Pierre Sabak

"El Constructor o Masón, representado convencionalmente con una serpiente roja, se correlaciona con las artes mágicas, llamadas, ambiguamente, «Las Artes». En Iconografías de Babilonia y El Obeid, la serpiente roja se ajusta al progenitor pez-cabra de los se'irlm y los «alienígenas» (los zari). Estas categorías son variaciones del «pez menstrual» o la «serpiente peluda» (angélica-humana)."
 
Pierre Sabak
Tomada del libro de David Icke El despertar del león, página 465
 

Philip Elmer-DeWitt

"Algunas personas figuran en los titulares de la prensa, pero son otras las que escriben la historia."

Philip Elmer-DeWitt

Philip Eugéne

 "Estuve presente en la muerte de mi padre en 1988, para recibir su poder y la comisión de cumplir con mi destino en la gran conspiración de mi familia. Como sus demás hijos, yo desempeñaba un papel importante en la rebelión de mi familia ante Dios. Cuando miro la CNN, me sobresalta ver tantas caras familiares ahora sobre el escenario mundial de la política, el arte, las finanzas, la moda y los negocios. Crecí con estas personas, me reunía con ellas en lugares de rituales de adoración y en los centros de poder. Economistas, artistas, realeza e incluso presidentes.. Recuerdo a los Rockefeller y los Bush asistiendo a rituales, pero nunca tenían categoría suficiente para dirigirlos. Sigo pensando en el os como lacayos y no como agentes reales del poder oculto. A excepción de Alan Greenspan [presidente de la Reserva Federal de Estados Unidos], muchos de estos hombres fueron seguidores clandestinos, sobre todo por razones de prestigio y poder económico. Greenspan, recuerdo, era una persona que gozaba de un enorme poder espiritual oculto y podía acobardar a los Bush y al más joven Rockefeller con tan sólo mirarlos. Casey, el exdirector de la CLA (como la mayoría de los jefes de la CLA de los últimos cuarenta años), Kissinger y Warren Christopher [exsecretario de Estado de los Estados Unidos] también acudían a encuentros no rituales y algunos rituales ocultos, pero permanecían en las filas de atrás."

  Philip Eugéne Rosheger
 
 
 
"Mi padre era un diletante decadente así como también un maestro satanista que odiaba a Dios, pero tenía una gran pasión por los campos y las viñas. Solía decir que hacía que aflorase “su instinto primario”.

Al ser un descendiente de los Rothschild fui demonizado al máximo."

 Philip Eugéne Rosheger

James Stockdale

"[Yo] tenía el mejor asiento de la casa para observar la situación, y nuestros destructores disparaban contra blancos invisibles; allí no había barcos de vietnamitas del norte.. Al í no había nada sino aguas negras y fuego de ios estadounidenses."
 
James Stockdale 
Tomada del libro El despertar del león de 
David Icke
, página 444

Las fronteras de lo posible

Álex Escolà-Gascón Las fronteras de lo posible,

 
Vivimos tiempos peculiares. Tiempos en los que la ignorancia se disimula con carisma y el desconocimiento se adorna con presentaciones bien diseñadas. Abundan quienes se presentan como expertos en todo: neurociencia, liderazgo, innovación educativa, inteligencia emocional, filosofía, salud, felicidad… Citan a Nietzsche y a la vez a Paulo Coelho. Mezclan a Jung con TikTok. Hablan con soltura de la dopamina y de la Biblia, de meditación y de algoritmos, sin haber estudiado a fondo ninguno de esos ámbitos. Son los nuevos doctores de lo superficial: encantadores de audiencias que sustituyen la sabiduría por el aplauso y la verdad por la estrategia de la marca personal.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 2
 
 
Qué es la realidad
 
Para los lectores no familiarizados con la lógica de la escolástica tomista ni con el neotomismo, debemos explicar dos principios o axiomas metafísicos. Recordemos que un axioma es una definición aceptada como infalible. Por ejemplo, es infalible que cualquier cosa es igual a sí misma. La generalización «cualquier cosa» no es gratuita, ya que se aplica a todo elemento, objeto o ente. Esto es habitual en los axiomas correctamente planteados y, tanto la infalibilidad como su generalización los convierte en proposiciones irrefutables. Aclarado qué es un axioma, el primero que se debe exponer es el principio de coherencia objetiva, el cual afirma lo siguiente: es imposible que una cosa sea y no sea al mismo tiempo y en el mismo sentido. De esta definición se deduce que, si la realidad no existiera y nada de lo que nos rodea tuviese objetividad, entonces no podría pensarse, decirse ni afirmarse absolutamente nada con sentido, pues toda proposición dependería de un caos lógico donde lo verdadero y lo falso serían indistinguibles. Si una cosa pudiera ser y no ser al mismo tiempo y en el mismo sentido, cualquier juicio sobre la realidad colapsaría en contradicción, haciendo imposible no solo la ciencia, sino también la experiencia subjetiva más elemental. Por eso, el axioma de coherencia objetiva no es una simple convención literaria, sino que es la expresión misma del ser: la realidad tiene estructura y esa estructura es parcialmente inteligible. Negarla implica destruir las condiciones mínimas para conocer, dialogar o incluso dudar, pues hasta la duda más escéptica presupone que hay algo de lo que se está dudando y que esa duda significa algo. Desde esta posición, la realidad no es ninguna invención, construcción ni fabricación por parte del sujeto, ni de su mente ni de su cerebro; la realidad es un recipiente con entidades de distintas formas, niveles y tipos que agrupan agentes o fenómenos que obran por algún fin y con al menos una sola causa. Aunque en esta explicación de realidad se han incluido otros dos axiomas, la idea de que todo tiene al menos una primera causa y que toda actuación tiene alguna finalidad, lo más importante, considerando lo que me propongo en este libro, es notar que la realidad tiene una dimensión externa, objetivable y confrontable. Planteándolo de un modo menos limitante, nuestra mente y cerebro solamente actuarían como filtros o canales para descifrar lo que la propia realidad externa nos muestra, generando entonces lo que se conoce desde la fenomenología como realidad interna. Aceptar que hay una realidad externa fuera del sujeto y de su propia percepción no niega el valor ni la validez de la experiencia particular; más bien nos permite legitimarla y nos conduce a la distinción de dos dimensiones en el universo de la realidad: la realidad externa y la realidad interna, siendo esta última caracterizada por la experiencia subjetiva de cada individuo. Prestemos atención a la siguiente conexión entre ambos tipos de realidades para comprender mejor la importancia de cómo una realidad no niega ni es impedimento para que exista la otra. Concretamente, sin la presencia de la realidad externa no existiría ninguna experiencia consciente o interna que definiera la subjetividad individual. Es la realidad externa y no al revés, la que permite producir una realidad construida o interna, que es la experiencial y la fenomenológica.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 12
 
 
La base o fundamento de toda forma de conocimiento experiencial o científico parte de la confrontación con la información externa que nos rodea y es, a partir de lo que en ella se muestra, cuando aprendemos a construir nuestro propio entendimiento lógico de las cosas y del ser.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 12
 
 
El segundo axioma es el de la adecuación de la verdad, que afirma esto: la verdad es la correspondencia entre la cosa y el entendimiento. Este principio consiste en sostener que una afirmación es verdadera cuando el pensamiento o el conocimiento atribuido a ella se ajusta a lo que realmente es. Consecuentemente, no se trata de una invención del sujeto ni de una mera coherencia interna entre ideas, sino de una relación de adecuación con algo que existe fuera de la mente (extra mentem), independientemente de que lo pensemos o no. En esta línea, el entendimiento humano tiene la capacidad, aunque limitada, de alcanzar la verdad porque está naturalmente orientado hacia el ser. Es decir, nuestra inteligencia no proyecta significado arbitrariamente sobre el mundo, sino que está hecha para reconocer el orden inteligible del universo. Si el entendimiento logra conformarse con la cosa tal y como es, entonces se produce la verdad. Si, por el contrario, lo que pensamos no se ajusta a lo que es, entonces nos encontramos en el error. Un ejemplo sencillo, pero elocuente, es el del punto de ebullición del agua. Si afirmamos que el agua hierve a 100 °C, esta proposición es verdadera no porque nos parezca coherente o útil, sino porque se corresponde con un hecho objetivo de la realidad. Si calentamos agua pura en condiciones atmosféricas normales, observaremos que, efectivamente, comienza a hervir al alcanzar los 100 °C. El juicio es verdadero porque el intelecto ha captado correctamente una propiedad del ser (la ebullición) y ha formulado una proposición que se ajusta a ese dato real. Así, la verdad no es una creación mental bajo conveniencia de lo que deseamos creer o vivir. Tampoco es un juego de palabras ni una convención lingüística, sino que es un reconocimiento, un descubrimiento generado desde la confrontación experiencial y racional. Relacionando esta idea con las dos dimensiones de realidad, mientras la realidad externa es y no depende de nuestra percepción, la realidad interna emerge de la consciencia y no tiene por qué coincidir con la información externa. De acuerdo con el principio de la adecuación de la verdad, en la realidad interna solamente habrá juicios verdaderos cuando nuestra percepción, experiencia y consciencia coincidan con los elementos informativos de la realidad externa. El esfuerzo razonado y reflexionado para tratar de distinguir qué juicios son verdaderos y cuáles son falsos se ha denominado clásicamente discernimiento; o sea, tratar de discriminar aquello que es genuino o auténtico en la realidad, tanto externa como interna. Por lo tanto, esta observación que hago nos lleva a concebir que la realidad interna tampoco es una dimensión fenomenológica caótica, desestructurada o carente de inteligibilidad, sino que se trata de un plano construido dentro del realismo que también es susceptible de ser comprendido. En cualquiera de las realidades y tomando ambos axiomas que he explicado, la verdad y aquello que aceptamos como real no son entes que dependan solamente del sujeto, sino que ambas están ancladas en el ser y en la realidad, que desde esta perspectiva es dual. El enfoque neotomista contiene la maravilla de reconocer que hay un mundo real al que accedemos y en él desciframos, pero jamás lo agotamos, a través de la consciencia y razón humanas. Además, como deducción inevitable, esta cosmología nos confirma que la verdad no depende del poder que se posea, ni de la influencia o fuerza que cualquier ser humano decida aplicar sobre otros, sino que es el resultado fiel entre los complejos intercambios contingentes entre la realidad externa y la interna. Nótese que la trascendencia tomista nos sirve como antídoto contra el escepticismo más radical y el relativismo posmodernista: si no existiera una adecuación entre la mente o experiencia y las cosas, entonces no podríamos afirmar nada con honestidad, coherencia ni objetividad. Incluso, hasta la afirmación de que la verdad no existe o no es accesible a nuestro entendimiento —propia del escepticismo academicista— se volvería absurda, porque supondría que hay al menos una verdad, a saber, la que niega que haya verdad, cayendo así en pura contradicción. Por eso, Santo Tomás insiste en que este principio no solo es evidente en sí mismo, sino que es necesario para cualquier forma de conocimiento, desde las ciencias naturales hasta la teología.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 1
 
 
Solo aquello que es por sí mismo, como el Ser Subsistente, garantiza la identidad plena entre forma y ser. Todo lo demás, al existir por participación, está expuesto a la fractura entre perfección formal e inestabilidad existencial. Desde esta perspectiva, propongo que una essentia solo alcanza su actualización plena y su coherencia ontológica cuando no solo se actualiza formalmente en la realidad externa, sino cuando su esse guarda correspondencia con el Ser Subsistente. En definitiva, la perfección de la forma garantiza la excelencia de la entelequia, pero no garantiza la permanencia del ser en la realidad externa imperfecta. Una última observación, crucial, aunque tal vez aún no formulada por el lector: el neotomismo, como parte de la tradición cristiana, identifica al Ser Subsistente con Dios. Sin embargo, conviene reconocer que esta es solo una interpretación entre otras posibles. El lector, al igual que yo, posee la misma libertad interior para otorgar al Ser Subsistente el significado que resuene con su propia visión del mundo. Así, desde otros marcos de pensamiento, ese ser podría asumirse como el destino, para quienes creen en la predestinación; el azar, para los herederos del espíritu epicúreo; o incluso la consciencia misma, para quienes se inclinan por el panpsiquismo. Al final, más que delimitar al Ser Subsistente, quizá nos baste con reconocer su presencia como ese enigma que nos habita y nos permite trascender.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 34
 
 
Propongo tres niveles ontológicos claramente diferenciados: lo imposible, carente de essentia y esse; lo posible, dotado únicamente de essentia y confinado a la realidad interna; y lo real, que es aquello que posee essentia, esse y se manifiesta en la realidad externa. Comprendidas estas distinciones, se aclara que las fronteras de lo posible, expresión que da título a esta obra, no deben buscarse en aquello que ya ha sido científicamente aceptado o registrado como parte del corpus del conocimiento, sino en los límites que la propia essentia, su potencialidad, sus criterios funcionales y características nos permitan alcanzar. Estas concepciones relativas de potencia o acto aplicados a essentia y esse nos permiten comprender por qué el universo creado no es autosuficiente. Las cosas tienen estructura, forma y definiciones que podemos entender, pero ninguna de ellas se explica a sí misma como existente. Cada cosa que es, lo es en virtud de haber recibido el acto de ser y no a través de su esencia. Esta cuestión refuerza la necesidad de establecer una causa primera que no necesite actualizarse y que, siendo puro acto, pueda otorgar el ser a las demás causas sin requerir nada para sí misma. En definitiva, si la esencia es estructura para el ser, el esse, por su parte, es lo que actualiza y genera nuevas aperturas de la esencia, haciendo que lo posible se devenga como real, tanto internamente como externamente.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 38
 
 
Es fundamental comprender que el conocimiento científico, por muy objetivo que aspire a ser, es siempre una elaboración construida a partir de observaciones interpretadas bajo marcos teóricos, instrumentos de medición y criterios de validación socialmente acordados. De manera análoga, la experiencia subjetiva, aunque privada e irrepetible, también organiza los datos sensibles y emocionales en narrativas internas que otorgan sentido y coherencia a la vivencia personal. Así, la ciencia y la experiencia subjetiva no se anulan ni se contradicen: son dos modos distintos de acceder a una misma verdad más profunda, que es la realidad interior del ser humano, enraizada, eso sí, en la existencia de un mundo exterior que actúa como punto de partida y referencia común.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 51
 
 
Hablar de lo sobrenatural no es hablar de lo irracional, al contrario. En una ontología estructurada, como la tomista, lo sobrenatural no contradice la lógica interna del universo, sino que la supera, así como la luz no contradice el color, pero lo transfigura. Estas entidades no están sujetas al espacio ni al tiempo y, sin embargo, irrumpen en ellos con consecuencias inconfundibles. No pertenecen al mundo, pero dejan huella en él y, cuando lo hacen, el efecto es casi siempre inquietante.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 60
 
 
Otra característica clave de los fenómenos sobrenaturales. Se trata de su ininteligibilidad. Mientras que en lo preternatural podemos someter bajo contraste empírico de la metodología científica ciertos fenómenos que traspasan los límites de lo conocido, en lo sobrenatural, el método científico, más allá del falsacionismo, que en un sentido amplio consiste en la lógica de destacar posibles explicaciones ante los fenómenos que se estudian, no tiene nada que demostrar.
 
En este punto debo relacionar lo sobrenatural con aquellos fenómenos que son indecidibles para la ciencia y su metodología. Los fenómenos indecidibles son aquellos cuya verdad es inaccesible a la lógica del método científico y de la ciencia. Los que son sobrenaturales podrían encajar en esta definición, no por ser mágicos, cuidado, sino por ser indescifrables desde nuestra condición humana y racional. La indecibilidad es una cuestión científica demostrada matemáticamente a través de los teoremas de la incompletitud de Kurt Gödel. Esto no es una opinión que estoy compartiendo, sino una demostración que cualquier lector ateo y escéptico puede consultar científicamente. Para evitar confusiones y falsas expectativas en el lector, debo decir, que estos teoremas no demuestran matemáticamente que exista lo sobrenatural, sino que existen verdades ontológicas que son inaccesibles para el método científico y su lógica. Aunque esto parezca menor, se trata de una demostración revolucionaria para el pensamiento científico, hasta entonces encapsulado y concebido como un tipo de pensamiento completo. Lo cierto es que el pensamiento científico no está terminado y cualquiera que así lo considere estaría negando el valor de la propia investigación científica incluso en aquellos temas que son ortodoxos o clásicos. Al fin y al cabo, si el pensamiento científico estuviera terminado, ¿para qué querríamos la investigación científica?
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 64
 
 
Debe ponerse en relieve lo que ya dijo el Papa León XIII, si la ciencia pretende alcanzar la verdad y en la teología también hay verdad, ambas no pueden contradecirse porque, nada que existe como verdad puede ser y no ser al mismo tiempo. Es en esta intersección en la que ciencia y fe se fusionan constituyendo una sola verdad. Paradójicamente, cincuenta años antes de los teoremas de Kurt Gödel, el Papa León XIII ya había introducido lo que el propio lenguaje de las matemáticas reveló a través de los teoremas de la incompletitud; ¿casualidad o conocimiento revelado?
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 65
 
 
Hay misterios que, por el simple hecho de ser misterios, no son menos verdad que lo conocido.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 65
 
 
Las entidades sobrenaturales no son el recurso del ignorante, sino que son las hipótesis de quien, confrontándose con lo real, reconoce que no todo lo que existe puede explicarse desde abajo, o sea, desde la realidad externa. Algunas presencias, algunas acciones o algunos efectos, solo se comprenden si se acepta la posibilidad de un orden que trasciende la naturaleza sin destruirla. En ese sentido, lo sobrenatural no es lo contrario de lo natural, sino su cumplimiento desde lo alto. Y cuando toca la carne, el pensamiento o el alma de un ser humano, la sensación que queda no es de sorpresa, sino de temblor.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 65
 
 
La honestidad intelectual exige reconocer lo anómalo como lo que es: una puerta abierta al estudio y no una conclusión definitiva.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 67
 
 
La honestidad intelectual exige reconocer lo anómalo como lo que es: una puerta abierta al estudio y no una conclusión definitiva.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 72
 
 
Qué distinción habría entre los fenómenos preternaturales y el término «paranormal». Debo señalar que las entidades preternaturales suceden dentro del dominio natural, pero se desconoce qué son, cómo funcionan y qué las produce. Lo preternatural puede desafiar las reglas que explican los fenómenos naturales y ser inexplicados, pero se manifiestan dentro de la ontología natural sin permanecer al margen de ella. Esta sería la característica básica que distinguiría lo preternatural de lo paranormal. Si lo paranormal no sucede dentro de la normalidad, pero tampoco está fuera de ella, entonces, queda en una dimensión incomprendida que se vuelve inaccesible al conocimiento medible, razonable y susceptible de ser contrastado científicamente en condiciones de experimentación. Esto no es así para los fenómenos preternaturales, los cuales, aunque misteriosos, sí están dentro de la naturalidad o normalidad, pudiéndose aplicar en la investigación científica. Si lo paranormal se usa para referirse a fenómenos misteriosos que quedan dentro de un limbo que es tierra o conocimiento de nadie, entonces es un uso incorrecto e incoherente,
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 72
 
 
En la medida de lo posible, debemos evitar el uso de ciertos limbos si pretendemos ofrecer un conocimiento riguroso de las fronteras de lo que es posible o no.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 73
 
 
El uso indiscriminado de «superexperiencia» tiende a clausurar la investigación crítica. Nombrar algo como «super» puede ser un modo elegante de abandonar su análisis detallado, como si esas experiencias escaparan por naturaleza a toda comprensión científica o filosófica. No obstante, es precisamente lo contrario lo que debería impulsarnos: cuanto más desconcertante es una experiencia, más razones tenemos para indagarla, medirla y comprenderla. Si deseamos progresar en el conocimiento, debemos tratar incluso nuestras vivencias más extraordinarias con la misma sobriedad, apertura y rigor que dedicamos al estudio de los fenómenos habituales.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 83
 
 
Santo Tomás de Aquino enseñó que la razón humana puede y debe buscar la verdad con todos y en todos sus medios, pero también advirtió que el ser excede siempre la capacidad finita del entendimiento humano. Ante los misterios que superan el alcance de la verificación empírica, el neotomismo propone a la ciencia una actitud de apertura racional: ni credulidad ingenua ni escepticismo cerrado, sino un respeto activo hacia la posibilidad de realidades que todavía no comprendemos del todo.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 86
 
 
La egolatría y la mala educación son males sumamente contagiosos.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 88
 
 
Una ciencia que no se atreve a mirar lo extraño es una ciencia que renuncia a su propia vitalidad. Se convierte en un arte moribundo, repetitivo, ajeno a la fuerza creativa que impulsa toda verdadera búsqueda de la verdad. Una ciencia que, en cambio, se permite investigar lo anómalo, sin miedo, sin dogmatismos, con rigor y con paciencia, se mantiene fiel a su vocación más noble: buscar la verdad, incluso cuando esta aún no tiene nombre ni rostro claro ante nosotros.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 90
 
 
Alucinaciones clásicas
Pseudoalucinaciones
Los contenidos se perciben como físicos, con una corporalidad material.
Los contenidos se perciben como imágenes, sin corporalidad material.
Se activan reacciones fisiológicas reales en los órganos sensoriales.
No hay reacciones fisiológicas
en los órganos sensoriales.
Lo percibido se experimenta
como externo o perteneciente
a la realidad física.
Lo percibido se experimenta como interno o relacionado con uno mismo.
La persona no logra diferenciar
de forma efectiva entre lo real y lo irreal.
La persona distingue claramente entre los contenidos reales y los irreales.
Esto suele conllevar una pérdida de contacto con la realidad y estados alterados de consciencia.
El contacto con la realidad
se mantiene, sin alteraciones
de la consciencia.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 124
 
 
Solamente se conocen dos líneas teóricas de trabajo que hayan logrado superar este problema de la decoherencia: una es la teoría de la cognición cuántica del doctor Jerome Busemeyer, de la Universidad de Indiana, de Estados Unidos (por cierto, este científico es alguien completamente ignorado por los parapsicólogos, esto también es un indicador del nivel pésimo que la parapsicología posee en matemáticas). La otra es la teoría de la plasticidad no local, formulada en 2024 y demostrada matemáticamente por un servidor que ha escrito este libro. Seré claro, pero con el debido respeto: hasta la fecha, ningún premio Nobel, incluidos científicos tan admirables como Sir Roger Penrose o Brian Josephson, ha logrado resolver de manera matemática el problema de la decoherencia cuántica aplicado al estudio de la consciencia. Por supuesto, sus méritos en sus respectivas disciplinas son indiscutibles y no pretendo restar valor a sus contribuciones. Sin embargo, en el ámbito específico de la consciencia, han sido —hemos sido— investigadores más discretos o poco visibles quienes hemos comenzado a proponer soluciones matemáticas operativas a este desafío. Soy plenamente consciente de que esta afirmación puede parecer pretenciosa, y por ello me esfuerzo en mantener un tono prudente: tanto la teoría del doctor Busemeyer como la mía se hallan aún en una etapa temprana de desarrollo. A pesar de los avances logrados, teóricos y experimentales, el camino para demostrar de forma concluyente que la consciencia puede funcionar según principios cuánticos sigue siendo complejo y abierto a revisión. Precisamente por eso, las interpretaciones que puedan extraerse de nuestras propuestas deben ser abordadas con rigor y humildad científica, reconociendo siempre la posibilidad de mejora o de ser refutadas. De lo contrario, corremos el riesgo de desvirtuar el debate y acercarnos a aquellas visiones que, lamentablemente, distorsionan la física cuántica para fines sensacionalistas o especulativos.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 156
 
 
Lo que sí puedo afirmar con convicción es que existe una base científica —todavía incipiente pero consistente— que permite explorar seriamente la hipótesis de un funcionamiento cuántico de la consciencia. El reto consiste en exponerla con rigor, honestidad y sin concesiones al deseo de que la realidad se ajuste a nuestras preferencias. Por mi parte, estoy comprometido con presentar incluso aquello que pueda poner en duda mis propias hipótesis, porque solo desde esa transparencia es posible avanzar de verdad.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 157
 
 
La teoría de la plasticidad no local
 
Durante años, en mi investigación sobre percepción, consciencia y fenómenos anómalos, he observado una constante: muchas experiencias humanas no encajan en el marco de los modelos clásicos de procesamiento sensorial. Las teorías tradicionales —ya sean directas o indirectas— asumen una linealidad causal entre estímulo, sentido y representación mental. Sin embargo, existen suficientes evidencias acumuladas para aceptar que esta cadena de efectos se rompe o se comporta de manera inesperada. En realidad, la teoría que presentaré a continuación nace del pragmatismo y funcionalismo de la cognición cuántica de Busemeyer, como un intento científico para otorgarle a esta forma de cognición cierto grado de validez ontológica.
 
