.
 
Jano García
El triunfo de la estupidez, página 10
 
 
Frente a una persona estúpida, al ser de todo punto imposible comprender su nulo razonamiento, el individuo racional se halla completamente indefenso. También hay que tener en cuenta el hecho de que la persona estúpida no sabe que lo es. El que es inteligente lo sabe en mayor o menor medida, pues la humildad suele acompañarle. Igualmente, el malvado sabe que es un ser despreciable y por eso recurre a disfrazar sus acciones para no ser descubierto. El estúpido se exhibe sin remordimientos llegando al punto de alardear de su acción ridícula porque cree haber tenido una idea brillante.
 
Jano García
El triunfo de la estupidez, página 13
 
 
Fueron numerosos los filósofos de la Antigua Grecia que alertaron del devenir de la democracia en demagogia. Especialmente debemos recordar a Aristóteles y su clasificación de formas de gobierno posibles. Para el filósofo griego todo dependía de quién ostentaba el poder y, sobre todo, si gobernaban atendiendo al bien común o al interés particular:

GOBIERNO DE UNO
GOBIERNO DE UNOS POCOS
GOBIERNO DE MUCHOS
GOBIERNOS
RECTOS
MONARQUIA
Uno en beneficio de todos
ARISTOCRACIA
Los mejores
REPÚBLICA (Politeia)
La mayoría sin perjudicar a la minoría




DESVIACIONES
DE GOBIERNO
TIRANÍA
Uno en provecho
propio
OLIGARQUÍA
Los ricos en su
propio interés
DEMOCRACIA
La masa en
interés del pobre
Así, el gobierno de uno solo podía ser una monarquía (buena) o una tiranía (mala); el gobierno de unos pocos podía ser una aristocracia (buena) o una oligarquía (mala); por último, el gobierno de muchos podía ser una politeia (buena) o una democracia (mala). Puede sorprender al lector el hecho de que Aristóteles utilizara la democracia como sinónimo de mal gobierno y una de las formas de degeneración posibles. Para él, la democracia definida como «gobierno de los pobres en su propio provecho» suponía que los pobres gobernaban en su propio interés en vez del interés general. No es que Aristóteles establezca que si el número de pobres es mayoritario entonces la forma de gobierno de los muchos será nociva, sino que advierte de que el gobierno de los muchos será negativo si los gobernantes deciden servir al interés propio en vez de al general, es decir, si se trata de un gobierno en favor del interés particular. En cierta medida, Aristóteles alertaba del futuro de las democracias al considerar que «en todas partes los ricos son pocos y muchos los pobres», y por lo tanto los gobernantes se centrarían en captar el voto de la mayoría generando, como así ocurrió, la demagogia para encandilar a los muchos y llevar a cabo políticas contrarias al bien común.
 
Jano García
El triunfo de la estupidez, página 15
 
 
Como es lógico, el aspirante a gobernar no suele ser estúpido —mas sí maligno— y para ello recurre al término «pueblo». Nadie en su sano juicio, a pesar de deber su poder a la masa, saldría al balcón a celebrar los resultados electorales dándole las gracias. He aquí una diferenciación que debe quedar clara. Por tanto, ¿qué diferencia existe entre pueblo y masa? El pueblo es el concepto al que recurre el demagogo con la intención de presentar una masa compacta. Al pueblo se le otorga una sola voluntad, una sola conciencia y una sola ideología. De esta forma se consigue eliminar el carácter individual de los que conforman el pueblo, a pesar de que es evidente de que son los muchos los que lo componen. ¿El pueblo es solo el que vota? ¿No es también pueblo el que no acude a votar? ¿No es pueblo el niño de ocho años que no tiene derecho a voto, o acaso ese también ha decidido que gobierne uno u otro? ¿Es pueblo el que tiene el pasaporte nacional y no el que posee un permiso de residencia temporal que le permite votar en determinadas elecciones? El pueblo, como vemos, incluye a todos: desde el recién nacido hasta el más anciano, los criminales, los estúpidos, los brillantes, los mediocres, los válidos, los buenos y los malos. Todos conforman el pueblo sin importar su participación, condición o capacidad. El demócrata recurre al término «pueblo» únicamente como recurso para alentar a la masa haciendo creer que todo obedece a una voluntad única y uniforme. Ni siquiera podríamos tachar de pueblo a la mayoría que ha decidido que gobierne uno u otro, pues ello implicaría despojar de esa condición a la minoría que ha votado en contra. Una vez aclarado que el pueblo no es lo mismo que la masa, de igual modo sería absurdo afirmar que todas las masas son iguales, que no hay distinción entre la masa de una nación y otra. Cada una de ellas tiene, sus particularidades. No obstante, sí podemos diseccionar el comportamiento de la masa sin importar cuáles son sus singularidades, pues su comportamiento obedece a una serie de consignas y características que son invariables sin importar la región del planeta en la que habite.
 
