Henrik Ibsen Emperador y Galileo
EUSEBIA. — Memnon, buen Memnon.(Le habla al oído.)
JULIANO (En voz baja). — Señor, ten piedad de mi y
envíame lejos de la Corte.
CONSTANCIO. — ¿Dónde te gustaría ir?
JULIANO. — A Egipto, si lo permites. ¡Allí van tantos a
buscar la soledad!
Henrik Ibsen
Emperador y
Galileo, página 9
AGATÓN (Con viveza).— ¿Sigues creyendo mucho en los
sueños?
JULIANO. — ¿Por qué me lo preguntas?
AGATÓN. — Porque es indispensable.
Henrik Ibsen
Emperador y
Galileo, página 15
¡Basilio, si me sintiera fuerte! Pero me veo, como Dédalo,
entre cielo y mar. Altura que da vértigo y abismo sin fondo. ¿Qué significan
las voces que de Oriente y Occidente me gritan que he de salvar al cristianismo?
¿Dónde está el cristianismo que ha de ser salvado? ¿Está en el Emperador o en
el César? Sus actos gritan en voz alta: «¡No! ¡No!». ¿Está, acaso, entre los
poderosos, entre los grandes, entre los lúbricos semihombres de la Corte, que
cruzan sus manos sobre las panzas repletas y murmuran, con voz plañidera «El
hijo de Dios fue creado de la nada»? O bien entre las personas ilustradas,
entre aquellas que, como tú o yo, ¿bebieron la belleza y el saber en fuentes
paganas? ¿La mayoría de nuestros hermanos no se inclina hacia la herejía de
Arrio que goza de favor tan grande hasta con el mismo Emperador? ¿Es el amor de
Cristo el que impulsa a la muchedumbre harapienta del imperio a asaltar los
templos, a asesinar a los paganos y a las familias de los paganos? ¡Y enseguida
se pelean entre sí para arrebatarse los despojos de las víctimas! Pregunta a
Macrina si se debe buscar el cristianismo en la soledad, en lo alto de la
columna en que el santo estilista se mantiene sobre un solo pie o bien en las
ciudades. ¿Acaso entre los panaderos de Constantinopla que hace poco se
peleaban a puñetazos para decidir si la Trinidad se compone de tres personas o
de tres hipóstasis? Si Cristo volviese a la tierra, ¿a quién reconocería como
suyo? ¡Coge la linterna de Diógenes, Basilio! ¡Alumbra la noche tenebrosa!
¿Dónde está el cristianismo?
Henrik Ibsen
Emperador y
Galileo, página 53
ULIANO. — No cierres el pozo de tu sabiduría. Dame de beber,
si puedes. ¿Dónde buscar? ¿Dónde encontrar?
BASILIO. — En los escritos de los santos.
JULIANO. — ¡Otra respuesta que desespera! ¡Libros, siempre
libros! Cuando fui a encontrar a Libanio, se me dijo: «¡Libros! ¡Libros!».
Cuando voy a vosotros: «¡Libros! ¡Libros!». ¡Piedras en vez de pan! ¡Nada
quiero con los libros! Tengo hambre de vida, de tratar cara a cara con el
Espíritu. ¿Fue un libro el que convirtió a Saúl en creyente? ¿No fue rayo de
luz que le hirió, aparición o voz?
Henrik Ibsen
Emperador y
Galileo, página 53
Es preciso una revelación nueva, o bien una revelación de
algo nuevo. Es preciso, te lo aseguro. Sí, una revelación.
Henrik Ibsen
Emperador y
Galileo, página 54
JULIANO. — ¿Con qué derecho juzgas las cosas ocultas? No
entran en los dominios de tu saber, querido Gregorio. El camino que conduce al
gran esplendor es espantoso. Los sueños de Eleusis estaban cerca del camino
verdadero; Máximo lo encontró y yo lo sigo bajo su dirección… Atravesé
tenebrosos abismos. Veía a mi izquierda un agua espesa y cenagosa como la de un
torrente que se hubiese olvidado circular. Voces agudas hablaban confusamente
en la noche, de pronto y sin causa alguna. Veía ir y venir una luz azulada; formas
espantosas pasaban ante mí; sentía todas las angustias de la muerte, y sin
embargo, soporté la prueba. Después, después, queridos amigos, con el cuerpo
trocado en espíritu, penetré más adentro, en el Paraíso; los ángeles cantaron
sus cánticos en mi presencia y contemplé el centro mismo de la luz
Henrik Ibsen
Emperador y
Galileo, página 61
¿Sabes cómo fui poseído por el espíritu del saber? Una noche
rezaba y había ayunado. Experimenté la sensación de haber sido llevado lejos,
lejos, en el espacio y en el tiempo; en torno mío, en efecto, el sol
resplandecía y me hallaba solo sobre un navío con las velas desplegadas, en
medio del mar helénico, uno y resplandeciente. Las islas se elevaban,
semejantes a ligera capa de nubes solidificadas, y el barco descansaba, como
dominado por el sueño, sobre el azul de las olas. Y he aquí que las olas se tornan
cada vez más transparentes, ligeras, tenues, hasta que por fin desaparecen y el
barco queda suspendido sobre un horrible abismo vacío. Abajo, sin verdor ni
sol, nada más que el fondo del mar desierto, viscoso y negro, en su horrible
desnudez. Pero en lo alto… en la bóveda infinita que antes me pareció vacía,
allá vi la vida. Lo invisible tomó formas y el silencio tuvo voces… Entonces
alcancé la gran ciencia liberatriz.
GREGORIO. — ¿De qué ciencia quieres hablar?
JULIANO. — Lo que es, no es, y lo que
GREGORIO. — ¿De qué ciencia quieres hablar?
JULIANO. — Lo que es, no es, y lo que no es, es.
BASILIO. — ¡Te pierdes y te condenas en esa trama tejida de
luz y de sombra!
JULIANO. — ¿Yo? ¿No hay milagros? Avisos misteriosos y
ciertas conjunciones extrañas de astros, anuncian que la voluntad divina aún
tiene sobre mí obscuros designios.
GREGORIO. — No creas en semejantes signos que no sabes de
quién son obra.
JULIANO. — ¿Y tampoco he de creer en los signos de augurio
feliz que ya se han confirmado? (Les acerca y les dice en voz baja): Habéis de
saber, amigos míos, que se acerca una gran revolución. Dentro de poco Galo
César y yo compartiremos el dominio del mundo; él en calidad de Emperador, y yo
en calidad de… ¿Cómo decirlo? Lo que no ha nacido no puede ser llamado por un
nombre porque no lo tiene. Así, pues, no hablemos de ello antes de la plenitud
del tiempo…
Henrik Ibsen
Emperador y
Galileo, página 62
No hay pecado si no lo consideras como tal.
Henrik Ibsen
Emperador y
Galileo, página 67
¡Qué débil es el espíritu humano en la prosperidad!
Henrik Ibsen
Emperador y
Galileo, página 99
SALUSTIO. — En Roma me hicieron jurar solemnemente que
guardaría el secreto.
JULIANO. — Un juramento. Eso es. ¿Por los dioses de tus
antepasados?
SALUSTIO. — Si, señor, por Júpiter y por Apolo.
JULIANO. — ¡Y, sin embargo, violas el juramento!
SALUSTIO. — Deseo vivir.
JULIANO. — ¿Y los dioses?
SALUSTIO. — ¿Los dioses? Están muy lejos.
JULIANO. — Sí, vuestros dioses están lejos; no retienen a
nadie; no son estorbo para nada; dejan al hombre el campo libre para la acción.
¡Qué felices eran los griegos sintiéndose libres!
Henrik Ibsen
Emperador y
Galileo, página 122
SALUSTIO. — Te suplico que me digas qué buscas entre estas
tinieblas. JULIANO. — ¡La luz!
Henrik Ibsen
Emperador y
Galileo, página 125
No confíes tu destino a nadie más que a ti mismo.
Henrik Ibsen
Emperador y
Galileo, página 126
¿En qué consiste la felicidad sino en vivir conforme a la
naturaleza? ¿Pide el águila plumas de oro? ¿Desea el león garras de plata?
¿Aspira acaso el granado a convertir sus frutos en diamantes? Y yo os digo que
ningún hombre tiene derecho a gozar si antes no ha probado que es
suficientemente fuerte para sufrir la falta de goce. No, no puede tocar con los
dedos el placer si antes no tuvo fuerza de voluntad para pisotearlo.
Henrik Ibsen
Emperador y
Galileo, página 207
Máximo, tú que sabes interpretar los presagios cuyo sentido
misterioso escapa a los demás; tú, que puedes leer en el libro de los astros
eternos, ¿quieres decir cuál será el fin de esta lucha?
Henrik Ibsen
Emperador y
Galileo, página 227
MÁXIMO. — Sabes que nunca aprobé tus actos como Emperador.
Quisiste que el adolescente volviera a ser niño. El reino de la carne
desaparece ante el reino del espíritu. Pero el reino del espíritu no es el fin,
como no lo es en la vida la adolescencia. Quisiste impedir que el adolescente
creciera, que se hiciese hombre. ¡Insensato, que desenvainaste la espada contra
lo que ha de venir, contra el tercer reino, el señor de dos caras!
JULIANO. — ¿Y ese señor…?
MÁXIMO. — Los judíos le dan un nombre. Le llaman el Mesías,
y le esperan.
JULIANO (Lentamente y pensativo). — ¿El Mesías? ¿Ni
Emperador ni Redentor?
MÁXIMO. — Los dos en uno y uno solo en los dos.
JULIANO. — Emperador-Dios. Dios-Emperador. Emperador en el
reino del espíritu, y Dios en el de la carne.
MÁXIMO. — Ese es el tercer reino.
JULIANO. — Sí, Máximo; ese es el tercer reino.
MÁXIMO. — En ese reino, las palabras sediciosas serán
verdad.
JULIANO. — «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que
es de Dios». Sí; esto es, el Emperador en Dios y Dios en el Emperador. ¡Bah!
¡Sueños! ¡Quimeras! ¿Quién quebrantará el poderío del Galileo?
MÁXIMO. — ¿En qué consiste?
JULIANO. — En vano, intento descubrirlo.
MÁXIMO. — En alguna parte está escrito: «No preferirás a los
Dioses extranjeros».
JULIANO. — ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!
MÁXIMO. — El vidente de Nazaret no conoció a tal o cual
Dios. Dijo: Dios está en mí; yo soy Dios.
JULIANO. — Sí; por esto el Emperador se queda sin poderío.
¿El tercer reino? ¿El Mesías? ¿No el Mesías de los judíos, sino el del reino
del espíritu y el del reino del mundo?
MÁXIMO. — El Dios-Emperador.
JULIANO. — El Emperador-Dios.
MÁXIMO. — Logos en Pan… Pan en Logos.
JULIANO. — Máximo, ¿cómo llegará a serlo?
MÁXIMO. — Llegará el que tenga una conciencia consciente de
sí misma.
Henrik Ibsen
Emperador y
Galileo, página 228
JULIANO. — ¿Los auspicios?… ¿Los auspicios?
MÁXIMO. — No me preguntes por ellos.
JULIANO. — ¡Habla! ¡Quiero saber lo que dicen!
MÁXIMO. — ¡Continúan mudos!
JULIANO. — ¿Mudos?
MÁXIMO. — Estuve al lado de los sacerdotes; las entrañas de
los animales no proporcionaron ningún signo. Estuve al lado de los charlatanes
etruscos; el vuelo y el grito de los pájaros no les dijo nada. Estuve junto a
los magos: sus escritos no les proporcionaron contestación. Y yo mismo…
JULIANO. — ¿Y tú, querido Máximo?
MÁXIMO. — Puedo decírtelo ahora. Esta noche examiné la
posición de las estrellas. ¡Nada me anunciaron, Juliano!
Henrik Ibsen
Emperador y
Galileo, página 272
MÁXIMO. — Cercano está el día en que los hombres no tengan
necesidad de morir para vivir como Dioses sobre la tierra.
Henrik Ibsen
Emperador y
Galileo, página 277
Patrice Van Eersel y Catherine Maillard
El curandero sabe una cosa que el médico ignora: la ley
genealógica y la relación con los antepasados definen en gran parte los lazos,
los derechos, los deberes y las identidades que estructuran al ser humano en su
cultura y su biografía. El curandero también conoce las palabras y los rituales
que le permitirán conjurar la presencia al fantasma (un antepasado desgraciado
o que deshonró a su familia), sinónimo del desorden inconsciente que se puede
transmitir de generación en generación.
Patrice Van Eersel
y Catherine Maillard
Mis antepasados me
duelen, página 2
La psicogenealogía abarca muchas teorías, prácticas y
escuelas de pensamiento. Pero también se ha convertido en una palabra popular,
un término común aplicable a casi todo. Y eso es, indudablemente, gracias a la
popularización que Anne Ancelin Schützenberger hizo de ella, principalmente en
Francia, en la década de los ochenta. Después de trabajar durante muchos años
con enfermos de cáncer, entre otras cosas con la ayuda de la versión clínica
del método Simonton que, apoyándose a la vez en la medicina tradicional y en un
seguimiento psicoterapéutico, permite reforzar las ganas de vivir y el sistema
inmunológico mediante visualizaciones positivas, empezó a descubrir en sus
biografías unos sorprendentes fenómenos de repetición, idénticos a los que
sufrieron seres queridos ya desaparecidos. Y así invento el método del
genosociograma, una especie de árbol genealógico muy particular, priorizando
sobre todo los acontecimientos sorprendentes o chocantes, tanto para bien como
para mal: enfermedades, nacimientos, accidentes, muertes precoces e injustas,
matrimonios, viajes lejanos, etc.; mostrando, con una presentación gráfica de
toda la familia, en el sentido amplio de la palabra, a lo largo de media docena
de generaciones, los principales lazos afectivos, positivos, negativos u
olvidados, acabando en el momento en que se produjeron las sorpresas
genealógicas.
Patrice Van Eersel
y Catherine Maillard
Mis antepasados me
duelen, página 8
¿Su método? La terapia transgeneracional psicogenealógica
contextual clínica, cuya principal misión es desenmascarar nuestras lealtades
invisibles y nuestras identificaciones inconscientes repetitivas (alegres o
trágicas) que nos obligan a pagar deudas a nuestros antepasados, lo queramos o
no, y a repetir las tareas interrumpidas porque no están terminadas.
Patrice Van Eersel
y Catherine Maillard
Mis antepasados me
duelen, página 8
Entrevista con ANNE ANCELIN SHÜTZENBERGER
—Aparte de la coincidencia de edad, del destino, ¿qué es
lo que le hizo pensar que tras esa enfermedad se escondía un caso de
transmisión genética?
Anne Ancelin Schützenberger: Es difícil responderle…
Por una parte, siempre me habían enseñado que el cáncer de mama no era una
enfermedad hereditaria genéticamente; por otra parte, ¿por qué precisamente a
la misma edad? Es la misma dificultad que siempre se presenta, al tratar temas
relacionados con el inconsciente, de invocar al destino como causa. En cuanto a
la genética, difícilmente podía hacer coincidir las fechas con tanta exactitud.
Aquí debo hacer un inciso para puntualizar que mi marido era médico, genetista,
matemático y estadístico y que yo me sirvo de la observación clínica de manera
bastante rigurosa. Además, esa historia enseguida me recordó otra.
Un día, mi hija me dijo: «¿Te has dado cuenta, Mamá? Tú eres
la mayor de dos hermanos, de los que el segundo está muerto; Papá es el mayor
de dos hermanos, de los que el segundo está muerto y yo soy la mayor de dos
hermanos, de los que el segundo está muerto». Al principio, fue un shock. A
partir de entonces, me empeñe en verificar, con otros pacientes, mi intuición
en relación a esa chica. Les pedí a todos que reconstruyeran conmigo su árbol
genealógico completo y que, si era posible, debajo del nombre de padres,
abuelos, bisabuelos, tíos y primos, indicaran los momentos claves de la
historia familiar: tuberculosis del abuelo, matrimonio o matrimonio en segundas
nupcias de la madre, accidente de tráfico del padre, mudanzas y desarraigos
continuos, cambios de clase social, quiebras económicas, fortunas,
participación en alguna guerra, muertes prematuras, alcoholismo, ingresos en
hospitales psiquiátricos o en la cárcel, sin olvidar los títulos universitarios
y las profesiones. También les pedí que, si podían, escribieran las edades y
las fechas en las que se produjeron estos sucesos. Estos árboles genealógicos
tan extensos (bautizados como genosociogramas) revelaron algunas repeticiones
sorprendentes: una familia donde, durante tres generaciones, las mujeres morían
de leucemia en el mes de mayo; una serie de cinco generaciones donde las
mujeres caían en la bulimia a los trece años; una familia donde los hombres
eran víctimas, sistemáticamente, de un accidente de tráfico el primer día de
colegio de su hijo mayor, etc. Estará de acuerdo en que es un poco atrevido
atribuir al destino el hecho de que, en una familia, encontremos, generación
tras generación, las mismas fechas de nacimiento, el mismo número de matrimonio
en los hombres o en las mujeres, el mismo número de hijos ilegítimos o
naturales, de mortinatos, de muertes trágicas precoces… ¡y siempre a la misma
edad! En cuanto a la herencia genética, ¿cree usted que un accidente de tráfico
puede transmitirse por el ADN? Tiene que intervenir otra cosa, es evidente,
porque, cuando se prestaba atención, la frecuencia y la visibilidad de las
repeticiones era tan evidente que no podía ser fruto del destino.
Patrice Van Eersel
y Catherine Maillard
Mis antepasados me
duelen, página 2
—Pero, esa repetición implica que el chico debe saber
algo de la vergüenza familiar y que ha debido oír hablar del desgraciado tío,
¿no?
A.A.S.: ¡Claro que no! Hablar no es necesario para
comunicarse: los estudios sobre la comunicación no verbal y el lenguaje del
cuerpo demuestran que los seres humanos nos comunicamos a través del lenguaje,
pero también con el cuerpo, los gestos, el tono de voz, la respiración, la
actitud, el estilo de vestir, los silencios, la evasión de determinados temas.
La vergüenza, igual que el secreto, no necesitan ser evocados para pasar de
generación en generación y venir a perturbar a un eslabón de la familia, un
eslabón directo o indirecto, o alguien indirectamente relacionado con la
familia o que actúe por lealtad familiar, por identificación.
Le voy a dar un ejemplo: una niña de cuatro años que tenía
pesadillas en las que la perseguía un monstruo. Por las noches se despertaba
tosiendo, gritando y con dificultades para respirar y cada año, el mismo día,
la tos degeneraba en un ataque de asma. Le pregunté a la madre qué día había
nacido. «La madrugada del 25 al 26 de abril», me dijo. Conozco la historia de
Francia y sé por estudios realizados con pacientes míos, que muchos
traumatismos familiares tienen su origen en las persecuciones en tiempos de
guerra, en ocasiones muy antiguas, o están relacionados con muertes trágicas en
el campo de batalla.
Entre el 22 y 25 de abril, las tropas alemanas lanzaron por
primera vez gases de combate sobre las tropas francesas. En Ypres, miles de
soldados franceses de la Primera Guerra Mundial murieron gaseados, asfixiados.
Entonces, le pedí a la madre que buscara las palabras Ypres y Verdún en el
genosociograma familiar y encontró que un hermano del abuelo fue uno de esos
soldados muertos por los gases… ¡la noche del 25 al 26 de abril de 1915! Luego
le pedí a la niña que dibujara el monstruo que la perseguía en las pesadillas y
dibujó lo que ella llamaba «unas gafas de buceo con una trompa de elefante».
Era una máscara antigás de la Primera Guerra Mundial, reconocible por
cualquiera de nosotros.
Sin embargo, la niña nunca había visto ninguna máscara y
nadie nunca le había hablado de la trágica muerte del tío abuelo ni de las
consecuencias de una muerte por inhalación de gas de combate, principalmente,
gas mostaza. Verificamos todos los datos en el ministerio de la guerra: el tío
abuelo había demostrado valentía y lo habían condecorado. Sin embargo, a pesar
de todos los no-dichos, la información pudo transmitirse: la niña tosía y
escupía, se quedaba sin respiración y se angustiaba como el difunto tío abuelo
en la trinchera, con un paroxismo a una hora determinada (hacia media noche). Y
todo eso hasta el día en que hizo el dibujo.
¿Cómo ha podido pasar toda esa información a través de dos
generaciones? ¿Cómo se ha transmitido? Quizás por el coinconsciente familiar y
de grupo, quizás por las ondas morfogénicas de las que habla Rupert Sheldrake,
quizás porque el discurso familiar lo había evitado (no se habla de lo que
causa tanto sufrimiento). El recuerdo de una muerte trágica y de un muerto mal
enterrado hizo que su abuelo y su madre crearan una zona de sombras donde se
escondía el dolor, como en una cripta.
Mi hipótesis es que, durante toda su vida, se habrían
producido lagunas en el discurso del abuelo y la madre. Cada vez que este haya
encontrado una ocasión para recordar la brutal muerte de su familiar (una foto
de familia, una película bélica en la televisión) habrá manifestado más
dificultades al expresarse con la mirada, la voz o la actitud que por el
contenido de las palabras que hubiera podido decir. Habrá evitado ver una
película sobre la guerra, habrá hablado mal de los soldados alemanes, habrá tenido
miedo del gas, de la cocina.
—Entonces, esas evasiones pueden transmitir una
información «al vacío». Pero ¿Pueden alcanzar tal nivel de precisión de llegar
a grabar la imagen fotográfica de una máscara antigás en las pesadillas de la
niña?
A.A.S.: Actualmente, decenas de médicos hemos constatado
esto entre nuestros clientes en lugares tan dispares como Europa, América del
Norte y del Sur, África y Oriente Medio. Todo sucede como si, realmente, los
descendientes tuvieran una forma de memoria fotográfica o cinematográfica, con
sonidos, colores, imágenes, olores, temperaturas, etc. Hay personas que
despiertan heladas, temblando y sudando de angustia, encogidas, como si
estuvieran prisioneras en un campo de concentración, sobre un colchón putrefacto
o en una trinchera de guerra cuando, en realidad, están abrigados en una cama
limpia y nunca han vivido nada parecido.
Sin embargo, no creo que este fuera el caso de esta niña.
Más bien creo que, en este caso, lo que tenemos es una comunicación de
inconsciente a inconsciente; lo que Moreno denomina el coinconsciente familiar
o de grupo.
—¿Quiere decir que las imágenes o los secretos de familia
pasan de una generación a otra a través de una especie de telepatía?
A.A.S.: No. Pasan a través de la doble unidad madre-hijo. Y
también puede producirse a través de una memoria transgeneracional que hemos
constatado pero que todavía nadie ha podido demostrar. Creo que, cuando un niño
crece en el útero materno, sueña lo mismo que la madre y que todas las imágenes
del inconsciente materno y del coinconsciente familiar pueden grabarse en la
memoria del bebé antes de nacer. Desgraciadamente, esta hipótesis todavía no ha
desembocado en ninguna investigación científica seria. ¡Y, sin embargo, está en
juego la salud de todos!