Formulo esta teoría como una propuesta intermedia entre el dualismo y el fisicalismo. Ni defiendo una mente separada del cuerpo, ni acepto sin más que todos los procesos mentales se reducen a funciones cerebrales localizadas. Propongo que la consciencia humana puede experimentar una modulación estructural, una forma de neuroplasticidad, que no está restringida a un punto físico del espacio-tiempo. Esta plasticidad se manifiesta cuando el sistema perceptivo se ve influido por información o eventos no locales, es decir, no accesibles directamente a través de los sentidos ni ubicados en el entorno inmediato del individuo.
 
Para comprender esta propuesta, es necesario descentrar el concepto de percepción. Percibir no es solo representar estímulos; es también una forma de adaptación del sistema consciente a contextos de alta incertidumbre. Desde esta perspectiva, la consciencia no solo procesa, sino que aprende a reorganizar su marco de referencia cuando lo que ocurre no puede explicarse con las reglas habituales. La plasticidad no local es, por tanto, una hipótesis sobre cómo la consciencia reorganiza su actividad ante eventos cuya naturaleza excede la causalidad ordinaria.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 174
 
 
Principios formales de la teoría
 
En el desarrollo formal de la teoría, propongo que la consciencia puede operar bajo dos modos estructurales: el modo local, correspondiente a la percepción sensorial clásica, y el modo no local, asociado a experiencias donde la información parece proceder de fuentes distantes o no observables directamente. Estos modos no son excluyentes, sino que coexisten en una dinámica adaptativa y es la plasticidad del sistema la que permite transiciones entre uno y otro.
 
La clave matemática para formalizar esta teoría se encuentra en el análisis de estructuras de incertidumbre informacional. Utilizo herramientas estadísticas y cuánticas (como modelos inspirados en la lógica del formalismo de Hilbert) para describir cómo se distribuyen, colapsan y reorganizan las representaciones cognitivas en contextos no locales.[40] A continuación, analizo cómo estas representaciones pueden reconfigurarse a partir de tres factores críticos: la resonancia contextual, el grado de predictibilidad y la interferencia simbólica.
 
a) La resonancia contextual se refiere al grado en que un contenido consciente conecta coherentemente con un conjunto amplio de significados o símbolos preexistentes en el sujeto, incluso si no han sido activados sensorialmente. Es una forma de coherencia no empírica, pero funcional, que se activa cuando el sistema se ve resonando con algo que está fuera de su contexto perceptivo inmediato.
 
b) La predictibilidad y colapso están relacionados con la plasticidad no local, la cual se activa con mayor intensidad cuando el entorno perceptivo pierde su capacidad de ser anticipado. Esta pérdida de predictibilidad provoca un colapso o reestructuración de las representaciones mentales, que se reformulan desde principios más asociativos, simbólicos o incluso probabilísticos, permitiendo que emerjan contenidos no locales.
 
c) Finalmente, la interferencia simbólica describe cómo las estructuras semánticas del sujeto (lenguaje, símbolos y narrativas) pueden amplificar o interferir en la activación de contenidos no locales. A diferencia de la interferencia sensorial clásica, aquí se trata de una modulación semántica que altera la accesibilidad a ciertos estados conscientes, en función de creencias, expectativas o símbolos previamente interiorizados.
 
Estas dinámicas permiten concebir la consciencia no como una función puramente receptiva, sino como un sistema de plasticidad adaptativa cuya capacidad de sintonía con lo no observable puede ser modelada matemáticamente. En mi trabajo, propongo métricas que capturan esta reconfiguración de estados, algunas inspiradas en modelos de aprendizaje cuántico implícito y en adaptaciones matemáticas lineales relacionadas con la violación de la desigualdad de Bell. Así, la teoría busca no solo explicar fenómenos anómalos, sino ofrecer una descripción funcional y matemática del modo en que la consciencia humana se reorganiza cuando enfrenta la incertidumbre radical.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 175
 
 
Postulados ontológicos aplicados y contrastables
 
La teoría de la plasticidad no local no se queda en el plano especulativo. La expresión «postulados ontológicos» hace referencia a los distintos medios a través de los cuales trataremos de aplicar y contrastar en la realidad externa las tres características citadas anteriormente.
 
En los puntos siguientes, exploro algunas de estas aplicaciones, desde experiencias extracorporales, hasta sueños lúcidos compartidos, pasando por percepción transmodal o anticipación de eventos improbables. La teoría aporta aquí un marco donde estos eventos dejan de ser anomalías para convertirse en expresiones de una plasticidad más amplia del sistema consciente, que sería nuestro cerebro. Los postulados ontológicos de la teoría son los siguientes:
 
a) La consciencia no es exclusivamente localizable: si bien la experiencia consciente depende de una estructura biológica (el cerebro), ciertos estados mentales pueden manifestar propiedades que no se derivan directamente de ninguna región anatómica concreta, ni de estímulos sensoriales externos. Estos estados tienen una arquitectura funcional de tipo no local, al menos en el plano matemático.
 
b) Existen transiciones espontáneas entre modos locales y no locales de percepción: estas transiciones no ocurren por azar, sino en función del grado de incertidumbre estructural que experimente el sistema. Cuando el entorno deja de ser comprensible con las reglas habituales, la consciencia puede adoptar un modo no local como recurso adaptativo para captar regularidades ocultas o improbables, también con el propósito de sobrevivir al medio.
 
c) La plasticidad del sistema consciente puede modificarse experimentalmente: esto implica que ciertos protocolos, como los que describo en investigaciones experimentales con sujetos en estados de trance o meditación, pueden facilitar el acceso a modos no locales de experiencia. Estas técnicas actúan como disparadores de reorganización perceptiva y su eficacia puede medirse cuantitativamente, a través de índices de rendimiento o coincidencias improbables. Un ejemplo matemático basado en la función de información cuántica de Fisher es el estadístico Q de Fisher-Escolà, el cual ya fue validado empíricamente con parejas de gemelos monocigóticos. El cálculo de estas métricas es sencillo para quienes tengan formación en ingeniería computacional, pero aún están fuera del alcance de la población no especializada.
 
d) La consciencia es capaz de generar hipótesis internas sobre eventos futuros sin necesidad de datos sensoriales previos: este postulado se inspira en observaciones empíricas de sujetos que predicen con acierto eventos estadísticamente improbables. En lugar de asumir una causa externa o paranormal, propongo que esta capacidad surge de la reorganización simbólica de la información previa, a través de patrones no lineales que la mente procesa bajo el modo no local.
 
e) La no localidad puede ser modelada con herramientas matemáticas inspiradas en la física cuántica, sin requerir que el cerebro opere literalmente como un sistema cuántico: en este sentido, mi propuesta converge con la de Busemeyer, aunque va más allá, al vincular esta matemática con propiedades adaptativas y con hipótesis sobre el origen simbólico de la información no local.
 
Este conjunto de postulados permite aplicar la teoría en tres grandes frentes: a) la reinterpretación de fenómenos anómalos desde un marco científico riguroso, b) la construcción de modelos computacionales de consciencia con capacidad de plasticidad estructural y c) el diseño de entrenamientos perceptivos orientados al desarrollo de habilidades no locales, que puedan replicarse y evaluarse. En el Caso V ejemplifico el estudio que hicimos basándonos en esta teoría y muestra cómo la sincronicidad es posible cuando intervienen ciertos efectos que funcionan de forma cuántica en su plasticidad.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 175
 
 
 
 
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 1
 
 
¿Y si la consciencia no fuera solo un fenómeno cuántico, sino algo más profundo? La supercuántica es un campo aún poco investigado, y aún menos en la consciencia, pero las demostraciones matemáticas teóricas apuntan a que se trata de un universo plausible y existente, algo que desafiaría los límites de lo que el conocimiento científico establece.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 186
 
 
Sin embargo, la parapsicología no es algo nuevo. Tiene una trayectoria histórica que me gustaría simplificar en tres fases o periodos, marcados por distintas formas de pensamiento que han influido en cómo los seres humanos se han acercado a los fenómenos psíquicos. La primera fase es el origen, que se remonta a una etapa de magia y espiritismo. La segunda llegó con el desarrollo de la ciencia moderna y el establecimiento del método científico. La tercera es la que vivimos hoy, una etapa que podríamos incluir dentro del posmodernismo del pensamiento científico contemporáneo.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 191
 
 
A veces uno no investiga por el fenómeno en sí, sino por la mirada de alguien que ya no sabe qué hacer.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 204
 
 
A veces, comprender no significa explicar. Solo acompañar lo que no se puede negar.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 206
 
 
Con el paso del tiempo, y tras varios debates terminológicos, ha llegado a imponerse una definición más precisa y operativa: la que sostiene la PA (Asociación de Parapsicología Internacional o Parapsychological Association). Según esta entidad, la parapsicología es el estudio científico de ciertas interacciones entre organismos y su entorno que parecen trascender los mecanismos físicos conocidos. Esta formulación evita referencias a lo anómalo o marginal y pone el foco en la conexión observable entre el sujeto y el medio, sin necesidad de invocar posibles causas sobrenaturales. Además, esta definición permite agrupar bajo un mismo paraguas fenómenos como la PES, la psicoquinesia, las experiencias fuera del cuerpo o las apariciones, siempre que puedan ser estudiadas empíricamente. Al centrar el estudio en los efectos observables y no en las causas últimas, se abre un camino a la investigación sin caer en dogmas ni en reduccionismos. Este consenso terminológico ha permitido construir una base más estable sobre la que desarrollar investigaciones, establecer protocolos rigurosos y dialogar con otras disciplinas científicas. La parapsicología, entendida así, ya no es el reducto de creencias, sino una disciplina de frontera que intenta explorar con seriedad lo que aún no comprendemos sobre la mente y la experiencia.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 210
 
 
Los fenómenos que estudia la parapsicología moderna se pueden clasificar de varias formas. Según la PA podemos identificar tres grandes bloques: la percepción extrasensorial (que ya dije que llamaríamos PES), la interacción anómala mente-materia o fenómenos PK y otros fenómenos relacionados con la supervivencia de la consciencia después de la muerte física del cuerpo. Esta estructura ayuda a ordenar el campo y a mantener una terminología que, en principio, se debería esforzar en ser neutra, libre de interpretaciones religiosas o esotéricas. En este sentido, el uso de la palabra «anómalo» podría y debería reemplazar a otras denominaciones más populares.
 
Por una parte, centrándonos en la PES, se debe destacar que incluye todas aquellas experiencias en las que una persona parece obtener información sin utilizar los sentidos sensoriales conocidos ni el razonamiento lógico. Dentro de este grupo se distinguen la telepatía (llamado de forma más neutral comunicación o transmisión anómala de pensamientos o emociones entre mentes), la clarividencia (que de forma más neutra podría llamarse captación anómala de hechos o datos lejanos en el espacio), la precognición (que de un modo más prudente la denominaríamos anticipación anómala de la información, consistiendo así en obtener conocimiento de eventos futuros no deducibles) y la retrocognición (que sería una forma de percepción anómala del pasado). Estos fenómenos se agrupan dentro de la categoría genérica de cogniciones anómalas, tal y como propuso Edwin May y otros físicos en la década de los setenta. Clasificaciones más antiguas usan expresiones poco corrientes, como fenómenos psi-gamma, entre otras expresiones. En cualquier caso, es preferible el término «cognición anómala» antes que usar expresiones que puedan incitar posibles confusiones. La expresión «PES» es menos neutral que cognición anómala, aunque mantiene una cierta formalidad que podría ser aceptable en medios de comunicación especializados, como el Journal of Parapsychology o el Journal of Scientific Exploration, del cual soy editor asociado, aunque esta cuestión es la menos importante de todas. Por otro lado, la psicoquinesis (PK) alude a la influencia directa de la mente sobre la materia sin interacción física observable. Puede manifestarse como micro-PK (alteraciones sutiles en procesos aleatorios, como secuencias de números), macro-PK (movimiento de objetos o deformaciones físicas), o bio-PK (afectación de procesos biológicos, como la aceleración de la cicatrización). La expresión más neutral para designar a estos fenómenos es «interacción anómala mente-materia» y, aunque es preferible su uso, las subetiquetas anteriores también suelen ser aceptadas en las revistas científicas especializadas. Las clasificaciones desfasadas llamaban a estos fenómenos psi-kappa, aunque esta expresión está en total desuso. Finalmente, existen para la parapsicología otros fenómenos complejos vinculados a la supervivencia de la consciencia frente a la muerte biológica, como las experiencias cercanas a la muerte (llamadas ECM, a las cuales dedicaré un capítulo completo), la mediumnidad, los recuerdos verificados de vidas anteriores o las apariciones (también contempladas en este capítulo). Es interesante destacar que algunos parapsicólogos no están de acuerdo en reconocer esta tipología de fenómenos dentro de la parapsicología, considerándolos fenómenos con orígenes ontológicos distintos. Un acérrimo defensor de este rechazo fue el doctor Edwin May, quien solamente decidió apoyar la validez científica de la PES, manteniéndose distante con respecto a otras hipótesis sobre fenómenos más inverosímiles. Un componente crucial sobre esta clasificación, por si el lector se lo estuviera preguntando, es que no pretende explicar ni el origen, proceso ni la verificación científica de estos fenómenos. Se trata más bien de un sistema de categorías estrictamente fenomenológica y descriptiva que facilitaría la comunicación entre investigadores al emplear terminologías consensuadas previamente. Llegados a este punto, es esencial recordar que ninguna clasificación debería poder explicar el por qué y el para qué surgen determinados fenómenos. Las clasificaciones identifican, distinguen, ordenan y describen formas de conocimiento, pero nunca lo resuelven. En caso contrario, se estaría cometiendo la falacia nominal, demasiado frecuente en ámbitos médicos y cualitativos. Más importante es aún señalar que la parapsicología no se encarga del estudio del esoterismo, ni del ocultismo ni espiritismo. Aunque la cultura popular haya fomentado a menudo esta confusión, desde un enfoque riguroso y psicológico debemos decir que es incorrecto relacionar a la parapsicología con tradiciones religiosas o prácticas que se alejen del pensamiento científico. Ya sé, queda muy bien decirlo aquí, pero la realidad es que la mayoría de los lectores no hubiese sabido reconocer este matiz, ya que la mayoría de nosotros estamos bombardeados con mensajes que mezclan gratuitamente todo tipo de conceptos, como también se mezclan las ECM con ciertos estados místicos y, ciertamente, no tienen por qué serlo. Desde la teoría, los fenómenos de la parapsicología son fáciles de distinguir, pero en la práctica, lo cierto es que incluso la propia precognición puede tener muchos tipos de manifestaciones. Por ejemplo, cuando se trata de reacciones inconscientes y fisiológicas, varios científicos prefieren llamarlo presentimiento. Los casos de presentimiento son más habituales que los casos de precognición clásica, pero son más difíciles de investigar por su sutileza.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 213
 
 
Las teorías del doctor Edwin May
 
Una de las críticas más duras que ha recibido la parapsicología por parte de científicos muy reputados es que sus descubrimientos, si bien pueden tener validez estadística y experimental, no contienen validez ontológica, ya que no existe ninguna teoría formal que logre resolver a) cuál es la fuente, b) cuáles son los procesos y mecanismos que intervienen para producir PES y c) los resultados podrían explicarse por teorías científicas ya establecidas desde la percepción y la psicología. Estas fueron probablemente las tres observaciones que más limitaron el avance científico de la parapsicología en la década de 1990. No obstante, si algún científico se esforzó para tratar de aportar teorías explicativas para la PES y los fenómenos PK fue el doctor Edwin May, físico experimentalista y científico que trabajó en varias instituciones de prestigio, también para el Instituto Stanford de Investigación o Stanford Research Institute (SRI).
 
El doctor Edwin May merece toda mi admiración y, como científico de la parapsicología, puedo decir que ninguno de sus trabajos logró ser refutado por ningún otro científico en términos experimentales, así que se trata, guste o no guste, de uno de los referentes que considerar, especialmente porque aportó dos tipos de teorías con un elevado poder predictivo de la PES y los fenómenos PK. Por qué estas teorías no tuvieron continuidad fue algo que me consultó mi compañero el doctor Carlos Romero, de la Universidad de Granada. Lo que le respondí fue algo poco optimista: incluso los parapsicólogos científicos necesitan creer en algo y deben construir su propia mitología sobre la cual sustentar la frustración que produce tener más de cien años de historia científica a sus espaldas, sin que aún no hayan sabido obtener la validez científica que merecen.
 
Desde mi interpretación, que puede ser equivocada, por supuesto, los parapsicólogos del siglo XXI no están interesados en la investigación puramente científica y experimental, que es la que deberíamos estar promoviendo en este campo. Ellos buscan actualmente salir mucho en los medios y priorizan, una y otra vez, hacerse famosos para decirle al mundo entero «oye, que tenemos más de cien años de historia científica y muy poca gente reconoce aún la validez científica de nuestros hallazgos» (palabras parafraseadas del mensaje que leo entrelíneas en esta comunidad). Comentaré esto más adelante, pero creo que es un problema extremadamente grave que tenemos en el tercer periodo contemporáneo de la historia de la parapsicología. Así, las teorías de May no prosperaron ni tuvieron continuidad porque pocos parapsicólogos científicos que actualmente tendrían la capacitación para seguir esta línea de trabajo han querido interesarse por ello.
 
May desarrolló dos modelos teóricos que me gustaría presentar resumidamente en esta guía porque a) son científicos, b) tienen validez predictiva y c) representan uno de los motivos más actuales para seguir investigando científicamente sobre parapsicología. Y no conozco a ningún detractor de la PES o de los fenómenos PK que haya refutado ninguna de estas dos teorías aplicadas, las cuales fueron el modelo multifásico de la precognición y la teoría del aumento de las decisiones. Se exponen ambos modelos en los siguientes subapartados.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 225
 
 
El modelo multifásico de la precognición La primera es el modelo multifásico de la precognición (MMP), que posteriormente May denominó modelo multifásico de psi (MMΦ), con el objetivo de generalizar su aplicación a otros fenómenos de la parapsicología, incluyéndose los fenómenos PK (aunque para May los fenómenos PK solamente son una forma de PES). El MMP logra predecir los aciertos de la PES porque establece dos dominios de estudio o fases en los que se aplican varias mediciones: uno de ellos es la física y el otro es la neurociencia. De acuerdo con May, la fuente que produce la PES es medible y matemáticamente observable en el dominio físico y externo a la mente de las personas. Dicho con otras palabras: para May, la PES consiste en un rastreo que nuestro cerebro realiza sobre señales informacionales del entorno, de la misma manera que rastrea el dulzor del chocolate o el sentir de la suavidad de una caricia. Lo auténticamente anómalo, para May, estaba en el dominio físico y, específicamente en un flujo de información que dependía de los niveles de entropía de los sistemas físicos del entorno.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 226
 
 
Más concretamente, de acuerdo con May, lo anómalo sucedería en la manera en que nuestro cerebro sería más sensible para detectar flujos de información en aquellos sistemas con un nivel de entropía alto y no bajo para contextos de PES. Si un psíquico tuviera que predecir el valor que se fuera a obtener en el dado trucado de mi abuelo, no sería ni psíquico ni tendría PES, aunque acertaría muchas veces sabiendo la mecanicidad de cómo fue trucado el dado. Por lo tanto, para May, la genuina PES emerge de altos niveles de entropía y no bajos. Es decir, científicamente, la fuente sería la entropía de los sistemas y el mecanismo anómalo se manifestaría en ese rastreo sobre cómo nuestra mente accede a esta información. El cómo se procesa internamente esta información anómala desde que es rastreada hasta que se produce la experiencia consciente sería un desarrollo dentro del dominio de la neurociencia y May ya propuso que en estos mecanismos perceptivos no habría nada inexplicado, pudiéndose identificar desde lo que ya se conoce científicamente. Sabiendo que lo anómalo solamente sucedía en términos físicos, las mediciones fisiológicas del dominio de la neurociencia o neurología (en términos médicos) no deberían ser distintas a las que ya se suelen aplicar para comprender cómo el cuerpo humano transforma la información sensorial captada del medio, en una imagen o representación fidedigna de la realidad externa.
 
El MMP se centró inicialmente en la precognición, la cual era el fenómeno PES, según May, más altamente probable de ser reproducido con éxito en condiciones de laboratorio. De hecho, sus experimentos publicados apuntaban a esta posibilidad. Con posterioridad, debido a problemas metodológicos de las investigaciones de la década de 1990, May se fue convenciendo de que los otros fenómenos PES (la telepatía o comunicación anómala y la retrocognición) también podían ser explicados por los mismos mecanismos (o sea, podían ser explicados o predichos por los niveles entrópicos de los sistemas). Esto hizo que May se posicionara de un modo bastante radical: o el único fenómeno PES auténtico era la precognición y los demás eran clasificaciones no auténticas, o bien solamente debía existir un único fenómeno parapsicológico que agrupara a todos los demás.
 
Esta visión de May fue controvertida y criticada.[59] En sus últimas publicaciones, May sostiene que el MMP podría explicar incluso los fenómenos PK, porque encontró que los niveles de entropía también se correlacionaban con los aciertos en los experimentos PK que él hizo. Por todos estos motivos, más recientemente, decidió llamar al MMP, modelo MMΦ, ya que optó por posicionarse a favor de que el fenómeno de la parapsicología era uno solo y todo lo demás eran variaciones o subtipos que derivaban de esa misma facultad.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 229
 
 
La teoría parapsicológica del aumento de las decisiones
 
Para explicar la DAT, debo destacar primero dos componentes principales que la fundamentan: el primero es que parte del supuesto de que los procesos anómalos no influyen directamente sobre el contenido de la mente, sino que modifican sutilmente nuestras decisiones para que parezcan extraordinariamente acertadas. Nótese que esta idea es justamente la versión conceptualmente opuesta —aunque no incompatible— a la idea de que nuestro cerebro rastrea señales PES, como decía en el caso del MMP. El segundo es que la DAT asume que todo el proceso se realiza de manera inconsciente. Es decir, no es que el individuo decida deliberadamente o desde su experiencia consciente, acertar o fallar en PES; todo sucede de forma automática y sin que el individuo se dé cuenta de lo que está ocurriendo. Este componente de la DAT es interesante, ya que coincide con otras evidencias neurocientíficas a favor de la PES que apuntan que es una habilidad cognitiva inconsciente (al menos en su proceso).
 
