La Marinera canción del cañonero
(fragmento)
Julio veinticinco, mar y viento
medio sol, luz y cielo;
las olas saltarinas y salobres
y la brisa salobre, mar y viento...
Surcaba el Calderón, viejo y bravío
las jarcias y las velas en acecho;
los hombres y las piezas son lo mismo,
la sola voluntad hecha de fuego.
Y están las aguas bravas y salobres
y el mangle está mirando con recelo;
y sigue el Jambelí su largo estero
en música incansable de reflejos,
con rumbo a Punta Arenas escarbando
con su proa, cristales en su lecho.
Un grito cual petardo lo estremece
y se adentra hasta el nervio más secreto,
por estribor nos vienen al encuentro:
es una nave señorial y austera
potencia desusada de un Imperio
con andar más veloz y amenazante
armada con cañones y torpedos,
y con bombas, granadas y metrallas
y con muchos soldados marineros.
Milenario cetáceo de armadura
veinte veces mayor que el Cañonero;
rompe su silencio de horizontes,
su voz es llama, su color de fuego.
Sacude el zafarrancho las arterias
se estremece el hombre en cada puesto
se inicia la respuesta paso a paso
con la visión satélica del fuego.
Se estremecen las aguas en bravura;
el mangle está mirando con recelo
la danza elíptica de Calderón en viento.
Llevan sus hombres como vela roja
el corazón más grande que su pecho.
Jorge Pincay-Coronel
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