De todos modos, cabe recalcar que, desde 1998, hay quien
empieza a hablar de memoria celular y que se están realizando investigaciones
científicas, médicas y biológicas, sobre todo en el INSERM (Institut National
de la Santé et de la Recherche Médicale), sobre el núcleo celular y una
eventual memoria afectiva.
—La fidelidad a nuestros antepasados nos gobernaría.
¡Nuestro inconsciente nos obligaría a honrarlos, y entonces aparecerían unos
fenómenos sorprendentes: un cáncer o un violento atropello! ¿Puede explicitar
todo esto en términos médicos?
A.A.S.: Prefiero precisar mi punto de vista y el de alguno
de mis colegas. Nunca he dicho que el objetivo fuera honrar a nuestros
antepasados, esa frase no es mía. No se trata de eso, sino de repeticiones de
acciones interrumpidas, de duelos no realizados después de traumas
insoportables, indigestos o no digeridos (si me permite las expresiones) que
van a quedarse en el estómago impidiendo que el duelo se exprese y
transmitiéndose a nuestra descendencia; una masacre masiva, un exilio, la
perdida de una casa o unas tierras, una injusticia… Es la constatación que
Bluma Zeigarnick, un alumno de Kurt Lewin, presentó en su tesis de doctorado
Psicología Gestalt, en 1928, sobre los actos interrumpidos que pueden repetirse
una y otra vez a lo largo de la vida de un individuo; es lo que en psicología
se conoce como el efecto Zeigarnick y que yo explico a mis pacientes para
ayudarlos a revivir y superar los duelos no realizados de los dramas pasados.
No estamos hablando de verdaderas maldiciones o, en
ocasiones sí, en determinados momentos cruciales de la historia, como el caso
de la maldición de los reyes de Francia por parte del Gran Maestro de los
Templarios, Jaques de Molay, mientras ardía en la hoguera, el 18 de marzo de
1314. En cambio, la llamada maldición de los Kennedy solo es un mito, aunque
podamos encontrar una lealtad familiar inconsciente en la repetición de
determinadas fechas, como el 22 de noviembre. Esta fecha aparece por primera vez
en su genosociograma en 1858, día de la muerte del padre del abuelo del
presidente John F. Kennedy, y una segunda vez en 1963, día del asesinato de
este último, que decidió ir a Dallas a pesar de muchas advertencias y no quiso
saludar desde un coche cubierto, como si se hubiera olvidado de qué día era,
pero no de su deber de morir.
En realidad, esta mórbida forma de repeticiones (que algunos
denominan maldición) depende de un mecanismo que la medicina cada vez conoce
mejor. Toda muerte causa una depresión en el ser humano. Perder la casa o el
trabajo también supone el poder y la necesidad de realizar un duelo. Una vez
pasada la revuelta contra lo inaceptable, la tristeza del duelo provoca una
disminución del sistema inmunológico. En ese momento, muchas personas deciden,
de manera totalmente inconsciente, que se van a morir a una edad determinada:
«Mi madre murió a los treinta y cinco años, yo no voy a pasar de esa edad»,
dijo la chica sueca. Y cuando llega a esa edad, cae en una profunda depresión
que debilita su sistema inmunológico hasta el punto de desembocar en un cáncer.
Y con el accidente de tráfico sucede lo mismo: cuando se acerca la fecha de un
trauma familiar muy profundo, una persona puede empezar a correr riesgos
insensatos y, evidentemente, el accidente acaba llegando. El inconsciente vela
por todo eso, como un reloj invisible. Yo lo llamo fragilización del año (o
periodo) aniversario.
—¿Se podría evitar? ¿Puede alguien escapar a la
repetición y dirigir libremente su propia historia?
A.A.S.: Para evitar la repetición, es necesario tener
consciencia de ella. Acuérdese de la chica sueca. Cuando la ayudé a darse
cuenta de que, si sucumbía al cáncer, no habría nadie que le llevara flores a
la tumba de su madre y que, además, su querida madre hubiera querido que ella
viviera mucho más, para ella fue un schock muy grande e, inmediatamente, se
produjo un cambio radical en su vida y en su enfermedad. Recuperó las ganas de
vivir, dejó de desarrollar síntomas del cáncer, las metástasis desaparecieron,
recuperó la energía y ganó peso, volvió a su trabajo y a su vida normal… Hizo
que le pusieran una pierna artificial y aprendió a esquiar y a conducir un
coche adaptado. Estaba tan radiante que los que la habían cuidado casi no la
reconocieron. Si el origen del dolor o de la enfermedad está cerca de la
consciencia, el mero hecho de visualizar la historia familiar de golpe, seis o
siete generaciones, es decir colocarla en el árbol genealógico, en su contexto
psico-político-económico-histórico a lo largo de los años y, bruscamente darse
cuenta de las repeticiones, puede bastar para crear una emoción lo
suficientemente fuerte como para liberar al enfermo del peso de las lealtades
familiares inconscientes. Personalmente, al hacer trabajar a un paciente sobre
su familia, su árbol genealógico y sus secretos, a menudo consigo poner al día,
en dos o cuatro horas, lo que antes tardaba diez años de diván en conseguir. La
realidad de los hechos y las repeticiones saltan a la vista. Todo se ve más
claro desde el principio. Sin embargo, desconfiemos, como Freud, de la catarsis
a la que no sigue una preelaboración (el famoso working through), el trabajo
continuo sobre uno mismo, sus sueños, sus asociaciones de ideas, sus lapsus que
componen la curación analíticas. Recordemos que Freud, en una de sus obras,
exponía el problema de las recaídas al final de la terapia y comparaba la
curación con una sinfonía, cuyas notas se desarrollan y se retoman en varios
registros, varias veces, antes de estallar justo antes del final. Además, a
veces el secreto familiar está tan oculto que resulta imposible tomar
consciencia de él. En estos casos, es necesario recurrir al análisis de los
sueños, las asociaciones de ideas (mediante un diálogo con el terapeuta, como
propone Winnicott, inventor del codiseño) o a los recuerdos personales y los
intercambios de opiniones con un pequeño grupo de terapia, con una puesta en
escena de las experiencias familiares, como en el psicodrama. El hecho de poner
en escena una situación antigua de forma integral, con todo el cuerpo y no únicamente
con las palabras, ayuda a revivir la emoción de lo que se escondió y permite,
al fin, expresar los sentimientos reales y la tensión que había nacido entre lo
que nos escondían y lo que, sin embargo, presentíamos, hablar, llorar, gritar y
pegar previene la conversión del trastorno psíquico en síntoma somático. Por
eso es tan importante poder expresar las emociones, los verdaderos
sentimientos, sin miedo ni pudor, los secretos, los no-dichos, los traumas
ocultos, los grandes dolores y los duelos no realizados (en el psicodrama, la
técnica del exceso de realidad permite despedirse de los muertos antes de su
muerte, como si sucediera en ese momento, o después, en su tumba o cerca del
mar que los engulló sin sepultura, por ejemplo, y al terminar de una vez por
todas con las tensiones acumuladas y conseguir la Gestalt que hasta entonces
solo había intuido).
Cuando un antepasado ha sufrido, para sus descendientes es
fundamental que el dolor sea reconocido.
—El siglo XX fue el siglo de las hecatombes. Por primera
vez en nuestra historia, millones de hombres fueron enterrados, a menudo sin
sepultura, lejos de su tierra y de sus antepasados. ¿Podemos hablar, en este
caso, de un enorme trastorno generacional en nuestra civilización?
A.A.S.: En el siglo XX apareció un fenómeno nuevo: las
masacres masivas de la Primera Guerra Mundial, seguida de las guerras civiles
rusa y española y de la Segunda Guerra Mundial. Estos conflictos provocaron
millones de muertos anónimos; innumerables desaparecidos sin sepultura; la
coexistencia, en las trincheras o en los campos de concentración, de muertos,
de agonizantes y de vivos, la lenta agonía de los heridos o los gaseados… y las
pesadillas de los supervivientes y sus descendientes. Recordemos que, ya en su
época, los cirujanos militares de Napoleón I reconocieron e identificaron,
durante la retirada de Rusia, en 1812, el «síndrome de silbido de las bombas»
para calificar los sufrimientos, las pesadillas y las angustias de los
supervivientes y los testigos de la trágica muerte de sus compañeros (lo mismo
que encontramos actualmente en las pesadillas de sus descendientes en muchos
países como Francia, Israel, Armenia, Polonia, incluso en Canadá y Estados
Unidos).
Cuando uno sabe que un muerto mal enterrado impide realizar
el duelo en la familia, resulta fácil imaginar que una hecatombe pueda generar
un inmenso trastorno en la civilización. Y no hablemos de los niños armenios
masacrados en 1915 (más de dos millones), de los judíos deportados a los campos
de concentración o los gaseados de Verdún que sufren crisis de asma, eczemas y
violentas migrañas los días de la masacre, la deportación o el drama. En estos
casos creo que es posible realizar un trabajo terapéutico a gran escala, con
todos los supervivientes y descendientes como pacientes. Cuando un antepasado
ha sufrido, para sus descendientes es fundamental que el dolor sea reconocido.
Por eso para los armenios ha sido realmente importante ver
recientemente que la comunidad internacional reconocía su genocidio, aunque se
haya producido cincuenta años después. Estoy segura de que a millones de
personas esto les ha permitido recuperar la paz interior. Tenían que matar el
fantasma. En el caso contrario, hay una dimensión dramática en el olvido de
ciertas fechas, como la del asesinato del archiduque Francisco Fernando,
heredero del imperio austrohúngaro, el 28 de junio de 1914 en Sarajevo, que
desencadenó la Primera Guerra Mundial, la subida al poder de Hitler y la
Segunda Guerra Mundial.
Una vez dicho esto, también debo reconocer que no hace falta
hablar de circunstancias tan dramáticas para que el síndrome de repetición
arruine la existencia de alguien. De la cantidad de personas que han acudido a
mi consulta porque sufren problemas psicosomáticos inexplicables, los hay por
ejemplo que se les repite un sueño en que sistemáticamente suspenden un examen
y su vida profesional queda en el aire… sin ninguna razón aparente.
Me acuerdo de un chico trabajador e inteligente que tenía
éxito en todo, menos en los exámenes. Juntos descubrimos que, desde el siglo
XIX, catorce de sus primos habían suspendido el bachillerato. Buscamos el
origen del problema y, al final, comprobó que a su bisabuelo lo habían echado
de la casa el día antes del examen de bachillerato porque se había acostado con
la criada y la había dejado embarazada, y como tenía un estricto sentido de la
responsabilidad, se fue y se casó con ella. Pues bueno, el hijo de este señor a
su vez, dejó la escuela el día antes del examen y su hijo también, cada vez por
razones banales. Y este peso se transmitió durante cuatro generaciones porque
el bisnieto de este señor todavía sufrió las consecuencias de esta falta
cuidadosamente escondida por toda la familia. Desde que descubrimos la historia
y realizamos un trabajo familiar, ¡todos los hijos de la línea sucesoria
aprobaron sus exámenes!
—¿Y cómo se puede explicar el entusiasmo actual por la
terapia transgeneracional?
A.A.S.: Vivimos un periodo de profunda transformación de
nuestro medio y de nuestra manera de pensar, tanto del cuadro de vida como de
su contexto. Es, como dijo Alvin Toffler, un estrés colectivo, una especie de
shock del futuro, algo que muchas personas viven con cierto grado de angustia.
Hoy en día, existen muchos datos desconocidos de los cuales depende la
supervivencia de nuestra cultura y de nuestro planeta. Durante el trastorno
general, muchos terapeutas se tienen que enfrentar a casos difíciles en los que
se apoyan las teorías clásicas. Permitir un arraigo de la persona a su historia
forma parte de las soluciones.
—¿Puede darnos algún otro ejemplo de deudas en las
cuentas familiares?
A.A.S.: La deuda más importante de la lealtad familiar es la
que cada persona siente hacia sus padres por el amor, el cansancio y las
situaciones que ha recibido desde la infancia hasta la edad adulta. Satisfacer
esa deuda es de orden transgeneracional, es decir, que lo que hemos recibido de
nuestros padres, lo transmitiremos a nuestros hijos, etc. Puede darse el caso
de que haya distorsiones patógenas entre los méritos y las deudas. Pongamos un
ejemplo: hay familias en las que la hija mayor adopta el papel de madre con sus
hermanos pequeños, e incluso con su propia madre. Es lo que llamamos
parentificación. Un niño que debe adoptar el papel de padre o madre demasiado
temprano sufre un importante desequilibrio relacional.
En realidad, es muy difícil entender los lazos
transgeneracionales y el libro de méritos y deudas, porque no hay nada claro.
Cada familia tiene su manera de definir la lealtad familiar. Pero el estudio
transgeneracional puede aportar una clarificación definitiva sobre el tema.
—En su obra, descubrimos un enfoque antropológico donde
insiste en la importancia vital de las normas familiares.
A.A.S.: ¡No fue casualidad que dejara analizarme por un
antropólogo (Gessain fue director del Museo del Hombre y acompaño a Paul Émile
Victor en su visita a los esquimales) y que trabajara con Margaret Mead! El
enfoque antropológico contextual es fundamental: es completamente necesario
colocar a las personas y los acontecimientos en su contexto y entender las
normas familiares y sociales de la época, del medio y del lugar precisos.
Hablemos de algunas normas familiares que nos encontramos a menudo: hay familias
cuidadores/cuidadas, donde determinados miembros de la familia cuidan a otro,
que está enfermo; en otras familias la norma es hacer lo que sea para que el
hijo mayor vaya a la universidad, aunque siempre tiene que ser un chico, nunca
una chica; hay otras familias donde se designa a un heredero para continuar con
los negocios familiares; en otras, varias generaciones conviven bajo el mismo
techo. En otra época, un hijo heredaba todo lo de casa y los demás tenían que
ir a buscarse la vida.
Cuando uno observa un genosociograma, es esencial ver qué
normas están en vigor y quién las ha elaborado. Puede ser un abuelo, una
abuela, un tío… Cuando uno empieza a entender estas normas, puede intentar
ayudar a la familia a conseguir una disfunción relacional menor y un mejor
equilibrio de deudas y méritos de cada uno. ¡No siempre es fácil descifrar una
familia!
—También ha estudiado en profundidad el fracaso escolar.
Según usted, ¿suele ser algo de orden transgeneracional?
A.A.S.: Mi enfoque es contextual, sociopsicológico,
psicoanalítico, transgeneracional, etnológico y etológico a la vez. Todas estas
ciencias son importantes y sus aportaciones son complementarias. En el caso del
fracaso escolar, tenemos que añadir el especto socioeconómico de las lealtades
familiares brillantemente analizadas por Vincent de Gaulejac que, debo
admitirlo, me han abierto mucho los ojos. Demuestra lo difícil que es para un
buen hijo o una buena hija sobrepasar el nivel de estudios de sus padres; es
posible que se pongan enfermos el día antes del examen, o perderán el tren, o
tendrán un accidente por el camino, o sencillamente se olvidarán de poner el
despertador. Al hacer esto, responden inconscientemente al mensaje doblemente
apremiante de su padre, el famoso double-mind: «Haz como yo pero, sobretodo, no
hagas como yo». Es decir: «Lo hago todo por ti y quiero que tengas éxito… pero
me da miedo que seas más que yo y que nos abandones». Sin embargo, estos
mensajes son casi todos de los tiempos de generaciones precedentes. Aun así, la
fidelidad a nuestros antepasados, ya sea consciente o inconsciente, siempre
está presente.
—La historia de las generaciones pasadas puede guiar
nuestro destino individual. Lo que significa que algo que un antepasado vivió
hace cincuenta o cien años puede orientar las elecciones vitales, determinar la
vocación, desencadenar una enfermedad o incluso provocar la caída de las
escaleras de un bisnieto. Entonces ¿qué queda a nuestra libre elección?
A.A.S.: Todo. Porque también tenemos la posibilidad de
desligarnos de las repeticiones familiares para reconquistar nuestra libertad y
empezar, por fin, nuestra propia historia.
Patrice Van Eersel
y Catherine Maillard
Mis antepasados me
duelen, página 22
Dentro del vasto movimiento de descubrimiento, o de
redescubrimiento, de la transgenealogía, Alejandro Jodorowsky fue una de las
figuras pioneras. ¿Qué es la transgenealogía? Es el estudio, principalmente por
terapeutas, de todo lo que nos afecta al cuerpo, al alma y al espíritu que
proviene de nuestra ascendencia, de nuestros antepasados.
Patrice Van Eersel
y Catherine Maillard
Mis antepasados me
duelen, página 24
—¿Sería posible sustituir años de terapia por una sesión
de psicomagia fulgurante?
Alejandro Jodorowsky: Cuando uno toma conciencia de
que lleva su árbol genealógico en el cuerpo y que puede expulsar el sufrimiento
que esto conlleva igual que se expulsan los demonios, todo puede cambiar de
golpe. Pero eso no exime de trabajar mucho en uno mismo. Trabajar el aspecto
mental y el espiritual, pero también el carnal. En la carne, uno puede hacer
comprender que hay que ceder con la condición de no tener más miedo. No hace
falta temer que uno se hunda hasta lo más profundo de su ser para atravesar
toda la parte de su ser mal construida, todo el horror de la no conclusión de
las acciones y para levantar el obstáculo del árbol genealógico que tenemos
atravesado y que opone todas sus fuerzas para frenar el flujo de la vida. En
este obstáculo, formado por un montón de ramas muertas, se encuentran los
espectros de los padres, los abuelos, los bisabuelos. Hace falta mucho valor y
energía para enfrentarlos y decirles: «¡Basta! ¡Yo no comeré más en este plato
tan sucio! ¡Ya he tenido suficiente!». ¿Es duro? Evidentemente, y sería mucho
más fácil agarrarse a alguna golosina psicológica tranquilizadora, tomar
calmantes positivos y mirarse en un espejo mágico que nos diga que somos guapos
y geniales. Pero, en fin, ¿el objetivo no era deshacernos de toda nuestra
mierda? Pues bien, para eso hay que trabajar duro.
—¿Por dónde se empieza?
A.J.: En primer lugar, hay que saber colocarse dentro del
árbol genealógico de cada uno y entender que no solo es pasado: ¡está muy vivo
y presente en el interior de cada uno de nosotros! El árbol vive en mí. Yo soy
el árbol. Yo soy toda mi familia. Me tocan la pierna derecha y papá empieza a
hablar, el hombro izquierdo y la abuela empieza a gritar. Cuando me adentro en
mi pasado, me adentro en el de mis padres y mis antepasados. Nadie tiene
problemas individuales porque toda la familia está siempre en juego. El
inconsciente familiar existe. El padre decide acudir a psicoanálisis, y de
repente algo cambia en la familia y todos los miembros empiezan a evolucionar.
Desde el mismo momento en que alguien toma consciencia de algo, hace que todos
los suyos también la tomen. Ese alguien es la luz. Cuando aparece la primera
manzana en el árbol, todo el árbol esta contento, ¿lo entiende? Si uno hace su
trabajo, todo su árbol se purifica.
—¿Podría purificarse a espaldas de determinados miembros
y de manera irrevocable?
A.J.: A espaldas sí, pero nunca de manera irreversible.
Siempre es posible tener una recaída y, si aparece, también afectará a todo el
árbol. Cuando fracaso, mi destino afecta a toda mi familia, incluyendo a los
niños que nacerán en las próximas tres o cuatro generaciones. Nuestra
responsabilidad es inmensa. Sobre todo con los niños. No tienen el mismo
concepto del tiempo que nosotros. Para los adultos, puede parecer que, una
escena dura una hora, para los pequeños habrá durado un mes o un año y los marcará
de por vida. Por eso es muy importante saber muy bien con quién dejamos a
nuestros hijos. Si se deja a un hijo durante ocho horas al día con una persona
neurasténica, o histérica, o con muchos problemas, el niño corre el riesgo de
absorberlo todo. Nosotros mismos, cuando nos encargamos de un niño tenemos que
ir con el máximo cuidado.
—Algunos psicoanalistas, como Nicholas Abraham o Didier
Dumas, dicen que el problema que le encuentran a los árboles son los fantasmas.
También los llaman lo no-dicho traumático, lo no-pensado transgenealógico que
se pasea por los árboles familiares y hace enfermar a los humanos.
A.J.: Es verdad. Y si lo no-dicho es tan traumático es que
entonces todos somos seres que hemos sufrido abusos. Abusos de mil tipos. Ahora
bien, cuando somos adultos, tendemos a repetir sobre los demás los abusos
recibidos en la infancia. Hay abusos mentales, verbales, emocionales, sexuales,
materiales o abusos de ser: no me han dado la oportunidad de ser, no han visto
quien era realmente, han querido que fuera otra persona, me han dado una muy
buena vida pero que no era la mía. Mis padres querían un niño y tuvieron una
niña… No me han dejado ver, escuchar o decir y lo que me han dicho no era para
mí. Abusos materiales: no tuve el espacio, el aspecto o la alimentación que me
correspondía.
En cuanto a los abusos sexuales, son mucho más habituales de
lo que la gente cree. La lista de abusos es muy larga, así como la de las
culpas: nos casamos por tu culpa, he echado a perder mi vida por ti, quieres
irte, nos traicionas, no piensas como nosotros; entonces se creará un abuso que
será un fracaso o una devaluación. ¡La homosexualidad reprimida es muy habitual
y también los niños con falta de cariño! ¡Y el incesto! Y todo esto se
reproduce hasta el infinito. Nunca se acaba, es inmenso, enorme, increíble.
¿Cómo podemos reaccionar ante tal muestra de humor?
—Más explícitamente, ¿la religión tiene un papel muy
importante en las resonancias transgenealógicas?
A.J.: ¡Un papel considerable! La mayor parte de árboles
genealógicos, sean los que sean, están muy marcados, a un nivel u otro, por
libros sagrados mal interpretados, pervertidos, desviados de su intención
original. Según donde hayamos nacido, los pecados (en especial, las
desviaciones sexuales) pasarán por el tamiza de la Torá, del Nuevo Testamento,
del Alcorán o de las Sutras… La interpretación pervertida de los textos
sagrados es más mortal que la bomba atómica (y también incluyo las religiones
materialistas y marxistas, que provocan daños igual de graves).
¿Y qué hace el árbol genealógico ante estas catástrofes?
Para no morir (algo que llega cuando el secreto ya no puede salir a la
superficie por mucho que lo intente), tiene tendencia a equilibrarse con
acrobacias inauditas, pudiendo crear un asesino por una parte y; por otra, un
santo.
—¡Habla de él como si realmente se tratara de un árbol
con vida propia!
A.J.: ¡Es que lo es! Algunos psicoanalistas que han hecho
estudios genealógicos han querido reducirlo a formas matemáticas, han querido
racionalizarlo. Pero el árbol no es una cosa racional, es un ser orgánico, ¡una
especie de árbol! Y me di realmente cuenta cuando realicé el experimento de
teatralizar los árboles genealógicos.
—¿Cómo se le ocurrió esta idea?
