Ursula K. Le Guin Cuatro caminos hacia el perdón

 
«En el planeta O no ha habido guerra desde hace cinco milenios —⁠leyó⁠—, y en Gueden no ha habido guerra nunca». Interrumpió la lectura para descansar la vista y porque intentaba aprender a leer despacio, en vez de engullir las palabras como hacía Tikuli con su comida. «No ha habido guerra nunca»; las palabras se le formaron en la mente, nítidas y luminosas, envueltas en una incredulidad infinita, sombría y confusa. ¿Cómo sería un mundo así, un mundo sin guerra? Sería, un mundo verdadero. La paz era la verdadera vida, una vida de trabajo y aprendizaje, era educar a los niños en el trabajo y el aprendizaje. La guerra, que devoraba obras, enseñanza y niños, era la negación de la realidad. Pero mi pueblo, pensó ella, solo sabe negar. Nacidos bajo la oscura sombra del abuso de poder, hemos expulsado la paz de nuestro mundo, y ahora es una luz inalcanzable ante nosotros. Solo sabemos luchar. La poca paz que cada cual puede poner en su vida es solo una negación de la guerra que continúa, la sombra de una sombra, doblemente increíble.
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 9
 
 
Soplaba el raro y suave viento del norte. Un día perfecto. ¡La belleza del mundo, la belleza del mundo! Una espada en mi mano, vuelta contra mí. ¿Por qué haces que la belleza nos mate, Señor?
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 9
 
 
Es muy interesante. No hay ninguna duda de que descendemos del pueblo de Hain, todos. Nosotros y los alienígenas también. Incluso nuestros animales tienen los mismos antepasados.
—Eso dicen ellos —gruñó él.
—No es cuestión de quién lo diga —⁠replicó ella⁠—. Cualquiera que examine las pruebas lo ve; es un hecho genético. Que a usted no le guste no cambia las cosas.
—¿Qué significado tiene un «hecho» con millones de años de antigüedad? —⁠dijo él⁠—. ¿Qué tiene que ver con usted, conmigo, con nosotros? Este es nuestro mundo. Nosotros somos nosotros. No tenemos nada que ver con ellos.
—Ahora sí —dijo ella con brusquedad, lanzando al aire las tortillas para volverlas.
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 28
 
 
—¡Todo está mal, mal! —dijo él, la voz alta y fuerte⁠—. Éramos dueños de nuestro destino, de un camino propio hacia el Señor, y ellos nos lo arrebataron… ¡volvemos a ser esclavos! Los sabios alienígenas, los científicos, con sus grandes conocimientos e inventos, nuestros antepasados, o eso dicen ellos. «¡Hagan esto!», dicen, y nosotros lo hacemos. «¡Hagan aquello!», y nosotros lo hacemos. «¡Lleven a sus hijos a nuestra nave maravillosa y que vuelen a nuestros mundos maravillosos!». Y se llevan a los niños, y ellos ya no regresarán nunca al hogar. Nunca conocerán su hogar. Nunca sabrán quiénes son. Nunca sabrán qué brazos los sostuvieron.
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 29
 
 
Solly recordaba su incredulidad cuando leyó esa palabra por primera vez, hacía años, en un texto sobre la esclavitud. «En Werel, los miembros de la casta dominante se llaman propietarios; los miembros de la clase servil son llamados bienes activos. Solo los propietarios son considerados hombres o mujeres; los activos reciben el nombre de siervos o siervas».
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 49
 
 
Las canciones sobre la Dama Tual eran hermosas, y las estatuas y los grandes templos consagrados a ella eran extraordinarios, y el Arkamye parecía una buena historia, aunque demasiado larga; pero otra cosa era la hipocresía absoluta, la intolerancia, la estupidez de los sacerdotes, las doctrinas monstruosas, que justificaban cualquier crueldad en nombre de la fe. En realidad, pensó Solly, ¿había algo de Werel que le gustase? Y se respondió al instante: me encanta, me encanta. Me encanta este extraño sol, diminuto y brillante, y los pedazos de luna y las montañas que se alzan como murallas de hielo, y la gente… la gente, con esos ojos negros en los que no se ve el blanco, como los ojos de un animal, ojos como cristales oscuros, como agua oscura, misteriosos… ¡Quiero amarlos, quiero conocerlos, quiero alcanzarlos! Pero tenía que admitir que los estirados de la Embajada tenían razón en una cosa: ser mujer era duro en Werel. Solly no encajaba en ninguna parte. Iba por la ciudad sola, ocupaba una posición pública, y eso era una contradicción: las mujeres decentes permanecían en sus casas, invisibles. Solo las siervas salían a la calle, o hablaban con extraños o hacían trabajos públicos. Ella se comportaba como un activo, no como una propietaria. Y sin embargo, era una persona muy importante, un enviado del Ecumen, y Gatay deseaba unirse al Ecumen y no ofender a los enviados de este. Así que los funcionarios y cortesanos y empresarios con los que se relacionaba atendiendo los asuntos del Ecumen hacían lo mejor que podían hacer: la trataban como si fuera un hombre.
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 50
 
 
—¿Un siervo? —preguntó ella con interés, y él pareció escandalizado.
—No, no, una persona de verdad, un hombre… pero muy extraviado, un fanático, ¡un fanático pagano! Puñales de Dios los llaman. Pero un hombre, señora… Enviada, ¡sin duda un hombre!
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 57
 
 
¿Qué importaba una vida larga?, se preguntó, y no supo contestar. Era algo en lo que nunca antes había pensado. Pero esos jóvenes Patriotas vivían en un mundo de vidas cortas. Exigencias, violencia, inmediatez y muerte, ¿y por qué? Por el fanatismo, el odio, el ansia de poder.
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 94
 
