Patrice Van Eersel y Catherine Maillard

 
El curandero sabe una cosa que el médico ignora: la ley genealógica y la relación con los antepasados definen en gran parte los lazos, los derechos, los deberes y las identidades que estructuran al ser humano en su cultura y su biografía. El curandero también conoce las palabras y los rituales que le permitirán conjurar la presencia al fantasma (un antepasado desgraciado o que deshonró a su familia), sinónimo del desorden inconsciente que se puede transmitir de generación en generación.
 
Patrice Van Eersel y Catherine Maillard
Mis antepasados me duelen, página 2
 
 
 
 
La psicogenealogía abarca muchas teorías, prácticas y escuelas de pensamiento. Pero también se ha convertido en una palabra popular, un término común aplicable a casi todo. Y eso es, indudablemente, gracias a la popularización que Anne Ancelin Schützenberger hizo de ella, principalmente en Francia, en la década de los ochenta. Después de trabajar durante muchos años con enfermos de cáncer, entre otras cosas con la ayuda de la versión clínica del método Simonton que, apoyándose a la vez en la medicina tradicional y en un seguimiento psicoterapéutico, permite reforzar las ganas de vivir y el sistema inmunológico mediante visualizaciones positivas, empezó a descubrir en sus biografías unos sorprendentes fenómenos de repetición, idénticos a los que sufrieron seres queridos ya desaparecidos. Y así invento el método del genosociograma, una especie de árbol genealógico muy particular, priorizando sobre todo los acontecimientos sorprendentes o chocantes, tanto para bien como para mal: enfermedades, nacimientos, accidentes, muertes precoces e injustas, matrimonios, viajes lejanos, etc.; mostrando, con una presentación gráfica de toda la familia, en el sentido amplio de la palabra, a lo largo de media docena de generaciones, los principales lazos afectivos, positivos, negativos u olvidados, acabando en el momento en que se produjeron las sorpresas genealógicas.
 
Patrice Van Eersel y Catherine Maillard
Mis antepasados me duelen, página 8
 
 
¿Su método? La terapia transgeneracional psicogenealógica contextual clínica, cuya principal misión es desenmascarar nuestras lealtades invisibles y nuestras identificaciones inconscientes repetitivas (alegres o trágicas) que nos obligan a pagar deudas a nuestros antepasados, lo queramos o no, y a repetir las tareas interrumpidas porque no están terminadas.
 
Patrice Van Eersel y Catherine Maillard
Mis antepasados me duelen, página 8
 
 
Entrevista con ANNE ANCELIN SHÜTZENBERGER
 
 
—Aparte de la coincidencia de edad, del destino, ¿qué es lo que le hizo pensar que tras esa enfermedad se escondía un caso de transmisión genética?
 
Anne Ancelin Schützenberger: Es difícil responderle… Por una parte, siempre me habían enseñado que el cáncer de mama no era una enfermedad hereditaria genéticamente; por otra parte, ¿por qué precisamente a la misma edad? Es la misma dificultad que siempre se presenta, al tratar temas relacionados con el inconsciente, de invocar al destino como causa. En cuanto a la genética, difícilmente podía hacer coincidir las fechas con tanta exactitud. Aquí debo hacer un inciso para puntualizar que mi marido era médico, genetista, matemático y estadístico y que yo me sirvo de la observación clínica de manera bastante rigurosa. Además, esa historia enseguida me recordó otra.
 
Un día, mi hija me dijo: «¿Te has dado cuenta, Mamá? Tú eres la mayor de dos hermanos, de los que el segundo está muerto; Papá es el mayor de dos hermanos, de los que el segundo está muerto y yo soy la mayor de dos hermanos, de los que el segundo está muerto». Al principio, fue un shock. A partir de entonces, me empeñe en verificar, con otros pacientes, mi intuición en relación a esa chica. Les pedí a todos que reconstruyeran conmigo su árbol genealógico completo y que, si era posible, debajo del nombre de padres, abuelos, bisabuelos, tíos y primos, indicaran los momentos claves de la historia familiar: tuberculosis del abuelo, matrimonio o matrimonio en segundas nupcias de la madre, accidente de tráfico del padre, mudanzas y desarraigos continuos, cambios de clase social, quiebras económicas, fortunas, participación en alguna guerra, muertes prematuras, alcoholismo, ingresos en hospitales psiquiátricos o en la cárcel, sin olvidar los títulos universitarios y las profesiones. También les pedí que, si podían, escribieran las edades y las fechas en las que se produjeron estos sucesos. Estos árboles genealógicos tan extensos (bautizados como genosociogramas) revelaron algunas repeticiones sorprendentes: una familia donde, durante tres generaciones, las mujeres morían de leucemia en el mes de mayo; una serie de cinco generaciones donde las mujeres caían en la bulimia a los trece años; una familia donde los hombres eran víctimas, sistemáticamente, de un accidente de tráfico el primer día de colegio de su hijo mayor, etc. Estará de acuerdo en que es un poco atrevido atribuir al destino el hecho de que, en una familia, encontremos, generación tras generación, las mismas fechas de nacimiento, el mismo número de matrimonio en los hombres o en las mujeres, el mismo número de hijos ilegítimos o naturales, de mortinatos, de muertes trágicas precoces… ¡y siempre a la misma edad! En cuanto a la herencia genética, ¿cree usted que un accidente de tráfico puede transmitirse por el ADN? Tiene que intervenir otra cosa, es evidente, porque, cuando se prestaba atención, la frecuencia y la visibilidad de las repeticiones era tan evidente que no podía ser fruto del destino.
 
 
Patrice Van Eersel y Catherine Maillard
Mis antepasados me duelen, página 2
 
 
—Pero, esa repetición implica que el chico debe saber algo de la vergüenza familiar y que ha debido oír hablar del desgraciado tío, ¿no?
 
A.A.S.: ¡Claro que no! Hablar no es necesario para comunicarse: los estudios sobre la comunicación no verbal y el lenguaje del cuerpo demuestran que los seres humanos nos comunicamos a través del lenguaje, pero también con el cuerpo, los gestos, el tono de voz, la respiración, la actitud, el estilo de vestir, los silencios, la evasión de determinados temas. La vergüenza, igual que el secreto, no necesitan ser evocados para pasar de generación en generación y venir a perturbar a un eslabón de la familia, un eslabón directo o indirecto, o alguien indirectamente relacionado con la familia o que actúe por lealtad familiar, por identificación.
 
Le voy a dar un ejemplo: una niña de cuatro años que tenía pesadillas en las que la perseguía un monstruo. Por las noches se despertaba tosiendo, gritando y con dificultades para respirar y cada año, el mismo día, la tos degeneraba en un ataque de asma. Le pregunté a la madre qué día había nacido. «La madrugada del 25 al 26 de abril», me dijo. Conozco la historia de Francia y sé por estudios realizados con pacientes míos, que muchos traumatismos familiares tienen su origen en las persecuciones en tiempos de guerra, en ocasiones muy antiguas, o están relacionados con muertes trágicas en el campo de batalla.
 
Entre el 22 y 25 de abril, las tropas alemanas lanzaron por primera vez gases de combate sobre las tropas francesas. En Ypres, miles de soldados franceses de la Primera Guerra Mundial murieron gaseados, asfixiados. Entonces, le pedí a la madre que buscara las palabras Ypres y Verdún en el genosociograma familiar y encontró que un hermano del abuelo fue uno de esos soldados muertos por los gases… ¡la noche del 25 al 26 de abril de 1915! Luego le pedí a la niña que dibujara el monstruo que la perseguía en las pesadillas y dibujó lo que ella llamaba «unas gafas de buceo con una trompa de elefante». Era una máscara antigás de la Primera Guerra Mundial, reconocible por cualquiera de nosotros.
 
Sin embargo, la niña nunca había visto ninguna máscara y nadie nunca le había hablado de la trágica muerte del tío abuelo ni de las consecuencias de una muerte por inhalación de gas de combate, principalmente, gas mostaza. Verificamos todos los datos en el ministerio de la guerra: el tío abuelo había demostrado valentía y lo habían condecorado. Sin embargo, a pesar de todos los no-dichos, la información pudo transmitirse: la niña tosía y escupía, se quedaba sin respiración y se angustiaba como el difunto tío abuelo en la trinchera, con un paroxismo a una hora determinada (hacia media noche). Y todo eso hasta el día en que hizo el dibujo.
 
¿Cómo ha podido pasar toda esa información a través de dos generaciones? ¿Cómo se ha transmitido? Quizás por el coinconsciente familiar y de grupo, quizás por las ondas morfogénicas de las que habla Rupert Sheldrake, quizás porque el discurso familiar lo había evitado (no se habla de lo que causa tanto sufrimiento). El recuerdo de una muerte trágica y de un muerto mal enterrado hizo que su abuelo y su madre crearan una zona de sombras donde se escondía el dolor, como en una cripta.
 
Mi hipótesis es que, durante toda su vida, se habrían producido lagunas en el discurso del abuelo y la madre. Cada vez que este haya encontrado una ocasión para recordar la brutal muerte de su familiar (una foto de familia, una película bélica en la televisión) habrá manifestado más dificultades al expresarse con la mirada, la voz o la actitud que por el contenido de las palabras que hubiera podido decir. Habrá evitado ver una película sobre la guerra, habrá hablado mal de los soldados alemanes, habrá tenido miedo del gas, de la cocina.
 
—Entonces, esas evasiones pueden transmitir una información «al vacío». Pero ¿Pueden alcanzar tal nivel de precisión de llegar a grabar la imagen fotográfica de una máscara antigás en las pesadillas de la niña?
 
A.A.S.: Actualmente, decenas de médicos hemos constatado esto entre nuestros clientes en lugares tan dispares como Europa, América del Norte y del Sur, África y Oriente Medio. Todo sucede como si, realmente, los descendientes tuvieran una forma de memoria fotográfica o cinematográfica, con sonidos, colores, imágenes, olores, temperaturas, etc. Hay personas que despiertan heladas, temblando y sudando de angustia, encogidas, como si estuvieran prisioneras en un campo de concentración, sobre un colchón putrefacto o en una trinchera de guerra cuando, en realidad, están abrigados en una cama limpia y nunca han vivido nada parecido.
 
Sin embargo, no creo que este fuera el caso de esta niña. Más bien creo que, en este caso, lo que tenemos es una comunicación de inconsciente a inconsciente; lo que Moreno denomina el coinconsciente familiar o de grupo.
 
—¿Quiere decir que las imágenes o los secretos de familia pasan de una generación a otra a través de una especie de telepatía?
 
A.A.S.: No. Pasan a través de la doble unidad madre-hijo. Y también puede producirse a través de una memoria transgeneracional que hemos constatado pero que todavía nadie ha podido demostrar. Creo que, cuando un niño crece en el útero materno, sueña lo mismo que la madre y que todas las imágenes del inconsciente materno y del coinconsciente familiar pueden grabarse en la memoria del bebé antes de nacer. Desgraciadamente, esta hipótesis todavía no ha desembocado en ninguna investigación científica seria. ¡Y, sin embargo, está en juego la salud de todos!
De todos modos, cabe recalcar que, desde 1998, hay quien empieza a hablar de memoria celular y que se están realizando investigaciones científicas, médicas y biológicas, sobre todo en el INSERM (Institut National de la Santé et de la Recherche Médicale), sobre el núcleo celular y una eventual memoria afectiva.
 
—La fidelidad a nuestros antepasados nos gobernaría. ¡Nuestro inconsciente nos obligaría a honrarlos, y entonces aparecerían unos fenómenos sorprendentes: un cáncer o un violento atropello! ¿Puede explicitar todo esto en términos médicos?
 
A.A.S.: Prefiero precisar mi punto de vista y el de alguno de mis colegas. Nunca he dicho que el objetivo fuera honrar a nuestros antepasados, esa frase no es mía. No se trata de eso, sino de repeticiones de acciones interrumpidas, de duelos no realizados después de traumas insoportables, indigestos o no digeridos (si me permite las expresiones) que van a quedarse en el estómago impidiendo que el duelo se exprese y transmitiéndose a nuestra descendencia; una masacre masiva, un exilio, la perdida de una casa o unas tierras, una injusticia… Es la constatación que Bluma Zeigarnick, un alumno de Kurt Lewin, presentó en su tesis de doctorado Psicología Gestalt, en 1928, sobre los actos interrumpidos que pueden repetirse una y otra vez a lo largo de la vida de un individuo; es lo que en psicología se conoce como el efecto Zeigarnick y que yo explico a mis pacientes para ayudarlos a revivir y superar los duelos no realizados de los dramas pasados.
 
No estamos hablando de verdaderas maldiciones o, en ocasiones sí, en determinados momentos cruciales de la historia, como el caso de la maldición de los reyes de Francia por parte del Gran Maestro de los Templarios, Jaques de Molay, mientras ardía en la hoguera, el 18 de marzo de 1314. En cambio, la llamada maldición de los Kennedy solo es un mito, aunque podamos encontrar una lealtad familiar inconsciente en la repetición de determinadas fechas, como el 22 de noviembre. Esta fecha aparece por primera vez en su genosociograma en 1858, día de la muerte del padre del abuelo del presidente John F. Kennedy, y una segunda vez en 1963, día del asesinato de este último, que decidió ir a Dallas a pesar de muchas advertencias y no quiso saludar desde un coche cubierto, como si se hubiera olvidado de qué día era, pero no de su deber de morir.
 
En realidad, esta mórbida forma de repeticiones (que algunos denominan maldición) depende de un mecanismo que la medicina cada vez conoce mejor. Toda muerte causa una depresión en el ser humano. Perder la casa o el trabajo también supone el poder y la necesidad de realizar un duelo. Una vez pasada la revuelta contra lo inaceptable, la tristeza del duelo provoca una disminución del sistema inmunológico. En ese momento, muchas personas deciden, de manera totalmente inconsciente, que se van a morir a una edad determinada: «Mi madre murió a los treinta y cinco años, yo no voy a pasar de esa edad», dijo la chica sueca. Y cuando llega a esa edad, cae en una profunda depresión que debilita su sistema inmunológico hasta el punto de desembocar en un cáncer. Y con el accidente de tráfico sucede lo mismo: cuando se acerca la fecha de un trauma familiar muy profundo, una persona puede empezar a correr riesgos insensatos y, evidentemente, el accidente acaba llegando. El inconsciente vela por todo eso, como un reloj invisible. Yo lo llamo fragilización del año (o periodo) aniversario.
 
 
—¿Se podría evitar? ¿Puede alguien escapar a la repetición y dirigir libremente su propia historia?
 
A.A.S.: Para evitar la repetición, es necesario tener consciencia de ella. Acuérdese de la chica sueca. Cuando la ayudé a darse cuenta de que, si sucumbía al cáncer, no habría nadie que le llevara flores a la tumba de su madre y que, además, su querida madre hubiera querido que ella viviera mucho más, para ella fue un schock muy grande e, inmediatamente, se produjo un cambio radical en su vida y en su enfermedad. Recuperó las ganas de vivir, dejó de desarrollar síntomas del cáncer, las metástasis desaparecieron, recuperó la energía y ganó peso, volvió a su trabajo y a su vida normal… Hizo que le pusieran una pierna artificial y aprendió a esquiar y a conducir un coche adaptado. Estaba tan radiante que los que la habían cuidado casi no la reconocieron. Si el origen del dolor o de la enfermedad está cerca de la consciencia, el mero hecho de visualizar la historia familiar de golpe, seis o siete generaciones, es decir colocarla en el árbol genealógico, en su contexto psico-político-económico-histórico a lo largo de los años y, bruscamente darse cuenta de las repeticiones, puede bastar para crear una emoción lo suficientemente fuerte como para liberar al enfermo del peso de las lealtades familiares inconscientes. Personalmente, al hacer trabajar a un paciente sobre su familia, su árbol genealógico y sus secretos, a menudo consigo poner al día, en dos o cuatro horas, lo que antes tardaba diez años de diván en conseguir. La realidad de los hechos y las repeticiones saltan a la vista. Todo se ve más claro desde el principio. Sin embargo, desconfiemos, como Freud, de la catarsis a la que no sigue una preelaboración (el famoso working through), el trabajo continuo sobre uno mismo, sus sueños, sus asociaciones de ideas, sus lapsus que componen la curación analíticas. Recordemos que Freud, en una de sus obras, exponía el problema de las recaídas al final de la terapia y comparaba la curación con una sinfonía, cuyas notas se desarrollan y se retoman en varios registros, varias veces, antes de estallar justo antes del final. Además, a veces el secreto familiar está tan oculto que resulta imposible tomar consciencia de él. En estos casos, es necesario recurrir al análisis de los sueños, las asociaciones de ideas (mediante un diálogo con el terapeuta, como propone Winnicott, inventor del codiseño) o a los recuerdos personales y los intercambios de opiniones con un pequeño grupo de terapia, con una puesta en escena de las experiencias familiares, como en el psicodrama. El hecho de poner en escena una situación antigua de forma integral, con todo el cuerpo y no únicamente con las palabras, ayuda a revivir la emoción de lo que se escondió y permite, al fin, expresar los sentimientos reales y la tensión que había nacido entre lo que nos escondían y lo que, sin embargo, presentíamos, hablar, llorar, gritar y pegar previene la conversión del trastorno psíquico en síntoma somático. Por eso es tan importante poder expresar las emociones, los verdaderos sentimientos, sin miedo ni pudor, los secretos, los no-dichos, los traumas ocultos, los grandes dolores y los duelos no realizados (en el psicodrama, la técnica del exceso de realidad permite despedirse de los muertos antes de su muerte, como si sucediera en ese momento, o después, en su tumba o cerca del mar que los engulló sin sepultura, por ejemplo, y al terminar de una vez por todas con las tensiones acumuladas y conseguir la Gestalt que hasta entonces solo había intuido).
 
Cuando un antepasado ha sufrido, para sus descendientes es fundamental que el dolor sea reconocido.
 
—El siglo XX fue el siglo de las hecatombes. Por primera vez en nuestra historia, millones de hombres fueron enterrados, a menudo sin sepultura, lejos de su tierra y de sus antepasados. ¿Podemos hablar, en este caso, de un enorme trastorno generacional en nuestra civilización?
 
A.A.S.: En el siglo XX apareció un fenómeno nuevo: las masacres masivas de la Primera Guerra Mundial, seguida de las guerras civiles rusa y española y de la Segunda Guerra Mundial. Estos conflictos provocaron millones de muertos anónimos; innumerables desaparecidos sin sepultura; la coexistencia, en las trincheras o en los campos de concentración, de muertos, de agonizantes y de vivos, la lenta agonía de los heridos o los gaseados… y las pesadillas de los supervivientes y sus descendientes. Recordemos que, ya en su época, los cirujanos militares de Napoleón I reconocieron e identificaron, durante la retirada de Rusia, en 1812, el «síndrome de silbido de las bombas» para calificar los sufrimientos, las pesadillas y las angustias de los supervivientes y los testigos de la trágica muerte de sus compañeros (lo mismo que encontramos actualmente en las pesadillas de sus descendientes en muchos países como Francia, Israel, Armenia, Polonia, incluso en Canadá y Estados Unidos).
 
Cuando uno sabe que un muerto mal enterrado impide realizar el duelo en la familia, resulta fácil imaginar que una hecatombe pueda generar un inmenso trastorno en la civilización. Y no hablemos de los niños armenios masacrados en 1915 (más de dos millones), de los judíos deportados a los campos de concentración o los gaseados de Verdún que sufren crisis de asma, eczemas y violentas migrañas los días de la masacre, la deportación o el drama. En estos casos creo que es posible realizar un trabajo terapéutico a gran escala, con todos los supervivientes y descendientes como pacientes. Cuando un antepasado ha sufrido, para sus descendientes es fundamental que el dolor sea reconocido.
 
Por eso para los armenios ha sido realmente importante ver recientemente que la comunidad internacional reconocía su genocidio, aunque se haya producido cincuenta años después. Estoy segura de que a millones de personas esto les ha permitido recuperar la paz interior. Tenían que matar el fantasma. En el caso contrario, hay una dimensión dramática en el olvido de ciertas fechas, como la del asesinato del archiduque Francisco Fernando, heredero del imperio austrohúngaro, el 28 de junio de 1914 en Sarajevo, que desencadenó la Primera Guerra Mundial, la subida al poder de Hitler y la Segunda Guerra Mundial.
 
Una vez dicho esto, también debo reconocer que no hace falta hablar de circunstancias tan dramáticas para que el síndrome de repetición arruine la existencia de alguien. De la cantidad de personas que han acudido a mi consulta porque sufren problemas psicosomáticos inexplicables, los hay por ejemplo que se les repite un sueño en que sistemáticamente suspenden un examen y su vida profesional queda en el aire… sin ninguna razón aparente.
 
Me acuerdo de un chico trabajador e inteligente que tenía éxito en todo, menos en los exámenes. Juntos descubrimos que, desde el siglo XIX, catorce de sus primos habían suspendido el bachillerato. Buscamos el origen del problema y, al final, comprobó que a su bisabuelo lo habían echado de la casa el día antes del examen de bachillerato porque se había acostado con la criada y la había dejado embarazada, y como tenía un estricto sentido de la responsabilidad, se fue y se casó con ella. Pues bueno, el hijo de este señor a su vez, dejó la escuela el día antes del examen y su hijo también, cada vez por razones banales. Y este peso se transmitió durante cuatro generaciones porque el bisnieto de este señor todavía sufrió las consecuencias de esta falta cuidadosamente escondida por toda la familia. Desde que descubrimos la historia y realizamos un trabajo familiar, ¡todos los hijos de la línea sucesoria aprobaron sus exámenes!
 