Jano García
El triunfo de la estupidez, página 18
 
 
Una de las horrendas habilidades que tiene la masa es la capacidad de convertir a un individuo brillante en uno estúpido conforme engrosa las filas de la masa. Puede existir un abismo entre dos individuos que pertenecen a la masa por separado, pero unidos en ella su rendimiento intelectual desciende inevitablemente. Lo heterogéneo, lo desigual, queda sustituido por la homogeneidad. Este descenso intelectual explica por qué la masa no es capaz de realizar actos que requieren una inteligencia, una habilidad o una técnica elevadas. La aglomeración siempre implica una reducción. Supongamos que colocamos a un tipo con un cociente intelectual de 150 puntos. Aleatoriamente vamos sumando individuos con cocientes intelectuales dispares y realizamos una media una vez alcanzamos los cien miembros. Inevitablemente, la media será inferior a la que poseía el individuo aislado. La masa no acumula el talento, sino la mediocridad, y por ello la masa adquiere, por una cuestión numérica, un comportamiento errático. Así, una decisión tomada por uno, dos o tres individuos talentosos será siempre mejor que aquella tomada por un grupo de doscientos, quinientos o mil sujetos talentosos. Incluso en una decisión adoptada por centenares de talentosos no encontraríamos una gran diferencia que la tomada por un grupo reducido de idiotas. Otra de las particularidades del poder de la masa es su efecto contagioso. Una vez el individuo ha quedado atrapado, este se contagia mentalmente del comportamiento de la mayoría manifestando opiniones y actuando de forma contraria a como lo haría a título individual. Esta práctica se ve claramente en los festejos populares. Nadie en su sano juicio decidiría orinar en un portal un lunes laborable a las doce de la mañana; sin embargo, con la llegada de la masa y su conquista de las calles, este individuo se atreve a llevar a cabo dicha acción únicamente porque la masa convalida su comportamiento. Si todos lo hacen, ¿por qué yo no? En una masa toda acción, todo sentimiento y toda idea son contagiosos, llegando al punto de actuar de manera contraria a los valores que de forma individual se defienden; una actitud que el hombre solo es capaz de asumir cuando forma parte de una masa. Este poder consigue paralizar el raciocinio, el civismo y el buen hacer al hombre-masa cuya personalidad queda eliminada y su discernimiento, abolido. Este poder guarda una gran relación con la presión de grupo.
 
Jano García
El triunfo de la estupidez, página 20
 
 
 
Sería algo excepcional en la historia del mundo que un régimen detestado por las poblaciones haya durado cinco siglos. No se explicaría que treinta legiones imperiales hayan podido someter a cien millones de personas».
 
