Soy un hombre enfermo… Un hombre malvado. Soy un hombre
repulsivo. Creo que padezco del hígado. No obstante, no tengo ni la más remota
idea de mi enfermedad, y no sé a ciencia cierta qué mal sufro. No me tratan ni
me han tratado nunca, a pesar del respeto que siento por la medicina y por los
doctores. Por lo demás, soy extremadamente supersticioso; o al menos lo
suficiente para respetar la medicina. (Soy un hombre bastante instruido, y
podría no ser supersticioso, pero el caso es que sí lo soy.) No, no quiero que
me traten, y lo hago por pura inquina. Seguro que ustedes no lo comprenden.
Pues yo sí lo comprendo. No sabría explicarles, evidentemente, a quién fastidio
en este caso con mi inquina; soy perfectamente consciente de que tampoco causo
ningún perjuicio a los médicos por el hecho de no ser tratado; sé mejor que
nadie que con todo esto únicamente me castigo a mí mismo y a nadie más. Pero,
en cualquier caso, si no me cuido, es por inquina. Que padezco del hígado, pues
¡ojalá padezca todavía más!
Memorias del
subsuelo
Fiódor Dostoyevski, página 5
No solo no he llegado a ser malvado, sino que tampoco he
sido capaz de llegar a ser nada: ni malo ni bueno, ni canalla ni honrado, ni
héroe ni insecto. Ahora consumo mi existencia en este rincón, mortificándome a
mí mismo con el consuelo, tan estéril como maligno, de que un hombre
inteligente en realidad nunca llega a ser nada, y solo el necio llega a ser
algo. Así es, el hombre inteligente del siglo XIX tiene el deber y la
obligación moral de ser un sujeto esencialmente sin carácter; por el contrario,
el hombre con carácter, el hombre de acción, es ante todo un ser limitado.
Memorias del
subsuelo
Fiódor Dostoyevski, página 6
Pero ¿de qué puede hablar un hombre decente con el mayor
deleite? Respuesta: de sí mismo. Así pues, voy a hablar de mí.
Memorias del
subsuelo
Fiódor Dostoyevski, página 8
Oh, señores, si me considero una persona inteligente,
posiblemente se deba tan solo a que no he logrado empezar ni terminar nada en
toda mi vida. De acuerdo, de acuerdo, soy un charlatán, un inofensivo y pesado
charlatán, como todos nosotros. Pero qué se le va a hacer si el más inmediato,
el único destino de todo hombre inteligente es la charlatanería, es decir, dar
vueltas a la noria deliberadamente.
Memorias del
subsuelo
Fiódor Dostoyevski, página 19
No sé si habrán reparado en que los más finos derramadores
de sangre han sido casi siempre los caballeros más civilizados, y todos esos
Atila y Stenka Razin no les llegan a veces a la suela del zapato y, si no nos
llaman tanto la atención como Atila y Stenka Razin, es por la sencilla razón de
que nos encontramos con ellos más a menudo, y nos resultan más familiares, más
cotidianos. En cualquier caso, la civilización no ha hecho al hombre más
sanguinario, pero seguramente sí lo ha vuelto más mezquinamente, más vilmente
sanguinario que antes. Antes veía en el derramamiento de sangre un acto de
justicia y exterminaba a quien consideraba oportuno con la conciencia
tranquila; ahora, en cambio, consideramos el derramamiento de sangre una
villanía, pero seguimos cometiendo esta villanía, y hasta con más aplicación
que en el pasado. ¿Qué es peor? Decídanlo ustedes.
Memorias del
subsuelo
Fiódor Dostoyevski, página 24
¿De dónde se han sacado todas esas lumbreras que al hombre
le conviene una voluntad normal y virtuosa? ¿Cómo se les ha podido ocurrir que
el hombre aspira en cualquier caso a tener una voluntad sensata y preocupada
por sus intereses? Lo que necesita de verdad es una voluntad independiente,
cueste lo que cueste y tenga las consecuencias que tenga. En fin, el diablo
sabrá qué voluntad es esa…
Memorias del
subsuelo
Fiódor Dostoyevski, página 27
… yo creo que la mejor definición del ser humano es la
siguiente: una criatura bípeda y desagradecida. Pero eso no es todo; este no es
su peor defecto; su peor defecto es su permanente mala conducta; permanente,
desde el Diluvio Universal hasta el período schleswig-holsteiniano de los
destinos humanos. Mal comportamiento y, por consiguiente, falta de sentido
común; pues es bien sabido desde hace mucho que el mal comportamiento procede,
justamente, de la falta de sentido común.
Memorias del
subsuelo
Fiódor Dostoyevski, página 30
Todo hombre decente de nuestro tiempo es y debe ser un
cobarde y un esclavo. Ese es su estado normal. Estoy profundamente convencido.
