A raíz de la democratización, los estúpidos del mundo
moderno cuentan, por ser mayoría, con el papel fundamental de escoger a sus
gobernantes, o lo que es lo mismo: la estupidez es la que ostenta el poder. La
pregunta que los seres dotados de una racionalidad superior al estúpido se
plantean continuamente es cómo es posible que las personas estúpidas puedan
alcanzar posiciones de poder y autoridad. Donde antaño los puestos de mayor
responsabilidad quedaban reservados para la gente más instruida, con la llegada
de la democracia estos fueron ocupados por los partidos políticos. Como
explicamos en anteriores obras, esto es inevitable en las democracias modernas.
No existe ejemplo alguno —ni nunca podrá existir debido a la naturaleza de la
democracia— de un sistema democrático que no cuente con partidos políticos que
agrupen a un gran número de personas y electores. Las elecciones democráticas
brindan una gran oportunidad a la estupidez para poder perjudicar a todos los
demás sin obtener ningún beneficio. Numerosos son los ejemplos de cómo una
nación ha resultado empobrecida y denigrada a través del voto democrático
porque la mayoría de las personas llamadas a votar son estúpidas. A tenor de
esta realidad no resulta extraño que el poder político haya azuzado el potencial
nocivo de los estúpidos. Incluso el gobernante hace uso de su inteligencia
malvada para fomentar la estupidez y así poder manipular mejor a la masa,
Jano García
El triunfo de la
estupidez, página 10
… es estúpida por naturaleza. La masa, con su alma burda y
estúpida, se entrega para saborear los bienes de la democracia convertida
irremediablemente en la competición de los necios.
Jano García
El triunfo de la
estupidez, página 10
Frente a una persona estúpida, al ser de todo punto
imposible comprender su nulo razonamiento, el individuo racional se halla
completamente indefenso. También hay que tener en cuenta el hecho de que la
persona estúpida no sabe que lo es. El que es inteligente lo sabe en mayor o
menor medida, pues la humildad suele acompañarle. Igualmente, el malvado sabe
que es un ser despreciable y por eso recurre a disfrazar sus acciones para no
ser descubierto. El estúpido se exhibe sin remordimientos llegando al punto de
alardear de su acción ridícula porque cree haber tenido una idea brillante.
Jano García
El triunfo de la
estupidez, página 13
Fueron
numerosos los filósofos de la Antigua Grecia que alertaron del devenir de la
democracia en demagogia. Especialmente debemos recordar a Aristóteles y su
clasificación de formas de gobierno posibles. Para el filósofo griego todo
dependía de quién ostentaba el poder y, sobre todo, si gobernaban atendiendo al
bien común o al interés particular:
GOBIERNO DE
UNO | GOBIERNO DE
UNOS POCOS | GOBIERNO DE
MUCHOS | |
GOBIERNOS RECTOS | MONARQUIA Uno en
beneficio de todos | ARISTOCRACIA Los mejores | REPÚBLICA (Politeia) La mayoría
sin perjudicar a la minoría |
DESVIACIONES DE GOBIERNO | TIRANÍA Uno en
provecho propio | OLIGARQUÍA Los ricos en
su propio
interés | DEMOCRACIA La masa en interés del
pobre |
Así, el
gobierno de uno solo podía ser una monarquía (buena) o una tiranía (mala); el
gobierno de unos pocos podía ser una aristocracia (buena) o una oligarquía
(mala); por último, el gobierno de muchos podía ser una politeia (buena)
o una democracia (mala). Puede sorprender al lector el hecho de que Aristóteles
utilizara la democracia como sinónimo de mal gobierno y una de las formas de
degeneración posibles. Para él, la democracia definida como «gobierno de los
pobres en su propio provecho» suponía que los pobres gobernaban en su propio
interés en vez del interés general. No es que Aristóteles establezca que si el
número de pobres es mayoritario entonces la forma de gobierno de los muchos
será nociva, sino que advierte de que el gobierno de los muchos será negativo
si los gobernantes deciden servir al interés propio en vez de al general, es
decir, si se trata de un gobierno en favor del interés particular. En cierta
medida, Aristóteles alertaba del futuro de las democracias al considerar que
«en todas partes los ricos son pocos y muchos los pobres», y por lo tanto los gobernantes se centrarían en
captar el voto de la mayoría generando, como así ocurrió, la demagogia para
encandilar a los muchos y llevar a cabo políticas contrarias al bien común.