Comprendiendo estos dos supuestos, la DAT sugiere que cuando una persona enfrenta decisiones aparentemente aleatorias (como elegir una carta, una coordenada o hacer una predicción), hay un mecanismo —todavía desconocido— que aumenta ligeramente la probabilidad de tomar la decisión correcta, es decir, la que coincide con un evento futuro o con información oculta. No es que el sujeto vea el futuro ni lea mentes, sino que sus elecciones se ven influenciadas estadísticamente para alinearse con lo correcto más veces de lo esperable por azar.
 
Lógicamente, para formalizar una aplicación científica y predictiva de la DAT, May y sus colaboradores se basaron en principios de física y estadística, centrándose en los niveles de entropía contextuales. Por ejemplo, si un sujeto elige coordenadas para una sesión de visión remota y estas coinciden con el lugar objetivo más veces de lo esperado por el azar, la DAT lo explicaría diciendo que el proceso anómalo favoreció esa decisión sin que el sujeto fuera consciente. Al igual que el MMP, en el DAT los niveles de entropía deben ser elevados para que se produzca un fenómeno PES supuestamente genuino. Es decir, en la medida en que la incertidumbre de las decisiones que debe tomar el individuo aumenta, la probabilidad de acertar en un fenómeno como la precognición también aumentaría. Si se cumpliera esta relación positiva, habría una fuente de evidencia a favor de la autenticidad de la PES.
 
La diferencia con respecto al MMP es que la DAT concibe la entropía como un mecanismo de mediación y no como la fuente en sí de la PES. Esto sucede porque el planteamiento sobre cómo rastreamos o generamos la PES ya no consiste en una señal externa a la mente y anómala, que debemos detectar, sino que es nuestra mente la que altera las decisiones que tomamos e interactúa con los niveles de incertidumbre de los sistemas de decisión. Esto es crucial por la siguiente cuestión: si la DAT permite que sea nuestra mente la que interactúe con sistemas inciertos del medio, ¿acaso esto no serviría para explicar los fenómenos PK de la parapsicología?
 
Para aplicar la DAT en PK, nos debemos centrar en la micro-PK (que ya definí anteriormente). Imaginemos un sistema que genera valores puramente aleatorios binarios, o sea, de ceros y unos (estos sistemas en física se conocen como generadores de eventos aleatorios). Si bien las secuencias de este sistema serían aleatorias, la DAT nos permitiría predecir en qué grado las decisiones o intentos del individuo para alterar de forma anómala los ceros y unos fueron modificados para adaptarse a las secuencias del sistema de eventos aleatorios. Esto es posible, porque la DAT analiza los niveles de entropía de forma dual: los aplica en los ceros y unos del sistema aleatorizado y en las decisiones de los individuos que, bajo la consigna de la PK, tratarían psíquicamente de producir cambios en el sistema, haciendo que los ceros y los unos aumenten o disminuyan por encima del azar esperado. Entendiendo esto, la DAT propone que es posible que no se produzcan cambios materiales en los eventos aleatorios, sino que sería solamente la decisión del individuo la que lograría aprender a adaptarse a la secuencia aleatoria de valores del sistema.
 
La consecuencia racional de la DAT es que, si se cumpliera, entonces no estaríamos ante un fenómeno PK genuino, sino en una forma extraña de PES que acertaría o anticiparía los valores aleatorios de una máquina. Esto no gustó a ciertos parapsicólogos, que vieron en la DAT, más impedimentos que ventajas para poder validar científicamente los fenómenos PK. Como crítica, estos parapsicólogos se limitaron a opinar diciendo que la DAT no es en realidad una teoría, sino una técnica para predecir las adivinaciones de las respuestas. Lo cierto es que estas críticas no son correctas; la DAT es un modelo teórico y no una técnica porque logra representar cuantitativamente unos efectos estadísticos que nos hablan sobre cómo es la mente la que se adapta a los sistemas físicos y no al revés.
 
Y cuidado, la DAT no es una teoría que sostenga la PES o los fenómenos PK como ilusiones de control (como las que expliqué en el capítulo 3). La adaptación que la mente haría con el propósito de obtener más aciertos que errores sería completamente anómala porque no podría explicarse desde el conocimiento científico actual. Por lo tanto, la DAT admite lo anómalo, pero dentro de nuestra mente, no fuera de ella.
 
Para no alargarme más en esta teoría, diré que el ingenio de May con la DAT no solo plantea el debate de que PK no sea real, lo importante recae ante la siguiente pregunta aún no resuelta por la parapsicología: ¿y si la DAT, en lugar de excluir o eliminar la PK de la parapsicología estuviera explicando un nuevo fenómeno PES no contemplado hasta ahora en la literatura científica? Esta es la cuestión que se debería debatir en la comunidad científica y no el valor genuino de PK. Bajo mi humilde punto de vista, la DAT tiene más que aportar en la PES que en los fenómenos PK.
 
En este sentido, la DAT no debería ser un problema para la parapsicología moderna, sino que se trataría, bajo la cuestión que he planteado, de una propuesta de una nueva línea de investigación que, por ahora, la comunidad de parapsicólogos ha subestimado. El caso IX muestra un ejemplo de cómo y cuándo podríamos aplicar la DAT a un estudio individual. No se trataba de resolver la experiencia del caso, como si fuera un problema, sino de darle una comprensión funcional para la persona.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 231
 
 
No siempre hace falta que lo inexplicado dure mucho para que sea real. A veces, basta con que aparezca una vez, justo cuando nadie lo esperaba.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 237
 
 
El materialismo de la ciencia
 
Ahora bien, conviene hacer una pausa y preguntar al lector: ¿sabe realmente qué significa el materialismo en el contexto científico? Una advertencia: no tiene relación alguna con el materialismo económico ni con el sistema capitalista. Más bien, alude a una concepción de la investigación basada en criterios que, desde la perspectiva de las ciencias del comportamiento, podrían considerarse excesivamente restrictivos y, en muchos casos, profundamente desconectados de la complejidad que supone el estudio empírico de la consciencia.
 
Los principios que definen este materialismo científico no se reducen a la afirmación, muchas veces repetida con aire de suficiencia, de que todo lo real debe estar hecho de materia. Esta consigna simplificadora, defendida por algunos divulgadores —también en España— con una mezcla de arrogancia y superficialidad, suele ir acompañada de una frase tan cínica como tramposa: «pero ¡si nadie sabe qué es la materia!» (frase parafraseada que resume varios mensajes que he leído de este tipo). El público, ante estas ocurrencias, ríe complacido y asiente, como si estuviera ante una verdad revelada, sin advertir que acaba de tragarse un chiste mal formulado por quien, en el fondo, solo busca notoriedad. Esta manera de banalizar conceptos filosóficos de hondo calado histórico no solo es falsa, sino que representa un gesto irresponsable.
 
Decir que el materialismo científico consiste en creer que todo es materia es una caricatura grosera, cuando no un síntoma de ignorancia. Esa definición se ajusta apenas a una forma reduccionista —fisicalista— de materialismo, pero no excluye otras variantes más sofisticadas. Me gustaría, por tanto, refutar desde aquí tales reduccionismos y señalar que quienes insisten, con aire folclórico, en que el cambio de paradigma consiste simplemente en abandonar el materialismo clásico, están más cerca del dogmatismo que de la verdadera crítica epistemológica. Lo que sí es cierto es que la crisis de la replicabilidad no es ajena al materialismo científico y por este motivo lo he introducido en este punto del libro.
 
Para evitar equívocos y deformaciones ideológicas, resulta necesario enunciar con claridad cuatro criterios fundamentales que estructuran el materialismo científico en su forma más influyente dentro de las ciencias contemporáneas:
 
a) Primacía ontológica de lo físico: todo lo que existe debe tener una base última en entidades físicas, mensurables y localizables en el espacio-tiempo. No se acepta la existencia de realidades no físicas, como la mente en sí misma, a menos que puedan reducirse o traducirse en términos de partículas, campos o interacciones energéticas. Según esta visión, la consciencia, si es que se menciona, es un mero epifenómeno sin causalidad propia. En resumen: lo que no tiene masa o extensión no tiene relevancia ontológica.
 
b) Reduccionismo explicativo: todo fenómeno complejo puede —y debe— explicarse mediante la descomposición en elementos más simples, que idealmente deben pertenecer al ámbito de la física o la biología molecular. La psicología, por ejemplo, debe reducirse a neurociencia, y esta, a su vez, a bioquímica y física. Las propiedades emergentes, si se aceptan, no poseen autonomía real, sino que son ilusiones de complejidad cuyo comportamiento está determinado completamente por sus partes constitutivas.
 
c) Empirismo instrumentalista limitado a lo observable externamente: solo se consideran válidas aquellas observaciones que puedan ser registradas mediante instrumentos físicos o replicadas por terceros. La experiencia subjetiva, aunque universal y estructurante del saber humano, es sistemáticamente excluida como dato científico relevante. En esta lógica, un escáner cerebral adquiere más estatus epistemológico que una introspección cuidadosamente analizada. El mundo interno queda relegado a la anécdota.
 
d) Causalidad local y lineal: toda causa debe preceder a su efecto en el tiempo y estar conectada con él mediante relaciones locales en el espacio. Cualquier sugerencia de causalidad no local, como aquellas que emergen del estudio de la telepatía, la precognición o incluso ciertos resultados de la mecánica cuántica, se considera automáticamente sospechosa, y en muchos casos, anatema. La linealidad causal es aquí más un dogma que un principio discutible.
 
Por lo tanto, el materialismo no es la creencia ingenua de que todo es materia sin saber qué es la materia. Esa caricatura simplista, repetida hasta el cansancio por divulgadores poco rigurosos, no representa en absoluto la complejidad ni la profundidad del enfoque materialista en la ciencia. Incluso cuando se trata de fenómenos aparentemente inmateriales, como la percepción del dolor, el apetito, el sentido del humor o la introspección, el materialismo científico mantiene una línea coherente de trabajo al buscar explicaciones en términos de causalidad física, relaciones lineales y mecanismos subyacentes. En este contexto, la prioridad no es negar la existencia del fenómeno, sino traducir su dinámica a una cadena explicativa compatible con los principios básicos de la física, la química o la biología. De hecho, la actual crisis de la replicabilidad está profundamente relacionada con lo que he explicado en el criterio c), el cual lleva implícito un sesgo mecanicista: la convicción de que todo fenómeno válido científicamente debe poder reproducirse fielmente bajo condiciones experimentales controladas. En consecuencia, se considera sospechoso o débil todo hallazgo que no pueda replicarse con precisión en otros laboratorios. Pero este estándar, aunque útil en muchos casos, no es ni universal ni absoluto. La propia historia de la ciencia nos muestra que existen ejemplos notables de teorías aceptadas como científicas, pese a que no cumplen con este ideal de replicabilidad mecanicista. Tomemos por caso la teoría de la evolución, piedra angular de la biología moderna. Esta teoría, ampliamente validada y sostenida por múltiples disciplinas, nunca ha sido reproducida en su totalidad en condiciones experimentales y mucho menos dentro de un laboratorio. Explica procesos que han ocurrido durante millones de años, implicando mutaciones, selecciones naturales, extinciones masivas y bifurcaciones filogenéticas imposibles de simular en una probeta o en una caja de Petri. Y, sin embargo, ¿alguien osaría calificarla como no científica? La respuesta es evidente: nadie. La teoría de la evolución cuenta con un respaldo científico casi incuestionable y se acepta como una de las explicaciones más verosímiles, aunque no replicables, sobre el origen y la transformación de la vida en la Tierra. Este hecho nos recuerda una lección esencial: no todo fenómeno científico es mecánico, ni todo conocimiento válido depende de la repetición exacta de un resultado en el laboratorio. El valor científico no se agota en la replicabilidad. A veces, lo importante es la coherencia del marco teórico, la consistencia con otros datos y la capacidad explicativa y predictiva del modelo.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 243
 
 
Permítaseme ilustrar esta idea con un ejemplo tomado del ámbito de la psicología social. Imaginemos un equipo de fútbol que participa en una competición internacional de gran relevancia. Supongamos que, según su entrenador, el equipo ha jugado el mejor partido de su historia. Ahora bien, si ese entrenador adoptara una postura materialista estricta, podría verse tentado a exigir que su equipo reprodujera exactamente las mismas jugadas, los mismos pases, los mismos chutes y goles, en las mismas condiciones: idénticos jugadores, idénticas estrategias, mismo balón, misma hora y clima. Pero este experimento fracasaría. Es imposible replicar un partido de fútbol con esa exactitud, lo sabemos todos. Y, sin embargo, ese hecho no invalida el partido original ni su excelencia táctica. Tampoco invalida la competición ni su valor como evento deportivo legítimo. ¿Acaso no podría suceder algo similar en ciencia? ¿No deberíamos aceptar que existen fenómenos complejos, dependientes del contexto, de variables latentes o de condiciones no enteramente controlables, cuyo valor científico no radica en la repetición mecánica, sino en su significatividad estructural dentro de un marco teórico más amplio? En lugar de exigir una replicación exacta en todo momento, tal vez ha llegado el momento de reconocer que el criterio de replicabilidad debe reformularse, ampliarse y complementarse, especialmente cuando se trata de fenómenos como la consciencia, el comportamiento humano o la creatividad científica que, como los grandes partidos de fútbol, no pueden encerrarse en tubos de ensayo sin perder su esencia.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 244
 
 
Estoy a favor de un cambio de paradigma. Y sí, creo que la ciencia necesita ampliar sus horizontes y abrazar formas de conocimiento que no estén estrictamente constreñidas por los viejos moldes mecanicistas. Pero no, no puedo secundar la mayoría de las alternativas que se están proponiendo en ciertas publicaciones científicas, en medios de comunicación ávidos de titulares y, por supuesto, en redes sociales, donde la ciencia se convierte con demasiada facilidad en espectáculo. Todo parece tan ruidoso, tan histriónico, tan desesperadamente competitivo, como si cada uno intentara alzarse como un nuevo gurú, que el efecto que provoca en mí, y en otros colegas que respeto, es justamente el contrario: rechazo. Rechazo tanto hacia esa visión dislocada del posmaterialismo mal comprendido, como hacia una comunidad parapsicológica que, pese a los años, no ha sabido todavía articular una respuesta sólida, académica y científicamente coherente al momento de incertidumbre en el que nos encontramos. Y así seguimos: entre ruinas de certezas que se desmoronan y castillos de ideas que se construyen sobre nubes. La pregunta, por tanto, sigue viva y punzante: ¿queremos realmente cambiar el paradigma o simplemente estamos buscando un nuevo disfraz para seguir hablando de lo inexplicado sin rendirnos a la metodología que exige el conocimiento científico?
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 247
 
 
Para los científicos que deseen creer, es decir, los que tengan la disposición epistémica a considerar con honestidad lo que aún no comprenden, tengo mil razones y mil evidencias dentro de este campo; pero para quienes no quieran creer, no tengo ninguna.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 248
 
 
Lo que hoy necesita la comunidad parapsicológica no son nuevas razones superficiales, ni promesas retóricas envueltas en discursos motivacionales, ni conferencias coloridas en YouTube sobre la consciencia como nueva divinidad epistemológica. Lo que se necesita, con urgencia y sin excusas, es el desarrollo de nuevas técnicas de investigación, una matemática más sofisticada, instrumentación más sensible y, sobre todo, una comprensión rigurosa de los niveles y estructuras que conforman la experiencia consciente.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 248
 
 
No basta con declarar que la consciencia es fundamental. Esa afirmación, sin operacionalización, es metafísica vacía. Lo que necesitamos es poder medir, predecir y modelar dinámicamente cómo esa consciencia interactúa con la materia, con la información y con otras formas de mente. No desde una postura creyente o negacionista, sino desde una posición metodológicamente fértil, capaz de traducir hipótesis audaces en resultados replicables o, al menos, discutibles dentro del marco científico. La verdadera revolución no vendrá de una gran declaración, sino de una serie de herramientas silenciosas: nuevas métricas, algoritmos, lenguajes formales, redes experimentales, formas de simulación y análisis, que nos permitan ir más allá del simple asombro. Lo que necesitamos son mil razones encarnadas en mil prácticas; mil hipótesis sometidas a mil contrastes; mil modos de hacer ciencia sin perder el misterio que nos trajo hasta aquí. Creer, en este contexto, no es un acto de fe ciega. Es un gesto epistemológico. Es reconocer que la realidad quizá no se agota en lo que ya sabemos explicar, y que —como dijo San Agustín— para quien quiera ver, siempre habrá luz. Pero para ello, hace falta encender la lámpara del método, no contentarse con mirar al fuego de las intuiciones.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 249
 
 
Las manifestaciones del mal sobrenatural son múltiples y no siempre espectaculares. No todo fenómeno de posesión implica gritos, levitaciones o cambios de voz. Lo más común es lo más inquietante: un desplazamiento progresivo de la voluntad, una erosión silenciosa de la identidad, una incapacidad creciente para rezar, para hacer el bien, para sentir remordimiento o amor. En muchos casos, la posesión comienza con una opresión espiritual: la persona siente una presencia, sueños angustiosos y tiene pensamientos intrusivos que no reconoce como suyos. Después puede darse una obsesión, en la que el sujeto no puede dejar de pensar en el mal, en el suicidio y en la destrucción, aunque sepa que algo en él se resiste. Finalmente, si no se interrumpe este proceso, puede llegar la posesión formal, en la que el demonio actúa a través del cuerpo, como si fuera su instrumento.
 
Desde una perspectiva teológica cristiana, el mal sobrenatural es el resultado de una rebelión previa: la de ciertos ángeles que, por libre decisión, eligieron separarse de Dios, no por ignorancia, sino por orgullo. A estos seres se les denomina demonios, y su existencia no es simbólica, sino real y personal, al menos para quienes asumimos el marco metafísico de esta tradición.[4] La posesión demoniaca, en este contexto, no es una metáfora de la locura ni una forma premoderna de explicar enfermedades mentales, sino una invasión concreta del alma y del cuerpo por una entidad espiritual ajena al sujeto poseído. Las manifestaciones del mal sobrenatural son múltiples y no siempre espectaculares. No todo fenómeno de posesión implica gritos, levitaciones o cambios de voz. Lo más común es lo más inquietante: un desplazamiento progresivo de la voluntad, una erosión silenciosa de la identidad, una incapacidad creciente para rezar, para hacer el bien, para sentir remordimiento o amor. En muchos casos, la posesión comienza con una opresión espiritual: la persona siente una presencia, sueños angustiosos y tiene pensamientos intrusivos que no reconoce como suyos. Después puede darse una obsesión, en la que el sujeto no puede dejar de pensar en el mal, en el suicidio y en la destrucción, aunque sepa que algo en él se resiste. Finalmente, si no se interrumpe este proceso, puede llegar la posesión formal, en la que el demonio actúa a través del cuerpo, como si fuera su instrumento.
 
Teológicamente, lo más importante no es lo visible sino lo invisible: la posesión demoniaca es la prueba más radical de que el mal puede personificarse y que su objetivo no es simplemente el sufrimiento humano, sino la perdición del alma, es decir, la ruptura definitiva del vínculo entre la criatura y su Creador. Por eso, la posesión va acompañada, casi siempre, de un rechazo visceral a lo sagrado. No se trata de ideología ni de opinión personal, sino de una aversión encarnada: no se puede tocar un crucifijo, ni mirar una imagen sagrada, ni escuchar una oración sin que se desate un tormento interno en el poseído. Ese dolor no lo provoca la imagen en sí, sino lo que representa: el amor de Dios, al que la entidad demoniaca se resiste con todo su ser.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 256
 
 
¿Qué son las posesiones?
 
Hay muchas definiciones de posesiones, tantas como sistemas de creencias (religiosas y no religiosas). Dentro de un contexto objetivo, una posible definición que ofrezco y que resulta bastante completa e inclusiva con la diversidad de las creencias predominantes, es la siguiente: la posesión es una experiencia a través de la cual el individuo siente una pérdida sistemática de control, voluntad e identidad, quedando reemplazada por nuevas entidades estructuradas que toman el dominio completo de su ser.
 
De esta definición hay que hacer dos matices. El primero es que el concepto de entidad se sustenta en la epistemología, pero también tiene un significado o una justificación objetiva: lo que reemplaza la personalidad del individuo no es algo aleatorio, sino algo con esencia y estructura, que no solo se manifiesta en su realidad interna, a través del cuerpo del poseído y de su mente, sino que interactúa con el medio y tiene manifestaciones que suceden en la realidad externa. Esta doble manifestación (interna y externa) es lo que justifica que la nueva personalidad sea una entidad y no únicamente un ente de la realidad interna del individuo.
 
Un ejemplo de las manifestaciones externas en los casos de posesión son ciertas interacciones o sincronías anómalas que suceden entre el poseído y quienes participan de su recuperación. Existen declaraciones de sacerdotes que practicaron exorcismos con poseídos y que manifestaron experiencias muy extrañas vividas de madrugada. Por ejemplo, llamadas de teléfono varios días seguidos a la misma hora de números que no existen, ciertos sueños que conectaban al sacerdote con el caso que estuviera exorcizando y desvelos nocturnos con sensaciones de presencias extrañas. Otros ejemplos incluyen movimientos anómalos de objetos, como cruces que se caen de la pared, cambian de posición o cuadros enmarcados que arden sin ninguna causa aparente.
 
El hecho de que el fenómeno de la posesión tenga un impacto externo o más allá del poseído, informa que se trata de un tipo de fenomenología muy compleja, la cual no debería ser reducida únicamente a un diagnóstico médico. La segunda cuestión que matizar sucede en la cualidad sobre cómo se va perdiendo la identidad personal hasta que la entidad logra un dominio completo del individuo. Este proceso sucede en dos ciclos, uno es lento y progresivo (lo llamaremos ciclo inicial). El otro es rápido y alternante (lo llamaremos ciclo recursivo).
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 258
 
 
Cualquier práctica liminal que altere de forma significativa el estado de consciencia podría facilitar cambios profundos en la percepción del yo, muy similares a los que ocurren durante las posesiones. Y no hace falta invocar a lo sobrenatural para que eso suceda.
 
Las prácticas liminales, además, suelen estar positivamente relacionadas con rasgos como la extroversión y la búsqueda de emociones intensas. Y aunque sentir cierta morbosidad o fascinación por lo misterioso es algo natural, no debemos olvidar que una exposición repetida a contenidos o actividades que combinan miedo, deseo y asombro puede llegar a alterar el umbral de percepción de la realidad en personas especialmente sugestionables. El paso de lo simbólicamente atractivo a lo psicológicamente disfuncional puede ser mucho más corto de lo que pensamos. Cuando esa morbosidad se mantiene en ciertos contextos liminales, puede desregular las emociones, generar estados de hipervigilancia y hacer que la persona interprete de forma paranormal experiencias internas que, en otras circunstancias, serían completamente normales. Si este tránsito emocional no se detecta ni se interviene a tiempo, puede acabar abriendo la puerta a experiencias anómalas más intensas que evolucionen hacia trances patológicos o incluso hacia episodios de posesión.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 264
 
 
En resumen, cuando hablamos de posesiones no podemos limitar nuestro análisis a los individuos. El mal, entendido teológicamente o simbólicamente, puede instalarse también en los lugares que habitamos y en los objetos que usamos, dejando su huella en lo cotidiano. Por eso, la medicina del alma —sea ritual, psicológica o espiritual— no puede olvidar que habitamos no solo cuerpos, sino también casas, tierras y símbolos. Y que todos ellos, en mayor o menor medida, pueden ser tomados por algo que no vemos.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 277
 
 
Una buena parte de los episodios de posesión podían agruparse en dos grandes bloques fenomenológicos: las posesiones centrales y las posesiones periféricas.
 