A.J.: Todos tenemos un tiempo y espacio interiores. Para
trabajar sobre el tiempo interior, le preguntaba a la gente: «¿Cuánto tiempo
piensa vivir?». Y ellos me respondían: ochenta y seis años, sesenta años,
setenta y cinco años. Y me di cuenta que eran edades en las que murieron
miembros de sus familias. También descubrí que las mujeres daban a luz a la
misma edad que sus madres. Dicho de otra manera, nuestros antepasados nos legan
un determinado tiempo. Y también nos legan un espacio; un espacio en función de
la moral, la religión y la inteligencia de nuestro árbol. Yo comprendí que,
para ampliar mi inteligencia, tenía que ampliar el espacio interior que mis
antepasados me habían legado. Entonces me pregunté dónde estaba esa familia
interior. Todos tenemos una representación de nuestra familia que abarca el
árbol entero, con sus imposibles y sus deseos. También descubrí que la familia
de cada uno se ordenaba dentro de su espacio mental y me imaginé, esto fue en
los años setenta, que este orden podría llevarse al escenario de un teatro,
donde yo podría repartir el espacio interior de alguien pidiéndoles a mis
alumnos, o a las personas que hubieran venido a mis clases, que representaran a
los miembros de sus familias. ¿Cómo ordenarlos en el espacio? A algunos, me
vinieron ganas de darles sillas, a los más humillados les pedía que se pusieran
de cuclillas en el suelo, a los olvidados y excluidos les dije que se colocaran
lo más lejos posible, los muertos estaban en el suelo, los niños se ponían de
espaldas, etc. Todo esto formaba una enorme escultura en el espacio. Y al
protagonista le preguntaba dónde se situaría él. Todo esto está explicado en
L´Arbre du Dieu Pendu…
Nos remontábamos tan lejos en el pasado que la persona podía
recordar su árbol o podía imaginárselo. Personalmente, yo también hice
retroceder mi árbol hasta 1450 ampliando hasta ese punto mi tiempo, mi
territorio y mi consciencia. Porque, dentro del árbol genealógico, también
sitúo el nivel consciente. Uno primero ordena a su familia como una escultura
en el espacio y en el tiempo, y después calibra su nivel de consciencia.
Al hacer esto, perseguía tres objetivos: conocer todo el
universo, vivir tanto como él y ser su consciencia. Tres ideales divinos. El
nivel más alto de consciencia es alcanzar ese impensable que llamamos Dios.
Mientras no alcancemos el impensable, no tendremos una consciencia totalmente
evolucionada y conservaremos una visión dualista de nosotros mismos. Sin
embargo, si dejamos atrás toda dualidad, ¡la plena realización de la
consciencia se revela y también su desaparición!
—Así pues, tenemos a unas personas invitadas a
representar sobre un escenario un árbol genealógico…
A.J.: Le preguntaba a la persona cuyo árbol estábamos
estudiando que escogiera, cuidadosamente, a alguien que representara a su
padre, a otra persona que representara a su madre, a otras para sus hermanos,
etc. A partir de ese mismo instante, surgían sincronicidades asombrosas, juegos
de resonancias entre las personas escogidas al «azar» y las personas que
representaban. Nunca hasta entonces había sentido hasta qué punto todo en el
universo está relacionado.
—Y eso explicaría que el método que usted inventó en ese
momento haya aparecido espontáneamente en la labor de otros terapeutas, como
Bert Hellinger, que en cierto modo tuvieron la misma idea que usted.
A.J.: ¡Me alegro mucho y no estoy para nada celoso! Las
ideas totalmente únicas y aisladas no existen. Todas surgen de la sociedad.
Algunos psicogenealogistas han participado durante años en mis cursos antes de
lanzar su propia escuela… Y todas son herramientas para hacer progresar a la
humanidad. En mi caso, enseguida me desvié hacia la psicomagia y el
psicochamanismo, que son técnicas todavía más avanzadas. ¡Y ahora incluso se
ven psicoanalistas utilizar herramientas comparables a las de la psicomagia!
El inconsciente no es científico, es artístico. Por lo
tanto, el estudio el árbol debe hacerse de otra manera que no sea mediante la
razón pura. ¿Cuál es la diferencia entre cuerpo geométrico y un cuerpo
orgánico? En el caso del cuerpo geométrico, todos sabemos perfectamente cuáles
son las relaciones entre las partes.
En el caso de un cuerpo orgánico esas relaciones son
misteriosas; podemos añadir o quitar algo y el organismo sigue siendo el mismo.
Las relaciones internas de un árbol también son misteriosas y para poder
entenderlas, tenemos que adentrarnos en el inconsciente. Igual que en un sueño.
El sueño del árbol genealógico no hay que interpretarlo, hay que vivirlo.
—¿Qué aconsejaría aquí el I Ching?
A.J.: «Atravesar las grandes aguas», es decir, atravesarse
uno mismo, empezando por el cuerpo, atravesar la idea de que cada uno está
hecho de sí mismo, y después de las diferentes partes de su cuerpo, como si
siguiera un eje, hasta alcanzar la divinidad…
¿Cuál es el objetivo? Hacer las paces con mi inconsciente.
No llegar a ser autónomo de mi inconsciente (¿qué significaría eso?), sino
convertirlo en mi aliado. Si lo consigo, porque habré aprendido su lenguaje y
tendré la llave de su misterio, empezará a trabajar para mí: pasa a estar a mi
servicio y yo al suyo, funcionamos juntos. En este caso, la familia es mi
inconsciente. Y, en realidad no se trata de llegar a ser autónomo de mi
familia, sino de ser capaz de penetrarla y convertirla en mi aliada, en mi interior.
Y no hablo de personas físicas, sino de la familia que llevo dentro de mí; una
familia de la que tengo que trabajar cada naturaleza como un arquetipo.
No hace falta que, en mi fuero interno, conserve mi nivel de
consciencia para mí solo; tengo que ofrecérselo a cada uno de ellos,
exaltarlos, elevarlos. Todo lo que les dé a ellos, me lo estoy dando a mí; lo
que les quito, me lo estoy quitando a mí. Transformaré los personajes
monstruosos. Con esa transmutación, les voy a dar a todos mi nivel mental. Es
necesario que, en mi interior, convierta a todos mis antepasados en seres
realizados. Es bien cierto: «El perro también es Buda». Esto quiere decir que mi
padre y mi madre también son Dios, que mis tíos y mis tías también son Buda.
Por lo tanto, tengo que buscar la Budeidad en cada personaje de mi familia.
¿Son personas que se habían alejado de la Budeidad? ¿Tenían el corazón lleno de
rencor, el cerebro lleno de ideas alocadas y el sexo lleno de deseos mal
orientados? Igual que un pastor con su rebaño, yo tengo que devolverlos al
camino, purificar las necesidades, los deseos y las emociones. Esta es la
misión: un trabajo de curación del árbol y no, como alguien podría imaginar,
una liberación del árbol. No se trata de esperar una supuesta autonomía.
Es como si quisiera ser autónomo de la sociedad, del mundo,
del cosmos. ¡Autónomo de mi respiración! Es imposible. Incluso si me hago
ermitaño, pertenezco a la sociedad y al universo.
—¿Cómo voy a «trabajar» a mi familia?
A.J.: Con la imaginación. Tenemos que crear un sueño de
perfección en nuestro interior. Como aquel en el que curamos una gran herida.
Después, podemos transmitir esa curación a nuestros hijos… Puede tomar
infinidad de formas. Personalmente, escribí la novela L´Arbre du Dieu Pendu.
Otros lo hacen a través de la pintura. Otros con el teatro. Cada uno tiene que
encontrar el método y enriquecer su propia imagen.
—¿Cómo se ve que el árbol está curado o en vías de
curación?
A.J.: El fruto siempre definirá al árbol. Si el fruto es
amargo, incluso si proviene de un inmenso y majestuoso árbol, el árbol es malo.
Si el fruto es bueno, incluso si proviene de un árbol pequeño y torcido, es que
el árbol es maravilloso. El árbol que hay dentro de nosotros es toda nuestra
familia, pasada y futura, y nosotros somos el fruto.
—Algunos lamas dicen que tenemos que rezar por nuestros
antepasados y también por alguien que ha alcanzado un nivel búdico, porque lo
necesita. Entre nuestros antepasados y nosotros, hay un tipo de intercambio…
A.J.: Un día, fui a Saintes-Maries-de-la-Mer, donde está esa
virgen negra que los gitanos entran al mar. Al principio, entré al santuario
con la idea de pedir algo. Pero, al final, dirigiéndome a la virgen, le dije:
«Escucha, todo el mundo te pide cosas, muchas cosas, ¡así que yo te voy a dar
un masaje!». Así que le di un masaje a la virgen negra, para aliviarle el
cansancio. Y masajear a la virgen a la que todos pedían cosas me dio una paz
espiritual increíble. Me abrió la mente. En realidad, cuando masajeas a un
enfermo, masajeas una imperfección, pero también masajeas al Buda. El médico es
inferior al enfermo porque está en la posición del sirviente; el médico está al
servicio del enfermo. No sigo el camino, sigo la alfombra. No sigo la luz, sigo
el interruptor. Si quiero levantar un árbol genealógico, tengo que colocarme en
una posición de servicio, no en una posición de eminencia. Tengo que entrar en
el camino de la ignorancia total y, allí, recibir al otro desde mi ignorancia
para ayudarlo a existir, a caminar en su interior hacia su propia luz.
—¿Por qué los occidentales han descubierto ahora la
importancia de los antepasados?
A.J.: Creo que tenemos varios inconscientes: el individual,
el familiar, el social, el histórico. Los antepasados están en el histórico, y
allí están vivos. El mundo actual está en peligro; es un gran enfermo. Su
cuerpo lucha por sobrevivir. Creo que, nuestros antepasados luchan contra
nuestra enfermedad como los anticuerpos: para defender y curar nuestro futuro.
Por lo tanto, nuestra decadencia también muestra un lado positivo. Y, al
contrario, creo que todos tenemos que trabajar para curar nuestro pasado. Un
pasado enfermo puede curarse. ¿Cómo? Cambiando el punto de vista. La historia
no es más que un punto de vista.
—¿Es decir?
A.J.: El pasado tiene la misma consistencia que un sueño; es
como las cartas del tarot. Son manifestaciones que no tienen una explicación
racional precisa. Se pueden interpretar de maneras distintas según nuestro
nivel de consciencia. Si el nivel de consciencia aumenta, el significado del
pasado cambia y, como el árbol se juzga por sus frutos, si los frutos cambian,
el árbol también. Por lo tanto, podemos curar nuestro pasado, entenderlo mejor.
Nuestros abuelos, bisabuelos, tatarabuelos sufren su desgracia en nuestro
interior; si nosotros nos realizamos, nuestros antepasados, en nosotros, van a
realizarse y se unirán a nuestro nivel de consciencia.
Patrice Van Eersel
y Catherine Maillard
Mis antepasados me
duelen, página 37
¿Alguno de ustedes ha participado en una Constelación
Familiar? Aplicadas por primera vez hace unos treinta años por Bert Hellinger,
muchas escuelas las han adoptado. Curiosamente, este método tiene un gemelo
inventado sobre la misma época por Alejandro Jodorowsky. Como explica el
biólogo Rupert Sheldrake, las ideas pueden surgir de varias mentes a la vez. El
principio es sencillo. Cuando le llega su turno, usted escoge varias personas
del grupo (es una terapia grupal) para que representen cada uno de los miembros
de su familia (o de su empresa, de la comunidad a la que pertenece o por el
problema por el que está usted allí). Sin decirles nada de usted, coloca a esas
personas como le plazca, de pie, con los brazos colgando, dentro del círculo
formado por los participantes. Usted siempre actúa por feeling, bajo un estado
semisonámbulo, sin pensar en nada, solo vigilando lo que sucede en su interior.
Después, se sienta y escucha al psicoterapeuta constelador interrogar a cada
una de las personas de la constelación que se ha formado. Aunque parezca una
locura, esas personas, que no saben nada de usted, su familia o sus
antepasados, empiezan a responder a las preguntas relacionadas con usted, su
situación, su vida, su árbol genealógico. Invitados por uno de los participantes
de una constelación a representar a su padre (aunque hubiera podido ser su
hermano, su hijo, su madre o su mujer, porque los vectores de la experiencia
son andróginos), empezamos a sentir emociones, a pronunciar palabras, a hacer
gestos y preguntas que no controlábamos y que participaban en un conjunto
interactivo que implicaba a cuatro, cinco, seis, hasta veinte personas en un
estado similar al nuestro y donde el todo adquiría un sentido agudo (en el
relato posterior) por el tema sobre el cual constelábamos (verbo transitivo) y
que desembocaba en un estado de total armonía… Un campo tan abierto es
extremadamente sorprendente e incomparable a cualquier otra cosa. Y hay algo
que es seguro: el intelecto no interviene o, al menos, no como fuerza motriz;
se trata de algo más profundo. Bert Hellinger habla de una comunicación de alma
a alma.
Patrice Van Eersel
y Catherine Maillard
Mis antepasados me
duelen, página 40
—Entonces acabó de perfeccionar la Constelación Familiar,
una terapia propia. ¿Cómo la concibió al principio?
B.H.: Antes de poderla concebir, exploré varios tipos de
terapias y, principalmente, la más importante, la que aborda el ser humano en
su dimensión de cuerpo/emociones. Pretende provocar el resurgimiento de
emociones inhibidas, revivir de una manera consciente las escenas traumáticas
censuradas. Una vez liberado del recuerdo de determinados hechos dolorosos,
enseguida me decanté hacia el análisis transaccional. El psiquiatra
norteamericano Eric Berne, el fundador, afirma que los intercambios, las transacciones
que efectuamos con nuestro entorno revelan nuestro guion de vida. Poco a poco,
me fui dando cuenta de que los pacientes no siempre viven su guion personal… A
veces, reproducen el de un familiar. En otras palabras, nuestros antepasados se
mezclan con nuestro destino. Me acuerdo de un hombre que estaba completamente
fascinado con el Otelo de Shakespeare. Durante una sesión, me reveló la razón
de esa fascinación. En referencia a su pasión por Otelo, le pregunté: «¿Quién
ha matado por celos?». Y me respondió: «Mi abuelo». Ahí tiene un primer punto
esencial: mi trabajo con las Constelaciones Familiares pone en evidencia una
identificación inconsciente con una persona amada e importante, en este caso,
el abuelo.
—¿De dónde viene el término constelación?
B.H.: Es una síntesis de traducción. Sería preferible
mantener la traducción literal del alemán y hablar de poner a la familia en el
espacio. Porque para formar una Constelación Familiar, uno realmente pone a
distintos miembros de la familia en el espacio, en un escenario, los unos en
relación a los otros. Un poco parecido a la relación que hay entre las
estrellas en el cielo.
—Expliquemos cómo se desarrolla una terapia de
Constelación Familiar.
B.H: Primer punto importante: es un trabajo de grupo.
Trabajo en público, en una gran sala. El constelado, aquella persona que quiere
resolver un problema, acepta subirse a un escenario y yo voy a escenificar,
literalmente, su problema introduciendo a su alrededor distintos personajes que
representarán los miembros de su familia. Normalmente, suelen ser los padres,
hermanos y hermanas, escoge, entre el público, a las personas que van a
encarnar a sus seres más cercanos.
Evidentemente, estas personas no saben nada del paciente ni
de su familia. Después de atribuir los papeles, el paciente coloca, en el
escenario, a cada uno en el lugar que le parece más justo. La persona que
representa a la madre, por ejemplo, se coloca frente a la que representa al
hijo y esta, a su vez, da la espalda a la hermana. El paciente determina la
orientación de sus miradas, las distancias entre ellos y lo hace de manera
intuitiva. Después, se coloca en un lugar apartado y observa en silencio.
—Lo que nos acaba de describir recuerda mucho a
determinadas prácticas elaboradas por Alejandro Jodorowsky y, sobre todo, a la
de la Escultura Familiar, la terapia desarrollada en 1942 por Virginia Satir,
que era psicoterapeuta del grupo de investigación del Mental Research Institute
de Palo Alto, en los Estados Unidos…
B.H.: Y, sin embargo, existen grandes diferencias entre unas
y otras. Para empezar, en la terapia de la Escultura Familiar, los
protagonistas son los miembros de la familia de verdad. Además, el paciente
coloca a los individuos según la relación de nos con otros y les otorga una
actitud determinada. A algunos les dice que se den la vuelta, a otros que
levanten una pierna… En resumen, esculpe a la persona, ejerce una verdadera
influencia. En el marco de una constelación, la intervención del paciente es mínima.
En cuanto a los miembros de la constelación, todos están puestos en el espacio
de manera muy intuitiva. No hay indicaciones ni consignas. Solo así se pone en
marcha la mecánica, los actores involuntarios empiezan a interpretar un guion
que no es el suyo, movidos por una fuerza interior: la de la familia del
constelado.
—Cuando pone en escena una constelación, ¿qué tipo de
fenómeno se produce, exactamente?
B.H.: A través de la constelación, es fácil verificar, tanto
sensorial como emocionalmente, que las personas escogidas para encarnar a los
miembros de la familia del paciente se sienten realmente como sus
representados. No saben por qué, pero les afecta. A veces adoptan incluso de
forma intuitiva la voz, el vocabulario, los gestos y los tics de los
representados. ¡Y se trata de personas a las que nunca han conocido!
Cuando la constelación está en escena, es decir, cuando cada
persona está sumergida en ese estado de consciencia tan particular, los
miembros de la familia manifestarán reacciones muy distintas, dependiendo del
papel que les haya sido asignado. Algunos pueden experimentar sensación de
calor, o de frío, o de ahogo, o ganas de moverse, o de estirarse en el suelo, o
sienten unos dolores muy concretos. En general, todos representan los síntomas
de las personas que representan. ¡En situación real! Se convierten, un poco, en
marionetas poseídas por los personajes que encarnan. Suele ser muy
espectacular. La noción de los campos morfogenéticos desarrollada por Rupert
Sheldrake puede ayudar a entender mejor este fenómeno. Le recuerdo que esta
teoría defiende que un saber colectivo es accesible a cualquier individuo y que
puede formarse en cualquier grupo. Obviamente, es una hipótesis que ha dado pie
a varias controversias.
—Y cuando ya tenemos una constelación alrededor de un
paciente ¿qué hace usted?
B.H.: La construcción de esta primera constelación refleja
cómo el paciente percibe la situación. El lugar que ocupan los vectores, sus
reacciones, todo permite discernir los problemas en directo. Entonces, la
persona que conduce una constelación consigue fácilmente sentir cuál sería el
paso siguiente que resultaría definitivo.
—¿El simple hecho de pertenecer a un grupo nos disculpa
de todas las acciones que podamos ejercer en su nombre, por su cohesión, por su
supervivencia?
B.H.: Exacto. Cuando el sentimiento de pertenencia a un
grupo es claro, uno adopta la consciencia de grupo, en este caso la familia; la
familia es el grupo más fuerte, pero también puede ser una banda, un ejército,
una comunidad, un partido, una asociación, un sindicato, etc., al que prestemos
juramento y cuyos valores se conviertan en los nuestros. Por el contrario,
cuando sufrimos el miedo de no pertenecer más a ese sistema, tenemos mala
conciencia. La aspiración de pertenecer al grupo constituyente, en las capas
más profundas del inconsciente, el principal motor de nuestros actos. Mi
consciencia es el grupo, él es quien decide por mí que está bien y que está
mal.
—En realidad, la buena consciencia es una necesidad
infantil.
Cuando somos pequeños, todos hemos experimentado la interna
necesidad de sentirnos observados, aceptados y aprobados por nuestros padres,
porque lo peor que podía pasarnos era sentirnos excluidos de la familia. Y esa
es la razón por la que la fuerza de pertenencia que nos une a la familia es tan
colosal: para no ser excluidos y poder sobrevivir bajo la mirada de nuestros
padres somos capaces, literalmente, de todo, incluso, paradójicamente, de
morir. En la infancia, afirmo que el motor de este proceso es el amor puro. Sin
embargo, en la edad adulta, necesitamos liberarnos de la mirada de nuestros
padres porque ya no se trata de amor, sino de una mezcla de miedos y
costumbres. Evidentemente, liberarnos así implica correr el riesgo de
comprometernos con una vía que no coincida con los ideales de nuestros padres
y, de este modo, herir su amor propio. Así pues, esta liberación suele ir
acompañada de un sentimiento de mala conciencia. La mala conciencia también se
instala en nosotros cuando tenemos un sentimiento de deuda demasiado grande
para con nuestro grupo de referencia, básicamente una deuda que no podamos
pagarles a nuestros antepasados. De este modo, me he encontrado con muchos
judíos supervivientes de los campos de concentración que vivían en un continuo
sentimiento de culpabilidad con respecto a todos aquellos que habían perecido
allí. Se comportaban como si no quisieran vivir. Era su manera, absurda, aunque
totalmente comprensible, de pagar su deuda. Y esto aporta una luz adicional a
nuestra constelación: todos los intercambios tienen que equilibrarse; si
recibí, tengo que entregar; si doy, tengo que recibir algo a cambio. Es así. No
puedo constatarlo. La ley de los equilibrios es completamente ineludible. Puedo
perfectamente, en nombre de mi propia idea de la libertad, ir contra todas las
reglas de pertenencia grupal, pero debo saber que, en ningún caso, podré
sustraerme (ni a mis descendientes) del reequilibrio necesario, eventualmente
muy violento, de ese desvío. En este sentido, me parece ridículo limitar la
terapia transgeneracional, como hacen algunos, al hecho de separarse de su
destino genealógico, de liberarse de él; de cortar las raíces que no serán más
que trabas. En mi opinión, la liberación de la persona pasa por el
reconocimiento de sus lazos ancestrales. Negarlos, detestarlos, insultar a
padres y antepasados, borrar su recuerdo, dar rienda suelta a todos los
sentimientos negativos sobre ellos que nos alimentan, todo esto solo puede
llevar a una cosa: a culpabilizarnos a nivel inconsciente y castigarnos.
—Volvamos al objetivo de una constelación. Se trata de
reestablecer un orden en el sistema familiar, y eso significa que determinadas
leyes rigen este orden, ¿no?
B.H.: Efectivamente, porque cada tragedia familiar descansa
sobre una trasgresión de las leyes que rigen el sistema. Ya le he presentado
una de estas leyes: el sentimiento de pertenencia y sus digresiones. Cuando se
ha excluido o expulsado a un miembro de la familia, siempre hay quien, más
tarde, se sentirá inconscientemente implicado en el destino de la persona
excluida y retomará la exclusión como si fuera propia… sin entenderla, a menos
que recurra a una terapia transgeneracional. La segunda ley sistémica concierne
a la presencia: cada uno debe tener su lugar según una jerarquía cronológica
muy bien definida. Este orden no tiene nada de cualitativo. Sencillamente
significa que los padres van antes que los hijos y que los antepasados o
ascendientes antes que los descendientes. Por lo tanto, los mayores tienen
ventaja. Nadie puede entrometerse en asuntos de alguien que estaba allí antes
que él sin que eso cree un desorden. El caso del hijo que quiere morir en lugar
de su madre es un ejemplo muy ilustrativo, porque se entromete en los asuntos
de su madre. Con los años, he visto que todas las tragedias adoptan el mismo
patrón: un descendiente se entromete en los asuntos de un antepasado, y lo hace
con buena consciencia. Y lo que es peor, esa buena consciencia motiva la
infracción. Pero la presión de la conciencia de clan hace que fracase.