Jano García
El triunfo de la
estupidez, página 15
Como es lógico, el aspirante a gobernar no suele ser
estúpido —mas sí maligno— y para ello recurre al término «pueblo». Nadie en su
sano juicio, a pesar de deber su poder a la masa, saldría al balcón a celebrar
los resultados electorales dándole las gracias. He aquí una diferenciación que
debe quedar clara. Por tanto, ¿qué diferencia existe entre pueblo y masa? El
pueblo es el concepto al que recurre el demagogo con la intención de presentar
una masa compacta. Al pueblo se le otorga una sola voluntad, una sola
conciencia y una sola ideología. De esta forma se consigue eliminar el carácter
individual de los que conforman el pueblo, a pesar de que es evidente de que
son los muchos los que lo componen. ¿El pueblo es solo el que vota? ¿No es
también pueblo el que no acude a votar? ¿No es pueblo el niño de ocho años que
no tiene derecho a voto, o acaso ese también ha decidido que gobierne uno u
otro? ¿Es pueblo el que tiene el pasaporte nacional y no el que posee un
permiso de residencia temporal que le permite votar en determinadas elecciones?
El pueblo, como vemos, incluye a todos: desde el recién nacido hasta el más
anciano, los criminales, los estúpidos, los brillantes, los mediocres, los
válidos, los buenos y los malos. Todos conforman el pueblo sin importar su
participación, condición o capacidad. El demócrata recurre al término «pueblo»
únicamente como recurso para alentar a la masa haciendo creer que todo obedece
a una voluntad única y uniforme. Ni siquiera podríamos tachar de pueblo a la
mayoría que ha decidido que gobierne uno u otro, pues ello implicaría despojar
de esa condición a la minoría que ha votado en contra. Una vez aclarado que el
pueblo no es lo mismo que la masa, de igual modo sería absurdo afirmar que
todas las masas son iguales, que no hay distinción entre la masa de una nación
y otra. Cada una de ellas tiene, sus particularidades. No obstante, sí podemos
diseccionar el comportamiento de la masa sin importar cuáles son sus
singularidades, pues su comportamiento obedece a una serie de consignas y
características que son invariables sin importar la región del planeta en la
que habite.
Jano García
El triunfo de la
estupidez, página 18
Una de las horrendas habilidades que tiene la masa es la
capacidad de convertir a un individuo brillante en uno estúpido conforme
engrosa las filas de la masa. Puede existir un abismo entre dos individuos que
pertenecen a la masa por separado, pero unidos en ella su rendimiento
intelectual desciende inevitablemente. Lo heterogéneo, lo desigual, queda
sustituido por la homogeneidad. Este descenso intelectual explica por qué la
masa no es capaz de realizar actos que requieren una inteligencia, una habilidad
o una técnica elevadas. La aglomeración siempre implica una reducción.
Supongamos que colocamos a un tipo con un cociente intelectual de 150 puntos.
Aleatoriamente vamos sumando individuos con cocientes intelectuales dispares y
realizamos una media una vez alcanzamos los cien miembros. Inevitablemente, la
media será inferior a la que poseía el individuo aislado. La masa no acumula el
talento, sino la mediocridad, y por ello la masa adquiere, por una cuestión
numérica, un comportamiento errático. Así, una decisión tomada por uno, dos o
tres individuos talentosos será siempre mejor que aquella tomada por un grupo
de doscientos, quinientos o mil sujetos talentosos. Incluso en una decisión
adoptada por centenares de talentosos no encontraríamos una gran diferencia que
la tomada por un grupo reducido de idiotas. Otra de las particularidades del
poder de la masa es su efecto contagioso. Una vez el individuo ha quedado
atrapado, este se contagia mentalmente del comportamiento de la mayoría
manifestando opiniones y actuando de forma contraria a como lo haría a título
individual. Esta práctica se ve claramente en los festejos populares. Nadie en
su sano juicio decidiría orinar en un portal un lunes laborable a las doce de
la mañana; sin embargo, con la llegada de la masa y su conquista de las calles,
este individuo se atreve a llevar a cabo dicha acción únicamente porque la masa
convalida su comportamiento. Si todos lo hacen, ¿por qué yo no? En una masa
toda acción, todo sentimiento y toda idea son contagiosos, llegando al punto de
actuar de manera contraria a los valores que de forma individual se defienden;
una actitud que el hombre solo es capaz de asumir cuando forma parte de una
masa. Este poder consigue paralizar el raciocinio, el civismo y el buen hacer
al hombre-masa cuya personalidad queda eliminada y su discernimiento, abolido.
Este poder guarda una gran relación con la presión de grupo.
Jano García
El triunfo de la
estupidez, página 20
Sería algo excepcional en la historia del mundo que un
régimen detestado por las poblaciones haya durado cinco siglos. No se
explicaría que treinta legiones imperiales hayan podido someter a cien millones
de personas».
Jano García
El triunfo de la
estupidez, página 28
Sin duda, nuestro siglo será citado por los historiadores
del futuro como aquel en el que se intentaron con mayor intensidad todo tipo de
disparates. Los delirios colectivos impresionan el alma de las masas bajo
oradores que apelan a sus sentimientos para ganarse su favor. Las leyes lógicas
y racionales no causan impacto alguno sobre ella, por lo que para conquistar a
la masa hay que conocer los sentimientos que la mueven y ser capaz de modificar
los mensajes conforme varía su espíritu. La masa es un rebaño que no sabría
cómo actuar sin su pastor. Al no poseer una idea mínimamente elaborada y
razonada, requiere alguien que la guíe por los senderos más tenebrosos. No es
la búsqueda de la libertad lo que motiva a la masa, sino la búsqueda de la
servidumbre. Instintivamente se somete al primer autoproclamado nuevo mesías y
se entrega con una convicción plena y una fe renovada.
Jano García
El triunfo de la
estupidez, página 31
Para que un estúpido te entienda, uno debe decir
estupideces.
Jano García
El triunfo de la
estupidez, página 32
La manipulación de masas es muy sencillo generar un
sentimiento que no se corresponde con la realidad. La masa simplemente necesita
una excusa, un acto que la asombre y le impacte para asumir como real un
argumento que no se sostiene a tenor de los datos.
Jano García
El triunfo de la
estupidez, página 35
¿Cuántos envidiosos declarados conoce usted? ¿Cuándo alguien
le ha dicho que hizo esto o lo otro por pura envidia? ¿Qué nos revela tal
afirmación? Que la envidia es un sentimiento razonado y, por ello, doblemente
negativo. ¿Por qué decimos esto? Porque, a diferencia de la alegría, que brota
sin una justificación racional, sino más bien impulsiva, cuando un padre ve a
su hijo después de muchos años, o la tristeza que aparece cuando fallece uno de
nuestros progenitores, la envidia requiere de un proceso de razonamiento que te
convenza de envidiar al prójimo, ser consciente de ello y así poder ocultarlo.
Nadie puede ocultar un sentimiento que nace de manera instintiva o natural sin
razonamiento previo, mientras que la envidia sí puede ser escondida y disfrazada.
¿De qué manera? De mil formas, aunque la preferida siempre suele ser la
justicia. ¡Expropien al rico! ¡Que paguen más! ¡Distribuyan la riqueza!