—¿Y cómo se puede explicar el entusiasmo actual por la terapia transgeneracional?
 
A.A.S.: Vivimos un periodo de profunda transformación de nuestro medio y de nuestra manera de pensar, tanto del cuadro de vida como de su contexto. Es, como dijo Alvin Toffler, un estrés colectivo, una especie de shock del futuro, algo que muchas personas viven con cierto grado de angustia. Hoy en día, existen muchos datos desconocidos de los cuales depende la supervivencia de nuestra cultura y de nuestro planeta. Durante el trastorno general, muchos terapeutas se tienen que enfrentar a casos difíciles en los que se apoyan las teorías clásicas. Permitir un arraigo de la persona a su historia forma parte de las soluciones.
 
—¿Puede darnos algún otro ejemplo de deudas en las cuentas familiares?
 
A.A.S.: La deuda más importante de la lealtad familiar es la que cada persona siente hacia sus padres por el amor, el cansancio y las situaciones que ha recibido desde la infancia hasta la edad adulta. Satisfacer esa deuda es de orden transgeneracional, es decir, que lo que hemos recibido de nuestros padres, lo transmitiremos a nuestros hijos, etc. Puede darse el caso de que haya distorsiones patógenas entre los méritos y las deudas. Pongamos un ejemplo: hay familias en las que la hija mayor adopta el papel de madre con sus hermanos pequeños, e incluso con su propia madre. Es lo que llamamos parentificación. Un niño que debe adoptar el papel de padre o madre demasiado temprano sufre un importante desequilibrio relacional.
 
En realidad, es muy difícil entender los lazos transgeneracionales y el libro de méritos y deudas, porque no hay nada claro. Cada familia tiene su manera de definir la lealtad familiar. Pero el estudio transgeneracional puede aportar una clarificación definitiva sobre el tema.
 
—En su obra, descubrimos un enfoque antropológico donde insiste en la importancia vital de las normas familiares.
 
A.A.S.: ¡No fue casualidad que dejara analizarme por un antropólogo (Gessain fue director del Museo del Hombre y acompaño a Paul Émile Victor en su visita a los esquimales) y que trabajara con Margaret Mead! El enfoque antropológico contextual es fundamental: es completamente necesario colocar a las personas y los acontecimientos en su contexto y entender las normas familiares y sociales de la época, del medio y del lugar precisos. Hablemos de algunas normas familiares que nos encontramos a menudo: hay familias cuidadores/cuidadas, donde determinados miembros de la familia cuidan a otro, que está enfermo; en otras familias la norma es hacer lo que sea para que el hijo mayor vaya a la universidad, aunque siempre tiene que ser un chico, nunca una chica; hay otras familias donde se designa a un heredero para continuar con los negocios familiares; en otras, varias generaciones conviven bajo el mismo techo. En otra época, un hijo heredaba todo lo de casa y los demás tenían que ir a buscarse la vida.
 
Cuando uno observa un genosociograma, es esencial ver qué normas están en vigor y quién las ha elaborado. Puede ser un abuelo, una abuela, un tío… Cuando uno empieza a entender estas normas, puede intentar ayudar a la familia a conseguir una disfunción relacional menor y un mejor equilibrio de deudas y méritos de cada uno. ¡No siempre es fácil descifrar una familia!
 
—También ha estudiado en profundidad el fracaso escolar. Según usted, ¿suele ser algo de orden transgeneracional?
 
A.A.S.: Mi enfoque es contextual, sociopsicológico, psicoanalítico, transgeneracional, etnológico y etológico a la vez. Todas estas ciencias son importantes y sus aportaciones son complementarias. En el caso del fracaso escolar, tenemos que añadir el especto socioeconómico de las lealtades familiares brillantemente analizadas por Vincent de Gaulejac que, debo admitirlo, me han abierto mucho los ojos. Demuestra lo difícil que es para un buen hijo o una buena hija sobrepasar el nivel de estudios de sus padres; es posible que se pongan enfermos el día antes del examen, o perderán el tren, o tendrán un accidente por el camino, o sencillamente se olvidarán de poner el despertador. Al hacer esto, responden inconscientemente al mensaje doblemente apremiante de su padre, el famoso double-mind: «Haz como yo pero, sobretodo, no hagas como yo». Es decir: «Lo hago todo por ti y quiero que tengas éxito… pero me da miedo que seas más que yo y que nos abandones». Sin embargo, estos mensajes son casi todos de los tiempos de generaciones precedentes. Aun así, la fidelidad a nuestros antepasados, ya sea consciente o inconsciente, siempre está presente.
 
—La historia de las generaciones pasadas puede guiar nuestro destino individual. Lo que significa que algo que un antepasado vivió hace cincuenta o cien años puede orientar las elecciones vitales, determinar la vocación, desencadenar una enfermedad o incluso provocar la caída de las escaleras de un bisnieto. Entonces ¿qué queda a nuestra libre elección?
 
A.A.S.: Todo. Porque también tenemos la posibilidad de desligarnos de las repeticiones familiares para reconquistar nuestra libertad y empezar, por fin, nuestra propia historia.
 
Patrice Van Eersel y Catherine Maillard
Mis antepasados me duelen, página 22
 
 
 
 
 
Dentro del vasto movimiento de descubrimiento, o de redescubrimiento, de la transgenealogía, Alejandro Jodorowsky fue una de las figuras pioneras. ¿Qué es la transgenealogía? Es el estudio, principalmente por terapeutas, de todo lo que nos afecta al cuerpo, al alma y al espíritu que proviene de nuestra ascendencia, de nuestros antepasados.
 
Patrice Van Eersel y Catherine Maillard
Mis antepasados me duelen, página 24
 
 
 
 
 
—¿Sería posible sustituir años de terapia por una sesión de psicomagia fulgurante?
 
Alejandro Jodorowsky: Cuando uno toma conciencia de que lleva su árbol genealógico en el cuerpo y que puede expulsar el sufrimiento que esto conlleva igual que se expulsan los demonios, todo puede cambiar de golpe. Pero eso no exime de trabajar mucho en uno mismo. Trabajar el aspecto mental y el espiritual, pero también el carnal. En la carne, uno puede hacer comprender que hay que ceder con la condición de no tener más miedo. No hace falta temer que uno se hunda hasta lo más profundo de su ser para atravesar toda la parte de su ser mal construida, todo el horror de la no conclusión de las acciones y para levantar el obstáculo del árbol genealógico que tenemos atravesado y que opone todas sus fuerzas para frenar el flujo de la vida. En este obstáculo, formado por un montón de ramas muertas, se encuentran los espectros de los padres, los abuelos, los bisabuelos. Hace falta mucho valor y energía para enfrentarlos y decirles: «¡Basta! ¡Yo no comeré más en este plato tan sucio! ¡Ya he tenido suficiente!». ¿Es duro? Evidentemente, y sería mucho más fácil agarrarse a alguna golosina psicológica tranquilizadora, tomar calmantes positivos y mirarse en un espejo mágico que nos diga que somos guapos y geniales. Pero, en fin, ¿el objetivo no era deshacernos de toda nuestra mierda? Pues bien, para eso hay que trabajar duro.
 
—¿Por dónde se empieza?
 
A.J.: En primer lugar, hay que saber colocarse dentro del árbol genealógico de cada uno y entender que no solo es pasado: ¡está muy vivo y presente en el interior de cada uno de nosotros! El árbol vive en mí. Yo soy el árbol. Yo soy toda mi familia. Me tocan la pierna derecha y papá empieza a hablar, el hombro izquierdo y la abuela empieza a gritar. Cuando me adentro en mi pasado, me adentro en el de mis padres y mis antepasados. Nadie tiene problemas individuales porque toda la familia está siempre en juego. El inconsciente familiar existe. El padre decide acudir a psicoanálisis, y de repente algo cambia en la familia y todos los miembros empiezan a evolucionar. Desde el mismo momento en que alguien toma consciencia de algo, hace que todos los suyos también la tomen. Ese alguien es la luz. Cuando aparece la primera manzana en el árbol, todo el árbol esta contento, ¿lo entiende? Si uno hace su trabajo, todo su árbol se purifica.
 
—¿Podría purificarse a espaldas de determinados miembros y de manera irrevocable?
 
A.J.: A espaldas sí, pero nunca de manera irreversible. Siempre es posible tener una recaída y, si aparece, también afectará a todo el árbol. Cuando fracaso, mi destino afecta a toda mi familia, incluyendo a los niños que nacerán en las próximas tres o cuatro generaciones. Nuestra responsabilidad es inmensa. Sobre todo con los niños. No tienen el mismo concepto del tiempo que nosotros. Para los adultos, puede parecer que, una escena dura una hora, para los pequeños habrá durado un mes o un año y los marcará de por vida. Por eso es muy importante saber muy bien con quién dejamos a nuestros hijos. Si se deja a un hijo durante ocho horas al día con una persona neurasténica, o histérica, o con muchos problemas, el niño corre el riesgo de absorberlo todo. Nosotros mismos, cuando nos encargamos de un niño tenemos que ir con el máximo cuidado.
 
—Algunos psicoanalistas, como Nicholas Abraham o Didier Dumas, dicen que el problema que le encuentran a los árboles son los fantasmas. También los llaman lo no-dicho traumático, lo no-pensado transgenealógico que se pasea por los árboles familiares y hace enfermar a los humanos.
 
A.J.: Es verdad. Y si lo no-dicho es tan traumático es que entonces todos somos seres que hemos sufrido abusos. Abusos de mil tipos. Ahora bien, cuando somos adultos, tendemos a repetir sobre los demás los abusos recibidos en la infancia. Hay abusos mentales, verbales, emocionales, sexuales, materiales o abusos de ser: no me han dado la oportunidad de ser, no han visto quien era realmente, han querido que fuera otra persona, me han dado una muy buena vida pero que no era la mía. Mis padres querían un niño y tuvieron una niña… No me han dejado ver, escuchar o decir y lo que me han dicho no era para mí. Abusos materiales: no tuve el espacio, el aspecto o la alimentación que me correspondía.
 
En cuanto a los abusos sexuales, son mucho más habituales de lo que la gente cree. La lista de abusos es muy larga, así como la de las culpas: nos casamos por tu culpa, he echado a perder mi vida por ti, quieres irte, nos traicionas, no piensas como nosotros; entonces se creará un abuso que será un fracaso o una devaluación. ¡La homosexualidad reprimida es muy habitual y también los niños con falta de cariño! ¡Y el incesto! Y todo esto se reproduce hasta el infinito. Nunca se acaba, es inmenso, enorme, increíble. ¿Cómo podemos reaccionar ante tal muestra de humor?
 
—Más explícitamente, ¿la religión tiene un papel muy importante en las resonancias transgenealógicas?
 
A.J.: ¡Un papel considerable! La mayor parte de árboles genealógicos, sean los que sean, están muy marcados, a un nivel u otro, por libros sagrados mal interpretados, pervertidos, desviados de su intención original. Según donde hayamos nacido, los pecados (en especial, las desviaciones sexuales) pasarán por el tamiza de la Torá, del Nuevo Testamento, del Alcorán o de las Sutras… La interpretación pervertida de los textos sagrados es más mortal que la bomba atómica (y también incluyo las religiones materialistas y marxistas, que provocan daños igual de graves).
 
¿Y qué hace el árbol genealógico ante estas catástrofes? Para no morir (algo que llega cuando el secreto ya no puede salir a la superficie por mucho que lo intente), tiene tendencia a equilibrarse con acrobacias inauditas, pudiendo crear un asesino por una parte y; por otra, un santo.
 
—¡Habla de él como si realmente se tratara de un árbol con vida propia!
 
A.J.: ¡Es que lo es! Algunos psicoanalistas que han hecho estudios genealógicos han querido reducirlo a formas matemáticas, han querido racionalizarlo. Pero el árbol no es una cosa racional, es un ser orgánico, ¡una especie de árbol! Y me di realmente cuenta cuando realicé el experimento de teatralizar los árboles genealógicos.
 
—¿Cómo se le ocurrió esta idea?
 
A.J.: Todos tenemos un tiempo y espacio interiores. Para trabajar sobre el tiempo interior, le preguntaba a la gente: «¿Cuánto tiempo piensa vivir?». Y ellos me respondían: ochenta y seis años, sesenta años, setenta y cinco años. Y me di cuenta que eran edades en las que murieron miembros de sus familias. También descubrí que las mujeres daban a luz a la misma edad que sus madres. Dicho de otra manera, nuestros antepasados nos legan un determinado tiempo. Y también nos legan un espacio; un espacio en función de la moral, la religión y la inteligencia de nuestro árbol. Yo comprendí que, para ampliar mi inteligencia, tenía que ampliar el espacio interior que mis antepasados me habían legado. Entonces me pregunté dónde estaba esa familia interior. Todos tenemos una representación de nuestra familia que abarca el árbol entero, con sus imposibles y sus deseos. También descubrí que la familia de cada uno se ordenaba dentro de su espacio mental y me imaginé, esto fue en los años setenta, que este orden podría llevarse al escenario de un teatro, donde yo podría repartir el espacio interior de alguien pidiéndoles a mis alumnos, o a las personas que hubieran venido a mis clases, que representaran a los miembros de sus familias. ¿Cómo ordenarlos en el espacio? A algunos, me vinieron ganas de darles sillas, a los más humillados les pedía que se pusieran de cuclillas en el suelo, a los olvidados y excluidos les dije que se colocaran lo más lejos posible, los muertos estaban en el suelo, los niños se ponían de espaldas, etc. Todo esto formaba una enorme escultura en el espacio. Y al protagonista le preguntaba dónde se situaría él. Todo esto está explicado en L´Arbre du Dieu Pendu…
 
Nos remontábamos tan lejos en el pasado que la persona podía recordar su árbol o podía imaginárselo. Personalmente, yo también hice retroceder mi árbol hasta 1450 ampliando hasta ese punto mi tiempo, mi territorio y mi consciencia. Porque, dentro del árbol genealógico, también sitúo el nivel consciente. Uno primero ordena a su familia como una escultura en el espacio y en el tiempo, y después calibra su nivel de consciencia.
 
Al hacer esto, perseguía tres objetivos: conocer todo el universo, vivir tanto como él y ser su consciencia. Tres ideales divinos. El nivel más alto de consciencia es alcanzar ese impensable que llamamos Dios. Mientras no alcancemos el impensable, no tendremos una consciencia totalmente evolucionada y conservaremos una visión dualista de nosotros mismos. Sin embargo, si dejamos atrás toda dualidad, ¡la plena realización de la consciencia se revela y también su desaparición!
 
—Así pues, tenemos a unas personas invitadas a representar sobre un escenario un árbol genealógico…
 
A.J.: Le preguntaba a la persona cuyo árbol estábamos estudiando que escogiera, cuidadosamente, a alguien que representara a su padre, a otra persona que representara a su madre, a otras para sus hermanos, etc. A partir de ese mismo instante, surgían sincronicidades asombrosas, juegos de resonancias entre las personas escogidas al «azar» y las personas que representaban. Nunca hasta entonces había sentido hasta qué punto todo en el universo está relacionado.
 
—Y eso explicaría que el método que usted inventó en ese momento haya aparecido espontáneamente en la labor de otros terapeutas, como Bert Hellinger, que en cierto modo tuvieron la misma idea que usted.
 
A.J.: ¡Me alegro mucho y no estoy para nada celoso! Las ideas totalmente únicas y aisladas no existen. Todas surgen de la sociedad. Algunos psicogenealogistas han participado durante años en mis cursos antes de lanzar su propia escuela… Y todas son herramientas para hacer progresar a la humanidad. En mi caso, enseguida me desvié hacia la psicomagia y el psicochamanismo, que son técnicas todavía más avanzadas. ¡Y ahora incluso se ven psicoanalistas utilizar herramientas comparables a las de la psicomagia!
 
El inconsciente no es científico, es artístico. Por lo tanto, el estudio el árbol debe hacerse de otra manera que no sea mediante la razón pura. ¿Cuál es la diferencia entre cuerpo geométrico y un cuerpo orgánico? En el caso del cuerpo geométrico, todos sabemos perfectamente cuáles son las relaciones entre las partes.
 
En el caso de un cuerpo orgánico esas relaciones son misteriosas; podemos añadir o quitar algo y el organismo sigue siendo el mismo. Las relaciones internas de un árbol también son misteriosas y para poder entenderlas, tenemos que adentrarnos en el inconsciente. Igual que en un sueño. El sueño del árbol genealógico no hay que interpretarlo, hay que vivirlo.
 
—¿Qué aconsejaría aquí el I Ching?
 
A.J.: «Atravesar las grandes aguas», es decir, atravesarse uno mismo, empezando por el cuerpo, atravesar la idea de que cada uno está hecho de sí mismo, y después de las diferentes partes de su cuerpo, como si siguiera un eje, hasta alcanzar la divinidad…
 
¿Cuál es el objetivo? Hacer las paces con mi inconsciente. No llegar a ser autónomo de mi inconsciente (¿qué significaría eso?), sino convertirlo en mi aliado. Si lo consigo, porque habré aprendido su lenguaje y tendré la llave de su misterio, empezará a trabajar para mí: pasa a estar a mi servicio y yo al suyo, funcionamos juntos. En este caso, la familia es mi inconsciente. Y, en realidad no se trata de llegar a ser autónomo de mi familia, sino de ser capaz de penetrarla y convertirla en mi aliada, en mi interior. Y no hablo de personas físicas, sino de la familia que llevo dentro de mí; una familia de la que tengo que trabajar cada naturaleza como un arquetipo.
 
No hace falta que, en mi fuero interno, conserve mi nivel de consciencia para mí solo; tengo que ofrecérselo a cada uno de ellos, exaltarlos, elevarlos. Todo lo que les dé a ellos, me lo estoy dando a mí; lo que les quito, me lo estoy quitando a mí. Transformaré los personajes monstruosos. Con esa transmutación, les voy a dar a todos mi nivel mental. Es necesario que, en mi interior, convierta a todos mis antepasados en seres realizados. Es bien cierto: «El perro también es Buda». Esto quiere decir que mi padre y mi madre también son Dios, que mis tíos y mis tías también son Buda. Por lo tanto, tengo que buscar la Budeidad en cada personaje de mi familia. ¿Son personas que se habían alejado de la Budeidad? ¿Tenían el corazón lleno de rencor, el cerebro lleno de ideas alocadas y el sexo lleno de deseos mal orientados? Igual que un pastor con su rebaño, yo tengo que devolverlos al camino, purificar las necesidades, los deseos y las emociones. Esta es la misión: un trabajo de curación del árbol y no, como alguien podría imaginar, una liberación del árbol. No se trata de esperar una supuesta autonomía.
 
Es como si quisiera ser autónomo de la sociedad, del mundo, del cosmos. ¡Autónomo de mi respiración! Es imposible. Incluso si me hago ermitaño, pertenezco a la sociedad y al universo.
 
—¿Cómo voy a «trabajar» a mi familia?
 
A.J.: Con la imaginación. Tenemos que crear un sueño de perfección en nuestro interior. Como aquel en el que curamos una gran herida. Después, podemos transmitir esa curación a nuestros hijos… Puede tomar infinidad de formas. Personalmente, escribí la novela L´Arbre du Dieu Pendu. Otros lo hacen a través de la pintura. Otros con el teatro. Cada uno tiene que encontrar el método y enriquecer su propia imagen.
 
—¿Cómo se ve que el árbol está curado o en vías de curación?
 
A.J.: El fruto siempre definirá al árbol. Si el fruto es amargo, incluso si proviene de un inmenso y majestuoso árbol, el árbol es malo. Si el fruto es bueno, incluso si proviene de un árbol pequeño y torcido, es que el árbol es maravilloso. El árbol que hay dentro de nosotros es toda nuestra familia, pasada y futura, y nosotros somos el fruto.
 
—Algunos lamas dicen que tenemos que rezar por nuestros antepasados y también por alguien que ha alcanzado un nivel búdico, porque lo necesita. Entre nuestros antepasados y nosotros, hay un tipo de intercambio…
 
A.J.: Un día, fui a Saintes-Maries-de-la-Mer, donde está esa virgen negra que los gitanos entran al mar. Al principio, entré al santuario con la idea de pedir algo. Pero, al final, dirigiéndome a la virgen, le dije: «Escucha, todo el mundo te pide cosas, muchas cosas, ¡así que yo te voy a dar un masaje!». Así que le di un masaje a la virgen negra, para aliviarle el cansancio. Y masajear a la virgen a la que todos pedían cosas me dio una paz espiritual increíble. Me abrió la mente. En realidad, cuando masajeas a un enfermo, masajeas una imperfección, pero también masajeas al Buda. El médico es inferior al enfermo porque está en la posición del sirviente; el médico está al servicio del enfermo. No sigo el camino, sigo la alfombra. No sigo la luz, sigo el interruptor. Si quiero levantar un árbol genealógico, tengo que colocarme en una posición de servicio, no en una posición de eminencia. Tengo que entrar en el camino de la ignorancia total y, allí, recibir al otro desde mi ignorancia para ayudarlo a existir, a caminar en su interior hacia su propia luz.
 