Jano García
El triunfo de la estupidez, página 28
 
 
Sin duda, nuestro siglo será citado por los historiadores del futuro como aquel en el que se intentaron con mayor intensidad todo tipo de disparates. Los delirios colectivos impresionan el alma de las masas bajo oradores que apelan a sus sentimientos para ganarse su favor. Las leyes lógicas y racionales no causan impacto alguno sobre ella, por lo que para conquistar a la masa hay que conocer los sentimientos que la mueven y ser capaz de modificar los mensajes conforme varía su espíritu. La masa es un rebaño que no sabría cómo actuar sin su pastor. Al no poseer una idea mínimamente elaborada y razonada, requiere alguien que la guíe por los senderos más tenebrosos. No es la búsqueda de la libertad lo que motiva a la masa, sino la búsqueda de la servidumbre. Instintivamente se somete al primer autoproclamado nuevo mesías y se entrega con una convicción plena y una fe renovada.
 
Jano García
El triunfo de la estupidez, página 31
 
 
Para que un estúpido te entienda, uno debe decir estupideces.
 
Jano García
El triunfo de la estupidez, página 32
 
 
La manipulación de masas es muy sencillo generar un sentimiento que no se corresponde con la realidad. La masa simplemente necesita una excusa, un acto que la asombre y le impacte para asumir como real un argumento que no se sostiene a tenor de los datos.
 
Jano García
El triunfo de la estupidez, página 35
 
 
¿Cuántos envidiosos declarados conoce usted? ¿Cuándo alguien le ha dicho que hizo esto o lo otro por pura envidia? ¿Qué nos revela tal afirmación? Que la envidia es un sentimiento razonado y, por ello, doblemente negativo. ¿Por qué decimos esto? Porque, a diferencia de la alegría, que brota sin una justificación racional, sino más bien impulsiva, cuando un padre ve a su hijo después de muchos años, o la tristeza que aparece cuando fallece uno de nuestros progenitores, la envidia requiere de un proceso de razonamiento que te convenza de envidiar al prójimo, ser consciente de ello y así poder ocultarlo. Nadie puede ocultar un sentimiento que nace de manera instintiva o natural sin razonamiento previo, mientras que la envidia sí puede ser escondida y disfrazada. ¿De qué manera? De mil formas, aunque la preferida siempre suele ser la justicia. ¡Expropien al rico! ¡Que paguen más! ¡Distribuyan la riqueza! ¡Instauren un nuevo impuesto! ¡Establezcan cuotas para las mujeres! Todas estas afirmaciones obedecen a la envidia, pero la masa las disfraza de justicia. Nunca nadie afirmó: «¡Que los ricos paguen más, que nos dan envidia!». La envidia es el más oculto de los vicios humanos y el envidioso siempre es insaciable. Nunca verá suficiente en el expolio que sufre el prójimo hasta que este no se vea reducido al mismo nivel que él. Un sentimiento contagioso que la masa española enarbola continuamente causando todo tipo de desdichas.
 
Jano García
El triunfo de la estupidez, página 50
 
 
La desigualdad es condición natural del ser humano y solo a través de la coacción, la arbitrariedad y la injusticia se puede lograr la supuesta igualdad.
 
Jano García
El triunfo de la estupidez, página 67
 
 
En España se realizan numerosos diagnósticos sobre los problemas que nos rodean, pero nunca se señala el mayor de todos: la envidia. El hostigamiento al que se enfrenta el hombre superior creador de riqueza y progreso genera un empobrecimiento generalizado que, trágicamente, queda asumido y estimulado por el coro envidioso que prefiere la igualdad en la miseria que la desigualdad en la riqueza. La igualdad entre los hombres solo puede darse en la pobreza global y, para ello, es necesario acabar con el pequeño puñado de hombres estelares.
 
Jano García
El triunfo de la estupidez, página 80
 
 
Pero la masa estaba hambrienta de totalitarismo distópico y se inclinaba como una ramera a cualquiera que fuera la barbaridad que se le incitaba a cometer. Algunas de ellas fueron las siguientes:
 
–En los aeropuertos quedaba terminantemente prohibido sentarse junto a otras personas. Eso sí, una vez en el avión, ahí estaban todos bien hacinaditos porque el COVID-19 no era de subirse a los aviones —tenía vértigo— y sí mucho de salas de espera.
 
–Dentro de los aviones era obligatorio llevar la mascarilla excepto si pedías unos cacahuetes o una botella de agua. Entonces el COVID-19, que siempre ha sido extremadamente educado y no le gusta interrumpir, se mantenía al margen y no te infectabas. Ahora bien, si no comías, te tocaba ahogarte en tu propio aliento.
 
–En los conciertos, los cantantes portaban una mascarilla con una abertura para poder cantar. Esto, en la práctica, era como no llevar nada, pero la estupidez es supersticiosa y el COVID-19, por lo que se veía, también.
 
–No eran pocos los ciudadanos que conducían con la mascarilla puesta aun estando solos en el vehículo, no fueran a reinfectarse a sí mismos tosiendo. Estos estúpidos eran los favoritos del COVID-19.
 
–Las playas se parcelaban para que los ciudadanos que decían acudir a la playa al aire libre no se infectaran. Esta medida consiguió evitar la infección de la increíble cifra de 0 personas. Pero ahí estaba la masa obediente. Incluso alguno se metía en el mar con la mascarilla puesta, no fuera a infectar a algún pececillo.
 
–Se presentaban guías para desinfectar el pan, la compra, etc. Incluso se puso de moda el uso de guantes, si bien es cierto que por un corto periodo de tiempo, porque no servían para nada.
 
–Quedaba prohibido ir sin mascarilla al baño del restaurante. Eso sí, en la mesa uno podía quitársela porque el COVID-19 era un poco pillo y acechaba detrás de la puerta de los baños de los bares.
 
–En el Ayuntamiento de Lucena se prohibió quedarse quieto y de pie partir de las 19.00 horas para «evitar contagios». Y es que era bien sabido que al COVID-19 no le gustaba la gente calmada.
 
–En las largas colas de las discotecas al aire libre era obligatorio el uso de mascarilla, pero una vez dentro de la discoteca uno podía quitársela y gritar, abrazarse y morrearse junto a cientos de personas.
 
–La hostelería debía cerrar a la 01.00 y quedaba prohibido el consumo en la barra. Nunca nadie leyó un informe que dijera que el COVID-19 tenía especial interés por las barras y no por las mesas.
 
–Quedaba prohibido que fueran más de seis personas las que se reunieran en Navidad. Nunca nadie leyó un informe que dijera que el COVID-19 se impacientaba y se volvía loco si la reunión era de siete. Seis era, según los expertos, el número exacto. Ni uno más, ni uno menos. Así lo determinaba «la ciencia».
 
–Se instauró el toque de queda entre las 00.00 y las 06.00 excepto los días 24 y 31 de diciembre, cuando el toque de queda pasaba de ser desde la 01.30 hasta las 06.00. Porque, como todo el mundo sabía, el COVID-19 también descansaba y en festivos su capacidad de contagiar menguaba considerablemente. ¡Que lo decía la ley, oiga!
 
–Se crearon los llamados «Espacio free covid». A la masa le otorgaba tranquilidad —víctima de su limitada capacidad intelectual— leer un cartelito que le asegurara algo que resultaba imposible. Si bien es cierto que si eso ocurre con los puntos violetas, ¿por qué no con el coronavirus?
 
–Se pintaron marcas en las aceras para respetar la distancia de seguridad, porque el COVID-19 a dos metros bien, pero si te colocabas a un metro y ochenta centímetros, entonces te hacía implosionar.
 
–En muchos aparcamientos se dejaba una plaza de separación entre los vehículos con el propósito, debe ser, de que no se infectaran los coches entre ellos.
 
–Se montaron impresionantes dispositivos con la participación de helicópteros para detener a peligrosos individuos que surfeaban solitarios en el mar.
 