¡Instauren un nuevo impuesto! ¡Establezcan cuotas para las mujeres! Todas estas
afirmaciones obedecen a la envidia, pero la masa las disfraza de justicia.
Nunca nadie afirmó: «¡Que los ricos paguen más, que nos dan envidia!». La
envidia es el más oculto de los vicios humanos y el envidioso siempre es
insaciable. Nunca verá suficiente en el expolio que sufre el prójimo hasta que
este no se vea reducido al mismo nivel que él. Un sentimiento contagioso que la
masa española enarbola continuamente causando todo tipo de desdichas.
Jano García
El triunfo de la
estupidez, página 50
La desigualdad es condición natural del ser humano y solo a
través de la coacción, la arbitrariedad y la injusticia se puede lograr la
supuesta igualdad.
Jano García
El triunfo de la
estupidez, página 67
En España se realizan numerosos diagnósticos sobre los
problemas que nos rodean, pero nunca se señala el mayor de todos: la envidia.
El hostigamiento al que se enfrenta el hombre superior creador de riqueza y
progreso genera un empobrecimiento generalizado que, trágicamente, queda
asumido y estimulado por el coro envidioso que prefiere la igualdad en la
miseria que la desigualdad en la riqueza. La igualdad entre los hombres solo
puede darse en la pobreza global y, para ello, es necesario acabar con el pequeño
puñado de hombres estelares.
Jano García
El triunfo de la
estupidez, página 80
Pero la masa estaba hambrienta de totalitarismo distópico y
se inclinaba como una ramera a cualquiera que fuera la barbaridad que se le
incitaba a cometer. Algunas de ellas fueron las siguientes:
–En los aeropuertos quedaba terminantemente prohibido
sentarse junto a otras personas. Eso sí, una vez en el avión, ahí estaban todos
bien hacinaditos porque el COVID-19 no era de subirse a los aviones —tenía
vértigo— y sí mucho de salas de espera.
–Dentro de los aviones era obligatorio llevar la mascarilla
excepto si pedías unos cacahuetes o una botella de agua. Entonces el COVID-19,
que siempre ha sido extremadamente educado y no le gusta interrumpir, se
mantenía al margen y no te infectabas. Ahora bien, si no comías, te tocaba
ahogarte en tu propio aliento.
–En los conciertos, los cantantes portaban una mascarilla
con una abertura para poder cantar. Esto, en la práctica, era como no llevar
nada, pero la estupidez es supersticiosa y el COVID-19, por lo que se veía,
también.
–No eran pocos los ciudadanos que conducían con la
mascarilla puesta aun estando solos en el vehículo, no fueran a reinfectarse a
sí mismos tosiendo. Estos estúpidos eran los favoritos del COVID-19.
–Las playas se parcelaban para que los ciudadanos que decían
acudir a la playa al aire libre no se infectaran. Esta medida consiguió evitar
la infección de la increíble cifra de 0 personas. Pero ahí estaba la masa
obediente. Incluso alguno se metía en el mar con la mascarilla puesta, no fuera
a infectar a algún pececillo.
–Se presentaban guías para desinfectar el pan, la compra,
etc. Incluso se puso de moda el uso de guantes, si bien es cierto que por un
corto periodo de tiempo, porque no servían para nada.
–Quedaba prohibido ir sin mascarilla al baño del
restaurante. Eso sí, en la mesa uno podía quitársela porque el COVID-19 era un
poco pillo y acechaba detrás de la puerta de los baños de los bares.
–En el Ayuntamiento de Lucena se prohibió quedarse quieto y
de pie partir de las 19.00 horas para «evitar contagios». Y es que era bien
sabido que al COVID-19 no le gustaba la gente calmada.
–En las largas colas de las discotecas al aire libre era
obligatorio el uso de mascarilla, pero una vez dentro de la discoteca uno podía
quitársela y gritar, abrazarse y morrearse junto a cientos de personas.