—¿Por qué los occidentales han descubierto ahora la importancia de los antepasados?
 
A.J.: Creo que tenemos varios inconscientes: el individual, el familiar, el social, el histórico. Los antepasados están en el histórico, y allí están vivos. El mundo actual está en peligro; es un gran enfermo. Su cuerpo lucha por sobrevivir. Creo que, nuestros antepasados luchan contra nuestra enfermedad como los anticuerpos: para defender y curar nuestro futuro. Por lo tanto, nuestra decadencia también muestra un lado positivo. Y, al contrario, creo que todos tenemos que trabajar para curar nuestro pasado. Un pasado enfermo puede curarse. ¿Cómo? Cambiando el punto de vista. La historia no es más que un punto de vista.
 
—¿Es decir?
 
A.J.: El pasado tiene la misma consistencia que un sueño; es como las cartas del tarot. Son manifestaciones que no tienen una explicación racional precisa. Se pueden interpretar de maneras distintas según nuestro nivel de consciencia. Si el nivel de consciencia aumenta, el significado del pasado cambia y, como el árbol se juzga por sus frutos, si los frutos cambian, el árbol también. Por lo tanto, podemos curar nuestro pasado, entenderlo mejor. Nuestros abuelos, bisabuelos, tatarabuelos sufren su desgracia en nuestro interior; si nosotros nos realizamos, nuestros antepasados, en nosotros, van a realizarse y se unirán a nuestro nivel de consciencia.
 
Patrice Van Eersel y Catherine Maillard
Mis antepasados me duelen, página 37
 
 
 
 
 
¿Alguno de ustedes ha participado en una Constelación Familiar? Aplicadas por primera vez hace unos treinta años por Bert Hellinger, muchas escuelas las han adoptado. Curiosamente, este método tiene un gemelo inventado sobre la misma época por Alejandro Jodorowsky. Como explica el biólogo Rupert Sheldrake, las ideas pueden surgir de varias mentes a la vez. El principio es sencillo. Cuando le llega su turno, usted escoge varias personas del grupo (es una terapia grupal) para que representen cada uno de los miembros de su familia (o de su empresa, de la comunidad a la que pertenece o por el problema por el que está usted allí). Sin decirles nada de usted, coloca a esas personas como le plazca, de pie, con los brazos colgando, dentro del círculo formado por los participantes. Usted siempre actúa por feeling, bajo un estado semisonámbulo, sin pensar en nada, solo vigilando lo que sucede en su interior. Después, se sienta y escucha al psicoterapeuta constelador interrogar a cada una de las personas de la constelación que se ha formado. Aunque parezca una locura, esas personas, que no saben nada de usted, su familia o sus antepasados, empiezan a responder a las preguntas relacionadas con usted, su situación, su vida, su árbol genealógico. Invitados por uno de los participantes de una constelación a representar a su padre (aunque hubiera podido ser su hermano, su hijo, su madre o su mujer, porque los vectores de la experiencia son andróginos), empezamos a sentir emociones, a pronunciar palabras, a hacer gestos y preguntas que no controlábamos y que participaban en un conjunto interactivo que implicaba a cuatro, cinco, seis, hasta veinte personas en un estado similar al nuestro y donde el todo adquiría un sentido agudo (en el relato posterior) por el tema sobre el cual constelábamos (verbo transitivo) y que desembocaba en un estado de total armonía… Un campo tan abierto es extremadamente sorprendente e incomparable a cualquier otra cosa. Y hay algo que es seguro: el intelecto no interviene o, al menos, no como fuerza motriz; se trata de algo más profundo. Bert Hellinger habla de una comunicación de alma a alma.
 
Patrice Van Eersel y Catherine Maillard
Mis antepasados me duelen, página 40
 
 
 
 
 
—Entonces acabó de perfeccionar la Constelación Familiar, una terapia propia. ¿Cómo la concibió al principio?
 
B.H.: Antes de poderla concebir, exploré varios tipos de terapias y, principalmente, la más importante, la que aborda el ser humano en su dimensión de cuerpo/emociones. Pretende provocar el resurgimiento de emociones inhibidas, revivir de una manera consciente las escenas traumáticas censuradas. Una vez liberado del recuerdo de determinados hechos dolorosos, enseguida me decanté hacia el análisis transaccional. El psiquiatra norteamericano Eric Berne, el fundador, afirma que los intercambios, las transacciones que efectuamos con nuestro entorno revelan nuestro guion de vida. Poco a poco, me fui dando cuenta de que los pacientes no siempre viven su guion personal… A veces, reproducen el de un familiar. En otras palabras, nuestros antepasados se mezclan con nuestro destino. Me acuerdo de un hombre que estaba completamente fascinado con el Otelo de Shakespeare. Durante una sesión, me reveló la razón de esa fascinación. En referencia a su pasión por Otelo, le pregunté: «¿Quién ha matado por celos?». Y me respondió: «Mi abuelo». Ahí tiene un primer punto esencial: mi trabajo con las Constelaciones Familiares pone en evidencia una identificación inconsciente con una persona amada e importante, en este caso, el abuelo.
 
—¿De dónde viene el término constelación?
 
B.H.: Es una síntesis de traducción. Sería preferible mantener la traducción literal del alemán y hablar de poner a la familia en el espacio. Porque para formar una Constelación Familiar, uno realmente pone a distintos miembros de la familia en el espacio, en un escenario, los unos en relación a los otros. Un poco parecido a la relación que hay entre las estrellas en el cielo.
 
—Expliquemos cómo se desarrolla una terapia de Constelación Familiar.
 
B.H: Primer punto importante: es un trabajo de grupo. Trabajo en público, en una gran sala. El constelado, aquella persona que quiere resolver un problema, acepta subirse a un escenario y yo voy a escenificar, literalmente, su problema introduciendo a su alrededor distintos personajes que representarán los miembros de su familia. Normalmente, suelen ser los padres, hermanos y hermanas, escoge, entre el público, a las personas que van a encarnar a sus seres más cercanos.
 
Evidentemente, estas personas no saben nada del paciente ni de su familia. Después de atribuir los papeles, el paciente coloca, en el escenario, a cada uno en el lugar que le parece más justo. La persona que representa a la madre, por ejemplo, se coloca frente a la que representa al hijo y esta, a su vez, da la espalda a la hermana. El paciente determina la orientación de sus miradas, las distancias entre ellos y lo hace de manera intuitiva. Después, se coloca en un lugar apartado y observa en silencio.
 
—Lo que nos acaba de describir recuerda mucho a determinadas prácticas elaboradas por Alejandro Jodorowsky y, sobre todo, a la de la Escultura Familiar, la terapia desarrollada en 1942 por Virginia Satir, que era psicoterapeuta del grupo de investigación del Mental Research Institute de Palo Alto, en los Estados Unidos…
 
B.H.: Y, sin embargo, existen grandes diferencias entre unas y otras. Para empezar, en la terapia de la Escultura Familiar, los protagonistas son los miembros de la familia de verdad. Además, el paciente coloca a los individuos según la relación de nos con otros y les otorga una actitud determinada. A algunos les dice que se den la vuelta, a otros que levanten una pierna… En resumen, esculpe a la persona, ejerce una verdadera influencia. En el marco de una constelación, la intervención del paciente es mínima. En cuanto a los miembros de la constelación, todos están puestos en el espacio de manera muy intuitiva. No hay indicaciones ni consignas. Solo así se pone en marcha la mecánica, los actores involuntarios empiezan a interpretar un guion que no es el suyo, movidos por una fuerza interior: la de la familia del constelado.
 
—Cuando pone en escena una constelación, ¿qué tipo de fenómeno se produce, exactamente?
 
B.H.: A través de la constelación, es fácil verificar, tanto sensorial como emocionalmente, que las personas escogidas para encarnar a los miembros de la familia del paciente se sienten realmente como sus representados. No saben por qué, pero les afecta. A veces adoptan incluso de forma intuitiva la voz, el vocabulario, los gestos y los tics de los representados. ¡Y se trata de personas a las que nunca han conocido!
 
Cuando la constelación está en escena, es decir, cuando cada persona está sumergida en ese estado de consciencia tan particular, los miembros de la familia manifestarán reacciones muy distintas, dependiendo del papel que les haya sido asignado. Algunos pueden experimentar sensación de calor, o de frío, o de ahogo, o ganas de moverse, o de estirarse en el suelo, o sienten unos dolores muy concretos. En general, todos representan los síntomas de las personas que representan. ¡En situación real! Se convierten, un poco, en marionetas poseídas por los personajes que encarnan. Suele ser muy espectacular. La noción de los campos morfogenéticos desarrollada por Rupert Sheldrake puede ayudar a entender mejor este fenómeno. Le recuerdo que esta teoría defiende que un saber colectivo es accesible a cualquier individuo y que puede formarse en cualquier grupo. Obviamente, es una hipótesis que ha dado pie a varias controversias.
 
—Y cuando ya tenemos una constelación alrededor de un paciente ¿qué hace usted?
 
B.H.: La construcción de esta primera constelación refleja cómo el paciente percibe la situación. El lugar que ocupan los vectores, sus reacciones, todo permite discernir los problemas en directo. Entonces, la persona que conduce una constelación consigue fácilmente sentir cuál sería el paso siguiente que resultaría definitivo.
 
—¿El simple hecho de pertenecer a un grupo nos disculpa de todas las acciones que podamos ejercer en su nombre, por su cohesión, por su supervivencia?
 
B.H.: Exacto. Cuando el sentimiento de pertenencia a un grupo es claro, uno adopta la consciencia de grupo, en este caso la familia; la familia es el grupo más fuerte, pero también puede ser una banda, un ejército, una comunidad, un partido, una asociación, un sindicato, etc., al que prestemos juramento y cuyos valores se conviertan en los nuestros. Por el contrario, cuando sufrimos el miedo de no pertenecer más a ese sistema, tenemos mala conciencia. La aspiración de pertenecer al grupo constituyente, en las capas más profundas del inconsciente, el principal motor de nuestros actos. Mi consciencia es el grupo, él es quien decide por mí que está bien y que está mal.
 
—En realidad, la buena consciencia es una necesidad infantil.
 
Cuando somos pequeños, todos hemos experimentado la interna necesidad de sentirnos observados, aceptados y aprobados por nuestros padres, porque lo peor que podía pasarnos era sentirnos excluidos de la familia. Y esa es la razón por la que la fuerza de pertenencia que nos une a la familia es tan colosal: para no ser excluidos y poder sobrevivir bajo la mirada de nuestros padres somos capaces, literalmente, de todo, incluso, paradójicamente, de morir. En la infancia, afirmo que el motor de este proceso es el amor puro. Sin embargo, en la edad adulta, necesitamos liberarnos de la mirada de nuestros padres porque ya no se trata de amor, sino de una mezcla de miedos y costumbres. Evidentemente, liberarnos así implica correr el riesgo de comprometernos con una vía que no coincida con los ideales de nuestros padres y, de este modo, herir su amor propio. Así pues, esta liberación suele ir acompañada de un sentimiento de mala conciencia. La mala conciencia también se instala en nosotros cuando tenemos un sentimiento de deuda demasiado grande para con nuestro grupo de referencia, básicamente una deuda que no podamos pagarles a nuestros antepasados. De este modo, me he encontrado con muchos judíos supervivientes de los campos de concentración que vivían en un continuo sentimiento de culpabilidad con respecto a todos aquellos que habían perecido allí. Se comportaban como si no quisieran vivir. Era su manera, absurda, aunque totalmente comprensible, de pagar su deuda. Y esto aporta una luz adicional a nuestra constelación: todos los intercambios tienen que equilibrarse; si recibí, tengo que entregar; si doy, tengo que recibir algo a cambio. Es así. No puedo constatarlo. La ley de los equilibrios es completamente ineludible. Puedo perfectamente, en nombre de mi propia idea de la libertad, ir contra todas las reglas de pertenencia grupal, pero debo saber que, en ningún caso, podré sustraerme (ni a mis descendientes) del reequilibrio necesario, eventualmente muy violento, de ese desvío. En este sentido, me parece ridículo limitar la terapia transgeneracional, como hacen algunos, al hecho de separarse de su destino genealógico, de liberarse de él; de cortar las raíces que no serán más que trabas. En mi opinión, la liberación de la persona pasa por el reconocimiento de sus lazos ancestrales. Negarlos, detestarlos, insultar a padres y antepasados, borrar su recuerdo, dar rienda suelta a todos los sentimientos negativos sobre ellos que nos alimentan, todo esto solo puede llevar a una cosa: a culpabilizarnos a nivel inconsciente y castigarnos.
 
—Volvamos al objetivo de una constelación. Se trata de reestablecer un orden en el sistema familiar, y eso significa que determinadas leyes rigen este orden, ¿no?
 
B.H.: Efectivamente, porque cada tragedia familiar descansa sobre una trasgresión de las leyes que rigen el sistema. Ya le he presentado una de estas leyes: el sentimiento de pertenencia y sus digresiones. Cuando se ha excluido o expulsado a un miembro de la familia, siempre hay quien, más tarde, se sentirá inconscientemente implicado en el destino de la persona excluida y retomará la exclusión como si fuera propia… sin entenderla, a menos que recurra a una terapia transgeneracional. La segunda ley sistémica concierne a la presencia: cada uno debe tener su lugar según una jerarquía cronológica muy bien definida. Este orden no tiene nada de cualitativo. Sencillamente significa que los padres van antes que los hijos y que los antepasados o ascendientes antes que los descendientes. Por lo tanto, los mayores tienen ventaja. Nadie puede entrometerse en asuntos de alguien que estaba allí antes que él sin que eso cree un desorden. El caso del hijo que quiere morir en lugar de su madre es un ejemplo muy ilustrativo, porque se entromete en los asuntos de su madre. Con los años, he visto que todas las tragedias adoptan el mismo patrón: un descendiente se entromete en los asuntos de un antepasado, y lo hace con buena consciencia. Y lo que es peor, esa buena consciencia motiva la infracción. Pero la presión de la conciencia de clan hace que fracase.
 
—¿Para qué grandes tipos de problemas debe uno recurrir a la técnica de las constelaciones?
 
B.H.: Antes de responderle, quisiera insistir en uno o dos puntos. Para empezar, una constelación no es un entretenimiento ni un espectáculo. Uno no viene a hacer una constelación por curiosidad. Lo que está en juego son asuntos bastante graves, porque el paciente sufre. Tanto si se trata de una enfermedad, de una tendencia suicida como de un duelo no expresado por una madre muerta en el parto, en resumen, de cualquier situación en la que uno se encuentre impotente frente al sufrimiento, la constelación puede ser una buena técnica. Evidentemente, en ningún caso puede utilizarse para saldar cuentas con tal o tal miembro de la familia. Para eso existen otras terapias de tipo emocional que son mucho más eficaces.
 
Las situaciones en las que las constelaciones son especialmente útiles son, por ejemplo, las que giran alrededor de enfermedades como cáncer o anorexia, problemas provocados por una adopción, pero también una violación… el abanico es muy amplio. He trabajado en la cárcel con criminales; pero también me he encargado de solucionar problemas de pareja. Una constelación para evitar una separación, o para provocarla. El que quiere marcharse sigue, quizás inconcientemente, el destino de un miembro de la familia que, en otra época, se vio obligado a abandonar a la persona querida. Y el que se queda lo hace, quizás, por lealtad a un antepasado que cobardemente abandonó a su familia.
 
—Usted dice que los pacientes que sufren enfermedades graves acuden a usted para consultarle. Pero usted no pretende que el objetivo de la constelación sea la curación.
 
B.H.: A veces, la enfermedad se corresponde a un deseo de expiación. Recuerdo a un paciente que se identificaba con su abuelo, que había atropellado y matado a un niño con el coche. La enfermedad le permitía cargar con el sufrimiento y la culpabilidad de su abuelo. Al renunciar a cargar con esos sentimientos, su salud mejoró mucho. Pero, cuidado, no soy médico y se lo repito: efectivamente, el objetivo de la constelación no es la curación. Mi trabajo consiste, antes que nada, en reequilibrar olas fuerzas o las corrientes (llámelas como quiera) que se crean en el seno de una familia.
 
Patrice Van Eersel y Catherine Maillard
Mis antepasados me duelen, página 54
 
 
 
Entrevista con DIDIER DUMAS
 
 
—Didier Dumas, usted fue uno de los pioneros en el enfoque transgeneracional, ¿no está un poco sorprendido por la repentina proliferación de investigaciones y prácticas que lo retoman después de varios años?
 
Didier Dumas: La verdadera cuestión no es saber por qué el enfoque transgeneracional ha vuelto a reaparecer en muchos estudios, sino por qué había desaparecido del pensamiento occidental de una manera tan abrupta. Fue como si la evolución de las ciencias y las técnicas, que aparecieron a principios del siglo XVIII y proliferaron durante el siglo XIX, hubieran vuelto la espalda al hombre moderno y que este se hubiera olvidado de todo, olvidando incluso el lugar donde él mismo es un misterio y donde se reúnen su sexualidad y su relación con sus antepasados. Ninguna otra civilización se había descuidado así misma hasta ese punto. El pensamiento chino, el pensamiento amerindio, el pensamiento africano, el pensamiento australiano… todos están abiertos al enfoque transgeneracional y, para ellos, la sexualidad es una de las bases de la salud. Nosotros hemos necesitado un siglo para que el psicoanálisis redescubriera las evidentes bases del funcionamiento humano. ¿Por qué tanto tiempo? Eso si que es una incógnita.
 
—¿Qué relación hay entre el sexo y los antepasados?
 
D.D.: El no-dicho (o impensado) transgeneracional, que yo denomino fantasma y que provoca estragos considerables al transmitirse a los descendientes, oculta esencialmente las preguntas relativas al sexo y la muerte. Por lo tanto, es muy importante entender que venimos de una sociedad que, a partir de la revolución francesa, se ha ido poniendo poco a poco sexualmente enferma. Recordemos que, durante el reinado de Luis XVI, los franceses todavía hacían el amor en público, o en familia, y que el mismo rey copulaba con la reina a la vista de todos. La ola puritana empezó a helarlo todo a partir del siglo de las luces, basándose en la tesis antimasturbación de la nueva medicina que, viendo en esa actividad la peor de las plagas, sometió a una tortura generalizada a los niños. Lentamente, se empezó a confundir a Dios con la ciencia; todos se creían maestros que, armados con ella, podían resolverlo y dominarlo todo. En el siglo XIX, este oscurantismo modernista se convirtió en algo francamente aterrador. El cuerpo humano y el sexo fueron literalmente torturados, hasta niveles inauditos, bajo el dominio de una especie de alianza perversa entre los sacerdotes, los médicos y las madres de la burguesía católica, en la que los médicos se revelaron peores que los sacerdotes. Y esto es lo que engendró, uno no se cansa nunca de decirlo, dos patologías de masas: la histeria maternal y el fetichismo de los padres, ¡con la Virgen María por un lado y los prostíbulos por el otro! El psicoanálisis de Freud nació en este contexto, y uno solo puede alegrarse por ello, aunque hay que entender muy bien que su psicoanálisis tenía como única referencia antropológica «normal» una gigantesca enfermedad humana: una humanidad dividida en dos. ¡La madre y la puta! Y dentro de ese caos totalmente específico de occidente, el medio de transmisión de la enfermedad de los antepasados ha caído en la trampa.
 
—Antes de preguntarle sobre esa enfermedad, permítame una reserva: Freud había reconocido que para fabricar un sicótico eran necesarias dos o tres generaciones, ¿no? Algo de la dimensión transgeneracional se le había quedado…
 
D.D.: ¡Pero si las palabras abuelo y abuela ni siquiera aparecen en toda su obra teórica! Es una pregunta que se planteó al principio de sus investigaciones. Aparece en la correspondencia que mantuvo con su amigo Fliess. Sin embargo, a partir del momento en que construyó su teoría, rechazó radicalmente esta manera de plantearse la enfermedad mental. Lo único que hace las veces de eso en su obra es el Súper Yo. Freud no era psiquiatra, era neurólogo. Nunca analizó a los sicóticos. Es una de las cosas que lo oponen a Jung, que si era psiquiatra y sí los tenía en cuenta. Freud no ignoraba que las enfermedades mentales podían transmitirse a los hijos, pero es algo que siempre rechazó categóricamente. Lou Andréas-Salomé le preguntó al respecto. ¿Qué le respondió Freud? «Espero no tener que ocuparme de eso mientras viva». Sin embargo, Salomé le aporto casos clínicos parecidos al suyo.
 