 
—¡Uf! —exclamó ella, con mirada aturdida.
—No… —dijo él—, no… —Pero no sabía cómo decírselo⁠—. Ellos no entienden. Será mejor que sea yo quien hable.
—Naturalmente. Las mujeres no dan órdenes. Las mujeres no hablan. ¡Cabezas de chorlito! ¡Pensé que habías dicho que se sentían responsables de mí!
—Y así es —dijo él—. Pero son hombres jóvenes-Fanáticos. Y tienen mucho miedo. —⁠Y tú les hablas como si fueran activos, pensó, pero no lo dijo.
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 105
 
 
En el Arkamye se dice «Vivir de manera sencilla es lo más complicado».
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 114
 
 
—Hablaba con voz lenta y queda, como muchos hablaban en el pueblo⁠—. Puedes elegir lo que es sagrado localmente o la santidad más amplia. Al fin son la misma cosa. Aunque no en la vida que uno vive, «saber que se puede elegir es tener que elegir: cambiar o permanecer: río o roca». Los Pueblos son la roca, los historiadores, el río.
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 129
 
 
¿Por qué se ha vuelto loco?
—No está loco, hermano. Deja que diga lo que pienso. Cuando era niño siempre preguntaba por qué, por qué, como hacen los niños. Yo respondía: Así es, así se hace. Él entendía. Pero su mente no tenía paz. Mi mente es así también, si me descuido. Cuando aprendía las rutinas del Sol siempre preguntaba ¿por qué así?, ¿por qué de esta manera y no de la otra? Yo contestaba: Porque en las cosas que hacemos a diario y en la manera como las hacemos representamos a los dioses. Él decía: Entonces los dioses solo son lo que nosotros hacemos. Yo decía: Los dioses están en lo que hacemos correctamente: esa es la verdad. Sin embargo, la verdad no lo satisfacía. Él no está loco, hermano, pero está lisiado. No puede caminar. No puede caminar con nosotros. Si un hombre no puede caminar, ¿qué tiene que hacer?
—Quedarse sentado y cantar —⁠respondió Granito.
—¿Y si no puede quedarse sentado? Puede volar.
—¿Volar?
—Ellos tienen alas para él, hermano.
—Estoy avergonzado —dijo Granito, y ocultó el rostro entre las manos.
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 131
 
 
¿De qué sirve tratar de describir el curso de un río en un momento determinado y después en el siguiente, y luego el siguiente, y el siguiente? Uno se cansa. Uno dice: Hay un gran río que fluye a través de esta tierra, y lo hemos llamado Historia.
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 134
 
 
Ellos nombraban a esta gran red de mundos con una palabra alienígena, Ecumen, que significa «el hogar».
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 134
 
 
Muchas de las personas de los templos, los historiadores, se pasaban la vida viajando y reuniendo información sobre los otros planetas habitados del cercano Brazo de Orión, colonizado por sus antepasados dos millones de años antes, durante las Eras Antiguas. No admitían para estos contactos y exploraciones otro motivo que la curiosidad y un sentimiento de compañerismo. Estaban poniéndose en contacto con parientes perdidos hacía largo tiempo. Ellos nombraban a esta gran red de mundos con una palabra alienígena, Ecumen, que significa «el hogar».
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 134
 
 
Después de unos veinte días en Tes, Havzhiva empezó a hablar para su anotador, se sentaba al sol ante la puerta de su cabaña, en un claro de pastos y helechos, y hablaba en voz baja consigo mismo mediante la pequeña grabadora.
—Lo que seleccionas para contar tu historia es menos que nada —⁠dijo, contemplando las ramas de los viejos árboles recortándose oscuras contra el cielo⁠—. Aquello a partir de lo que construiste tu mundo, tu mundo local, inteligible, racional, coherente, es menos que nada. Y así, toda selección es arbitraria. Todo conocimiento es parcial, infinitesimalmente parcial. La razón es una red arrojada a un océano. La verdad que puede atraparse con ella es solo un fragmento, un vislumbre, un centelleo de la verdad completa. Todo el conocimiento humano es local. Toda vida, toda vida humana, es local y arbitraria, el momentáneo e infinitesimal centelleo de un reflejo de… —⁠La voz de Havzhiva calló; el silencio del claro entre los grandes árboles continuó.
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 143
 
 
Lleva tiempo echar a perder un mundo, pero puede hacerse.
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 147
 
 
—Oh, señor Enviado —dijo la mujer con un profundo suspiro⁠—. He leído sobre su gente, el pueblo haini. Ustedes no hacen cosas como las que hacemos nosotros. Ustedes no se matan ni se torturan unos a otros. Ustedes viven en paz. Me pregunto, me pregunto cómo nos ve. Quizá como brujas, como diablos.
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 152
 
 
Tras un largo silencio, Havzhiva preguntó en voz baja:
—¿Están organizadas?
—Oh, sí. ¡Oh, sí! Como en los viejos tiempos. ¡Podemos organizarnos en la oscuridad! —⁠rio un poco⁠—. Pero no creo que podamos conseguir la libertad sin ayuda. Tiene que haber un cambio. Los hombres creen que tienen que ser jefes. Tienen que dejar de pensar eso. Una cosa que he aprendido en la vida es que no se cambia la forma de pensar a golpe de pistola. Matas al jefe y te conviertes en el jefe. Tenemos que cambiar esa mentalidad. Es la mentalidad del esclavo, la mentalidad del jefe. Tenemos que cambiarla, señor Enviado. Con la ayuda de usted. Con la ayuda del Ecumen.
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 154
 
 
Tras un largo silencio, Havzhiva preguntó en voz baja:
—¿Están organizadas?
—Oh, sí. ¡Oh, sí! