Stéphane Allix La muerte no existe

 
 
El cuerpo de una persona muerta es desconcertante. Cuando tenemos la oportunidad de mirarlo de frente, no digo ni siquiera tocarlo, rápidamente vemos que algo no encaja, que algo nos falta. Ya desde los primeros instantes, la piel toma un color irreal, como si de viva pasase a artificial. De pronto, los grandes ojos abiertos pierden esa chispa, el polvo se posa libremente sobre ellos y apaga su brillo, los miembros se desarticulan sin ofrecer la más mínima resistencia. Sentimos la ausencia, el vacío y, sin embargo, el cuerpo tiene todo el aspecto de la persona que conocíamos. Pero ella ya no está.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 6
 
 
La esencia misma de la ciencia es la de ser un espacio que está en continua evolución: no proporciona, por tanto, verdades perpetuas. La ciencia es hija de la duda. Además, tiende a dar valor únicamente al conocimiento adquirido de manera intelectual y a considerar exclusivamente aquello que es reproducible. Sin embargo, por razones que desarrollaré más adelante, solo nos da acceso a una realidad relativa. Actualmente, este hecho es algo reconocido de manera unánime por toda la comunidad científica. Sea cual sea su disciplina —física, biología, neurociencia…—, los científicos admiten que estamos lejos de lograr una comprensión global de nuestra realidad. En este sentido, la naturaleza de la consciencia sigue siendo uno de los temas más vertiginosos que la ciencia no ha logrado resolver.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 8
 
 
El cerebro es todo un enigma. A pesar de toda la confianza que depositamos en la neurociencia, esta disciplina aún está en pañales. Las herramientas de observación de las que dispone son relativamente limitadas, sobre todo en lo que concierne a su capacidad para observar en tiempo real y con precisión todo lo que ocurre en nuestro cerebro. Tardé poco en darme cuenta de que la capacidad de la neurociencia para ofrecer explicaciones está profundamente sobrevalorada.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 6
 
 
Cuando morimos, no dejamos de vivir. Cambiamos de mundo.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 11
 
 
Vamos hacia la muerte sin comprender nada, como sonámbulos, y nos sorprendemos de que esto nos aflija. Colmamos, pues, nuestros días de placeres efímeros para poder soportar esta desconexión con nuestra parte espiritual. Esta desunión nos conduce impotentes a ese sentimiento de que algo importante, pero inaccesible, falta en nuestra existencia. Un sol apagado. Nuestra alma olvidada.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 12
 
 
Con las ECM, estamos ante un fenómeno de una complejidad desconcertante, ya que presenta características inexplicables desde un punto de vista estrictamente materialista.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 37
 
 
Como el propio Steven Laureys confirma, sabemos que el cerebro es el órgano de nuestro cuerpo que, en proporción a su peso, más energía necesita para funcionar. Esto significa que el aporte sanguíneo hacia el cerebro es considerable.
Sin embargo, un gran número de estudios demuestran que, durante una parada cardíaca, el órgano deja de latir o entra en fibrilación ventricular, por lo que el flujo sanguíneo y la circulación de oxígeno en el cerebro descienden rápidamente a niveles cercanos al cero. Los signos de este descenso son visibles transcurridos entre seis y diez segundos y evolucionan hasta un cese completo entre los diez y veinte segundos tras el principio de la parada cardíaca. Una parada completa conduce rápidamente a la aparición de tres signos importantes de la muerte clínica: ausencia de pulso cardíaco, ausencia de respiración y ausencia de reflejos del tronco cerebral.
Según la neurociencia, la consciencia sería el resultado de la actividad simultánea de varias regiones del cerebro. ¿Cómo podemos entonces suponer que una cantidad minúscula de actividad cerebral persistente (en teoría no detectable a causa de los límites de la tecnología y, por tanto, hipotética) pueda ser el origen de una experiencia descrita como hiperreal por aquellos que la han vivido?
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 41
 
 
Obstinarse en buscar el origen de las ECM únicamente en el cerebro centra nuestra atención en los detalles, en lugar de considerar el fenómeno en su conjunto. Las ECM son experiencias ricas, complejas, profundamente misteriosas y maravillosas. Si de verdad queremos tener la oportunidad de comprender lo que quieren enseñarnos sobre la naturaleza de la consciencia, debemos tener en cuenta los aspectos de estas manifestaciones que no cuadran con nuestro modelo. Si tomamos como punto de partida los relatos sobre las ECM, tal y como han hecho la mayoría de los investigadores, y los examinamos con atención, sin prejuicios, nos damos cuenta de que todas las «explicaciones neurológicas» no tienen en cuenta varias características recurrentes de las ECM que son inexplicables incluso para un cerebro en perfecto funcionamiento: salidas extracorporales corroboradas, percepciones extrasensoriales, reencuentros con personas fallecidas, etcétera. Si ampliamos nuestro campo de investigación, el carácter inexplicable de las ECM desde un punto de vista exclusivamente neuronal es evidente. Así, la hipótesis de que «las ECM son provocadas por el cerebro» versus la hipótesis de que «las ECM no pueden ser provocadas por el cerebro» no tienen la misma verosimilitud. La primera es una «hipótesis de partida». Aquella defendida por una parte de la comunidad científica, a menudo poco familiarizada con las investigaciones sobre las ECM. Defiende «por principio» que toda experiencia de consciencia debe tener una causa neuronal. En el caso de las ECM durante un paro cardíaco, esta conjetura nos conduce a suposiciones contradictorias y, en definitiva, se apoya exclusivamente en un único argumento, o más bien, en una opinión: «Esto debe ser cosa del cerebro». La otra hipótesis está en plena elaboración. Se basa en un amplio corpus de datos que provienen de diferentes campos científicos y de innumerables testimonios recogidos, analizados, examinados minuciosamente por médicos, psiquiatras, psicólogos y neurocientíficos que estudian las ECM considerando el fenómeno en toda su complejidad. Esta segunda hipótesis describe la consciencia como un fenómeno independiente de la materia. Pareciera que las ECM se corresponderían con una conexión temporal, espontánea y accidental con una dimensión fundamental de nuestra consciencia y que esta sería completamente independiente de nuestro cerebro.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 52
 
 
A veces, las ECM contienen otros elementos objetivables aún más desconcertantes, como encontrarse durante la experiencia con allegados fallecidos que, en el momento en el que se produce la experiencia, el testigo no sabe que han muerto. En su libro, el doctor Van Lommel presenta uno de estos casos: «Cuando tenía dieciséis años, tuve un grave accidente de moto. Estuve casi tres semanas en coma. Durante este coma, viví una experiencia extremadamente intensa… y llegué a una especie de barrera de hierro. Detrás de la barrera estaba el señor Van der G., el padre del mejor amigo de mis padres. Me dijo que no podía avanzar más, que debía regresar porque aún no había llegado mi hora… Cuando, más tarde, se lo conté a mis padres, me dijeron que el señor Van der G. había muerto y que lo habían enterrado mientras yo estaba en coma, por lo que yo no podía saber nada de su fallecimiento». A este tipo de experiencias se las conoce como «pico del Darién» en referencia al poema de John Keats Al leer por primera vez el Homero de Chapman, que imagina la estupefacción de Hernán Cortés al descubrir el océano Pacífico desde la cumbre de una montaña de la región del Darién, en Panamá, cuando esperaba ver ante sí todo un continente. La metáfora de Keats se emplea aquí para ilustrar la conmoción que sentimos ante algo que no nos esperamos, como ver durante una ECM a una persona cuya muerte ignoramos.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 55
 
 
El estudio de las ECM, y más concretamente el de las percepciones extrasensoriales que las acompañan, revela que esta no localidad parece ser una propiedad fundamental de la consciencia.
En realidad, empleamos el término «consciencia» para designar experiencias interiores de naturalezas muy diferentes. Lo explico mejor: tú estás acostumbrada a tu «consciencia en estado de vigilia», aquella que experimentas por defecto y que es profundamente dependiente del funcionamiento de tu cerebro. Podríamos denominarla «consciencia cerebral».
Las investigaciones sobre las ECM demuestran que esta no es más que la punta del iceberg.
En efecto, esta consciencia cerebral es únicamente la manifestación restringida a la que estamos acostumbrados en nuestro día a día. Sin embargo, durante una ECM, mientras nuestra actividad cerebral disminuye considerablemente, cuando no se detiene por completo, se muestra una dimensión fundamental, caracterizada por aquellas capacidades extrasensoriales sin límite (lo que designa el término «no local»). En determinadas circunstancias, algo en nosotros es capaz de trascender el espacio y el tiempo.
 
… eso significa que la consciencia fundamental se sitúa más allá del tiempo y del espacio, más allá de la muerte. Sí, es lo que las religiones llaman «alma». Las ECM prueban que es real. Que exista una dimensión no local de la consciencia es la única interpretación capaz de explicar las ECM en su totalidad. Es aquello de lo que hablan las enseñanzas filosóficas y espirituales al describir al ser humano como un ser de naturaleza espiritual.
 
Si la consciencia es algo no local, si somos un alma encarnada en el tiempo y en el espacio, ¿en qué nos convertimos tras la muerte del cuerpo? ¿Conservamos nuestra personalidad? ¿Seguimos siendo nosotros mismos?
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 58
 
 
Este fenómeno de mejora tiene un nombre: «lucidez paradójica», «lucidez terminal» o «mejoría antes de la muerte». Es un episodio que precede al momento de la muerte y suele darse unos días, o incluso unas horas, antes de morir. El biólogo alemán Michael Nahm dedicó varios de sus estudios a este fenómeno. En algunos de ellos colaboró con el doctor Greyson. La definición que da para este suceso es la siguiente: «Recuperación poco antes de morir de las capacidades mentales normales o, en su defecto, excepcionalmente mejoradas, en pacientes ausentes, inconscientes o que sufren problemas mentales». Durante nuestro último encuentro, el doctor Greyson me confesó que, en su opinión, la lucidez terminal es un fenómeno impresionante que demuestra que el cerebro no es quien crea la consciencia. ¿Por qué motivo? Cuando hay personas que sufren alzhéimer en un estado avanzado de la enfermedad, u otros tipos de demencia que implican un grave deterioro del cerebro, y, de pronto, vuelven a estar completamente lúcidas, son capaces de reconocer a las personas que las rodean y hablan de manera coherente cuando no podían hacerlo desde hace mucho tiempo, ¡es neurológicamente inexplicable! Normalmente, el cerebro está demasiado dañado para ello. «No tenemos ninguna explicación que aclare por qué se produce esto», me reconoció. A pesar de todo, en muchas ocasiones, este estado de claridad mental aparece de repente y de manera inesperada, poco tiempo antes de morir, en personas que muestran claros signos de daños cerebrales a causa de un accidente cerebrovascular, de un tumor o de un estado avanzado de la enfermedad de Alzheimer. Se trata de casos en los que los pacientes se encontraban en estado vegetativo o ausentes. En uno de sus estudios, Nahm y Greyson señalan que, en el 84% de los casos, la lucidez terminal tiene lugar en la última semana antes del fallecimiento y, en el 43%, ocurría el último día de vida. Además, este fenómeno de lucidez terminal es más frecuente de lo que pensamos.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 63
 
 
Durante nuestro último encuentro, el doctor Greyson me confesó que, en su opinión, la lucidez terminal es un fenómeno impresionante que demuestra que el cerebro no es quien crea la consciencia. ¿Por qué motivo? Cuando hay personas que sufren alzhéimer en un estado avanzado de la enfermedad, u otros tipos de demencia que implican un grave deterioro del cerebro, y, de pronto, vuelven a estar completamente lúcidas, son capaces de reconocer a las personas que las rodean y hablan de manera coherente cuando no podían hacerlo desde hace mucho tiempo, ¡es neurológicamente inexplicable! Normalmente, el cerebro está demasiado dañado para ello. «No tenemos ninguna explicación que aclare por qué se produce esto», me reconoció.
 
