Al pasar
“En recuerdo de mi inolvidable esposa”
Ayer no más, cuando en afán perenne
de hallar a tus pulmones nuevo aliento,
en rápido bajel, arrebatados,
posamos nuestra planta en este suelo;
Cuán frescas brisas a bañar tu rostro
bajaron en tropel de la montaña!
Cuál se ensanchaba el horizonte inmenso
a la esplendente luz de la mañana!
“Qué bien respiro” prorrumpiste en gozo;
y al brillar en tus ojos la esperanza,
yo abandoné mi religión de médico
y convertí a los cielos la mirada!
Qué bien respiras! Cuán puro y suave
es el ambiente de esta playa hermosa!
Cuál se derrama la vida en los espacios!
Cuánto es en bien Naturaleza pródiga!
Y el pájaro cantó desde el ramaje
mientras la flor sus pétalos abría;
y nuestros hijos en alegre coro
bulliciosos sus voces esparcían.
Y el mar y la ciudad y la montaña
y el pájaro y la flor y la arboleda
ay! nos hablaban de una dicha estable,
de vida y bienestar, de paz serena…
Mas ah! la noche del dolor, oscura,
inclemente borró toda esperanza,
y tu volaste, como alondra herida,
del maternal amor buscando el ala.
Que nada pudo detener el golpe
del infortunio, de la suerte fiera,
y tú caíste al insondable abismo
acariciada por la sombra eterna.
Hoy cuando vuelvo, peregrino, triste,
mi planta a detener sobre esta tierra,
en vano busco el natural encanto,
todo me anuncia funeral tristeza.
Tan pronto! —Quién creyera!—Silenciosa
la calle; la casita, solitaria;
ni más se escucha el bullicioso coro,
ni tu presides la infantil velada.
Mas yo en mi angustia por doquier te llamo
y en la flor y en el mar y en la montaña
hallo un recuerdo que tu ser revive,
y oigo tu voz que me conmueve el alma!
Francisco Henríquez y Carvajal
"¡No pueden mandar
los yanquis en nuestra tierra!"
Francisco Hilario Henríquez y Carvajal
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