Huellas
El viento borra las
huellas de las gaviotas.
Las lluvias borran
las huellas de los pasos humanos.
El sol borra las
huellas del tiempo.
Los cuentacuentos
buscan las huellas de la memoria perdida, el amor y el dolor, que no se ven,
pero no se borran.
Eduardo Galeano
El cazador de
historias, página 14
Elogio del viaje
En las páginas de Las
mil y una noches, se aconseja:
—¡Márchate, amigo!
¡Abandónalo todo, y márchate! ¿De qué serviría la flecha si no escapara del
arco? ¿Sonaría como suena el armonioso laúd si siguiera siendo un leño?
Eduardo Galeano
El cazador de
historias, página 14
Los náufragos
El mundo viaja.
Lleva más náufragos
que navegantes.
En cada viaje, miles
de desesperados mueren sin completar la travesía hacia el prometido paraíso
donde hasta los pobres son ricos y todos viven en Hollywood.
No mucho duran las
ilusiones de los pocos que consiguen llegar.
Eduardo Galeano
El cazador de
historias, página 14
En China, los que predicen el tiempo se llaman espejos del viento.
Eduardo Galeano
El cazador de
historias, página 15
El aliento perdido
Antes del antes,
cuando el tiempo aún no era tiempo y el mundo aún no era mundo, todos éramos
dioses.
Brahma, el dios
hindú, no pudo soportar la competencia: nos robó el aliento divino y lo
escondió en algún lugar secreto.
Desde entonces,
vivimos buscando el aliento perdido. Lo buscamos en el fondo de la mar y en las
más altas cumbres de las montañas.
Desde su lejanía,
Brahma sonríe.
Eduardo Galeano
El cazador de
historias, página 15
Encuentros
Tezcatlipoca, dios
negro, dios mexicano de la noche, envió a su hijo a cantar junto a los
cocodrilos músicos del cielo.
El sol no quería que
ese encuentro ocurriera, pero la belleza prohibida no le hizo caso y reunió las
voces del cielo y de la tierra.
Y así se unieron, y
aprendieron a vivir unidos, el silencio y el sonido, los cánticos y la música,
el día y la noche, la oscuridad y los colores.
Eduardo Galeano
El cazador de
historias, página 16
Costumbres
bárbaras
Los conquistadores
británicos quedaron bizcos de asombro.
Ellos venían de una
civilizada nación donde las mujeres eran propiedad de sus maridos y les debían
obediencia, como la Biblia mandaba, pero en América encontraron un mundo al
revés.
Las indias iroquesas
y otras aborígenes resultaban sospechosas de libertinaje. Sus maridos ni
siquiera tenían el derecho de castigar a las mujeres que les pertenecían. Ellas
tenían opiniones propias y bienes propios, derecho al divorcio y derecho de
voto en las decisiones de la comunidad.
Los blancos invasores
ya no podían dormir en paz: las costumbres de las salvajes paganas podían
contagiar a sus mujeres.
Eduardo Galeano
El cazador de
historias, página 17
Con el abuelo no
hay quien pueda
Buena noticia para
los viejos que en el mundo son: se equivocan quienes creen que los árboles
jóvenes son los que dan más y mejor madera.
Ahí están las
sequoias, los árboles más grandes del mundo, que en California y otros parajes
dan testimonio. Ellos, los majestuosos abuelos, pueden tener hasta tres mil
años de edad y siguen generando dos mil millones de hojas y son los que mejor
resisten seis meses de nieve y tormentas de rayos, y no hay peste que con ellos
pueda.
Eduardo Galeano
El cazador de
historias, página 21
Extranjero
En un periódico del
barrio del Raval, en Barcelona, una mano anónima escribió: Tu dios es judío, tu
música es negra, tu coche es japonés, tu pizza es italiana, tu gas es argelino,
tu café es brasileño, tu democracia es griega, tus números son árabes, tus
letras son latinas. Yo soy tu vecino. ¿Y tú me llamas extranjero?
Eduardo Galeano
El cazador de
historias, página 33
Viaje al Infierno
Hace ya algunos años,
durante una de mis muertes, visité el Infierno.
Yo había escuchado
que en esos abismos te sirven el vino que prefieras y los manjares que elijas,
amantas y amantes para todos los gustos, música bailandera, gozadera
infinita...
Y una vez más
confirmé que la publicidad miente. El Infierno promete la gran vida, pero yo no
encontré nada más que un gentío haciendo fila.
La larguísima fila,
que se perdía de vista en esos desfiladeros humeantes, estaba formada por
mujeres y hombres de todos los tiempos, desde los cazadores de las cavernas
hasta los astronautas del espacio sideral.
Ellas y ellos estaban
condenados a esperar. A esperar desde siempre y para siempre.
Eso descubrí: el
Infierno es la espera.
Eduardo Galeano
El cazador de
historias, página 45
Había una vez un
río
El Ganges, el río
sagrado que atraviesa la India, nació de los siete pasos del dios Visnú, que
dejó su huella en las piedras de las siete regiones.
El río era la
encarnación de Ganga, la más linda de las diosas, que tenía su casa entre las
estrellas hasta que se le ocurrió venirse a vivir en este asesino mundo.
Hasta hace unos
cuantos años, los peregrinos acudían al Ganges a beber el agua de la
inmortalidad. Ahora, esa agua mata.
El Ganges, uno de los
ríos más contaminados del mundo, enferma a quien lo bebe y a quien come
alimentos regados por sus aguas.
Eduardo Galeano
El cazador de
historias, página 47
Adivinanza
Los amigos se
reunieron en un gran banquete, con una única condición: iban a comer con los
ojos vendados.
Al final, el cocinero
pidió:
—Que cada boca
diga qué es lo que ha comido.
La mayoría opinó:
—Tiene gusto a
pollo.
Ese era el único
animal que no figuraba en el menú, pero nadie discutió el asunto. Al fin y al
cabo, ya ni el pollo tiene gusto a pollo, porque ahora todo tiene gusto a todo
y a nada, y en estos tiempos de uniformización obligatoria los pollos se
fabrican en serie, como los mariscos y los peces.
Y como nosotros.
Eduardo Galeano
El cazador de
historias, página 49
Brevísima síntesis
de la historia contemporánea
Desde hace ya algunos
siglos, los súbditos se han disfrazado de ciudadanos y las monarquías prefieren
llamarse repúblicas.
Las dictaduras
locales, que dicen ser democracias, abren sus puertas al paso avasallante del
mercado universal. En este mundo, reino de libres, todos somos uno. Pero ¿somos
uno o somos ninguno? ¿Compradores o comprados? ¿Vendedores o vendidos? ¿Espías
o espiados?
Vivimos presos tras
barrotes invisibles, traicionados por las máquinas que simulan obediencia y
mienten, con cibernética impunidad, al servicio de sus amos.
Las máquinas mandan
en las casas, en las fábricas, en las oficinas, en las plantaciones agrícolas,
en las minas y en las calles de las ciudades, donde los peatones somos
molestias que perturban el tráfico. Y las máquinas mandan también en las
guerras, donde matan tanto o más que los guerreros de uniforme.
Eduardo Galeano
El cazador de historias,
página 51
Informe clínico de
nuestro tiempo
La ciencia médica
llama síndrome de Jerusalén a la enfermedad que allí sufren
numerosos turistas.
Esos visitantes de la
ciudad santa, capital de tres religiones, sienten la súbita revelación divina:
ellos son personajes de la Biblia, y desde cualquier silla o banquito
vociferan, en plena calle, bíblicos sermones, dictados por Dios, que anuncian a
los desobedientes el castigo eterno en las llamas del Infierno.
Lejos de Jerusalén,
una parecida enfermedad suele atacar a los huéspedes de la Casa Blanca y a
otros presidentes que han recibido, directamente del cielo, la orden de
exterminar a los pecadores.
Eduardo Galeano
El cazador de
historias, página 52
Líos de pareja
La luna y el sol
vivían juntos, y se llevaban de lo más bien, hasta que el sol sorprendió a la
luna besándose, a toda pasión, con la estrella del amanecer.
El sol la golpeó.
Según los mapuches, las cicatrices del castigo siguen estando a la vista en el
cuerpo de la luna; y de sus lágrimas de plata nació el arte indígena de la
platería.
Y nunca más vivieron
juntos. Cuando el sol sale, la luna se va. Cuando la luna aparece, el sol se
esconde.
Eduardo Galeano
El cazador de
historias, página 82
El río raro
Eran niños venidos de
tierra adentro, de muy adentro, que no habían estado nunca en la playa de
Piriápolis, ni en ninguna playa, y que nunca habían visto la mar.
A lo sumo se atrevían
a mojarse los pies, pero ninguno rompía las olas.
Para vencer el miedo,
uno de los niños, el más sabido, explicó qué era la mar:
—Es un río de una
sola orilla.
Eduardo Galeano
El cazador de
historias, página 88
En mis andares de cuentacuentos, estaba yo una noche leyendo
mis relatos en la ciudad gallega de Ourense. Un señor me miraba, ceño fruncido,
ojos sin pestañear, desde la última fila: cara de campesino curtido por los
trabajos y los días, enojado hasta para besar. Cuando la lectura terminó, se
acercó a paso lento, mirándome fijo, como para matarme. Pero no me mató. Me
dijo: —Qué difícil ha de ser escribir tan sencillo. Y después de esa frase, la
más sabia crítica literaria que he recibido en toda mi vida, me dio la espalda
y sin saludar se fue.
Eduardo Galeano
El cazador de
historias, página 100
Vivir por
curiosidad
La palabra entusiasmo proviene
de la antigua Grecia, y significaba: tener a los dioses adentro.
Cuando alguna gitana
se me acerca y me atrapa una mano para leer mi destino, yo le pago el doble
para que me deje en paz: no conozco mi destino, ni quiero conocerlo.
Vivo, y sobrevivo,
por curiosidad.
Así de simple. No sé,
ni quiero saber, cuál es el futuro que me espera. Lo mejor de mi futuro es que
no lo conozco.
Eduardo Galeano
El cazador de
historias, página 112
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