Las posesiones centrales son experiencias que, aunque intensas, no implican pérdida destructiva de la identidad. Se producen en contextos controlados —por ejemplo, en rituales religiosos, ceremonias espirituales, cultos comunitarios o encuentros carismáticos—, y la persona que entra en estado de posesión lo hace de forma voluntaria o al menos aceptada culturalmente. Se trata de estados de trance o alteración de la consciencia donde el cuerpo es tomado por una entidad —un espíritu, un ancestro, una divinidad— que actúa a través de la persona. Pero aquí no hay ruptura, sino continuidad: la comunidad lo entiende, lo respeta y, en muchos casos, lo valora. Un ejemplo claro de esto lo observamos en comunidades afroamericanas, donde las personas que entran en trance durante un culto no son vistas como enfermas, sino como mediadoras del mundo espiritual. En el candomblé brasileño, la persona poseída por un orixá no solo es acogida con respeto, sino que cumple una función ritual. En las iglesias pentecostales, quien habla en lenguas durante la oración es considerado portador de un don. Incluso en ciertas tradiciones tibetanas, los oráculos entran en trance para canalizar mensajes espirituales con fines de orientación o sanación. Estas posesiones centrales, aunque intensas, no implican deterioro funcional. De hecho, muchos poseídos de este tipo no manifiestan secuelas, sino más bien una sensación de paz, renovación o sentido de pertenencia después de la experiencia. Lo más llamativo de estos casos es que, en ocasiones, el trance no solo está permitido sino deseado: los participantes lo buscan, lo cultivan, lo entrenan. Se convierten en canales de algo más grande que ellos mismos. El sujeto no desaparece; se expande.
 
Las posesiones periféricas, en cambio, son otra historia. Se manifiestan de forma repentina, no ritualizada, y casi siempre con una gran carga de sufrimiento personal. La persona no busca el trance, lo padece. Siente que algo la invade, que pierde el control de sí misma, que su cuerpo ya no le obedece y su mente ya no le pertenece. La posesión es aquí una intrusión violenta, muchas veces acompañada de síntomas físicos (parálisis, convulsiones, alteraciones de la voz), síntomas psíquicos (alucinaciones, pensamientos intrusivos, amnesia disociativa) y deterioro social (aislamiento, miedo, rechazo). A diferencia de las posesiones centrales, que se inscriben en un marco simbólico compartido, las periféricas surgen en el vacío. Nadie sabe qué hacer. El entorno no las comprende, el poseído se siente avergonzado o aterrorizado, y muchas veces termina acudiendo al sistema sanitario con diagnósticos erróneos o contradictorios. En los casos que revisamos, algunas de estas personas habían sido etiquetadas como psicóticas, otras como histéricas, otras simplemente como casos sin explicación. Lo interesante es que las posesiones periféricas aparecen con más frecuencia en personas vulnerables desde un punto de vista psicosocial: mujeres jóvenes expuestas a situaciones de abuso, personas en contextos de fuerte represión cultural, sujetos con historias traumáticas o con estructuras de personalidad inestables. En muchos casos, estas posesiones actúan como una forma límite de expresión de un sufrimiento que no ha encontrado otras vías simbólicas de canalización. Es como si el cuerpo gritara lo que la consciencia no puede procesar. Una paciente nos dijo una vez: «no sé qué me pasa, pero cuando me entra eso, no soy yo. Es como si algo se metiera dentro y me usara para decir lo que yo no me atrevo a decir». Esa frase resume con precisión el núcleo de las posesiones periféricas: la experiencia de ser hablada, actuada o habitada por una voluntad que expresa un contenido intolerable para el yo consciente. Por eso, en muchas culturas, este tipo de posesiones son interpretadas como una forma extrema de disociación: el alma se protege dividiéndose, y lo que se manifiesta no es un demonio en sentido literal, sino una parte del yo que ha sido expulsada y que retorna con fuerza simbólica. Ahora bien, aunque esta explicación psicológica puede ser válida en algunos casos, no agota la complejidad del fenómeno. Lo cierto es que, incluso en las posesiones periféricas, se dan a veces elementos que desbordan cualquier marco clínico: el conocimiento de lenguas no aprendidas, sincronías inexplicables y alteraciones físicas sin causa médica aparente. En estos casos, el discurso antropológico se vuelve necesario para no reducir la experiencia a un simple trastorno o enfermedad mental.
 
De este modo, podríamos decir que las posesiones centrales están legitimadas por el grupo, mientras que las periféricas están deslegitimadas y expulsadas. Las primeras integran; las segundas disocian. Las primeras permiten una transformación culturalmente enmarcada; las segundas suponen una ruptura sin sentido aparente. Pero ambas, en última instancia, nos hablan del mismo núcleo: la fragilidad de la identidad, la permeabilidad de la consciencia y la posibilidad de que algo ajeno —real o simbólico— habite nuestro cuerpo. Comprender esta distinción no solo es útil para los profesionales de la salud mental o espiritual, sino también para cualquier persona que se aproxime al fenómeno de las posesiones con honestidad. No todo trance es enfermedad, ni toda irrupción es del demonio. A veces, lo que poseemos —o lo que nos posee— es simplemente la parte de nosotros mismos que más teme ser escuchada.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 278
 
 
Caso XI: el mal es un reflejo
 
El caso de Carla fue, sin duda, uno de los más difíciles y desconcertantes que hemos acompañado. Tenía veintiséis años, y a simple vista era una mujer reservada, educada, sin antecedentes médicos preocupantes. Pero detrás de esa apariencia tranquila, cargaba una historia de silencios, heridas invisibles y una ruptura profunda con su mundo emocional y espiritual. Todo comenzó de forma gradual, casi imperceptible. Tras varios años de vivir en un entorno familiar restrictivo, donde se la culpabilizaba por cualquier decisión que tomaba y se deslegitimaban constantemente sus emociones, Carla fue apagándose. Su fe, que alguna vez fue su refugio, se volvió una cárcel. Su familia, muy religiosa, utilizaba constantemente el lenguaje moral para controlarla: «Dios te ve», «eso es pecado», «lo que piensas es impuro». Aislada y sin red emocional, fue perdiendo el deseo de compartir lo que sentía. Cuando finalmente dejó de ir a misa, comenzaron los síntomas. Al principio, eran solo pesadillas intensas. Soñaba con voces que la acusaban de traicionar a su familia, de haber ofendido a lo sagrado. Despertaba entre lágrimas, confundida y con la sensación de que algo —o alguien— estaba cerca. Poco después, comenzó a experimentar lo que ella describía como desconexiones. Momentos en los que no recordaba nada, pero despertaba en posiciones extrañas, con marcas en los brazos y frases escritas en los espejos con rotulador rojo. Su madre decía que durante esos episodios hablaba con una voz grave, masculina, y la acusaba de blasfema, de haber traicionado a su fe. En otras ocasiones, Carla recitaba pasajes bíblicos que jamás había leído. La familia, aterrada, pensó inmediatamente en una posesión demoniaca. Fue llevada al hospital. Las pruebas neurológicas fueron normales. No había epilepsia ni daño cerebral. Las analíticas estaban bien. Tampoco había signos de intoxicación. El equipo de psiquiatría diagnosticó un trastorno disociativo, vinculado a una histeria de conversión. Le recetaron ansiolíticos y antipsicóticos. Pero los episodios no cesaron. De hecho, se intensificaron. Una noche, Carla fue encontrada en el suelo de su habitación, llorando y con heridas sangrantes en el abdomen, trazadas con precisión, formando lo que parecía una cruz invertida. Nadie la había tocado. No había objetos cortantes cerca. Los médicos hablaron de autolesiones inconscientes. Pero la familia estaba convencida de que se trataba de algo espiritual. Ante la desesperación, decidieron pedir ayuda a un equipo especializado en estados de consciencia no ordinarios, que integraba perspectivas psicológicas, antropológicas y también espirituales. Allí es donde entramos nosotros. No fuimos con crucifijos ni salmos. Fuimos con preguntas, con escucha, con tiempo. En la primera entrevista, Carla apenas hablaba. Evitaba el contacto visual y respondía en susurros. Pero a medida que se sintió segura, su relato se fue abriendo. Nos habló de cómo se sentía sucia por dentro, indigna del amor de Dios, y de una figura oscura que a veces sentía detrás de ella. Esa figura le hablaba. Le decía que estaba maldita, que debía pagar por lo que había hecho. Al preguntarle qué era «eso que había hecho», Carla rompió en llanto. «Desear cosas que no debo», nos dijo. La figura que hablaba a través de ella no era un demonio externo, sino el rostro que había tomado su culpa. Un cúmulo de dolor, represión y miedo espiritual que su mente había convertido en personaje. La voz masculina no era más que la forma simbólica que su psiquismo eligió para expresar todo lo que no podía decir con su propia voz: la rabia, el deseo de rebelarse, el terror a ser castigada por pensar diferente. Trabajamos con ella en sesiones donde se validaron sus experiencias sin ridiculizarlas ni patologizarlas de entrada. Le propusimos ejercicios narrativos para darle nombre a esa «presencia», para entenderla, no combatirla. No queríamos exorcizar nada, sino escuchar lo que esa figura venía a decir. En paralelo, recibió acompañamiento espiritual por parte de una hermana religiosa con formación en psicología, que no intentó imponerle un dogma, sino ayudarla a recuperar una relación amorosa y libre con su fe. El proceso no fue inmediato. Durante meses, Carla siguió teniendo episodios. Pero ya no eran igual de intensos ni igual de largos. Y, lo más importante, ya no la aterraban. Había comprendido que esa figura, por muy atemorizante que fuera, hablaba desde una parte de ella misma que necesitaba ser atendida. La rabia que contenía, la soledad que sufría, la culpa que otros le habían sembrado. Todo eso necesitaba encontrar su lugar, y no podía hacerlo mientras siguiera callado. El cambio más significativo se produjo cuando Carla, en una de las sesiones, miró fijamente a quien la acompañaba espiritualmente y dijo: «no necesito que me expulsen nada. Solo quiero que alguien me diga que puedo vivir sin miedo». En ese momento, supimos que la posesión estaba perdiendo su poder. Hoy, Carla está en proceso de reconstrucción. Vive sola, estudia, y ha encontrado una forma de espiritualidad más abierta, más conectada con lo que ella siente y necesita. No niega lo que vivió, pero tampoco lo convierte en su identidad. Aprendió a convivir con su sombra y a dejar de temerla. Este caso nos recuerda que no siempre hay que expulsar al demonio; a veces basta con sentarse a hablar con él y preguntarle de dónde viene. Porque en muchos casos, las entidades que parecen poseernos no vienen del infierno, sino de los rincones oscuros de nuestra historia, esperando ser miradas con compasión y coraje.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 281
 
 
Las posesiones por conversión versus exaltación
 
Dentro del estudio de las posesiones periféricas, una distinción especialmente reveladora es la que diferencia entre las posesiones por conversión y las posesiones por exaltación. Esta clasificación no solo permite comprender mejor los síntomas observables, sino que ayuda a interpretar el origen psíquico y simbólico de estos fenómenos con mayor profundidad. Aunque en ambas formas la persona parece estar invadida por una entidad o fuerza ajena, lo que ocurre en su interior responde a trayectorias psicológicas muy distintas. Comprenderlas no es un ejercicio académico: es una forma de ver a las personas afectadas con más humanidad, y de evitar que se les encasille como locas o endemoniadas sin más.
 
Las posesiones por exaltación son, por decirlo así, de naturaleza expansiva, pero eso no significa que sean benignas. De hecho, la mayoría de las personas que consultan por este tipo de fenómenos lo hacen cuando la situación ya se ha tornado abrumadora, inquietante o directamente aterradora. Aunque con frecuencia tienen su origen en contextos espirituales, místicos o religiosos, como retiros, prácticas devocionales intensas o búsquedas de conexión trascendente, el inicio del proceso no suele percibirse como algo abiertamente maligno. La persona se siente impulsada por una fuerza mayor, una especie de energía superior que la atraviesa, la enciende, la empuja desde dentro con un ímpetu difícil de controlar. Esa sensación, aunque inicialmente fascinante o hasta sagrada, pronto empieza a desbordar los límites de la voluntad y del cuerpo. Por razones que no logramos comprender del todo y que varían según cada caso, lo que al comienzo parece una expansión espiritual, una sensibilidad elevada o un estado alterado de consciencia, se transforma progresivamente en un proceso de deterioro psicológico, agotamiento físico y desintegración de la identidad. Es como si una chispa espiritual mal gestionada o mal interpretada abriera puertas internas que no se pueden volver a cerrar. La exaltación se convierte entonces en invasión y los contenidos que emergen son interpretados en muchas tradiciones, especialmente en la judeocristiana, como signos de una encarnación del mal: no una metáfora, sino la manifestación simbólica de una presencia que ha tomado posesión del cuerpo y del alma. En estos episodios, es frecuente la aparición de una fuerza sobrehumana, que es un fenómeno conocido como titanismo: personas delgadas que levantan muebles imposibles, adolescentes que se sacuden violentamente sin que tres adultos logren contenerlos o individuos que rompen objetos sin ningún aparente esfuerzo. También aparecen alteraciones motoras y del movimiento, como espasmos, convulsiones o movimientos repetitivos de origen desconocido. En algunos casos, el cuerpo adopta posturas imposibles, casi acrobáticas, que parecen surgir de una inteligencia muscular ajena a la voluntad del poseído. A esto se suma la alteración del lenguaje y la verbalización, con fenómenos sorprendentes como la glosolalia (el hecho de hablar lenguas extrañas o inventadas), la xenoglosia (que es usar idiomas no conocidos por el sujeto) o frases que combinan rezos con insultos, blasfemias, como si coexistieran en la misma boca el santo y el profanador. Un fenómeno especialmente desconcertante es la aparente percepción extrasensorial. Algunas personas anticipan acontecimientos, leen datos que no han sido escritos en voz alta, o señalan secretos familiares con exactitud escalofriante. Aunque estas manifestaciones no siempre resisten el escrutinio científico, su impacto emocional es real y poderoso. Quienes las presencian no suelen olvidarlas.
 
En contraste, las posesiones por conversión son introvertidas, implosivas y se desarrollan como respuesta a un trauma, una represión emocional o un conflicto simbólico no resuelto. Son más frecuentes en contextos de opresión afectiva, familiar o moral. Aquí, el cuerpo no se eleva: se bloquea. El rostro se vacía, la mirada se pierde, la voz se apaga. Hablamos de estados anómalos de apatía o catatonía, donde la persona parece ausente, como si su alma hubiera huido a un lugar lejano. A menudo se acompaña de un letargo del sueño, donde el paciente duerme durante horas o días enteros sin despertarse, como si su cuerpo necesitara escapar de la vigilia. Estas crisis también presentan conductas evacuatorias sorprendentes: vómitos violentos sin causa médica, incontinencia súbita en momentos de tensión, expulsión de sustancias viscosas o incluso de objetos pequeños, como si el cuerpo intentara purgar simbólicamente una contaminación interior. No es infrecuente que la persona afirme estar sacando algo, y ese algo toma forma de líquido oscuro, secreción espesa o arcadas sin contenido. Otro fenómeno inquietante en las posesiones por conversión es la aparición de materializaciones y somatizaciones. A veces, la piel del paciente se enrojece en formas precisas: cruces, palabras o símbolos religiosos. Estas marcas pueden aparecer y desaparecer en cuestión de minutos, como si se tratara de un lenguaje oculto grabado en la carne. En otros casos, el dolor físico se concentra en zonas sin daño aparente: ardor en el pecho, pinchazos en la frente, sensación de quemaduras internas. Estas somatizaciones son extremadamente reales para quien las sufre, aunque las pruebas médicas no revelen ninguna alteración.
 
Ambos tipos de posesión —exaltación y conversión— pueden ser estremecedores. Es importante entender que, en la mayoría de las veces, no estamos ante la irrupción de una entidad maligna, sino ante una manifestación psicosomática de conflictos muy profundos. Esto no excluye la hipótesis teológica que plantea la posibilidad de que alguna entidad demoniaca logre apropiarse y dominar completamente mente y cuerpo del individuo. No obstante, esta opción suele ser la menos frecuente de todas. De hecho, hay exorcistas que reconocieron haber dudado sobre la autenticidad de los supuestos casos de posesión que trataron.
 
En la exaltación, el deseo de trascendencia o de canalizar una fuerza superior se convierte en fenómeno corporal. En la conversión, lo reprimido encuentra una vía de expresión simbólica a través de la crisis. En ambos casos, el cuerpo habla: grita, tiembla, sangra y se transfigura. Y el misterio no está tanto en la fuerza invasora, que podría tener un origen maligno, sino en el lenguaje oculto que intenta comunicar. Por eso, acompañar a estas personas requiere una mirada compleja, que no se quede solo en la psiquiatría ni se abandone del todo a lo espiritual. Hace falta comprender que hay posesiones en las que el demonio no viene de fuera, sino que toma forma desde la propia naturaleza interior del individuo, como explicaba al comienzo de este capítulo; puede ser una historia que nunca fue contada, una emoción que nunca fue acogida o una herida que nadie supo ver. Y cuando esa historia se escucha, cuando el símbolo es reconocido, muchas veces, sin necesidad de exorcismo, la persona empieza a sanar. Esta es también una forma de combatir el mal. El caso XI refleja precisamente este hecho.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 284
 
 
Uno de los aspectos más intrigantes de las posesiones, ya sean centrales o periféricas, también con las crisis de exaltación y de conversión, incluso cuando el diablo toma forma desde dentro de la mente del individuo, es que en ellas suceden fenómenos que son realmente difíciles de explicar y comprobar científicamente. Mente y cuerpo alcanzan unos niveles tan límites, que parecen activar mecanismos o formas de funcionar relacionadas con la parapsicología y los márgenes de la consciencia. No conozco ningún caso de posesión analizado científicamente, en el que se haya podido registrar con mediciones objetivas y en condiciones de control, ningún fenómeno psíquico, ni de percepción extrasensorial ni de PK. Esto no significa que no ocurran.
 
Una cuestión es si ocurren o no, la otra es en qué grado lo podemos comprobar científicamente.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 287
 
 
Yo mismo he visto cómo una muchacha era capaz de adivinar lo que el sacerdote llevaba en el bolsillo de su sotana (sin que se pudiera ver nada); o cómo describía lo que estaba sucediendo dos pisos más abajo de donde ella vivía; también he presenciado fenómenos de precognición, en los que el poseído era capaz de acertar lo que le iba a suceder en un futuro inmediato al sacerdote (y puedo asegurar que no se trataban de generalizaciones aplicables a cualquier persona). Aunque fui testigo de este tipo de fenómenos, no puedo afirmar que fueran científicamente ciertos porque no los comprobé, pero desde mi experiencia subjetiva, tampoco afirmaré que fueran falsos. Podría relatar numerosos ejemplos que fueron extraños y, al menos en apariencia, estarían asociados a los fenómenos psíquicos que clásicamente la parapsicología ha estudiado (léase el capítulo 5). Asumiendo la postura más prudente, estas experiencias serían anómalas, pero no habría motivos para hablar de anomalías científicas. Como dije, ninguna investigación científica conocida ha abordado la discriminación sobre la fuente de este tipo de fenómenos; o sea, no sabemos si son habilidades psíquicas que intervienen mediante mecanismos desconocidos (anómalos) o si tendrían alguna relación con un posible origen demoniaco. Recordemos en este punto que no todo es susceptible de ser reproducido ni controlado en condiciones de laboratorio; y eso no significa que no tenga valor, que no sea auténtico y que no exista. Me atrevería a afirmar que la hipótesis teológica de la sobrenaturalidad del mal sería, en un contexto científico y en el mejor de los casos, justamente eso, una hipótesis que no refutaría la intervención de posibles habilidades psíquicas y que tampoco podría ser refutada por el hecho científico de descubrir que muchas de estas habilidades podrían explicarse mediante sesgos cognitivos o engaños perceptivos. Esto hace que nos planteemos lo siguiente: ¿en qué grado esta hipótesis es susceptible de ser contrastada científicamente? Probablemente se trate de una cuestión científica indecidible, como también es una cuestión indecidible la demostración o refutación científica de la existencia de Dios.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 288
 
 
La teoría de los círculos del Padre Jordi Font
 
Las personas tenemos actitudes y estilos distintos de afrontar los problemas o imprevistos de la vida cotidiana. Cuando alguien se levanta por la mañana y ve que está lloviendo, puede reaccionar diciendo que «hoy el día va a ser muy pesado» o podría alegrarse porque la lluvia le trae buenos recuerdos o simplemente coger el paraguas para no mojarse. Estas maneras de actuar frente a un mismo hecho hablan sobre cómo nos relacionamos con el entorno y lo que sucede en él.
 
El Padre Jordi Font pensó que estos estilos de afrontamiento también podrían manifestarse de forma diferenciada en los episodios de posesión periférica, mostrándonos las interpretaciones, los significados, las resistencias o los facilitadores que una persona poseída tiene a la hora de tolerar lo que padece.
 
En este punto, no importa si la posesión es real o no. Tampoco es relevante si hay o no hay demonio. Lo que resulta crucial es que las reacciones de los poseídos pueden organizarse en patrones que están relacionados con estas dinámicas de afrontar lo que nos ocurre en la vida. Identificar dichas dinámicas de la personalidad podría facilitar la evaluación profesional y médica de las posesiones, ayudándonos a predecir cuestiones tan delicadas sobre el margen de recuperación de cada caso, qué tipos de intervenciones tienen o no éxito, qué confrontaciones podrían hacer empeorar el curso de los episodios de posesión y qué barreras se deberían desmontar psicológicamente para ayudar al poseído a integrar su experiencia disociada. Bajo esta perspectiva, el modelo teórico de Font es una herramienta terapéutica que busca ayudar más y mejor a este tipo de personas. En ningún caso se pretende que esta teoría sirva para clasificar o etiquetar lo que le ocurre al individuo. Lo que aquí presentaré (los círculos de la personalidad y sus estructuras) no representan categorías diagnósticas y tampoco deben usarse para realizar juicios morales o teológicos sobre las posesiones.
 
Cada estilo configura metafóricamente un círculo fundamentado en rasgos de la personalidad concretos, pero no se limita a dichos rasgos, sino que, como ya he planteado, añade formas de entender la vida, el mundo, Dios, el mal y el bien (entre muchas otras cosas). Font se basó esencialmente en cuatro círculos que analizó en varios casos en los que se presentaba alguna forma de experiencia espiritual y religiosa, incluyéndose las posesiones: el círculo histérico, el narcisista, el paranoide y el esquizoide. En cada uno de ellos, Font apreció diferencias en los rasgos de la personalidad, pero también en ciertos conceptos espirituales.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 295
 
 
Posesiones con círculo histérico
 
En el círculo histérico, la persona experimenta una atracción demoniaca basada en la fascinación, el deseo de ver y ser visto. Dios aparece como una figura seductora, casi escénica y el dogmatismo adopta una forma pública: se busca el escenario religioso no tanto por fe profunda, sino por dramatización del conflicto interior. En estos casos, las posesiones son ruidosas, teatrales, pero no fingidas. El sufrimiento es real, aunque esté dramatizado. No se trata de personas que inventen lo que sienten, sino de individuos atrapados en un conflicto emocional donde la necesidad de ser amados, validados y reconocidos colisiona con la vivencia de un vacío interior difícil de nombrar. El conflicto profundo de alguien histriónico no es solo su deseo de llamar la atención, sino el miedo inconsciente a no existir si no es visto por el otro. La mirada del otro se convierte en el espejo indispensable para sostener una identidad que, de lo contrario, se disgrega. Por eso, cuando una experiencia disociativa o posesiva irrumpe en este tipo de estructura, el cuerpo se convierte en escenario y la iglesia en teatro: se dramatiza el mal como una súplica de amor. La posesión, entonces, funciona como un lenguaje simbólico para expresar un dolor psíquico que no encuentra otra vía legítima para manifestarse. Recuerdo perfectamente a una joven que, en mitad de una misa, cayó al suelo, comenzó a llorar y a decir que «el demonio la deseaba», que era «como una novia para él». Su forma de hablar, entre provocadora y desesperada, mostraba un alma dividida entre la necesidad de ayuda y el deseo inconsciente de protagonismo. No había mentira, pero sí una escenificación incontenible de un drama interno que buscaba audiencia, consuelo y absolución. Este tipo de posesiones responde bien a los exorcismos, precisamente porque el rito ofrece un marco simbólico estructurado donde ese desborde puede contenerse y donde el sujeto siente que su dolor es atendido en comunidad. No es el demonio quien se expulsa en estos casos, sino el grito de angustia que no sabía cómo articularse. Por eso, el exorcismo, cuando es hecho con comprensión y cuidado, se transforma en una forma de acogida espiritual: la persona se siente finalmente escuchada, sostenida, redimida no por su pureza, sino por haber sido vista en su herida.
 
Posesiones con círculo narcisista
 
El círculo narcisista, en cambio, gira en torno a una imagen idealizada del yo. Dios, en este caso, es complaciente, una figura que alimenta la grandiosidad del sujeto. El demonio aparece como funcional: no se le teme, sino que se le integra como símbolo del poder interior, de la diferencia. El dogmatismo aquí es controlador. Las personas narcisistas buscan controlar incluso su crisis espiritual, construyendo narrativas sofisticadas en las que la posesión se convierte en signo de elección divina o de superioridad. En una ocasión, conocí a un muchacho que decía haber sido elegido por Dios para cumplir una misión mesiánica. Aseguraba que el demonio lo visitaba cada noche no para atormentarlo, sino para confirmarle su grandeza. No mostraba miedo ni sufrimiento, sino una especie de orgullo, casi euforia. Se consideraba un canal entre el cielo y el infierno, convencido de que su cuerpo era el escenario donde se reconciliarían las fuerzas del bien y del mal. Hablaba con una elocuencia inquietante, como si su retórica estuviera ensayada, y recitaba versículos bíblicos que reinterpretaba con una lógica distorsionada y brillante a la vez. Cuando sus familiares intentaban ayudarlo, él respondía con desprecio, acusándolos de no entender el plan divino. Con el tiempo, su comportamiento se volvió más errático, con episodios de agresividad verbal, conductas sexuales compulsivas justificadas por su misión y una creciente intolerancia a cualquier crítica. Para él, cualquier exorcismo era innecesario: afirmaba que no había nada que expulsar, porque él dominaba su oscuridad. Su ego absorbía incluso lo demoniaco. El mesianismo diabólico que encarnaba no solo desafiaba toda ayuda espiritual, sino que corroía lentamente su entorno, haciendo que todos los que lo querían acabaran sintiéndose culpables, manipulados o completamente agotados. El mal, en su caso, no era una entidad ajena, sino una justificación interna, refinada, disfrazada de revelación. Un narcisismo espiritual tan profundo que terminó aislándolo por completo.
 
Posesiones con círculo paranoide
 
El círculo paranoide se caracteriza por el miedo al demonio como una entidad amenazante y omnipresente. Dios es vivido como abandonador, distante en los momentos de mayor necesidad y los niveles de dogmatismo son altos, no por fervor, sino por supervivencia psíquica. Este perfil busca la norma como defensa ante el caos, pero con una angustia subyacente de traición. Toda experiencia espiritual se filtra por la sospecha: ¿y si detrás del bien se esconde un mal aún mayor? Los sujetos paranoides no dramatizan la posesión como otros perfiles; la ocultan, la viven en secreto, cargándola como una cruz silenciosa. Temen ser manipulados o destruidos desde dentro. La amenaza no es solo externa: es interna, íntima, invasiva. Recuerdo a una mujer que vino una noche a la consulta con un cuaderno lleno de anotaciones escritas a mano sobre sus sueños, los símbolos que veía en las paredes y mensajes ocultos que creía entrever en los sonidos de la televisión. Me habló de un ente oscuro que le susurraba desde la radio, que cambiaba el sabor del agua de su casa y que a veces, decía ella, le hablaba desde el reflejo del microondas. Me pidió que no la mirara directamente a los ojos, «por si él salía». No gritó ni lloró. Solo temblaba. Tenía los párpados caídos, el rostro desencajado por el insomnio. No aceptó bendiciones ni oraciones. Tenía miedo, pero más aún desconfianza. Cada gesto de ayuda lo interpretaba como una trampa. Aún recuerdo que, al ofrecerle un vaso de agua, lo rechazó con la mirada fija en el suelo, como si temiera que también el agua pudiera estar contaminada espiritualmente. Para el Padre Font, esta estructura es extremadamente difícil de abordar con rituales religiosos. El sujeto necesita proteger su autonomía incluso frente a Dios, porque la fantasía paranoide es que toda ayuda es una forma oculta de control. No hay consuelo posible sin antes derribar ese muro de sospecha existencial que lo envuelve todo. Lo más trágico es que estas personas sí desean liberarse, pero viven atrapadas entre el miedo a ser poseídas y el terror de ser tocadas. Aquí, el exorcismo no es solución, sino detonante de más encierro simbólico: cualquier intento de sanación se convierte, a sus ojos, en una emboscada espiritual. El verdadero reto no es expulsar al demonio, sino desactivar la narrativa persecutoria que convierte toda forma de salvación en amenaza.
 
Posesiones con círculo esquizoide
 
En el círculo esquizoide, la persona vive desconectada de sus emociones y del otro. Se trata de una desconexión radical, no solo con los demás, sino también con uno mismo. El mundo interior aparece como un territorio deshabitado, una tierra fría donde las palabras, los afectos y los vínculos apenas tienen eco. Dios, en este contexto, aparece como lejano, como una figura sin rostro ni calor, que ni acompaña ni castiga, simplemente no está. Y el demonio, a su vez, no es una presencia activa ni escandalosa, sino una especie de neblina corrosiva, sutil, que se infiltra sin rostro ni nombre. No hay voces ni gritos: hay silencios. No hay visiones claras ni convulsiones: hay una sensación indefinida de que algo se está quebrando, pero no se puede expresar. Todo se vuelve difuso. El dogmatismo, en estos casos, no organiza ni estructura: se fragmenta, se vuelve incoherente, sin fuerza simbólica, como un lenguaje desintegrado. El conflicto de alguien con una estructura esquizoide en el contexto de la posesión no reside en el exceso de angustia, sino en su represión profunda. Estas personas no rechazan ni buscan ser vistas como los perfiles histéricos; simplemente se retraen. Se encierran en sí mismas, como si el alma ya no encontrara motivo para interactuar con el mundo. El sufrimiento está anestesiado, a veces incluso negado. Pero eso no significa que no duela: duele en forma de vacío, de desconexión, de disolución de la identidad. La posesión, en estos casos, no se manifiesta como una batalla interior, sino como una erosión lenta del sentido de ser. Recuerdo a un adolescente que se encerró en su habitación durante semanas, repitiendo en voz baja los salmos bíblicos sin emoción alguna. La madre me decía que no le encontraba la mirada, que parecía transparente. Él mismo decía que «había algo» que lo miraba desde el techo, pero lo decía como quien menciona la lluvia: sin alarma, sin urgencia. No pedía ayuda. Apenas comía. Dormía de día, y de noche se quedaba mirando fijamente la pared. Una vez me dijo que su alma «se estaba evaporando», como si fuera humo, sin rabia, sin llanto, sin resistencia. Esa frase quedó grabada en mí, porque ilustraba perfectamente el núcleo del conflicto esquizoide: la experiencia de la posesión como una extinción progresiva de la vida interior, no como un asalto violento. Para el Padre Font, este tipo de estructuras son las más difíciles de alcanzar terapéuticamente. El problema aquí no es la falta de fe o la rebeldía, sino la ausencia de vínculo emocional suficiente para que el rito tenga efecto. El exorcismo, por más solemne que sea, no llega a tocar el alma cuando esta ya no reacciona. Es como ofrecer un abrazo a quien ya no siente el cuerpo. No hay dónde agarrarse. El rito no simboliza, porque la afectividad necesaria para que algo sea signo está congelada. Solo un trabajo muy delicado, que restaure poco a poco el sentido del lazo humano, puede abrir la puerta a una posible recuperación. Aquí, el exorcismo no es un inicio, sino tal vez un desenlace lejano, si antes se logra que el sujeto regrese de su exilio interior.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 297
 
 
Font propuso que un individuo poseído no pertenece de forma exclusiva a uno de estos círculos, sino que combina varias de sus facetas. Esto equivaldría a realizar, en términos lógicos distintos tipos de fusiones entre círculos. Entre los análisis que se hicieron, se pudieron apreciar dos grandes estructuras que combinaban el círculo histérico con el narcisista y el esquizoide con el paranoide. De este modo, se definió un continuo bipolar, o sea, una distribución de dos extremos y con una degradación o espectro que iba desde la estructura histérico-narcisista (ubicada en el extremo derecho), hasta la esquizo-paranoide (que estaba en el extremo izquierdo). En función del nivel que ocupara cada individuo poseído, se pondrían de manifiesto unos síntomas u otros. Cuanto más al extremo estuviera el caso de posesión dentro de la distribución, más rasgos de las dos personalidades combinaría y la manifestación fenomenológica sería más intensa, con más dificultades para poder inducir mejoras terapéuticas. Para poder aplicar y evaluar estas dos estructuras en cada caso de posesión, pueden emplear varias fuentes de información o pruebas, entre las que se destacan la entrevista y el uso de test de la personalidad. Establecer una medición exacta sobre cuál es la posición que ocupa una persona dentro de esta distribución es algo para lo que todavía no tenemos ninguna herramienta técnica especializada.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 301
 
 
TABLA 1
Fenómenos de las posesiones periféricas incluidos en el PPS-C (Lista de Verificación del Síndrome de Posesión Psiquiátrica o PPS-C, por su denominación en inglés: Psychiatric Possession Syndrome Checklist)
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Instrucciones destinadas al facultativo
Indicar la intensidad con la que el paciente presentó cada síntoma durante un episodio de posesión. 0 = ninguno/ausencia del síntoma, 1 = baja intensidad, 2 = intensidad moderada y 3 = alta intensidad.
#
Fenomenología (es un episodio de posesión…)
Trastornos
1
… en el que él/ella presenta movimientos motores repetitivos.
Motores
2
… en el que él/ella muestra una fuerza física más intensa de lo habitual.
Motores
3
… en el que él/ella exhibe movimientos, acciones o gestos espasmódicos.
Motores
4
… en el que él/ella se contorsiona físicamente.
Motores
5
… en el que él/ella camina tambaleándose como si estuviera mareado/a.
Motores
6
… en el que él/ella mantiene posturas corporales rígidas.
Motores
7
… con cambios anómalos en el tono de su voz.
Paralingüísticos
8
… en el que él/ella articula palabras en otros idiomas.
Glosolalia
9
… con cambios anómalos en el volumen de su voz.
Paralingüísticos
10
… con cambios anómalos en el ritmo/velocidad de su voz.
Paralingüísticos
11
… con alucinaciones y/o alteraciones perceptivas.
Alteraciones perceptivas
12
… en el que él/ella manifiesta contenido verbal sin sentido lógico.
Alteraciones verbales del habla
13
… en el que él/ella afirma ser —de forma explícita o implícita— otra entidad/persona/objeto.
Delirio
14
… en el que él/ella expresa verbalizaciones sociales extravagantes y grandilocuentes.
Desorganización verbal
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 310
 
 
Gracias al apoyo financiero de diversas organizaciones que patrocinan nuestras investigaciones, hemos podido analizar ECM ocurridas en supervivientes de paros cardiorrespiratorios prolongados, controlando múltiples fuentes de sesgo hasta ahora pasadas por alto en este campo. Registramos parámetros fisiológicos durante la parada cardiorrespiratoria y aplicamos un test experimental de percepción sensorial de estímulos sonoros, mientras los pacientes se encontraban al borde de la muerte o en muerte clínica. Los resultados fueron sorprendentes, dado que sugerían que la experiencia consciente no comparte necesariamente los mismos límites entre la vida y la muerte que nuestra biología física establece.
 
Este hallazgo tiene implicaciones potencialmente revolucionarias, pues respalda ciertos enfoques heterodoxos de la consciencia que proponen nuevas formas de funcionamiento más allá de los roles reconocidos por la ciencia ortodoxa. Entre ellos se incluyen la no localidad, el entrelazamiento, la superposición, la cognición cuántica, la plasticidad neuronal y los modelos biológicos que plantean la posibilidad de actividad cuántica en el cerebro. Aunque estos enfoques puedan ser criticables y presentan limitaciones epistemológicas y metodológicas, no son meras especulaciones: el hecho de que las ECM se distingan científicamente de las alucinaciones y de otros fenómenos perceptivos obliga a investigar cómo nuestro organismo puede permitir algo así, incluso en condiciones biológicas incompatibles con la vida.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 313
 
 
Las ECM constituyen un fenómeno con una nosología propia que merece ser investigada con seriedad, abriendo la puerta a replantear los límites de la ciencia y de la razón. Al mismo tiempo, es posible aportar rigor sin afirmar como cierto lo que aún desconocemos: por qué el cerebro y el cuerpo permiten este tipo de vivencias en estados en los que, según la biología y la física, sería imposible que sucediera cualquier forma de percepción sensorial. Al fin y al cabo, si la consciencia puede desafiar a la muerte, quizá también pueda mostrarnos hasta dónde somos capaces de llegar para comprenderla.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 313
 
 
En definitiva, la historia de la investigación de las ECM es también la historia de un fenómeno que ha transitado desde el ámbito del mito y la religión hacia el terreno de la ciencia empírica, sin perder por ello su profunda carga existencial y filosófica. Ha pasado de ser un relato individual con interpretaciones espirituales y metafísicas, a convertirse en un objeto de estudio sustentado en métodos, escalas y protocolos, lo que ha permitido avanzar en su comprensión sin suprimir el debate sobre su significado último. Su recorrido refleja cómo la ciencia, al enfrentarse a los límites de la vida y de la consciencia, no solo amplía su conocimiento técnico, sino que también se ve obligada a dialogar con dimensiones que, en otros tiempos, pertenecían exclusivamente a los campos de la filosofía y la teología.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 324
 
 
 
TABLA 1
 
Dimensiones y preguntas/ítems de la Escala Greyson
de Experiencias Cercanas a la Muerte (EG-ECM)
 
#
Dim.
Pregunta
Respuestas
1
C
¿Parecía que el tiempo se aceleraba?
2 = Todo parecía estar ocurriendo a la vez;
1 = El tiempo parecía ir más rápido de lo habitual;
0 = No
2
C
¿Se aceleraron tus pensamientos?
2 = Increíblemente rápidos;
1 = Más rápidos de lo habitual;
0 = No
3
C
¿Volvieron a ti escenas de tu pasado?
2 = El pasado pasó ante mí fuera de mi control;
1 = Recordé muchos eventos pasados;
0 = No
4
C
¿De repente parecía que lo entendías todo?
2 = Sobre el universo;
1 = Sobre mí mismo u otras personas;
0 = No
5
A
¿Tuviste una sensación de paz o agrado?
2 = Paz o agrado increíbles;
1 = Alivio o calma;
0 = Ninguno
6
A
¿Tuviste una sensación de alegría?
2 = Alegría increíble;
1 = Felicidad;
0 = No
7
A
¿Sentiste una sensación de armonía o unidad con el universo?
2 = Unido, uno con el mundo;
1 = Ya no en conflicto con la naturaleza;
0 = No
8
A
¿Viste o sentiste que estabas rodeado por una luz brillante?
2 = Luz claramente de origen místico o de otro mundo;
1 = Luz inusualmente brillante;
0 = No
9
P
¿Tus sentidos eran más vívidos de lo habitual?
2 = Increíblemente más vívidos;
1 = Más vívidos de lo habitual;
0 = No
Nota: Dim. = Dimensiones; C = Dimensión cognitiva; A = Dimensión afectiva; P = Dimensión paranormal, y T = Dimensión trascendental.
 
TABLA 1
 
(Continuación de la TABLA 1 iniciada en la página anterior)
 
#
Dim.
Pregunta
Respuestas
10
P
¿Parecías ser consciente de cosas que ocurrían en otro lugar?
2 = Sí, y los hechos se corroboraron después;
1 = Sí, pero los hechos aún no se han corroborado;
0 = No
11
P
¿Te vinieron escenas del futuro?
2 = Del futuro del mundo;
1 = De mi futuro personal;
0 = Ninguno
12
P
¿Te sentiste separado de tu cuerpo físico?
2 = Claramente dejé el cuerpo y existí fuera de él;
1 = Perdí la consciencia del cuerpo;
0 = Ninguno
13
T
¿Parecía que entrabas en otro mundo, no terrenal?
2 = Claramente místico o de otro mundo;
1 = Lugar extraño y desconocido;
0 = Ninguno
14
T
¿Parecía que encontrabas algún ser o presencia mística?
2 = Ser o voz claramente de origen místico o de otro mundo;
1 = Voz no identificable;
0 = Ninguno
15
T
¿Viste espíritus de seres fallecidos o figuras religiosas?
2 = Los vi;
1= Sentí su presencia;
0 = Ninguno
16
T
¿Llegaste a una frontera o punto de no retorno?
2 = Una barrera que no se me permitió cruzar o me enviaron de vuelta a la vida involuntariamente;
1 = Decisión consciente de volver a la vida;
0 = No
Nota: Dim. = Dimensiones; C = Dimensión cognitiva; A = Dimensión afectiva; P = Dimensión paranormal, y T = Dimensión trascendental.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 326
 
 
Recordemos que, si dicha ECM se atribuye a condiciones biológicas y médicas en las que hay muerte encefálica, entonces el paciente no debería ser capaz de recordar nada de lo que vivió durante ese periodo. Por lo tanto, el test EG-ECM aplicado en las condiciones médicas de Sabom debería mostrar puntuaciones muy bajas, equivalentes a las observables cuando se producen falsos recuerdos o directamente cuando no hay estados de lucidez en la experiencia. De este modo, obtener una puntuación alta en la EG-ECM podría ser indicativo de que se produjo unos niveles de lucidez inexplicados durante los episodios de paradas cardiorrespiratorias o muerte clínica reversible. Nótese que, si este test lo aplicáramos en experiencias anómalas sin amenaza vital real u objetivamente diagnosticable, como ya dije, no podríamos garantizar el valor inexplicado en sus niveles de lucidez ni su relación con los límites de la vida y la muerte. Este es un detalle que a menudo es descuidado incluso por científicos que divulgan o tratan de promover las ECM en los medios de comunicación. Para que la prueba de Greyson EG-ECM tenga validez aplicativa, se debería cumplir el diagnóstico de muerte encefálica o parada cardiorrespiratoria reversible en el paciente. Fuera de estos escenarios, únicamente estaríamos evaluando unos niveles de lucidez que sí podrían ser explicables científicamente. Incumplir con el criterio médico de Sabom, el cual es apoyado por otros científicos, como Parnia, es violar la validez aplicativa que cualquier prueba, como el cuestionario EG-ECM, debería garantizar para asegurar que sus mediciones estén evaluando aquello que objetivamente se proponen evaluar. Para que se entienda mejor esta idea de validez aplicativa y los problemas metodológicos que representa, formulo la siguiente pregunta: ¿acaso aplicaríamos una prueba diagnóstica para detectar infecciones de orina, en un paciente que únicamente reporta dolor de muelas? La segunda fuente de información son las interpretaciones subjetivas que realizan los individuos sobre las cualidades perceptivas de sus ECM. La interpretación subjetiva es difícilmente objetivable y medible de una forma válida tal y como lo exige la investigación científica. En realidad, los contenidos interpretativos del sujeto que tuvo alguna ECM es un campo de análisis abordable esencialmente desde la antropología cultural, la psicología social o la sociología. Por ejemplo, Allan Kellehear describió las ECM como fenómenos relativos a la experiencia consciente, que son inusuales, ocurren en situaciones de muerte inminente o percibida y son moldeados por las creencias, prácticas y narrativas propias de cada cultura. Este enfoque subraya que el contenido y la interpretación de la experiencia no pueden desligarse del contexto social y simbólico del testigo. De este modo, aunque las percepciones lúcidas de las ECM puedan ser similares unas a otras, sus interpretaciones concretas y subjetivas difieren también de acuerdo con el marco sociocultural de cada caso. En estudios realizados en contextos occidentales, las interpretaciones de las ECM mostraron un patrón cultural caracterizado por la visión de túneles luminosos, el encuentro con familiares fallecidos y la percepción de una presencia trascendente vinculada a la figura de Dios o a la iconografía judeocristiana. En contraste, investigaciones llevadas a cabo en la India han documentado interpretaciones centradas en encuentros con mensajeros o guardianes del más allá, quienes comunican al individuo que su muerte ha sido un error administrativo y debe regresar a su cuerpo. Por su parte, estudios con participantes de tradición budista han señalado la presencia de paisajes serenos, figuras luminosas no personalizadas y sensaciones de disolución del yo en un estado de consciencia pura. Estas variaciones culturales sugieren que las ECM implican un proceso de reelaboración y resignificación similar al que se produce cuando intentamos evocar recuerdos de experiencias pasadas: la mente reconstruye la información vivida y le otorga nuevos significados que permiten interpretarla y comprenderla desde el estado presente. En el caso de las ECM, este proceso estaría influido por los sistemas de creencias y los marcos simbólicos propios de cada individuo, modelados por su entorno sociocultural y sus referentes culturales más inmediatos. En definitiva, no existe una definición única y universalmente aceptada de ECM, y quizá no sea posible formularla mientras se mantenga la diversidad de enfoques y objetivos en su estudio. La definición de Greyson fue uno de los intentos más útiles para establecer un marco conceptual integrador que respetara la evidencia clínica y la riqueza fenomenológica de las ECM, pero aún persisten las discusiones abiertas sobre los límites experienciales y ontológicos de este fenómeno.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 332
 
 
¿Cuándo pueden ocurrir las ECM?
 
Para responder a esta pregunta, podemos apoyarnos en dos enfoques que se complementan entre sí: por un lado, el testimonio de personas que han vivido una ECM y han sido estudiadas en investigaciones clínicas y, por el otro, los datos obtenidos a través de registros neurofisiológicos que nos muestran qué ocurre exactamente en el cerebro durante el proceso de morir. Ambos caminos, aunque distintos en método y perspectiva, convergen en una idea central: el cerebro no se apaga de golpe. Lo que la ciencia ha podido observar sugiere que existe una secuencia de apagado, una serie de etapas breves, pero reales, durante las cuales el cerebro todavía mantiene una actividad organizada que podría permitir la vivencia consciente y la construcción de una experiencia que luego se recuerda como una ECM.
 