La muerte no existe, página 63
 
 
En Francia, el doctor Philippe Poulain, que dirige el servicio de cuidados paliativos en la clínica de l’Ormeau, en Tarbes, me confesó que él estimaba que un 10% de las personas que están a punto de morir experimentan este fenómeno. Incluso me afirmó que él mismo había conocido casos de pacientes con patologías cerebrales severas. En su opinión, la lucidez terminal implica también una mejora física.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 64
 
 
¿Cómo es posible que un cerebro dañado de manera irreversible, hasta el punto de impedir, durante años, que una persona interactúe, pueda recuperar sus capacidades? En el caso de pacientes con alzhéimer, el fenómeno es especialmente inquietante. La enfermedad de Alzheimer es una enfermedad neurodegenerativa. Se caracteriza por una degradación progresiva de las neuronas en las regiones del cerebro encargadas de gestionar ciertas capacidades, como el lenguaje, la memoria, el razonamiento o la atención. Provoca lesiones irreversibles en el sistema nervioso central, debido principalmente a la acumulación anormal de una proteína llamada péptido beta-amiloide en el exterior de las células nerviosas. Esta acumulación conduce a la formación de «placas seniles». Poco a poco, las lesiones se van multiplicando e invaden las regiones superiores del cerebro. En general, es en ese momento cuando comienzan a hacerse visibles los efectos que dichas lesiones tienen en el comportamiento de los enfermos y, por tanto, tiene lugar el diagnóstico, es decir, una vez que ya ha comenzado la degradación irreversible. Al principio, dejamos de recordar pequeñas cosas. Luego, olvidamos a las personas que conocemos y, más tarde, nuestro propio pasado. Entonces, comenzamos a perder, incluso, la consciencia de nosotros mismos. Actualmente, aún no se ha encontrado la forma de disolver esta proteína péptido beta-amiloide sin disolver el resto de las neuronas. En uno de sus estudios, Nahm recoge varios casos de lucidez en pacientes con alzhéimer. «El primer caso fue el de una mujer mayor que padecía la enfermedad desde hacía quince años y de la que se ocupaba su hija. La paciente estaba ausente desde hacía años y no daba ninguna muestra de reconocer a su hija o a cualquier otra persona. No obstante, pocos minutos antes de su muerte, fue capaz de entablar una conversación con ella, una experiencia para la cual la hija no estaba preparada y que la dejó totalmente desestabilizada».[6] En otro estudio, Nahm y Greyson presentan el caso de una mujer de noventa y dos años diagnosticada de alzhéimer desde hacía nueve y que era incapaz de reconocer a ningún miembro de su familia, ni siquiera a su hijo. Sin embargo, veinticuatro horas antes de morir, recuperó la consciencia. Estaba completamente lúcida: reconoció a todo el mundo, sabía su edad y era consciente del lugar en el que se encontraba, a pesar de que hacía años que había perdido todos sus recuerdos. Sabemos que varios tipos de demencia, incluida la demencia asociada a la enfermedad de Alzheimer, están íntimamente ligados a una degeneración irreversible del córtex cerebral y del hipocampo, lo que genera confusión, desorientación y pérdida de memoria, entre otros síntomas. Dado que los episodios de lucidez terminal ocurren de manera repentina, es poco probable que la regeneración de las neuronas pueda ser la razón de esa mejora cognitiva. Y más teniendo en cuenta que tienen lugar pocos días, horas o minutos antes de morir… Nahm resume el problema con estas palabras: ¿cómo explicar la espectacular recuperación que experimentan los pacientes en un momento en el que las consecuencias funcionales de la neurodegeneración son consideradas irreversibles? ¿Cómo es esto posible? No lo es.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 65
 
 
Según Greyson, cuando el cerebro está muy dañado, su influencia sobre la consciencia fundamental disminuye, pero, en el caso que nos ocupa, esto significa que la consciencia podría, de manera temporal, hacer que el cuerpo vuelva a funcionar (recuperación del habla, de la motricidad, etcétera) sin ayuda del cerebro, puesto que estaría deteriorado, y las zonas encargadas del habla y la motricidad, destruidas.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 67
 
 
La neurocientífica estadounidense Julia Mossbridge comparte la misma opinión: «Existe la posibilidad de que, cuando una persona está a punto de morir, se desligue del cerebro dañado y pueda así acceder a sus recuerdos. Pero, entonces, ¿cómo es posible que pueda hablar?». En efecto, las ECM nos demuestran que la consciencia no desaparece con el deterioro cerebral, pero, en el caso de la lucidez terminal, con un cerebro dañado desde hace años a causa de una degeneración irreversible, es el cuerpo, el habla y la motricidad lo que vuelve a funcionar. Mossbridge llega a la conclusión de que, en estos casos, «el alma podría manipular directamente el cuerpo sin mediación del cerebro».
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 67
 
 
Según Greyson, cuando el cerebro está muy dañado, su influencia sobre la consciencia fundamental disminuye, pero, en el caso que nos ocupa, esto significa que la consciencia podría, de manera temporal, hacer que el cuerpo vuelva a funcionar (recuperación del habla, de la motricidad, etcétera) sin ayuda del cerebro, puesto que estaría deteriorado, y las zonas encargadas del habla y la motricidad, destruidas. La neurocientífica estadounidense Julia Mossbridge comparte la misma opinión: «Existe la posibilidad de que, cuando una persona está a punto de morir, se desligue del cerebro dañado y pueda así acceder a sus recuerdos. Pero, entonces, ¿cómo es posible que pueda hablar?». En efecto, las ECM nos demuestran que la consciencia no desaparece con el deterioro cerebral, pero, en el caso de la lucidez terminal, con un cerebro dañado desde hace años a causa de una degeneración irreversible, es el cuerpo, el habla y la motricidad lo que vuelve a funcionar. Mossbridge llega a la conclusión de que, en estos casos, «el alma podría manipular directamente el cuerpo sin mediación del cerebro». ¿Sin mediación del cerebro? Parece de ciencia ficción. Sin embargo, esta idea la he oído en muchas ocasiones, compartida principalmente por el doctor Eben Alexander, un famoso neurocirujano estadounidense que estudió en Harvard y que vivió una ECM que transformó por completo su visión del mundo. La experiencia que cuenta en un libro que se ha convertido en un superventas internacional cambió radicalmente el materialista obstinado que era. Tras una ponencia que ofrecí ante investigadores del Departamento de Estudios de la Percepción en Charlottesville, Virginia, y a la que él asistió, hablamos sobre el tema de la lucidez terminal: —Conozco el caso de un paciente que tenía más de la mitad del cerebro dañado por un cáncer metastásico. No había dicho una sola frase desde hacía meses y, justo antes de morir, «regresó» y habló con un amigo. Otro caso me llegó a través de un amigo neurocientífico, presidente de uno de los mejores programas formativos en neurocirugía del mundo. Su padre padecía una demencia progresiva, hacía semanas que no era capaz de articular ninguna palabra. Sin embargo, estando mi amigo a su lado, su padre regresó y habló. Llegó a decir, incluso, que el alma de su madre (la abuela de mi amigo) estaba en la habitación. A pesar de su formación cartesiana, la manera en la que esto ocurrió y el conocimiento sobre el estado neurológico de su padre lo convencieron completamente de que esa experiencia era real, incluso aunque él no vio a su abuela. Este tipo de cosas no ocurren porque el cerebro las cree. El cerebro de su padre estaba fuera de servicio desde hacía semanas. —Entonces, ¿qué explicación le da usted a esto? —Para mí, esto demuestra la presencia de un alma en el ser humano. Cuando el alma se va, el cuerpo es un envoltorio vacío. Durante la lucidez terminal, el alma regresa al cuerpo para expresar algo, pero no necesita al cerebro para ello. —Pero ¿cómo es posible que pueda manifestarse en un cuerpo cuyo cerebro está dañado? —El alma crea la realidad. La realidad que nosotros observamos es la manifestación de un alma, una proyección. Ella utiliza el cuerpo, el cerebro, como un proyector de realidad. Lo que Eben quiere decir es que los individuos biológicamente mortales que somos no serían más que simples proyecciones materiales y efímeras de una consciencia fundamental no local capaz de ejercer, en el caso que nos ocupa, una influencia sobre la materia. Es como si nuestro cuerpo y toda la realidad material fueran imágenes proyectadas sobre una pantalla y la consciencia no local fuera el proyector. Lo que da vida y dirige el cuerpo, así como toda la realidad material, no está en la pantalla (la materia), sino en el proyector: la consciencia fundamental. Es una locura y, sin embargo, hace ya más de dos mil años, Platón expresó una idea similar con su alegoría de la caverna. Además, esta misma idea se convirtió en una hipótesis científica válida hace más de un siglo, principalmente tras las transformaciones epistemológicas provocadas por la teoría de la física cuántica. Max Planck, uno de los creadores de la mecánica cuántica, declaró en una entrevista publicada en The Observer en 1931 que consideraba la consciencia como fundamental y la materia como un derivado de la consciencia. Para Erwin Schrödinger, otro de los físicos fundadores, galardonado con el Premio Nobel en 1933, la consciencia es el verdadero sustrato de la materia. Es el fundamento del universo. Y la consciencia es numéricamente una. La materia como derivado de la consciencia. En otras palabras: el mundo físico sería un fenómeno que emerge de la consciencia. Esta consciencia sería una forma de energía sutil o un área subyacente al universo visible, algo parecido al campo gravitacional, o, incluso, otra cosa cuya naturaleza aún está por descubrir. Esta consciencia fundamental impregnaría cada una de las capas del mundo físico, el cual no sería más que una proyección espacial y temporal. Al igual que la imagen de la luna en el suelo mojado tras una tormenta, que no es la propia luna, sino su reflejo. Según esta hipótesis, el cerebro y, por extensión, nuestro cuerpo, aunque también el mundo material, no serían más que la consciencia en una configuración material. Reflejos de consciencia fundamental en el espacio y el tiempo. Lo más revolucionario de esta hipótesis es que los individuos biológicamente mortales que somos no serían más que simples brotes materiales y efímeros (encarnaciones) de una consciencia fundamental que, al ser no local, no muere.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 67
 
 
Numerosas enseñanzas espirituales coinciden en este punto: la consciencia sería la fuente de la realidad material y tendría el poder de actuar sobre ella. Esta visión está confirmada por concepciones y técnicas psicocorporales como, por ejemplo, la meditación. Al conectar directamente con el espacio de la consciencia fundamental, la práctica regular de la meditación modifica la materia, en este caso, los circuitos cerebrales. Esto es algo que han corroborado numerosos estudios recientes del campo de la neurociencia. De alguna manera, la meditación posibilita que nuestro cuerpo acceda al «código fuente», nuestra consciencia fundamental, y permite a la consciencia «reinformar» al metabolismo. Esto es aún más notorio en medicina integrativa, en la que el poder de la mente se activa para actuar sobre el cuerpo. Numerosos campos de la medicina y la ciencia ilustran esta realidad conocida por maestros espirituales desde el albor de los tiempos: la consciencia actúa sobre el cuerpo.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 69
 
 
En el silencio de nuestros hospitales, en el interior de los centros de cuidados paliativos, en los hogares y en cualquier lugar en el que haya personas que están apagándose, se producen con frecuencia numerosos fenómenos que demuestran que ese momento se asemeja más a una metamorfosis, a un tránsito entre dos mundos, que, a una inmersión en el vacío, en la nada. Visiones a las puertas de la muerte cuando las personas a punto de morir describen apariciones de padres o de amigos fallecidos, incluso figuras religiosas, y afirman comunicarse con ellos. Percepciones de presencias o apariciones experimentadas por padres, familiares o amigos no presentes en la habitación del paciente en el momento de su muerte, como si este quisiera avisarlos de su muerte. Fenómenos acústicos o físicos como ruidos, música, movimientos de puertas, caídas de objetos, funcionamientos extraños de aparatos eléctricos, relojes que dejan de funcionar en el momento o tras la muerte de un allegado. Brumas, formas, luces o un resplandor que emanan de la persona que va a fallecer. Y esa misteriosa lucidez, esa consciencia aumentada, justo antes de morir…
 
Estos fenómenos que abogan por la existencia de una consciencia no local no se limitan a los muros de los hospitales ni son únicamente perceptibles para el personal sanitario. Los testimonios al respecto pueden encontrarse en cualquier lugar, principalmente entre las personas que están viviendo un duelo o preparándose para ello. Y, cuando analizamos en profundidad alguno de ellos, rápidamente se descarta la explicación convenida de que es una alucinación provocada por el dolor o la pérdida.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 74
 
 
Los estudios muestran que entre un 40 y un 50% de las personas que viven un duelo pasan por este tipo de experiencias. Se las conoce como «vivencias subjetivas de contacto con un difunto» o VSCD.
 
La gran mayoría de las VSCD ocurren en las horas, los días o las semanas siguientes al fallecimiento. Es como si el deseo del difunto de consolar a sus seres queridos fuera una prioridad imposible de controlar desde los primeros momentos tras el tránsito.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 79
 
 
 
La gran mayoría de las VSCD ocurren en las horas, los días o las semanas siguientes al fallecimiento. Es como si el deseo del difunto de consolar a sus seres queridos fuera una prioridad imposible de controlar desde los primeros momentos tras el tránsito. Los relatos son muy variados. A veces, el difunto aparece, y otras veces se hacen sentir aun permaneciendo invisibles, murmuran una palabra, una frase, hacen una caricia…
 
Estas experiencias siempre son espontáneas. Sorprenden y desestabilizan. También calman de una manera tan profunda que pueden llegar a ser un recurso maravilloso para superar el duelo si nuestro entorno o las personas que nos acompañan las reciben de manera respetuosa y abierta. La clave está en saber escuchar. Escuchar sin juicios a menudo suele bastar para que la palabra se libere…
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 80
 
 
Todas las tradiciones chamánicas, sean las que sean, consideran que los espíritus forman parte de nuestra realidad. Son invisibles para nosotros, pero dirigen nuestra dimensión material. Los espíritus de las plantas, los animales, los muertos e incluso otros seres de naturaleza espiritual interactúan con nosotros sin que seamos conscientes de ello y se manifiestan a aquellas y aquellos capaces de percibirlos, de manera espontánea, gracias a diferentes prácticas psicocorporales o a la ingesta de sustancias psicoactivas. ¿Son los espíritus otro tipo de reflejos, furtivos e inmateriales y, sin embargo, innumerables, de la consciencia fundamental que impregna a los seres vivos? Los chamanes afirman que pueden entrar en contacto con esos espacios espirituales a través de visiones y, de esta manera, curar, obtener conocimientos o ayuda. En la Amazonia, los indios ashánincas hablan de «los que están escondidos» para referirse a los espíritus. Me gusta esta expresión, porque lo que está «escondido» es posible encontrarlo.
 
