Henrik Ibsen Emperador y Galileo

 
EUSEBIA. — Memnon, buen Memnon.(Le habla al oído.)
JULIANO (En voz baja). — Señor, ten piedad de mi y envíame lejos de la Corte.
CONSTANCIO. — ¿Dónde te gustaría ir?
JULIANO. — A Egipto, si lo permites. ¡Allí van tantos a buscar la soledad!
 
Henrik Ibsen
Emperador y Galileo, página 9
 
 
AGATÓN (Con viveza).— ¿Sigues creyendo mucho en los sueños?
JULIANO. — ¿Por qué me lo preguntas?
AGATÓN. — Porque es indispensable.
 
Henrik Ibsen
Emperador y Galileo, página 15
 
 
¡Basilio, si me sintiera fuerte! Pero me veo, como Dédalo, entre cielo y mar. Altura que da vértigo y abismo sin fondo. ¿Qué significan las voces que de Oriente y Occidente me gritan que he de salvar al cristianismo? ¿Dónde está el cristianismo que ha de ser salvado? ¿Está en el Emperador o en el César? Sus actos gritan en voz alta: «¡No! ¡No!». ¿Está, acaso, entre los poderosos, entre los grandes, entre los lúbricos semihombres de la Corte, que cruzan sus manos sobre las panzas repletas y murmuran, con voz plañidera «El hijo de Dios fue creado de la nada»? O bien entre las personas ilustradas, entre aquellas que, como tú o yo, ¿bebieron la belleza y el saber en fuentes paganas? ¿La mayoría de nuestros hermanos no se inclina hacia la herejía de Arrio que goza de favor tan grande hasta con el mismo Emperador? ¿Es el amor de Cristo el que impulsa a la muchedumbre harapienta del imperio a asaltar los templos, a asesinar a los paganos y a las familias de los paganos? ¡Y enseguida se pelean entre sí para arrebatarse los despojos de las víctimas! Pregunta a Macrina si se debe buscar el cristianismo en la soledad, en lo alto de la columna en que el santo estilista se mantiene sobre un solo pie o bien en las ciudades. ¿Acaso entre los panaderos de Constantinopla que hace poco se peleaban a puñetazos para decidir si la Trinidad se compone de tres personas o de tres hipóstasis? Si Cristo volviese a la tierra, ¿a quién reconocería como suyo? ¡Coge la linterna de Diógenes, Basilio! ¡Alumbra la noche tenebrosa! ¿Dónde está el cristianismo?
 
Henrik Ibsen
Emperador y Galileo, página 53
 
 
 
ULIANO. — No cierres el pozo de tu sabiduría. Dame de beber, si puedes. ¿Dónde buscar? ¿Dónde encontrar?
BASILIO. — En los escritos de los santos.
JULIANO. — ¡Otra respuesta que desespera! ¡Libros, siempre libros! Cuando fui a encontrar a Libanio, se me dijo: «¡Libros! ¡Libros!». Cuando voy a vosotros: «¡Libros! ¡Libros!». ¡Piedras en vez de pan! ¡Nada quiero con los libros! Tengo hambre de vida, de tratar cara a cara con el Espíritu. ¿Fue un libro el que convirtió a Saúl en creyente? ¿No fue rayo de luz que le hirió, aparición o voz?
 
Henrik Ibsen
Emperador y Galileo, página 53
 
 
Es preciso una revelación nueva, o bien una revelación de algo nuevo. Es preciso, te lo aseguro. Sí, una revelación.
 
Henrik Ibsen
Emperador y Galileo, página 54
 
 
JULIANO. — ¿Con qué derecho juzgas las cosas ocultas? No entran en los dominios de tu saber, querido Gregorio. El camino que conduce al gran esplendor es espantoso. Los sueños de Eleusis estaban cerca del camino verdadero; Máximo lo encontró y yo lo sigo bajo su dirección… Atravesé tenebrosos abismos. Veía a mi izquierda un agua espesa y cenagosa como la de un torrente que se hubiese olvidado circular. Voces agudas hablaban confusamente en la noche, de pronto y sin causa alguna. Veía ir y venir una luz azulada; formas espantosas pasaban ante mí; sentía todas las angustias de la muerte, y sin embargo, soporté la prueba. Después, después, queridos amigos, con el cuerpo trocado en espíritu, penetré más adentro, en el Paraíso; los ángeles cantaron sus cánticos en mi presencia y contemplé el centro mismo de la luz
 
Henrik Ibsen
Emperador y Galileo, página 61
 
 
¿Sabes cómo fui poseído por el espíritu del saber? Una noche rezaba y había ayunado. Experimenté la sensación de haber sido llevado lejos, lejos, en el espacio y en el tiempo; en torno mío, en efecto, el sol resplandecía y me hallaba solo sobre un navío con las velas desplegadas, en medio del mar helénico, uno y resplandeciente. Las islas se elevaban, semejantes a ligera capa de nubes solidificadas, y el barco descansaba, como dominado por el sueño, sobre el azul de las olas. Y he aquí que las olas se tornan cada vez más transparentes, ligeras, tenues, hasta que por fin desaparecen y el barco queda suspendido sobre un horrible abismo vacío. Abajo, sin verdor ni sol, nada más que el fondo del mar desierto, viscoso y negro, en su horrible desnudez. Pero en lo alto… en la bóveda infinita que antes me pareció vacía, allá vi la vida. Lo invisible tomó formas y el silencio tuvo voces… Entonces alcancé la gran ciencia liberatriz.
GREGORIO. — ¿De qué ciencia quieres hablar?
JULIANO. — Lo que es, no es, y lo que
GREGORIO. — ¿De qué ciencia quieres hablar?
JULIANO. — Lo que es, no es, y lo que no es, es.
BASILIO. — ¡Te pierdes y te condenas en esa trama tejida de luz y de sombra!
JULIANO. — ¿Yo? ¿No hay milagros? Avisos misteriosos y ciertas conjunciones extrañas de astros, anuncian que la voluntad divina aún tiene sobre mí obscuros designios.
GREGORIO. — No creas en semejantes signos que no sabes de quién son obra.
JULIANO. — ¿Y tampoco he de creer en los signos de augurio feliz que ya se han confirmado? (Les acerca y les dice en voz baja): Habéis de saber, amigos míos, que se acerca una gran revolución. Dentro de poco Galo César y yo compartiremos el dominio del mundo; él en calidad de Emperador, y yo en calidad de… ¿Cómo decirlo? Lo que no ha nacido no puede ser llamado por un nombre porque no lo tiene. Así, pues, no hablemos de ello antes de la plenitud del tiempo…
 
Henrik Ibsen
Emperador y Galileo, página 62
 
 
No hay pecado si no lo consideras como tal.
 
Henrik Ibsen
Emperador y Galileo, página 67
 
 
¡Qué débil es el espíritu humano en la prosperidad!
 
Henrik Ibsen
Emperador y Galileo, página 99
 
 
SALUSTIO. — En Roma me hicieron jurar solemnemente que guardaría el secreto.
JULIANO. — Un juramento. Eso es. ¿Por los dioses de tus antepasados?
SALUSTIO. — Si, señor, por Júpiter y por Apolo.
JULIANO. — ¡Y, sin embargo, violas el juramento!
SALUSTIO. — Deseo vivir.
JULIANO. — ¿Y los dioses?
SALUSTIO. — ¿Los dioses? Están muy lejos.
JULIANO. — Sí, vuestros dioses están lejos; no retienen a nadie; no son estorbo para nada; dejan al hombre el campo libre para la acción. ¡Qué felices eran los griegos sintiéndose libres!
 
Henrik Ibsen
Emperador y Galileo, página 122
 
 
SALUSTIO. — Te suplico que me digas qué buscas entre estas tinieblas. JULIANO. — ¡La luz!
 
Henrik Ibsen
Emperador y Galileo, página 125
 
 
No confíes tu destino a nadie más que a ti mismo.
 
Henrik Ibsen
Emperador y Galileo, página 126
 
 
¿En qué consiste la felicidad sino en vivir conforme a la naturaleza? ¿Pide el águila plumas de oro? ¿Desea el león garras de plata? ¿Aspira acaso el granado a convertir sus frutos en diamantes? Y yo os digo que ningún hombre tiene derecho a gozar si antes no ha probado que es suficientemente fuerte para sufrir la falta de goce. No, no puede tocar con los dedos el placer si antes no tuvo fuerza de voluntad para pisotearlo.
 
Henrik Ibsen
Emperador y Galileo, página 207
 
 
Máximo, tú que sabes interpretar los presagios cuyo sentido misterioso escapa a los demás; tú, que puedes leer en el libro de los astros eternos, ¿quieres decir cuál será el fin de esta lucha?
 
Henrik Ibsen
Emperador y Galileo, página 227
 
 
MÁXIMO. — Sabes que nunca aprobé tus actos como Emperador. Quisiste que el adolescente volviera a ser niño. El reino de la carne desaparece ante el reino del espíritu. Pero el reino del espíritu no es el fin, como no lo es en la vida la adolescencia. Quisiste impedir que el adolescente creciera, que se hiciese hombre. ¡Insensato, que desenvainaste la espada contra lo que ha de venir, contra el tercer reino, el señor de dos caras!
JULIANO. — ¿Y ese señor…?
MÁXIMO. — Los judíos le dan un nombre. Le llaman el Mesías, y le esperan.
JULIANO (Lentamente y pensativo). — ¿El Mesías? ¿Ni Emperador ni Redentor?
MÁXIMO. — Los dos en uno y uno solo en los dos.
JULIANO. — Emperador-Dios. Dios-Emperador. Emperador en el reino del espíritu, y Dios en el de la carne.
MÁXIMO. — Ese es el tercer reino.
JULIANO. — Sí, Máximo; ese es el tercer reino.
MÁXIMO. — En ese reino, las palabras sediciosas serán verdad.
JULIANO. — «Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». Sí; esto es, el Emperador en Dios y Dios en el Emperador. ¡Bah! ¡Sueños! ¡Quimeras! ¿Quién quebrantará el poderío del Galileo?
MÁXIMO. — ¿En qué consiste?
JULIANO. — En vano, intento descubrirlo.
MÁXIMO. — En alguna parte está escrito: «No preferirás a los Dioses extranjeros».
JULIANO. — ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí!
MÁXIMO. — El vidente de Nazaret no conoció a tal o cual Dios. Dijo: Dios está en mí; yo soy Dios.
JULIANO. — Sí; por esto el Emperador se queda sin poderío. ¿El tercer reino? ¿El Mesías? ¿No el Mesías de los judíos, sino el del reino del espíritu y el del reino del mundo?
MÁXIMO. — El Dios-Emperador.
JULIANO. — El Emperador-Dios.
MÁXIMO. — Logos en Pan… Pan en Logos.
JULIANO. — Máximo, ¿cómo llegará a serlo?
MÁXIMO. — Llegará el que tenga una conciencia consciente de sí misma.
 
Henrik Ibsen
Emperador y Galileo, página 228
 
 
JULIANO. — ¿Los auspicios?… ¿Los auspicios?
MÁXIMO. — No me preguntes por ellos.
JULIANO. — ¡Habla! ¡Quiero saber lo que dicen!
MÁXIMO. — ¡Continúan mudos!
JULIANO. — ¿Mudos?
MÁXIMO. — Estuve al lado de los sacerdotes; las entrañas de los animales no proporcionaron ningún signo. Estuve al lado de los charlatanes etruscos; el vuelo y el grito de los pájaros no les dijo nada. Estuve junto a los magos: sus escritos no les proporcionaron contestación. Y yo mismo…
JULIANO. — ¿Y tú, querido Máximo?
MÁXIMO. — Puedo decírtelo ahora. Esta noche examiné la posición de las estrellas. ¡Nada me anunciaron, Juliano!
 
Henrik Ibsen
Emperador y Galileo, página 272
 
 
MÁXIMO. — Cercano está el día en que los hombres no tengan necesidad de morir para vivir como Dioses sobre la tierra.
 
Henrik Ibsen
Emperador y Galileo, página 277
 
 
 
 
 
 
 

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