–A los enfermos ingresados en los hospitales se les mantenía con las ventanas abiertas en pleno invierno. De esa forma, si la neumonía bilateral no la tenían muy desarrollada, podían cogerla con más fuerza. Todo era para salvar vidas.
 
–Se colocaron flechas en los supermercados, centros educativos, hospitales, etc., para Dios sabe qué.
 
–Solo podía circular en coche un conductor, sin acompañantes. Estaban prohibidos los desplazamientos con más de una persona en el interior del vehículo. Es decir, un padre no podía llevar a sus hijos en el coche, pero luego en casa sí podía estar con ellos porque el COVID-19 se mareaba en el coche y respondía infectando, mientras que en una casa particular no. Las multas por incumplir el disparate oscilaban entre los 300 y los 1.000 euros.
 
–En Castilla y León, por ejemplo, solamente podía haber 25 personas en la catedral de Salamanca, pero más de 50 en los autobuses urbanos. El COVID-19 nos salió protestante y perseguía con fiereza a los católicos.
 
–Un matrimonio no podía ir en el mismo coche, pero sí dormir juntos en la misma cama porque el COVID-19 es un romántico. Posteriormente, en los coches de cuatro o cinco plazas podían viajar dos personas, una por fila.
 
–El Parlamento fue clausurado, algo que no había ocurrido ni durante la Segunda Guerra Mundial mientras la Luftwaffe bombardeaba continuamente Londres.
 
Podríamos enumerar decenas de estúpidas normas que los ciudadanos tuvieron que seguir y que no sirvieron para evitar contagio alguno, pero sí para comprobar hasta qué punto la estupidez reinaba.
 
Todas estas medidas estaban avaladas por un comité de expertos ¡que resultó que no existía! Estaba compuesto por nadie. Así, sin más. A veces uno no tiene más remedio que dar las gracias a las generaciones que nos han precedido y dejado un país desarrollado. De lo contrario, si dependiera de la degeneración más preparada de la historia española y con tanta deficiencia mental acumulada, España sería, en el mejor de los casos, algo parecido a Somalia. Pero la vida es injusta y mientras nosotros saboreamos las mieles del primer mundo, otros pagan las consecuencias del tercermundismo.
 
Jano García
El triunfo de la estupidez, página 98
 
 
La estupidez fue la que permitió al poder extender sus tentáculos. La pandemia del COVID-19 fue el último ejemplo de cómo la masa puede implorar la intervención gubernamental para paliar sus desdichas. El poder político, evidentemente, acudió encantado para mostrarse como el salvador a pesar de que todo era una gran mentira.
 
Jano García
El triunfo de la estupidez, página 114
 
 
No es exagerado decir que gran parte del control que se impuso —sobre todo a través de la tecnología— sigue vigente en la actualidad. La masa se vio encantada de compartir el poder con los gobernantes y los gobernados reafirmaron la execrable naturaleza de la mayoría. Y todo se dio bajo regímenes democráticos. Por lo tanto, la tesis democrática que sostiene que los distintos contrapoderes limitan y controlan el poder del gobernante se revela como falsa, pues todo queda reducido a lo que apruebe un parlamento. Las mayores atrocidades cometidas contra la libertad y los derechos naturales del hombre en el siglo XXI se hicieron, a diferencia de otras épocas, bajo el paraguas democrático y la libertad de voto. El arrogante occidental que suele mirar con desprecio a los regímenes totalitarios lejanos es incapaz de observar el suyo propio. Los demócratas aprobaron leyes que impidieron salir de casa —y, por ende, trabajar y alimentar a sus hijos— a todos aquellos padres de familia que no se habían inyectado la vacuna contra el COVID-19. «¡Es el imperio de la ley!», berrean a la luz del alba los «demobestias». Sí, claro, del mismo modo que el imperio de la ley rige Corea del Norte, China, Cuba o Venezuela. La ley, en muchas ocasiones, no deja de ser el pasto que alimenta las almas de los que están dispuestos a aceptarla y no desobedecerla a cambio de vivir en un establo seguro sin importar el contenido de la misma.
 
Jano García
El triunfo de la estupidez, página 114
 
 
Como decía, Ómicron infectó masivamente a la población y la farsa saltaba, por fin, por los aires. Hasta el más necio empezaba a dudar del cuento que había escuchado durante tanto tiempo. No era necesario que los vacunados y ultravacunados se infectaran masivamente para percatarse del engaño. Bien sencillo resultaba, aplicando el uso de la lógica meses antes, desmontar la mentira. El diálogo entre el Relato y la Realidad era el siguiente: Relato: Si te vacunas, no te infectarás. Realidad: Los vacunados se infectan. Relato: Bueno, te infectas, pero no acabas en la UCI seguro. Realidad: Falso. Muchos vacunados terminan en la UCI. Relato: Vale, pero es que en realidad la vacuna no evita que te infectes, pero evita que te mueras. Realidad: Personas vacunadas fallecen. Relato: Los vacunados infectan menos que los no vacunados. Realidad: Los vacunados infectan igual que los no vacunados. Relato: Ya, pero es que se tiene que vacunar todo el mundo para que funcione la estrategia. Realidad: ¿Qué clase de vacuna es aquella que no protege al vacunado?
 
Jano García
El triunfo de la estupidez, página 116
 
 
Es un deber moral poner al alcance de la humanidad todos los medios a nuestro alcance para su desarrollo. Solo una desenfrenada avaricia por sostener el poder puede reclamar —como lo hacen los gobernantes que ofrecen infinitas ayudas sociales a aquellos que por sí mismos pueden labrarse su futuro— poseer el monopolio de los recursos que rodean a todas las sociedades para corromperlas y generar calamidades a las gentes bajo la falsa apariencia de la solidaridad. Pero ¿no hay acaso un porcentaje de seres humanos que no pueden cubrir sus necesidades básicas por sí solos?, reprenderá el amante de los falsos regalos con preciosos envoltorios. ¿No hemos respondido acaso a esa falsa dicotomía ya? No estar a favor de un sistema injusto, del mercadeo tercermundista, de la compraventa de votos y de la demagogia como medio para alcanzar el poder no implica que la postura contraria sea que el Gobierno no utilice el Estado para ayudar al desprovisto. La obligación moral de cualquier ser humano es ayudar al desfavorecido como bien indica el verdadero significado de la justicia social, pero convertir un país en una dispensadora de privilegios para una masa inerte y hacer pagar a una pequeña minoría la tiranía de la mediocridad no tiene nada de solidario, justo o social. ¿Exageramos a la hora de afirmar que la economía ha dejado de estar orientada al bien común y la justicia social para hacer realidad los sueños de una banda de dementes incapaces de comprender cómo están generando su propia destrucción?
 
Jano García
El triunfo de la estupidez, página 137
 
 
Si hay un pueblo envidioso por naturaleza, ese es el español.
 
Jano García
El triunfo de la estupidez, página 141
 
 
Si por algo se caracteriza el tonto contemporáneo es por creer que su tiempo es superior moral, ética, estética y espiritualmente del resto.
 
Jano García
El triunfo de la estupidez, página 159
 
 
El rey Guillermo III, en el año 1696, creó el Window Tax (impuesto a las ventanas) con el objetivo de aumentar la recaudación de las arcas públicas. Por supuesto, el impuesto iba dirigido a los más ricos, pues el rey sostenía que aquel que poseía un gran número de ventanas era debido a que su casa era más grande que la de los pobres, que apenas tendrían un par. Un truco que, como vemos, no ha dejado de utilizarse a lo largo de la historia para justificar lo injustificable. ¿Qué hicieron miles de ciudadanos para evitar el pago? Tapiarlas. Y no fueron precisamente los ricos los que renunciaron a la luz natural en sus hogares, sino más bien los ciudadanos menos pudientes. Incluso hoy en día se puede observar en Inglaterra adefesios arquitectónicos que obedecen a un impuesto que estuvo vigente hasta 1851.
 