¿Por qué considerar, a priori, que esas prácticas son creencias sin fundamento cuando tantos estudios detallan la profunda coherencia de las cosmologías indígenas en las que nacieron? Y ¿por qué cuando, en todo el planeta, sean cuales sean sus orígenes culturales, todos los chamanes dicen exactamente lo mismo con respecto a la existencia de un mundo de espíritus al cual podríamos acceder?
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 85
 
 
Considerar que el área de lo posible es mucho más amplia de lo que me han enseñado me ha parecido siempre más enriquecedor que conformarme con mis certezas.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 85
 
 
En lugar del término «psicodélico», considero más apropiado utilizar «enteógeno», que está más adaptado para designar a aquellas sustancias naturales que inducen al trance, utilizadas con fines espirituales o chamánicos desde hace siglos. Un gran número de plantas y setas poseen estas características psicoactivas. «Enteógeno» es un neologismo de finales de los años setenta compuesto por las palabras griegas entheos, que significa «inspirado por lo divino», y genesthai, que quiere decir «nacimiento». Un enteógeno es, por tanto, una sustancia que favorece la manifestación de una experiencia espiritual o extática. Un encuentro con el alma.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 86
 
 
El origen de la ayahuasca es el primero de sus misterios.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 87
 
 
La ayahuasca, junto a otras sustancias psicoactivas, es la base de las prácticas que favorecen la experiencia de lo sagrado, la de una unión entre una realidad interna y otra externa en su sentido más general.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 88
 
 
La ingesta de ayahuasca provoca efectos psicoactivos de una intensidad física y psicológica colosal, muy alejados de las simples visiones que esperaba en un principio. Todo el cuerpo se ve comprometido, destrozado, sacudido, y las desordenadas percepciones van cambiando magistralmente. Es muy difícil acostumbrarse a ello.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 94
 
 
No estamos hechos para ver lo que nunca hemos aprendido a ver. Hay que aprender.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 97
 
 
Bajo los efectos de la ayahuasca, la razón deja de funcionar de manera normal. La planta abre un espacio sensorial y subjetivo en el que el pensamiento analítico se convierte en un impedimento.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 87
 
 
En la vida real, no ocurre como en Matrix. No basta con ingerir una pastilla roja para despertarse. No es posible aprender una lengua extranjera en un fin de semana. Lo mismo ocurre con el chamanismo. Viajar al mundo de los espíritus y comprender su lenguaje requiere un aprendizaje lento y debo reconocer que apenas empiezo a hacerlo tras terminar mi segundo viaje amazónico. No se trata de ver, también hay que comprender lo que se ve.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 104
 
 
El chamanismo permite explorar un territorio en el que cada uno debe trazar su propio mapa. Nos sumerge en las zonas blancas de la psique.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 104
 
 
La ayahuasca y, en un sentido más amplio, todas las sustancias psicodélicas desactivan los esquemas neuronales que sustentan nuestra manera de funcionar cotidiana y eliminan nuestras herramientas de filtrado, lo que hace que nuestro inconsciente se vea expuesto, literalmente, a la luz. Todo ello activa nuestras estrategias mentales de protección; es decir, todo lo que nuestro inconsciente ha considerado oportuno crear a lo largo de nuestra vida para convertirnos en seres adaptados a la sociedad en la que hemos nacido. Por tanto, nuestras heridas psíquicas, nuestros miedos, nuestros nudos emocionales y nuestras emociones reprimidas, todo aquello que se esconde en el fondo de cada uno de nosotros y que alimenta un magma que el psicoanalista suizo Carl Gustav Jung denominó «la sombra» (lo que ignoramos de nosotros mismos) se va mostrando de manera intermitente, a veces violenta, y se mezcla con las visiones. No obstante, este agregado psíquico, además de alimentar nuestras confusiones y nuestros miedos, dirigir algunas de nuestras decisiones y participar en nuestra manera de ver el mundo, como la percepción velada que tenemos de nosotros mismos, también crea nuestra personalidad. Sin darnos cuenta, contribuye a nuestro equilibrio. Así pues, aunque a veces consideremos el ego como una prisión mental de la que habría que deshacerse para abrirse paso a lo espiritual, también es un escudo indispensable para la vida. ¿Con qué lo reemplazamos si lo deconstruimos drásticamente? El chamanismo, al igual que la ingesta de psicodélicos, forman parte de una experiencia que acarrea sus riesgos en lo que respecta al plano psicológico. Si somos frágiles, empeoran nuestra fragilidad. Si estamos deprimidos, intensifican nuestro malestar. Por tanto, estas experiencias deben practicarse estrictamente en un marco ritual controlado, creado por chamanes, o, mejor aún, por psicoterapeutas formados en aquellos lugares en los que este tipo de terapia asistida es legal. Porque hacer estallar sin ningún tipo de acompañamiento los mecanismos psíquicos de protección que nuestro inconsciente ha construido equivale a quedarse completamente desnudo en medio de una tormenta de nieve. Y esto es lo que yo he estado haciendo.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 105
 
 
El inconsciente y sus fantasmas
 
¿A qué temo al comienzo de mis noches chamánicas? ¿Qué es esa especie de angustia indescifrable que me paraliza continuamente al inicio de «mis viajes»? Soy consciente del miedo durante esos momentos tan intensos, pero ¿y si ese temor tan íntimo está ahí continuamente, en un segundo plano, en cada instante de mi vida? Pasamos toda nuestra existencia construyendo un caparazón, ese escudo del que te hablaba, porque nos resulta imprescindible para nuestra vida diaria en sociedad, porque mantiene una suerte de cohesión y equilibrio entre nuestra personalidad y las diferentes fuerzas inconscientes que nos mueven. Este escudo-caparazón-ego nos protege de aquello que amenaza nuestra estabilidad psíquica. Esas amenazas pueden ser reales, pero también imaginarias o, simplemente, exageradas, porque se ven alteradas por nuestras heridas de la infancia, por los múltiples requerimientos a los que nuestro entorno, nuestra educación o nuestras creencias nos han sometido sin siquiera darnos cuenta. De ahí que este caparazón-ego se convierta en una especie de velo tupido que nos produce confusión cuando nos relacionamos tanto con el mundo exterior como con el mundo interno de nuestras emociones. Esta confusión alimenta esquemas mentales repetitivos y neuróticos. ¿Cómo librarse de ella sin poner en peligro nuestro equilibrio? Reencontrar la esencia de nuestra alma y conectarse de manera duradera con nuestro ser profundo es más o menos el objetivo de un gran número de tradiciones espirituales. Todas insisten en la importancia de adquirir un mejor conocimiento de uno mismo. Porque, en lo más profundo de nuestro inconsciente, viven fantasmas. Ellos son los que tienen miedo de la vida. De lo desconocido. Del futuro. Nuestro inconsciente no es una dimensión pasiva de nuestra psique ni una especie de lugar donde almacenar y ordenar los residuos más irrelevantes de nuestra existencia. Todo lo contrario. Es el núcleo del reactor, una olla de emociones, de miedos y de pensamientos reprimidos que alimentan nuestra confusión, repercuten en nuestras acciones y decisiones y deforman la percepción que tenemos tanto del mundo como de nosotros mismos. Ellos son la causa de nuestras malas interpretaciones, de nuestra ira, de nuestra insatisfacción recurrente, de nuestras emociones negativas y de nuestra tendencia a reproducir comportamientos que nos conducen al fracaso o al autosabotaje, de nuestras dudas a la hora de relacionarnos y nuestras inseguridades amorosas, de nuestro malestar… Ellos dan forma a la persona que creemos ser, con sus fortalezas y sus debilidades. Esas tradiciones espirituales nos invitan a liberarnos de las ilusiones y a distanciarnos de las cadenas de la costumbre, no por cuestiones morales, sino para llevarnos a encontrar la esencia de nuestro ser. Porque lo que no conocemos de nosotros mismos (memoria reprimida, deseos y miedos) interfiere en nuestra capacidad de percibir y de discernir, y nos convierte en seres prisioneros de nuestra propia confusión. En marionetas, en sonámbulos. En cada uno de nosotros hay múltiples universos, internos y externos. El psicoanalista Carl Gustav Jung utiliza el término «arquetipos» para nombrar a las diferentes fuerzas psíquicas que habitan en nosotros. Los arquetipos serían representaciones simbólicas inconscientes que interfieren en nuestra manera de experimentar y en nuestros comportamientos. Los grandes modelos arquetípicos son también fuerzas movilizadores de nuestra energía psíquica. El arquetipo del «sí-mismo» simboliza la totalidad de nuestro ser. Es el motor de nuestro deseo de sentirnos realizados y plenos. El arquetipo de «la sombra» hace referencia a los aspectos reprimidos o ignorados de nuestra personalidad. Es decir, aquello que no aceptamos de nosotros mismos o que preferimos esconder, tanto a los otros como a uno mismo. Los arquetipos de «el ánima», figura femenina en los hombres, y «el ánimus», figura masculina en las mujeres, se corresponden con la energía vital. Esta fuerza vital se muestra en la relación, razón por la cual toma la forma del sexo opuesto. El arquetipo de «la persona» representa la identidad que se construye en la relación del individuo con la sociedad. La «persona» es una «máscara» cuyo objetivo es integrarnos en la norma social, mostrarnos respetuosos con las reglas, sin defectos, y con la que es muy fácil identificarse, hasta el punto de olvidarse de uno mismo.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 107
 
 
En el mundo «racional» en el que vivimos, saciamos el deseo de nuestra alma de encontrar su parte divina con objetos a los que veneramos, con dudosos maestros espirituales, con prácticas exóticas que nos eximen de cualquier análisis juicioso o, incluso, con el consumo de alcohol y otras sustancias anestesiantes; como polillas que arden al revolotear sobre una llama en mitad de la noche. Consumimos con un hambre insaciable y esto aumenta nuestro vacío espiritual en lugar de colmarlo. Buscamos esa fuerza vital en nuestra libertad sexual, sin medir hasta qué punto se marchita a base de priorizar la saciedad de nuestros fantasmas a la escucha de nuestro interior. El mundo exterior, cuando se convierte exclusivamente en un cautivador objeto de codicia, de fantasía, de placer y de expectativas, nos separa de nosotros mismos. Buscamos nuestra alma en el exterior. Buscamos el amor en el exterior. Buscamos a Dios en el exterior. Cuando, en realidad, están dentro de nosotros.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 113
 
 
John Welwood lo explica claramente: el despertar no es algo que se adquiera, que se añada a nuestra alma, no es una especie de «bonificación» que arropa nuestros defectos, nuestra confusión y nuestras heridas, los cuales seríamos capaces de acallar. Todo lo contrario: el despertar emerge cuando nuestros defectos, nuestra confusión y nuestras heridas son escuchados, asimilados y dejan de actuar como virus mentales invisibles. Para que sobrevenga la claridad, el despertar requiere disolver los contenidos inconscientes de la mente, es decir, las dinámicas psicológicas subyacentes y las estrategias de supervivencia que han dado forma a nuestra personalidad. No combatimos contra nuestra personalidad (es ella la que nos convierte en seres sociales y psicológicamente funcionales y equilibrados), sino que la calmamos, la escuchamos y la curamos. Haciendo esto, le mostramos que ella no es nuestra verdadera naturaleza. Según Welwood, el trabajo psicológico nos ayuda a «encontrarnos a nosotros mismos», mientras que el trabajo espiritual da un paso más y nos ayuda a «abandonarnos a nosotros mismos». En este sentido, el trabajo psicológico y el trabajo espiritual son dos caras de un mismo proceso hacia el descubrimiento de nuestra naturaleza profunda. Dos vías complementarias para acabar con nuestra resistencia protectora y entrar en lo invisible sin cegarnos por la confusión de nuestro propio mundo interior. Antes de abandonarse, hay que conocerse.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 115
 
 
Antes de abandonar la habitación le expliqué todo eso a tu abuelo. «Ya está, has muerto. No te preocupes por tu cuerpo, nos ocuparemos de él, no te quedes a su lado. Tú ya no eres ese cuerpo, debes estar atento a la luz. Thomas y Lise están cerca, intenta verlos y dejarte guiar porque ellos te ayudarán. No estás solo, papá, hay mucha gente allí para ayudarte. Están en la luz, ve con ellos».
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 130
 
 
A lo largo de los años, he dedicado mucho tiempo a interrogar a los médiums sobre sus sensaciones. Sus respuestas van en el mismo sentido que el estudio de Julie, es decir, que una percepción de clarividencia es como una imagen estática, que nunca invade, al contrario de lo que ocurre en el espiritismo: la intrusión de un pensamiento, de una inteligencia, lo que identifican como la inteligencia del difunto. Algunos incluso me han confesado que hay difuntos que se les presentan antes de una consulta, por ejemplo, la noche anterior, como si quisieran asegurarse de que el «canal» estará abierto cuando su allegado esté ante el médium.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 138
 
 
De hecho, una sesión de espiritismo siempre es un momento extraño en el que las barreras entre dos realidades distintas, entre seres individuales que evolucionan en el espacio-tiempo (los médiums y nosotros) y otros liberados de esas restricciones (las almas de los difuntos), parecen haber desaparecido. No obstante, eso no significa que se establezca una comunicación como la entendemos entre dos personas vivas. El médium es simplemente un canal. Las emociones que trata de transmitir el espíritu se superponen a las propias emociones del médium. Las palabras murmuradas por el espíritu se mezclan con los pensamientos del médium. Ser médium implica conocerse muy bien para no confundir los mensajes de su propio inconsciente con los de los espíritus. Exige un esfuerzo de lucidez constante. Los propios médiums reconocen que siempre queda algo de duda, a pesar de que los años de experiencia les permitan discernir cada vez con mayor precisión.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 142
 
 
El espiritismo es una capacidad perceptiva sutil, extremadamente frágil, y en ningún caso se parece a un diálogo como los que podamos tener nosotros aquí. Aunque el médium sea capaz de «comunicarse» con los difuntos, no es un interfono. Capta impresiones, sensaciones, a veces oye palabras, o una frase espontánea. Pero, cuando le planteamos una pregunta, por ejemplo, para dirigirla al fallecido, el cerebro del médium también es susceptible de responder, ya que el cerebro analítico del médium no deja de funcionar y de interpretar en ningún momento. A pesar de todo, puede ocurrir, evidentemente, que sea capaz de captar una respuesta del difunto, pero es importante estar siempre atento. Una comunicación de espiritismo que consiste en hacer preguntas para que responda la persona fallecida a través del médium es extremadamente rara. En casos así, o el médium es un charlatán o se está engañando a sí mismo. Que un médium sea capaz de hablar durante treinta minutos con un difunto es pura ficción.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 142
 
 
Un médium no sirve para averiguar el futuro. Una consulta de espiritismo no es una sesión con un vidente y no debe emplearse para pedir consejos de vida a un difunto. ¿Por qué? Porque, aunque sea sin darse cuenta, siempre puede ocurrir que sea el médium quien dé su opinión de manera inconsciente, algo no demasiado prudente.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 143
 
 
Nunca insistiré demasiado sobre la importancia de reflexionar sobre las razones que nos llevan a visitar a un médium y qué nos motiva a hacerlo. Si buscamos respuestas existenciales, no es el lugar apropiado. Si lo que queremos es hacer que desaparezca ese dolor insoportable, creo que es más urgente y eficaz consultar a un terapeuta. El duelo es un desgarro, una herida psicológica. Un médium no va a curar esa herida. A pesar de la profunda amabilidad de muchos médiums que conozco, la mayoría no tiene las competencias necesarias para ello, pero, ante todo, esa no es su función. Si una sesión de espiritismo puede impactar de manera positiva a un proceso de duelo, es gracias a la esperanza de que pueda servir para saber que la persona que hemos perdido está bien. Pero esta se ha ido. No volverá nunca. El médium no va a llenar el vacío que ha dejado. Al contrario, visitar con regularidad a un médium para «recibir un nuevo mensaje» nos hace correr el riesgo de encerrarnos en lo que se conoce como duelo patológico. Siempre es posible acudir a una sesión de espiritismo, y en especial si existe un gran sufrimiento, ya que esta puede ayudarnos a calmar momentáneamente nuestro dolor, pero en ningún caso debe sustituir a un acompañamiento psicoterapéutico. El espiritismo es extraordinario, pero no mágico.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 143
 
 
La investigación que se llevó a cabo con los médiums, pero también con las VSCD (vivencias subjetivas de contacto con un difunto), con los fenómenos que se perciben al final de la vida, etcétera, refuerza la hipótesis de que una forma de existencia continúa tras la muerte del cuerpo.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 144
 
 
La curiosidad siempre ha sido el motor de mis decisiones.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 152
 
 
Al ser humano no le gusta el cambio. Hace cualquier cosa para reducir al mínimo el riesgo de inestabilidad. Sin embargo, esta manera de proceder nos aprisiona y resulta inútil: ¿acaso nuestro mundo no se caracteriza por su volatilidad? Pero nos da igual, nos empeñamos en construir muros a nuestro alrededor que terminan siendo los que encarcelan nuestra alma. Una fortaleza de ego.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 159
 
 
Los psicodélicos son sustancias que actúan físicamente en nuestro cuerpo, alterando los niveles de serotonina, las hormonas, la dopamina y la oxitocina, y nos ayudan a contactar mejor con nuestro mundo emocional interno.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 164
 
 
Desde hace años (se han reanudado) numerosos estudios a gran escala sobre la dimetiltriptamina (DMT), presente, principalmente, en la ayahuasca; la mescalina, extraída de cactus como el peyote; la psilocibina, proveniente de diversas especies de setas; el LSD y la MDMA. Muchas de estas sustancias están provocando una auténtica revolución en la neurociencia. Durante nuestras conversaciones sobre las ECM, el neurólogo belga Steven Laureys me habló de un sorprendente programa de estudio comparativo para el que colabora junto al Centro Imperial para la Investigación Psicodélica de la división de ciencias del cerebro de la Facultad de Medicina del Imperial College de Londres. Fundado por el doctor en psicofarmacología Robin Carhart-Harris, este centro de investigación psicodélica está llevando a cabo, desde hace una década, estudios en imagen cerebral sobre los efectos de las sustancias psicodélicas. Estos estudios han permitido demostrar que varios tipos de sustancias psicodélicas como la DMT, la psilocibina, la ketamina o el LSD inducen impresionantes estados de éxtasis que presentan grandes semejanzas con algunos aspectos de las experiencias cercanas a la muerte. Pueden compararse con experiencias místicas, que pueden ocurrir tanto de manera espontánea, durante una ECM, por ejemplo, como en practicantes espirituales. Estas experiencias se caracterizan por un sentimiento de unidad inefable, de despertar, acompañado, a menudo, por un acceso intuitivo y de una claridad extrema a un conocimiento profundo, por una consciencia mayor que la que experimentamos en nuestro día a día. Por estudios anteriores, sabemos que las experiencias místicas inducidas por sustancias psicodélicas no pueden distinguirse de aquellas que se viven de manera espontánea. Esto fue lo que motivó a Robin Carhart-Harris a iniciar un primer programa de investigación sobre la psilocibina con la ayuda de voluntarios, cuyo objetivo era intentar comprender mejor lo que ocurre en el cerebro durante estas experiencias. El mismo Steven Laureys se ofreció incluso para hacer de cobaya y recibió una inyección de psilocibina por vía intravenosa en el laboratorio del doctor Robin Carhart en Londres mientras se observaba su actividad cerebral a través de una IMRf. Me confesó que no fue fácil para él, ya que nunca había tomado ninguna sustancia psicodélica. Sin embargo, también me reconoció que tenía muchas ganas de revivir lo que él también denominaba «pérdida de su ego». «En el estudio de la consciencia, pasamos por alto el lado experimental, vivir uno mismo la experiencia tomando sustancias o induciendo un estado de trance —me explica—. Esta experiencia en primera persona no forma parte de nuestra formación médica y científica. Sin embargo, pienso que habría que ir más a menudo en esta dirección. Puedo leer publicaciones sobre los efectos de la psilocibina o hablar sobre ello con otras personas, pero vivirlo uno mismo es algo completamente diferente. Me gustaría volver a hacerlo. Necesito revivir esa experiencia. Tengo la sensación de ser un investigador incapaz de distinguir los colores y que intenta comprender la visión a color. Puedo tener un conocimiento absoluto sobre la manera en la que el color es percibido por la retina, identificar en el cerebro todos los neurotransmisores implicados, pero ver me proporciona algo más». Buena metáfora. Efectivamente, conocer un fenómeno desde el exterior es muy distinto a experimentarlo de manera directa. Lo he ido descubriendo intensamente desde que llevo a cabo mis viajes a la Amazonia. El artículo publicado por el equipo del doctor Robin Carhart en 2012 en la revista Proceedings of the National Academy of Sciences (PNAS) y titulado «Neural Correlates of the Psychedelic State as Determined by fMRI Studies With Psilocybin» [Correlatos
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 165
 
 
Cuando el cerebro funciona de manera normal, nos impide percibir una dimensión no local de la realidad presente en todo momento a nuestro alrededor, pero inaccesible en condiciones normales debido a las fuertes restricciones cognitivas de nuestro cerebro. Nuestro cerebro bloquea la acción de nuestras capacidades extrasensoriales, pero, cuando su actividad disminuye, en este caso la de la red por defecto que sostiene nuestro ego, se abren las puertas de la percepción. La muerte corresponde a una parada irreversible del cerebro. Los psicodélicos, por tanto, permiten vivir una experiencia próxima a ello (¡pero reversible!), al poner en pausa de manera artificial la parte de nuestro cerebro que filtra la realidad material, aquella que, sin duda, es una de las primeras en detenerse llegado el momento de morir: la red por defecto.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 169
 
 
El ego es como un espectador que va al cine, se sienta cómodamente a ver una película y, completamente absorbido por la historia, se identifica con alguno de los personajes que aparecen en pantalla con tal intensidad que acaba creyendo que es ese personaje y que no existe otra cosa. El ego no puede soportar la idea de que la película termine, ha olvidado que solo estaba en el cine. Desde su punto de vista, eso quiere decir que el personaje con el que se ha identificado de manera tan apasionada va a desaparecer. Sin embargo, los psicodélicos son capaces de detener la película. El personaje se borra, y eso es lo que genera una gran angustia. Para vivir adecuadamente la experiencia y superar la fase del miedo, hay que lograr que ese derrumbamiento se produzca, hay que convencer al ego-personaje de que el estado de somnolencia no supone ningún peligro para la consciencia que está camuflando. La buena noticia es que es posible educar a nuestro cerebro. Es maleable. Nuestro cerebro puede ser entrenado y modificado. Así, el control de la red por defecto, también muy importante en la rumiación y la depresión, puede atenuarse tras, simplemente, unas semanas de meditación, por ejemplo. De hecho, hay estudios que demuestran que las personas expertas en meditación parecen tener una actividad diferente y más reducida en la red por defecto.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 170
 
 
Pero ahí donde los psicodélicos lo hacen a la fuerza, la meditación trabaja con calma y entrena al cerebro a ser menos esclavo de la estructura cerebral de supervivencia y de anticipación que es la red por defecto. La meditación es una especie de reeducación cerebral perenne.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 171
 
 
Hace dos semanas que estoy viviendo en mi cabaña, rodeado de monos, de águilas y de gecos. Solo salgo de ella para bajar al río o para aventurarme en la selva. El resto del tiempo, escribo, leo y me obligo, cada mañana, a practicar una especie de chi kung lento que hace que la energía circule por todo mi cuerpo. Esta actividad me hace mucho bien. A menudo me olvido de que tengo un cuerpo, un recipiente en el que recorro mi existencia. Soy consciente de que, si quiero percibir la realidad del más allá, cuidar de mí mismo es tan importante como la atención que presto a mi mente. Cuidar el cuerpo para no ser prisionero de él. Cuidar el cuerpo para que los bloqueos físicos que habría dejado crecer no absorban toda mi energía. Cuidar del cuerpo para lograr distanciarse de él y sentir que somos mucho más que ese reflejo de materia orgánica que envejece irremediablemente.
 
Por tanto, todos los días dedico un tiempo a la meditación, permanezco inmóvil, con la espalda recta y prestando la máxima atención posible a los pensamientos que me atraviesan. Es realmente sencillo, Luna. Solo hay que sentarse en el suelo con las piernas cruzadas, o también puede ser en una silla, con la espalda recta y los ojos abiertos o cerrados, lo que más cómodo te parezca. Debes permanecer así durante quince minutos, por ejemplo. Con eso basta. Lo importante es ser constante. Quince minutos al día no es algo demasiado complicado, ¿verdad? Así, inmóvil, no debes intentar «no pensar en nada», porque eso no funciona. Simplemente, dejas tu mente tranquila. Tus pensamientos vienen, pero no te aferras a ellos, los dejas pasar. Imagina que eres una roca en un río y que esos pensamientos son como hojas arrastradas por la corriente. Llegan y pasan. Eso es todo. Si te obligas a hacerlo todos los días, transcurridas unas pocas semanas, notarás cambios en ti…
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 173
 
 
Mi investigación sobre la muerte me lleva continuamente a la vida. En definitiva, la muerte habla de la vida. De lo que hemos hecho con ella, del individuo que pensamos ser. Cuando ese momento irreal irrumpe en nuestra existencia, como me ocurrió a mí con la muerte de tu tío Thomas, o cuando más recientemente acompañé a tu abuelo hasta su último suspiro, nos sitúa ante un espejo que nos devuelve un cruel reflejo. ¿Quiénes somos nosotros realmente? Nosotros, que también vamos a morir… El reflejo es honesto, tajante: ¿qué estamos haciendo con nuestra vida?
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 175
 
 
¡Qué extrañas vidas las nuestras! Existencias sacudidas en las que intentamos desesperadamente encontrar un sentido a todo, por triste que sea.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 175
 
 
Gracias a las experiencias extracorporales durante una ECM, por ejemplo, se ha demostrado objetivamente la realidad de las percepciones extrasensoriales. No obstante, estas capacidades pueden manifestarse de formas muy diversas. Lo que nos revelan es algo colosal: la mente humana no tiene límites. Los investigadores están intentando categorizar estas percepciones extrasensoriales en función de su fenomenología. Es una iniciativa que aún está en pañales, dada la envergadura del objeto de estudio, pero, a pesar de ser una clasificación imperfecta, nos permite avanzar en la reflexión. Así, las experiencias extracorporales presentan similitudes con un tipo de percepción extrasensorial llamada «clarividencia». Ambas difieren en algunos aspectos importantes, pero coinciden en el hecho de demostrar que, para la consciencia no local, es posible percibir información más allá de nuestros sentidos habituales, ya sea «desplazándose fuera del cuerpo físico», o «viendo de manera remota», como si las limitaciones del espacio hubieran sido eliminadas. Los anglosajones hablan de remote viewing para designar la «visión remota», un sistema que permite a nuestra consciencia percibir información sin sufrir los límites físicos del cuerpo y de nuestros órganos sensoriales.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 184
 
 
Un número considerable de personas experimentan de manera espontánea momentos en los que las barreras del tiempo y del espacio parecen desaparecer: ECM, lucidez terminal, percepciones durante un estado de coma, etcétera. Otros tipos de este fenómeno fuera de lo común son aún más frecuentes: sueños (en apariencia, premonitorios), fenómenos intuitivos, presentimiento físico de un peligro inminente para nosotros o nuestros allegados, percepción remota de un acontecimiento relacionado con nuestra familia o con un amigo, impresión de «captar» los pensamientos de la gente a nuestro alrededor, o, simplemente, el hecho de pensar en una persona pocos minutos antes de que esta nos llame. Hay infinidad de historias como estas que nos dan ejemplos de lo que conocemos como percepciones extrasensoriales.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 186
 
 
Las experiencias de percepción extrasensorial indican que tenemos la capacidad de obtener información sin estar limitados por las restricciones del espacio y del tiempo y sin emplear nuestros sentidos habituales.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 190
 
 
Si los rusos en verdad utilizaban a videntes, era necesario, pues, pensar en la posibilidad de que ningún secreto estaba protegido. La primera intención de los estadounidenses al crear este proyecto fue la de estudiar el funcionamiento de estas capacidades para intentar identificar la manera de protegerse de ellas haciendo lo que se suponía que estaba haciendo el enemigo: espiar psíquicamente. Pronto, comenzaron a surgir peticiones de misiones de toda la comunidad de los servicios de inteligencia. La CIA, la DIA, el Secret Service (SS), la Air Force Intelligence Agency (AFIA), el Naval Intelligence Command (NIC), el FBI, la Drug Enforcement Agency (DEA), la NSA, etcétera. Las misiones de los viewers fueron sucediéndose unas tras otras, lo que puso al equipo totalmente a prueba. Todo esto duró dieciséis años. Hoy en día, nadie tiene acceso a los archivos y más de un centenar de cajas selladas aún se conservan en Langley, en la sede de la CIA. Encierran cientos de informes sobre operaciones clasificadas de alto secreto. Con el paso del tiempo y las confesiones de viewers o de responsables, algunas de las misiones han sido reveladas, como aquella recordada por el presidente Jimmy Carter ante los estudiantes de la Universidad de Emory. Joe McMoneagle me detalló algunas de ellas, las cuales han ido de la mano con la trágica actualidad del mundo durante todos estos años. ¿En qué consistían? Básicamente, en obtener «información psíquica» ahí donde los medios de espionaje tradicionales no podían llegar. Así, se solicitó la intervención de Joe y de otros viewers del Proyecto Stargate durante la crisis de prisioneros en Teherán en noviembre de 1979, cuando más de cincuenta diplomáticos y civiles estadounidenses fueron secuestrados en la embajada de los Estados Unidos en Irán. Los viewers pudieron dar detalles imposibles de conseguir de otra manera, principalmente relacionados con la identidad de las personas presentes en la embajada el día del secuestro, su distribución por parte de los iraníes en los diferentes edificios diplomáticos, las condiciones en las que se hizo o la localización del personal que había podido escapar. Incluso fueron capaces de «ver» que tres agentes de la CIA, cuya presencia en Teherán era secreta en aquel momento, formaban parte de los rehenes. También participaron en un gran número de misiones en zonas tensionadas de Oriente Próximo, América Central, el bloque soviético, etcétera. Espiaron enclaves soviéticos, localizaron laboratorios de drogas…, pocos campos se resistieron a los «ojos de la mente» de los viewers. Podían «ver» emplazamientos secretos, «captar» información, prever acontecimientos futuros e, incluso, permitir la liberación de personas secuestradas. A veces ocurre que la percepción remota es profundamente impactante, hasta el punto de que el viewer tiene la impresión de haberse desplazado realmente al lugar.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 197
 
 
La remote viewing es una técnica basada en el razonamiento que reposa en la toma de consciencia de nuestros mecanismos inconscientes de interpretación para disociar en nuestra mente entre «suposición» y «percepción». Por esta razón es necesario un largo aprendizaje. Cuanto más practicamos, más podemos comprender cómo nuestro inconsciente interactúa con nuestro consciente. La visión remota es como las artes marciales. Ser vidente consiste en captar pequeños fragmentos de información de los que podemos asegurar un origen intuitivo.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 204
 
 
Las percepciones extrasensoriales son las «anomalías» de nuestro siglo. No pueden reducirse a simples coincidencias, ilusiones o pensamiento mágico… Claramente, no se trata de eso. A menudo, se usa la expresión comodín «sexto sentido» para designarlas, pero tenemos una palabra perfectamente adaptada para calificar la facultad que está detrás de estas percepciones no locales: intuición.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 206
 
 
Si apelamos a su acepción original, la intuición es una propiedad de la consciencia, una capacidad para acceder al conocimiento no razonado y no local. No tiene nada que ver con la inteligencia, el análisis o los procesos mentales relacionados con ciertas competencias o un aprendizaje anterior.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 207
 
 
La intuición, esa percepción de señales no locales que no hemos aprendido a detectar, se manifiesta a través de percepciones sensoriales que rápidamente son anuladas por nuestra actividad mental. Nuestras percepciones intuitivas son sensoriales, fugaces, sutiles y, la mayoría de las veces, se diluyen en mecanismos cerebrales de filtrado, de análisis y de razonamiento inconsciente. Por tanto, abrirse a la intuición pasa, irremediablemente, por tomar conciencia de que interpretamos el mundo en lugar de verlo en su realidad. Si ignoramos esto, estamos condenados a confundir nuestras intuiciones con nuestras interpretaciones originadas a partir de nuestros esquemas mentales inconscientes, modeladas por nuestras creencias, nuestros miedos, nuestros fantasmas o nuestros deseos. La intuición es el «lenguaje» de nuestra alma. Es el modo de expresión preverbal de la dimensión no local de la consciencia, ahogado por nuestra actividad cerebral. Para seguir el camino de la intuición debemos reconectarnos con nuestra sensorialidad, escuchar sus señales antes de que sean interpretadas y deformadas por nuestra subjetividad y nuestras deducciones, abstracciones y emociones. Para ello, debemos silenciar la mente, o bien, en el caso de la remote viewing, enseñarla a identificar las señales sensoriales antes de que sean procesadas por nuestros mecanismos interpretativos inconscientes. La intuición es un poco como las estrellas durante el día: siempre están ahí, pero permanecen invisibles a causa de la luz del sol, que esconde su esplendor. La luz sutil de nuestra intuición está enmascarada por el destello cegador del funcionamiento aplastante de nuestro cerebro y nuestra mente. Logremos poner en suspensión a nuestro cerebro o educarlo para que pueda aparecer el cielo estrellado del mundo de la intuición, la dimensión no local de lo real.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 210
 
 
Presiento que el mundo espiritual, en el que se encuentran «los muertos», es tan volátil como el de los sueños. Un espacio fluido en el que es difícil aferrarse a alguna cosa sólida. Una identidad, un lugar, una situación. Todo parece diluirse continuamente. Los pensamientos se evaporan rápidamente, sin dejar huella, como en los sueños. Me gustaría regresar a este mundo y aprender a estabilizarme en él. Quedarme, comprenderlo.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 238
 
 
Somos seres espirituales que viven una experiencia material.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 245
 
 
Walker Burkert escribe que «los Misterios eran “inenarrables”, no solo en el sentido de que guardarían un secreto artificial, empleado para despertar la curiosidad, sino en el sentido de que todo lo importante y decisivo que había en ellos no era accesible a la expresión verbal».
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 254
 
 
El chamanismo es la práctica espiritual más antigua de la humanidad. No se trata de una religión institucionalizada, sino la puesta en práctica de un conjunto de elementos (cantos, bailes, privación sensorial, ayuno, ingesta de sustancias psicoactivas, etc.) capaces de inducir en quienes se entregan a ellos una apertura sensorial, cognitiva y espiritual. Yo he podido empezar a experimentar cómo estas técnicas de inducción del trance desinhiben la consciencia fundamental y conectan al chamán con un «mundo de los espíritus».
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 256
 
 
Volviendo a sus orígenes, las similitudes entre las descripciones que nos han llegado del impacto que la iniciación a los Misterios producía en sus participantes y aquello que sabemos de las prácticas chamánicas son realmente sorprendentes.
 
Para muchos historiadores, la influencia chamánica en los Misterios es más que probable. Que el «mito fundador» de Eleusis hable de un viaje al mundo de los muertos, algo que es la esencia misma del chamanismo, es otro elemento perturbador.
 
… participar en los Misterios se hacía una o dos veces en la vida. Se trataba de una experiencia puntual. Iniciarse no significaba adoptar una religión, ingresar en una cofradía o seguir un credo particular. Era una experiencia psicoespiritual personal. Exactamente lo mismo que propone el chamanismo. Hay otro elemento especialmente intrigante: El himno homérico a Deméter nos da detalles sobre la manera en la que Deméter actuó para ir a buscar a su hija Perséfone al hogar de Hades. El poema cuenta que pidió a las gentes de Eleusis que le fabricaran un brebaje, el kykeon, a base de cebada, agua y menta. Lo bebe y logra orientarse hacia el hogar de los muertos. El poema también explica que cualquiera que quiera seguir su ejemplo deberá beber ese brebaje después de nueve días de ayuno con el objetivo de ser iniciado en los Misterios. A lo largo de los siglos, la celebración de los Grandes Misterios siguió escrupulosamente ese ritual. Se llevaba a cabo a finales del mes de septiembre, todos los años. Varios miles de mystes (los futuros iniciados) participaban. Solo aquellos que habían seguido un ayuno de nueve días, y que se habían purificado físicamente, entraban en el Telesterion, el templo principal de más de cincuenta metros en cada uno de sus lados donde se desarrollaba la iniciación. Esta tenía lugar durante la noche del noveno día de ayuno, cuando los participantes eran invitados por el hierofante, el sacerdote que presidía los Misterios de Eleusis, a beber la bebida sagrada, el kykeon. Todo aquel que quisiera ser iniciado en Eleusis debía tomar de aquella bebida. El kykeon está en el centro de todos los relatos, lo que demuestra que era de una importancia crucial. Se cuenta que, tras haber ingerido la bebida, los participantes eran llevados por la divinidad. Todos los testimonios antiguos indican que aquello que se vivía allí eran visiones.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 257
 
 
Hay un elemento esencial que destaca de entre los trabajos de todos los investigadores que, durante décadas, han utilizado los psicodélicos con fines científicos o terapéuticos: la importancia decisiva del entorno en el desarrollo de la experiencia. Al igual que los griegos, que eran iniciados en los Misterios en el lugar sagrado del templo de Eleusis, todo aquel que se aventure en el terreno psicodélico debe estar acompañado. La sustancia no lo es todo. El mismo psicodélico, en la misma dosis, ingerido por individuos con el mismo perfil psicológico, pero en entornos diferentes (una sesión de terapia asistida y una rave, por ejemplo), tendrá efectos totalmente diferentes. Ahí donde el primero puede venir acompañado de profundos efectos beneficiosos, el segundo puede convertirse en una pesadilla. Un mal viaje. Es lo que los psicólogos y psiquiatras llaman una reacción disfórica, en la que la resistencia innata de una persona a perder el control desencadena una lucha intensa y, posiblemente, reacciones paranoicas o esquizoides. El impacto de verse sumergido en algo así controla cualquier idea o visión positiva que podamos tener.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 269
 
 
Para luchar contra esta reacción disfórica, el set and setting ofrecido por el entorno de la terapia asistida resulta crucial. Esta fórmula es utilizada para designar los dos parámetros esenciales para el buen funcionamiento de la experiencia psicodélica. El set hace referencia a la consideración del estado del sujeto, tanto mental como psicoemocional, de su estructura física, de sus expectativas, de su estado de ánimo, etc. El setting designa el ambiente en el que se dirige la sesión. Debe ser acogedor, con una iluminación tenue, por ejemplo, un antifaz para los ojos, música relajante de fondo…
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 270
 
 
¿Cómo describir lo indescriptible?
 
Abandoné nuestra realidad. Me convertí en algo externo a nuestro mundo material, al que observé como un teatro, en la distancia, y, después, desapareció por completo y yo me fui aún más lejos. Me adentré en un amor indescriptible, como si este se tratara de la naturaleza última de la realidad. Un amor para nada comparable al que sentimos por nuestros allegados. Era un millón de veces más intenso que ese vínculo tan intenso que nos une aquí, en la tierra. Una armonía absoluta, una claridad sin tacha, más allá de la causalidad, más allá de las dudas, de la sombra, del tiempo y del espacio. Ese amor se caracterizaba por una ausencia total de confusión. Me fue complicado traer información, aunque, gracias a la práctica, logré traer un poco. Sin embargo, partes enteras de mis experiencias fueron tan distintas que me resultaba imposible recordarlas, incluso tres horas después. La disolución de mi «yo» me permitió salir del envase cerrado de mi identidad. Había dejado de ser «Stéphane», había dejado de ser «alguien», había dejado de ser mi cuerpo, mi historia, mis recuerdos. Perdí incluso la sensación del mundo material para fundirme en la inmaterialidad. No obstante, sorprendentemente, aún era un «ser» que observaba. Que observaba la realidad de la consciencia fundamental en la que me había convertido. No había dimensiones, ni alto ni bajo, ningún punto de referencia que me fuera conocido, un infinito fuera del espacio, fuera del tiempo. Un sentimiento de bienestar que jamás había vivido. Una armonía absoluta. Y esa energía de amor. Sí, como si este fuera la materia prima que forma el universo de la consciencia fundamental, antes de que las fuerzas de la causalidad, del aislamiento y de la individualidad comenzaran a envolverlo. Mi Luna, la realidad del mundo es tan bella… Y está esa energía.
 
Ese enorme flujo de energía que me iba absorbiendo cada vez más me cautivó. De nuevo, no hay palabras para describirlo. Una energía viva, armoniosa. En ese único plano, cada una de mis sesiones me activó de una manera realmente intensa. Era incapaz de dormir por la noche después de una sesión, aún invadido por la energía de consciencia en la que me había sumergido horas antes. En esos niveles de energía superiores, no existen las formas ni el espacio, no existe la realidad tal y como la conocemos. Solo hay una consciencia total y, a veces, una sensación de olas, de vibraciones, de una fisión que provocaba que, dentro de esa unidad fundamental, percibiera también la presencia de otros seres, de otras consciencias fundamentales, de otros observadores. Lo más impactante es que, a pesar de la disolución de cualquier materia, continuaba siendo, observando, sin tener cuerpo ni tampoco una localización precisa. Estaba a la vez en todos lados y en ninguno. Pero no estaba en la nada, sino todo lo contrario: en un indescriptible infinito. En un despertar absoluto. En varias ocasiones, en ese espacio sin espacio, en medio de esa felicidad, percibí una especie de pequeñas esferas, como pelotas de tenis que podía sostener en la palma de la mano. Sentí que se trataba de existencias. De la forma más densa y limitada. Como la constelación de la totalidad de las experiencias vividas por una persona a lo largo de su vida. Cada una de ellas era una existencia entera. La de un individuo en la tierra. Al ampliarse mi visión, descubrí que contemplaba un campo infinito de esas esferas. Estaba la mía, pero también la de tu abuelo, tu tío y otras más, algunas de ellas conocidas para mí y muchas más que me eran desconocidas. No eran almas, sino la materialización final de nuestras vidas terrenales, como si las cuatro dimensiones (espaciales y temporal) que las caracterizaban se hubieran recogido sobre ellas mismas en una especie de bolita compacta. Al contemplar todas esas existencias terrenales, todos esos «yo» como tantas historias temporales, sentí el poder anestésico que ejercen sobre la consciencia al estar concentradas en sí mismas y absorbernos durante el tiempo de nuestro paso por la tierra. ¿Fue aquello una imagen real o una elaborada reconstrucción de una visión indescriptible que se habría generado después? Poco importa. Las apariencias en esta realidad son secundarias.
 
Del mismo modo, en aquellas esferas percibía la imagen de la limitación de nuestras experiencias vitales en una personalidad. Como trajes de buceo que nuestra consciencia fundamental vestiría en la tierra y que contendrían todas nuestras experiencias, emociones y nuestra memoria, el pasado, el presente y el futuro de nuestra existencia encarnada. Entre todas aquellas bolas de existencias que me fueron mostradas, podía diferenciar bien aquellas de los «vivos» de las de los «muertos». Las consciencias fundamentales me eran invisibles porque no tenían forma, pero estaban ahí. Estaban ahí, Luna. Impregnando ese espacio sin espacio, estaba la consciencia del ser cuya encarnación yo había conocido como mi padre y también la del ser que había sido mi hermano. Ahí donde los había encontrado, más allá de la vida y de la muerte, mi consciencia fundamental y la suya habían dejado de estar prisioneras en una u otra de esas vidas densas y limitadas, pero habitaban juntas el espacio infinito. Nos mezclábamos en el seno de aquel océano sin límites. Thomas, yo, papá y miles de millones de consciencias fundamentales, liberadas de nuestras ataduras y de nuestras personalidades. Mi alma, mi consciencia fundamental intrincada junto a las otras, mirando aquellas esferas, aquellas identidades como lo que eran: reflejos ilusorios. Vivir aquello fue un momento de gracia. Me encontraba en la última realidad del ser. Con aquellos a los que amo. Éramos innumerables y éramos uno.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 273
 
 
Cuando morimos, no morimos. No es una creencia. No saco estas conclusiones únicamente de mis experiencias subjetivas en un estado de consciencia alterada, sino del hecho de que todo aquello que llevo experimentando durante años es una confirmación vivida en primera persona de lo que la ciencia ha puesto de manifiesto. Luna, tal y como te he explicado a lo largo de este libro, la certeza de que la consciencia fundamental tiene una naturaleza no local se apoya en hechos, en estudios y en el análisis de innumerables experiencias vividas. Los elementos probatorios recogidos lo demuestran más allá de toda duda razonable. Vivir uno mismo esta realidad refuerza aún más la coherencia del modelo. Y más cuando la propia neurociencia confirma el paralelismo entre la experiencia psicodélica y la experiencia de la muerte. A pesar de todo, no deja de ser cierto, y decirlo se queda corto, que la disolución del ego no es algo fácil de vivir, ni siquiera de observar como quien observa un espectáculo desde el exterior.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 277
 
 
El «yo observador» ya no puede vivir una experiencia mirándola desde lejos, debe aceptar morir temporalmente para dejar que se despliegue una dimensión más profunda del ser. El observador no tiene otra elección que la de borrarse para que la consciencia fundamental pueda ser experimentada. Durante mis experiencias con dosis altas de LSD, logré entrar en la muerte, sobrepasar el momento de disolución y estar en aquello que se encuentra más allá del espacio-tiempo, perforando la membrana de mi consciencia física, convirtiéndome en un ciudadano de esos niveles. Es decir, perdiendo totalmente la identidad de aquello que pensaba ser: un individuo, un «yo», un ser separado de la globalidad infinita del mundo. Fueron experiencias que superaron todo lo que jamás habría imaginado.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 278
 
 
Para confirmar la evidencia de que somos mucho más que nuestra vida terrenal, durante diferentes sesiones, me fue dada la oportunidad de penetrar en uno u otro de esos concentrados de vida terrenal como quien se sumerge en una película en cuatro dimensiones. Sin que mi voluntad interviniera, al adentrarme en una esfera, degustaba la existencia que esta encerraba viviendo, sintiendo la totalidad de la vida contenida en su volumen, las emociones, las imágenes, cada instante de vida. Así, pude visitar la de tu abuelo, o la de tu tío, y vivir desde dentro algunas de sus experiencias. Como si me convirtiera en el personaje que fueron durante su vida terrenal. En una ocasión, sin que yo lo buscara o lo decidiera, como si fuera conducido hasta ese instante, entré en la esfera de la vida de mi hermano y vi el momento de su muerte tal y como él lo vivió.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 278
 
 
Luna, nuestro mundo nos da la impresión de ser profundamente real y denso, pero puedo asegurarte que el lugar de donde vengo, aunque no haya materia, es mucho más real. Mis experiencias no han hecho sino aumentar esta sensación: al liberarme de la actividad de mi cerebro, penetro en una verdadera realidad. Una realidad aún más real que la de nuestra vida cotidiana aquí. Cuando el cerebro se detiene, nos despertamos. Nuestro mundo terrenal es una ilusión material. La ciencia comienza a sospecharlo y yo he podido experimentarlo. Se ha convertido en una evidencia. De mis experiencias extraigo un aprendizaje que me acompaña en cada momento de mi vida, aunque, para asimilarlo por completo, necesitaré aún varios años. El borrado total de nuestro ego, de nuestra identidad, no implica la desaparición de la consciencia. Al contrario, nos convertimos en el universo entero. La muerte no existe.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 283
 
 
Lo que el alma experimenta después de la muerte. Es, a la vez, un despertar y una desestabilizadora y total pérdida de referencia. Ya no hay nociones de realidad e irrealidad. No hay tiempo. El espacio se disuelve. No hay identidad propia. No estamos limitados a un «yo», sino que nos convertimos en una consciencia ampliada hasta el infinito, enredada con otras consciencias sin posibilidad de separación. Todo es fluctuante, cambiante, inestable. Somos arrastrados por fuerzas, pensamientos, que no son razonamientos cerebrales, sino más bien energías exteriores y autónomas. Ya no hay interior y exterior. No hay materia. Todo es extremadamente volátil. En la tierra, somos respiraciones de vida, fragmentos de un ser más amplio en cuya armonía trabajamos. El mundo entero está contenido en nuestra alma. La muerte no entraña ningún peligro.
 
La muerte solo afecta al aspecto físico de lo que nos constituye, nuestro cuerpo. Pero somos mucho más que eso. Tantas cosas serían inexplicables si no fuera así…: las ECM, la lucidez terminal, la mediumnidad, las percepciones extrasensoriales, el conjunto de estas manifestaciones de nuestra consciencia no local. Para la dimensión fundamental de nuestro ser, la muerte no existe. Entonces, ¿qué viven en este momento mi hermano Thomas, tu abuelo, todas aquellas personas que hemos querido, ahora que se han desplegado en la dimensión no local de la consciencia? Las palabras, al igual que nuestro pensamiento conceptual, limitan nuestra capacidad para concebir aquello que, por definición, sobrepasa nuestro entendimiento.
 
Las palabras, al igual que nuestro pensamiento conceptual, limitan nuestra capacidad para concebir aquello que, por definición, sobrepasa nuestro entendimiento. Después de la muerte física del cuerpo, la consciencia sale del tiempo y del espacio. Nos volvemos infinitos. El espacio en el que se encuentra no sigue la inercia del mundo material. Todo ahí es más volátil, sin límites. La muerte, al igual que hacen los estados de consciencia alterada, revela que la personalidad con la que nos identificamos durante nuestra existencia corporal no define el ser que somos. Nuestra personalidad no es nuestra consciencia. De ahí que la gran pregunta sea la de saber quién muere.
 
Nuestro cerebro trabaja desde el principio de nuestra existencia para convertirnos en seres funcionales en un entorno material. Este proceso se caracteriza por ciertas limitaciones que le son impuestas a la consciencia. La más importante tiene que ver con la inhibición de su dimensión no local. La consecuencia más notable de estos ajustes es que se desarrolla y se refuerza un sentimiento de identidad, de unidad y de localización espacial. La personalidad que emerge de la consolidación creciente de nuestra individualidad va reduciendo progresivamente lo que pensamos ser a los estrechos límites de nuestro ego. Ser un individuo es un mecanismo adaptativo que se convierte rápidamente en una ilusión tenaz. El alma asume un papel para vivir una experiencia terrenal y ese papel comienza a creer en su propia existencia. Entonces, sus propias dinámicas psicológicas, sus esquemas de pensamiento y sus creencias envuelven el alma y la impregnan, como el lodo impregna el agua pura de un río. Estamos cegados por el lodo de nuestra individualidad. Tenemos miedo y sufrimos porque somos peces ciegos nadando en aguas turbias.
 
Nuestra vida terrenal es un abismo de amnesia, pero también el escenario de las experiencias de nuestra alma. Todo lo que experimentamos tiene sentido para ella, incluso si a veces escapa a nuestro entendimiento. Todo es aprendizaje y forma parte de un camino hacia la armonía. Al llegar, nuestra alma tenía un plan. Así, que la muerte llegue al final de una larga existencia o que se presente de repente por un accidente o una enfermedad en la flor de la vida, no es una elección de la personalidad, sino del alma.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 206
 
 
La muerte del cuerpo físico tiene como consecuencia inmediata el fin del aplastante control del circuito cerebral que mantiene la estabilidad de nuestra personalidad y de sus dinámicas psicológicas, pero sin disolverlas por completo. En efecto, durante los largos años de nuestra existencia terrenal, nuestra personalidad toma el control y actúa como una carcasa física más o menos espesa que encierra el corazón puro de la consciencia. La muerte no acaba instantáneamente con las costumbres, las creencias y las dinámicas psicológicas que se han mantenido durante décadas. Yo mismo he visto lo resistentes que son durante mis experiencias en estado de consciencia alterada. El proceso psicoespiritual de desidentificación que se inicia durante las alteraciones inducidas de la actividad cerebral, como ocurre durante una ECM o una experiencia chamánica, es idéntico a aquel que se produce tras el final irreversible del cerebro en el momento de la muerte. El libro tibetano de los muertos, texto esencial del budismo tibetano que cuenta con varios siglos de antigüedad y representa una verdadera «guía de viaje» del fin de la vida y del paso al estado intermedio que sigue a la muerte física, hace hincapié en este punto, el cual constituye incluso la esencia de este texto sagrado: identificar y liberarse de una consciencia adormecida por la personalidad. Después de la muerte, conservamos, en cierta forma, nuestra individualidad, pero esta individualidad ya no puede reducirse solamente a los elementos de la personalidad física que hemos conocido y, sin embargo, no siempre es fácil darse cuenta de ello. A veces, es necesario un poco de tiempo para que el agua vuelva a estar clara. Este es uno de los aspectos en los que insiste especialmente el libro tibetano de los muertos, el cual invita a no aferrarse a la identidad terrenal que dejamos atrás. Por muy diferentes, independientes y abiertos que seamos, tendemos de manera natural a aferrarnos a aquello que nos parece estable, y la única cosa en apariencia estable, una vez que el cuerpo y el tiempo han dejado de existir y que no hay ningún soporte físico que nos conduzca a un punto de fijación familiar, es la fuerza de la identificación física con nuestra personalidad. Durante ese tiempo es cuando se producen las VSCD (vivencias subjetivas de contacto con un difunto). Durante los minutos, las horas o los días posteriores a nuestra muerte, nuestro más ardiente deseo es el de regresar para decirle a aquellas personas que amamos que, finalmente, todo parece ir bien. Nada ha cambiado y, a la vez, todo es diferente. Estamos asombrados y, en algunas personas, eso puede alimentar su confusión, pero una cosa es segura: no estamos muertos y tenemos ganas de contarlo. Chögyam Trungpa escribe que la realidad que nos aparece durante nuestros primeros pasos en la muerte es una especie de extrapolación de los estados psicológicos humanos que hemos conocido durante nuestra vida. Lo único que cambia es la intensidad de la experiencia. Así, afirma que «las experiencias del “bardo” no transforman nuestra vida; son su continuidad», siendo el «bardo» un «estado intermedio», en este caso aquel que sigue a la muerte física. En el plano psicológico, la muerte es pues una continuidad de nuestra vida terrenal. Por tanto, sí, seguiremos existiendo de manera individual después de morir, pero al principio esta sensación se identifica con la personalidad que estaba vinculada a nuestro cuerpo y con sus hábitos adquiridos, y estamos sometidos a fuerzas de apego. Sin embargo, el momento de la muerte es el principio de una nueva aventura que consiste en redescubrir quiénes somos, más allá de los esquemas de la vida que abandonamos. Es exactamente igual que cuando salimos del cine tras habernos dejado llevar por una buena película: se nos quedan imágenes en la mente aún después de varias horas, incluso días. Nos hemos proyectado en un personaje, nos hemos visto reflejados en él y eso es exactamente lo que nos ha gustado. Nos gusta volver a interpretar internamente una escena, una situación o rememorar un diálogo, para sentir de nuevo la emoción de la proyección. Siempre se produce un reajuste extraño al salir de una sala de cine. Queremos guardar silencio, que ese momento de transición entre la película y la realidad dure aún un poco. Exactamente igual que cuando morimos.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 287
 
 
Desapego
 
Liberarnos progresivamente de la ilusión de nuestra personalidad puede llevarnos más o menos tiempo. Es normal, una consecuencia natural de todas nuestras dinámicas psicológicas. Una realidad que se recuerda a lo largo de las páginas del Bardo Thodol y que yo he experimentado tantas y tantas veces, sobre todo en la Amazonia. Si nos sentimos desestabilizados es porque oscilamos entre dos posturas: el apego a nuestra personalidad y el despertar de nuestra alma. Nuestra personalidad nos resulta familiar y tranquilizadora, mientras que nuestra alma es un espacio desconocido. Al ser humano no le gusta el cambio, por lo que somos reticentes a abrirnos de manera espontánea a esta dimensión que tenemos olvidada. Esta está más presente y accesible de lo que lo ha estado nunca durante toda nuestra vida terrenal y nos atrae, pero la idea de alejarnos de las orillas familiares de nuestra personalidad nos desestabiliza. Como un animal salvaje encerrado en una jaula que tarda un tiempo en darse cuenta de que la puerta lleva días abierta y que lo único que le impedía salir era su aprensión. Y, en definitiva, de huir, de ser libre al fin. Así, durante los primeros instantes, se alternan momentos de expansión y momentos de recogimiento. Somos arrastrados por fuerzas que no podemos controlar. Somos libres y, desconcertados por esa libertad tan grande, nuestro imaginario da vida a todas nuestras creencias y deseos. También a nuestros miedos. El modo en el que transcurre ese periodo de adaptación está influenciado directamente por nuestra predisposición psicológica. Durante nuestro tiempo en la tierra, ¿hemos tendido a ser flexibles ante los avatares de la vida? ¿Hemos demostrado tener la facultad de aceptar cualquier cambio, pequeño o grande, así como los imprevistos de la existencia? Si es así, todo irá como la seda, sin que necesariamente hayamos estado abiertos espiritualmente. Por el contrario, quizá sí que hayamos cultivado durante gran parte de nuestra vida una apertura espiritual, pero no hayamos puesto demasiado empeño en conocer y trabajar, como dice Welwood, todo un sistema de dinámicas psicológicas de las que nos será más complicado liberarnos tras la muerte. No hay ningún tipo de juicio en esta afirmación. Al otro lado no nos espera ninguna condena. Durante ese periodo de adaptación tras nuestra muerte, no estamos solos. Nunca lo estamos. Nunca estamos abandonados a nuestra suerte. Desde la primera milésima de segundo, nos están esperando. Nuestros ancestros están ahí, aquellas personas que se fueron antes que nosotros. Una madre, un padre, un esposo o una esposa, un hijo, unos abuelos, miembros de nuestra familia que no hemos conocido, pero también maestros o almas gemelas que se presentan como haces de luz finos y largos que irradian un amor infinito. Están ahí para acogernos, acompañarnos en nuestra toma de consciencia y ayudarnos a que podamos distanciarnos poco a poco de nuestra personalidad. A hacer renacer nuestra alma.
 
Durante ese tiempo fuera del tiempo, se produce progresivamente el recogimiento de nuestras dinámicas psicológicas y de apego. Poco a poco vamos perdiendo el hábito reflejo de identificarnos con una personalidad. No hay un tiempo establecido para este proceso, pero una vez que la lucidez se ha estabilizado, el individuo que fuimos en la tierra no desaparece, simplemente pierde su poder de control y deja que (re)aparezca el ser fundamental que realmente somos. Se trata de una experiencia indescriptiblemente armónica, repleta de la inefable luz del amor más profundo. Una vez que la personalidad ha dejado de impregnar nuestra alma, deja también de invadirnos y, sin duda, se presenta ante la consciencia como se me presentaron aquellas extrañas esferas de vidas. Puede observar desde la distancia, contemplar toda una vida, sus recuerdos, sus experiencias, cualquier mínimo detalle, ahora accesibles en su totalidad. La personalidad puede descubrir también la presencia de otras esferas, de otras vidas en las que experimenta otras encarnaciones. No «vidas anteriores», sino otros reflejos depositados en diferentes épocas de la historia temporal del mundo material, tanto pasadas como futuras. Recordemos que la consciencia es no local. Es exterior al tiempo. Desde su punto de vista, todas estas encarnaciones se superponen entre ellas. Así, todas «nuestras» vidas, consideradas desde el punto de vista de nuestra consciencia, se desarrollan al mismo tiempo. Al igual que la Luna es única, pero sus reflejos son múltiples, tantos como los charcos de lluvia en los que se refleja. Así, la «reencarnación» no es nuestra personalidad que habría tenido «vidas anteriores», sino nuestra consciencia, que está viendo varias películas al mismo tiempo. Entonces, le es posible volver a adentrarse en una esfera sin arriesgarse a quedarse atrapada en ella. Volver a entrar temporalmente. Volver a ponerse lo que no es más que un disfraz en cuatro dimensiones. Encontrar una identidad, pero no para ahogarse en ella, sino para utilizarla con el objetivo de acercarse a sus seres queridos que aún están en la tierra, por ejemplo. Estar en ella el tiempo justo para mandar una «señal» por un cumpleaños o cuando sus allegados consultan a un médium y quiere asistir a la cita. ¿Acaso estas esferas son vórtices, túneles que unen nuestro mundo terrenal con el mundo del alma? Esta reinmersión temporal que busca acercarse a seres encarnados requiere un esfuerzo al alma que se ha desplegado en el amplio espacio de la realidad no local. Implica regresar al tiempo y la materia, someterse de nuevo a las restricciones terrenales para ser perceptible. Entrar en el túnel, volverse a poner ese traje de buceo mojado, demasiado pequeño, incómodo y anestesiante. Mis experiencias chamánicas me ayudaron a comprender el esfuerzo que exige el hecho de regresar al nivel del mundo físico una vez que hemos conocido la realidad espiritual. Incluso comunicarse es complejo, tener que emplear palabras y conceptos cuando nadamos en el conocimiento absoluto, en una armonía pura en la que la comunicación entre consciencias es instantánea y no emplea un modo verbal, ya que es algo totalmente transparente.
 
Es una de las cosas que me impactó cuando, tras morir tu abuelo, contacté con él a través de médiums. Sé que mi padre estuvo presente en cada una de las sesiones, pero, sin poder explicar por qué, sentía que era diferente al hombre que había sido y, sobre todo, que no le había sido fácil venir. Ahora entiendo mejor todo lo que él y Thomas tuvieron que hacer para manifestarse ante mí en mi realidad física. Durante años les he pedido que vengan a verme, sin saber que una parte de mí ya está en su mundo. En efecto, si nuestra consciencia fundamental no se encuentra sometida al espacio y al tiempo, ya está allí, en este mismo instante, en el mundo de los «muertos». Una parte de aquello que somos ya está fuera del tiempo. Además, mientras vivimos en esta tierra, nuestra consciencia fundamental no ocupa un espacio distinto. Se encuentra en el mismo lugar. En el espacio no local. Para la consciencia no hay mundos separados, todas las consciencias están en este mismo momento en la misma realidad. Aun cegados por nuestra personalidad y encarnados en la tierra, estamos conectados todo el tiempo con esa dimensión no local, al igual que con el mundo, con los otros seres que lo habitan. Todos estamos conectados, como minúsculos granos de arena en una inmensa playa.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 290
 
 
Antes de mis viajes chamánicos, era cautivo de mi personalidad y consideraba el mundo material como el centro de mi realidad. Quería que mi hermano y mi padre regresaran, constatar su manifestación en este mundo material. Ignoraba que mi alma ya estaba con ellos y que, al dejar de ser prisioneras de su personalidad, las almas de mi padre y de Thomas son, paradójicamente, más accesibles. Me aferré a la imagen que tenía de ellos. Creía que el amor que nos unía era aquel que habíamos experimentado durante nuestra vida: el amor de dos hermanos, el amor de un padre y de su hijo. También pensaba que aquello que nos conectaba no podía superar las relaciones que nuestras personalidades habían desarrollado y compartido durante varias décadas.
 
Ignoraba que estamos conectados por un amor aún más grande y que este amor ahora es libre del apego humano.
 
Paradójicamente, el vínculo de amor que une a las almas entre ellas, entre las de nuestros seres queridos desencarnados y nosotros mismos, es realmente incondicional. Un corazón tranquilo puede sentirlo. Porque el corazón es la puerta de entrada del alma.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 206
 
 
El corazón es la puerta del alma, y el amor, un puente energético entre los mundos material y espiritual.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 206
 
 
La vida es una invitación a retomar el contacto con nuestra parte espiritual, esa dimensión dentro de nosotros que sabe. Recuperar el vínculo con nuestra consciencia fundamental es también retomarlo con aquellos que amamos y que pensábamos que se habían marchado. Cuando el ego desaparece, las almas se encuentran. Porque en el plano del alma no hay fronteras. Los millones de reflejos de la consciencia que aparecen en tantos individuos y seres sensibles en nuestro mundo material y, sin duda, en muchos otros, están conectados entre ellos. A veces podemos sentirlo, cuando, por ejemplo, estamos felices. Esos instantes en los que nos dejamos llevar, en los que el ego se borra de manera espontánea y en los que esas partículas de amor espiritual nos atrapan. La belleza de un paisaje, de una sonrisa, de un momento fugaz o de una mirada, todo aquello que sorprende al ego y lo desarma deja emerger nuestra alma.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 295
 
 
Mantener la conexión con nuestra alma
 
Durante todos estos largos años de investigación, de viajes y de experiencias, he intentado comprender la muerte y, sin embargo, la vida se ha impuesto ante mí. ¿Parece sorprendente? La muerte es un espejo de la vida porque transforma todo lo que pensamos ser: un individuo estable con características bien establecidas cuya «muerte» revela que no era más que una máscara. Atravesamos nuestra existencia ignorando quiénes somos realmente. Nos aferramos a una ilusión, la del personaje que hemos construido, y nos aterra la idea de verlo desaparecer algún día. Pero en realidad no somos ese personaje. La identidad con la que nos hemos identificado tan intensamente no es más que un papel, una máscara. Esa máscara es la imagen de nuestro pasado. Construida en la urgencia y el miedo, como reacción a los innumerables acontecimientos de nuestra vida. Una máscara que camufla divisiones internas y que, por fuerza, carece de coherencia fundamental, por lo que, en definitiva, resulta ser una especie de masa reactiva. Las diferentes partes que la constituyen están en conflicto entre ellas. Ese combate convierte a nuestro inconsciente en una zona de guerra. Una dinámica agotadora que consume nuestra energía y aumenta nuestra confusión. Sin embargo, ese personaje cree firmemente que tiene el control de su vida, convencido de ser únicamente aquello que tiene consciencia, pero ignora que, en realidad, no controla más del 90% de lo que lo mueve, pues son las diferentes dimensiones de nuestro inconsciente las que dirigen el show. Así las cosas, para compensar nuestra confusión, vivimos totalmente hipnotizados por el ruido de nuestros pensamientos, una actividad cuyo único objetivo es el de mantener la aparente cohesión del «rol» que representamos. Y damos vueltas sin parar, haciéndonos continuamente las preguntas equivocadas. Y la vida jamás responde a preguntas equivocadas. Gastamos mucha energía en alimentar esa ilusión, sobre todo cuando luchamos continuamente para acabar con todo aquello que altera el precario equilibrio que pacientemente se ha establecido. Vivimos, por tanto, una vida desconectada, agotadora, que nos aleja cada vez más de la sabiduría de nuestra alma, sin comprender las causas profundas de ese desmoronamiento progresivo. Cada vez más aterrorizados con la idea de perder el control. De morir. Pero la única que morirá será la máscara. El fin del «rol». ¿No sería más útil tomar consciencia del escenario antes de que acabe la película? Para ello, hay que empezar reconociendo cierta vulnerabilidad. Ser vulnerable es aceptar perder nuestra máscara, es desenmascararse. Regalarse la posibilidad de deconstruir el personaje que hemos construido únicamente como reacción a las infinitas influencias de nuestro pasado. Ser vulnerable es permitir que la ilusión que nuestro cerebro alimenta con determinación comience a erosionarse. Solo la verdad, con la lucidez que ella implica, nos hace libres. Saber quiénes somos realmente. Para ello, debemos descubrir los orígenes de nuestras creencias, de nuestras emociones y de las reacciones que estas han provocado y que nos han ido construyendo. Mirarlas con benevolencia y desapego como lo que son: simples mecanismos adaptativos de supervivencia, sin dejarnos arrastrar por nuestras reacciones automáticas. Conocerse es el principio de la sabiduría. Pero ¿cómo ser vulnerable sin desmoronarse? El cuerpo es sabio. Nuestra alma es sabia. La vida es sabia. Un amor inmenso. Eso es la vida. Nuestro cuerpo, nuestra alma y la vida intentan ayudarnos continuamente. No dejan de enviarnos mensajes, pero no sabemos escucharlos. Entonces los repiten en nuestro cuerpo, en nuestra existencia. Todo en la existencia es repetición hasta que el mensaje sea escuchado. Dentro de nosotros, permanentemente, hay un guía cuya voz es silenciada por nuestros pensamientos, nuestro deseo de control, por la idea de que, si reflexionamos, lograremos por «nosotros mismos» encontrar una solución, pero de esta manera no hacemos sino reproducir una y otra vez los mismos esquemas mentales. Ser vulnerable es estar dispuesto a escuchar aquello que murmura dentro de nosotros sin intentar resolver nada, sin empeñarse en «encontrar una solución» a través de la «reflexión». Porque cuanto más pensamos en una solución, menos escuchamos. Sin embargo, todas las respuestas están dentro de nosotros, en una dimensión de nuestra alma eterna, nuestra consciencia pura. Solo esperan que les prestemos atención. Nada de analizar, juzgar o resistirse, solo escuchar. El verdadero viaje comienza ahí donde estás, no donde te gustaría estar.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 295
 
 
Las sustancias psicodélicas apartan el velo. Permiten experimentar nuestra consciencia fundamental durante unos instantes, pero después regresamos. La dinámica de nuestro cerebro vuelve a restablecer sus esquemas de actividad. Podemos vivir la experiencia más trascendental y desconectar de nuestro ego, pero será siempre algo temporal. Según el psicólogo John Welwood, a pesar de que las experiencias nos hagan crecer, si nos conformamos únicamente con ir acumulándolas, nos arriesgamos a regresar inevitablemente al punto de partida, como si la intensidad de todas estas experiencias espirituales no hubiera cambiado prácticamente nuestra estructura de personalidad ni nuestras redes neuronales, siempre condicionadas y volviendo sistemáticamente a las mismas tendencias. Esto no nos deja más remedio que volver a empezar una y otra vez. Como un hombre aislado en una isla que se siente condenado a utilizar un barco para llegar a otras orillas, sin imaginarse que también podría aprender a nadar. Ya lo he dicho antes: nuestra red neuronal por defecto, que cristaliza nuestro ego en su prisión y sus rumiaciones, y que es adormecida por las sustancias psicodélicas, también es sensible a la meditación. La meditación actúa exactamente de la misma manera sobre la red neuronal por defecto, reduciendo considerablemente su actividad. Esto es algo que confirma el neurólogo Steven Laureys: «Aquellos más experimentados en la meditación parecen tener una actividad diferente y más reducida en esta red». En lugar de modificar artificialmente nuestra conectividad neuronal solo durante unas horas antes de que regrese a la «normalidad», la práctica regular de la meditación desarrolla nuevas redes que permiten disminuir de manera duradera el control cognitivo de nuestra red neuronal por defecto. La meditación es un proceso de aprendizaje que activa la neuroplasticidad: hace veinte años aún creíamos que cuando nacemos el cerebro contiene todas sus neuronas y que su número comenzaba a disminuir a partir de los dieciocho años, pero ahora sabemos que esto no ocurre así y que, además, nuestro cerebro evoluciona continuamente en función de nuestras experiencias y que fabrica neuronas a lo largo de toda la vida. Nuestro cerebro puede ser entrenado, y su funcionamiento, modificado. La meditación crea nuevas redes y atrofia otras. Así, entrenando nuestro cerebro para ser menos esclavos de las redes neuronales de supervivencia y de anticipación, tenemos la posibilidad de establecer una relación más directa con nuestra alma, nuestra consciencia y nuestra esencia espiritual. De pronto, sabemos nadar. La práctica de la meditación permite que nuestra consciencia pura esté más presente en nuestro día a día y no solo en momentos excepcionales y escasos, como cuando tomamos psicodélicos. Es más sutil y requiere mayor capacidad para dejarnos llevar, pero ¿acaso no es esa la esencia de la práctica espiritual? Aquella que nos transforma en profundidad.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 299
 
 
Nuestra personalidad, ese «yo» que se ha ido construyendo desde nuestra concepción a través de los condicionamientos a los que nos hemos visto sometidos a lo largo de nuestra vida, no debemos «tirarlo» con la excusa de que oculta e inhibe nuestra esencia. Simplemente, debe dejar de ser predominante. La meditación permite esto. La meditación no debe verse como una simple técnica antiestrés, como a veces se presenta en Occidente, sino como la puerta hacia niveles más elevados de nuestra consciencia.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 302
 
 
La meditación no es psicoterapia ni desarrollo personal, sino un camino hacia el alma. Es, en esencia, una práctica espiritual.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 302
 
 
Luna, si tuviera que quedarme solo con una cosa de estos quince años de investigación y de experiencias, sería esta: nuestra alma está todo el tiempo presente en nosotros. Y los caminos que nos llevan hasta ella son innumerables. Meditación, yoga, chamanismo…, muchas son las opciones que tenemos para desvelarla, para acabar con la resistencia que nos separa de nosotros mismos, de otros y de los mundos en los que viven los espíritus…
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 303
 
 
Epílogo
 
Es un día como cualquier otro. Estoy sentado con los ojos cerrados. Un tiempo para mí. He hecho una pequeña pausa en mis actividades y me he puesto cómodo para ese momento de inmersión en el presente. Respiro pausadamente, intentando centrarme solamente en lo que siento y no abrazar los pensamientos que vienen a mi mente. Solo sentir lo que ocurre en mi cuerpo.
 
Entro en mí, en esas sensaciones. Me visualizo como una pequeña bola del tamaño de una pelota de tenis. Después, veo la pelota derretirse y desparramarse por el suelo, que la absorbe. Sentir, sentir lo que pasa. Soy esa agua que penetra en la tierra. No «querer», no «decidir», mi consciencia está ahí, si me dejo llevar. Debo abandonar cualquier resistencia, tener confianza, calmar la tendencia de mi mente a querer controlar. Respirar, sentir. Entrar en mí. No «pensar en lo que tengo que hacer».
 
Tengo una sensación de pesadez en la barriga.
 
Presión en la parte baja de mi abdomen. Entrar en esa sensación. Siento una bola enorme en el estómago. Respiro. Se transforma en una especie de hueso de mango. Un hueso que va creciendo y que pronto alcanza el tamaño de mi busto. Sentir, confiar.
 
Ese hueso cambia de naturaleza, se superpone a mi cuerpo, se convierte en algo menos material, como una nube de filamentos de energía que pronto envuelve todo mi ser y va creciendo más y más hasta entrar en un océano.
 
Me convierto en océano. Soy una partícula de consciencia en medio de un espacio azul oscuro sin límites.
 
La experiencia cada vez es más intensa. Me abandono, todo se vuelve tan fuerte como durante mis sesiones con altas dosis de LSD, pero no he tomado nada, solo me he sentado y, a través de la respiración, consigo permanecer centrado en lo que siento. No puedo creer que esté viviendo una experiencia tan intensa sin nada. Solo siendo capaz de dejarme llevar.
 
Respiro cada vez más despacio, hasta que mi aliento se vuelve prácticamente imperceptible. No bloquear la experiencia con un movimiento, una contracción muscular. El instante es mágico, poderoso, extraordinario. Soy el océano. Me sumerjo en sus aguas infinitas, soy el agua. El océano. Todos los océanos de la tierra. La tierra entera. Y me voy alejando a una velocidad sorprendente, el planeta azul se hace cada vez más pequeño. Atravieso el sol y, por un momento, me encandila, un destello hace que me sobresalte de verdad, y ya estoy al otro lado. Crezco más y más, hasta convertirme en el universo, el cosmos en su totalidad.
 
Entonces, en ese infinito absoluto, siento que adquiero la forma de una especie de burbuja de jabón alargada y azul oscuro, sin rostro, sin miembros, solo una membrana translúcida del tamaño del universo entero. Soy el universo.
 
Y, de pronto, hay otras dos formas idénticas. Dos universos más. Dos formas alargadas, translúcidas y azul oscuro. Están a mi izquierda, un poco por encima. Somos tres seres divinos e infinitos en un cosmos infinito. Es hiperintenso y totalmente psicodélico.
 
Sin rostro, sin ojos, sin forma.
 
Otros dos universos junto a mí.
 
Y, de pronto, me invade una enorme emoción. Una emoción que estalla en mi vientre hasta el punto de que casi rompo a llorar. Es una asombrosa emoción de ternura, de amor. Son mi padre y Thomas los que están ahí. Papá delante, Thomas ligeramente detrás. El amor nos inunda. Siento que podríamos fusionarnos y, entonces, todo sería indescriptible. Que «mi» universo divino y el de mi padre podrían ser solo uno. Ese momento es poderoso. Increíble. El tiempo se ha detenido, mi respiración es pausada. Permanezco en silencio ante papá y Thomas, esperando algo. Tengo los ojos cerrados, estoy entre dos mundos, sin saber muy bien qué hacer. «Qué hacer». Ahí está de nuevo mi mente y su reflejo de «pensar» que hay que «hacer algo». Sin embargo, la experiencia es tan poderosa, tan emotiva, tan intensa.
 
Papá, de verdad.
 
Siento una emoción gigantesca en el momento en que nuestras membranas se tocan. Sin duda, la fusión sería una explosión indescriptible. ¿Un punto de no retorno, quizá? ¿Demasiada emoción? Demasiada belleza, demasiado poder, demasiado infinito. Por tanto, solo nos rozamos y ya es algo enorme. Extraordinario. Inmenso. Emotivo.
 
Abro los ojos. Estoy ahí, en mi universo familiar, en mi casa, emocionado por la facilidad con la que esta experiencia completamente loca e inesperada acaba de atraparme. Simplemente me he sentado, he respirado y he entrado en mí sin aferrarme a ningún pensamiento.
 
 
 
Solo necesitamos amor para abrir la puerta. Solo dejar de querer controlarlo todo…
 
 
 
Lo que vive en nosotros no puede morir.
 
Stéphane Allix
La muerte no existe, página 304
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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