–La hostelería debía cerrar a la 01.00 y quedaba prohibido
el consumo en la barra. Nunca nadie leyó un informe que dijera que el COVID-19
tenía especial interés por las barras y no por las mesas.
–Quedaba prohibido que fueran más de seis personas las que
se reunieran en Navidad. Nunca nadie leyó un informe que dijera que el COVID-19
se impacientaba y se volvía loco si la reunión era de siete. Seis era, según
los expertos, el número exacto. Ni uno más, ni uno menos. Así lo determinaba
«la ciencia».
–Se instauró el toque de queda entre las 00.00 y las 06.00
excepto los días 24 y 31 de diciembre, cuando el toque de queda pasaba de ser
desde la 01.30 hasta las 06.00. Porque, como todo el mundo sabía, el COVID-19
también descansaba y en festivos su capacidad de contagiar menguaba
considerablemente. ¡Que lo decía la ley, oiga!
–Se crearon los llamados «Espacio free covid». A la masa le
otorgaba tranquilidad —víctima de su limitada capacidad intelectual— leer un
cartelito que le asegurara algo que resultaba imposible. Si bien es cierto que
si eso ocurre con los puntos violetas, ¿por qué no con el coronavirus?
–Se pintaron marcas en las aceras para respetar la distancia
de seguridad, porque el COVID-19 a dos metros bien, pero si te colocabas a un
metro y ochenta centímetros, entonces te hacía implosionar.
–En muchos aparcamientos se dejaba una plaza de separación
entre los vehículos con el propósito, debe ser, de que no se infectaran los
coches entre ellos.
–Se montaron impresionantes dispositivos con la
participación de helicópteros para detener a peligrosos individuos que
surfeaban solitarios en el mar.
–A los enfermos ingresados en los hospitales se les mantenía
con las ventanas abiertas en pleno invierno. De esa forma, si la neumonía
bilateral no la tenían muy desarrollada, podían cogerla con más fuerza. Todo
era para salvar vidas.
–Se colocaron flechas en los supermercados, centros
educativos, hospitales, etc., para Dios sabe qué.
–Solo podía circular en coche un conductor, sin
acompañantes. Estaban prohibidos los desplazamientos con más de una persona en
el interior del vehículo. Es decir, un padre no podía llevar a sus hijos en el
coche, pero luego en casa sí podía estar con ellos porque el COVID-19 se
mareaba en el coche y respondía infectando, mientras que en una casa particular
no. Las multas por incumplir el disparate oscilaban entre los 300 y los 1.000
euros.
–En Castilla y León, por ejemplo, solamente podía haber 25
personas en la catedral de Salamanca, pero más de 50 en los autobuses urbanos.
El COVID-19 nos salió protestante y perseguía con fiereza a los católicos.
–Un matrimonio no podía ir en el mismo coche, pero sí dormir
juntos en la misma cama porque el COVID-19 es un romántico. Posteriormente, en
los coches de cuatro o cinco plazas podían viajar dos personas, una por fila.
–El Parlamento fue clausurado, algo que no había ocurrido ni
durante la Segunda Guerra Mundial mientras la Luftwaffe bombardeaba
continuamente Londres.
Podríamos enumerar decenas de estúpidas normas que los
ciudadanos tuvieron que seguir y que no sirvieron para evitar contagio alguno,
pero sí para comprobar hasta qué punto la estupidez reinaba.
Todas estas medidas estaban avaladas por un comité de
expertos ¡que resultó que no existía! Estaba compuesto por nadie. Así, sin más.
A veces uno no tiene más remedio que dar las gracias a las generaciones que nos
han precedido y dejado un país desarrollado. De lo contrario, si dependiera de
la degeneración más preparada de la historia española y con tanta deficiencia
mental acumulada, España sería, en el mejor de los casos, algo parecido a
Somalia. Pero la vida es injusta y mientras nosotros saboreamos las mieles del
primer mundo, otros pagan las consecuencias del tercermundismo.