Ahora bien, si queremos aproximarnos al cuándo, necesitamos relojes biológicos que nos indiquen qué ocurre en el cerebro momento a momento en el proceso de morir. Aquí es donde entra el segundo enfoque, el neurofisiológico. Gracias al uso de técnicas como el EEG (electroencefalograma), los investigadores han podido observar lo que ocurre en el cerebro durante y después de una parada cardiorrespiratoria. Lo que se ha descubierto es que, tras la interrupción repentina del flujo sanguíneo, el cerebro no entra inmediatamente en un estado de muerte total. De hecho, atraviesa una serie de fases. Antes de que se produzca lo que se conoce como despolarización terminal —una especie de colapso definitivo de la actividad eléctrica cortical, que marca el punto de no retorno del cerebro—, existe un intervalo durante el cual todavía hay sinapsis funcionando y actividad organizada. Esta fase no dura segundos, sino minutos. Se ha podido captar en pacientes monitorizados con electrodos y representa un periodo fisiológicamente viable para la emergencia de experiencias conscientes, incluyendo la vivencia de una ECM. Además, estudios con animales y observaciones más recientes en humanos han revelado algo todavía más intrigante: justo antes o durante la parada, se han detectado aumentos transitorios de actividad en bandas de frecuencia cerebral altas, como la banda gamma, así como picos de conectividad funcional entre diferentes regiones del cerebro. En ratas, estos episodios de hiperconectividad cerebral fueron incluso más intensos que durante la vigilia. En humanos, aunque con más cautela, también se han registrado fenómenos similares. Un ejemplo destacado fue el de un paciente cuya actividad cerebral fue registrada de forma continua mientras fallecía: se observaron incrementos de potencia gamma que recordaban a los patrones de reactivación mnésica, es decir, patrones que en vida suelen estar asociados con el recuerdo y la integración de experiencias. Estos datos no prueban por sí solos que se esté produciendo una vivencia subjetiva, pero sí indican que el cerebro, en momentos muy cercanos a la muerte, puede organizarse de forma transitoria de un modo que, al menos en teoría, permitiría la aparición de estados conscientes. Esto abre una ventana fisiológica plausible para la emergencia de ECM.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 335
 
 
Una de las evidencias más directas proviene del estudio AWARE-II, un proyecto multicéntrico que combinó entrevistas clínicas con monitorización neurológica durante maniobras de reanimación cardiopulmonar (RCP). En algunos casos, se registraron patrones EEG intermitentes compatibles con una actividad cerebral organizada incluso en ausencia de pulso palpable. Algunos de los pacientes sobrevivientes recordaron experiencias que encajaban con ECM y los autores del estudio plantearon que esa reactivación breve de la actividad cortical podría funcionar como un biomarcador de lucidez durante la parada. Aunque este tipo de investigaciones no permite señalar un minuto exacto, sí acotan el fenómeno a un rango temporal concreto: entre varias decenas de segundos y algunos minutos tras la parada, tanto durante la inactividad inicial como durante la reanimación. Por tanto, es razonable afirmar que sí es posible aproximarse científicamente a la pregunta sobre cuándo emergen las ECM. Para lograrlo, es necesario combinar tres elementos: a) protocolos clínicos prospectivos con estímulos marcados temporalmente (auditivos o visuales) durante la RCP, b) monitorización continua y de alta resolución de la actividad cerebral y la oxigenación, y c) entrevistas estandarizadas posteriores. Proyectos como AWARE ya trabajan en esta línea, aunque aún enfrentan desafíos como el tamaño muestral y la variabilidad clínica entre pacientes. A pesar de eso, los patrones fisiológicos detectados —fases de pre-despolarización, picos gamma y reactivaciones transitorias— ofrecen un marco explicativo sólido en el que ubicar la formación del recuerdo. Es muy probable que las experiencias se generen durante esas fases específicas de organización cortical y que su consolidación ocurra más adelante, una vez que se recupera la circulación.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 338
 
 
Yo propondría situar la ECM entre los treinta segundos y los cuatro minutos tras el inicio de la parada cardiorrespiratoria global. El momento más probable en el que podría emerger una ECM —que sería el centro de gravedad de esta ventana— estaría alrededor de dos minutos. Esta estimación se apoya en que el EEG cortical suele volverse isoeléctrico (es decir, se apaga) entre los diez y los cuarenta segundos tras la parada. Sin embargo, justo antes y durante ese apagado, se han observado picos de organización cerebral, como ya dije, que podrían ser el terreno fértil para que surja una experiencia consciente. Después de este periodo, pero antes de que se alcance la despolarización terminal —que en humanos suele producirse entre los dos y cinco minutos tras la parada— el córtex todavía conserva sinapsis activas y dinámica en red. Tras los dos minutos, muchas de estas sinapsis comienzan a apagarse progresivamente. Esa sería la franja interna más razonable para que se produzca la ECM. Por supuesto, este rango no es rígido. Cada situación depende de variables como el tipo de reanimación, la temperatura corporal, los fármacos administrados y las condiciones previas del paciente. No obstante, en conjunto, esta franja temporal da una base objetiva y útil para continuar investigando cuándo y cómo el cerebro puede generar una ECM antes de apagarse del todo.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 339
 
 
Aunque es cierto que la mayoría de las ECM descritas por las personas suelen ser positivas —relatos de paz, amor, luz o trascendencia—, también existen casos en los que la experiencia es perturbadora, aterradora o angustiante. Estas ECM negativas, aunque menos frecuentes, pueden dejar huellas psicológicas importantes en quienes las viven. Hoy día, la ciencia aún sabe muy poco sobre este tipo de vivencias. Por ejemplo, no está claro si las ECM negativas son simplemente versiones más incómodas de las positivas, o si en realidad tienen un origen distinto. Tampoco se sabe con certeza si podrían suponer un riesgo clínico a largo plazo, es decir, si podrían aumentar la probabilidad de desarrollar trastornos de ansiedad, depresión o incluso síntomas psicóticos en algunas personas.
 
Precisamente por esta falta de estudios en profundidad, es importante contar con instrumentos más equilibrados y modernos. La escala NDE-C da un paso en esa dirección. A diferencia de su antecesora, esta nueva herramienta incluye afirmaciones redactadas de manera clara, directa y en forma positiva (en el sentido gramatical, no emocional), lo que facilita que las personas puedan responder con mayor precisión y sin confusiones. Además, incorpora algunos elementos que hoy en día los expertos reconocen como centrales en las ECM, pero que antes no se medían con detalle. Entre ellos, se encuentran fenómenos como las emociones negativas, la sensación de estar atravesando un túnel o pasaje, la percepción de haber cruzado un umbral, la impresión de estar muerto o la vivencia consciente de decidir volver a la vida.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 340
 
 
La versión final de esta escala está compuesta por veinte frases, llamadas técnicamente ítems. Cada una de estas frases representa un aspecto concreto de lo que podría vivirse durante una ECM. Para organizar mejor esta información, los ítems se agrupan en cinco grandes bloques o dimensiones, todas relacionadas con lo psicológico:
 
a) Contenidos más allá de lo habitual: aquí se incluyen experiencias como la distorsión del tiempo, una percepción más intensa de los sentidos, vivencias que parecen ir más allá de los cinco sentidos (como la telepatía o saber cosas imposibles de explicar) y la dificultad para expresar con palabras lo vivido (lo que se llama inefabilidad).
 
b) Sensación de armonía: esta dimensión recoge sentimientos de paz, unidad con el entorno, ausencia de dolor o miedo y una conexión profunda con algo más grande que uno mismo.
 
c) Insight o gran comprensión: engloba momentos en los que la persona siente que comprende profundamente el sentido de su vida, que accede a conocimientos nuevos, revisa escenas de su pasado o incluso vislumbra aspectos de su futuro.
 
d) Percepciones de abismo: esta parte se refiere a experiencias más intensas o desconcertantes, como sentir que uno abandona el mundo físico, acercarse a un punto sin retorno, tomar consciencia de estar muerto o sentir que puede elegir entre volver a la vida o seguir adelante.
 
e) Túnel y luz: recoge la clásica experiencia de atravesar un túnel, percibir una gran luz al final o sentirse atraído por esa luz, como si tuviera una fuerza especial.
 
Estas cinco dimensiones permiten entender que las ECM no son fenómenos simples ni unidimensionales, sino experiencias complejas que pueden implicar elementos tanto placenteros como difíciles. Para facilitar su uso en contextos clínicos o de investigación, especialmente con población española, se ha realizado una traducción lingüística cuidada de cada una de las frases y se ha organizado todo el contenido en la tabla 2. En dicha tabla, cada ítem aparece clasificado por dimensión, acompañado de su traducción al castellano y del tipo de respuesta que se espera. Este diseño permite que psicólogos, médicos e investigadores puedan aplicar la escala fácilmente y obtener resultados más fiables.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 341
 
 
TABLA 2
 
Frases de la NDE-C, elaborada por el equipo de Charlotte Martial
 
#
Afirmaciones y frases
Dimensiones
1
Tu percepción del tiempo estaba alterada.
Más allá de lo habitual
2
Tus pensamientos se aceleraron.
Más allá de lo habitual
3
Oíste una o varias voces sin origen material.
Insight
4
Tuviste la sensación de comprender de repente todo sobre ti, los demás y/o el universo.
Insight
5
Tuviste una sensación de paz y/o bienestar.
Armonía
6
Sentiste armonía o unidad, como si pertenecieras a un todo mayor.
Armonía
7
Viste o te sentiste rodeado/a por una luz brillante sin origen material determinado.
Túnel/luz
8
Experimentaste sensaciones inusuales (vista, oído, olfato, tacto y/o gusto).
Más allá de lo habitual
 
TABLA 2
 
(Continuación de la TABLA 2 iniciada en la página anterior)
 
#
Afirmaciones y frases
Dimensiones
9
Fuiste consciente de cosas más allá de lo que tus sentidos pueden percibir habitualmente.
Más allá
de lo habitual
10
Obtuviste conocimiento esclarecedor sobre el futuro.
Insight
11
Tuviste la impresión de estar fuera de o separado/a de tu propio cuerpo.
Más allá de lo habitual
12
Tuviste la sensación de dejar el mundo terrestre o de entrar en una nueva dimensión y/o entorno.
Abismo
13
Viste o reviviste acontecimientos de tu pasado.
Insight
14
Te encontraste con una presencia y/o entidad (posiblemente fallecida).
Insight
15
Tuviste una sensación de no existencia, de vacío absoluto y/o de miedo.
Abismo
16
Te acercaste a una frontera y/o punto de no retorno.
Abismo
17
Tomaste la decisión o fuiste obligado/a a volver de la experiencia.
Abismo
18
Tuviste la sensación de estar muriendo y/o de estar muerto/a.
Abismo
19
Viste o entraste en una zona de pasaje (por ejemplo, un túnel o una puerta).
Túnel/luz
20
Tienes la sensación de que la experiencia no puede describirse adecuadamente con palabras.
Más allá de lo habitual
 
En resumen, la NDE-C representa una mejora significativa respecto a escalas anteriores. No solo actualiza el contenido de lo que se mide, sino que también permite recoger experiencias positivas y negativas con la misma rigurosidad. Gracias a su diseño más claro, homogéneo y completo, esta herramienta es especialmente útil en contextos clínicos donde se atiende a personas que han pasado por situaciones críticas, como reanimaciones o estados de coma. También puede utilizarse en estudios académicos que busquen comprender mejor cómo funciona la consciencia en situaciones extremas. En ambos casos, esta escala ayuda a dar voz, de forma más precisa y respetuosa, a lo que muchas personas han vivido en los momentos más extraordinarios —y en ocasiones más difíciles— de su existencia. Los resultados obtenidos con la escala NDE-C han demostrado una alta fiabilidad y coherencia interna. Las pruebas estadísticas utilizadas para comprobar su validez indicaron que el modelo de cinco dimensiones propuesto por sus creadores se ajusta muy bien a los datos. En concreto, los índices de ajuste superaron el valor de 0,95, lo cual es considerado excelente y los errores fueron muy bajos (la raíz cuadrática de los errores promedio fue menos de 0,08), lo que indica que la estructura de la escala describe de manera precisa y consistente las experiencias cercanas a la muerte. Esto la convierte en una herramienta más completa que la tradicional escala de Greyson, especialmente a la hora de reflejar la complejidad del fenómeno.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 342
 
 
Lo interesante es que la NDE-C (la Escala de Contenidos de las Experiencias Cercanas a la Muerte llamada NDE-C por sus siglas en inglés, que significan Near-Death Experience Content).permite distinguir con claridad entre las ECM y otros estados que pueden parecerse, como las experiencias con sustancias psicodélicas, las meditaciones profundas o los trances cognitivos. En estos estados similares, las personas suelen puntuar más bajo, especialmente en dos dimensiones clave de la escala: la relativa al abismo y la del túnel. El análisis de estos datos mostró que solo un pequeño porcentaje de personas que vivieron experiencias inducidas fueron clasificadas erróneamente como si hubieran tenido una ECM: un 4 % en el caso de los psicodélicos, un 7 % con la meditación y un 16 % en los trances no relacionados con una situación cercana a la muerte. Estas cifras indican que la escala discrimina bien entre experiencias distintas.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 348
 
 
Un caso particular son las llamadas ECM-like. Este término se refiere a experiencias que son fenomenológicamente similares a una ECM auténtica —es decir, los contenidos y sensaciones son parecidos—, pero que ocurrieron en contextos donde no existía un peligro real de muerte. Por ejemplo, una persona que se desmaya o tiene una fuerte crisis emocional podría vivir algo muy parecido a una ECM, aunque en realidad no estuviera en riesgo de morir. Los estudios muestran que estas ECM-like comparten muchos rasgos con las ECM clásicas, sobre todo en lo que se refiere a las percepciones: túneles, luces, sensación de salir del cuerpo, etc. Sin embargo, a nivel fisiológico sí hay diferencias. Por ejemplo, en las ECM auténticas suele haber una bajada de oxígeno en el cerebro, mientras que en las ECM-like esto no ocurre. Esta diferencia indica que podrían activarse mecanismos de supervivencia distintos, lo que sugiere que, aunque similares en apariencia, estas experiencias no son exactamente iguales.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 348
 
 
La primera categoría corresponde a los enfoques de la psicología transpersonal. Esta rama de la psicología emergió en los años sesenta del siglo XX como una ampliación del modelo humanista, incorporando el estudio de los estados de consciencia inusuales, prácticas contemplativas y experiencias que alteran profundamente la percepción de uno mismo y del mundo. Más concretamente, se puede definir la psicología transpersonal como el estudio de aquellas experiencias en las que la sensación de identidad personal se amplía, se expande o se transforma más allá de los límites habituales del ego, pero sin negar la importancia del yo como estructura funcional y vital del desarrollo humano. Autores como Stanislav Grof o Roger Walsh aportaron varios modelos donde estas experiencias se consideran expresiones legítimas de la consciencia humana y no representan necesariamente síntomas de patología ni de ilusiones o disociaciones que perjudiquen la identidad del individuo. Aplicado a las ECM, este enfoque no pretende explicar las causas, sino qué función cumplen en el crecimiento psicológico del individuo. Se parte de la idea de que una ECM puede desencadenar una reorganización de prioridades vitales, una percepción más aguda de lo esencial o incluso una transformación profunda en los valores, actitudes y formas de relación con los demás. La experiencia se entiende como una apertura hacia un tipo de conocimiento vivencial, no conceptual, que muchas personas interpretan como una forma de sabiduría interior. Desde esta perspectiva, se valora la importancia del testimonio personal, la vivencia emocional intensa y el impacto que la ECM pueda tener en la narrativa de vida del individuo. En vez de cuestionar si lo vivido fue real o no, se trabaja con la experiencia como algo válido en su propio marco subjetivo. La psicología transpersonal, por tanto, se orienta a acompañar estas vivencias de manera expansiva y positiva, con herramientas terapéuticas que favorecen la autorreflexión, el sentido de propósito y la apertura hacia dimensiones más amplias de la experiencia humana, sin caer en explicaciones dogmáticas o rígidas.
 
El segundo grupo de teorías pertenece a la psicología dinámica, una corriente con raíces en el psicoanálisis y que ha evolucionado hacia modelos clínicos más flexibles, como la psicología del yo, la teoría del apego o las terapias basadas en la mentalización. Desde esta perspectiva, las ECM se interpretan como eventos que movilizan partes profundas del aparato psíquico, especialmente en situaciones donde el yo se ve sobrepasado por una amenaza vital. Algunas hipótesis sugieren que estas experiencias podrían ser formas adaptativas de disociación, en las que el yo se retira o se fragmenta temporalmente para afrontar un estrés extremo. Uno de los modelos que apunta hacia esta dirección es la teoría adaptativo-interaccional, la cual fue contrastada empíricamente y es bastante útil en la predicción de los niveles de estrés ante la posibilidad de morir. En este sentido, las ECM no serían ilusiones ni delirios, sino mecanismos de protección psicológica que activan imágenes, emociones o símbolos con una fuerte carga personal. La disociación no se entiende aquí necesariamente como un trastorno, sino como una estrategia funcional que emerge cuando la integración emocional de ciertos contenidos resulta demasiado difícil en el momento presente. Por ejemplo, algunos elementos de la ECM —como la revisión de la vida, el encuentro con figuras significativas o la percepción de un lugar de paz— podrían relacionarse con procesos inconscientes que intentan reconciliar conflictos, pérdidas o traumas no resueltos. Aquí, la ECM actuaría entonces como una representación simbólica de estas tensiones internas, ofreciendo al individuo una oportunidad de reestructuración emocional y de resignificación. En terapia, este enfoque invita a explorar el significado psicológico de los elementos vividos durante la ECM, ayudando a la persona a integrar esa experiencia dentro de su biografía sin patologizarla. Además, reconoce que muchas personas no quedan perturbadas por la ECM, sino fortalecidas, lo que demuestra que estos mecanismos disociativos no son necesariamente dañinos. Dentro de este marco de referencia, la clave es acompañar el proceso de integración de manera cuidadosa, validando lo vivido y ayudando a construir un relato coherente que dé sentido a lo experimentado. La diferencia principal de este enfoque con respecto a los modelos transpersonales recae en la idea de que la ECM no tiene por qué ser un recurso de crecimiento personal, sino un reflejo de una parte del yo de la persona no integrada en su identidad personal. Mientras que el abordaje transpersonal se centra en hacer crecer al individuo a través de las experiencias extraordinarias como las ECM, en la psicología dinámica, se opta por una postura más prudente, aunque no menos útil: el objetivo no es hacer que el individuo crezca a partir de experiencias anómalas de la consciencia, sino reorganizarlo para integrar sus vivencias en su propio yo que define quién es, cómo se relaciona con los demás y qué estilos de afrontamiento aplica cuando interactúa con el entorno. Hacer esta distinción es crucial, porque si bien el primer grupo de teorías sí permite hacer de lo anómalo algo que permita evolucionar y expandir la consciencia, buscando nuevos significados simbólicos, en la psicología dinámica el trabajo es de integración (y no de expansión de lo anómalo). Ambos modelos son bastante útiles y no asumen que las ECM sean experiencias clínicamente significativas o, dicho de un modo más vulgar, que las personas que las tuvieron estén locas. En ninguno de estos dos enfoques se asumen juicios de valor que puedan moralmente faltar al valor subjetivo contenido en las ECM.
 
El tercer grupo de teorías se vincula a la psicología social y a la antropología cultural. Estas disciplinas proponen que las ECM deben analizarse también en relación con el entorno sociocultural donde vive la persona. Las creencias religiosas, los valores colectivos, los discursos médicos e incluso los productos culturales (como películas, libros, etc.) influyen en cómo se perciben e interpretan estas experiencias. No es lo mismo vivir una ECM en una cultura donde se cree en la reencarnación, que en otra donde predomina la visión cristiana del más allá; o en contextos más seculares donde se interpretan como manifestaciones racionales del cerebro moribundo. Una de las teorías relevantes en este campo es el modelo de la cognición situada, que sugiere que nuestras experiencias no ocurren en el vacío, sino que están condicionadas por esquemas mentales construidos a través del contexto social. Según este modelo, las ECM no serían necesariamente ningún producto directo de una cultura determinada, pero sí se expresarían a través de símbolos, metáforas y narrativas disponibles en cada entorno. Por eso, las personas tienden a interpretar sus vivencias basándose en los repertorios culturales que conocen y han ido aprendiendo a lo largo de su desarrollo vital. Esta teoría también ayuda a explicar por qué algunas ECM tienen componentes más negativos o angustiosos: si el entorno social no valida o comprende lo vivido, el individuo puede sentirse confundido, aislado o incluso rechazado. Por tanto, el impacto de la ECM no depende solo del contenido ni de la interpretación de la experiencia en sí misma, sino también del contexto en el que se narra y se valida. Aquí podríamos plantear, por si algún lector se atreve a desarrollar posibles investigaciones en este ámbito, en qué grado los contextos en los que se invalidan las ECM como experiencias subjetivas, serían los marcos socioculturales en los que las ECM negativas tendrían más probabilidades de emerger y cómo los aspectos contextuales interactuarían con las cualidades e interpretaciones subjetivas de las ECM.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 361
 
 
Nuevamente, los modelos sociales y culturales no buscan invalidar el testimonio de las ECM, sino contextualizarlo. Su objetivo es ampliar el enfoque, recordando que cualquier experiencia humana, por intensa o inusual que sea, está inevitablemente entrelazada con el entorno simbólico en el que la persona se ha formado y educado.[62] Esto es clave para diseñar intervenciones psicosociales sensibles a la diversidad cultural, religiosa o ideológica, y también para evitar imponer interpretaciones que no se ajusten a la realidad subjetiva de quien ha pasado por una ECM.
 
En conclusión, todas estas teorías psicológicas ofrecen herramientas valiosas para entender las implicaciones de las ECM en la vida de las personas. A diferencia de las teorías neurocientíficas, que se centran en los mecanismos causales y fisiológicos del fenómeno, estas aproximaciones ponen el foco en sus consecuencias personales, simbólicas y relacionales. No intentan determinar si las ECM son reales o no desde un punto de vista ontológico, sino que buscan comprender cómo influyen en el desarrollo emocional, identitario y social del individuo. Esta orientación resulta especialmente útil en contextos clínicos, terapéuticos y educativos, donde lo primordial no es explicar lo que ocurrió fuera del cuerpo, sino acompañar lo que ocurre en la realidad interna de la persona después de haber vivido algo tan transformador o, al menos, anómalo. En este sentido, más que resolver el misterio de las ECM, la psicología ayuda a hacer que ese misterio se convierta en una oportunidad de crecimiento.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 348
 
 
… el desafío principal de las ECM es que plantean por qué en situaciones biológicas en las que no se podría generar ningún tipo de experiencia, algo de nosotros tolera que nuestra consciencia siga permaneciendo, transformándose en nuevas vivencias. Esta cuestión es un buen resumen del misterio que plantean las ECM, pero incluso con este planteamiento, habría personas que podrían considerar las ECM como una manifestación de algún tipo de alteración perceptiva. A este respecto, debo informar que la investigación científica ha encontrado diferencias fenomenológicas y cuantitativas entre las ECM y ciertas alteraciones de la percepción, especialmente las alucinaciones.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 381
 
 
Existen patrones perceptivos distintos entre las experiencias anómalas como las ECM y las alucinaciones psicóticas.
 
La diferencia principal que encontramos fue que, en las alucinaciones clínicas, los individuos perdían sus niveles de lucidez o contacto con la realidad externa y en las experiencias anómalas no se producía dicha pérdida en la capacidad de juicio de los afectados. Este hecho es muy importante, ya que la pérdida de los niveles de lucidez podría ser un factor que justificara por qué las alucinaciones clínicas suelen tener un impacto negativo en quienes las padecen y las experiencias anómalas no tienen por qué ser negativas. De hecho, en el caso de las ECM, en su mayoría, no son percibidas con malestar. Sin embargo, la literatura científica también apunta a otras diferencias sustanciales. En las alucinaciones, el contenido fenomenológico suele ser irracional, desorganizado y caótico. El paciente tampoco mantiene un relato con sentido, ni argumentación sobre la cual trabajar en procesos de reinterpretación o resignificación. En cambio, en las ECM sí se observaron que las personas manifiestan una fenomenología con alta carga simbólica, sobre la cual se mantiene una narrativa lúcida y ordenada.
 
Igualmente, en las experiencias que son un producto de alteraciones perceptivas, sin que sean necesariamente alucinaciones, se encontró que sus contenidos cualitativos no poseían ningún valor espiritual que condujera al individuo a trascender hacia una búsqueda de sentido personal.
 
Sin embargo, en las ECM sí que se han recopilado numerosos casos en los que estas experiencias le permiten al individuo conectar con su sistema de valores y de creencias, articulando un sentimiento de trascendencia que le hace cuestionar cuáles son los límites de la vida y de la muerte. Algunos podrían pensar que estas últimas diferencias informarían, más bien, sobre la capacidad reflexiva y las creencias subjetivas de cada persona y no sobre las cualidades genuinas de la ECM. A este respecto, conviene advertir que las ECM no son solamente vivencias exclusivas de quienes poseen creencias sobrenaturales, religiosas, animistas o panteístas; hay estudios que recopilaron casos de personas ateas que también vivieron una ECM. Aunque sus relatos no incluían cualidades mágicas ni sobrenaturales, la correspondencia entre lo vivido en la ECM y los valores ético-trascendentes de estas personas quedaba preservado y en varios casos no se interpretaban como meras alucinaciones o alteraciones de la percepción. Esto es significativo, ya que, incluso desde el ateísmo, es posible desarrollar valores espirituales que cuestionen qué significa existir, qué es el bien y qué es el mal. En este tipo de cuestionamientos también hay trascendencia, no porque se crea en algo místico, sino porque el uso de la razón también nos permite alcanzar disertaciones filosóficas complejas sobre el valor de la existencia y de la experiencia consciente.
 
Finalmente, otra diferencia que merece la pena destacar es que, en las alucinaciones clásicas, en sí mismas, entendiéndolas como un síntoma, no se encontraron elementos positivos ni transformadores que aporten bienestar al paciente. En la mayoría de los estudios clínicos, las alucinaciones carecen de valor terapéutico e incluso, aunque no tengan cualidades negativas, en muy pocas ocasiones —prescindiendo de medicación neuroléptica— sirven como recursos psicoterapéuticos para modificar o reconducir el impacto emocional y psíquico que tienen sobre el paciente.
 
Paradójicamente, en las ECM sucede lo contrario: la mayoría de ellas representan experiencias positivas que tienen un impacto emocional beneficioso para el bienestar personal y en algunos casos son experiencias que marcan un antes y un después en la vida de estos pacientes. Este antes y después señala el inicio de un proceso de cambio profundo en las estructuras mentales del individuo, en su reorganización de valores, personalidad y también en sus sentimientos de identidad.
 
A pesar de las diferencias anteriores, que no son pocas, los estudios que evalúan ECM deberían incluir pruebas o controles técnicos que aseguraran a los científicos poder distinguirlas correctamente de otros fenómenos perceptivos ilusorios y clínicos. Pensémoslo de la siguiente manera: el hecho de que una vivencia como las ECM no coincida con ciertas alteraciones de la percepción no significa que en la ECM no puedan ocultarse ciertos elementos alucinatorios difíciles de detectar sin una exploración específica. Hay que tener en cuenta que las diferencias destacadas surgen del relato de los individuos, lo cual implica algo críticamente necesario que tener en cuenta: que una ECM tenga estructura, sentido, valores espirituales, bienestar y sea transformadora de la vida e identidad de una persona no garantiza que todas sus cualidades e interpretaciones sean no sintomáticas en términos clínicos. Como las diferencias anteriores no son excluyentes, en el desarrollo de investigaciones científicas, resulta esencial examinar mediante técnicas de control específicas la discriminación sobre qué podría ser una alteración perceptiva, de aquello que realmente define sólidamente el fenómeno de las ECM. Hacer este apunte no implica negar la existencia de ECM ni pretende subestimarlas; el objetivo de esta crítica es dar a entender el valor del rigor científico y de la calidad que deberían tener las investigaciones médicas en este ámbito. Desafortunadamente, en casi ningún estudio científico que pretendía analizar un posible funcionamiento no local de la consciencia en las ECM, se establecieron los controles óptimos para tratar de hacer estas distinciones, lo cual fue problemático porque entonces cualquier resultado que se obtuviera perdería validez y podría generar confusiones, fomentando innecesariamente los radicalismos que tanto predominan en este campo: el negacionismo escéptico sobre la posibilidad genuina de que las ECM sean fenómenos posibles y la credulidad extrema de quienes necesitan agarrarse a cualquier clavo ardiendo, pretendiendo lograr una esperanza que esclaviza su libertad de consciencia al impedirles pensar por sí mismos.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 381
 
 
En un sentido estricto y a diferencia de las experiencias anómalas o de las visiones, una aparición se define como la manifestación física y anómala de una presencia que no se corresponde con ninguna fuente material, energética ni informacional externa verificable en el momento de su exposición. Dicho rápido y mal: mientras que las visiones de fantasmas son una expresión inexplicada o explicada de la experiencia humana subjetiva, en las apariciones la realidad interna (sentir que vemos a un fantasma), se manifiesta externamente, tiene corporeidad e impacto físico en la realidad externa, ya que ocupa tanto un espacio como un estado de tiempo mientras se expone hacia fuera. Mientras que las visiones dependen estrictamente del funcionamiento psíquico del individuo, desde la antigüedad, físicos y científicos que indagaron en el estudio de este campo, concluyeron que las apariciones se pueden expresar con independencia de la mente de las personas. Estas características hacen que las apariciones merezcan una atención particular más allá de la experiencia humana.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 388
 
 
En la investigación científica, existen varios niveles de verificación que se pueden clasificar de acuerdo con el tipo de indagación que el investigador desea realizar. Para quienes tengan formación metodológica y científica, deberán conocer que el conocimiento se distribuye, dentro de los métodos cuantitativos, como a) conocimiento observacional, b) conocimiento correlacional y c) conocimiento causal o experimental.
 
El nivel observacional consiste en la forma de conocimiento menos controlada, la cual se fundamenta en la constatación de los fenómenos que ocurren en la realidad externa y en su descripción o caracterización (a través de mediciones, categorías o taxonomías). La mayoría de los sistemas de clasificación actual, como sucede en psiquiatría o en psicología clínica, tienen su fundamentación epistémica en el nivel observacional. Con el paso de los años se fueron incorporando fuentes de evidencia y verificación con mayor nivel de control y capacidad explicativa.
 
Esto justamente es lo que sucede en el nivel correlacional, el cual es una fuente de verificación que no solamente constata y describe un fenómeno, sino que también permite ponerlo en relación con otros sucesos para ver si hay o no algún tipo de asociación, tendencia o evolución entre ambos que sea parecida. Cuando popularmente decimos que la altura de una persona está correlacionada con su peso, queremos decir simple y llanamente que, cuanto más alto sea alguien, más peso tendrá. Lo mismo sucedería con la edad y el número de canas.
En las correlaciones no es posible decir que la causa del peso de alguien sea su altura, ya que en dicha relación podrían intervenir muchos otros factores, como la alimentación. Tampoco podríamos decir que la edad en sí misma provoque que surjan sistemáticamente más canas, ya que hay individuos con edades muy avanzadas que llegan completamente calvos a la vejez. En la correlación la causalidad única o determinista no sucede y normalmente el lector podrá encontrar excepciones que contradigan la relación entre ambos tipos de fenómenos. Pensemos entre la relación del consumo de vegetales y los altos niveles de longevidad. Consumir vegetales no hará que vivas más años. Es más, si consumieras únicamente vegetales no proteicos (la mayor cantidad posible sin comer nada más), morirías. Regular la dosis de vegetales sí podría facilitarte mejores condiciones de salud y, en consecuencia, la probabilidad de vivir más años podría aumentar. Pero no nos engañemos, la misma lógica podríamos usar para la carne roja, el azúcar, el aceite y muchos otros alimentos. Si solo tomáramos azúcar, moriríamos. Si solo tomáramos aceite, más de lo mismo. Y si solo tomáramos carne roja, pues no moriríamos, pero las probabilidades de desarrollar otro tipo de enfermedades que sí nos matarían, aumentarían. Con las correlaciones, lo que tenemos es esto: elija lo que elija, todo puede ser motivo de placer o displacer. La regulación la madura y la elige usted, con los alimentos y con muchas otras cosas más, también con las apariciones.
 
El nivel de indagación más riguroso es el que implica la causalidad. Cuando se dice que la Luna causa las mareas de los océanos, significa que las aguas oceánicas suben y bajan por la acción de fuerzas gravitacionales atribuibles a la luna. Quitas esas fuerzas y las mareas se moverían menos que las neuronas de un zombi. La causalidad determinista es aquella que es absoluta; al quitar el fenómeno causal, deja de suceder la consecuencia. Si se lanza al agua, se mojará. Si anula la causa (lanzarse al agua), anula la consecuencia (y no se mojará). El desafío crucial que exige este tipo de conocimiento es cómo garantizar los controles de la investigación para poder hallar causas de fenómenos tan complejos como la precognición, las experiencias cercanas a la muerte, las posesiones,
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 391
 
 
El análisis de las apariciones debe contemplar tres grandes líneas de investigación que están relacionadas entre sí y ninguna debería ser menos importante que las demás.
 
a) Investigación sobre las cualidades de las apariciones: de un modo parecido a lo que ocurría con las experiencias cercanas a la muerte, en el caso de las apariciones también encontramos una amplia heterogeneidad sobre el contenido de lo que se aparece y cómo es interpretado. Aunque la palabra «apariciones» se relaciona desde la religión católica con las manifestaciones de la Virgen María, lo cierto es que hay muchos tipos de apariciones agrupables en distintas categorías fenomenológicas. Con un prisma interreligioso e intercultural, distingo a) las apariciones de deidades (que incluirían las apariciones marianas, así como aquellas manifestaciones atribuidas a seres superiores), b) las apariciones de seres fallecidos (implica la manifestación de consciencias que anteriormente estaban encarnadas en un cuerpo vivo y, tras su muerte, se cree que permanecen desencarnadas o sin cuerpo), c) las apariciones de seres vivos (se refiere esencialmente al fenómeno conocido como la bilocación), d) las apariciones daimónicas (son las manifestaciones referidas a seres que no estuvieron vivos, no son deidades ni entidades superiores, aunque sí son presencias mitológicas, como los grifos o los minotauros, también otros seres mágicos como los duendes, las hadas o el espíritu femenino Caoineag, procedente del folclore escocés, incluyéndose los humanoides que ciertos sistemas de creencias relacionaron con la vida alienígena, como el Mothman, también conocido como el hombre polilla) y e) apariciones inertes (que agruparían manifestaciones de formas, símbolos, luces y objetos sin forma viva reconocible). Los análisis fenomenológicos de las cualidades de las apariciones son niveles de comprobación únicamente observables y llevados a cabo desde los enfoques antropológicos, psicológicos y sociológicos. El propósito de esta línea de investigación no es resolver el misterio científico ni la sobrenaturalidad de las apariciones, sino comprender los esquemas de pensamiento y reconocer la diversidad de estructuras culturales en la evolución de la historia del conocimiento, a través de las distintas comunidades y sociedades formadas por el ser humano.
 
b) Investigación sobre las pruebas de las apariciones: en esta línea de trabajo los esfuerzos investigadores se dirigen en buscar y encontrar los marcados objetivos (ya sean materiales, energías o información) de los antecedentes, del proceso y del impacto físico de las apariciones. Si bien en la primera línea de estudio el propósito era fenomenológico, en este punto la investigación científica tiene su mayor grado de participación. La base lógica que se aplica desde este enfoque es el falsacionismo, llegando a la verificación de lo inexplicado, no porque podamos demostrar que científicamente un fenómeno carece de explicación, sino porque se fueron descartando una a una las posibles explicaciones hipotéticas que desde la ciencia permitirían resolver el enigma que subyace a las apariciones. Para que esta lógica falsacionista se comprenda mejor, pongamos el siguiente ejemplo: seguramente, la mayoría de nosotros conozca el juego del trilero que, sobre una caja de cartón, oculta una bola pequeña dentro de tres recipientes (que suelen ser vasos opacos). El trilero mueve los vasos muy rápido, manteniéndolos en una misma línea y sobre la caja de cartón. Después de un rato, formula la famosa pregunta de «¿dónde está la pelotita?». Si el trilero no hiciera trampas (que por desgracia es lo que suele ocurrir), tendríamos dos maneras de verificar en qué vaso se esconde la bola. O reseguimos con nuestra vista y sentido de la localización cada movimiento del vaso que contiene la bola desde el principio hasta el final, o bien, si lo primero no fuera posible, podríamos hacer el proceso contrario; o sea, descartar con seguridad cuáles son los vasos que no contienen la bola. A la primera estrategia se le llama razonamiento lógico-efectivo de demostración y a la segunda razonamiento lógico-defectivo de refutación. Nótese que, tanto si se emplea un razonamiento u otro, se podría llegar a saber dónde se encuentra escondida la bola. La lógica falsacionista es la lógica segunda que he mencionado en este ejemplo; es decir, pretendemos identificar lo inexplicado (o dónde está la bola) no porque podamos demostrar paso a paso, desde el principio hasta el final, cuál ha sido su recorrido dentro del vaso, sino porque hemos descartado todas las posibles fuentes de localización (los otros vasos) que podrían contenerla. El razonamiento demostrativo actúa por el efecto de la confirmación, rastreando todos los movimientos del vaso que contiene la pelota, mientras que la lógica falsacionista funciona por el defecto de descartar los vasos que no contienen la bola. Si bien en los sistemas cerrados (como los tres vasos con la bola) la lógica demostrativa es altamente eficaz, en sistemas complejos y abiertos, como las situaciones que suceden en el mundo real, la demostración pocas veces es un procedimiento científicamente viable. En el campo de las apariciones, sucede algo parecido, siendo la demostración científica un procedimiento inalcanzable e inaplicable, lo cual exige usar métodos de refutación falsacionistas. El punto clave de la investigación científica aplicada al campo de las apariciones es que no se pretende averiguar el origen sobrenatural de lo que se aparece, sino hasta dónde llega el conocimiento científico actual para poder resolver o explicar la mecánica que define cómo sucede una aparición, cuál es la sustancia que la compone y cuál es su forma. Esto es así porque desde el falsacionismo solamente se puede actuar desde lo que se sabe científicamente y no desde lo que no se sabe. Pensémoslo de la siguiente manera: no es posible demostrar lo que se desconoce porque justamente no es conocido. Estas investigaciones son las encargadas de responder a cuestiones como: ¿qué puede explicar la ciencia de cada aparición y de los testigos que afirman haberla percibido? ¿Qué causas y consecuencias naturales, físicas, biológicas, psicológicas y médicas podrían explicar las apariciones y las visiones de los testigos? ¿Qué es lo inexplicado o aquello que no se pudo comprender científicamente de los mecanismos físicos que intervienen en la manifestación de las apariciones? Las investigaciones de este tipo pueden durar décadas de trabajo y son altamente costosas de llevar a cabo en su completitud. En la mayoría de las ocasiones, cuando la ciencia intervino para tratar de explicar alguna forma de aparición, logró resolverla desde lo que actualmente ya conocemos, ofreciendo pocas o ninguna prueba que contenga algún misterio sin resolver. Sin embargo, también sucede que cuando la ciencia no ha sabido dar solución a una aparición, normalmente es porque el proceso de investigación aún no ha terminado o se interrumpió por falta de recursos, dejando abiertas tanto las preguntas científicas como el enigma que subyace a la aparición.
 
c) Investigación religiosa y teológica: esta es la línea de investigación más particular y la más habitual en las apariciones de deidades, concretamente en las apariciones marianas dentro del ámbito del catolicismo. El objetivo de este enfoque no es el abordaje fenomenológico ni la resolución científica de las apariciones, sino examinar la relación, el impacto y la transformación humanitaria derivada de la respectiva aparición, los videntes que afirman haberla percibido y su correspondencia o compatibilidad con múltiples criterios canónicos afines a un discurso religioso específico. Por ejemplo, en el caso de la Iglesia católica, los criterios se dividen esencialmente en cuatro grandes bloques: a) criterios pastorales, b) criterios morales, c) criterios doctrinales y d) criterios espirituales. Aunque esta guía es únicamente aplicable en las apariciones marianas desde la religión católica, cada confesión religiosa aplica sus propias pautas. Lo importante de lo que aquí deseo contar no es tanto las pautas que usa cada religión para examinar las apariciones, sino que el análisis racional que sustenta esta línea de trabajo consiste en relacionar y comparar las distintas informaciones obtenidas de un caso de aparición, con respecto a un criterio formal que, bajo ningún concepto, contempla el discurso científico o su metodología, sino que se adhiere a un sistema de creencias religioso. Cuanto más grado de ajuste se halle entre toda la información relativa a un caso de aparición y los cánones religiosos, mayor grado de aceptabilidad tendrá. De este modo, cuando la Iglesia católica reconoce la validez de las apariciones de un lugar, no pretende anteponerse ni reemplazar lo que el discurso científico pueda o no resolver de las apariciones; se trata más bien de una conclusión basada en la idea de que nada de lo investigado, para un caso aparicional concreto, entra en conflicto con las bases morales, doctrinales, pastorales y espirituales de la religión católica. En definitiva, la validación religiosa de una aparición, si bien es un procedimiento necesario dentro de cada marco sociocultural, establece decisiones y juicios que no son científicos y que no tienen necesariamente nada que ver con el valor de lo que es explicado o no por la ciencia.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 396
 
 
La argumentación de la alienación es una propuesta metodológica que sugiero para tratar de comprender mejor en qué grado nos aproximamos a lo inexplicable cuando hablamos de una respectiva aparición.
 
La argumentación de la alienación pretende facilitarnos una comprensión sobre en qué grado un posible fenómeno aparicional podría ser realmente inexplicable para el conocimiento del ser humano. Esta argumentación sucede cuando los tres juicios de las tres líneas de investigación concuerdan en que una aparición tiene más elementos simbólicos que reales (línea fenomenológica), tiene más contenidos inexplicados que explicados (línea científica) y tiene más valor sobrenatural que natural (línea religiosa). La tríada simbólico-inexplicado-sobrenatural es la que nos permitiría argumentar mediante el uso de la razón por qué una determinada aparición podría ser realmente inexplicable, quedando fuera del alcance de todas las fuentes de conocimiento (a excepción de la fuente del conocimiento revelado o místico,
 
Obviamente, esta propuesta que hago no es definitiva ni pretende llegar al estado absoluto sobre si una aparición es o no inexplicable. Recordemos que es imposible demostrar lo que es inexplicable porque constituye, por definición, un conocimiento desconocido o inaccesible a las fuentes del saber, que incluyen la experiencia, la razón y la comprobación. Por lo tanto, no se podrá demostrar ni verificar en su nivel más absoluto qué fenómenos de las apariciones son realmente inexplicables o no. De lo que se trata, con este criterio, es de reinterpretar esta cuestión de lo inexplicable para saber en qué grado nos acercamos a lo que trasciende los límites de lo conocido y nos confronta con el misterio. Desde una perspectiva cristiana, podríamos concretar este misterio en la figura de Dios, por ejemplo. La idea de la argumentación de la alienación es hallar argumentos razonables para poder resolver esta cuestión metafórica: ¿en qué grado nos acercamos a la verdad de lo que es inabarcable para la investigación científica?
 
En términos filosóficos y formales, la argumentación de la alienación es sustentable desde el neotomismo, pero también desde el discurso científico más estricto como lo es la matemática. Dentro del conocimiento científico, está matemáticamente demostrado, mediante los dos teoremas de la incompletitud de Kurt Gödel, que en el universo existen verdades simbólicas que son inaccesibles (o matemáticamente indecidibles) para la lógica del conocimiento científico. Siguiendo el descubrimiento de Gödel, lo que es matemáticamente indecidible para la lógica científica representaría lo inexplicable a través de la misma lógica, lo cual nos conduce a sustentar la argumentación de la alienación dentro de un marco compatible con la formulación matemática.
 
El uso de la argumentación de la alienación requiere abordar desafíos todavía no resueltos, como por ejemplo la medición objetiva sobre el grado en que los fenómenos de las apariciones pueden ser explicados o inexplicados a través de la investigación científica. Cómo medir estos niveles de información, aunque no sería estadísticamente imposible, sí cuestiona cuál sería la vía más rigurosa, insesgada y estable posible. Otro desafío estaría en la formulación matemática de las mediciones fenomenológicas; aunque las experiencias cercanas a la muerte ya nos mostraron que las cualidades de la experiencia pueden ser medibles empleando escalas psicométricas, estos recursos basados en los test o escalas todavía no han llegado al campo de las apariciones, lo cual ya es en sí mismo un posible proyecto de investigación que se debería desarrollar en los próximos años. Habría otros desafíos y cuestiones que tener en cuenta, como la compatibilización de los procedimientos científicos con los juicios religiosos y cómo medirlos.
 
La misión última de la argumentación de la alienación es poder ofrecer un recurso riguroso a las distintas instituciones, científicos e investigadores que deseen investigar la cuestión de las apariciones desde un prisma riguroso, uniendo, pero sin mezclar, los juicios ontológicos tanto de la ciencia como de la fe (o de los sistemas de creencias). Con ello, no pretendo resolver los grandes misterios, sino precisamente identificar cuándo nos encontramos verdaderamente muy cerca de ellos.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 398
 
 
No basta con describir lo que la gente ve, sino que hay que determinar el grado en que esas visiones pueden establecerse como hechos externos verificables, o sea, como apariciones y no únicamente experiencias individuales.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 403
 
 
Desde el punto de vista antropológico, las apariciones de deidades actúan como puntos de condensación simbólica: momentos en los que una comunidad transforma lo inexplicable en un relato organizador con sentido. Por ejemplo, la Virgen de Guadalupe (México, 1531) no solo se manifestó ante el indígena Juan Diego, sino que dejó una imagen impresa en su tilma (manto), que ha resistido siglos sin deteriorarse y cuya pigmentación sigue sin ser comprendida del todo por los científicos. Pero incluso si se descartara toda sobrenaturalidad, el efecto cultural de la aparición fue tan potente que redefinió la identidad espiritual de millones de personas. En este sentido, la aparición es también un acto político, que da forma a nuevas relaciones entre lo sagrado y lo humano. Aun así, no debemos perder de vista el fenómeno objetivo, que sigue siendo un enigma en la actualidad: ¿cómo explicar la materialización de ciertos signos, la convergencia de testigos o la aparición de información no conocida previamente por los videntes? De este modo, las apariciones de deidades son fenómenos complejos, multifactoriales y con múltiples niveles de análisis. Pueden entenderse como irrupciones simbólicas en la historia de una comunidad, como fenómenos neurológicos con resonancia cultural o como manifestaciones de una agencia externa aún no comprendida. Lo importante, desde un punto de vista científico, es no reducirlos a simples engaños ni elevarlos ciegamente a ciertas afirmaciones dogmáticas. Este tipo de apariciones son anomalías que deben ser estudiadas con rigor, respeto y apertura. Y quizá, más allá de su explicación, nos interpelan sobre el tipo de realidad que estamos dispuestos a aceptar (o no).
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 404
 
 
Desde un punto de vista fenomenológico y clasificatorio, desde los casos de estudio que hemos abordado en nuestro laboratorio, propongo que estas apariciones pueden dividirse en tres grandes tipos de consciencias desencarnadas: los fantasmas agentistas, los espectros y los fantasmas psíquicos.
 