Así está hecho y para eso es como es. Y no solo en los tiempos presentes, como
consecuencia de ciertas circunstancias casuales, sino, en general, en cualquier
época, el hombre decente ha sido siempre un cobarde y un esclavo. Es una ley de
la naturaleza de todas las personas decentes del mundo. Si en alguna ocasión
una de estas personas se las da de valiente, más le vale no sentirse confortado
ni dejarse llevar por el entusiasmo: ya se achantará ante otros. Esa es su ley
inalterable y eterna. Solo los asnos y los mulos se las dan de valientes, y eso
solo hasta que chocan contra un muro. No merece la pena hacerles caso, porque
no tienen la menor importancia.
Memorias del
subsuelo
Fiódor Dostoyevski, página 45
Los días de fiesta, antes de las cuatro, iba a veces a
pasear a la avenida Nevski, y paseaba por la acera soleada. Quiero decir, no es
que paseara en realidad, sino que soportaba innumerables tormentos,
humillaciones y ataques de bilis; pero lo cierto es que eso era lo que quería.
Me contorsionaba como una anguila, del modo más desagradable, entre los
transeúntes, cediendo continuamente el paso, ya fuera a los generales, a los
oficiales de la guardia, a los húsares o a las grandes señoras; en esos momentos,
solo de pensar en lo lastimoso de mi atuendo y en la miserable pinta de mi
inquieta figura, experimentaba dolores convulsivos en el corazón y calor en la
espalda. Se trataba de un auténtico suplicio, de una incesante e insoportable
humillación, nacida de la idea —que había llegado a ser una sensación continua
e inmediata— de que era una mosca a los ojos del mundo, una mosca repugnante e
inútil; una mosca más inteligente, más desarrollada, más noble que ninguna
otra, por descontado, pero que cedía continuamente el paso a todo el mundo,
humillada y ofendida por todos. ¿Por qué me infligía a mí mismo semejante
tortura? ¿Por qué iba a la avenida Nevski? No lo sé, pero había algo que me
empujaba hacia allí a las primeras de cambio.
Memorias del
subsuelo
Fiódor Dostoyevski, página 53
Pero llegaba ya a su fin mi etapa de libertinaje, y tenía
unas terribles náuseas. Empezaba a sentir remordimientos, y procuraba
disiparlos: era algo vomitivo. Poco a poco, no obstante, me iba acostumbrando.
A todo me acostumbraba yo; es decir, no es que me acostumbrara, sino que me
resignaba como buenamente podía a soportarlo. Pero contaba con un remedio que
facilitaba las cosas: buscaba evasión en «todo lo hermoso y lo sublime»; la
buscaba en los sueños, claro está.
Memorias del
subsuelo
Fiódor Dostoyevski, página 57
Yo, por ejemplo, triunfo sobre todos los demás; todos, por
supuesto, quedan reducidos a polvo y se ven obligados de buen grado a reconocer
todas mis perfecciones, y todos cuentan con mi perdón.
Memorias del
subsuelo
Fiódor Dostoyevski, página 59
De camino a casa, renuncié por una temporada a mi deseo de
abrazarme con toda la humanidad.
Memorias del
subsuelo
Fiódor Dostoyevski, página 60
Esa noche tuve unos sueños monstruosos. No tenía nada de
extraño: había pasado toda la tarde abrumado por los recuerdos de los años de
cautiverio que había sido mi vida escolar, no sabía cómo librarme de ellos. Me
habían metido en el colegio unos parientes lejanos de los que dependía y de los
que no he vuelto a tener noticias desde entonces; cuando me dejaron allí ya era
un niño solitario, acobardado por sus reproches, pensativo, taciturno y hostil
a todo su entorno. Los compañeros me recibieron con burlas malintencionadas e
implacables, porque no me parecía a ninguno de ellos. Pero no podía soportar
sus bromas; no podía amoldarme a ellos tan fácilmente como ellos se amoldaban
entre sí. Los odié de inmediato y me aparté de todos, encerrándome en un
orgullo asustadizo, herido y desproporcionado. Su grosería me escandalizaba. Se
burlaban cínicamente de mi cara, de mi figura desmañada; y, al mismo tiempo,
¡qué caras más estúpidas las suyas! En nuestra escuela los semblantes se
idiotizaban y degeneraban de un modo peculiar. ¡Cuántos niños guapos ingresaban
allí! En unos pocos años resultaba desagradable mirarlos. A los dieciséis años
los observaba con tristeza; entonces me sorprendía la mezquindad de sus
pensamientos, la estupidez de sus actividades, de sus juegos, de sus
conversaciones. Era tal su incomprensión de las cuestiones más esenciales y su
desinterés por las materias más sugestivas e impactantes que no podía evitar
considerarlos inferiores a mí. No era la vanidad herida la que me empujaba en
esa dirección, y, por el amor de Dios, no me vengan con esa objeción rutinaria,
repetida hasta la náusea, de que yo me limitaba a soñar, mientras que ellos
tenían ya una noción de la vida real. Ellos no comprendían nada, no tenían ni
idea de lo que era la vida real, y juro que eso era lo que más me indignaba en
ellos. Al contrario, la realidad más evidente, la que salta a la vista, la
recibían con una estupidez fabulosa y ya entonces estaban acostumbrados a
rendirse únicamente ante el éxito. De todo lo que era justo, pero humillado y
despreciado, se mofaban de forma despiadada e ignominiosa. Confundían el rango
con la inteligencia; a los dieciséis años ya discutían de sinecuras.