—¿Para qué grandes tipos de problemas debe uno recurrir a
la técnica de las constelaciones?
B.H.: Antes de responderle, quisiera insistir en uno o dos
puntos. Para empezar, una constelación no es un entretenimiento ni un
espectáculo. Uno no viene a hacer una constelación por curiosidad. Lo que está
en juego son asuntos bastante graves, porque el paciente sufre. Tanto si se
trata de una enfermedad, de una tendencia suicida como de un duelo no expresado
por una madre muerta en el parto, en resumen, de cualquier situación en la que
uno se encuentre impotente frente al sufrimiento, la constelación puede ser una
buena técnica. Evidentemente, en ningún caso puede utilizarse para saldar
cuentas con tal o tal miembro de la familia. Para eso existen otras terapias de
tipo emocional que son mucho más eficaces.
Las situaciones en las que las constelaciones son
especialmente útiles son, por ejemplo, las que giran alrededor de enfermedades
como cáncer o anorexia, problemas provocados por una adopción, pero también una
violación… el abanico es muy amplio. He trabajado en la cárcel con criminales;
pero también me he encargado de solucionar problemas de pareja. Una
constelación para evitar una separación, o para provocarla. El que quiere
marcharse sigue, quizás inconcientemente, el destino de un miembro de la familia
que, en otra época, se vio obligado a abandonar a la persona querida. Y el que
se queda lo hace, quizás, por lealtad a un antepasado que cobardemente abandonó
a su familia.
—Usted dice que los pacientes que sufren enfermedades
graves acuden a usted para consultarle. Pero usted no pretende que el objetivo
de la constelación sea la curación.
B.H.: A veces, la enfermedad se corresponde a un deseo de
expiación. Recuerdo a un paciente que se identificaba con su abuelo, que había
atropellado y matado a un niño con el coche. La enfermedad le permitía cargar
con el sufrimiento y la culpabilidad de su abuelo. Al renunciar a cargar con
esos sentimientos, su salud mejoró mucho. Pero, cuidado, no soy médico y se lo
repito: efectivamente, el objetivo de la constelación no es la curación. Mi
trabajo consiste, antes que nada, en reequilibrar olas fuerzas o las corrientes
(llámelas como quiera) que se crean en el seno de una familia.
Patrice Van Eersel
y Catherine Maillard
Mis antepasados me
duelen, página 54
Entrevista con DIDIER DUMAS
—Didier Dumas, usted fue uno de los pioneros en el
enfoque transgeneracional, ¿no está un poco sorprendido por la repentina
proliferación de investigaciones y prácticas que lo retoman después de varios
años?
Didier Dumas: La verdadera cuestión no es saber por
qué el enfoque transgeneracional ha vuelto a reaparecer en muchos estudios,
sino por qué había desaparecido del pensamiento occidental de una manera tan
abrupta. Fue como si la evolución de las ciencias y las técnicas, que
aparecieron a principios del siglo XVIII y proliferaron durante el siglo XIX,
hubieran vuelto la espalda al hombre moderno y que este se hubiera olvidado de
todo, olvidando incluso el lugar donde él mismo es un misterio y donde se
reúnen su sexualidad y su relación con sus antepasados. Ninguna otra
civilización se había descuidado así misma hasta ese punto. El pensamiento
chino, el pensamiento amerindio, el pensamiento africano, el pensamiento
australiano… todos están abiertos al enfoque transgeneracional y, para ellos,
la sexualidad es una de las bases de la salud. Nosotros hemos necesitado un
siglo para que el psicoanálisis redescubriera las evidentes bases del
funcionamiento humano. ¿Por qué tanto tiempo? Eso si que es una incógnita.
—¿Qué relación hay entre el sexo y los antepasados?
D.D.: El no-dicho (o impensado) transgeneracional, que yo
denomino fantasma y que provoca estragos considerables al transmitirse a los
descendientes, oculta esencialmente las preguntas relativas al sexo y la
muerte. Por lo tanto, es muy importante entender que venimos de una sociedad
que, a partir de la revolución francesa, se ha ido poniendo poco a poco
sexualmente enferma. Recordemos que, durante el reinado de Luis XVI, los
franceses todavía hacían el amor en público, o en familia, y que el mismo rey copulaba
con la reina a la vista de todos. La ola puritana empezó a helarlo todo a
partir del siglo de las luces, basándose en la tesis antimasturbación de la
nueva medicina que, viendo en esa actividad la peor de las plagas, sometió a
una tortura generalizada a los niños. Lentamente, se empezó a confundir a Dios
con la ciencia; todos se creían maestros que, armados con ella, podían
resolverlo y dominarlo todo. En el siglo XIX, este oscurantismo modernista se
convirtió en algo francamente aterrador. El cuerpo humano y el sexo fueron
literalmente torturados, hasta niveles inauditos, bajo el dominio de una
especie de alianza perversa entre los sacerdotes, los médicos y las madres de
la burguesía católica, en la que los médicos se revelaron peores que los
sacerdotes. Y esto es lo que engendró, uno no se cansa nunca de decirlo, dos
patologías de masas: la histeria maternal y el fetichismo de los padres, ¡con
la Virgen María por un lado y los prostíbulos por el otro! El psicoanálisis de
Freud nació en este contexto, y uno solo puede alegrarse por ello, aunque hay
que entender muy bien que su psicoanálisis tenía como única referencia
antropológica «normal» una gigantesca enfermedad humana: una humanidad dividida
en dos. ¡La madre y la puta! Y dentro de ese caos totalmente específico de
occidente, el medio de transmisión de la enfermedad de los antepasados ha caído
en la trampa.
—Antes de preguntarle sobre esa enfermedad, permítame una
reserva: Freud había reconocido que para fabricar un sicótico eran necesarias
dos o tres generaciones, ¿no? Algo de la dimensión transgeneracional se le
había quedado…
D.D.: ¡Pero si las palabras abuelo y abuela ni siquiera
aparecen en toda su obra teórica! Es una pregunta que se planteó al principio
de sus investigaciones. Aparece en la correspondencia que mantuvo con su amigo
Fliess. Sin embargo, a partir del momento en que construyó su teoría, rechazó
radicalmente esta manera de plantearse la enfermedad mental. Lo único que hace
las veces de eso en su obra es el Súper Yo. Freud no era psiquiatra, era
neurólogo. Nunca analizó a los sicóticos. Es una de las cosas que lo oponen a
Jung, que si era psiquiatra y sí los tenía en cuenta. Freud no ignoraba que las
enfermedades mentales podían transmitirse a los hijos, pero es algo que siempre
rechazó categóricamente. Lou Andréas-Salomé le preguntó al respecto. ¿Qué le
respondió Freud? «Espero no tener que ocuparme de eso mientras viva». Sin
embargo, Salomé le aporto casos clínicos parecidos al suyo.
El hermano pequeño de Freud murió de una enfermedad de
estómago y el propio Freud sufría unos dolores de barriga terribles los
domingos por la mañana, antes de ir a desayunar a casa de su madre. Vivía
atormentado por la muerte de su hermano pequeño, pero, a pesar de eso, o
precisamente por eso, no atendía a razones. Y sus discípulos y descendientes
tampoco. Siempre resulta sorprendente comprobar hasta qué punto la sucesión de
un genio puede engendrar un grupo de conservadores momificados que toman como
fetiches las ideas del maestro y se niegan a escuchar algo que se salga de las
enseñanzas que este les dio. El problema es que, a menudo, su fetichismo
(teórico) se aplica a las secciones más pobres de su pensamiento. Así, por
ejemplo, centrar todo el psicoanálisis en la teoría de la castración para
después aplicársela a un niño no tiene sentido. Con los niños, esta teoría, que
pretende que tengan miedo de que su padre los castre, no tiene sentido a menos
que el niño esté correctamente informado de la función de su sexo. Sin embargo,
muchos terapeutas no se dan cuenta de esto porque incluso los hay que aplican
esta teoría con las niñas. Es absurdo aplicar a los niños, sin otra fórmula,
conceptos elaborados en la clínica del adulto. Es un hecho que ha impedido a
varias generaciones de terapeutas entender que un niño no puede formarse en
armonía si no sabe que también ha salido de los testículos de su padre. Si no
se lo explican, no ve a su padre como tal, sino como un compañero de la madre.
Y a un compañero de la madre un niño puede tratar de seducirlo o de eliminarlo.
Además, si este niño tiene problemas, pongamos por ejemplo en el colegio, el
psicólogo al que lo llevan tiene muchas posibilidades de llegar a esta
conclusión: «No se preocupen, su hijo solo padece el complejo de Edipo». Sin
embargo, nunca les preguntará:
«¿Sabe su hijo que salió de los testículos de su padre?». Me
he dado cuenta que muchos abuelos, explicando marranadas por las esquinas, han
salvado a sus nietos porque, indirectamente, les han informado de la existencia
de su sexualidad. Pero Freud ignoraba que la psique familiar es una entidad
propia que actúa al mismo nivel que la psique individual…
—¿Podría precisar qué es un fantasma, según usted?
D.D.: En realidad, si el trabajo con los niños sicóticos me
llevó a interesarme por el taoísmo, la acupuntura y el chamanismo, es en gran
parte porque todas estas materias se preocupan por los muertos; es decir, por
nuestros familiares, seres queridos, amigos o antepasados que están «mal
muertos» y que, de un modo u otro, siguen mortificándonos. El psicoanálisis
freudiano, queriendo desmarcarse de lo religioso y adoptar un aire científico,
se saltó la muerte. Se interesó directamente en el duelo. Sin embargo,
alienándose con los científicos, no quiso saber nada de las representaciones
del más allá en el espíritu humano ni para qué sirven. Es como si hubiera
limitado la muerte a la dimensión material: el cadáver. Sin embargo, el ser
humano no puede vivir sin un sistema de representaciones de la muerte que,
además, es indisociable de su sexualidad. Por eso, preocuparse por los muertos
que no pueden continuar su camino tranquilamente es una tarea de higiene
mental. Un trabajo que, desde siempre, se ha considerado tan esencial como
indispensable, para el interés de todos, del difunto y de los que lo sobreviven
y en todas las culturas, excepto en la nuestra, donde el materialismo tiende a
limitar la relación con el difunto a la calidad del ataúd con que lo enterramos.
Las consecuencias que esto implica son enormes. Estamos repletos de angustias y
duelos no expresados, atormentados por todo tipo de patologías ancestrales que,
a juzgar por lo que me han enseñado mis pacientes, provocan problemas que solo
los médicos que trabajan con las energías parecen saber curar. Afortunadamente,
desde hace varias décadas, nuestro mundo ha redescubierto el acompañamiento a
los muertos y se ha empezado a hacer un trabajo de fondo sobre la relación con
los antepasados y lo transgeneracional que, en la mayoría de las obras de esta
ciencia, nace lo que Nicolás Abraham denominó fantasma.
—¿Quiere decir que vivimos atormentados por todos
aquellos seres queridos que murieron sin haber podido arreglar sus problemas
emocionales y psíquicos más importantes?
D.D.: Todo tipo de problemas pueden ser consecuencia de que
los muertos de la familia no pudieran liberarse de sus traumatismos antes de
morir. En términos de Nicolás Abraham, el fantasma es «una patología del
inconsciente que se transmite de inconsciente a inconsciente en las relaciones
de filiación». Este concepto modifica considerablemente la visión
psicoanalítica. Para Freud, el inconsciente está formado únicamente por
experiencias olvidadas de nuestra primera infancia. Nicolás Abraham también
habla de experiencias olvidadas, pero tanto de nuestros padres, de antepasados
más lejanos como de varias generaciones atrás.
Hoy en día podemos ser más precisos: el fantasma siempre es
un traumatismo relacionado con el sexo o con la muerte, y pocas veces otra
cosa. Un traumatismo que se transmite a las siguientes generaciones bajo la
forma de secreto de familia. Evidentemente, estos traumatismos pueden asociarse
a traumatismos colectivos como guerras, deportaciones, etc. Por ejemplo, yo
viví personalmente una experiencia turbadora cuando descubrí, en el museo del
Desierto, cerca de Anduze, en las Cevenas, que mis antepasados protestantes
sufrieron el equivalente a la Soah después de la revocación del edicto de
Nantes, cuando las dragonadas exterminaron de Francia todo lo que no fuera
católico. Esas masacres fueron, en mi historia, totalmente ocultadas por otro
fantasma que había heredado de pequeño: el fantasma de Auschwitz.
Esta dimensión colectiva de la transmisión de los
traumatismos no la percibieron ni Freud ni Nicholás Abraham. Por lo tanto,
nuestras estructuras mentales solo son individuales parcialmente. Todo lo que
Freud denominó el Super Yo es, a fin de cuentas, la psique colectiva. En
términos clínicos, el fantasma no es un antepasado mal muerto que hace
cosquillas en la planta de los pies de sus descendientes, sino una estructura
emocional, familiar o colectiva que simula que no lo hemos enterrado. Muy
esquemáticamente, podemos decir que el fantasma actúa como una Gestalt
energética: una forma emocional, familiar, cultural o social que el niño
duplica, construyendo sus estructuras mentales dentro de las de sus padres.
Ahora bien, esto se produce en la época en la que el niño, que todavía no
habla, se beneficia de una psique comunitaria: la de las estructuras familiares
en las que ha nacido. El fantasma es un objeto de la estructura familiar antes
de ser lo que se transmite al niño. Este aspecto colectivo es el que hace que,
asociado al chamanismo, el análisis transgeneracional cuide de todos, vivos y
muertos, al mismo tiempo. Para mí, el chamanismo explica lo que le falta al
psicoanálisis. Al contrario que este, el chamanismo dispone de un conocimiento
de la muerte que no lo limita al cadáver. Y la clínica de los mal muertos es
aproximadamente la misma que en el taoísmo. Sin embargo, en cuanto a los vivos,
el psicoanálisis transgeneracional es, sobre todo, el único susceptible de
crear una clínica parental eficaz.
—Esta maldición que da la preponderancia al impensado
genealógico aparece en sus libros sobre la Biblia. Hablemos de estos fantasmas
que tan ocupado lo han tenido en estos últimos años.
D.D.: Ha habido tres cosas que me han empujado a intentar
adivinar el sentido original de los mitos bíblicos: en primer lugar, la lectura
que Dolto hizo de los Evangelios; en segundo lugar, el descubrimiento del
martirio de mis antepasados cristianos, en el museo del Desierto en las
Cevenas, de lo que ya he hablado; y en tercer lugar, la lectura de un libro
sobre el síndrome de Auschwitz, firmado por un número de deportado, Ka. Tzetnik
135 633 que se llama Les Visions d'un rescapé. Para intentar escapar de las
pesadillas que todavía continuaban torturándolo, treinta años después de su
liberación del campo de concentración, el autor, Yechiel De-Nur, aceptó
someterse a una terapia bajo los efectos del LSD en Holanda. Este hombre tenía
los mismos síntomas que yo había visto en el segundo marido de mi madre, que
también era un superviviente de los campos nazis. Me pasé toda la infancia
escuchando a mi padrastro explicar los horrores que habían vivido. El libro de
Yechiel De-Nur me tocaba de cerca. Se curó revisando la concepción del mundo
que se había forjado, de niño, a partir de la lectura del Génesis. Y como el
LSD le daba una visión distinta a la que los rabinos le habían inculcado, era
lógico que me sumergiera en esa mitología. Lo primero que descubrí fue que todo
el psicoanálisis contemporáneo no solo estaba ya inscrito en la mitología del
Génesis, sino que el Libro de los libros es, sobre todo, una obra de teoría
transgeneracional que no tiene nada que envidiar a las más recientes
investigaciones sobre este tema. En ella, dios se define como la instancia
responsable del hecho que los fallos de los padres se transmitan a las
siguientes tres o cuatro generaciones. Y esto es exactamente lo que nos
encontramos en las clínicas; para cuidar a un niño sicótico, hay que remontarse
tres generaciones, en algunos casos incluso cuatro, como en el caso de
Jean-Michel, un chico autista de diecinueve años, donde el origen de sus
problemas se encontraba en la cuarta generación de sus antepasados.
El hecho de que la transmisión de la vida sea orquestada por
un ciclo de tres generaciones es una dimensión antropológica universal. Este
ciclo, por ejemplo, estaba implícito en la pregunta que la Esfinge le formuló a
Edipo: «¿Cuál es el animal que por la mañana tiene cuatro patas, al medio día
tiene dos y por la noche tiene tres?». Edipo respondió: «el hombre». La
respuesta no es ningún misterio porque su historia no es solo una historia de
pies, sino una historia de pies inscrita en su genealogía paterna. Edipo
significa pie hinchado, su padre se llamaba el «patoso» y su abuelo, el «cojo».
Este ciclo aparece en todas las culturas, porque es el de la identificación:
para poder construirse, al principio el niño debe poder identificarse con lo
que se desplace a cuatro patas, es decir, consigo mismo, con su yo y con su
nombre, Alrededor de los cuales construye sus estructuras mentales. Más tarde,
para integrar la sexualidad, debe identificarse con los que van a dos patas,
con sus padres; y para entender la muerte, debe hacerlo con los que van a tres
patas, es decir, sus abuelos.
Le Biblia es un libro que fundamenta el patriarcado y en el
que el papel de los patriarcas es transmitir, sin debilitarlo, el Aliento
divino que le confiaron a Adán. Y la palabra es como ese Aliento; la falta y el
pecado se presentan, en este caso, como un rechazo a hablar, una ausencia de
palabra que se transmite de un modo parecido al del fantasma, y cuyo ejemplo
principal es la historia de la descendencia de Caín. Este enfoque convierte el
Génesis en una historia totalmente distinta al que nos explicaron los
sacerdotes.
Adán tuvo dos hijos, Caín y Abel. Sin embrago, como no los
concibió del mismo modo que Dios le concibió a él, es decir, en el nombre y la
palabra, el hijo mayor, Caín, pervierte la transmisión del Aliento divino. Caín
se muestra no solo incapaz de poder hablar con su hermano, sino que sustituye
la palabra por un acto en el cual deja que su cuerpo se imponga por encima de
su espíritu: lo mata. Así pues, no es Eva, como han repetido hasta la saciedad
los religiosos, sino Caín el que encarna la figura del enfermo mental e
histérico responsable del pecado original. Caín, igual que las mujeres
histéricas, está atormentado por sus identificaciones maternas. Ante la falta
de un padre, lo busca en Dios. Pero ante el hecho de que este acepte la ofrenda
de Abel y no la suya, mata a su hermano. Y esto no solo deja entender que Dios
no puede, en ningún caso, reemplazar al padre, sino que convierte a Caín en el
padre de los integristas. ¿Y qué futuro depara la Biblia a los integristas?
Enfrentado a la locura de Caín, Dios no lo condena a muerte. No puede hacerlo:
las almas de los seres que ha creado son inmortales. Por lo tanto, lo condena a
vivir eternamente… bajo la forma de un fantasma. Y por eso el texto continúa
con la descendencia de Caín en la que el fantasma fraticida vuelve a aparecer
en la séptima generación, con el regreso del nombre del antepasado asesino. Su
descendiente, Lamek, tiene un hijo. Sin embargo, al llamarlo Tubal-Caín empieza
a delirar porque cree que él ha cometido el crimen de su antepasado. Y así es,
explica el texto, como la falta de Caín (su incapacidad para poder hablar con
su hermano) se transmite, y se amplifica con el paso de las generaciones, para
crear una humanidad constituida por individuos que han desarrollado el cuerpo
en detrimento del espíritu. Y eso es lo que dios intentará remediar con el
diluvio.
Abel encarna el estereotipo del descendiente sacrificado. Es
el esquizofrénico que no fue concebido en un proyecto y unas palabras. En
hebreo, Abel significa dos cosas: nada y vaho. Por lo tanto, en el lenguaje
Abel significa la nada, el vacío. A este respecto, el texto dice: «Eva concibió
la Nada (Abel)». Así pues, Caín mató a su hermano bajo la influencia de sus
identificaciones maternas. Eva concibió a un hijo de una forma de automatismo
animal jamás pensada. Hizo la Nada. Caín no hizo más que prolongar o acabar lo
que su madre había empezado: ¡elimino la Nada! Adán, cuando entendió el error
que había cometido con sus dos primeros hijos, lo reparó. Concibió a Seth, su
tercer hijo, igual que Dios lo concibió a él, en el nombre y la palabra. Por lo
tanto, le tocó a Seth cargar con la responsabilidad de transmitir el Aliento
divino. Y no lo tuvo nada fácil porque, Adán entendió las razones del drama,
Eva no lo hizo. Ella concibió a Seth en sustitución de su hijo muerto, Abel. De
este modo, el fantasma del fraticida engendrado por Caín se transmite, a través
de las mujeres, a la descendencia de Seth, hasta Abraham y sus hijos. Los
patriarcas encarnarán así una línea de descendencia modelo. Erradicarán el
fantasma de Caín resolviendo, en cada generación, una rivalidad fraternal. Y
después de haber garantizado la buena transmisión del aliento divino, les
bastará con tres o cuatro generaciones para engendrar un genio, José, que,
después de haber dado a Egipto sus estructuras sociopolíticas y de haber
perdonado a sus hermanos por haberlo vendido como esclavo a los beduinos,
fundará las doce tribus de Israel…
Todo lo que el psicoanálisis descubrió miles de años
después, ya estaba escrito en ese texto. Y eso cambia completamente la manera
en que la Iglesia nos lo presentó. Así, me quede boquiabierto al descubrir que,
en el sacrificio de Isaac, donde la voz divina le pide al fundador del
monoteísmo que sacrifique a su hijo por él, no es, como siempre ha defendido la
iglesia, la fe de Abraham la que se pone a prueba. En el texto, Abraham es el
«amante» del Creador; no hay ninguna duda de su fe, es un «loco» de Dios. Y
queda demostrado en el acto de sumisión en toda ley. Lo que Dios puso a prueba
era su capacidad de ser un padre conforme con el modelo bíblico. Y lo hizo
obligándolo a enfrentarse a la madre narcisista y posesiva en que se había
convertido Sara. Ella había encerrado a su hijo mayor, Ismael, con Agar, su
madre, en el desierto donde habrían muerto si un milagro divino no los hubiera
salvado, y Abraham no podía ser el padre de los patriarcas si dejaba que su
mujer decidiera de esa manera la suerte de sus hijos. La prueba que le impuso
dios pretendía enseñarle a no comportarse como una madre, que se niega a
admitir que su hijo está, como todo ser vivo, destinado a morir y que, en
última instancia, pertenece a Dios y no a sus padres.
—Remitamos a nuestros lectores a La bible et ses
fantômes, donde analiza de manera sorprendente los once primeros capítulos del
Génesis, cerrando provisionalmente la investigación en la torre de Babel y en
los hijos de Noé con una teoría muy original de la constitución de las clases
sociales. Ahora, en el marco de esta entrevista, nos encantaría poder
establecer una relación entre la dimensión transgeneracional del espíritu y
otro eje muy importante en su investigación: el chamanismo.
D.D.: La concepción chamánica del mundo constituye una base
antropológica universal de donde nacieron todas las religiones. En la Biblia,
esta herencia aparece, por ejemplo, en el río de cuatro brazos en el jardín del
edén, que simboliza los Cuatro Orientes del chamanismo. O en la serpiente que
inicia a Eva en la sexualidad y que tiene todas las características de los
Animales de Poder. Pero también aparece en la numerología que marca el texto.
Las religiones del Libro han renegado, más o menos radicalmente, de esta
dimensión de sus orígenes. El chamanismo tiene la ventaja de haberla
conservado. En él, podemos encontrar, por ejemplo, un saber sobre la muerte, el
fantasma y la enfermedad de los antepasados que, aunque fue puntual en la
mitología de los descendientes de Adán y Eva, poco a poco se fue perdiendo.
Para los chamanes, los muertos que no pudieron, por distintas razones, llegar a
las puertas de la Gran Luz, se quedan prisioneros de sus angustias o ilusiones
terrestres. Algunos porque se fueron cuando todavía tenían asuntos que
arreglar, otros porque ni siquiera se dieron cuenta de que estaban muertos o
porque ellos o sus seres queridos nunca pudieron aceptar la idea mientras
vivían. Cuando alguien muere sin que un trabajo o duelo le haga llegar a las
puertas de la Gran Luz, entonces se crea, entre el muerto y los vivos, esta
entidad relacional denominada fantasma, que les permite, a los dos, seguir
viviendo juntos, aunque ilusoriamente. Sin embrago, al transmitirse de
generación en generación, esta entidad relacional se va convirtiendo en
patógena, porque no está al servicio de los proyectos de los vivos, sino de los
que el muerto no ha podido realizar. Llegados a este punto, el trabajo de un
chaman es del mismo orden que el del psicoanálisis transgeneracional. Nunca nos
preocupamos por los muertos excepto cuando los vivos los retienen encerrados
inconscientemente en sus estructuras emocionales, y no lo hacemos si no nos lo
piden. La diferencia es que los psicoanalistas consideran que los fantasmas son
objetos del inconsciente, mientras que los chamanes creen que son almas que,
como la de Caín, no pudieron llegar a la Gran Luz y que siguen viviendo en una
psique terrestre y común, la de todo el planeta.
—¿Su trabajo de acupuntura le ha abierto los ojos ante
estas cuestiones?
D.D.: Aprendí acupuntura, pero lo que realmente me fascinó
fue el pensamiento taoísta. Allí descubrí una alquimia sexual increíble: un
saber sobre la sexualidad que no tiene ningún equivalente en las otras
culturas. Así pues, el principal lugar de aprendizaje para mí fue el taoísmo.
Pero nunca he practicado la acupuntura porque, en la China antigua, los
acupuntores no tenían en cuenta el fantasma; lo hacían los Maestros de los pies
descalzos: los sacerdotes o los chamanes. En los rituales de exorcismo, los Maestros
de los pies descalzos no se van solos, adentrándose en el astral como hacen los
chamanes. Reciben a toda la familia y sirviéndose de las capacidades innatas
como médium de los adolescentes vírgenes, invitan a los antepasados «mal
muertos» a acudir ante sus descendientes y explicarse a través de su boca. Y
eso les permite saber qué hacer para dejarles seguir su camino. Tienen la misma
concepción que los chamanes.
La muerte no es un paso instantáneo de un estado a otro,
sino un proceso que requiere mucho tiempo. No todos los órganos mueren a la
vez; si así fuera, sería imposible sacarlos para transplantes. Y en el plano
espiritual sucede lo mismo. Los chamanes no lo consideran una unidad única e
indivisible, sino un conjunto de varios envoltorios, o cuerpos sutiles, que no
están todos destinados a acompañar al alma hasta la Gran Luz. Después de
separarse del cuerpo físico, el difunto todavía tiene que deshacerse del primer
envoltorio, llamado el cuerpo etérico, que los chamanes consideran como la
parte de nuestra constitución psíquica que compartimos con los animales y que
dicen que debemos devolvérsela, al morir, para darles las gracias por habernos
alimentado durante nuestra vida.
—¿Podría recordarnos cuáles son, según esa visión de la
vida, los diferentes cuerpos sutiles?
D.D.: estos cuerpos corresponden a los diferentes planos de
organización de la vida. Algunas tradiciones nombran doce, pero en el
chamanismo se trabaja sobre los cuatro primeros, porque son los que determinan
nuestra consciencia. A excepción del primero, el cuerpo físico, los otros tres
no tienen ninguna consistencia material. Por lo tanto, no se pueden comprender
a través de la percepción ordinaria. Un cuerpo es un conjunto de elementos de
la misma naturaleza, delimitado por una frontera. Los cuatro cuerpos
corresponden a los cuatro lados de la conciencia, es decir, los cuatro primeros
niveles de la vida de los que depende la conciencia.
El primero, el cuerpo físico, está formado por moléculas.
Podríamos llamarlo el cuerpo molecular. Es el único cuyas fronteras son
visibles y también es el único que, actualmente, está reconocido por la
ciencia. El segundo está formado por esa energía llamada aliento en la Biblia y
Qi en la medicina china, y es lo que diferencia un cuerpo vivo de un paquete de
carne cruda. En el siglo XIX lo bautizaron como cuerpo etérico porque, en aquella
época, sonaba a nombre científico; por aquel entonces, creían que el vacío
estaba lleno de éter. En la actualidad, la percepción del vacío es distinta: lo
vemos como constituido por una multitud de partículas virtuales. En mi opinión
se tendría que llamar el cuerpo de vacío, porque las cosas se mueven, se animan
y viven porque hay vacío en la materia. La acupuntura, que actúa sobre este
cuerpo, lo entendió perfectamente: el ideograma que los chinos utilizan para
designar un punto de acupuntura significa vacío, caverna, gruta. El cuerpo
molecular y el cuerpo de vacío son envoltorios puramente terrestres. Son de los
que la muerte debe desprenderse para poder llegar a la Gran Luz. Después viene
el tercero, tradicionalmente llamado cuerpo astral porque es un envoltorio
mental que permite, con la única ayuda del pensamiento, proyectarse hasta el
otro extremo del universo o entre los astros. Está formado por todo lo que
tiene que ver con la representación: imágenes visuales, acústicas, táctiles… un
conjunto de todo lo que hemos memorizado a lo largo de nuestra existencia para
representarnos el mundo. Es el tselem de la mística judía: el vestido del alma,
la memoria de la vida terrestre en la que se envuelve el muerto a partir.
También recibe el nombre de cuerpo emocional, porque es la base de los efectos
y las emociones que animan nuestras relaciones con los demás y con el universo.
Es un cuerpo bastante parecido a la imagen inconsciente del cuerpo de Françoise
Dolto, que es la memoria espacio-temporal de nuestros afectos y nuestras
emociones. Por lo tanto, un psicoanalista estaría tentado de llamarlo cuerpo de
representación porque es a bordo de este cuerpo donde nos embarcamos hacia el
mundo de los sueños o la Otra Realidad, en la que los chamanes evolucionan.
El cuerpo de vacío se percibe y se expresa a través de esas
vibraciones particulares que son sensaciones. Es con el que conectamos cuando
tomamos el sol. Está relacionado con lo que yo llamo paz de sensaciones,
nuestro envoltorio energético y sensitivo, igual que con todos los órganos
sensoriales. En cambio, el cuerpo de representación corresponde a lo que
conocemos como sistema de representación, es decir, la memoria con la que el
cerebro interpreta y clasifica lo que los órganos sensoriales perciben.
Sin embargo, a nivel espiritual, la representación no es lo
más misterioso. ¡Lo más sorprendente es que podamos darle sentido a las cosas y
al mundo! Que nuestra vida y el universo puedan tener un sentido. La
representación, por sí misma, puede ser absurda o delirante. Igual que con la
locura. Y de ahí el cuarto cuerpo, el que organiza el sentido. El cuarto
cuerpo, el cuerpo de sentido, corresponde a lo que los psicoanalistas llaman la
construcción del individuo o del Yo. Hay quien lo llama cuerpo mental, reconociendo
que no se trata propiamente de un cuerpo, sino más bien de una estructura. En
la obra de Rudolf Steiner, es lo que aparece como el Yo y Él (el Yo
convirtiéndose en Él cuando se refiere a un estado de salida del cuerpo). Para
él, esta sería una instancia que la vida tendría como objetivo antes de
construirse. El hecho de ser capaz de desplazarse solo, después de la muerte, y
de no tener que esperar, acurrucado en una esquina del espíritu, que con o sin
la ayuda de un chamán los ángeles vengan a buscarte, depende, para él, de la
calidad de dicha construcción que es el cuarto cuerpo. Pero si hay quien ve una
estructura antes que un cuerpo, es porque se trata de un nivel donde el
espíritu es colectivo. Es la estructura que hace de nosotros seres comunitarios,
el cuerpo que organiza nuestras relaciones con los demás, permitiéndonos
ahondar en ella y evolucionar.
Estos cuerpos se reúnen en los tres tesoros de la medicina
china: Jing, las esencias que constituyen el cuerpo físico; Qi, el aliento que
es la textura del cuerpo etérico. Y shen, el universo del espíritu y de los
espíritus, que corresponde a los cuerpos astral y mental. La antroposofía, el
taoísmo y el chamanismo también tienen concepciones de la vida bastante
similares. Como también lo es la manera de abordar el fantasma. Si se trata de
una muerte reciente, al principio hay que ayudar a la persona que hace la
consulta a asumir un trabajo de separación. ¡Si no es ella la que decide
hacerlo, no vamos a conseguir nada! Si se trata de un antepasado más lejano,
podemos guiar a esta persona para indicarle el camino. Si no puede hacerlo
sola, podemos hacerlo por ella. Pero el objetivo siempre es el mismo: permitir
que el antepasado, inmovilizado en las estructuras terrestres del espíritu,
encuentre su camino hacia la Gran Luz. Se parece un poco a un psicoanálisis
post mortem del antepasado. A su manera, los chamanes hacen lo que los budistas
tibetanos cuando, de forma preventiva, acompañan el viaje del alma cuarenta y
nueve días a partir del momento en que abandona el cuerpo terrestre.
—Habla como alguien que cree firmemente en la existencia
de una vida más allá de la que normalmente conocemos…
D.D.: No me baso en creencias, particularmente. Creer es
adoptar las ideas de otro o de un grupo. Mis trabajos están basados en la
experiencia humana. ¿A partir de qué experiencia pensamos esto o lo otro? ¿Esa
experiencia es nuestra o de otros? La vida es una experiencia. Si la asumimos,
es que creemos en ella. Y aunque la creencia en la vida puede parecer
increíble, aparece en primer lugar en la niñez. Los niños no creen en la muerte
del espíritu. Los niños sicóticos que tienen un acceso natural a la Otra Realidad
son muy radicales en este punto. El hecho de que no lleguen a adaptarse a
nuestra realidad suele ser compensado por todo tipo de dones sobrenaturales. Y
si no creen en la muerte es porque la mayoría tienen, como los chamanes, la
capacidad de entrar en contacto con los muertos. A este respecto, hay que leer
lo que ellos dicen en Un clavierpour tout dire, el último libro de
Anne-Marguerite Vexiau: que somos «mentirosos por decir que los muertos no
existen»; que hay que, por el contrario, «avivar a los muertos» (pensar en
ellos); y que, si los «avivamos, los muertos pueden ayudar mucho a los niños
autistas».
Por lo tanto, no voy a perder el tiempo en polémicas sobre
la existencia o no del más allá. Mis investigaciones versan sobre la realidad
de nuestras experiencias mentales, y cómo se nos presenta la muerte es una de
ellas. No tenemos la necesidad de demostrar científicamente la existencia de un
fantasma para entender qué quiere decir. Sucede lo mismo cuando uno estudia
como se presenta la muerte en el espíritu humano.
De hecho, las representaciones de la muerte siempre aparecen
sobre dos caras antinómicas. Por una parte, tenemos que alimentarnos y respirar
continuamente. Bajo esta perspectiva, nos pasamos la vida luchando contra la
muerte y esto es, al mismo tiempo, lo que nos da más miedo. Pero, por otra,
como Freud lo constató en Más allá del principio del placer, todo el mundo, en
su inconsciente, se cree inmortal. Sin embargo, la medicina materialista, al
considerar únicamente la muerte bajo el aspecto de cadáver, solo consigue
ampliar el miedo que despierta en nosotros. Y eso implica un gran desgaste de
energía. Y aunque las investigaciones sobre la muerte, la angustia y el
fantasma empiezan a dar sus frutos, quiero constatar una cosa: en primer lugar,
que en nuestra rica y lujosa sociedad estamos completamente desprovistos de
palabras y pensamientos para explicar cómo vivimos la muerte, la nuestra y la
de los demás y, en segundo lugar, que todavía sabemos muy poco sobre el
psiquismo humano.
(…)
… se podría decir que existen tantos tipos de chamanismos
como etnias, chamanes o individuos. Sin embargo, la estructura cosmológica a la
que se refieren todos (los Cuatro Orientes y los Tres Mundos, unidos por el
Árbol de la vida) es la misma. Es una vía que se diferencia de las demás
opciones espirituales por la dimensión tan concreta de su objetivo, básicamente
orientado hacia la búsqueda de información que permita mejorar nuestra vida.
Esto implica, en primer lugar, un trabajo intenso en uno mismo a través del
cual cada uno debe encontrar sus propias herramientas y adoptar su camino. En
este aspecto, el chamanismo es una espiritualidad desprovista de dogmas cuya
única presuposición es la imposibilidad de llegar a las profundidades del
espíritu si no es hablando de uno mismo. Por esto, lo aconsejo a aquellas
personas que se estén sometiendo o se hayan sometido a psicoanálisis. El
chamanismo completa o prolonga el trabajo, pero es mucho más apropiado que el
psicoanálisis para los que sufren problemas sicóticos. El psicoanálisis y el
chamanismo exploran el mismo registro mental: la psique originaria. El
psicoanálisis accede a ella a través del análisis de los sueños, y el
chamanismo la explora a través del trance o viaje astral. Sin embargo, el
chamanismo dispone de un saber más antiguo que el psicoanálisis como, por
ejemplo, todo lo relativo a la parte colectiva y cultural que constituye al
individuo o la clínica de los antepasados muertos, algo que el psicoanálisis
siempre ha tendido a obviar.
(…)
Sobre la cuestión de la muerte y la relación con los
antepasados, si queremos superar ideologías, ignorancias, prohibiciones y
prácticas, tenemos que, como bien explica Élisabeth Kübler-Ross, considerar a
los niños como nuestros maestros, sobre todo cuando padecen problemas mentales
contrarrestados por los dones que nosotros no entendemos o por enfermedades
incurables que hacen que estos niños tengan los días contados. Kübler-Ross
también dice que los niños que saben que tienen una enfermedad incurable han recibido
un regalo: un desarrollo mental muy superior a la media y una sabiduría
espiritual ante la muerte de la que la mayoría de los que intentan trabajar en
este terreno están muy lejos. Ginette Raimbault (una psicoanalista que trabajó
en el ámbito hospitalario con esta clase de niños), en uno de sus libros
explica la historia de uno de ellos: ante el inminente final de su vida, el
niño deja el hospital para poder morir en casa y, cuando sube al taxi con su
madre, él es la única persona de todos los adultos presentes capaz de decir:
«¡Deja el numerito ya, mamá! ¡Te prometo que no voy a morirme en el taxi!
¡Tenemos todo el tiempo del mundo!».
Patrice Van Eersel
y Catherine Maillard
Mis antepasados me
duelen, página 85
Entrevista con CHANTAL RIALLAND
Cuando toda nuestra familia ha desaparecido, no es exagerado
decir que se perpetúa en nosotros: bajo forma de cualidades, pero también de
patologías que únicamente una lúcida remontada en nuestro árbol genealógico
tiene posibilidades de curar.
Patrice Van Eersel
y Catherine Maillard
Mis antepasados me
duelen, página 86
La mayoría de nosotros hemos nacido de, como mínimo, un acto
de amor entre un hombre y una mujer. ¿Sospechaban ellos, al quererse, los
problemas que estaban a punto de legarnos? Primer objetivo de la genealogía:
ayudarnos a tomar conciencia de las influencias que nuestra familia ejerce
sobre nuestra vida, desde el interior de nosotros mismos; dicho de otra manera:
cuanto mejor entendamos nuestras raíces, mejor podremos librarnos de ellas.
Patrice Van Eersel
y Catherine Maillard
Mis antepasados me
duelen, página 86
Entrevista con CHANTAL RIALLAND
—Podríamos decir que usted era unapsicoterapeuta clásica.
¿Cómo ha llegado a interesarse por la psicogenealogía?
Chantal Rialland: Todo empezó con una entrevista que
mantuve con Alejandro Jodorowsky. Hacía un año que ejercía de psicoterapeuta
cuando, siguiendo los consejos de un amigo, acudí a su consulta para una sesión
de lo que él llamaba el Tarot en cuatro etapas, o dicho de otra manera, un
tarot del árbol genealógico. Inmediatamente, sus preguntas me llevaron a hablar
de personas de las que nunca lo había hecho en mi propio trabajo analítico,
como por ejemplo mis abuelos y mis bisabuelos, ¡esos maestros silenciosos de mi
destino que nunca conocí! Sabía que la familia nos constituye, pero hasta
entonces solo había intentado entender el lazo que me unía a mis padres. Ahora
bien, ¿cómo podía imaginar entender mi relación con mi madre sin evocar su
relación con su abuelo, mi bisabuelo, que murió cuando ella tenía diecinueve
años? Este reencuentro con mi clan también pasó por el descubrimiento del papel
de mi padre en el seno de la genealogía y de su propia historia con sus padres.
Mi abuela murió cuando yo tenía diez años así que no me acuerdo mucho de ella.
En resumen, todos somos fruto de un árbol genealógico y esta
concienciación revolucionó mi práctica profesional: el sufrimiento, que es una
herencia que se transmite de generación en generación, adquiere un sentido
completamente distinto con la psicogenealogía. Poner esto en práctica fue un
verdadero desafío porque mis pacientes, por muy dispuestos que estuvieran a
hablar de ellos, no lo estaban tanto a hablar de sus antepasados. Sin embargo,
yo estaba dispuesta a integrar la psicogenealogía en la psicoterapia analítica
clásica. Y con esta disposición recibí durante tres años formación por parte de
Alejandro Jodorowsky.
Patrice Van Eersel
y Catherine Maillard
Mis antepasados me
duelen, página 87
—Desde hace unos años, estamos asistiendo a una verdadera
explosión de la genealogía. En cada familia, siempre hay alguien que quiere
hacer un árbol genealógico. ¿Qué opinión le merece este fenómeno?
C.R.: vivimos en una sociedad en plena mutación. La familia
ha tenido buenos y malos momentos: refugio para unos, infierno para otros.
Hemos pasado del «familia te odio» al «familia te quiero». Además, el modelo
clásico de familia también ha cambiado. Recompuesta, monoparental, homosexual;
los códigos y los ritos ya no son los mismos. Esto ha aumentado el deseo de
conocer su historia, su filiación, sus raíces. En una sociedad en movimiento,
en la que perdemos los puntos de referencia, queremos vincularnos a nuestras
raíces, queremos encontrar nuestro lugar en la genealogía. En pocas palabras,
buscamos nuestra identidad. Este interés también ha aparecido en la
psicoterapia. Antes conocíamos las terapias para niños, para adolescentes, para
la pareja… en la actualidad, examinamos las angustias transgeneracionales.
—¿Cómo funcionan, en psicogenealogía, los mecanismos de
protección?
C.R.: Es una palabra clave. Los niños de una misma familia
no son objeto de las mismas proyecciones por parte de sus padres. Tuve la
oportunidad de trabajar con una familia que tenía cinco hijas. Entre la mayor,
que pudo disfrutar de su padre hasta los diecinueve años, y la pequeña, que lo
perdió a los cinco, la psicogenealogía era completamente distinta. Sin embargo,
aunque cada uno tenga una historia particular, todos tenemos un punto en común:
desde el anuncio de nuestra concepción, nuestros padres, inconscientemente, nos
encargan la función de dar sentido a sus vidas. En otras palabras, el niño
recibe los fantasmas de sus padres, pero también los de sus abuelos, tíos y
tías. La familia proyectará en nosotros deseos corporales, sexuales, afectivos,
intelectuales, etc. Obviamente, esta proyección es totalmente inconsciente: de
repente, El niño tiene que ser el encargado de recuperar los sueños perdidos se
le pide que triunfe donde otros han fracasado o que perpetúe los modelos
estrella de la familia.
Patrice Van Eersel
y Catherine Maillard
Mis antepasados me
duelen, página 87
—¡Entonces, a priori, todos tendríamos un cuerpo en
cierto modo psicogenealógico!
C.R.: exacto. La familia se reconoce a través del cuerpo del
hijo y se atribuye pequeñas partes del bebé. La red familiar se refuerza
alrededor del cuerpo del pequeño. Solo falta que ese cuerpo psicogenealógico
interactúe de manera más o menos positiva con nuestra evolución. Es decir, que
en definitiva no queremos forzosamente parecernos a nuestra tía que, por un
lado resulta ser poco simpática y por otro es la imagen de la santidad, ¡y la
vida monacal no es lo que nosotros soñamos! En realidad, las proyecciones
actúan de distintas maneras y el terreno del cuerpo psicogenealógico es muy
interesante. Frases como «No te engordes como tu abuela», que sin embargo son
anodinas y habituales, pueden generar síntomas muy claros. Porque, para
conformarse con los deseos de sus padres, el hijo se identificará con todas sus
proyecciones, arriesgándose a crear un desequilibrio entre su cuerpo y su
mente.
El sexo tiene un papel evidentemente considerable en la
huella de este cuerpo psicogenealógico. Para la mayor parte de nuestros padres,
tener un hijo o una hija está lejos de ser algo neutro, ¡todo lo contrario!
Nacer chica si tus padres esperaban un chico suele tener graves consecuencias.
Y lo mismo para un chico.
—¿Cómo actúan las proyecciones? ¿Son, obligatoriamente,
traumatizantes?
C.R.: La mayor parte del tiempo, actúan a través de las
palabras. Por ejemplo, las etiquetas y los atributos con los que los padres no
dejan de llamar a sus hijos, como «pulguita» o «ratoncito». Estas palabras, que
seguramente acompañaron la infancia de los padres, influirán en la vida
afectiva, intelectual, sexual y corporal de sus hijos. Hacer desistir a los
padres de la tentación de ejercer una autoridad total y ayudarlos a apartar
esas motivaciones inconscientes de convertir a su hijo en el instrumento de su
felicidad también forma parte de la postura de la psicogenealogía.
Hemos constatado que los juegos de proyección son más
complejos a medida que van pasando las generaciones. La hija mayor es la
inteligente, la pequeña es la guapa, etc. Los padres no se dan cuenta, pero hay
algo muy doloroso en las comparaciones que se hacen entre hermanos y hermanas.
Y los efectos perversos son mucho más importantes de lo que pueda parecer.