En este punto del texto, recuerdo que el propósito de esta distribución de categorías no es validar la realidad ontológica de que los fantasmas son reales ni desmentir el valor de estas creencias. Se trata de una clasificación descriptiva a partir de la narrativa que desde nuestro equipo de investigación hemos podido observar, sin que esto deba ser un juicio de valor acerca de la existencia de los fantasmas.
 
Fantasmas agentistas
 
 
Los fantasmas agentistas son formas de consciencia desencarnada que se manifiestan con intencionalidad. Son presencias que parecen mantener una identidad, un propósito o incluso una misión que desean cumplir. Estas supuestas formas de consciencia no se limitan a aparecer pasivamente, sino que interactúan con los seres humanos de un modo directo y social, influyendo en sus emociones, pensamientos, comportamientos e incluso en su fisiología. Lo relevante aquí es que su modo de comunicación no depende necesariamente de emitir palabras o señales físicas, sino de integrarse en el funcionamiento psíquico del individuo. Es decir, los agentistas parecen utilizar la estructura cognitiva, emocional y simbólica del testigo como medio de expresión. A diferencia de otros tipos de apariciones, los agentistas no están atados a un lugar físico. No dependen de una casa, ni de su historia, ni del paisaje y tampoco requieren de elementos simbólicos para hacerse presentes; parecen acompañar a las personas y se comunican con ellas más allá del espacio en el que fueron detectados por primera vez. Esta capacidad de deslocalización sugiere que su vínculo con la realidad externa no es espacial, sino experiencial. Se podría decir que aparentemente se retroalimentan del psiquismo del sujeto y no de los hechos o de las actividades que se puedan llevar a cabo en el entorno. Al poseer deslocalización espacial y ser resistentes hacia lo simbólico, no son fantasmas que en la narrativa de los individuos que los vieron puedan ser manipulables a través de rituales o prácticas espirituales y religiosas concretas. Dicho rápido y mal, los agentistas no desaparecen de la vida de una persona porque se interfiera en ellos a través de rituales psíquicos o exorcismos. Se irán cuando se sientan correspondidos de alguna forma con la misión que deben llevar a cabo en la realidad externa. Una vez cumplido su propósito, normalmente las personas que los sienten o los ven dejan de percibirlos. En términos de conducta, para este tipo de apariciones no es precisamente recomendable recurrir a prácticas mágicas para hacer que el individuo se sienta más seguro de sí mismo; la fenomenología documentada nos muestra que este tipo de apariciones pueden resolverse desde la reconstrucción de significados y tratando que la persona afectada pueda corresponder de alguna manera con las peticiones que tienen los agentistas. Mucho cuidado con esta idea: lo que acabo de decir no significa que, con estos fantasmas, debamos cumplir sus órdenes ciegamente; eso sería ridículo, delirante y peligroso para la integridad de la persona. En contextos de terapia transpersonal o psicodinámica, se trataría de proporcionar herramientas conceptuales para que la persona construyera alguna vía simbólica para sí misma, que le permitiera sentir (a través de su sistema de creencias) que puede corresponder afectivamente con este tipo de entidades. Para que quede más claro, de la misma manera que un amigo mío enciende una vela en la catedral de su ciudad todas las Nochebuenas para recordar a su padre fallecido (y si no lo hiciera se sentiría mal consigo mismo) una persona que se vea en una situación parecida podría realizar algún gesto simbólico para sentirse mejor y comunicarle a este tipo de fantasmas que son tenidos en cuenta. La solución no pasa por hacer lo que pidan, ni por realizar rituales formales dedicados a estos fantasmas, sino por actuar desde aquellos gestos simbólicos personales que se correspondan con el sentido y la creencia de cada persona. El gesto simbólico debe ir dirigido hacia la realidad interna del individuo y no hacia la realidad externa del fantasma, que en esta tipología son muy resistentes a ese tipo de rituales. Esta diferencia es clave.
 
Los espectros
 
A diferencia de los agentistas, los espectros son consciencias desencarnadas —o al menos apariencias de consciencia— que carecen de voluntad, deseo o intención comunicativa. Se manifiestan mediante patrones conductuales rígidos y repetitivos, casi mecánicos, en lugares muy concretos y siempre bajo condiciones similares. Se comportan como una escena que se repite una y otra vez sin desviaciones. Por ejemplo, una figura que cruza un pasillo a la misma hora todas las noches o un lamento que se escucha en un punto exacto de una casa. Este tipo de manifestación no responde a la presencia humana ni parece percibirla y, de acuerdo con la narrativa de los casos que hemos atendido, suele ser registrada más fácilmente por dispositivos tecnológicos que por la percepción directa. Siguiendo con el relato social, los espectros son los protagonistas clásicos de grabaciones inexplicadas o de fotografías con figuras translúcidas. La parapsicología los ha investigado bajo el marco de las llamadas infestaciones o investigación de lugares encantados (en inglés haunting research), donde la actividad anómala está asociada al lugar, no a los individuos. Algunas teorías construidas desde el folclore popular sostienen que los espectros serían una forma de impregnación: cuando en un lugar ha ocurrido una situación emocionalmente disruptiva (como asesinatos, muertes repentinas o traumas colectivos), el sufrimiento o la energía emocional del evento quedaría grabada en el entorno, como si los materiales, las infraestructuras o incluso el paisaje pudieran contener una huella inmaterial del pasado. Aunque esta hipótesis es ampliamente difundida en Occidente, debe aclararse que no existe evidencia científica objetiva que respalde la posibilidad de que la materia almacene y reproduzca información emocional o vital. Aclaro esta cuestión porque estas interpretaciones son únicamente sociales. Sin embargo, en dichas creencias y considerando la estructura de este tipo de experiencias, si se tuviera que plantear algún tipo de asistencia para estos casos, lo recomendable es que estén enfocadas a la comprensión de las dinámicas relacionales entre las personas que afirman sentir tal aparición.
 
En la mayoría de los casos particulares que atendimos, pudimos comprobar que los espectros, cuando se pueden explicar desde lo que actualmente sabemos, se resuelven considerándolos como proyecciones disociadas de un conflicto arraigado en el vínculo afectivo de las personas que conviven en el lugar en el que se dan estas apariciones. Para este tipo de conflictos que son grupales o que abordan las relaciones humanas, es aconsejable aplicar intervenciones desde la psicología sistémica, dirigidas a la resignificación e integración del conflicto disociado. No profundizaré en cómo llevar a cabo este tipo de asistencias desde la terapia sistémica porque no soy ningún experto en esta clase de aplicaciones, pero sí sé que estos abordajes fueron efectivos en bastantes casos que reportaban apariciones de espectros. Curiosamente, esta interpretación hipotética desde la disociación, coincide con la narrativa de los parapsicólogos, quienes en sus investigaciones científicas publicadas relacionaron los clásicos fenómenos poltergeists como manifestaciones correlativas con los altos niveles de estrés por parte de la mente y del funcionamiento psíquico del individuo. Esto condujo a la formulación hipotética de que los poltergeists no son producidos por fantasmas, sino que son un tipo de fenómeno de interacción anómala mente-materia
 
También es sugerente que las apariciones de espectros tengan manifestaciones externas con niveles de intensidad proporcionales al conflicto familiar disociado que subyace en este tipo de casos.
 
Los fantasmas psíquicos
 
Un tercer tipo, menos conocido en Occidente, pero ampliamente documentado en contextos chamánicos y animistas, es el de los fantasmas psíquicos. A diferencia de los fantasmas agentistas, que se manifiestan por voluntad propia, los fantasmas psíquicos son invocados. No presentan iniciativa ni propósito personal, aunque sí manifiestan una personalidad reconocible. Estas apariciones guardan cierto paralelismo con las posesiones centrales que analicé en el capítulo 6, con una diferencia crucial: en este caso, la entidad se manifiesta externamente, pudiendo ser percibida por varias personas al mismo tiempo y no se limita al interior del cuerpo del sensitivo. Mientras que en las posesiones centrales el sujeto interactúa con su comunidad y manifiesta, a través de su cuerpo, marcas, movimientos o mensajes que suelen interpretarse como oraculares, en el caso de los fantasmas psíquicos la entidad aparece como una figura externa, independiente del cuerpo del invocador. No obstante, ambos fenómenos comparten una misma lógica instrumental: la comunidad no espera tanto una comunicación espontánea por parte del espíritu, sino que lo utiliza como mediador para acceder a información, consuelo o guía en situaciones de incertidumbre. Es importante subrayar que estos fantasmas no necesariamente poseen al individuo que los invoca. Pueden manifestarse sin necesidad de ninguna incorporación física, permaneciendo fuera del cuerpo, pero paradójicamente también dentro de un mismo espacio de realidad compartida. Esta ambivalencia —estar fuera del cuerpo, pero dentro del espacio perceptivo— es una de las características más desconcertantes del fenómeno. A diferencia de las apariciones agentistas, que parecen tener iniciativa, los fantasmas psíquicos se manifiestan como respuesta a un llamado. Su función no es comunicativa en sentido clásico, sino instrumental: son invocados con una finalidad específica y su presencia responde a un marco ritual o simbólico que estructura su aparición.
 
Según los relatos recogidos en este tipo de experiencias, es posible distinguir dos subtipos fenomenológicos de fantasmas psíquicos: los fantasmas psíquicos de incorporación y los fantasmas psíquicos de descorporación. Los primeros son los vinculados a rituales de posesión central, a ciertas prácticas chamánicas y a formas de mediumnidad controlada. En estos casos, el individuo (ya sea sensitivo, médium o chamán) permite que una entidad externa —en este caso, el fantasma— ocupe parcial o temporalmente su mente y su cuerpo. Lo significativo aquí es que la entrada y salida de la entidad suelen estar reguladas por la voluntad del sujeto. Es decir, es el sensitivo quien consiente la incorporación psíquica y quien, al terminar el rito, la expulsa o la retira de su interior.
 
… cuando hay consentimiento y capacidad de revertir la incorporación, estamos ante una posesión central. En cambio, si el proceso se bloquea y la persona pierde el control voluntario de entrada y salida, hablamos de una posesión periférica. En sus formas más intensas, estas últimas pueden derivar en experiencias psicopatológicas o, en contextos religiosos, en interpretaciones de posesión demoniaca.
 
El segundo subtipo, el de los fantasmas psíquicos de descorporación, se refiere a manifestaciones externas de entidades invocadas en las que no hay incorporación física alguna. Aquí, el médium o el chamán no presta su cuerpo, sino su atención y su espacio ritual. La entidad se manifiesta fuera de él, pero en su entorno inmediato: puede aparecer como una figura visible, una sombra que se desplaza, una luz flotante o incluso una forma indefinida, pero perceptible por el grupo. En algunas ceremonias, la figura parece tomar forma poco a poco en un rincón del espacio, o se proyecta sobre una pared o se refleja en ciertas superficies. Estas apariciones no son necesariamente duraderas ni nítidas, pero suelen ser compartidas por varias personas a la vez, lo cual plantea interrogantes sobre su estatuto ontológico. ¿Se trata de alucinaciones colectivas, de proyecciones simbólicas o de entidades reales que se manifiestan en condiciones especiales? Lo relevante en estos casos es que la función del fantasma no es autónoma: no actúa por sí mismo, sino como una interfaz sensible entre el mundo humano y otra dimensión simbólica o informacional. La descorporación puede implicar respuestas motoras (como movimientos en el entorno), alteraciones acústicas, cambios en la temperatura o incluso modificaciones en el estado de consciencia de los presentes. Todo el fenómeno se estructura dentro de un marco ritual, donde el sentido no depende de la voluntad del fantasma, sino del contexto cultural que lo invoca. A pesar de que en las últimas décadas la investigación científica sobre estos fenómenos ha sido marginal, hay razones para pensar que los fantasmas psíquicos, tanto los de incorporación como los de descorporación, podrían ofrecer claves importantes sobre la naturaleza de la percepción, la consciencia y el modo en que la cultura modula lo que consideramos real. Quizá más que hablar de entidades, deberíamos hablar de eventos: acontecimientos simbólicos compartidos que actúan como espejos de las necesidades emocionales y cognitivas de un grupo. Y, sin embargo, la insistencia con que aparecen en contextos tan diversos, su coherencia interna y su capacidad de producir efectos verificables invitan a mantener abierta la posibilidad de que no todo lo que aparece es únicamente producto de nuestra mente.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 405-413
 
 
Hoy por hoy no existen programas de investigación científica sistemáticos, ni en universidades ni en centros de estudio especializados, que aborden la bilocación como objeto de estudio empírico. Las últimas investigaciones con algo de rigor metodológico datan del siglo XX y no lograron obtener ninguna evidencia concluyente. De este modo, el fenómeno permanece en un limbo entre el mito y la posibilidad, quedando supeditado a iniciativas de investigadores particulares interesados en esta clase de bilocaciones.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 420
 
 
En ciencia, algo es considerado objetivo no necesariamente porque sea material o tangible, sino porque puede ser evaluado con un procedimiento replicable, sistemático y libre de interpretaciones personales por parte del investigador. El diseño de un cuestionario psicométrico cumple justamente con esta condición: se parte de datos obtenidos por consenso (por ejemplo, el contenido de cientos de entrevistas), se depuran los temas frecuentes, se transforman en frases simples y claras, y luego se aplican a todos los participantes con la misma estructura o codificación de respuesta. En estas condiciones, nadie interpretaría el contenido libremente: cada sujeto respondería en su propia escala y esa respuesta se convertiría en un número. Ese número, a su vez, sería analizado estadísticamente, comparándolo con las respuestas de otras personas y sometiéndolo a controles de fiabilidad y validez, los cuales asegurarían que nuestro test mide consistentemente aquello que se propone medir (siguiendo con el ejemplo anterior, el objeto de medida sería el apetito). Esto es fundamental. Si muchas personas responden de forma coherente a las mismas frases, si sus puntuaciones se relacionan con otras variables relevantes (como el nivel de ansiedad, el estilo de personalidad o el tipo de experiencia que vivieron), y si el instrumento produce resultados similares en situaciones muy parecidas, entonces estamos ante un procedimiento que no solo nos permite medir numéricamente un objeto o experiencia concreta, sino que lo hace con consistencia y fundamento. La objetividad, en este caso, no viene de la materia del objeto medido, sino del método utilizado para medirlo. Y hay un aspecto aún más profundo que conviene comprender: este tipo de procedimientos permiten convertir lo inefable en algo parcialmente evaluable. Dicho de otro modo: la psicometría nos da herramientas para no desechar por principio o definición aquello que no podemos observar directamente. La ciencia avanza, precisamente, cuando encuentra maneras ingeniosas de aproximarse a lo invisible con reglas claras, aunque sean indirectas. Así como en física no vemos directamente los quarks, pero inferimos su existencia por sus efectos en partículas más grandes, en psicología no vemos las experiencias internas, pero inferimos su presencia y su naturaleza por los patrones estables que dejan en el comportamiento y el lenguaje. Por eso, construir cuestionarios rigurosos no es simplemente un ejercicio estadístico; es una forma de dignificar lo subjetivo sin caer en el relativismo. Es, en definitiva, una forma de aplicar el método científico al mundo interior del ser humano, sin traicionar ni al rigor ni a la experiencia. Y si esto puede hacerse con el apetito, también puede hacerse con los relatos sobre apariciones, estados alterados de la consciencia, experiencias fuera del cuerpo y otras vivencias límite o anómalas. Solo necesitamos observar con atención, construir bien las preguntas y tener el valor de medir aquello que otros descartan por prejuicio o ignorancia.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 441
 
 
El MMSI-2 (en inglés Multivariable Multiaxial Suggestibility Inventory-2)[58] es un instrumento psicométrico diseñado para evaluar de manera científica y rigurosa, cualquier forma de experiencia anómala. Su lógica no consiste en confirmar lo paranormal o lo sobrenatural, sino en comprobar si existen causas psicológicas, neurocognitivas, sociales o farmacológicas que expliquen lo vivido por el testigo. Y si esas causas no son suficientes, entonces, y solo entonces, se abre la posibilidad de considerar la experiencia como anómala en un sentido estricto. La estructura del MMSI-2 se basa en un modelo de refutación empírica que contiene factores explicativos. Esto quiere decir que: a) cuantos más factores explicativos (tanto primarios como secundarios) presenten puntuaciones bajas (por debajo de 40), menor será la probabilidad de que la experiencia anómala tenga una causa científica conocida. Y b), si al mismo tiempo, los factores que evalúan la experiencia anómala directa presentan puntuaciones altas (por encima de 60), entonces el caso se vuelve altamente significativo, ya que no podría explicarse por ninguna variable científica convencional. Para facilitar una descripción de los factores del MMSI-2, muestro la tabla 1, que explica cuáles son estos factores explicativos que examina el test.
 
TABLA 1
 
Clasificación de los factores explicativos del MMSI-2 para examinar la credibilidad del testimonio desde una aproximación científica.
 
Factores explicativos
Descripción
Fuentes de validez
1
K
Inconsistencias
Evalúa la coherencia de las respuestas, contradicciones y riesgos clínicos.
2
L
Mentiras
Mide la tendencia inconsciente a falsear información y predisposición a la mentira.
3
F
Fraude
Detecta la predisposición deliberada para generar engaños y manipulaciones.
Fuentes de sesgo
Descripción
4
Si
Simulación
Grado en que se dan respuestas ajustadas a las expectativas. Mide el efecto Barnum.
5
Nt
Neurasthenia
Identifica síntomas de agotamiento físico y mental, ansiedad y fatiga nerviosa que pueden influir en las percepciones.
6
Cs
Consumo
de sustancias
Mide el grado de consumo de cualquier tipo de droga que pueda alterar la percepción.
7
Su
Sugestionabilidad
Evalúa la susceptibilidad con la que una persona se deja influir por el contexto que le rodea.
8
Be
Búsqueda
de emociones
Mide la inclinación a buscar experiencias intensas, novedosas o arriesgadas.
Fuentes de personalidad
Descripción
9
Hi
Histrionismo
Analiza la búsqueda de atención y la tendencia a expresar emociones de forma seductora o exagerada.
10
Ez
Esquizotipia
Mide rasgos de pensamiento mágico, creencias inusuales y extrañas. Se incluyen síntomas psicóticos atenuados.
11
Pa
Paranoia
Evalúa la suspicacia excesiva, la desconfianza y las ideas persecutorias.
12
Na
Narcisismo
Examina el grado de egocentrismo, la necesidad de validación externa y la búsqueda de superioridad hacia los demás.
 
TABLA 1
(Continuación de la TABLA 1 iniciada en la página anterior)
 
Factores explicativos
Descripción
Fenómenos anómalos
13
Pva
Fenómenos anómalos visuales y auditivos
Evalúa experiencias anómalas percibidas a través de la vista y la audición.
14
Pt
Fenómenos anómalos táctiles
Mide experiencias anómalas de contacto físico o presión sobre el cuerpo.
15
Po
Fenómenos anómalos olfativos
Analiza experiencias anómalas basadas en olores inexistentes o inexplicados.
16
Pc
Fenómenos anómalos cenestésicos
Rastrea cambios anómalos sobre la percepción del cuerpo y el entorno, incluyendo cambios de tiempo y espacio.
Fuentes de segundo orden
Descripción
17
CPT
Tendencias clínicas de la personalidad
Agrupa los rasgos clínicos de la personalidad que predisponen al individuo a interpretar de forma problemática sus experiencias anómalas.
18
APP
Fenómenos anómalos percibidos
Reúne las experiencias perceptivas anómalas de todas las modalidades sensoriales y la propensión a tener encuentros con lo inexplicado.
19
IMA
Manipulaciones incoherentes
Combina los indicadores de fraude, mentira, simulación e inconsistencias para examinar el grado de credibilidad general del discurso del testimonio.
20
ASC
Estados alterados de la consciencia
Mide los factores y condiciones que pueden inducir modificaciones en los niveles de lucidez atribuidos a la experiencia individual.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 444
 
 
En otras palabras, cuanto mayor sea el número de factores explicativos que se descartan y más intensa sea la vivencia reportada, más anómalo será el perfil del testigo desde un punto de vista empírico. Esta lógica permite identificar casos límite, donde lo vivido no puede atribuirse ni a enfermedad mental, ni a sugestión, ni a estados alterados de consciencia inducidos desde lo que actualmente conocemos. Se trata de un enfoque que combina el análisis estadístico, la cautela epistemológica y la apertura al misterio, sin caer en reduccionismos clínicos ni en fantasías sin fundamento.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 450
 
 
Cuando hablamos de lo anómalo, lo que está en juego no es solo la explicación de un misterio puntual: lo que está en juego es el modo en que la ciencia se relaciona con sus propias fronteras. Las disciplinas científicas crecen precisamente cuando se atreven a interrogar lo que aún no tiene explicación. Si descartamos lo anómalo de entrada, la ciencia corre el riesgo de estancarse en lo ya conocido, de volverse cómoda y repetitiva. Al contrario, si nos atrevemos a confrontarnos con lo imposible, aunque muchas veces termine desvelándose como error o ilusión, otras veces encontraremos claves nuevas para comprender fenómenos aún inexplorados. Esto no significa abrazar la credulidad. Significa exactamente lo contrario: aplicar el máximo rigor para separar lo que tiene explicación de lo que todavía no la tiene. Y en ese todavía, en ese margen incierto, está el germen de los descubrimientos futuros. Recordemos que muchas realidades que hoy son ciencia consolidada, desde los microbios invisibles hasta la radiactividad o la existencia de ondas gravitacionales, en su momento parecieron imposibles, absurdas o incluso fantásticas. Lo anómalo fue, en esos casos, el umbral que permitió ampliar las fronteras del conocimiento. Por eso, nuestra posición final es clara: no debemos tener miedo de lo anómalo, ni de las apariciones, ni de cualquier experiencia que desafíe la lógica ordinaria. Lo que debemos exigir es que sean estudiadas con protocolos, con controles, con psicometría y con registros materiales. Que se abandone el terreno del rumor y se ingrese en el terreno de la contrastación. El MMSI-2, junto a la recogida de huellas físicas, es un ejemplo de cómo dar ese primer paso: no ofrece verdades absolutas, pero sí proporciona filtros que permiten separar los relatos anecdóticos de los casos que merecen investigación científica. En definitiva, lo que propongo es una ciencia de frontera: una ciencia que no se encierra en lo que ya sabe, sino que se atreve a mirar a los ojos de lo imposible. Sin ese gesto, la ciencia corre el riesgo de repetirse a sí misma; con él, se expone al riesgo de lo desconocido, pero también a la oportunidad de avanzar. En las apariciones, como en tantos otros fenómenos, lo esencial no es resolver de inmediato, sino atreverse a investigar con rigor aquello que hoy todavía no entendemos. Solo así, tal vez, podamos transformar lo que parece imposible en el conocimiento del mañana.
 
Álex Escolà-Gascón
Las fronteras de lo posible, página 471