Jano García
El triunfo de la
estupidez, página 98
La estupidez fue la que permitió al poder extender sus
tentáculos. La pandemia del COVID-19 fue el último ejemplo de cómo la masa
puede implorar la intervención gubernamental para paliar sus desdichas. El
poder político, evidentemente, acudió encantado para mostrarse como el salvador
a pesar de que todo era una gran mentira.
Jano García
El triunfo de la
estupidez, página 114
No es exagerado decir que gran parte del control que se
impuso —sobre todo a través de la tecnología— sigue vigente en la actualidad.
La masa se vio encantada de compartir el poder con los gobernantes y los
gobernados reafirmaron la execrable naturaleza de la mayoría. Y todo se dio
bajo regímenes democráticos. Por lo tanto, la tesis democrática que sostiene
que los distintos contrapoderes limitan y controlan el poder del gobernante se
revela como falsa, pues todo queda reducido a lo que apruebe un parlamento. Las
mayores atrocidades cometidas contra la libertad y los derechos naturales del
hombre en el siglo XXI se hicieron, a diferencia de otras épocas, bajo el
paraguas democrático y la libertad de voto. El arrogante occidental que suele
mirar con desprecio a los regímenes totalitarios lejanos es incapaz de observar
el suyo propio. Los demócratas aprobaron leyes que impidieron salir de casa —y,
por ende, trabajar y alimentar a sus hijos— a todos aquellos padres de familia
que no se habían inyectado la vacuna contra el COVID-19. «¡Es el imperio de la
ley!», berrean a la luz del alba los «demobestias». Sí, claro, del mismo modo
que el imperio de la ley rige Corea del Norte, China, Cuba o Venezuela. La ley,
en muchas ocasiones, no deja de ser el pasto que alimenta las almas de los que
están dispuestos a aceptarla y no desobedecerla a cambio de vivir en un establo
seguro sin importar el contenido de la misma.
Jano García
El triunfo de la
estupidez, página 114
Como decía, Ómicron infectó masivamente a la población y la
farsa saltaba, por fin, por los aires. Hasta el más necio empezaba a dudar del
cuento que había escuchado durante tanto tiempo. No era necesario que los
vacunados y ultravacunados se infectaran masivamente para percatarse del
engaño. Bien sencillo resultaba, aplicando el uso de la lógica meses antes,
desmontar la mentira. El diálogo entre el Relato y la Realidad era el
siguiente: Relato: Si te vacunas, no te infectarás. Realidad: Los vacunados se
infectan. Relato: Bueno, te infectas, pero no acabas en la UCI seguro.
Realidad: Falso. Muchos vacunados terminan en la UCI. Relato: Vale, pero es que
en realidad la vacuna no evita que te infectes, pero evita que te mueras.
Realidad: Personas vacunadas fallecen. Relato: Los vacunados infectan menos que
los no vacunados. Realidad: Los vacunados infectan igual que los no vacunados.
Relato: Ya, pero es que se tiene que vacunar todo el mundo para que funcione la
estrategia. Realidad: ¿Qué clase de vacuna es aquella que no protege al
vacunado?
Jano García
El triunfo de la
estupidez, página 116
Es un deber moral poner al alcance de la humanidad todos los
medios a nuestro alcance para su desarrollo. Solo una desenfrenada avaricia por
sostener el poder puede reclamar —como lo hacen los gobernantes que ofrecen
infinitas ayudas sociales a aquellos que por sí mismos pueden labrarse su
futuro— poseer el monopolio de los recursos que rodean a todas las sociedades
para corromperlas y generar calamidades a las gentes bajo la falsa apariencia
de la solidaridad. Pero ¿no hay acaso un porcentaje de seres humanos que no
pueden cubrir sus necesidades básicas por sí solos?, reprenderá el amante de
los falsos regalos con preciosos envoltorios. ¿No hemos respondido acaso a esa
falsa dicotomía ya? No estar a favor de un sistema injusto, del mercadeo
tercermundista, de la compraventa de votos y de la demagogia como medio para
alcanzar el poder no implica que la postura contraria sea que el Gobierno no
utilice el Estado para ayudar al desprovisto. La obligación moral de cualquier
ser humano es ayudar al desfavorecido como bien indica el verdadero significado
de la justicia social, pero convertir un país en una dispensadora de
privilegios para una masa inerte y hacer pagar a una pequeña minoría la tiranía
de la mediocridad no tiene nada de solidario, justo o social. ¿Exageramos a la
hora de afirmar que la economía ha dejado de estar orientada al bien común y la
justicia social para hacer realidad los sueños de una banda de dementes
incapaces de comprender cómo están generando su propia destrucción?
Jano García
El triunfo de la
estupidez, página 137
Si hay un pueblo envidioso por naturaleza, ese es el
español.
Jano García
El triunfo de la
estupidez, página 141
Si por algo se caracteriza el tonto contemporáneo es por
creer que su tiempo es superior moral, ética, estética y espiritualmente del
resto.
Jano García
El triunfo de la
estupidez, página 159
El rey Guillermo III, en el año 1696, creó el Window Tax
(impuesto a las ventanas) con el objetivo de aumentar la recaudación de las
arcas públicas. Por supuesto, el impuesto iba dirigido a los más ricos, pues el
rey sostenía que aquel que poseía un gran número de ventanas era debido a que
su casa era más grande que la de los pobres, que apenas tendrían un par. Un
truco que, como vemos, no ha dejado de utilizarse a lo largo de la historia
para justificar lo injustificable. ¿Qué hicieron miles de ciudadanos para
evitar el pago? Tapiarlas. Y no fueron precisamente los ricos los que
renunciaron a la luz natural en sus hogares, sino más bien los ciudadanos menos
pudientes. Incluso hoy en día se puede observar en Inglaterra adefesios
arquitectónicos que obedecen a un impuesto que estuvo vigente hasta 1851.
Jano García
El triunfo de la
estupidez, página 167
Podemos resumir en cinco puntos la teoría de Nurkse: 1. Un
país es pobre cuando no tiene capacidad de ahorro. 2. Si no tiene capacidad de
ahorro, posee un nivel real de renta bajo. 3. Si posee un nivel real de renta
bajo, no atrae inversión debido al reducido poder adquisitivo de la población.
4. Si no atraes inversión, no generas riqueza. 5. Si no generas riqueza, te
mantienes pobre.
El triunfo de la estupidez, página 198
Minusvaloramos, por no ser conscientes de ello, la
extraordinaria labor que realizan decenas de miles de seres humanos a diario
para mejorar la seguridad y la supervivencia de nuestra especie, al igual que
olvidamos los grandes descubrimientos a los que recurrimos a diario. Lo que en
el pasado causó grandes tragedias hoy es fácilmente solventado. Toda una
heroicidad.
Jano García
El triunfo de la
estupidez, página 213
No todos los estúpidos son iguales. Todos, sin excepción,
somos estúpidos en ciertos ámbitos y cometemos estupideces a lo largo de
nuestra vida. Hay estúpidos a tiempo parcial, otros a medias y, desde luego,
estúpidos a jornada completa. Es cierto que la maldad humana ha sido, para
muchos, la gran causante de las grandes tragedias y barbaridades de la
historia. Pero nunca una idea malvada podría haberse llevado a cabo si no
hubiera existido un gran grupo de personas estúpidas que la apoyaran. El
malvado se sostiene gracias a los imbéciles, por lo que, en realidad, la
estupidez es la más peligrosa de cualquier condición humana. Si pudiéramos
escoger entre suprimir la maldad o la estupidez, sin duda la segunda sería la
mejor opción porque el malvado, el demagogo y el charlatán se quedarían sin
armas para llevar a cabo sus delirios.