Jano García
El triunfo de la estupidez, página 167
 
 
 
Podemos resumir en cinco puntos la teoría de Nurkse: 1. Un país es pobre cuando no tiene capacidad de ahorro. 2. Si no tiene capacidad de ahorro, posee un nivel real de renta bajo. 3. Si posee un nivel real de renta bajo, no atrae inversión debido al reducido poder adquisitivo de la población. 4. Si no atraes inversión, no generas riqueza. 5. Si no generas riqueza, te mantienes pobre.
 
El triunfo de la estupidez, página 198
 
 
Minusvaloramos, por no ser conscientes de ello, la extraordinaria labor que realizan decenas de miles de seres humanos a diario para mejorar la seguridad y la supervivencia de nuestra especie, al igual que olvidamos los grandes descubrimientos a los que recurrimos a diario. Lo que en el pasado causó grandes tragedias hoy es fácilmente solventado. Toda una heroicidad.
 
Jano García
El triunfo de la estupidez, página 213
 
 
No todos los estúpidos son iguales. Todos, sin excepción, somos estúpidos en ciertos ámbitos y cometemos estupideces a lo largo de nuestra vida. Hay estúpidos a tiempo parcial, otros a medias y, desde luego, estúpidos a jornada completa. Es cierto que la maldad humana ha sido, para muchos, la gran causante de las grandes tragedias y barbaridades de la historia. Pero nunca una idea malvada podría haberse llevado a cabo si no hubiera existido un gran grupo de personas estúpidas que la apoyaran. El malvado se sostiene gracias a los imbéciles, por lo que, en realidad, la estupidez es la más peligrosa de cualquier condición humana. Si pudiéramos escoger entre suprimir la maldad o la estupidez, sin duda la segunda sería la mejor opción porque el malvado, el demagogo y el charlatán se quedarían sin armas para llevar a cabo sus delirios.
 
Jano García
El triunfo de la estupidez, página 260
 
 
Una nación que aspira a progresar debe contar con unos servidores públicos de elevado nivel. La política tiene que ser aburrida, incomprensible para la masa. Si la masa entiende de qué se habla es porque el nivel de los gobernantes es muy bajo. Bastaría un grupo de tecnócratas que usando un discurso tan sofisticado y complejo nadie entendiera qué dicen, porque si lo entienden, el nivel es acorde con el de la masa y entonces estamos ante la política del espectáculo. La complejidad requiere especialización y la masa solo puede especializarse en una cosa: la estupidez.
 
La única verdad demostrada es la naturaleza humana y su comportamiento gregario. Por ello, la moral de la masa es lo fundamental y, sobre todo, relegarla a su posición natural: la estupidez acompañando, mas no elevándose por encima de los talentosos. La clase media —por mucho que se repita— no es la que hace que una nación avance. Otorga cohesión, que es fundamental, pero sin los talentosos que tiran de todos no hay nada. El brillante individual, ese es el gran benefactor de la humanidad que nos permite avanzar. Y, como hemos visto, el nivel del individuo decrece a gran velocidad en cuanto este pasa a conformar la masa. Por este motivo, el principio mayoritario debe ser impugnado, rechazado y despreciado, pues lo verdadero y lo bueno son independientes del número de hombres que sean capaces de reconocerlo. La tesis mayoritaria prevalece no porque sea infalible y certera, sino porque es impuesta desde una superioridad numérica a una minoría. El número no expresa ni la verdad ni el bien, simplemente expresa una cantidad determinada de personas que sostienen una serie de ideas. Incluso llegados al punto de existir una unanimidad sobre la igualdad, esta no dejaría de ser una falaz pretensión.
 
Es por ello que resulta de vital importancia no estimular la estupidez, y para eso resulta esencial rechazar el mundo consumista moderno que genera una sociedad de fracasados. Mientras las generaciones pasadas consideraban progresar, mejorar su situación profesional, formar una familia, aumentar sus ingresos —trabajando duro, no reduciendo la jornada laboral—, tener una casa en propiedad e incluso hacerse con una segunda vivienda, ahora nos enfrentamos a una miseria que tratan de disimular con ridículos nombres como coliving, coworking, nesting y un sinfín de ridículos términos. Lo cierto es que no tiene nada de progresista compartir piso a cierta edad, no poder tener tu propio espacio de trabajo, cambiar el ocio por quedarse en casa, no tener un coche, darse duchas de agua fría, no comer carne o tener que vestirse con ropa de segunda mano. Eso no es progreso, sino más bien retroceso.
 
Y es cierto que ahora las estupideces cuentan con mayor apoyo —en gran medida gracias a las redes sociales— y los seres más ridículos se hacen virales a gran velocidad cosechando numerosos seguidores que se reconocen en personajes absurdos disfrazados con los trajes más horteras y los vestidos más siniestros del mercado. Uno solo puede contemplar a izquierda y derecha personajes patéticos propios de un esperpento de Valle-Inclán. Por eso, es vital acabar con el poder otorgado a la masa estúpida y que esta vuelva a su lugar natural. No conviene desesperarse ni exaltarse en el proceso de reajuste que antes o después llegará, pues el cataclismo está garantizado bajo la senda de la estupidez. Y es que siempre habrá un rincón en el que poder comprobar que es preferible la belleza a la fealdad, la inteligencia a la estupidez, la bondad a la maldad, la sofisticación a la vulgaridad, la prosperidad a la pobreza y el conocimiento a la ignorancia. Dios es un tipo con un gran sentido del humor. No dotó a ningún humano de plena inteligencia, pero sí de plena estupidez. Y, sin duda, decidió dejar reducido a un porcentaje casi nulo de hombres la genialidad humana para así poder demostrar cómo unos pocos son capaces de hacer que la humanidad, a pesar de todo, siga evolucionando y cosechando grandes obras.
 
Jano García
El triunfo de la estupidez, página 261
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

Luigi Taparelli

"De la idea del derecho nace espontáneamente la de justicia social. Un alma recta admira el orden y lo ama en sí misma y en los demás, y por consiguiente propende a guardarlo haciendo de modo que al derecho corresponda exactamente el deber. Esta inclinación habitual a igualar a entrambas partes suele llamarse justicia; mas para establecer esta igualdad debe poseer las bases en que descansen sus juicios: ¿qué bases son estas? La justicia social es para nosotros justicia entre hombre y hombre [...]. Es claro que entre hombre y hombre la relación que media es de perfectísima igualdad; porque un hombre y otro hombre no son sino dos veces la humanidad: ¿puede darse mayor igualdad de proporciones? De donde tengo que concluir que la justicia social debe igualar de hecho a todos los hombres en lo tocante a los derechos de humanidad, como el Criador los hizo iguales en naturaleza; y que el hombre que obra tomando por norma la justicia llena las intenciones de quien le crio.

Concluiré, pues, rectamente que todos los individuos humanos son naturalmente desiguales entre sí en lo tocante a la individualidad, como son iguales naturalmente cuanto a la especie; y así las acciones humanas entonces serán justas cuando se acomoden a los derechos individuales diversos de aquellos a quienes se refieren."
 
Luigi Taparelli
Tomada del libro El triunfo de la estupidez de Jano García, página 128
 
 
 
“La justicia social debe igualar de hecho a todos los hombres en lo tocante a los derechos de la humanidad.”
 
Luigi Taparelli