Naturalmente, gran parte de eso obedecía a la estupidez y a los malos ejemplos
de los que se habían visto rodeados en su infancia y su pubertad. Eran viciosos
hasta la monstruosidad. Había en todo eso, claro está, mucho de apariencia, de
cinismo afectado; evidentemente, a través de la depravación se adivinaba en
ellos su juventud y cierta lozanía; pero hasta esta lozanía carecía de
atractivo, pues aparecía envuelta en libertinaje. Yo los odiaba de un modo
atroz, aunque seguramente era peor que ellos. Ellos me pagaban con la misma
moneda y no disimulaban su aversión por mí. Pero ya no deseaba su afecto; al
contrario, solo ansiaba su humillación. Para verme libre de sus chanzas, puse
todo mi empeño en aplicarme lo mejor posible en mis estudios y me hice un hueco
entre los más destacados. Se quedaron impresionados. Además, empezaron poco a
poco a comprender que yo ya había leído ciertos libros que ellos no podían leer
y que tenía nociones de determinados asuntos (que no formaban parte de nuestro
plan de estudios) de los que ellos ni siquiera habían oído hablar. Aunque
miraban todo esto de una forma disparatada e irónica, fueron sometiéndose
moralmente, sobre todo cuando descubrieron que hasta los maestros se habían
fijado en mí por ese motivo. Cesaron las burlas, pero quedó la animadversión, y
se establecieron unas relaciones frías y tirantes. Finalmente, no lo pude
resistir: con los años se había acentuado la necesidad de tener trato con la
gente, de hacer amigos. Traté de acercarme a algunos de mis compañeros; pero
esas relaciones siempre resultaban forzadas y acababan en nada. Una vez, de
hecho, llegué a tener un amigo. Pero yo ya era un déspota de corazón; pretendía
ejercer un dominio ilimitado sobre su espíritu, quería imbuirle el desprecio
por el medio que lo rodeaba; le exigía una ruptura ostentosa y definitiva con
ese entorno. Lo asusté con mi amistad apasionada; lo llevé hasta las lágrimas,
hasta los espasmos; era un alma cándida y devota; pero, cuando se entregaba por
completo a mí, lo detestaba de inmediato y lo apartaba, como si solo lo hubiera
necesitado para obtener la victoria sobre él, para someterlo. Pero yo no podía
vencerlos a todos; mi amigo no se parecía a ninguno de los demás, y constituía
una rara excepción. Lo primero que hice al acabar la escuela fue renunciar a la
carrera en concreto a la que estaba destinado, a fin de romper todos los lazos,
maldecir el pasado y cubrirlo de ceniza… Y ¡solo el diablo sabe por qué después
de eso me arrastré hasta casa de ese Símonov!…
Memorias del
subsuelo
Fiódor Dostoyevski, página 67
Debido a la falta de costumbre, cualquier acontecimiento
externo, por insignificante que fuera, me hacía pensar siempre que estaba a
punto de ocurrir un cambio radical en mi existencia.
Memorias del
subsuelo
Fiódor Dostoyevski, página 70
Falto de costumbre, me enojaba con una rapidez poco natural.
Memorias del
subsuelo
Fiódor Dostoyevski, página 75
Incluso cuando se sufre la vida es bella, es bonito vivir en
este mundo, se viva como se viva.
Memorias del
subsuelo
Fiódor Dostoyevski, página 94
Donde no hay amor, tampoco suele imperar la razón.
Memorias del
subsuelo
Fiódor Dostoyevski, página 98
¿Cómo no van a unirse estrechamente el padre y la madre?
Dicen que tener hijos es una carga muy pesada. ¿Quién lo dice? ¡Es una
bendición celestial! ¿Te gustan los niños pequeños, Liza? A mí me vuelven loco.