Jano García
El triunfo de la
estupidez, página 260
Una nación que aspira a progresar debe contar con unos
servidores públicos de elevado nivel. La política tiene que ser aburrida,
incomprensible para la masa. Si la masa entiende de qué se habla es porque el
nivel de los gobernantes es muy bajo. Bastaría un grupo de tecnócratas que
usando un discurso tan sofisticado y complejo nadie entendiera qué dicen,
porque si lo entienden, el nivel es acorde con el de la masa y entonces estamos
ante la política del espectáculo. La complejidad requiere especialización y la
masa solo puede especializarse en una cosa: la estupidez.
La única verdad demostrada es la naturaleza humana y su
comportamiento gregario. Por ello, la moral de la masa es lo fundamental y,
sobre todo, relegarla a su posición natural: la estupidez acompañando, mas no
elevándose por encima de los talentosos. La clase media —por mucho que se
repita— no es la que hace que una nación avance. Otorga cohesión, que es
fundamental, pero sin los talentosos que tiran de todos no hay nada. El
brillante individual, ese es el gran benefactor de la humanidad que nos permite
avanzar. Y, como hemos visto, el nivel del individuo decrece a gran velocidad
en cuanto este pasa a conformar la masa. Por este motivo, el principio
mayoritario debe ser impugnado, rechazado y despreciado, pues lo verdadero y lo
bueno son independientes del número de hombres que sean capaces de reconocerlo.
La tesis mayoritaria prevalece no porque sea infalible y certera, sino porque
es impuesta desde una superioridad numérica a una minoría. El número no expresa
ni la verdad ni el bien, simplemente expresa una cantidad determinada de
personas que sostienen una serie de ideas. Incluso llegados al punto de existir
una unanimidad sobre la igualdad, esta no dejaría de ser una falaz pretensión.
Es por ello que resulta de vital importancia no estimular la
estupidez, y para eso resulta esencial rechazar el mundo consumista moderno que
genera una sociedad de fracasados. Mientras las generaciones pasadas
consideraban progresar, mejorar su situación profesional, formar una familia,
aumentar sus ingresos —trabajando duro, no reduciendo la jornada laboral—,
tener una casa en propiedad e incluso hacerse con una segunda vivienda, ahora
nos enfrentamos a una miseria que tratan de disimular con ridículos nombres
como coliving, coworking, nesting y un sinfín de ridículos términos. Lo cierto
es que no tiene nada de progresista compartir piso a cierta edad, no poder
tener tu propio espacio de trabajo, cambiar el ocio por quedarse en casa, no
tener un coche, darse duchas de agua fría, no comer carne o tener que vestirse
con ropa de segunda mano. Eso no es progreso, sino más bien retroceso.
Y es cierto que ahora las estupideces cuentan con mayor
apoyo —en gran medida gracias a las redes sociales— y los seres más ridículos
se hacen virales a gran velocidad cosechando numerosos seguidores que se
reconocen en personajes absurdos disfrazados con los trajes más horteras y los
vestidos más siniestros del mercado. Uno solo puede contemplar a izquierda y
derecha personajes patéticos propios de un esperpento de Valle-Inclán. Por eso,
es vital acabar con el poder otorgado a la masa estúpida y que esta vuelva a su
lugar natural. No conviene desesperarse ni exaltarse en el proceso de reajuste
que antes o después llegará, pues el cataclismo está garantizado bajo la senda
de la estupidez. Y es que siempre habrá un rincón en el que poder comprobar que
es preferible la belleza a la fealdad, la inteligencia a la estupidez, la
bondad a la maldad, la sofisticación a la vulgaridad, la prosperidad a la
pobreza y el conocimiento a la ignorancia. Dios es un tipo con un gran sentido
del humor. No dotó a ningún humano de plena inteligencia, pero sí de plena
estupidez. Y, sin duda, decidió dejar reducido a un porcentaje casi nulo de
hombres la genialidad humana para así poder demostrar cómo unos pocos son
capaces de hacer que la humanidad, a pesar de todo, siga evolucionando y
cosechando grandes obras.
Jano García
El triunfo de la
estupidez, página 261
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