El hermano pequeño de Freud murió de una enfermedad de estómago y el propio Freud sufría unos dolores de barriga terribles los domingos por la mañana, antes de ir a desayunar a casa de su madre. Vivía atormentado por la muerte de su hermano pequeño, pero, a pesar de eso, o precisamente por eso, no atendía a razones. Y sus discípulos y descendientes tampoco. Siempre resulta sorprendente comprobar hasta qué punto la sucesión de un genio puede engendrar un grupo de conservadores momificados que toman como fetiches las ideas del maestro y se niegan a escuchar algo que se salga de las enseñanzas que este les dio. El problema es que, a menudo, su fetichismo (teórico) se aplica a las secciones más pobres de su pensamiento. Así, por ejemplo, centrar todo el psicoanálisis en la teoría de la castración para después aplicársela a un niño no tiene sentido. Con los niños, esta teoría, que pretende que tengan miedo de que su padre los castre, no tiene sentido a menos que el niño esté correctamente informado de la función de su sexo. Sin embargo, muchos terapeutas no se dan cuenta de esto porque incluso los hay que aplican esta teoría con las niñas. Es absurdo aplicar a los niños, sin otra fórmula, conceptos elaborados en la clínica del adulto. Es un hecho que ha impedido a varias generaciones de terapeutas entender que un niño no puede formarse en armonía si no sabe que también ha salido de los testículos de su padre. Si no se lo explican, no ve a su padre como tal, sino como un compañero de la madre. Y a un compañero de la madre un niño puede tratar de seducirlo o de eliminarlo. Además, si este niño tiene problemas, pongamos por ejemplo en el colegio, el psicólogo al que lo llevan tiene muchas posibilidades de llegar a esta conclusión: «No se preocupen, su hijo solo padece el complejo de Edipo». Sin embargo, nunca les preguntará:
 
«¿Sabe su hijo que salió de los testículos de su padre?». Me he dado cuenta que muchos abuelos, explicando marranadas por las esquinas, han salvado a sus nietos porque, indirectamente, les han informado de la existencia de su sexualidad. Pero Freud ignoraba que la psique familiar es una entidad propia que actúa al mismo nivel que la psique individual…
 
—¿Podría precisar qué es un fantasma, según usted?
 
D.D.: En realidad, si el trabajo con los niños sicóticos me llevó a interesarme por el taoísmo, la acupuntura y el chamanismo, es en gran parte porque todas estas materias se preocupan por los muertos; es decir, por nuestros familiares, seres queridos, amigos o antepasados que están «mal muertos» y que, de un modo u otro, siguen mortificándonos. El psicoanálisis freudiano, queriendo desmarcarse de lo religioso y adoptar un aire científico, se saltó la muerte. Se interesó directamente en el duelo. Sin embargo, alienándose con los científicos, no quiso saber nada de las representaciones del más allá en el espíritu humano ni para qué sirven. Es como si hubiera limitado la muerte a la dimensión material: el cadáver. Sin embargo, el ser humano no puede vivir sin un sistema de representaciones de la muerte que, además, es indisociable de su sexualidad. Por eso, preocuparse por los muertos que no pueden continuar su camino tranquilamente es una tarea de higiene mental. Un trabajo que, desde siempre, se ha considerado tan esencial como indispensable, para el interés de todos, del difunto y de los que lo sobreviven y en todas las culturas, excepto en la nuestra, donde el materialismo tiende a limitar la relación con el difunto a la calidad del ataúd con que lo enterramos. Las consecuencias que esto implica son enormes. Estamos repletos de angustias y duelos no expresados, atormentados por todo tipo de patologías ancestrales que, a juzgar por lo que me han enseñado mis pacientes, provocan problemas que solo los médicos que trabajan con las energías parecen saber curar. Afortunadamente, desde hace varias décadas, nuestro mundo ha redescubierto el acompañamiento a los muertos y se ha empezado a hacer un trabajo de fondo sobre la relación con los antepasados y lo transgeneracional que, en la mayoría de las obras de esta ciencia, nace lo que Nicolás Abraham denominó fantasma.
 
—¿Quiere decir que vivimos atormentados por todos aquellos seres queridos que murieron sin haber podido arreglar sus problemas emocionales y psíquicos más importantes?
 
D.D.: Todo tipo de problemas pueden ser consecuencia de que los muertos de la familia no pudieran liberarse de sus traumatismos antes de morir. En términos de Nicolás Abraham, el fantasma es «una patología del inconsciente que se transmite de inconsciente a inconsciente en las relaciones de filiación». Este concepto modifica considerablemente la visión psicoanalítica. Para Freud, el inconsciente está formado únicamente por experiencias olvidadas de nuestra primera infancia. Nicolás Abraham también habla de experiencias olvidadas, pero tanto de nuestros padres, de antepasados más lejanos como de varias generaciones atrás.
 
Hoy en día podemos ser más precisos: el fantasma siempre es un traumatismo relacionado con el sexo o con la muerte, y pocas veces otra cosa. Un traumatismo que se transmite a las siguientes generaciones bajo la forma de secreto de familia. Evidentemente, estos traumatismos pueden asociarse a traumatismos colectivos como guerras, deportaciones, etc. Por ejemplo, yo viví personalmente una experiencia turbadora cuando descubrí, en el museo del Desierto, cerca de Anduze, en las Cevenas, que mis antepasados protestantes sufrieron el equivalente a la Soah después de la revocación del edicto de Nantes, cuando las dragonadas exterminaron de Francia todo lo que no fuera católico. Esas masacres fueron, en mi historia, totalmente ocultadas por otro fantasma que había heredado de pequeño: el fantasma de Auschwitz.
 
Esta dimensión colectiva de la transmisión de los traumatismos no la percibieron ni Freud ni Nicholás Abraham. Por lo tanto, nuestras estructuras mentales solo son individuales parcialmente. Todo lo que Freud denominó el Super Yo es, a fin de cuentas, la psique colectiva. En términos clínicos, el fantasma no es un antepasado mal muerto que hace cosquillas en la planta de los pies de sus descendientes, sino una estructura emocional, familiar o colectiva que simula que no lo hemos enterrado. Muy esquemáticamente, podemos decir que el fantasma actúa como una Gestalt energética: una forma emocional, familiar, cultural o social que el niño duplica, construyendo sus estructuras mentales dentro de las de sus padres. Ahora bien, esto se produce en la época en la que el niño, que todavía no habla, se beneficia de una psique comunitaria: la de las estructuras familiares en las que ha nacido. El fantasma es un objeto de la estructura familiar antes de ser lo que se transmite al niño. Este aspecto colectivo es el que hace que, asociado al chamanismo, el análisis transgeneracional cuide de todos, vivos y muertos, al mismo tiempo. Para mí, el chamanismo explica lo que le falta al psicoanálisis. Al contrario que este, el chamanismo dispone de un conocimiento de la muerte que no lo limita al cadáver. Y la clínica de los mal muertos es aproximadamente la misma que en el taoísmo. Sin embargo, en cuanto a los vivos, el psicoanálisis transgeneracional es, sobre todo, el único susceptible de crear una clínica parental eficaz.
 
—Esta maldición que da la preponderancia al impensado genealógico aparece en sus libros sobre la Biblia. Hablemos de estos fantasmas que tan ocupado lo han tenido en estos últimos años.
 
D.D.: Ha habido tres cosas que me han empujado a intentar adivinar el sentido original de los mitos bíblicos: en primer lugar, la lectura que Dolto hizo de los Evangelios; en segundo lugar, el descubrimiento del martirio de mis antepasados cristianos, en el museo del Desierto en las Cevenas, de lo que ya he hablado; y en tercer lugar, la lectura de un libro sobre el síndrome de Auschwitz, firmado por un número de deportado, Ka. Tzetnik 135 633 que se llama Les Visions d'un rescapé. Para intentar escapar de las pesadillas que todavía continuaban torturándolo, treinta años después de su liberación del campo de concentración, el autor, Yechiel De-Nur, aceptó someterse a una terapia bajo los efectos del LSD en Holanda. Este hombre tenía los mismos síntomas que yo había visto en el segundo marido de mi madre, que también era un superviviente de los campos nazis. Me pasé toda la infancia escuchando a mi padrastro explicar los horrores que habían vivido. El libro de Yechiel De-Nur me tocaba de cerca. Se curó revisando la concepción del mundo que se había forjado, de niño, a partir de la lectura del Génesis. Y como el LSD le daba una visión distinta a la que los rabinos le habían inculcado, era lógico que me sumergiera en esa mitología. Lo primero que descubrí fue que todo el psicoanálisis contemporáneo no solo estaba ya inscrito en la mitología del Génesis, sino que el Libro de los libros es, sobre todo, una obra de teoría transgeneracional que no tiene nada que envidiar a las más recientes investigaciones sobre este tema. En ella, dios se define como la instancia responsable del hecho que los fallos de los padres se transmitan a las siguientes tres o cuatro generaciones. Y esto es exactamente lo que nos encontramos en las clínicas; para cuidar a un niño sicótico, hay que remontarse tres generaciones, en algunos casos incluso cuatro, como en el caso de Jean-Michel, un chico autista de diecinueve años, donde el origen de sus problemas se encontraba en la cuarta generación de sus antepasados.
 
El hecho de que la transmisión de la vida sea orquestada por un ciclo de tres generaciones es una dimensión antropológica universal. Este ciclo, por ejemplo, estaba implícito en la pregunta que la Esfinge le formuló a Edipo: «¿Cuál es el animal que por la mañana tiene cuatro patas, al medio día tiene dos y por la noche tiene tres?». Edipo respondió: «el hombre». La respuesta no es ningún misterio porque su historia no es solo una historia de pies, sino una historia de pies inscrita en su genealogía paterna. Edipo significa pie hinchado, su padre se llamaba el «patoso» y su abuelo, el «cojo». Este ciclo aparece en todas las culturas, porque es el de la identificación: para poder construirse, al principio el niño debe poder identificarse con lo que se desplace a cuatro patas, es decir, consigo mismo, con su yo y con su nombre, Alrededor de los cuales construye sus estructuras mentales. Más tarde, para integrar la sexualidad, debe identificarse con los que van a dos patas, con sus padres; y para entender la muerte, debe hacerlo con los que van a tres patas, es decir, sus abuelos.
 
Le Biblia es un libro que fundamenta el patriarcado y en el que el papel de los patriarcas es transmitir, sin debilitarlo, el Aliento divino que le confiaron a Adán. Y la palabra es como ese Aliento; la falta y el pecado se presentan, en este caso, como un rechazo a hablar, una ausencia de palabra que se transmite de un modo parecido al del fantasma, y cuyo ejemplo principal es la historia de la descendencia de Caín. Este enfoque convierte el Génesis en una historia totalmente distinta al que nos explicaron los sacerdotes.
 
Adán tuvo dos hijos, Caín y Abel. Sin embrago, como no los concibió del mismo modo que Dios le concibió a él, es decir, en el nombre y la palabra, el hijo mayor, Caín, pervierte la transmisión del Aliento divino. Caín se muestra no solo incapaz de poder hablar con su hermano, sino que sustituye la palabra por un acto en el cual deja que su cuerpo se imponga por encima de su espíritu: lo mata. Así pues, no es Eva, como han repetido hasta la saciedad los religiosos, sino Caín el que encarna la figura del enfermo mental e histérico responsable del pecado original. Caín, igual que las mujeres histéricas, está atormentado por sus identificaciones maternas. Ante la falta de un padre, lo busca en Dios. Pero ante el hecho de que este acepte la ofrenda de Abel y no la suya, mata a su hermano. Y esto no solo deja entender que Dios no puede, en ningún caso, reemplazar al padre, sino que convierte a Caín en el padre de los integristas. ¿Y qué futuro depara la Biblia a los integristas? Enfrentado a la locura de Caín, Dios no lo condena a muerte. No puede hacerlo: las almas de los seres que ha creado son inmortales. Por lo tanto, lo condena a vivir eternamente… bajo la forma de un fantasma. Y por eso el texto continúa con la descendencia de Caín en la que el fantasma fraticida vuelve a aparecer en la séptima generación, con el regreso del nombre del antepasado asesino. Su descendiente, Lamek, tiene un hijo. Sin embargo, al llamarlo Tubal-Caín empieza a delirar porque cree que él ha cometido el crimen de su antepasado. Y así es, explica el texto, como la falta de Caín (su incapacidad para poder hablar con su hermano) se transmite, y se amplifica con el paso de las generaciones, para crear una humanidad constituida por individuos que han desarrollado el cuerpo en detrimento del espíritu. Y eso es lo que dios intentará remediar con el diluvio.
 
Abel encarna el estereotipo del descendiente sacrificado. Es el esquizofrénico que no fue concebido en un proyecto y unas palabras. En hebreo, Abel significa dos cosas: nada y vaho. Por lo tanto, en el lenguaje Abel significa la nada, el vacío. A este respecto, el texto dice: «Eva concibió la Nada (Abel)». Así pues, Caín mató a su hermano bajo la influencia de sus identificaciones maternas. Eva concibió a un hijo de una forma de automatismo animal jamás pensada. Hizo la Nada. Caín no hizo más que prolongar o acabar lo que su madre había empezado: ¡elimino la Nada! Adán, cuando entendió el error que había cometido con sus dos primeros hijos, lo reparó. Concibió a Seth, su tercer hijo, igual que Dios lo concibió a él, en el nombre y la palabra. Por lo tanto, le tocó a Seth cargar con la responsabilidad de transmitir el Aliento divino. Y no lo tuvo nada fácil porque, Adán entendió las razones del drama, Eva no lo hizo. Ella concibió a Seth en sustitución de su hijo muerto, Abel. De este modo, el fantasma del fraticida engendrado por Caín se transmite, a través de las mujeres, a la descendencia de Seth, hasta Abraham y sus hijos. Los patriarcas encarnarán así una línea de descendencia modelo. Erradicarán el fantasma de Caín resolviendo, en cada generación, una rivalidad fraternal. Y después de haber garantizado la buena transmisión del aliento divino, les bastará con tres o cuatro generaciones para engendrar un genio, José, que, después de haber dado a Egipto sus estructuras sociopolíticas y de haber perdonado a sus hermanos por haberlo vendido como esclavo a los beduinos, fundará las doce tribus de Israel…
 
Todo lo que el psicoanálisis descubrió miles de años después, ya estaba escrito en ese texto. Y eso cambia completamente la manera en que la Iglesia nos lo presentó. Así, me quede boquiabierto al descubrir que, en el sacrificio de Isaac, donde la voz divina le pide al fundador del monoteísmo que sacrifique a su hijo por él, no es, como siempre ha defendido la iglesia, la fe de Abraham la que se pone a prueba. En el texto, Abraham es el «amante» del Creador; no hay ninguna duda de su fe, es un «loco» de Dios. Y queda demostrado en el acto de sumisión en toda ley. Lo que Dios puso a prueba era su capacidad de ser un padre conforme con el modelo bíblico. Y lo hizo obligándolo a enfrentarse a la madre narcisista y posesiva en que se había convertido Sara. Ella había encerrado a su hijo mayor, Ismael, con Agar, su madre, en el desierto donde habrían muerto si un milagro divino no los hubiera salvado, y Abraham no podía ser el padre de los patriarcas si dejaba que su mujer decidiera de esa manera la suerte de sus hijos. La prueba que le impuso dios pretendía enseñarle a no comportarse como una madre, que se niega a admitir que su hijo está, como todo ser vivo, destinado a morir y que, en última instancia, pertenece a Dios y no a sus padres.
 
—Remitamos a nuestros lectores a La bible et ses fantômes, donde analiza de manera sorprendente los once primeros capítulos del Génesis, cerrando provisionalmente la investigación en la torre de Babel y en los hijos de Noé con una teoría muy original de la constitución de las clases sociales. Ahora, en el marco de esta entrevista, nos encantaría poder establecer una relación entre la dimensión transgeneracional del espíritu y otro eje muy importante en su investigación: el chamanismo.
 
D.D.: La concepción chamánica del mundo constituye una base antropológica universal de donde nacieron todas las religiones. En la Biblia, esta herencia aparece, por ejemplo, en el río de cuatro brazos en el jardín del edén, que simboliza los Cuatro Orientes del chamanismo. O en la serpiente que inicia a Eva en la sexualidad y que tiene todas las características de los Animales de Poder. Pero también aparece en la numerología que marca el texto. Las religiones del Libro han renegado, más o menos radicalmente, de esta dimensión de sus orígenes. El chamanismo tiene la ventaja de haberla conservado. En él, podemos encontrar, por ejemplo, un saber sobre la muerte, el fantasma y la enfermedad de los antepasados que, aunque fue puntual en la mitología de los descendientes de Adán y Eva, poco a poco se fue perdiendo. Para los chamanes, los muertos que no pudieron, por distintas razones, llegar a las puertas de la Gran Luz, se quedan prisioneros de sus angustias o ilusiones terrestres. Algunos porque se fueron cuando todavía tenían asuntos que arreglar, otros porque ni siquiera se dieron cuenta de que estaban muertos o porque ellos o sus seres queridos nunca pudieron aceptar la idea mientras vivían. Cuando alguien muere sin que un trabajo o duelo le haga llegar a las puertas de la Gran Luz, entonces se crea, entre el muerto y los vivos, esta entidad relacional denominada fantasma, que les permite, a los dos, seguir viviendo juntos, aunque ilusoriamente. Sin embrago, al transmitirse de generación en generación, esta entidad relacional se va convirtiendo en patógena, porque no está al servicio de los proyectos de los vivos, sino de los que el muerto no ha podido realizar. Llegados a este punto, el trabajo de un chaman es del mismo orden que el del psicoanálisis transgeneracional. Nunca nos preocupamos por los muertos excepto cuando los vivos los retienen encerrados inconscientemente en sus estructuras emocionales, y no lo hacemos si no nos lo piden. La diferencia es que los psicoanalistas consideran que los fantasmas son objetos del inconsciente, mientras que los chamanes creen que son almas que, como la de Caín, no pudieron llegar a la Gran Luz y que siguen viviendo en una psique terrestre y común, la de todo el planeta.
 
—¿Su trabajo de acupuntura le ha abierto los ojos ante estas cuestiones?
 
D.D.: Aprendí acupuntura, pero lo que realmente me fascinó fue el pensamiento taoísta. Allí descubrí una alquimia sexual increíble: un saber sobre la sexualidad que no tiene ningún equivalente en las otras culturas. Así pues, el principal lugar de aprendizaje para mí fue el taoísmo. Pero nunca he practicado la acupuntura porque, en la China antigua, los acupuntores no tenían en cuenta el fantasma; lo hacían los Maestros de los pies descalzos: los sacerdotes o los chamanes. En los rituales de exorcismo, los Maestros de los pies descalzos no se van solos, adentrándose en el astral como hacen los chamanes. Reciben a toda la familia y sirviéndose de las capacidades innatas como médium de los adolescentes vírgenes, invitan a los antepasados «mal muertos» a acudir ante sus descendientes y explicarse a través de su boca. Y eso les permite saber qué hacer para dejarles seguir su camino. Tienen la misma concepción que los chamanes.
 
La muerte no es un paso instantáneo de un estado a otro, sino un proceso que requiere mucho tiempo. No todos los órganos mueren a la vez; si así fuera, sería imposible sacarlos para transplantes. Y en el plano espiritual sucede lo mismo. Los chamanes no lo consideran una unidad única e indivisible, sino un conjunto de varios envoltorios, o cuerpos sutiles, que no están todos destinados a acompañar al alma hasta la Gran Luz. Después de separarse del cuerpo físico, el difunto todavía tiene que deshacerse del primer envoltorio, llamado el cuerpo etérico, que los chamanes consideran como la parte de nuestra constitución psíquica que compartimos con los animales y que dicen que debemos devolvérsela, al morir, para darles las gracias por habernos alimentado durante nuestra vida.
 
—¿Podría recordarnos cuáles son, según esa visión de la vida, los diferentes cuerpos sutiles?
 
D.D.: estos cuerpos corresponden a los diferentes planos de organización de la vida. Algunas tradiciones nombran doce, pero en el chamanismo se trabaja sobre los cuatro primeros, porque son los que determinan nuestra consciencia. A excepción del primero, el cuerpo físico, los otros tres no tienen ninguna consistencia material. Por lo tanto, no se pueden comprender a través de la percepción ordinaria. Un cuerpo es un conjunto de elementos de la misma naturaleza, delimitado por una frontera. Los cuatro cuerpos corresponden a los cuatro lados de la conciencia, es decir, los cuatro primeros niveles de la vida de los que depende la conciencia.
 
El primero, el cuerpo físico, está formado por moléculas. Podríamos llamarlo el cuerpo molecular. Es el único cuyas fronteras son visibles y también es el único que, actualmente, está reconocido por la ciencia. El segundo está formado por esa energía llamada aliento en la Biblia y Qi en la medicina china, y es lo que diferencia un cuerpo vivo de un paquete de carne cruda. En el siglo XIX lo bautizaron como cuerpo etérico porque, en aquella época, sonaba a nombre científico; por aquel entonces, creían que el vacío estaba lleno de éter. En la actualidad, la percepción del vacío es distinta: lo vemos como constituido por una multitud de partículas virtuales. En mi opinión se tendría que llamar el cuerpo de vacío, porque las cosas se mueven, se animan y viven porque hay vacío en la materia. La acupuntura, que actúa sobre este cuerpo, lo entendió perfectamente: el ideograma que los chinos utilizan para designar un punto de acupuntura significa vacío, caverna, gruta. El cuerpo molecular y el cuerpo de vacío son envoltorios puramente terrestres. Son de los que la muerte debe desprenderse para poder llegar a la Gran Luz. Después viene el tercero, tradicionalmente llamado cuerpo astral porque es un envoltorio mental que permite, con la única ayuda del pensamiento, proyectarse hasta el otro extremo del universo o entre los astros. Está formado por todo lo que tiene que ver con la representación: imágenes visuales, acústicas, táctiles… un conjunto de todo lo que hemos memorizado a lo largo de nuestra existencia para representarnos el mundo. Es el tselem de la mística judía: el vestido del alma, la memoria de la vida terrestre en la que se envuelve el muerto a partir. También recibe el nombre de cuerpo emocional, porque es la base de los efectos y las emociones que animan nuestras relaciones con los demás y con el universo. Es un cuerpo bastante parecido a la imagen inconsciente del cuerpo de Françoise Dolto, que es la memoria espacio-temporal de nuestros afectos y nuestras emociones. Por lo tanto, un psicoanalista estaría tentado de llamarlo cuerpo de representación porque es a bordo de este cuerpo donde nos embarcamos hacia el mundo de los sueños o la Otra Realidad, en la que los chamanes evolucionan.
 
El cuerpo de vacío se percibe y se expresa a través de esas vibraciones particulares que son sensaciones. Es con el que conectamos cuando tomamos el sol. Está relacionado con lo que yo llamo paz de sensaciones, nuestro envoltorio energético y sensitivo, igual que con todos los órganos sensoriales. En cambio, el cuerpo de representación corresponde a lo que conocemos como sistema de representación, es decir, la memoria con la que el cerebro interpreta y clasifica lo que los órganos sensoriales perciben.
 
Sin embargo, a nivel espiritual, la representación no es lo más misterioso. ¡Lo más sorprendente es que podamos darle sentido a las cosas y al mundo! Que nuestra vida y el universo puedan tener un sentido. La representación, por sí misma, puede ser absurda o delirante. Igual que con la locura. Y de ahí el cuarto cuerpo, el que organiza el sentido. El cuarto cuerpo, el cuerpo de sentido, corresponde a lo que los psicoanalistas llaman la construcción del individuo o del Yo. Hay quien lo llama cuerpo mental, reconociendo que no se trata propiamente de un cuerpo, sino más bien de una estructura. En la obra de Rudolf Steiner, es lo que aparece como el Yo y Él (el Yo convirtiéndose en Él cuando se refiere a un estado de salida del cuerpo). Para él, esta sería una instancia que la vida tendría como objetivo antes de construirse. El hecho de ser capaz de desplazarse solo, después de la muerte, y de no tener que esperar, acurrucado en una esquina del espíritu, que con o sin la ayuda de un chamán los ángeles vengan a buscarte, depende, para él, de la calidad de dicha construcción que es el cuarto cuerpo. Pero si hay quien ve una estructura antes que un cuerpo, es porque se trata de un nivel donde el espíritu es colectivo. Es la estructura que hace de nosotros seres comunitarios, el cuerpo que organiza nuestras relaciones con los demás, permitiéndonos ahondar en ella y evolucionar.
 
Estos cuerpos se reúnen en los tres tesoros de la medicina china: Jing, las esencias que constituyen el cuerpo físico; Qi, el aliento que es la textura del cuerpo etérico. Y shen, el universo del espíritu y de los espíritus, que corresponde a los cuerpos astral y mental. La antroposofía, el taoísmo y el chamanismo también tienen concepciones de la vida bastante similares. Como también lo es la manera de abordar el fantasma. Si se trata de una muerte reciente, al principio hay que ayudar a la persona que hace la consulta a asumir un trabajo de separación. ¡Si no es ella la que decide hacerlo, no vamos a conseguir nada! Si se trata de un antepasado más lejano, podemos guiar a esta persona para indicarle el camino. Si no puede hacerlo sola, podemos hacerlo por ella. Pero el objetivo siempre es el mismo: permitir que el antepasado, inmovilizado en las estructuras terrestres del espíritu, encuentre su camino hacia la Gran Luz. Se parece un poco a un psicoanálisis post mortem del antepasado. A su manera, los chamanes hacen lo que los budistas tibetanos cuando, de forma preventiva, acompañan el viaje del alma cuarenta y nueve días a partir del momento en que abandona el cuerpo terrestre.
 
—Habla como alguien que cree firmemente en la existencia de una vida más allá de la que normalmente conocemos…
 
D.D.: No me baso en creencias, particularmente. Creer es adoptar las ideas de otro o de un grupo. Mis trabajos están basados en la experiencia humana. ¿A partir de qué experiencia pensamos esto o lo otro? ¿Esa experiencia es nuestra o de otros? La vida es una experiencia. Si la asumimos, es que creemos en ella. Y aunque la creencia en la vida puede parecer increíble, aparece en primer lugar en la niñez. Los niños no creen en la muerte del espíritu. Los niños sicóticos que tienen un acceso natural a la Otra Realidad son muy radicales en este punto. El hecho de que no lleguen a adaptarse a nuestra realidad suele ser compensado por todo tipo de dones sobrenaturales. Y si no creen en la muerte es porque la mayoría tienen, como los chamanes, la capacidad de entrar en contacto con los muertos. A este respecto, hay que leer lo que ellos dicen en Un clavierpour tout dire, el último libro de Anne-Marguerite Vexiau: que somos «mentirosos por decir que los muertos no existen»; que hay que, por el contrario, «avivar a los muertos» (pensar en ellos); y que, si los «avivamos, los muertos pueden ayudar mucho a los niños autistas».
 
Por lo tanto, no voy a perder el tiempo en polémicas sobre la existencia o no del más allá. Mis investigaciones versan sobre la realidad de nuestras experiencias mentales, y cómo se nos presenta la muerte es una de ellas. No tenemos la necesidad de demostrar científicamente la existencia de un fantasma para entender qué quiere decir. Sucede lo mismo cuando uno estudia como se presenta la muerte en el espíritu humano.
 
De hecho, las representaciones de la muerte siempre aparecen sobre dos caras antinómicas. Por una parte, tenemos que alimentarnos y respirar continuamente. Bajo esta perspectiva, nos pasamos la vida luchando contra la muerte y esto es, al mismo tiempo, lo que nos da más miedo. Pero, por otra, como Freud lo constató en Más allá del principio del placer, todo el mundo, en su inconsciente, se cree inmortal. Sin embargo, la medicina materialista, al considerar únicamente la muerte bajo el aspecto de cadáver, solo consigue ampliar el miedo que despierta en nosotros. Y eso implica un gran desgaste de energía. Y aunque las investigaciones sobre la muerte, la angustia y el fantasma empiezan a dar sus frutos, quiero constatar una cosa: en primer lugar, que en nuestra rica y lujosa sociedad estamos completamente desprovistos de palabras y pensamientos para explicar cómo vivimos la muerte, la nuestra y la de los demás y, en segundo lugar, que todavía sabemos muy poco sobre el psiquismo humano.
 
(…)
 
… se podría decir que existen tantos tipos de chamanismos como etnias, chamanes o individuos. Sin embargo, la estructura cosmológica a la que se refieren todos (los Cuatro Orientes y los Tres Mundos, unidos por el Árbol de la vida) es la misma. Es una vía que se diferencia de las demás opciones espirituales por la dimensión tan concreta de su objetivo, básicamente orientado hacia la búsqueda de información que permita mejorar nuestra vida. Esto implica, en primer lugar, un trabajo intenso en uno mismo a través del cual cada uno debe encontrar sus propias herramientas y adoptar su camino. En este aspecto, el chamanismo es una espiritualidad desprovista de dogmas cuya única presuposición es la imposibilidad de llegar a las profundidades del espíritu si no es hablando de uno mismo. Por esto, lo aconsejo a aquellas personas que se estén sometiendo o se hayan sometido a psicoanálisis. El chamanismo completa o prolonga el trabajo, pero es mucho más apropiado que el psicoanálisis para los que sufren problemas sicóticos. El psicoanálisis y el chamanismo exploran el mismo registro mental: la psique originaria. El psicoanálisis accede a ella a través del análisis de los sueños, y el chamanismo la explora a través del trance o viaje astral. Sin embargo, el chamanismo dispone de un saber más antiguo que el psicoanálisis como, por ejemplo, todo lo relativo a la parte colectiva y cultural que constituye al individuo o la clínica de los antepasados muertos, algo que el psicoanálisis siempre ha tendido a obviar.
 
(…)
 
Sobre la cuestión de la muerte y la relación con los antepasados, si queremos superar ideologías, ignorancias, prohibiciones y prácticas, tenemos que, como bien explica Élisabeth Kübler-Ross, considerar a los niños como nuestros maestros, sobre todo cuando padecen problemas mentales contrarrestados por los dones que nosotros no entendemos o por enfermedades incurables que hacen que estos niños tengan los días contados. Kübler-Ross también dice que los niños que saben que tienen una enfermedad incurable han recibido un regalo: un desarrollo mental muy superior a la media y una sabiduría espiritual ante la muerte de la que la mayoría de los que intentan trabajar en este terreno están muy lejos. Ginette Raimbault (una psicoanalista que trabajó en el ámbito hospitalario con esta clase de niños), en uno de sus libros explica la historia de uno de ellos: ante el inminente final de su vida, el niño deja el hospital para poder morir en casa y, cuando sube al taxi con su madre, él es la única persona de todos los adultos presentes capaz de decir: «¡Deja el numerito ya, mamá! ¡Te prometo que no voy a morirme en el taxi! ¡Tenemos todo el tiempo del mundo!».
 
Patrice Van Eersel y Catherine Maillard
Mis antepasados me duelen, página 85
 
 
 
Entrevista con CHANTAL RIALLAND
 
 
Cuando toda nuestra familia ha desaparecido, no es exagerado decir que se perpetúa en nosotros: bajo forma de cualidades, pero también de patologías que únicamente una lúcida remontada en nuestro árbol genealógico tiene posibilidades de curar.
 
Patrice Van Eersel y Catherine Maillard
Mis antepasados me duelen, página 86
 
 
La mayoría de nosotros hemos nacido de, como mínimo, un acto de amor entre un hombre y una mujer. ¿Sospechaban ellos, al quererse, los problemas que estaban a punto de legarnos? Primer objetivo de la genealogía: ayudarnos a tomar conciencia de las influencias que nuestra familia ejerce sobre nuestra vida, desde el interior de nosotros mismos; dicho de otra manera: cuanto mejor entendamos nuestras raíces, mejor podremos librarnos de ellas.
 
Patrice Van Eersel y Catherine Maillard
Mis antepasados me duelen, página 86
 
 
 
Entrevista con CHANTAL RIALLAND
 
 
—Podríamos decir que usted era unapsicoterapeuta clásica. ¿Cómo ha llegado a interesarse por la psicogenealogía?
 
Chantal Rialland: Todo empezó con una entrevista que mantuve con Alejandro Jodorowsky. Hacía un año que ejercía de psicoterapeuta cuando, siguiendo los consejos de un amigo, acudí a su consulta para una sesión de lo que él llamaba el Tarot en cuatro etapas, o dicho de otra manera, un tarot del árbol genealógico. Inmediatamente, sus preguntas me llevaron a hablar de personas de las que nunca lo había hecho en mi propio trabajo analítico, como por ejemplo mis abuelos y mis bisabuelos, ¡esos maestros silenciosos de mi destino que nunca conocí! Sabía que la familia nos constituye, pero hasta entonces solo había intentado entender el lazo que me unía a mis padres. Ahora bien, ¿cómo podía imaginar entender mi relación con mi madre sin evocar su relación con su abuelo, mi bisabuelo, que murió cuando ella tenía diecinueve años? Este reencuentro con mi clan también pasó por el descubrimiento del papel de mi padre en el seno de la genealogía y de su propia historia con sus padres. Mi abuela murió cuando yo tenía diez años así que no me acuerdo mucho de ella.
 
En resumen, todos somos fruto de un árbol genealógico y esta concienciación revolucionó mi práctica profesional: el sufrimiento, que es una herencia que se transmite de generación en generación, adquiere un sentido completamente distinto con la psicogenealogía. Poner esto en práctica fue un verdadero desafío porque mis pacientes, por muy dispuestos que estuvieran a hablar de ellos, no lo estaban tanto a hablar de sus antepasados. Sin embargo, yo estaba dispuesta a integrar la psicogenealogía en la psicoterapia analítica clásica. Y con esta disposición recibí durante tres años formación por parte de Alejandro Jodorowsky.
 
Patrice Van Eersel y Catherine Maillard
Mis antepasados me duelen, página 87
 
 
—Desde hace unos años, estamos asistiendo a una verdadera explosión de la genealogía. En cada familia, siempre hay alguien que quiere hacer un árbol genealógico. ¿Qué opinión le merece este fenómeno?
 
C.R.: vivimos en una sociedad en plena mutación. La familia ha tenido buenos y malos momentos: refugio para unos, infierno para otros. Hemos pasado del «familia te odio» al «familia te quiero». Además, el modelo clásico de familia también ha cambiado. Recompuesta, monoparental, homosexual; los códigos y los ritos ya no son los mismos. Esto ha aumentado el deseo de conocer su historia, su filiación, sus raíces. En una sociedad en movimiento, en la que perdemos los puntos de referencia, queremos vincularnos a nuestras raíces, queremos encontrar nuestro lugar en la genealogía. En pocas palabras, buscamos nuestra identidad. Este interés también ha aparecido en la psicoterapia. Antes conocíamos las terapias para niños, para adolescentes, para la pareja… en la actualidad, examinamos las angustias transgeneracionales.
 
 
—¿Cómo funcionan, en psicogenealogía, los mecanismos de protección?
 
C.R.: Es una palabra clave. Los niños de una misma familia no son objeto de las mismas proyecciones por parte de sus padres. Tuve la oportunidad de trabajar con una familia que tenía cinco hijas. Entre la mayor, que pudo disfrutar de su padre hasta los diecinueve años, y la pequeña, que lo perdió a los cinco, la psicogenealogía era completamente distinta. Sin embargo, aunque cada uno tenga una historia particular, todos tenemos un punto en común: desde el anuncio de nuestra concepción, nuestros padres, inconscientemente, nos encargan la función de dar sentido a sus vidas. En otras palabras, el niño recibe los fantasmas de sus padres, pero también los de sus abuelos, tíos y tías. La familia proyectará en nosotros deseos corporales, sexuales, afectivos, intelectuales, etc. Obviamente, esta proyección es totalmente inconsciente: de repente, El niño tiene que ser el encargado de recuperar los sueños perdidos se le pide que triunfe donde otros han fracasado o que perpetúe los modelos estrella de la familia.
 
 
Patrice Van Eersel y Catherine Maillard
Mis antepasados me duelen, página 87
 
 
—¡Entonces, a priori, todos tendríamos un cuerpo en cierto modo psicogenealógico!
 
C.R.: exacto. La familia se reconoce a través del cuerpo del hijo y se atribuye pequeñas partes del bebé. La red familiar se refuerza alrededor del cuerpo del pequeño. Solo falta que ese cuerpo psicogenealógico interactúe de manera más o menos positiva con nuestra evolución. Es decir, que en definitiva no queremos forzosamente parecernos a nuestra tía que, por un lado resulta ser poco simpática y por otro es la imagen de la santidad, ¡y la vida monacal no es lo que nosotros soñamos! En realidad, las proyecciones actúan de distintas maneras y el terreno del cuerpo psicogenealógico es muy interesante. Frases como «No te engordes como tu abuela», que sin embargo son anodinas y habituales, pueden generar síntomas muy claros. Porque, para conformarse con los deseos de sus padres, el hijo se identificará con todas sus proyecciones, arriesgándose a crear un desequilibrio entre su cuerpo y su mente.
 
El sexo tiene un papel evidentemente considerable en la huella de este cuerpo psicogenealógico. Para la mayor parte de nuestros padres, tener un hijo o una hija está lejos de ser algo neutro, ¡todo lo contrario! Nacer chica si tus padres esperaban un chico suele tener graves consecuencias. Y lo mismo para un chico.
 
—¿Cómo actúan las proyecciones? ¿Son, obligatoriamente, traumatizantes?
 
C.R.: La mayor parte del tiempo, actúan a través de las palabras. Por ejemplo, las etiquetas y los atributos con los que los padres no dejan de llamar a sus hijos, como «pulguita» o «ratoncito». Estas palabras, que seguramente acompañaron la infancia de los padres, influirán en la vida afectiva, intelectual, sexual y corporal de sus hijos. Hacer desistir a los padres de la tentación de ejercer una autoridad total y ayudarlos a apartar esas motivaciones inconscientes de convertir a su hijo en el instrumento de su felicidad también forma parte de la postura de la psicogenealogía.
 
Hemos constatado que los juegos de proyección son más complejos a medida que van pasando las generaciones. La hija mayor es la inteligente, la pequeña es la guapa, etc. Los padres no se dan cuenta, pero hay algo muy doloroso en las comparaciones que se hacen entre hermanos y hermanas. Y los efectos perversos son mucho más importantes de lo que pueda parecer. Cuarenta años después, la «intelectual» siempre se creerá fea mientras que la «guapa» no dirá nada porque se sentirá estúpida. El niño se identifica con esas proyecciones, preocupado por respetar la naturaleza particular del lazo que lo une a sus progenitores. El resultado es una falta de confianza en sí mismo, una falta de confianza en la vida y un problema de espacio. Cuando te comparan, es que no tienes tu espacio.
 
—¿Los niños identifican a sus abuelos todos del mismo modo?
 
C.R.: No, las identificaciones en el seno de una familia son muy distintas. Recuerdo el caso de Hélène, abuela de Élodie y de Isabelle. Sus dos nietas la veían de maneras totalmente opuestas. Para la primera, su abuela era ejemplar, cómplice y condescendiente. Para la segunda, la misma abuela era dura e indiferente.
 
Élodie era hija del hijo de Hélène, mientras que Isabelle era hija de su hija. La psicogenealogía puso de manifiesto que, en la historia de esta abuela, los hijos varones siempre salían beneficiados. Revisitar el pasado familiar permite cambiar el punto de vista sobre el mismo, guardar duelo por lo imposible y que cada uno se apropie de su vida.
 
Hablando de abuelos, la evolución de la sociedad les ha dado un papel distinto, menos influyente pero mejor integrado en la familia.
 
—¿Qué incidencia ha tenido esto?
 
C.R.: Es cierto que los abuelos ya no son los viudos y viudas de antes, siempre solos y de negro. La familia ya no se basa en el deber, sino en el amor. El antiguo modelo, incluyendo a las abuelas que lo sabían todo e imponían su punto de vista, se ha extinguido. Los ancianos de hoy en día, como están mejor integrados en la sociedad, mantienen un espíritu más joven. Su papel, perfectamente especificado, es bien distinto al de los padres. Liberados de las contingencias familiares cotidianas, están más disponibles. También pueden multiplicar las mil y una atenciones que dedican a sus nietos, como la complicidad, la seguridad, el saber escuchar, la paciencia… En pocas palabras, les pueden consentir todo lo del mundo y más. A menudo, la casa de los abuelos es, para los niños, un refugio que aprecian y conocen a la perfección. Las figuras en las que se han convertido los abuelos dan confianza a los niños sobre su lugar en la familia, ya sea clásica o reestructurada; por lo tanto, son fuentes de identificación.
 
La gran revolución de finales del siglo XX en el árbol psicogenealógico proviene de lo que podríamos denominar el cambio de tótems; es decir, las figuras lejanas y algo austeras que eran los abuelos se han convertido en una especie de refugio maravilloso e indestructible.
 
—Y en caso de que los abuelos estén muertos, ¿su figura es igual de importante para sus nietos?
 
C.R.: Por supuesto, y esta es una de las constataciones fundadoras del enfoque psicogenealógico. De todos modos, nuestros padres nos han criado en función de su propia relación con sus padres. Es un elemento fundamental. Por lo tanto, poco importa que hayamos conocido a nuestros abuelos o no; ellos igualmente influyen e nuestra vida a través de la que ejercieron en la de nuestros padres.
 
—Volvamos al tema de la identificación. ¿Un niño tiene obligatoriamente la necesidad de identificarse con alguien?
 
C.R.: Identificarse es la manera más natural de constituirse como persona. A diferencia del niño pequeño, que enseguida se da cuenta de la diferencia sexual, la niña pequeña se ve inmediatamente como una reproducción en miniatura de su madre. La psicogenealogía ofrece algunas pistas sobre las identificaciones que se transmiten de generación en generación. Esto quiere decir que todas las chicas van a forjarse la idea de ser mujeres a través de sus madres que, a su vez, lo aprendieron de las suyas, etc. Y lo mismo para los chicos, con los padres, claro.
 
—Entonces, ¿la psicogenealogía pone en evidencia cómo los lados masculino y femenino que todos llevamos dentro se forjan en base a un ideal que nos transmiten?
 
C.R.: En efecto, nuestro árbol genealógico define tanto nuestro lado masculino como el femenino. Ante la pregunta «¿Qué es para usted ser una mujer o ser un hombre?», todos respondemos pensando en los distintos hombres y mujeres de nuestra familia. La feminidad y la virilidad están en el corazón de nuestra historia familiar. Estructuramos nuestra personalidad identificándonos con esas figuras familiares. Y eso origina muchas contradicciones y confusiones. Por ejemplo, en algunos árboles genealógicos, la madre ha tenido que ocupar el papel del padre, o viceversa. En otros casos, los padres son socios en alguna actividad profesional, por ejemplo. Todo esto puede confundir a los hijos. La calidad de nuestras relaciones amorosas también depende de esas figuras familiares. El árbol genealógico puede transmitirnos el odio de los hombres o de las mujeres, o puede obligarnos a querer al padre en detrimento de la madre, o viceversa.
 
—¿Sabemos identificarnos, prioritariamente, con nuestros padres?
 
C.R.: En algunos casos, los mecanismos inconscientes de identificación pueden perfectamente darse con profesores, médicos de cabecera o sacerdotes. Estas identificaciones también van cargadas de información que puede traspasarse a las siguientes generaciones. Aunque pueda parecer sorprendente, las principales figuras que son objeto de identificación no tienen por qué mantener lazos genéticos. A veces, el padrino o la madrina adoptan este papel. Los niños adoptados, por ejemplo, tienen una psicogenealogía genética de más. La familia adoptiva, con la que también se identificarán.
 
—¿Podríamos detenernos un segundo en el fenómeno de la repetición de generación en generación?
 
C.R.: Repetir es actuar en función de la historia familiar de cada uno. El fenómeno de la repetición consiste en repetir los mismos argumentos, seguir los mismos valores y calcar las fechas de aniversario. Pero no es un fenómeno sistemático. Hay quien, por ejemplo, puede comportarse de modo completamente opuesto. Lo llamamos los «contra argumentos». Pase lo que pase, las repeticiones nos acompañarán, inconscientemente, a lo largo de nuestra vida. Sin embargo, adquieren varias formas, desde las más anodinas a las más increíbles, y en todos los terrenos, incluso los más insospechados como, por ejemplo, la cocina, en los gustos a la hora de cocinar; pero también en el estilo de vestir y en la relación con el dinero. Obviamente, hay muchas repeticiones en la elección de un trabajo, en la manera de trabajar, etc. Todos funcionamos con una combinación de ambición propia y el inconsciente familiar.
 
Evidentemente, y si quererle robar toda la magia al amor, hay que saber que el terreno afectivo tampoco está exento de la influencia de nuestros antepasados. El amor no es una lotería y detrás del misterio de las relaciones y todas las cuestiones que provocan las elecciones amorosas suelen esconderse unas preciosas repeticiones familiares. Los dos tortolitos se preguntan: «¿Por qué nos queremos?», a veces pueden comprobar que, sin saberlo ellos, la poderosa fuerza de las repeticiones los ha unido. Una no se casa a la misma edad que su abuela por casualidad. Una atracción por un compañero de otra cultura, por ejemplo, también tiene su explicación en las repeticiones genealógicas.
 
Otro fenómeno de repetición muy frecuente es la maternidad. Algunas mujeres se quedan embarazadas a la misma edad que sus madres, mientras que otras sufren abortos naturales que recuerdan otros pasados. Como fruto de nuestra historia, las grandes etapas afectivas padecen la ley de la descendencia.
 
Y con la salud pasa algo parecido. Podemos sufrir enfermedades que retomen afecciones de parientes más o menos lejanos. Como puede comprobar, puede que toda la vida esté influida por las repeticiones.
 
—¿Cómo explica que los padres no se den cuenta que educan a sus hijos como los educaron a ellos?
 
C.R.: Por un lado, la repetición no siempre es flagrante; por el otro, no van a educarlos obligatoriamente de forma idéntica. Es más complicado. La repetición se basa en la imagen inconsciente del hombre o la mujer que la ha transmitido. La abuela odia a las niñas; ¡la madre solo tendrá niños! El fenómeno de repetición influye en el aspecto afectivo, y para identificar y entender estas repeticiones hay que saber qué pasó realmente en la infancia de nuestros padres, es decir, que intentan reproducir.
 
Por otro lado, hay que disculpar a los padres. ¡Les acusamos de todos los males! Hemos comprobado que, casi siempre, intentan dar lo que ellos nunca pudieron tener, y así de paso cerrar sus heridas. Ahora bien, los hijos no son los terapeutas de sus padres, algo que, sin embargo, está en vías de desarrollo en la actualidad. De ahí la necesidad de salir de la repetición, un fenómeno que asfixia y somete.
 
—¿Se puede utilizar la psicogenealogía como herramienta para acabar con las acusaciones que vertemos hacia nuestros padres y antepasados, a los que a menudo culpabilizamos de nuestros problemas?
 
C.R.: La psicogenealogía es, en parte, el arte de utilizar a la familia solo para lo bueno. Para ensalzarla, bastaría con reconocer que ellos nos han dado la vida. Una vez superada la pequeña crisis en contra de la familia (algo que provoca que nos demos cuenta de lo que nos falta), es importante evolucionar y cambiar el punto de vista. El espíritu de vida se puede resucitar, con la condición de que todos sus miembros sean conscientes de los valores positivos que esta aporta. Uno debe comprometerse realmente a buscar todo lo positivo en su familia; no hay que rechazarlo todo en bloque. En el fondo, lo que se busca es, sencillamente, realizarse libremente y dentro de la verdad de la línea de descendencia. Para eso, es necesario llegar a un retorno afectivo porque solo eso puede poner en funcionamiento la alquimia.
 
—A veces, es imposible perdonar sinceramente.
 
C.R.: Repito, tenemos que ver a nuestros padres como seres humanos y no como padres.
 
Además, el perdón no es en absoluto lo que creemos. Es necesario afrontar el odio, el resentimiento y la frustración que nos atormentan, sentimientos de los que no siempre somos conscientes. Después, tenemos que entender que nuestros padres hicieron lo que pudieron. No vamos a sufrir toda la vida por haber sufrido. No podemos cambiar el pasado, pero sí que podemos cambiar las secuelas que el pasado ha dejado en nosotros. Ese es todo el trabajo de la psicogenealogía: renacer.
 
—¿Cree que todo el mundo debería recurrir a la psicogenealogía?
 
C.R.: A todo el mundo le interesa, aunque solo sea para ser conscientes de lo que les han transmitido a sus hijos. La psicogenealogía va más allá de una simple terapia. Se trata de tomar consciencia del inconsciente familiar y para eso hay que aprender a hacerse preguntas importantes sobre los orígenes de nuestros comportamientos. En la psicogenealogía, el que consulta y se pregunta qué ha hecho con la herencia de sus padres, sus abuelos y otros antepasados es el niño que se ha hecho mayor.
 
¿Qué ha hecho Françoise Dolto con su propia herencia de una familia particularmente difícil con una madre que hubiera preferido que muriera ella en lugar de su hermana? ¡Françoise hubiera podido sufrir toda la vida! Es obvio que le ha dado un sentido a sus psicogenealogía y que ha preferido el camino de la preparación y curación.
 
—¿A partir de qué momento puede uno decir que está curado?
 
C.R.: Curarse es volver a estar en paz con uno mismo. Es decir, mientras estamos vivos, estamos en mutación, en transformación, en movimiento. Y, a lo mejor, también eso es la curación. Aceptar que no somos fijos ni inmutables. Algunos pacientes me dicen: «Cuando esto mejore, ya no sufriré más». No tiene nada que ver con otras cosas. Me vienen ganas de decirles: cuando tú mejores, el sufrimiento ya no será una forma de vida, aunque seguirá habiendo momentos difíciles, de tensión, interrogantes y dudas. La vida no es un río tranquilo, pero, de todos modos, sigue siendo una invitación a la felicidad.
 
—¿Y la reparación?
 
C.R.: A veces, cuando alguien ha sufrido, adopta la posición de víctima y se pasa la vida sufriendo y haciendo sufrir a los demás. O, en caso contrario, da un paso adelante y pone todos los sufrimientos de su pasado al servicio de los demás. Así, por ejemplo, cuando un niño que ha sufrido en su infancia crece, intenta ser el padre o la madre perfectos. El problema llega cuando esa persona se queda encallada en la etapa de reparación dando mucho de los demás y olvidándose de él mismo. Es un pequeño error que cometen muchos terapeutas, entre los que me incluyo. También tenemos que pensar en nosotros mismos y no cargar con el sufrimiento de todo el mundo sobre nuestras espaldas. Es importante, más allá de la reparación, darse permiso para vivir.
 
—Según usted, ¿por dónde habría que empezar a deshacer la madeja familiar?
 
C.R.: Se puede empezar, por ejemplo, por esclarecer el deseo paterno de habernos traído al mundo, que no siempre es sencillo. Entre todas las llaves imprescindibles para abrir las puertas de la historia, los nombres también tienen un papel muy importante. Uno no se llama Antonin, como el escritor Antonin Artaud, por casualidad, ni Jonás o María, como la abuela. Un día conocí a una Blandine… y se llamaba así por la maestra de su padre. Sin caer en el melodrama y el romanticismo que supone volver a nuestros orígenes, a veces es necesario investigar un poco.
 
—Y cuando no es posible informarse, ¿qué se puede hacer?
 
C.R.: Cuando hay lagunas o vacíos, nunca es por casualidad. Significa que hubo algún conflicto entre la madre y sus padres o el padre y sus padres. También puede ser un secreto de familia. Podemos buscarlos en las repeticiones de las pautas de comportamiento.
 
—Entonces, ¿tomar consciencia del problema basta para eliminar la repetición de los esquemas familiares?
 
C.R.: Con eso no basta; hay que realizar un trabajo afectivo. Pongamos un ejemplo: tengo mala suerte con los hombres. Siempre acabo con el mismo tipo de hombre que me hace sufrir. Tomaré consciencia de este problema cuando responda a las siguientes preguntas: ¿Qué imágenes del hombre y la mujer se han vehiculado a través de mi familia? ¿Cuáles son las deudas que, por fidelidad reproduciré? ¿Tengo mala suerte porque, en mi historial familiar, parece prohibido ser feliz con un hombre?
 
—Obviamente, liberarse anima mucho, pero ¿cómo se puede distinguir entre lo bueno que aporta la familia y lo nocivo que puede desprender?
 
C.R.: Yo creo que el ser humano tiene como objetivo, en esta vida, darle sentido a las cosas. La curación llega cuando nuestra historia encuentra un sentido. La familia nos dio la vida, las alegrías y las penas. Cuanto más sentido le demos a nuestra historia, menos intoxicación transmitiremos a nuestros hijos.
 
—Disculpe que le haga esta pregunta a estas alturas, pero, científicamente, ¿se puede decir cómo algo del pasado puede afectar a alguien que ha nacido varias generaciones más tarde?
 
C.R.: No lo sé, es un misterio. Existe un inconsciente familiar que une a personas que, genéticamente, no están relacionadas y que, sin embargo, forman parte de una genealogía. Ahora me acuerdo de un paciente que mimaba hasta extremos inimaginables al primer amor de su madre, que no era su padre. También tuve una paciente que tenía dos padres simbólicos: el primer amor de su madre, que genéticamente no era su padre, y su padre biológico. Estos casos son los clásicos de la repetición. Nos encontramos muchos casos similares a lo largo de nuestra vida profesional. Si usted tiene una familia donde todos tienen una profesión liberal, lógicamente usted tendrá cierta tendencia hacia esas profesiones. Si en su familia hay un fracaso muy traumático, es muy posible que cuando usted llegue a la edad que su padre tenía cuando aquello sucedió se replantee su vida profesional. ¡Inconscientemente, esa historia lo domina todo! Cómo vemos a los hombres, las mujeres, cómo concebimos la feminidad, la sexualidad, cómo viajamos, las ideas políticas, religiosas… Todo está en función de la familia y de su historia. Y todo se transmite. Que importancia le damos al dinero. La seducción, el placer.
 
—En su último libro, explica la adopción de un niño desde el punto de vista psicogenealógico. ¿Podría hablarnos un poco sobre esto?
 
C.R.: Efectivamente, hay algunos árboles genealógicos donde aparecen indicaciones que demuestran que alguien estará más abierto a las adopciones que otros. Como ya le he dicho, los niños adoptados tienen, al menos, dos psicogenealogías: la de la familia biológica, a la que a veces llega a conocer, y la de la familia adoptiva. Hay que saber que la adopción puede ser muy difícil. Hay que entender que todos los niños adoptados han sufrido. Un niño no está en condiciones de decir que su «verdadera» familia lo ha abandonado porque, económicamente, no podía hacerse cargo de él. Un niño adoptado cree que lo abandonaron porque era prescindible y que no valía la pena. Todos estos niños han sufrido y, durante sus primeros años de vida, lucharán con todas sus fuerzas porque alguien los quiera y los adopte. Sin embargo, en cualquier caso, hay un sufrimiento que debería trabajarse sistemáticamente. Todo niño adoptado debería someterse a una psicoterápia, de pequeño, precisamente para entender que no era prescindible y que su familia de origen no pudo criarlo en condiciones. A menudo, cuando experimentan el primer amor, reviven el abandono de su familia de origen, sobretodo el de la madre. Todos los problemas que se habían ocultado y que se podrían haber tratado antes saldrán a la luz.
 
—Acabaremos por su método. Según usted, ¿la genealogía se basa más en las terapias en grupo?
 
C.R.: ¡En las dos! El efecto de sinergia de un grupo consigue sacar mejor a la luz todo lo que uno disimula y que se opone al mito familiar; es decir, a la imagen idealizada que uno tiene de su propia familia.
 
La terapia individual se puede completar con un trabajo en grupo que nos permite introducir nuestro inconsciente familiar. Para familiarizarse con él, este trabajo en el espacio físico es fundamental. Los recuerdos desagradables o las conductas repetitivas se expresan a través del cuerpo. Y una cosa es cierta: los individuos que trabajan juntos comparten experiencias similares. En ese caso, el inconsciente no surge milagrosamente, sino a favor de una emoción acompañada de unos gestos y una verbalización. Es al darse cuenta, por ejemplo, que tal respuesta emocional le remite a tal episodio familiar cuando el paciente entra lentamente en contacto con sus fantasmas ocultos. Si lo prefiere, podríamos hablar de la terapia individual en grupo. Uno se sirve del grupo como de un pozo de riqueza, pero los ejercicios son específicos para cada uno.
 
En grupo, la toma de conciencia se produce mucho más deprisa. Por otro lado, hace de espejo. Uno ve su mejoría, cosa que no siempre sucede cuando trabajamos solos. Además, somos seres sociables y, por lo tanto, es importante que la terapia pueda hacerse en grupo.
 
 
Patrice Van Eersel y Catherine Maillard
Mis antepasados me duelen, página 2
 
 
 
 
 
Apoyándose en la teoría del fantasma de Nicolás Abraham y María Torok, que fueron los primeros en explorar el campo clínico del secreto de familia mortífero, el que engendra sufrimiento para toda la línea sucesoria, Serge Tisseron renueva, con gran vivacidad, nuestra comprensión del psicoanálisis. Hay más familias de las que no pensamos que ocultan secretos; secretos que pesan tanto en la vida psíquica de sus miembros que estos enferman, se convierten en delincuentes o toxicómanos o entran en una incomprensible espiral de fracasos. ¿Qué es un secreto de familia? No hay que confundirse: muchos secretos son legítimos y sanos y, aunque nuestra cultura no siempre los acepte, nos aseguran a todos libertad de pensamiento. Los secretos de familia resultan en la exclusión de varios miembros, en general los más jóvenes, de la confianza de grupo. Paradójicamente, normalmente nacen del deseo de los padres de proteger al niño ocultándole, por ejemplo, que otro miembro de la familia ha tenido un hijo fuera del matrimonio, o se va a morir, o está en la cárcel o simplemente está en el paro… los ejemplos son infinitos. Y siempre, en todos los casos, es como si el niño al que se ha aislado supiera, inconscientemente, la verdad y se las arreglará para entenderlo a través de una enfermedad o una conducta marginal con un único objetivo: demostrar que él también se está muriendo o es un delincuente o un parado, creyendo que así recuperará la confianza «perdida». ¿Qué hay que hacer para reparar la existencia de un secreto así? ¿Y para acabar con la maldición? ¿Qué se puede decir, qué hay que callar, hasta qué edad?
 
Patrice Van Eersel y Catherine Maillard
Mis antepasados me duelen, página 106
 
 
 
 
 
—En la actualidad, la familia tradicional ha desaparecido. ¿Ha cambiado la definición de familia?
 
Serge Tisseron: La definición no creo. Sin embargo, la necesidad que nos lleva a definirla ya no es la misma. Antes, la familia existía, nadie la ponía en duda y, por lo tanto, no había ninguna necesidad de definirla. Se cultivaba el recuerdo de los antepasados y, alrededor de padres e hijos, se juntaban hermanos, tíos y abuelos. Hoy en día, las nuevas formas de vida han puesto patas arriba todo esto y lo más habitual son las familias de divorciados casados en segundas nupcias, parejas de hecho o monoparentales. Además, cada vez nacen más niños por fecundación in Vitro, con un donante anónimo o no, y el número de adopciones también ha crecido. Por lo tanto, me parece esencial recordar que toda familia se define con dos ejes complementarios: un eje horizontal y un eje vertical.
 
El eje horizontal lo componen todas las personas que, en un momento dado, pueden estar en contacto físico o virtual, vía Internet, por ejemplo. Los miembros de una misma familia pueden estar repartidos por Canadá, Argentina, China y África, pero, mediante Internet, pueden ponerse en contacto los unos con los otros, contacto entre seres vivos. Aunque sea un contacto virtual, el carácter humano de los protagonistas define la relación. Sin embargo, toda familia también se define por un eje vertical, representado por los ascendientes y la genealogía que integra cada ser humano en una filiación.
 
Todos descendemos de un hombre y una mujer, que también nacieron de un hombre y una mujer, y así sucesivamente. Es importante recordar que estos dos ejes son básicos para la construcción física del niño. Nadie se define únicamente a partir de sus contemporáneos o de sus ascendientes. Todos necesitamos de ambos.
 
—En nuestra sociedad, la familia, que ha sido vilipendiada durante los últimos años y considerada como una carga, esta revalorizada. ¿Cómo explica este cambio?
 
S.T.: La familia, que hoy está revalorizada, es muy distinta a la que se atacaba hace unos años.
 
La que se despreciaba era la familia patriarcal tradicional, alimentada por la hipocresía y el autoritarismo, con un padre declarado casi un dios por el mero hecho de ser el padre, aunque fuera alcohólico o incestuoso. Desde los años cuarenta, este tipo de familia ha sido ampliamente criticada. La familia que hoy se ha revalorizado exalta los valores de la proximidad, la autenticidad y la sinceridad. A mí, más que revalorización de la familia, me gusta hablar de nuevas formas de organización familiar, de nuevas relaciones entre padres e hijos.
 
—El tema del secreto de familia está cada vez más estudiado, sobre todo en cine con películas como Celebración de Thomas Vinterberg, que habla del trauma que deja el incesto, o más recientemente Atando cabos de Lasse Hallstrom, cuyo protagonista es un hombre en busca de sus raíces que descubre, entre otras cosas, que desciende de una familia de náufragos. ¿En una moda?
 
S.T.: En mi caso no, porque empecé a interesarme por este fenómeno hace más de treinta años, a finales de los setenta. Hay que entender que, en aquella época, nadie, y mucho menos los psicoanalistas, creía que el origen de los problemas psicológicos podía estar en los secretos de familia. El reconocimiento actual proviene, básicamente, de dos factores. El primero es sencillamente, la evolución de las costumbres. Había un gran número de problemas que, apenas hace veinte años, seguían siendo tabú mientras que hoy todos hablamos de ellos con toda libertad, entre ellos, por ejemplo, los hijos adulterinos, los hijos concebidos antes del matrimonio o adoptados (eventualmente por parejas homosexuales); asimismo, en el aspecto patológico, también se ha avanzado en el atrevimiento a hablar de enfermedades mentales, depresiones, toxicomanías, alcoholismo, etc. La prensa dirigida al gran público ha tratado todos estos temas, les ha vuelto a dar su dimensión social y no solo una dimensión individual. Por lo tanto, el sentimiento de vergüenza que se desprendía de estos fenómenos ha desaparecido.
 
—¿Y el segundo factor?
 
S.T.: Muchos especialistas del psiquismo empezaron a interesarse por estas cuestiones. Hace treinta años, cuando hablaba con mis colegas del problema de los secretos de familia, suscitaba un escepticismo muy educado, en el mejor de los casos, y en el peor, un brote de agresividad.
 
Afortunadamente hoy en día el impacto de los secretos de familia está reconocido. Sin embrago, es interesante remarcar que el progreso no ha venido por los propios terapeutas, sino por la evolución social. Como siempre, los terapeutas solo vieron esta evolución y se subieron al carro.
 
—¿Me está diciendo que la sociedad se dio cuenta de la importancia de los secretos de familia antes que los terapeutas?
 
S.T.: Exacto. Según Freud, el padre del inconsciente, los secretos de familia no existían. Por lo tanto, todos los psicoanalistas que bebieron su teoría, y solo dios sabe lo numerosos que eran en los setenta, nunca los tuvieron en cuenta. En el medio analítico de aquella época, había respuestas ya formuladas, como esta: la historia de los padres y de la línea de descendencia se inscribe en el inconsciente del niño. Por lo tanto, cada uno tiene el conocimiento inconsciente de la herencia familiar, incluso de la más sombría. Conclusión: aunque una familia tenga un secreto de familia, de todas formas, será un secreto a voces por todos conocido.
 
Nicholás Abraham y María Torok fueron los primeros en tener en cuenta que los secretos vergonzosos, y las mentiras que los acompañan, pueden crear desgastes psicológicos importantes en las siguientes generaciones; es la teoría de la cripta y del fantasma. Por otro lado, no mencionan en forma alguna a través de que mecanismo los secretos «rebotan» de generación en generación y envenenan la vida de las familias. ¿Cómo se transmite ese secreto que parece contagioso y que los niños, los niños pequeños, llevan siempre consigo? Como no habían abordado esta cuestión, algunos terapeutas imaginaron que, quizás, este secreto contenido en el inconsciente de los padres saltaba, como una pulga invisible, al inconsciente de los hijos. Y esta teoría ha ido evolucionando hasta lo absurdo.
 
—¿Qué complemento ha aportado usted? ¿En qué se basa su propia teoría de los secretos de familia?
 
S.T.: Si vivimos una situación de la que no podemos hablar porque está prohibido o nos resulta doloroso, desarrollamos otras formas de expresión: actitudes extrañas, frases equívocas, etc., que nuestros hijos perciben inconscientemente. Cuando en el clan familiar se impone el silencio, los niños se fabrican las imágenes. Con los dibujos expresan lo que no pueden decir con palabras pero que, de todos modos, han interiorizado a partir de los gestos y los comportamientos que observan a su alrededor. En mi libro Psychanalyse de la bande desciñe, de 1987, bauticé este mecanismo como la teoría de los tres niveles de simbolización. A partir de entonces, no he hecho más que precisarla, definirla y extraer las consecuencias.
 
—¿Cómo hace sufrir a los miembros de una familia la ley del silencio que rodea un secreto?
 
S.T.: Es muy sencillo. El ser humano está hecho de manera que siempre hay algo, una fuerza interior, un instinto, que lo obliga a hacerse representaciones de las situaciones que atraviesa. Todo el mundo lo ha hecho alguna vez. Si va por la carretera y ve un accidente, cuando llega a casa se lo cuenta a toda la familia, con muchos gestos incluso con un croquis. Es una característica humana; desde el momento en que vivimos un acontecimiento importante, le damos una representación que puede adoptar formas múltiples. La vida familiar está permanentemente bajo el signo de estos cambios.
 
Ahora bien, cuando los miembros del grupo viven algo de manera muy intensa y no les pueden otorgar representación verbal, van a traducirlo inconscientemente. Si, por ejemplo, a alguien lo atacan por la calle y no lo comunica, va a experimentar el miedo de otra manera: no querrá salir de noche y se excusará diciendo que está cansado. Los otros miembros de la familia se preocuparán porque esa actitud les parecerá incomprensible. También hay otras actitudes ambivalentes que pueden resultar tóxicas, como la de la madre que le quería ocultar a su hijo que lo habían adoptado. Cada vez que se hablaba de adopciones en la televisión, la madre la apagaba o cambiaba de canal. El silencio, detrás de sus actitudes, creó una dinámica muy particular en el seno de la familia y engendró duros conflictos.
 
—¿Y qué sucede cuando un niño percibe que hay un no-dicho, un secreto en la familia?
 
S.T.: Cuando un niño sospecha que sus padres maquillan o distorsionan la realidad y que, por ello, sufren, empiezan a barajar varias hipótesis. En una pareja sucede lo mismo. Su pareja llega a casa cada noche de buen humor y de repente, un día, llega totalmente perturbado. Le pregunta qué le pasa y le dice que nada, entonces usted empezará a hacer preguntas. Pero volvamos al niño. Si sospecha que le ocultan algo, se hará tres tipos de preguntas. Para empezar, se preguntará: «¿Es culpa mía? ¿He hecho algo mal sin darme cuenta?».
 
A continuación, la siguiente pregunta será: «¿Es que mis padres han hecho algo de lo que se avergüenzan y no se atreven a explicármelo?».
 
Y al final, se dirá: «A lo mejor solo son imaginaciones mías».
 
De este modo, el niño entra en una espiral de dudas cada vez más generalizada. Si lo que le ocultan es importante, acabará dudando de lo que escucha, de lo que ve, de lo que entiende y de lo que piensa. Este sufrimiento es terrible para el niño y puede presentar problemas más o menos serios, desde dificultades en el aprendizaje hasta determinados comportamientos sicóticos.
 
—Los secretos de familia, ¿magnifican sus efectos a medida que van pasando de generación en generación?
 
S.T.: En general, los efectos se agravan en las dos primeras generaciones y después disminuyen. Sin embargo, hay que tener en cuenta que cada niño se desarrolla en un ambiente relacional bastante amplio. Está en contacto con la niñera, con los tíos y las tías, etc. Si choca con actitudes incomprensibles de su padre, siempre podrá acudir a alguien de su entorno como, por ejemplo, su madre, para saber que le pasa a su padre. A lo que ella podrá contestar que no acaba de superar el despido o que a veces está de mal humor porque de pequeño sufrió mucho, que no puede hablar de eso pero que, a lo mejor, algún día se abrirá a ellos. Al descubrir que no es culpa suya, el niño se tranquiliza y se libera.
 
—¿Quién puede ejercer este papel corrector con un niño?
 
S.T.: Dentro de este sistema correctivo, los abuelos tienen un papel muy importante. Siempre que un padre «portador de un secreto» cría a su hijo, los abuelos pueden, al menos, explicarle que su padre o su madre se comportan de una manera extraña por algo que no tiene nada que ver con él y de lo que no es responsable. Hoy en día, y gracias a la agitación mediática alrededor de estos no-dichos, cada vez hay más personas sensibilizadas con que hay que aplicar correctivos.
 
—¿Hay secretos en todas las familias?
 
S.T.: ¡Por supuesto! Todas las familias guardan secretos. Existirán siempre. Sin embargo, me parece importante hacer la distinción entre los secretos buenos y los malos. No todos son nocivos. A veces, la familia lleva a cabo un embellecimiento de la verdad, una especie de mitología que refuerza la cohesión familiar. El secreto de familia tóxico posee tres características: se oculta, está prohibido saberlo y provoca sufrimiento en un miembro de la descendencia cuyos hijos pueden descubrir. Por supuesto, obvia decir que no todo lo que se oculta a los niños obedece forzosamente a estas tres características.
 
Por ejemplo, la vida sexual de los padres se mantiene en secreto; el niño tiene prohibido asomarse para ver qué pasa en el dormitorio de los padres, aunque, al mismo tiempo, y a pesar de ocultárselo, es una fuente de felicidad para los padres y el niño lo nota y, por lo tanto, se despreocupa.
 
Es muy distinto cuando el clan familiar se impone el silencio sobre algún suceso. Una desavenencia aparentemente sin importancia por una herencia puede resultar terrible para uno de los miembros del clan y envenenar su vida y la de sus hijos. La gravedad reside en la importancia del secreto, claro está, pero también en el desgaste emocional y en la constancia por preservarlo. En todas las familias puede haber elementos mantenidos en secreto, pero que no provocan demasiadas emociones, que preocupan poco. Estos, por ejemplo, no son demasiado graves. La intensidad de la participación emocional de los padres en el secreto es lo que marca el nivel de gravedad. Por lo tanto, es esencial diferenciar entre los secretos nocivos y los que no lo son.
 
—¿Hay terrenos más propicios que otros para desarrollar secretos nocivos?
 
S.T.: Los más propicios son los que giran alrededor de los orígenes y la muerte. Así pues, hablaríamos de la adopción, la fecundación in Vitro, los hijos adulterinos, pero también de un duelo no realizado, la locura de un paciente, el alcoholismo, la sobredosis, los suicidios, etc. Todo lo que pueda manchar la imagen de una familia. Con el deseo de mostrar respeto, también se ocultan las muertes de hijos a edades tempranas, los ingresos en psiquiátricos…
 
—Concretamente, ¿qué sucede en una sesión de psicoterapia?
 
S.T.: Usted sabe perfectamente que, siguiendo un mecanismo teorizado por Freud, el paciente atribuirá al terapeuta sentimientos e intenciones de su propia historia; es decir, que va a colocar al terapeuta en la situación de ser unas veces su padre y otras, su madre. Sin embargo, hay otra forma de transferencia, descrita primero por Hermann y luego por Bowlby, que podríamos denominar la transferencia filial. El paciente sitúa al terapeuta como el niño que él mismo fue. Entonces, el terapeuta tiene el sentimiento de no entender lo que el paciente explica o de entenderlo parcialmente o de imaginar que ha hecho algo vergonzoso.
 
Cuando el profesional se encuentra en uno de estos tres casos, puede pensar que el paciente, inconscientemente, le ha hecho vivir lo que él mismo vivió. Después se lo explica al paciente, y eso permite a este último encarar su vida personal y psíquica de manera totalmente distinta.
 
Por lo tanto, la herramienta de la psicogenealogía es la transferencia y la relación terapéutica es solo una especie de cámara de repetición del pasado. Mi trabajo como terapeuta consiste en ayudar a la persona a reconocer las actitudes mentales y relacionales que se ha fabricado por aquel o aquella cuyo secreto ha heredado. Tiene que darse cuenta de que, como persona adulta, ya puede liberarse de esa carga familiar y utilizar sus propios recursos para recuperar las riendas de su destino.
 
—¿Existe alguna posibilidad, por mínima que sea, de que un secreto de familia deje entrever la verdad?
 
S.T.: El secreto de familia no se opone a la verdad porque la verdad no existe. Quiero decir que nadie la conoce. Si su abuela le dice: «Tu abuelo no murió por muerte natural», nadie sabe si se lo están inventando. El secreto no se opone a la verdad, se opone a la comunicación. La razón es lógica: cuando un niño crece en el seno de una familia con secretos, evidentemente tiene la impresión de que existe algo que él no puede saber, pero, sobre todo, cree que ser adulto es tener secretos, evidentemente tiene la impresión de que existe algo que él no puede saber, pero, sobre todo, cree que ser adulto es tener secretos. Así pues, empezará a fabricarlos y a disimular informaciones, algo que se opondrá a la comunicación auténtica que debería tener con todos los que tiene alrededor, incluidos los padres.
 
—¿Ha podido establecer una relación entre determinadas patologías y los secretos de familia?
 
S.T.: No. Si alguien hubiera podido hacerlo, los secretos de familia se habrían tenido en cuenta desde finales del siglo XIX. Si la teoría de la psicopatología los ha obviado durante tanto tiempo es, precisamente, porque no provocan ningún síntoma. Sin embargo, los secretos agravan todos los síntomas. Si un niño crece en una familia donde desarrolla una falta de confianza hacia él y si, además, presiente un secreto de familia, sus problemas se acentuarán. Si un niño crece en una familia donde le hacen desarrollar, debido a su organización edipiana, problemas fóbicos u obsesivos y si, además, hay un secreto de familia, desarrollará mucho más su conducta patológica. Si lo prefiere, el secreto de familia empeora todos los problemas, pero no crea ninguno en especial. Impide que un niño se cure, aunque el punto de partida de los síntomas son debidos a más causas. Sin embrago, la experiencia demuestra que una patología grave suele ir acompañada de un secreto. La razón es sencilla. Para estructurarse psíquicamente, el niño debe tener la imagen de un padre simbólico agradable, que garantice la ley de prohibición de incesto, por ejemplo. Y lo mismo con la figura materna. De ello depende su capacidad de autogobernarse. En una familia con un secreto, estas figuras desaparecen y, de repente, el niño está menos preparado para hacer frente a los síntomas y evitar que evolucionen.
 
Para terminar, detrás de los síntomas graves suele esconderse un secreto de familia, pero el síntoma no es específico del secreto. Está relacionado con la psique del propio niño.
 
—¿Pueden darse, con los secretos de familia, fenómenos de repetición de sucesos de una generación a otra?
 
S.T.: en nuestros días, la repetición de los secretos de familia prácticamente no existe. Sencillamente porque si, en la actualidad, una chica da a luz a los dieciséis años, igual que su madre, su abuela y su bisabuela, no se encontrará en la misma situación social que ellas, porque el punto de vista de la sociedad sobre estos temas ha cambiado. La joven madre recibirá ayudas del estado, las asistentes sociales se ocuparán de ella, incluso puede que hasta su madre se encargue de bebé… Y la situación no se va a esconder, por lo que no va a generar ningún secreto de familia como hubiera podido suceder antaño. En resumen, puede haber una tendencia a repetir determinados comportamientos, pero tendrán una importancia relativa y unas consecuencias totalmente distintas, básicamente por la evolución de la sociedad y las costumbres.
 
—Después de haberle escuchado, todos nos preguntaremos si en nuestras familias habrá habido secretos. ¿Qué hay que hacer para intentar descubrir la verdad?
 
S.T.: En primer lugar, hay que hacer preguntas, pero sin maltratar al interlocutor que, generalmente, es uno de los padres. No hay que olvidar que cuando empezamos a abordar un secreto con nuestros mayores, nunca se sabe si lo han fabricado ellos o han sido sus víctimas. Por lo tanto, hay que evitar decir: «¡Me has ocultado algo!». Al contrario, es preferible empezar con: «Tengo la impresión de que en nuestra familia, un día, alguien oculto algo». A menudo, la respuesta del padre es «¿Tú también? ¡A mí me pasa lo mismo!». Y entonces, se convierte en un cómplice para intentar buscar la respuesta.
 
Otra razón para no maltratar al interlocutor es que nunca sabemos si se disimula el secreto por principio o si realmente se trata de algo grave y traumático, como un incesto, por ejemplo. Intentar hacer hablar como sea a un padre, que también puede ser víctima, puede hundirlo del todo. Siempre hay que abordar estos temas con precaución, porque nunca sabemos que terreno pisamos.
 
—¿Algún otro consejo?
 
S.T.: Siempre hay que interesarse por la historia social. Los secretos tienen, forzosamente, dos puertas de entrada: la del lado de los comportamientos individuales y la del lado de los comportamientos colectivos. Cuando alguien se interesa por el colectivo, se da cuenta de que en un momento determinado, en una religión determinada o en una época determinada de la historia, muchos secretos giraban alrededor de los mismos individuos. Por ejemplo, las chicas que, durante la primera mitad del siglo XX, servían en casas nobles o burguesas, a menudo quedaban embarazadas del señor de la casa o de su hijo. En todas las familias, aquello era una deshonra y una vergüenza, y desencadenó muchos secretos.
 
Cada familia lo ocultaba como algo privado cuando se trataba de un fenómeno social de aquella época.
 
Y, para terminar, un último consejo, y el más importante para un psicoanalista. Es indispensable abordar la cuestión de las consecuencias que los secretos han tenido en el paciente. No le sirve de nada entender que su bisabuela fue violada por un gitano. Le será más útil entender por qué, inconscientemente, ha desarrollado un síndrome que le impide ver películas, escuchar música o leer libros relacionados con los gitanos. Es decir, que lo interesante de los secretos de familia no es entender el acontecimiento verdadero (aunque, repito, nunca nadie tendrá un conocimiento exacto de lo que sucedió), sino saber a qué sistema relacional perturbado se han sometido de niño y cómo ese sistema le ha creado prohibiciones, reticencias a abordar determinados problemas, actitudes relacionales, etc.
 
Al investigar el secreto, podemos conseguir, por fin, una información que confirme que lo que creíamos era cierto: «Sí, a tu abuela o a tu bisabuela la violó un gitano. No, tu abuelo era hijo ilegítimo. Sí, tienes un hermanastro, un hijo del primer matrimonio de tu padre y que este te ha ocultado». A partir de esa confirmación, podemos, como decía, construir nuestro mundo sobre algo sólido. Tenemos la oportunidad de replantearnos la vida a la vista de todas las construcciones mentales que no habíamos hecho de pequeños pero que nunca nadie nos había confirmado.
 
Nos diremos, por ejemplo: «Si siempre tengo tendencia a sentirme culpable cuando reflexiono sobre el problema de la filiación, es por este suceso». En ese momento, podemos empezar a liberarnos de las cadenas.
 
Conocer los secretos de familia no libera a nadie de su carga, pero le permite comprometerse con un proceso terapéutico con mucha más eficacia. Empezar una psicoterapia con un secreto de familia sobre nuestras espaldas, sin saberlo, es correr el riesgo de hacer un largo análisis sin avanzar, cuando, sin el secreto, lo habríamos. Pienso que las personas que han perdido el tiempo en un diván durante muchos años eran, a menudo, víctimas de secretos de familia. Además, nunca recibieron la ayuda del terapeuta para descubrirlos porque este aprendió su trabajo con una teoría psicoanalítica según la cual los secretos no existen.
 
Como quizás sabe, Freud creció en una familia con secretos y tuvo mucho cuidado en dejarlos de lado en toda su teoría…
 
Patrice Van Eersel y Catherine Maillard
Mis antepasados me duelen, página 122
 
 
 
 
 
Una simple mirada a la realidad más banal nos enseña que los destinos individuales, aunque cada uno de ellos contenga una parte de irreducible singularidad, no son independientes del campo social en el que aparecen y se desarrollan. La pertenencia social, el capital económico y simbólico de la familia, las transformaciones sociales de los sistemas de valor y de los modelos de educación, las condiciones históricas del nacimiento, todo esto influye en el devenir de los individuos, ya en su inserción social, su trayectoria escolar o incluso en sus vidas afectiva y sexual. Para limitarnos al ejemplo más sencillo: el hijo de un ejecutivo tiene un ochenta por ciento más de posibilidades de convertirse en profesor universitario que el hijo de un albañil; nadie ignora el lugar preponderante que ocupa en nuestra vida la profesión que ejercemos.
 
Mis antepasados me duelen, página 124
 
 
La lucha de clases es una realidad, aunque no ocupe el lugar motriz que le atribuían los marxistas. Las investigaciones de Vincent de Gaulejac demuestran cómo el recuerdo de la violencia social pasada está vivo, perdura a lo largo de las generaciones, aunque la relación entre clases ya no es de la misma naturaleza. Una de las fibras transmisoras de esta persistencia es el deseo de los padres de que los hijos asuman su herencia y no renuncien a la tradición familiar, un poco como si el objetivo final de la educación fuera reproducir esa tradición. Ahora bien, esa tradición se inscribe, forzosamente, en un determinado contexto social. Sin embrago, al mismo tiempo, todos los padres tienen un proyecto de vida para sus hijos, lo que los psicosociólogos denominan un proyecto parental, y que consiste, básicamente, en tener éxito, es decir, en promocionarse socialmente. Por lo tanto, vemos como se perfila el contorno de una contradicción entre, por una parte, el deseo de lealtad familiar y, por lo tanto, a una determinada clase social y, por otra parte, la sed de promoción y, por lo tanto, el acceso a otra clase social. Esta contradicción, colocada en el contexto de la problemática transgeneracional, puede tener consecuencias de una gravedad inesperada, sobre todo si el fracaso de una tentativa de promoción está oculto detrás de la vergüenza social y la humillación personal, adquiriendo así la forma de un no-dicho fantasmal que puede llegar a arruinar el destino, básicamente profesional, de generaciones enteras.
 
Patrice Van Eersel y Catherine Maillard
Mis antepasados me duelen, página 124
 
 
 
Entrevista con VINCENT DE GAULEJAC
 
 
—Con la explosión de las prácticas transgenealógicas, asistimos a una auténtica pasión por investigar sobre los orígenes familiares. ¿Qué análisis hace un sociólogo de este fenómeno?
 
Vincent de Gaulejac: Parece que es debido a dos fenómenos sociales mayores. Por un lado, comprobamos que el sentimiento de la sociedad es mucho menos fingido. No hay que olvidar que, hasta hace poco, la movilidad social era muy escasa y que, si los padres eran campesinos, los hijos tenían muchas posibilidades de seguir ese mismo camino. Y así con los albañiles, etc. Las nociones de continuidad y de transmisión estaban inscritas en la estructura social. En la actualidad, los hijos suelen seguir una trayectoria social distinta, aparentemente, de las de sus antepasados. Por lo tanto, no es de extrañar que cada uno se pregunte por la relación con su identidad heredada.
 
—¿A qué se refiere con identidad heredada?
 
Vd.G.: Defiendo la idea que las crisis de identidad se desarrollan por las diferencias entre la identidad heredada, la identidad adquirida y la identidad esperada. La identidad heredada es nuestro origen social, la posición de los padres. La identidad adquirida es el lugar que ocupamos en la sociedad actual. Y la identidad esperada es el lugar que soñamos ocupar. Las diferencias importantes entre las tres identidades generan preguntas sobre uno mismo y sus orígenes. El «¿quién soy?» y el «¿adónde voy?» no son preguntas nuevas; sencillamente, se generalizan.
 
—¿Cuál es el segundo fenómeno social que explicaría esta pasión actual por la genealogía?
 
Vd.G.: El desarrollo del individualismo. Según Richard Senté, uno de mis colegas sociólogos, el yo de cada individuo se convierte en su principal carga. No se trata tanto de situarse en una filiación para hacer lo mismo que sus padres como de ser autónomo. En realidad, la ideología ambiente se basa en la noción de la realización de uno mismo: se trata de construirse y ser responsable. Hay que ser uno mismo y, para eso, hay que saber quiénes somos y a dónde venimos.
 
—¿Qué significa para usted, ser uno mismo?
 