Imagínate: una de esas criaturas sonrosadas, tomando el pecho, y ¡qué marido no
va a derretirse viendo a su mujer con su hijo en brazos! Un crío sonrosado,
regordete, que se estira, se deja acariciar; unas manos y unos pies que están
para comérselos, las uñas limpitas, muy pequeñas, tan pequeñas que da risa
verlas, y unos ojitos que cualquiera diría que lo entienden todo. Y mientras
está mamando te da tirones en el pecho, juguetea. Se acerca el padre, y el crío
suelta el pecho, echa todo el cuerpo para atrás, mira al padre, se ríe, y solo
Dios sabe qué es lo que encuentra tan gracioso, y venga otra vez, otra vez a
mamar. O coge y le mordisquea el pecho a la madre, una vez que los dientecitos
le empiezan a asomar, y con esos ojitos la mira de través: «¿Has visto? ¡Te he
mordido!». O ¿acaso no es todo alegría cuando están juntos los tres, el marido,
la mujer y el bebé? Por momentos como estos uno puede perdonar muchas cosas.
No, Liza, ¡está claro que primero hay que aprender a vivir, antes de acusar a
los demás!
Memorias del
subsuelo
Fiódor Dostoyevski, página 100
Sé que me dirán que eso es increíble, que es increíble que
alguien sea tan malvado, tan estúpido como yo; a lo mejor añaden que tampoco es
creíble que no la quisiera o, por lo menos, que no apreciase su amor. ¿Por qué
va a ser increíble? En primer lugar, yo era incapaz de amar, porque, lo vuelvo
a repetir, amar significaba para mí tiranizar y ser moralmente superior. Nunca
en la vida he podido concebir siquiera otro amor, y he llegado tan lejos que
ahora creo algunas veces que el amor consiste en el derecho, libremente
otorgado por la persona amada, a tiranizar a esa persona. Ni tan siquiera en
mis sueños del subsuelo podía imaginar el amor más que como una lucha que
empezaba con odio y terminaba con la dominación moral, aunque después nunca
sabía qué hacer con la persona así dominada.
Memorias del
subsuelo
Fiódor Dostoyevski, página 129
«Y ¿no sería mejor, no sería mejor —fantaseaba más tarde, de
vuelta en casa, sofocando con desvaríos el dolor vivo de mi corazón—, no sería
mejor que ella se llevase para siempre el rencor de la ofensa consigo? La
ofensa no deja de ser una forma de purificación; ¡es la conciencia más
corrosiva y más dolorosa! Mañana mismo le ensuciaría el alma y le abrumaría el
corazón. Pero ahora el rencor jamás se extinguirá en ella y, por execrable que
sea la inmundicia que la espera, la conciencia de haber sido ofendida la
exaltará y la purificará… por medio del odio… hum… o puede que también por
medio del perdón… En cualquier caso, ¿todo esto le hará la vida más fácil?» De
hecho, me hago ahora una pregunta ociosa: ¿qué es preferible: una felicidad
ramplona o un sufrimiento elevado? A ver, ¿qué es preferible?
Memorias del
subsuelo
Fiódor Dostoyevski, página 131
«Y ¿no sería mejor, no sería mejor —fantaseaba más tarde, de
vuelta en casa, sofocando con desvaríos el dolor vivo de mi corazón—, no sería
mejor que ella se llevase para siempre el rencor de la ofensa consigo? La
ofensa no deja de ser una forma de purificación; ¡es la conciencia más
corrosiva y más dolorosa! Mañana mismo le ensuciaría el alma y le abrumaría el
corazón. Pero ahora el rencor jamás se extinguirá en ella y, por execrable que
sea la inmundicia que la espera, la conciencia de haber sido ofendida la
exaltará y la purificará… por medio del odio… hum… o puede que también por
medio del perdón… En cualquier caso, ¿todo esto le hará la vida más fácil?» De
hecho, me hago ahora una pregunta ociosa: ¿qué es preferible: una felicidad
ramplona o un sufrimiento elevado? A ver, ¿qué es preferible?
Memorias del
subsuelo
Fiódor Dostoyevski, página 132
Fiódor Dostoyevski, página 5
Fiódor Dostoyevski, página 6
Fiódor Dostoyevski, página 8
Fiódor Dostoyevski, página 19
Fiódor Dostoyevski, página 24
Fiódor Dostoyevski, página 27
Fiódor Dostoyevski, página 30
Fiódor Dostoyevski, página 45
Fiódor Dostoyevski, página 53
Fiódor Dostoyevski, página 57
Fiódor Dostoyevski, página 59
Fiódor Dostoyevski, página 60
Fiódor Dostoyevski, página 67
Fiódor Dostoyevski, página 70
Fiódor Dostoyevski, página 75
Fiódor Dostoyevski, página 94
Fiódor Dostoyevski, página 98
Fiódor Dostoyevski, página 100
Fiódor Dostoyevski, página 129
Fiódor Dostoyevski, página 131
Fiódor Dostoyevski, página 132
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