Cuarenta años después, la «intelectual» siempre se creerá fea mientras que la
«guapa» no dirá nada porque se sentirá estúpida. El niño se identifica con esas
proyecciones, preocupado por respetar la naturaleza particular del lazo que lo
une a sus progenitores. El resultado es una falta de confianza en sí mismo, una
falta de confianza en la vida y un problema de espacio. Cuando te comparan, es
que no tienes tu espacio.
—¿Los niños identifican a sus abuelos todos del mismo
modo?
C.R.: No, las identificaciones en el seno de una familia son
muy distintas. Recuerdo el caso de Hélène, abuela de Élodie y de Isabelle. Sus
dos nietas la veían de maneras totalmente opuestas. Para la primera, su abuela
era ejemplar, cómplice y condescendiente. Para la segunda, la misma abuela era
dura e indiferente.
Élodie era hija del hijo de Hélène, mientras que Isabelle
era hija de su hija. La psicogenealogía puso de manifiesto que, en la historia
de esta abuela, los hijos varones siempre salían beneficiados. Revisitar el
pasado familiar permite cambiar el punto de vista sobre el mismo, guardar duelo
por lo imposible y que cada uno se apropie de su vida.
Hablando de abuelos, la evolución de la sociedad les ha dado
un papel distinto, menos influyente pero mejor integrado en la familia.
—¿Qué incidencia ha tenido esto?
C.R.: Es cierto que los abuelos ya no son los viudos y
viudas de antes, siempre solos y de negro. La familia ya no se basa en el
deber, sino en el amor. El antiguo modelo, incluyendo a las abuelas que lo
sabían todo e imponían su punto de vista, se ha extinguido. Los ancianos de hoy
en día, como están mejor integrados en la sociedad, mantienen un espíritu más
joven. Su papel, perfectamente especificado, es bien distinto al de los padres.
Liberados de las contingencias familiares cotidianas, están más disponibles.
También pueden multiplicar las mil y una atenciones que dedican a sus nietos,
como la complicidad, la seguridad, el saber escuchar, la paciencia… En pocas
palabras, les pueden consentir todo lo del mundo y más. A menudo, la casa de
los abuelos es, para los niños, un refugio que aprecian y conocen a la
perfección. Las figuras en las que se han convertido los abuelos dan confianza
a los niños sobre su lugar en la familia, ya sea clásica o reestructurada; por
lo tanto, son fuentes de identificación.
La gran revolución de finales del siglo XX en el árbol
psicogenealógico proviene de lo que podríamos denominar el cambio de tótems; es
decir, las figuras lejanas y algo austeras que eran los abuelos se han
convertido en una especie de refugio maravilloso e indestructible.
—Y en caso de que los abuelos estén muertos, ¿su figura
es igual de importante para sus nietos?
C.R.: Por supuesto, y esta es una de las constataciones
fundadoras del enfoque psicogenealógico. De todos modos, nuestros padres nos
han criado en función de su propia relación con sus padres. Es un elemento
fundamental. Por lo tanto, poco importa que hayamos conocido a nuestros abuelos
o no; ellos igualmente influyen e nuestra vida a través de la que ejercieron en
la de nuestros padres.
—Volvamos al tema de la identificación. ¿Un niño tiene
obligatoriamente la necesidad de identificarse con alguien?
C.R.: Identificarse es la manera más natural de constituirse
como persona. A diferencia del niño pequeño, que enseguida se da cuenta de la
diferencia sexual, la niña pequeña se ve inmediatamente como una reproducción
en miniatura de su madre. La psicogenealogía ofrece algunas pistas sobre las
identificaciones que se transmiten de generación en generación. Esto quiere
decir que todas las chicas van a forjarse la idea de ser mujeres a través de
sus madres que, a su vez, lo aprendieron de las suyas, etc. Y lo mismo para los
chicos, con los padres, claro.
—Entonces, ¿la psicogenealogía pone en evidencia cómo los
lados masculino y femenino que todos llevamos dentro se forjan en base a un
ideal que nos transmiten?
C.R.: En efecto, nuestro árbol genealógico define tanto
nuestro lado masculino como el femenino. Ante la pregunta «¿Qué es para usted
ser una mujer o ser un hombre?», todos respondemos pensando en los distintos
hombres y mujeres de nuestra familia. La feminidad y la virilidad están en el
corazón de nuestra historia familiar. Estructuramos nuestra personalidad
identificándonos con esas figuras familiares. Y eso origina muchas
contradicciones y confusiones. Por ejemplo, en algunos árboles genealógicos, la
madre ha tenido que ocupar el papel del padre, o viceversa. En otros casos, los
padres son socios en alguna actividad profesional, por ejemplo. Todo esto puede
confundir a los hijos. La calidad de nuestras relaciones amorosas también
depende de esas figuras familiares. El árbol genealógico puede transmitirnos el
odio de los hombres o de las mujeres, o puede obligarnos a querer al padre en
detrimento de la madre, o viceversa.
—¿Sabemos identificarnos, prioritariamente, con nuestros
padres?
C.R.: En algunos casos, los mecanismos inconscientes de
identificación pueden perfectamente darse con profesores, médicos de cabecera o
sacerdotes. Estas identificaciones también van cargadas de información que
puede traspasarse a las siguientes generaciones. Aunque pueda parecer
sorprendente, las principales figuras que son objeto de identificación no
tienen por qué mantener lazos genéticos. A veces, el padrino o la madrina
adoptan este papel. Los niños adoptados, por ejemplo, tienen una psicogenealogía
genética de más. La familia adoptiva, con la que también se identificarán.
—¿Podríamos detenernos un segundo en el fenómeno de la
repetición de generación en generación?
C.R.: Repetir es actuar en función de la historia familiar
de cada uno. El fenómeno de la repetición consiste en repetir los mismos
argumentos, seguir los mismos valores y calcar las fechas de aniversario. Pero
no es un fenómeno sistemático. Hay quien, por ejemplo, puede comportarse de
modo completamente opuesto. Lo llamamos los «contra argumentos». Pase lo que
pase, las repeticiones nos acompañarán, inconscientemente, a lo largo de
nuestra vida. Sin embargo, adquieren varias formas, desde las más anodinas a
las más increíbles, y en todos los terrenos, incluso los más insospechados
como, por ejemplo, la cocina, en los gustos a la hora de cocinar; pero también
en el estilo de vestir y en la relación con el dinero. Obviamente, hay muchas
repeticiones en la elección de un trabajo, en la manera de trabajar, etc. Todos
funcionamos con una combinación de ambición propia y el inconsciente familiar.
Evidentemente, y si quererle robar toda la magia al amor,
hay que saber que el terreno afectivo tampoco está exento de la influencia de
nuestros antepasados. El amor no es una lotería y detrás del misterio de las
relaciones y todas las cuestiones que provocan las elecciones amorosas suelen
esconderse unas preciosas repeticiones familiares. Los dos tortolitos se
preguntan: «¿Por qué nos queremos?», a veces pueden comprobar que, sin saberlo
ellos, la poderosa fuerza de las repeticiones los ha unido. Una no se casa a la
misma edad que su abuela por casualidad. Una atracción por un compañero de otra
cultura, por ejemplo, también tiene su explicación en las repeticiones
genealógicas.
Otro fenómeno de repetición muy frecuente es la maternidad.
Algunas mujeres se quedan embarazadas a la misma edad que sus madres, mientras
que otras sufren abortos naturales que recuerdan otros pasados. Como fruto de
nuestra historia, las grandes etapas afectivas padecen la ley de la
descendencia.
Y con la salud pasa algo parecido. Podemos sufrir
enfermedades que retomen afecciones de parientes más o menos lejanos. Como
puede comprobar, puede que toda la vida esté influida por las repeticiones.
—¿Cómo explica que los padres no se den cuenta que educan
a sus hijos como los educaron a ellos?
C.R.: Por un lado, la repetición no siempre es flagrante;
por el otro, no van a educarlos obligatoriamente de forma idéntica. Es más
complicado. La repetición se basa en la imagen inconsciente del hombre o la
mujer que la ha transmitido. La abuela odia a las niñas; ¡la madre solo tendrá
niños! El fenómeno de repetición influye en el aspecto afectivo, y para
identificar y entender estas repeticiones hay que saber qué pasó realmente en
la infancia de nuestros padres, es decir, que intentan reproducir.
Por otro lado, hay que disculpar a los padres. ¡Les acusamos
de todos los males! Hemos comprobado que, casi siempre, intentan dar lo que
ellos nunca pudieron tener, y así de paso cerrar sus heridas. Ahora bien, los
hijos no son los terapeutas de sus padres, algo que, sin embargo, está en vías
de desarrollo en la actualidad. De ahí la necesidad de salir de la repetición,
un fenómeno que asfixia y somete.
—¿Se puede utilizar la psicogenealogía como herramienta
para acabar con las acusaciones que vertemos hacia nuestros padres y
antepasados, a los que a menudo culpabilizamos de nuestros problemas?
C.R.: La psicogenealogía es, en parte, el arte de utilizar a
la familia solo para lo bueno. Para ensalzarla, bastaría con reconocer que
ellos nos han dado la vida. Una vez superada la pequeña crisis en contra de la
familia (algo que provoca que nos demos cuenta de lo que nos falta), es
importante evolucionar y cambiar el punto de vista. El espíritu de vida se
puede resucitar, con la condición de que todos sus miembros sean conscientes de
los valores positivos que esta aporta. Uno debe comprometerse realmente a
buscar todo lo positivo en su familia; no hay que rechazarlo todo en bloque. En
el fondo, lo que se busca es, sencillamente, realizarse libremente y dentro de
la verdad de la línea de descendencia. Para eso, es necesario llegar a un
retorno afectivo porque solo eso puede poner en funcionamiento la alquimia.
—A veces, es imposible perdonar sinceramente.
C.R.: Repito, tenemos que ver a nuestros padres como seres
humanos y no como padres.
Además, el perdón no es en absoluto lo que creemos. Es
necesario afrontar el odio, el resentimiento y la frustración que nos
atormentan, sentimientos de los que no siempre somos conscientes. Después,
tenemos que entender que nuestros padres hicieron lo que pudieron. No vamos a
sufrir toda la vida por haber sufrido. No podemos cambiar el pasado, pero sí
que podemos cambiar las secuelas que el pasado ha dejado en nosotros. Ese es
todo el trabajo de la psicogenealogía: renacer.
—¿Cree que todo el mundo debería recurrir a la
psicogenealogía?
C.R.: A todo el mundo le interesa, aunque solo sea para ser
conscientes de lo que les han transmitido a sus hijos. La psicogenealogía va
más allá de una simple terapia. Se trata de tomar consciencia del inconsciente
familiar y para eso hay que aprender a hacerse preguntas importantes sobre los
orígenes de nuestros comportamientos. En la psicogenealogía, el que consulta y
se pregunta qué ha hecho con la herencia de sus padres, sus abuelos y otros
antepasados es el niño que se ha hecho mayor.
¿Qué ha hecho Françoise Dolto con su propia herencia de una
familia particularmente difícil con una madre que hubiera preferido que muriera
ella en lugar de su hermana? ¡Françoise hubiera podido sufrir toda la vida! Es
obvio que le ha dado un sentido a sus psicogenealogía y que ha preferido el
camino de la preparación y curación.
—¿A partir de qué momento puede uno decir que está
curado?
C.R.: Curarse es volver a estar en paz con uno mismo. Es
decir, mientras estamos vivos, estamos en mutación, en transformación, en
movimiento. Y, a lo mejor, también eso es la curación. Aceptar que no somos
fijos ni inmutables. Algunos pacientes me dicen: «Cuando esto mejore, ya no
sufriré más». No tiene nada que ver con otras cosas. Me vienen ganas de
decirles: cuando tú mejores, el sufrimiento ya no será una forma de vida,
aunque seguirá habiendo momentos difíciles, de tensión, interrogantes y dudas.
La vida no es un río tranquilo, pero, de todos modos, sigue siendo una
invitación a la felicidad.
—¿Y la reparación?
C.R.: A veces, cuando alguien ha sufrido, adopta la posición
de víctima y se pasa la vida sufriendo y haciendo sufrir a los demás. O, en
caso contrario, da un paso adelante y pone todos los sufrimientos de su pasado
al servicio de los demás. Así, por ejemplo, cuando un niño que ha sufrido en su
infancia crece, intenta ser el padre o la madre perfectos. El problema llega
cuando esa persona se queda encallada en la etapa de reparación dando mucho de
los demás y olvidándose de él mismo. Es un pequeño error que cometen muchos
terapeutas, entre los que me incluyo. También tenemos que pensar en nosotros
mismos y no cargar con el sufrimiento de todo el mundo sobre nuestras espaldas.
Es importante, más allá de la reparación, darse permiso para vivir.
—Según usted, ¿por dónde habría que empezar a deshacer la
madeja familiar?
C.R.: Se puede empezar, por ejemplo, por esclarecer el deseo
paterno de habernos traído al mundo, que no siempre es sencillo. Entre todas
las llaves imprescindibles para abrir las puertas de la historia, los nombres
también tienen un papel muy importante. Uno no se llama Antonin, como el
escritor Antonin Artaud, por casualidad, ni Jonás o María, como la abuela. Un
día conocí a una Blandine… y se llamaba así por la maestra de su padre. Sin
caer en el melodrama y el romanticismo que supone volver a nuestros orígenes, a
veces es necesario investigar un poco.
—Y cuando no es posible informarse, ¿qué se puede hacer?
C.R.: Cuando hay lagunas o vacíos, nunca es por casualidad.
Significa que hubo algún conflicto entre la madre y sus padres o el padre y sus
padres. También puede ser un secreto de familia. Podemos buscarlos en las
repeticiones de las pautas de comportamiento.
—Entonces, ¿tomar consciencia del problema basta para
eliminar la repetición de los esquemas familiares?
C.R.: Con eso no basta; hay que realizar un trabajo
afectivo. Pongamos un ejemplo: tengo mala suerte con los hombres. Siempre acabo
con el mismo tipo de hombre que me hace sufrir. Tomaré consciencia de este
problema cuando responda a las siguientes preguntas: ¿Qué imágenes del hombre y
la mujer se han vehiculado a través de mi familia? ¿Cuáles son las deudas que,
por fidelidad reproduciré? ¿Tengo mala suerte porque, en mi historial familiar,
parece prohibido ser feliz con un hombre?
—Obviamente, liberarse anima mucho, pero ¿cómo se puede
distinguir entre lo bueno que aporta la familia y lo nocivo que puede
desprender?
C.R.: Yo creo que el ser humano tiene como objetivo, en esta
vida, darle sentido a las cosas. La curación llega cuando nuestra historia
encuentra un sentido. La familia nos dio la vida, las alegrías y las penas.
Cuanto más sentido le demos a nuestra historia, menos intoxicación
transmitiremos a nuestros hijos.
—Disculpe que le haga esta pregunta a estas alturas,
pero, científicamente, ¿se puede decir cómo algo del pasado puede afectar a
alguien que ha nacido varias generaciones más tarde?
C.R.: No lo sé, es un misterio. Existe un inconsciente
familiar que une a personas que, genéticamente, no están relacionadas y que,
sin embargo, forman parte de una genealogía. Ahora me acuerdo de un paciente
que mimaba hasta extremos inimaginables al primer amor de su madre, que no era
su padre. También tuve una paciente que tenía dos padres simbólicos: el primer
amor de su madre, que genéticamente no era su padre, y su padre biológico.
Estos casos son los clásicos de la repetición. Nos encontramos muchos casos
similares a lo largo de nuestra vida profesional. Si usted tiene una familia
donde todos tienen una profesión liberal, lógicamente usted tendrá cierta
tendencia hacia esas profesiones. Si en su familia hay un fracaso muy
traumático, es muy posible que cuando usted llegue a la edad que su padre tenía
cuando aquello sucedió se replantee su vida profesional. ¡Inconscientemente,
esa historia lo domina todo! Cómo vemos a los hombres, las mujeres, cómo
concebimos la feminidad, la sexualidad, cómo viajamos, las ideas políticas,
religiosas… Todo está en función de la familia y de su historia. Y todo se
transmite. Que importancia le damos al dinero. La seducción, el placer.
—En su último libro, explica la adopción de un niño desde
el punto de vista psicogenealógico. ¿Podría hablarnos un poco sobre esto?
C.R.: Efectivamente, hay algunos árboles genealógicos donde
aparecen indicaciones que demuestran que alguien estará más abierto a las
adopciones que otros. Como ya le he dicho, los niños adoptados tienen, al
menos, dos psicogenealogías: la de la familia biológica, a la que a veces llega
a conocer, y la de la familia adoptiva. Hay que saber que la adopción puede ser
muy difícil. Hay que entender que todos los niños adoptados han sufrido. Un
niño no está en condiciones de decir que su «verdadera» familia lo ha
abandonado porque, económicamente, no podía hacerse cargo de él. Un niño
adoptado cree que lo abandonaron porque era prescindible y que no valía la
pena. Todos estos niños han sufrido y, durante sus primeros años de vida,
lucharán con todas sus fuerzas porque alguien los quiera y los adopte. Sin
embargo, en cualquier caso, hay un sufrimiento que debería trabajarse
sistemáticamente. Todo niño adoptado debería someterse a una psicoterápia, de
pequeño, precisamente para entender que no era prescindible y que su familia de
origen no pudo criarlo en condiciones. A menudo, cuando experimentan el primer
amor, reviven el abandono de su familia de origen, sobretodo el de la madre.
Todos los problemas que se habían ocultado y que se podrían haber tratado antes
saldrán a la luz.
—Acabaremos por su método. Según usted, ¿la genealogía se
basa más en las terapias en grupo?
C.R.: ¡En las dos! El efecto de sinergia de un grupo
consigue sacar mejor a la luz todo lo que uno disimula y que se opone al mito
familiar; es decir, a la imagen idealizada que uno tiene de su propia familia.
La terapia individual se puede completar con un trabajo en
grupo que nos permite introducir nuestro inconsciente familiar. Para
familiarizarse con él, este trabajo en el espacio físico es fundamental. Los
recuerdos desagradables o las conductas repetitivas se expresan a través del
cuerpo. Y una cosa es cierta: los individuos que trabajan juntos comparten
experiencias similares. En ese caso, el inconsciente no surge milagrosamente,
sino a favor de una emoción acompañada de unos gestos y una verbalización. Es
al darse cuenta, por ejemplo, que tal respuesta emocional le remite a tal
episodio familiar cuando el paciente entra lentamente en contacto con sus
fantasmas ocultos. Si lo prefiere, podríamos hablar de la terapia individual en
grupo. Uno se sirve del grupo como de un pozo de riqueza, pero los ejercicios
son específicos para cada uno.
En grupo, la toma de conciencia se produce mucho más
deprisa. Por otro lado, hace de espejo. Uno ve su mejoría, cosa que no siempre
sucede cuando trabajamos solos. Además, somos seres sociables y, por lo tanto,
es importante que la terapia pueda hacerse en grupo.
Patrice Van Eersel
y Catherine Maillard
Mis antepasados me
duelen, página 2
Apoyándose en la teoría del fantasma de Nicolás Abraham y
María Torok, que fueron los primeros en explorar el campo clínico del secreto
de familia mortífero, el que engendra sufrimiento para toda la línea sucesoria,
Serge Tisseron renueva, con gran vivacidad, nuestra comprensión del
psicoanálisis. Hay más familias de las que no pensamos que ocultan secretos;
secretos que pesan tanto en la vida psíquica de sus miembros que estos
enferman, se convierten en delincuentes o toxicómanos o entran en una incomprensible
espiral de fracasos. ¿Qué es un secreto de familia? No hay que confundirse:
muchos secretos son legítimos y sanos y, aunque nuestra cultura no siempre los
acepte, nos aseguran a todos libertad de pensamiento. Los secretos de familia
resultan en la exclusión de varios miembros, en general los más jóvenes, de la
confianza de grupo. Paradójicamente, normalmente nacen del deseo de los padres
de proteger al niño ocultándole, por ejemplo, que otro miembro de la familia ha
tenido un hijo fuera del matrimonio, o se va a morir, o está en la cárcel o
simplemente está en el paro… los ejemplos son infinitos. Y siempre, en todos
los casos, es como si el niño al que se ha aislado supiera, inconscientemente,
la verdad y se las arreglará para entenderlo a través de una enfermedad o una
conducta marginal con un único objetivo: demostrar que él también se está
muriendo o es un delincuente o un parado, creyendo que así recuperará la
confianza «perdida». ¿Qué hay que hacer para reparar la existencia de un
secreto así? ¿Y para acabar con la maldición? ¿Qué se puede decir, qué hay que
callar, hasta qué edad?
Patrice Van Eersel
y Catherine Maillard
Mis antepasados me
duelen, página 106
—En la actualidad, la familia tradicional ha
desaparecido. ¿Ha cambiado la definición de familia?
Serge Tisseron: La definición no creo. Sin embargo,
la necesidad que nos lleva a definirla ya no es la misma. Antes, la familia
existía, nadie la ponía en duda y, por lo tanto, no había ninguna necesidad de
definirla. Se cultivaba el recuerdo de los antepasados y, alrededor de padres e
hijos, se juntaban hermanos, tíos y abuelos. Hoy en día, las nuevas formas de
vida han puesto patas arriba todo esto y lo más habitual son las familias de
divorciados casados en segundas nupcias, parejas de hecho o monoparentales.
Además, cada vez nacen más niños por fecundación in Vitro, con un donante
anónimo o no, y el número de adopciones también ha crecido. Por lo tanto, me
parece esencial recordar que toda familia se define con dos ejes
complementarios: un eje horizontal y un eje vertical.
El eje horizontal lo componen todas las personas que, en un
momento dado, pueden estar en contacto físico o virtual, vía Internet, por
ejemplo. Los miembros de una misma familia pueden estar repartidos por Canadá,
Argentina, China y África, pero, mediante Internet, pueden ponerse en contacto
los unos con los otros, contacto entre seres vivos. Aunque sea un contacto
virtual, el carácter humano de los protagonistas define la relación. Sin
embargo, toda familia también se define por un eje vertical, representado por
los ascendientes y la genealogía que integra cada ser humano en una filiación.
Todos descendemos de un hombre y una mujer, que también
nacieron de un hombre y una mujer, y así sucesivamente. Es importante recordar
que estos dos ejes son básicos para la construcción física del niño. Nadie se
define únicamente a partir de sus contemporáneos o de sus ascendientes. Todos
necesitamos de ambos.
—En nuestra sociedad, la familia, que ha sido
vilipendiada durante los últimos años y considerada como una carga, esta
revalorizada. ¿Cómo explica este cambio?
S.T.: La familia, que hoy está revalorizada, es muy distinta
a la que se atacaba hace unos años.
La que se despreciaba era la familia patriarcal tradicional,
alimentada por la hipocresía y el autoritarismo, con un padre declarado casi un
dios por el mero hecho de ser el padre, aunque fuera alcohólico o incestuoso.
Desde los años cuarenta, este tipo de familia ha sido ampliamente criticada. La
familia que hoy se ha revalorizado exalta los valores de la proximidad, la
autenticidad y la sinceridad. A mí, más que revalorización de la familia, me
gusta hablar de nuevas formas de organización familiar, de nuevas relaciones
entre padres e hijos.