Vd.G.: Le confieso que no lo sé muy bien… Sin embargo, los efectos de esta pregunta son obvios: más allá del deseo de introspección, que ya es antiguo, aparece el de prestar atención a los orígenes. El tiempo del «escupiré sobre vuestra tumba» vuelve: muchas personas buscan, en su historia familiar y su genealogía, una justificación de lo que aspiran a ser.
 
—Su enfoque del impacto genealógico se basa en el estudio de lo que usted denomina la novela familiar y la trayectoria social. ¿Podría definir estas nociones?
 
Vd.G.: Desde un punto de vista teórico, la novela familiar recuerda una noción utilizada por Freud. Dijo que los niños adoptados desarrollaban un fantasma sobre sus orígenes. Solían imaginarse que eran hijos de una prestigiosa familia que los había abandonado por esta o aquella razón. Según Freud, este fantasma permitía corregir la realidad. Idealizaban a su familia de origen para soportar mejor a su familia adoptiva. El niño se decía: «Los fallos no importan porque no son mis verdaderos padres. Por lo tanto, no estoy obligado a inscribir mi destino junto al de ellos». En realidad, como su nombre indica, la novela familiar es una construcción, o una reconstrucción, de la historia de una familia.
 
Sin embargo, la novela familiar hace mucho tiempo que está en boga, aunque con distintas formas. Por ejemplo, el cuento de hadas donde estas ayudan a muchos niños a encontrar sus orígenes, la mayoría familias nobles. En definitiva, la novela familiar rediseña la actualidad de la familia, aunque, evidentemente, no lo hace con total neutralidad. Es la versión chic y polémica a la vez que los descendientes directos construyen alrededor de la historia de su familia. Ya sea a través de las animadas conversaciones alrededor de una mesa en Navidad o en un cumpleaños o a través de las confidencias secretas, la leyenda familiar ofrece a los niños un modo de empleo existencial. Vemos nacer, por ejemplo, historias que explican a los niños por qué son pobres: «Antes éramos ricos, pero después nos arruinamos». La novela familiar da a entender que tal tío o tía nacieron con la vida solucionada y que, después, llegaron tiempos difíciles. Por lo tanto, la novela familiar no siempre recupera la realidad de lo que pasó y de ahí el nombre. Pero, en cualquier caso, es una novela que se elabora con lo dicho y lo no-dicho.
 
—A veces, habla de la elaboración de la novela familiar como si fuera una especie de ritual transgeneracional. ¿Cómo se celebra este culto?
 
Vd.G.: En cada familia verá que hay unos lugares y unos momentos privilegiados para hacerlo, para desvelar los secretos de familia. A mí siempre me han sorprendido las cenas familiares. Ya sea por Navidad o por algún cumpleaños, y aunque los miembros de la familia no tengan ganas de ir ni de participar en la celebración, a pesar de los remilgos que la acompañan, al final acude prácticamente todo el mundo. Cada uno, sea de descendencia rebelde o no, demuestra una irresistible necesidad de acudir, de tener noticias de los otros, de dejarse ver y, sobre la marcha, de sacrificarse al ritual transgeneracional y así poder seguir el tejido de la novela familiar.
 
Y es en este punto donde la dimensión del discurso se mezcla con la dimensión inconsciente, siempre con el objetivo de transmitirla a las siguientes generaciones, o de ocultarla. Las cosas pueden decirse o callarse, depende. Para ilustrar este gran festín familiar le remito a la película Celebración, del director danés Thomas Vinterberg (Premio del jurado en el festival de Cannes de 1998), que ilustra muy bien esta reunión familiar y el peso de los secretos que flotan en el aire y que, al final estallan.
 
—Hablemos de otra noción que le interesa mucho, la trayectoria social ¿Cómo la definiría?
 
Vd.G.: Las trayectorias de los individuos son condiciones originadas por determinados elementos que dependen, básicamente, de la identidad heredada y la posición social de los padres y los abuelos. Por muchos libros que devore y por mucha inteligencia que demuestre, si su capital cultural es débil, ¡nunca llegará a ganar un concurso de televisión!
 
—Trayectoria social, planes de carrera, transgenealogía. Para poner un ejemplo excéntrico pero muy significativo, ¿cómo se interpreta que la hija del famoso boxeador Mohamed Ali, Leila Ali, vendiera su salón de manicura en Nueva York para lanzarse al boxeo femenino, siguiendo así, contra todo pronóstico, los pasos de su padre?
 
Vd.G.: Si tuviéramos que señalar un culpable, sería la identidad heredada. Hay una dimensión sociológica importante para entender mejor cuál es la base de los destinos individuales, como algunas personas están más o menos preparadas o aspiran a ocupar este o aquel lugar en la sociedad. Sin duda alguna, la movilidad social ha evolucionado… aunque no importa cómo. Antaño, existía la creencia que se necesitaban varias generaciones de politécnicos para obtener uno bueno. Evidentemente, algunos pueden quemar las etapas. Sin embargo, se ha constatado que algunas trayectorias profesionales están determinadas. Fijémonos, por ejemplo, en las grandes escuelas. Generalmente, se preparan niños de las familias llamadas acomodadas, gracias a lo que Bordieu denomina su capital cultural. En realidad, incorporan maneras de ser que los preparan para ocupar este o aquel lugar y a casarse con esta o aquella persona. Lo más interesante es observar el comportamiento de una persona frente a sus determinaciones sociales. Pero cuidado, aunque esas determinaciones existan, no se aplican de manera mecánica. Y la prueba está en que, entre varios hermanos, sean del origen social que sean, todos tienen un destino diferente y ocupan un lugar distinto en la sociedad. Pero ¿de dónde viene esta diferencia? ¿Cómo se construye una personalidad entre lo que viene de la sociedad, lo que viene de la familia y lo que viene del propio individuo? Para mí, aparte del determinismo social, existe otro elemento: la novela familiar, cuya importancia no es recomendable despreciar.
 
—¿Qué relación hay entre la novela familiar y lo que usted denomina neurosis de clase?
 
Vd.G.: La neurosis de clase es una noción que puede parecer ambigua. No se trata de pensar que cada clase social provoca un tipo de neurosis particular, no. Pero me he dado cuenta de que determinados pacientes tenían la sensación de que los conflictos psicológicos que sufrían estaban relacionados con su trayectoria social y, concretamente, con un cambio de clase social. Para ellos, este cambio originaba una neurosis. El término neurosis se lo inventó Freud, quien insistió mucho en la etiología sexual. Según él, la explicación a los conflictos había que ir a buscarla en las primeras relaciones infantiles, entre el padre y la madre. Sin embargo, muchas personas que se habían sometido a un psicoanálisis se mostraban insatisfechas con estas explicaciones. Yo creo que puede existir una génesis social de los conflictos psíquicos. Es decir, que pueden estar relacionados con fenómenos de cambios de clase social, ya sea hacia arriba o hacia abajo. El conflicto surge cuando hay mucha diferencia entre el origen social y la realidad a la que uno llega, entre la identidad heredada y la identidad adquirida.
 
Imaginémonos a alguien que ha ascendido socialmente. Sus padres eran trabajadores, campesinos, conserjes, trabajadores domésticos, etc. De pequeño, el niño les idealizó, que es la base del narcisismo y lo que le dio la sensación de ser el centro del mundo. Más tarde, aprendió a comparar. Si, en los ojos de los demás, vio a sus padres humillados, si los vio dominados, esa imagen idealizada se destruye. Cuando este hombre, de mayor, se convierte en ejecutivo, experimenta una gran contradicción porque, inconscientemente, se pone en la situación del agresor de sus padres. Y esta contradicción aparece en medio del proyecto parental que, por la promoción social, quería precisamente evitarle la humillación.
 
De hecho, acabo de demostrarle cómo las situaciones sociales conflictivas pueden alimentar los conflictos psicológicos y cómo se construye la articulación entre las posiciones sociales y las posiciones psíquicas en el desarrollo de lo que denomino neurosis de clase.
 
—La neurosis de clase, ¿afecta a todo el mundo?
 
Vd.G.: El hecho de fantasear con otro origen social es más habitual en unas clases que en otras. Es cierto que los privilegiados y acomodados tienen menos razones para hacerlo. Como le he dicho, la historia más repetida en la novela familiar relata la conquista de un origen familiar prestigioso. Es fácil imaginar que, entre los antepasados, se esconde alguien con un origen privilegiado o un gran noble. Desde el punto de vista psicoanalítico, se trata de una revalorización narcisista muy fácil de entender.
 
Aparentemente, algunos consideran lamentable su ambiente de nacimiento y la idea de que sus antepasados hubieran podido conocer una posición social más elevada les abre unas expectativas que, a menudo, son liberadoras.
 
—La neurosis de clase, ¿se repite en varias generaciones?
 
Vd.G.: La neurosis, en sí, no es objeto de repetición, aunque efectivamente no se entiende si no se mira con perspectiva su historia singular en relación con la historia familiar a lo largo de varias generaciones. Una primera búsqueda genealógica de la vergüenza, enfocada hacia la trayectoria social, ofrece a los bisnietos de la neurosis de clase una llave para su historia. Es una etapa para actualizar los conflictos relacionados con los desplazamientos sociales. La sensibilidad hacia las diferencias sociales es tan latente como la sensibilidad hacia las diferencias afectivas. Y este lazo entre lo social y lo afectivo es uno de los motores del conflicto y de la neurosis. En ningún caso se trata de una repetición sencilla. Lo que se repite de generación en generación son las contradicciones no resueltas por los padres o los conflictos no resueltos. Sin embargo, no se repiten de la misma forma porque nunca se dan, exactamente, en el mismo contexto; el contexto social cambia y el trabajo del individuo en relación con su historia hace que las cosas evolucionen. Sin duda, alguien tendría que explicar por qué el padre de Françoise puso a su hijo en una disyuntiva tan paradójica. Hay muchos hijos de trabajadores que se encontraron en este mismo doble mensaje: «Se solidario con los trabajadores, con tu clase» y «No queremos que vivas como nosotros, trata de escapar de esta vida de trabajador». Pero, al mismo tiempo, la clase trabajadora también ha cambiado… Por eso digo que, en ningún caso, se trata de una repetición sencilla.
 
—Un cambio de clase social, ¿genera sistemáticamente, una neurosis? ¿Qué parte de libertad nos queda?
 
Vd.G.: Tenemos que abandonar la idea de una relación mecánica entre este tipo de conflicto y el hecho de desarrollar una neurosis. La noción de neurosis de clase no es sistemática. En la mayor parte de los casos, los conflictos (y todo el problema de movimiento de clases los crea), si no están resueltos, son los que generan la neurosis. Para mencionar una crisis de sucesión notable, y reciente, me gustaría hablar de mayo de 68. Paradójicamente no fue una revolución proletaria, sino una revolución de los hijos de la clase media y la burguesía que rechazaban la sociedad de consumo y no quería reproducir los esquemas de sus padres. Así pues, muchos de esos jóvenes se negaron a la filiación e intentaron encontrar los medios, no para volver a ser trabajadores o campesinos como sus antepasados más lejanos, sino para ganarse otra calidad de vida. Otros escogieron la vía artística, en un deseo de descenso en términos de posición social. En este caso, muchos jóvenes en crisis de sucesión se dedicaron a profesiones nuevas que, a priori, no los clasificaban en ninguna posición dominante. Este deseo de quemar los papeles sociales demuestra que existe una parte de libertad en el individuo que puede conseguir que llegue a ser algo más de lo que le había «tocado». Y también demuestra que los deterninismos sociales no se aplican de forma mecánica.
 
—Hablemos de los secretos de familia. En sus estudios, usted prefiere referirse a ellos como ocultaciones. ¿Por qué?
 
Vd.G.: el término ocultación define el proceso que aparece alrededor de un secreto que es, a la vez, individual y colectivo. Para saber cómo opera, tenemos que volver al origen del secreto. ¿Qué es, en definitiva, un secreto? En una familia sucede un acontecimiento, se ha cometido una acción y nadie quiere transmitirlo. Con el tiempo, la expresión que me parece más pertinente para hablar del secreto de familia es fallo de transmisión. Y ahí reside toda la paradoja: por un lado, no queremos transmitir una historia y, por el otro, igualmente transmitimos alguna cosa, el silencio y el deseo de ocultación que son, en cierta forma, un modo inconsciente de lealtad. Por lo tanto, la relación familiar se teje sobre el desconocimiento y el respeto inconsciente del secreto. Si a alguien se le ocurre fisgonear para saber más cosas y verbalizar lo que no debe saberse, tendrá todos los números para que lo rechacen (y caer enfermo) porque ha cuestionado un pacto familiar implícito. Casi siempre, el secreto gira alrededor de un incesto, un episodio de locura, faltas impunes, crímenes…, es decir, asuntos bastante graves.
 
—¿Qué incidencia tiene el secreto, transmitido a su pesar, sobre la trayectoria social?
 
Vd.G.: Respecto a la trayectoria social, existen grandes y pequeños secretos que contribuyen a alimentar la novela familiar. Un ejemplo sería haciendo aparecer al inevitable tío de América que nos salva de nuestra mediocre condición porque, en cualquier momento, puede volver con una gran fortuna bajo el brazo. Sin mencionar el colchón de salvación inconsciente que proporciona: es miembro de mi familia y, si él ha tenido éxito, ¿qué me impide a mí tenerlo también? Asimismo, el clásico, aunque menos fascinante, secreto de familia sobre un hijo ilegitimo también puede afectar al destino de una familia. El viejo fantasma de querer aportar prestigio al apellido pretendiendo ser descendiente de algún aristócrata no es tan viejo, y el de los secretos de presidentes y vedetes mucho menos. La ambivalencia que acompaña a estos secretos es grande. Detrás de eso, se esconde un auténtico resentimiento, vergüenza y deseos de venganza cuando no es odio de clase camuflado. Este fenómeno puede afectar varias generaciones de una misma familia.
 
Al mismo tiempo, el hecho de reconocer esta filiación permite construirse sobre el deseo de recuperar la posición perdida.
 
El secreto influye, inconscientemente, en las elecciones que los individuos hacen. Dos de las aventuras de Tintín, El secreto del unicornio y El tesoro de Reckham el rojo, que explican la historia del capitán Haddock al convertirse en propietario del castillo de Moulinsart, son un claro ejemplo. Inconscientemente, el capitán se encuentra en la posición de uno de sus antepasados, el caballero Françoise de Hadoque, un noble.
 
Según la naturaleza del secreto, su influencia puede incluso afectar a las elecciones amorosas. Y es por eso por lo que determinadas personas se casan con un aristócrata, o un equivalente de la época. Los amores a primera vista no suceden por casualidad. La elección se puede hacer siguiendo un deseo del orden transgeneracional. Aparentemente, se trata de una verdadera historia de amor, pero, en realidad, ya hacía mucho tiempo que las respectivas familias de esas dos personas trabajaban para unirlos. Al descodificar las señales, muchos individuos podrían descubrir el secreto de sus antepasados.
 
—¿De qué forma se inscribe el proyecto parental en el árbol genealógico?
 
Vd.G.: Por regla general, el proceso para ver la luz es interesante cuando se remonta tres o cuatro generaciones hacia atrás. El proyecto parental ya está muy inscrito en el proyecto de los abuelos. ¿Qué proyecto tienen los padres para sus hijos? Casi siempre, es explícito: que sea abogado, que se encargue de la granja, que estudie una carrera, etc. Pero también hay una parte implícita que gira alrededor de las identificaciones entre padres e hijos, en el plano de los deseos inconscientes. Por ejemplo, una madre que toda la vida ha sido ama de casa puede transmitir un mensaje contradictorio. Explícitamente, le dirá a su hija que sea educada, amable, que se ocupe de sus hijos, etc. Es decir, le comunicará un modelo tradicional, a pesar de tener el deseo que haga todo lo contrario. Ahora bien, si la hija realiza este proyecto de ama de casa, su madre inconscientemente la condenará. En realidad, hay muchas ambivalencias entre los padres y los hijos. Se suele decir que los padres solo desean lo mejor para sus hijos pero, al mismo tiempo, asimilan muy mal que sus retoños les vaya mejor que a ellos. Esto puede despertar en los padres viejos rencores y odios porque ellos no pudieron realizar sus propios deseos.
 
Por lo tanto, cuando su hijo si que lo consigue, los padres pueden sentirse enfadados y furiosos.
 
—Pero el proyecto parental es fruto de dos padres, cada uno procedente de una línea de descendencia. ¿Es que una se impone a la otra?
 
Vd.G.: Cuando analizamos el proyecto parental, distinguimos muy bien el paterno del materno. Pueden ser opuestos, complementarios o contradictorios. Cuando surge un conflicto en el seno de una pareja, con disyuntivas tan graves como «De mayor, no seas como tu madre», vemos aparecer relaciones con lo que el psicoanálisis nos permite aprender sobre la complejidad de las posturas edipianas y las identificaciones conscientes e inconscientes entre padres e hijos. Lo que yo aporto en relación al psicoanálisis son las posturas sociales; es decir, estudiar o no, trabajar de esto o aquello, casarse con alguien de determinada clase social, etc. Los hijos heredan las contradicciones no resueltas por los padres.
 
Para ponerle un ejemplo, he visto muchas chicas en conflicto con sus padres, a los que ellas consideraban racistas, enamorarse de hombres africanos o árabes sin saber que era, básicamente, una manera de hacer que sus padres se enfrentaran a sus contradicciones. El proyecto parental no es mecánico. Los hijos no son lo que los padres quieren que sean. En cambio, por la manera cómo un niño vive su futuro, las contradicciones que ha visto en el interior de la pareja paterna y en sus propias relaciones con ellos, le permiten entender algunas de las elecciones que hace, ya sean amorosas, profesionales, ideológicas o culturales.
 
—¿Realmente cree que nuestras elecciones amorosas están dictadas por las leyes transgeneracionales?
 
Vd.G.: Nuestras elecciones amorosas son afectivas, sexuales y sociales al mismo tiempo. Si el corazón tiene razones que la razón no entiende, pocas veces ignora la razón social de aquel o aquella por quien late. Y, en ese caso, las opciones son múltiples. Las trayectorias, evidentemente, pueden ser ascendentes o descendentes. Cada uno puede hacer para el otro el papel de aspirador social, pero basta con que nuestra pareja se estanque para que le reprochemos que nos ha frenado en nuestra escalada social. Es muy interesante entender cómo las posturas afectivas están relacionadas con las sociales. Un matrimonio es horrible cuando las dos partes vienen de clases sociales distintas, pero las posibles combinaciones son infinitas. Una familia siempre son dos líneas que derivan en cuatro y, por lo tanto, no es estable. En cada generación hay algo que se reproduce, que se transforma. La familia se crea por los hijos, no por la pareja.
 
El hijo es el punto de unión entre los padres, es el resultado de la alianza del padre y la madre, así como de sus familias. Por lo tanto, hay una postura genealógica que atraviesa la historia de la pareja y de los hijos. La herencia que todos recibimos cuando nacemos nos marcará a la hora de construirnos nuestra propia identidad e influirá en nuestro futuro social.
 
—¿La vergüenza y el odio también pueden transmitirse por herencia?
 
Vd.G.: Desde luego. Si los padres interiorizaron el sentimiento de vergüenza relacionado con las humillaciones y no pudieron superarlo, esto marcará al hijo. Pero, en ningún caso, estará condenado a repetirlo o reproducirlo. Para Jean-Paul Sartré, la vergüenza nace en los ojos ajenos. Toma el ejemplo de Jean Genet que, cuando lo abandonaron, lo dieron en acogida a una familia. Le dijeron: «Serás ladrón», y se convirtió en ladrón. Sin embargo, al mismo tiempo, hizo un trabajo fenomenal para librarse de ese determinismo mediante la creatividad, la escritura y la poesía. Escribió para denunciar las convenciones sociales que generan vergüenza. Muchos niños construyen su destino basándose en la revancha. Hijos de padres humillados, o pobres, que deciden que a ellos no les pasará nunca. En el caso de Bernard Tapie la ambición actúa como la otra cara de la vergüenza.
 
—Y, en consecuencia, a la culpabilidad.
 
Vd.G.: Efectivamente, aunque puede existir la vergüenza sin culpabilidad. Pero no funciona sobre los mismos registros psíquicos. La culpabilidad está relacionada con alguna cosa prohibida que alguien hace. La vergüenza, en cambio, está más relacionada con lo que alguien es. No se encuentra en el mismo registro del fallo, sino más bien en el del narcisismo, del yo ideal. A los psicoanalistas les cuesta entender esta dimensión de la vergüenza que nace en los ojos ajenos. En la vergüenza hay algo eminentemente social. Veamos, por ejemplo, surgir dolencias relacionadas con la pobreza y la exclusión, peticiones de consideración, respeto y dignidad que acaban desembocando en la vergüenza. Pienso en las personas que están mucho tiempo sin trabajo. Y los más difícil de soportar no es tanto la miseria sino la vergüenza y las miradas ajenas. También pienso en las personas que piden limosna en el metro. Sabemos que dos tercios de la humanidad son más pobres que esta gente, pero, en nuestra sociedad, cualquiera que se encuentre en esta situación es considerado un perdedor, alguien que ha arruinado su vida. Si nos interesáramos por esta cuestión, veremos emerger la vergüenza como un fenómeno que, no hace tanto tiempo, no parecía tan importante.
 
Patrice Van Eersel y Catherine Maillard
Mis antepasados me duelen, página 140
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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