—El tema del secreto de familia está cada vez más
estudiado, sobre todo en cine con películas como Celebración de Thomas
Vinterberg, que habla del trauma que deja el incesto, o más recientemente
Atando cabos de Lasse Hallstrom, cuyo protagonista es un hombre en busca de sus
raíces que descubre, entre otras cosas, que desciende de una familia de
náufragos. ¿En una moda?
S.T.: En mi caso no, porque empecé a interesarme por este
fenómeno hace más de treinta años, a finales de los setenta. Hay que entender
que, en aquella época, nadie, y mucho menos los psicoanalistas, creía que el
origen de los problemas psicológicos podía estar en los secretos de familia. El
reconocimiento actual proviene, básicamente, de dos factores. El primero es
sencillamente, la evolución de las costumbres. Había un gran número de
problemas que, apenas hace veinte años, seguían siendo tabú mientras que hoy
todos hablamos de ellos con toda libertad, entre ellos, por ejemplo, los hijos
adulterinos, los hijos concebidos antes del matrimonio o adoptados
(eventualmente por parejas homosexuales); asimismo, en el aspecto patológico,
también se ha avanzado en el atrevimiento a hablar de enfermedades mentales,
depresiones, toxicomanías, alcoholismo, etc. La prensa dirigida al gran público
ha tratado todos estos temas, les ha vuelto a dar su dimensión social y no solo
una dimensión individual. Por lo tanto, el sentimiento de vergüenza que se
desprendía de estos fenómenos ha desaparecido.
—¿Y el segundo factor?
S.T.: Muchos especialistas del psiquismo empezaron a
interesarse por estas cuestiones. Hace treinta años, cuando hablaba con mis
colegas del problema de los secretos de familia, suscitaba un escepticismo muy
educado, en el mejor de los casos, y en el peor, un brote de agresividad.
Afortunadamente hoy en día el impacto de los secretos de
familia está reconocido. Sin embrago, es interesante remarcar que el progreso
no ha venido por los propios terapeutas, sino por la evolución social. Como
siempre, los terapeutas solo vieron esta evolución y se subieron al carro.
—¿Me está diciendo que la sociedad se dio cuenta de la
importancia de los secretos de familia antes que los terapeutas?
S.T.: Exacto. Según Freud, el padre del inconsciente, los
secretos de familia no existían. Por lo tanto, todos los psicoanalistas que
bebieron su teoría, y solo dios sabe lo numerosos que eran en los setenta,
nunca los tuvieron en cuenta. En el medio analítico de aquella época, había
respuestas ya formuladas, como esta: la historia de los padres y de la línea de
descendencia se inscribe en el inconsciente del niño. Por lo tanto, cada uno
tiene el conocimiento inconsciente de la herencia familiar, incluso de la más
sombría. Conclusión: aunque una familia tenga un secreto de familia, de todas formas,
será un secreto a voces por todos conocido.
Nicholás Abraham y María Torok fueron los primeros en tener
en cuenta que los secretos vergonzosos, y las mentiras que los acompañan,
pueden crear desgastes psicológicos importantes en las siguientes generaciones;
es la teoría de la cripta y del fantasma. Por otro lado, no mencionan en forma
alguna a través de que mecanismo los secretos «rebotan» de generación en
generación y envenenan la vida de las familias. ¿Cómo se transmite ese secreto
que parece contagioso y que los niños, los niños pequeños, llevan siempre
consigo? Como no habían abordado esta cuestión, algunos terapeutas imaginaron
que, quizás, este secreto contenido en el inconsciente de los padres saltaba,
como una pulga invisible, al inconsciente de los hijos. Y esta teoría ha ido
evolucionando hasta lo absurdo.
—¿Qué complemento ha aportado usted? ¿En qué se basa su
propia teoría de los secretos de familia?
S.T.: Si vivimos una situación de la que no podemos hablar
porque está prohibido o nos resulta doloroso, desarrollamos otras formas de
expresión: actitudes extrañas, frases equívocas, etc., que nuestros hijos
perciben inconscientemente. Cuando en el clan familiar se impone el silencio,
los niños se fabrican las imágenes. Con los dibujos expresan lo que no pueden
decir con palabras pero que, de todos modos, han interiorizado a partir de los
gestos y los comportamientos que observan a su alrededor. En mi libro
Psychanalyse de la bande desciñe, de 1987, bauticé este mecanismo como la
teoría de los tres niveles de simbolización. A partir de entonces, no he hecho
más que precisarla, definirla y extraer las consecuencias.
—¿Cómo hace sufrir a
los miembros de una familia la ley del silencio que rodea un secreto?
S.T.: Es muy sencillo. El ser humano está hecho de manera
que siempre hay algo, una fuerza interior, un instinto, que lo obliga a hacerse
representaciones de las situaciones que atraviesa. Todo el mundo lo ha hecho
alguna vez. Si va por la carretera y ve un accidente, cuando llega a casa se lo
cuenta a toda la familia, con muchos gestos incluso con un croquis. Es una
característica humana; desde el momento en que vivimos un acontecimiento
importante, le damos una representación que puede adoptar formas múltiples. La
vida familiar está permanentemente bajo el signo de estos cambios.
Ahora bien, cuando los miembros del grupo viven algo de
manera muy intensa y no les pueden otorgar representación verbal, van a
traducirlo inconscientemente. Si, por ejemplo, a alguien lo atacan por la calle
y no lo comunica, va a experimentar el miedo de otra manera: no querrá salir de
noche y se excusará diciendo que está cansado. Los otros miembros de la familia
se preocuparán porque esa actitud les parecerá incomprensible. También hay
otras actitudes ambivalentes que pueden resultar tóxicas, como la de la madre
que le quería ocultar a su hijo que lo habían adoptado. Cada vez que se hablaba
de adopciones en la televisión, la madre la apagaba o cambiaba de canal. El
silencio, detrás de sus actitudes, creó una dinámica muy particular en el seno
de la familia y engendró duros conflictos.
—¿Y qué sucede cuando un niño percibe que hay un
no-dicho, un secreto en la familia?
S.T.: Cuando un niño sospecha que sus padres maquillan o
distorsionan la realidad y que, por ello, sufren, empiezan a barajar varias
hipótesis. En una pareja sucede lo mismo. Su pareja llega a casa cada noche de
buen humor y de repente, un día, llega totalmente perturbado. Le pregunta qué
le pasa y le dice que nada, entonces usted empezará a hacer preguntas. Pero
volvamos al niño. Si sospecha que le ocultan algo, se hará tres tipos de
preguntas. Para empezar, se preguntará: «¿Es culpa mía? ¿He hecho algo mal sin
darme cuenta?».
A continuación, la siguiente pregunta será: «¿Es que mis
padres han hecho algo de lo que se avergüenzan y no se atreven a
explicármelo?».
Y al final, se dirá: «A lo mejor solo son imaginaciones
mías».
De este modo, el niño entra en una espiral de dudas cada vez
más generalizada. Si lo que le ocultan es importante, acabará dudando de lo que
escucha, de lo que ve, de lo que entiende y de lo que piensa. Este sufrimiento
es terrible para el niño y puede presentar problemas más o menos serios, desde
dificultades en el aprendizaje hasta determinados comportamientos sicóticos.
—Los secretos de familia, ¿magnifican sus efectos a
medida que van pasando de generación en generación?
S.T.: En general, los efectos se agravan en las dos primeras
generaciones y después disminuyen. Sin embargo, hay que tener en cuenta que
cada niño se desarrolla en un ambiente relacional bastante amplio. Está en
contacto con la niñera, con los tíos y las tías, etc. Si choca con actitudes
incomprensibles de su padre, siempre podrá acudir a alguien de su entorno como,
por ejemplo, su madre, para saber que le pasa a su padre. A lo que ella podrá
contestar que no acaba de superar el despido o que a veces está de mal humor
porque de pequeño sufrió mucho, que no puede hablar de eso pero que, a lo
mejor, algún día se abrirá a ellos. Al descubrir que no es culpa suya, el niño
se tranquiliza y se libera.
—¿Quién puede ejercer este papel corrector con un niño?
S.T.: Dentro de este sistema correctivo, los abuelos tienen
un papel muy importante. Siempre que un padre «portador de un secreto» cría a
su hijo, los abuelos pueden, al menos, explicarle que su padre o su madre se
comportan de una manera extraña por algo que no tiene nada que ver con él y de
lo que no es responsable. Hoy en día, y gracias a la agitación mediática
alrededor de estos no-dichos, cada vez hay más personas sensibilizadas con que
hay que aplicar correctivos.
—¿Hay secretos en todas las familias?
S.T.: ¡Por supuesto! Todas las familias guardan secretos.
Existirán siempre. Sin embargo, me parece importante hacer la distinción entre
los secretos buenos y los malos. No todos son nocivos. A veces, la familia
lleva a cabo un embellecimiento de la verdad, una especie de mitología que
refuerza la cohesión familiar. El secreto de familia tóxico posee tres
características: se oculta, está prohibido saberlo y provoca sufrimiento en un
miembro de la descendencia cuyos hijos pueden descubrir. Por supuesto, obvia
decir que no todo lo que se oculta a los niños obedece forzosamente a estas
tres características.
Por ejemplo, la vida sexual de los padres se mantiene en
secreto; el niño tiene prohibido asomarse para ver qué pasa en el dormitorio de
los padres, aunque, al mismo tiempo, y a pesar de ocultárselo, es una fuente de
felicidad para los padres y el niño lo nota y, por lo tanto, se despreocupa.
Es muy distinto cuando el clan familiar se impone el
silencio sobre algún suceso. Una desavenencia aparentemente sin importancia por
una herencia puede resultar terrible para uno de los miembros del clan y
envenenar su vida y la de sus hijos. La gravedad reside en la importancia del
secreto, claro está, pero también en el desgaste emocional y en la constancia
por preservarlo. En todas las familias puede haber elementos mantenidos en
secreto, pero que no provocan demasiadas emociones, que preocupan poco. Estos,
por ejemplo, no son demasiado graves. La intensidad de la participación
emocional de los padres en el secreto es lo que marca el nivel de gravedad. Por
lo tanto, es esencial diferenciar entre los secretos nocivos y los que no lo
son.
—¿Hay terrenos más propicios que otros para desarrollar
secretos nocivos?
S.T.: Los más propicios son los que giran alrededor de los
orígenes y la muerte. Así pues, hablaríamos de la adopción, la fecundación in
Vitro, los hijos adulterinos, pero también de un duelo no realizado, la locura
de un paciente, el alcoholismo, la sobredosis, los suicidios, etc. Todo lo que
pueda manchar la imagen de una familia. Con el deseo de mostrar respeto,
también se ocultan las muertes de hijos a edades tempranas, los ingresos en
psiquiátricos…
—Concretamente, ¿qué sucede en una sesión de
psicoterapia?
S.T.: Usted sabe perfectamente que, siguiendo un mecanismo
teorizado por Freud, el paciente atribuirá al terapeuta sentimientos e
intenciones de su propia historia; es decir, que va a colocar al terapeuta en
la situación de ser unas veces su padre y otras, su madre. Sin embargo, hay
otra forma de transferencia, descrita primero por Hermann y luego por Bowlby,
que podríamos denominar la transferencia filial. El paciente sitúa al terapeuta
como el niño que él mismo fue. Entonces, el terapeuta tiene el sentimiento de
no entender lo que el paciente explica o de entenderlo parcialmente o de
imaginar que ha hecho algo vergonzoso.
Cuando el profesional se encuentra en uno de estos tres
casos, puede pensar que el paciente, inconscientemente, le ha hecho vivir lo
que él mismo vivió. Después se lo explica al paciente, y eso permite a este
último encarar su vida personal y psíquica de manera totalmente distinta.
Por lo tanto, la herramienta de la psicogenealogía es la
transferencia y la relación terapéutica es solo una especie de cámara de
repetición del pasado. Mi trabajo como terapeuta consiste en ayudar a la
persona a reconocer las actitudes mentales y relacionales que se ha fabricado
por aquel o aquella cuyo secreto ha heredado. Tiene que darse cuenta de que,
como persona adulta, ya puede liberarse de esa carga familiar y utilizar sus
propios recursos para recuperar las riendas de su destino.
—¿Existe alguna posibilidad, por mínima que sea, de que
un secreto de familia deje entrever la verdad?
S.T.: El secreto de familia no se opone a la verdad porque
la verdad no existe. Quiero decir que nadie la conoce. Si su abuela le dice:
«Tu abuelo no murió por muerte natural», nadie sabe si se lo están inventando.
El secreto no se opone a la verdad, se opone a la comunicación. La razón es
lógica: cuando un niño crece en el seno de una familia con secretos,
evidentemente tiene la impresión de que existe algo que él no puede saber,
pero, sobre todo, cree que ser adulto es tener secretos, evidentemente tiene la
impresión de que existe algo que él no puede saber, pero, sobre todo, cree que
ser adulto es tener secretos. Así pues, empezará a fabricarlos y a disimular
informaciones, algo que se opondrá a la comunicación auténtica que debería
tener con todos los que tiene alrededor, incluidos los padres.
—¿Ha podido establecer una relación entre determinadas
patologías y los secretos de familia?
S.T.: No. Si alguien hubiera podido hacerlo, los secretos de
familia se habrían tenido en cuenta desde finales del siglo XIX. Si la teoría
de la psicopatología los ha obviado durante tanto tiempo es, precisamente,
porque no provocan ningún síntoma. Sin embargo, los secretos agravan todos los
síntomas. Si un niño crece en una familia donde desarrolla una falta de
confianza hacia él y si, además, presiente un secreto de familia, sus problemas
se acentuarán. Si un niño crece en una familia donde le hacen desarrollar,
debido a su organización edipiana, problemas fóbicos u obsesivos y si, además,
hay un secreto de familia, desarrollará mucho más su conducta patológica. Si lo
prefiere, el secreto de familia empeora todos los problemas, pero no crea
ninguno en especial. Impide que un niño se cure, aunque el punto de partida de
los síntomas son debidos a más causas. Sin embrago, la experiencia demuestra
que una patología grave suele ir acompañada de un secreto. La razón es
sencilla. Para estructurarse psíquicamente, el niño debe tener la imagen de un
padre simbólico agradable, que garantice la ley de prohibición de incesto, por
ejemplo. Y lo mismo con la figura materna. De ello depende su capacidad de
autogobernarse. En una familia con un secreto, estas figuras desaparecen y, de
repente, el niño está menos preparado para hacer frente a los síntomas y evitar
que evolucionen.
Para terminar, detrás de los síntomas graves suele
esconderse un secreto de familia, pero el síntoma no es específico del secreto.
Está relacionado con la psique del propio niño.
—¿Pueden darse, con los secretos de familia, fenómenos de
repetición de sucesos de una generación a otra?
S.T.: en nuestros días, la repetición de los secretos de
familia prácticamente no existe. Sencillamente porque si, en la actualidad, una
chica da a luz a los dieciséis años, igual que su madre, su abuela y su
bisabuela, no se encontrará en la misma situación social que ellas, porque el
punto de vista de la sociedad sobre estos temas ha cambiado. La joven madre
recibirá ayudas del estado, las asistentes sociales se ocuparán de ella,
incluso puede que hasta su madre se encargue de bebé… Y la situación no se va a
esconder, por lo que no va a generar ningún secreto de familia como hubiera
podido suceder antaño. En resumen, puede haber una tendencia a repetir
determinados comportamientos, pero tendrán una importancia relativa y unas
consecuencias totalmente distintas, básicamente por la evolución de la sociedad
y las costumbres.
—Después de haberle escuchado, todos nos preguntaremos si
en nuestras familias habrá habido secretos. ¿Qué hay que hacer para intentar
descubrir la verdad?
S.T.: En primer lugar, hay que hacer preguntas, pero sin
maltratar al interlocutor que, generalmente, es uno de los padres. No hay que
olvidar que cuando empezamos a abordar un secreto con nuestros mayores, nunca
se sabe si lo han fabricado ellos o han sido sus víctimas. Por lo tanto, hay
que evitar decir: «¡Me has ocultado algo!». Al contrario, es preferible empezar
con: «Tengo la impresión de que en nuestra familia, un día, alguien oculto
algo». A menudo, la respuesta del padre es «¿Tú también? ¡A mí me pasa lo
mismo!». Y entonces, se convierte en un cómplice para intentar buscar la
respuesta.
Otra razón para no maltratar al interlocutor es que nunca
sabemos si se disimula el secreto por principio o si realmente se trata de algo
grave y traumático, como un incesto, por ejemplo. Intentar hacer hablar como
sea a un padre, que también puede ser víctima, puede hundirlo del todo. Siempre
hay que abordar estos temas con precaución, porque nunca sabemos que terreno
pisamos.
—¿Algún otro consejo?
S.T.: Siempre hay que interesarse por la historia social.
Los secretos tienen, forzosamente, dos puertas de entrada: la del lado de los
comportamientos individuales y la del lado de los comportamientos colectivos.
Cuando alguien se interesa por el colectivo, se da cuenta de que en un momento
determinado, en una religión determinada o en una época determinada de la
historia, muchos secretos giraban alrededor de los mismos individuos. Por
ejemplo, las chicas que, durante la primera mitad del siglo XX, servían en
casas nobles o burguesas, a menudo quedaban embarazadas del señor de la casa o
de su hijo. En todas las familias, aquello era una deshonra y una vergüenza, y
desencadenó muchos secretos.
Cada familia lo ocultaba como algo privado cuando se trataba
de un fenómeno social de aquella época.
Y, para terminar, un último consejo, y el más importante
para un psicoanalista. Es indispensable abordar la cuestión de las
consecuencias que los secretos han tenido en el paciente. No le sirve de nada
entender que su bisabuela fue violada por un gitano. Le será más útil entender
por qué, inconscientemente, ha desarrollado un síndrome que le impide ver
películas, escuchar música o leer libros relacionados con los gitanos. Es
decir, que lo interesante de los secretos de familia no es entender el
acontecimiento verdadero (aunque, repito, nunca nadie tendrá un conocimiento
exacto de lo que sucedió), sino saber a qué sistema relacional perturbado se
han sometido de niño y cómo ese sistema le ha creado prohibiciones, reticencias
a abordar determinados problemas, actitudes relacionales, etc.
Al investigar el secreto, podemos conseguir, por fin, una
información que confirme que lo que creíamos era cierto: «Sí, a tu abuela o a
tu bisabuela la violó un gitano. No, tu abuelo era hijo ilegítimo. Sí, tienes
un hermanastro, un hijo del primer matrimonio de tu padre y que este te ha
ocultado». A partir de esa confirmación, podemos, como decía, construir nuestro
mundo sobre algo sólido. Tenemos la oportunidad de replantearnos la vida a la
vista de todas las construcciones mentales que no habíamos hecho de pequeños
pero que nunca nadie nos había confirmado.
Nos diremos, por ejemplo: «Si siempre tengo tendencia a
sentirme culpable cuando reflexiono sobre el problema de la filiación, es por
este suceso». En ese momento, podemos empezar a liberarnos de las cadenas.
Conocer los secretos de familia no libera a nadie de su
carga, pero le permite comprometerse con un proceso terapéutico con mucha más
eficacia. Empezar una psicoterapia con un secreto de familia sobre nuestras
espaldas, sin saberlo, es correr el riesgo de hacer un largo análisis sin
avanzar, cuando, sin el secreto, lo habríamos. Pienso que las personas que han
perdido el tiempo en un diván durante muchos años eran, a menudo, víctimas de
secretos de familia. Además, nunca recibieron la ayuda del terapeuta para
descubrirlos porque este aprendió su trabajo con una teoría psicoanalítica
según la cual los secretos no existen.
Como quizás sabe, Freud creció en una familia con secretos y
tuvo mucho cuidado en dejarlos de lado en toda su teoría…
Patrice Van Eersel
y Catherine Maillard
Mis antepasados me
duelen, página 122
Una simple mirada a la realidad más banal nos enseña que los
destinos individuales, aunque cada uno de ellos contenga una parte de
irreducible singularidad, no son independientes del campo social en el que
aparecen y se desarrollan. La pertenencia social, el capital económico y
simbólico de la familia, las transformaciones sociales de los sistemas de valor
y de los modelos de educación, las condiciones históricas del nacimiento, todo
esto influye en el devenir de los individuos, ya en su inserción social, su
trayectoria escolar o incluso en sus vidas afectiva y sexual. Para limitarnos
al ejemplo más sencillo: el hijo de un ejecutivo tiene un ochenta por ciento
más de posibilidades de convertirse en profesor universitario que el hijo de un
albañil; nadie ignora el lugar preponderante que ocupa en nuestra vida la
profesión que ejercemos.
Mis antepasados me duelen, página 124
La lucha de clases es una realidad, aunque no ocupe el lugar
motriz que le atribuían los marxistas. Las investigaciones de Vincent de
Gaulejac demuestran cómo el recuerdo de la violencia social pasada está vivo,
perdura a lo largo de las generaciones, aunque la relación entre clases ya no
es de la misma naturaleza. Una de las fibras transmisoras de esta persistencia
es el deseo de los padres de que los hijos asuman su herencia y no renuncien a
la tradición familiar, un poco como si el objetivo final de la educación fuera
reproducir esa tradición. Ahora bien, esa tradición se inscribe, forzosamente,
en un determinado contexto social. Sin embrago, al mismo tiempo, todos los
padres tienen un proyecto de vida para sus hijos, lo que los psicosociólogos
denominan un proyecto parental, y que consiste, básicamente, en tener éxito, es
decir, en promocionarse socialmente. Por lo tanto, vemos como se perfila el
contorno de una contradicción entre, por una parte, el deseo de lealtad
familiar y, por lo tanto, a una determinada clase social y, por otra parte, la
sed de promoción y, por lo tanto, el acceso a otra clase social. Esta
contradicción, colocada en el contexto de la problemática transgeneracional,
puede tener consecuencias de una gravedad inesperada, sobre todo si el fracaso
de una tentativa de promoción está oculto detrás de la vergüenza social y la
humillación personal, adquiriendo así la forma de un no-dicho fantasmal que
puede llegar a arruinar el destino, básicamente profesional, de generaciones
enteras.
Patrice Van Eersel
y Catherine Maillard
Mis antepasados me
duelen, página 124
Entrevista con VINCENT DE GAULEJAC
—Con la explosión de las prácticas transgenealógicas,
asistimos a una auténtica pasión por investigar sobre los orígenes familiares.
¿Qué análisis hace un sociólogo de este fenómeno?
Vincent de Gaulejac: Parece que es debido a dos fenómenos
sociales mayores. Por un lado, comprobamos que el sentimiento de la sociedad es
mucho menos fingido. No hay que olvidar que, hasta hace poco, la movilidad
social era muy escasa y que, si los padres eran campesinos, los hijos tenían
muchas posibilidades de seguir ese mismo camino. Y así con los albañiles, etc.
Las nociones de continuidad y de transmisión estaban inscritas en la estructura
social. En la actualidad, los hijos suelen seguir una trayectoria social
distinta, aparentemente, de las de sus antepasados. Por lo tanto, no es de
extrañar que cada uno se pregunte por la relación con su identidad heredada.
—¿A qué se refiere con identidad heredada?
Vd.G.: Defiendo la idea que las crisis de identidad se
desarrollan por las diferencias entre la identidad heredada, la identidad
adquirida y la identidad esperada. La identidad heredada es nuestro origen
social, la posición de los padres. La identidad adquirida es el lugar que
ocupamos en la sociedad actual. Y la identidad esperada es el lugar que soñamos
ocupar. Las diferencias importantes entre las tres identidades generan
preguntas sobre uno mismo y sus orígenes. El «¿quién soy?» y el «¿adónde voy?» no
son preguntas nuevas; sencillamente, se generalizan.
—¿Cuál es el segundo fenómeno social que explicaría esta
pasión actual por la genealogía?
Vd.G.: El desarrollo del individualismo. Según Richard
Senté, uno de mis colegas sociólogos, el yo de cada individuo se convierte en
su principal carga. No se trata tanto de situarse en una filiación para hacer
lo mismo que sus padres como de ser autónomo. En realidad, la ideología
ambiente se basa en la noción de la realización de uno mismo: se trata de
construirse y ser responsable. Hay que ser uno mismo y, para eso, hay que saber
quiénes somos y a dónde venimos.
—¿Qué significa para usted, ser uno mismo?
Vd.G.: Le confieso que no lo sé muy bien… Sin embargo, los
efectos de esta pregunta son obvios: más allá del deseo de introspección, que
ya es antiguo, aparece el de prestar atención a los orígenes. El tiempo del
«escupiré sobre vuestra tumba» vuelve: muchas personas buscan, en su historia
familiar y su genealogía, una justificación de lo que aspiran a ser.
—Su enfoque del impacto genealógico se basa en el estudio
de lo que usted denomina la novela familiar y la trayectoria social. ¿Podría
definir estas nociones?
Vd.G.: Desde un punto de vista teórico, la novela familiar
recuerda una noción utilizada por Freud. Dijo que los niños adoptados
desarrollaban un fantasma sobre sus orígenes. Solían imaginarse que eran hijos
de una prestigiosa familia que los había abandonado por esta o aquella razón.
Según Freud, este fantasma permitía corregir la realidad. Idealizaban a su
familia de origen para soportar mejor a su familia adoptiva. El niño se decía:
«Los fallos no importan porque no son mis verdaderos padres. Por lo tanto, no
estoy obligado a inscribir mi destino junto al de ellos». En realidad, como su
nombre indica, la novela familiar es una construcción, o una reconstrucción, de
la historia de una familia.
Sin embargo, la novela familiar hace mucho tiempo que está
en boga, aunque con distintas formas. Por ejemplo, el cuento de hadas donde
estas ayudan a muchos niños a encontrar sus orígenes, la mayoría familias
nobles. En definitiva, la novela familiar rediseña la actualidad de la familia,
aunque, evidentemente, no lo hace con total neutralidad. Es la versión chic y
polémica a la vez que los descendientes directos construyen alrededor de la
historia de su familia. Ya sea a través de las animadas conversaciones
alrededor de una mesa en Navidad o en un cumpleaños o a través de las
confidencias secretas, la leyenda familiar ofrece a los niños un modo de empleo
existencial. Vemos nacer, por ejemplo, historias que explican a los niños por
qué son pobres: «Antes éramos ricos, pero después nos arruinamos». La novela
familiar da a entender que tal tío o tía nacieron con la vida solucionada y
que, después, llegaron tiempos difíciles. Por lo tanto, la novela familiar no
siempre recupera la realidad de lo que pasó y de ahí el nombre. Pero, en
cualquier caso, es una novela que se elabora con lo dicho y lo no-dicho.
—A veces, habla de la elaboración de la novela familiar
como si fuera una especie de ritual transgeneracional. ¿Cómo se celebra este
culto?
Vd.G.: En cada familia verá que hay unos lugares y unos
momentos privilegiados para hacerlo, para desvelar los secretos de familia. A
mí siempre me han sorprendido las cenas familiares. Ya sea por Navidad o por
algún cumpleaños, y aunque los miembros de la familia no tengan ganas de ir ni
de participar en la celebración, a pesar de los remilgos que la acompañan, al
final acude prácticamente todo el mundo. Cada uno, sea de descendencia rebelde
o no, demuestra una irresistible necesidad de acudir, de tener noticias de los
otros, de dejarse ver y, sobre la marcha, de sacrificarse al ritual
transgeneracional y así poder seguir el tejido de la novela familiar.
Y es en este punto donde la dimensión del discurso se mezcla
con la dimensión inconsciente, siempre con el objetivo de transmitirla a las
siguientes generaciones, o de ocultarla. Las cosas pueden decirse o callarse,
depende. Para ilustrar este gran festín familiar le remito a la película
Celebración, del director danés Thomas Vinterberg (Premio del jurado en el
festival de Cannes de 1998), que ilustra muy bien esta reunión familiar y el
peso de los secretos que flotan en el aire y que, al final estallan.
—Hablemos de otra noción que le interesa mucho, la
trayectoria social ¿Cómo la definiría?
Vd.G.: Las trayectorias de los individuos son condiciones
originadas por determinados elementos que dependen, básicamente, de la
identidad heredada y la posición social de los padres y los abuelos. Por muchos
libros que devore y por mucha inteligencia que demuestre, si su capital
cultural es débil, ¡nunca llegará a ganar un concurso de televisión!
—Trayectoria social, planes de carrera, transgenealogía.
Para poner un ejemplo excéntrico pero muy significativo, ¿cómo se interpreta
que la hija del famoso boxeador Mohamed Ali, Leila Ali, vendiera su salón de
manicura en Nueva York para lanzarse al boxeo femenino, siguiendo así, contra
todo pronóstico, los pasos de su padre?
Vd.G.: Si tuviéramos que señalar un culpable, sería la
identidad heredada. Hay una dimensión sociológica importante para entender
mejor cuál es la base de los destinos individuales, como algunas personas están
más o menos preparadas o aspiran a ocupar este o aquel lugar en la sociedad.
Sin duda alguna, la movilidad social ha evolucionado… aunque no importa cómo.
Antaño, existía la creencia que se necesitaban varias generaciones de
politécnicos para obtener uno bueno. Evidentemente, algunos pueden quemar las
etapas. Sin embargo, se ha constatado que algunas trayectorias profesionales
están determinadas. Fijémonos, por ejemplo, en las grandes escuelas.
Generalmente, se preparan niños de las familias llamadas acomodadas, gracias a
lo que Bordieu denomina su capital cultural. En realidad, incorporan maneras de
ser que los preparan para ocupar este o aquel lugar y a casarse con esta o
aquella persona. Lo más interesante es observar el comportamiento de una
persona frente a sus determinaciones sociales. Pero cuidado, aunque esas
determinaciones existan, no se aplican de manera mecánica. Y la prueba está en
que, entre varios hermanos, sean del origen social que sean, todos tienen un
destino diferente y ocupan un lugar distinto en la sociedad. Pero ¿de dónde
viene esta diferencia? ¿Cómo se construye una personalidad entre lo que viene
de la sociedad, lo que viene de la familia y lo que viene del propio individuo?
Para mí, aparte del determinismo social, existe otro elemento: la novela
familiar, cuya importancia no es recomendable despreciar.
—¿Qué relación hay entre la novela familiar y lo que
usted denomina neurosis de clase?
Vd.G.: La neurosis de clase es una noción que puede parecer
ambigua. No se trata de pensar que cada clase social provoca un tipo de
neurosis particular, no. Pero me he dado cuenta de que determinados pacientes
tenían la sensación de que los conflictos psicológicos que sufrían estaban
relacionados con su trayectoria social y, concretamente, con un cambio de clase
social. Para ellos, este cambio originaba una neurosis. El término neurosis se
lo inventó Freud, quien insistió mucho en la etiología sexual. Según él, la
explicación a los conflictos había que ir a buscarla en las primeras relaciones
infantiles, entre el padre y la madre. Sin embargo, muchas personas que se
habían sometido a un psicoanálisis se mostraban insatisfechas con estas
explicaciones. Yo creo que puede existir una génesis social de los conflictos
psíquicos. Es decir, que pueden estar relacionados con fenómenos de cambios de
clase social, ya sea hacia arriba o hacia abajo. El conflicto surge cuando hay
mucha diferencia entre el origen social y la realidad a la que uno llega, entre
la identidad heredada y la identidad adquirida.
Imaginémonos a alguien que ha ascendido socialmente. Sus
padres eran trabajadores, campesinos, conserjes, trabajadores domésticos, etc.
De pequeño, el niño les idealizó, que es la base del narcisismo y lo que le dio
la sensación de ser el centro del mundo. Más tarde, aprendió a comparar. Si, en
los ojos de los demás, vio a sus padres humillados, si los vio dominados, esa
imagen idealizada se destruye. Cuando este hombre, de mayor, se convierte en
ejecutivo, experimenta una gran contradicción porque, inconscientemente, se
pone en la situación del agresor de sus padres. Y esta contradicción aparece en
medio del proyecto parental que, por la promoción social, quería precisamente
evitarle la humillación.
De hecho, acabo de demostrarle cómo las situaciones sociales
conflictivas pueden alimentar los conflictos psicológicos y cómo se construye
la articulación entre las posiciones sociales y las posiciones psíquicas en el
desarrollo de lo que denomino neurosis de clase.
—La neurosis de clase, ¿afecta a todo el mundo?
Vd.G.: El hecho de fantasear con otro origen social es más
habitual en unas clases que en otras. Es cierto que los privilegiados y
acomodados tienen menos razones para hacerlo. Como le he dicho, la historia más
repetida en la novela familiar relata la conquista de un origen familiar
prestigioso. Es fácil imaginar que, entre los antepasados, se esconde alguien
con un origen privilegiado o un gran noble. Desde el punto de vista
psicoanalítico, se trata de una revalorización narcisista muy fácil de entender.
Aparentemente, algunos consideran lamentable su ambiente de
nacimiento y la idea de que sus antepasados hubieran podido conocer una
posición social más elevada les abre unas expectativas que, a menudo, son
liberadoras.
—La neurosis de clase, ¿se repite en varias generaciones?
Vd.G.: La neurosis, en sí, no es objeto de repetición,
aunque efectivamente no se entiende si no se mira con perspectiva su historia
singular en relación con la historia familiar a lo largo de varias
generaciones. Una primera búsqueda genealógica de la vergüenza, enfocada hacia
la trayectoria social, ofrece a los bisnietos de la neurosis de clase una llave
para su historia. Es una etapa para actualizar los conflictos relacionados con
los desplazamientos sociales. La sensibilidad hacia las diferencias sociales es
tan latente como la sensibilidad hacia las diferencias afectivas. Y este lazo
entre lo social y lo afectivo es uno de los motores del conflicto y de la
neurosis. En ningún caso se trata de una repetición sencilla. Lo que se repite
de generación en generación son las contradicciones no resueltas por los padres
o los conflictos no resueltos. Sin embargo, no se repiten de la misma forma
porque nunca se dan, exactamente, en el mismo contexto; el contexto social
cambia y el trabajo del individuo en relación con su historia hace que las
cosas evolucionen. Sin duda, alguien tendría que explicar por qué el padre de
Françoise puso a su hijo en una disyuntiva tan paradójica. Hay muchos hijos de
trabajadores que se encontraron en este mismo doble mensaje: «Se solidario con
los trabajadores, con tu clase» y «No queremos que vivas como nosotros, trata
de escapar de esta vida de trabajador». Pero, al mismo tiempo, la clase
trabajadora también ha cambiado… Por eso digo que, en ningún caso, se trata de
una repetición sencilla.
—Un cambio de clase social, ¿genera sistemáticamente, una
neurosis? ¿Qué parte de libertad nos queda?
Vd.G.: Tenemos que abandonar la idea de una relación
mecánica entre este tipo de conflicto y el hecho de desarrollar una neurosis.
La noción de neurosis de clase no es sistemática. En la mayor parte de los
casos, los conflictos (y todo el problema de movimiento de clases los crea), si
no están resueltos, son los que generan la neurosis. Para mencionar una crisis
de sucesión notable, y reciente, me gustaría hablar de mayo de 68.
Paradójicamente no fue una revolución proletaria, sino una revolución de los
hijos de la clase media y la burguesía que rechazaban la sociedad de consumo y
no quería reproducir los esquemas de sus padres. Así pues, muchos de esos
jóvenes se negaron a la filiación e intentaron encontrar los medios, no para
volver a ser trabajadores o campesinos como sus antepasados más lejanos, sino
para ganarse otra calidad de vida. Otros escogieron la vía artística, en un
deseo de descenso en términos de posición social. En este caso, muchos jóvenes
en crisis de sucesión se dedicaron a profesiones nuevas que, a priori, no los
clasificaban en ninguna posición dominante. Este deseo de quemar los papeles
sociales demuestra que existe una parte de libertad en el individuo que puede
conseguir que llegue a ser algo más de lo que le había «tocado». Y también
demuestra que los deterninismos sociales no se aplican de forma mecánica.
—Hablemos de los secretos de familia. En sus estudios,
usted prefiere referirse a ellos como ocultaciones. ¿Por qué?
Vd.G.: el término ocultación define el proceso que aparece
alrededor de un secreto que es, a la vez, individual y colectivo. Para saber
cómo opera, tenemos que volver al origen del secreto. ¿Qué es, en definitiva,
un secreto? En una familia sucede un acontecimiento, se ha cometido una acción
y nadie quiere transmitirlo. Con el tiempo, la expresión que me parece más
pertinente para hablar del secreto de familia es fallo de transmisión. Y ahí
reside toda la paradoja: por un lado, no queremos transmitir una historia y,
por el otro, igualmente transmitimos alguna cosa, el silencio y el deseo de
ocultación que son, en cierta forma, un modo inconsciente de lealtad. Por lo
tanto, la relación familiar se teje sobre el desconocimiento y el respeto
inconsciente del secreto. Si a alguien se le ocurre fisgonear para saber más
cosas y verbalizar lo que no debe saberse, tendrá todos los números para que lo
rechacen (y caer enfermo) porque ha cuestionado un pacto familiar implícito.
Casi siempre, el secreto gira alrededor de un incesto, un episodio de locura,
faltas impunes, crímenes…, es decir, asuntos bastante graves.
—¿Qué incidencia tiene el secreto, transmitido a su
pesar, sobre la trayectoria social?
Vd.G.: Respecto a la trayectoria social, existen grandes y
pequeños secretos que contribuyen a alimentar la novela familiar. Un ejemplo
sería haciendo aparecer al inevitable tío de América que nos salva de nuestra
mediocre condición porque, en cualquier momento, puede volver con una gran
fortuna bajo el brazo. Sin mencionar el colchón de salvación inconsciente que
proporciona: es miembro de mi familia y, si él ha tenido éxito, ¿qué me impide
a mí tenerlo también? Asimismo, el clásico, aunque menos fascinante, secreto de
familia sobre un hijo ilegitimo también puede afectar al destino de una
familia. El viejo fantasma de querer aportar prestigio al apellido pretendiendo
ser descendiente de algún aristócrata no es tan viejo, y el de los secretos de
presidentes y vedetes mucho menos. La ambivalencia que acompaña a estos
secretos es grande. Detrás de eso, se esconde un auténtico resentimiento,
vergüenza y deseos de venganza cuando no es odio de clase camuflado. Este
fenómeno puede afectar varias generaciones de una misma familia.
Al mismo tiempo, el hecho de reconocer esta filiación
permite construirse sobre el deseo de recuperar la posición perdida.
El secreto influye, inconscientemente, en las elecciones que
los individuos hacen. Dos de las aventuras de Tintín, El secreto del unicornio
y El tesoro de Reckham el rojo, que explican la historia del capitán Haddock al
convertirse en propietario del castillo de Moulinsart, son un claro ejemplo.
Inconscientemente, el capitán se encuentra en la posición de uno de sus
antepasados, el caballero Françoise de Hadoque, un noble.
Según la naturaleza del secreto, su influencia puede incluso
afectar a las elecciones amorosas. Y es por eso por lo que determinadas
personas se casan con un aristócrata, o un equivalente de la época. Los amores
a primera vista no suceden por casualidad. La elección se puede hacer siguiendo
un deseo del orden transgeneracional. Aparentemente, se trata de una verdadera
historia de amor, pero, en realidad, ya hacía mucho tiempo que las respectivas
familias de esas dos personas trabajaban para unirlos. Al descodificar las
señales, muchos individuos podrían descubrir el secreto de sus antepasados.
—¿De qué forma se inscribe el proyecto parental en el
árbol genealógico?
Vd.G.: Por regla general, el proceso para ver la luz es
interesante cuando se remonta tres o cuatro generaciones hacia atrás. El
proyecto parental ya está muy inscrito en el proyecto de los abuelos. ¿Qué
proyecto tienen los padres para sus hijos? Casi siempre, es explícito: que sea
abogado, que se encargue de la granja, que estudie una carrera, etc. Pero
también hay una parte implícita que gira alrededor de las identificaciones
entre padres e hijos, en el plano de los deseos inconscientes. Por ejemplo, una
madre que toda la vida ha sido ama de casa puede transmitir un mensaje
contradictorio. Explícitamente, le dirá a su hija que sea educada, amable, que
se ocupe de sus hijos, etc. Es decir, le comunicará un modelo tradicional, a
pesar de tener el deseo que haga todo lo contrario. Ahora bien, si la hija
realiza este proyecto de ama de casa, su madre inconscientemente la condenará.
En realidad, hay muchas ambivalencias entre los padres y los hijos. Se suele
decir que los padres solo desean lo mejor para sus hijos pero, al mismo tiempo,
asimilan muy mal que sus retoños les vaya mejor que a ellos. Esto puede
despertar en los padres viejos rencores y odios porque ellos no pudieron
realizar sus propios deseos.
Por lo tanto, cuando su hijo si que lo consigue, los padres
pueden sentirse enfadados y furiosos.
—Pero el proyecto parental es fruto de dos padres, cada
uno procedente de una línea de descendencia. ¿Es que una se impone a la otra?
Vd.G.: Cuando analizamos el proyecto parental, distinguimos
muy bien el paterno del materno. Pueden ser opuestos, complementarios o
contradictorios. Cuando surge un conflicto en el seno de una pareja, con
disyuntivas tan graves como «De mayor, no seas como tu madre», vemos aparecer
relaciones con lo que el psicoanálisis nos permite aprender sobre la
complejidad de las posturas edipianas y las identificaciones conscientes e
inconscientes entre padres e hijos. Lo que yo aporto en relación al
psicoanálisis son las posturas sociales; es decir, estudiar o no, trabajar de
esto o aquello, casarse con alguien de determinada clase social, etc. Los hijos
heredan las contradicciones no resueltas por los padres.
Para ponerle un ejemplo, he visto muchas chicas en conflicto
con sus padres, a los que ellas consideraban racistas, enamorarse de hombres
africanos o árabes sin saber que era, básicamente, una manera de hacer que sus
padres se enfrentaran a sus contradicciones. El proyecto parental no es
mecánico. Los hijos no son lo que los padres quieren que sean. En cambio, por
la manera cómo un niño vive su futuro, las contradicciones que ha visto en el
interior de la pareja paterna y en sus propias relaciones con ellos, le
permiten entender algunas de las elecciones que hace, ya sean amorosas,
profesionales, ideológicas o culturales.
—¿Realmente cree que nuestras elecciones amorosas están
dictadas por las leyes transgeneracionales?
Vd.G.: Nuestras elecciones amorosas son afectivas, sexuales
y sociales al mismo tiempo. Si el corazón tiene razones que la razón no
entiende, pocas veces ignora la razón social de aquel o aquella por quien late.
Y, en ese caso, las opciones son múltiples. Las trayectorias, evidentemente,
pueden ser ascendentes o descendentes. Cada uno puede hacer para el otro el
papel de aspirador social, pero basta con que nuestra pareja se estanque para
que le reprochemos que nos ha frenado en nuestra escalada social. Es muy
interesante entender cómo las posturas afectivas están relacionadas con las
sociales. Un matrimonio es horrible cuando las dos partes vienen de clases
sociales distintas, pero las posibles combinaciones son infinitas. Una familia
siempre son dos líneas que derivan en cuatro y, por lo tanto, no es estable. En
cada generación hay algo que se reproduce, que se transforma. La familia se
crea por los hijos, no por la pareja.
El hijo es el punto de unión entre los padres, es el
resultado de la alianza del padre y la madre, así como de sus familias. Por lo
tanto, hay una postura genealógica que atraviesa la historia de la pareja y de
los hijos. La herencia que todos recibimos cuando nacemos nos marcará a la hora
de construirnos nuestra propia identidad e influirá en nuestro futuro social.
—¿La vergüenza y el odio también pueden transmitirse por
herencia?
Vd.G.: Desde luego. Si los padres interiorizaron el
sentimiento de vergüenza relacionado con las humillaciones y no pudieron
superarlo, esto marcará al hijo. Pero, en ningún caso, estará condenado a
repetirlo o reproducirlo. Para Jean-Paul Sartré, la vergüenza nace en los ojos
ajenos. Toma el ejemplo de Jean Genet que, cuando lo abandonaron, lo dieron en
acogida a una familia. Le dijeron: «Serás ladrón», y se convirtió en ladrón.
Sin embargo, al mismo tiempo, hizo un trabajo fenomenal para librarse de ese determinismo
mediante la creatividad, la escritura y la poesía. Escribió para denunciar las
convenciones sociales que generan vergüenza. Muchos niños construyen su destino
basándose en la revancha. Hijos de padres humillados, o pobres, que deciden que
a ellos no les pasará nunca. En el caso de Bernard Tapie la ambición actúa como
la otra cara de la vergüenza.
—Y, en consecuencia, a la culpabilidad.
Vd.G.: Efectivamente, aunque puede existir la vergüenza sin
culpabilidad. Pero no funciona sobre los mismos registros psíquicos. La
culpabilidad está relacionada con alguna cosa prohibida que alguien hace. La
vergüenza, en cambio, está más relacionada con lo que alguien es. No se
encuentra en el mismo registro del fallo, sino más bien en el del narcisismo,
del yo ideal. A los psicoanalistas les cuesta entender esta dimensión de la
vergüenza que nace en los ojos ajenos. En la vergüenza hay algo eminentemente
social. Veamos, por ejemplo, surgir dolencias relacionadas con la pobreza y la
exclusión, peticiones de consideración, respeto y dignidad que acaban
desembocando en la vergüenza. Pienso en las personas que están mucho tiempo sin
trabajo. Y los más difícil de soportar no es tanto la miseria sino la vergüenza
y las miradas ajenas. También pienso en las personas que piden limosna en el
metro. Sabemos que dos tercios de la humanidad son más pobres que esta gente,
pero, en nuestra sociedad, cualquiera que se encuentre en esta situación es
considerado un perdedor, alguien que ha arruinado su vida. Si nos interesáramos
por esta cuestión, veremos emerger la vergüenza como un fenómeno que, no hace
tanto tiempo, no parecía tan importante.
Patrice Van Eersel
y Catherine Maillard
Mis antepasados me
duelen, página 140
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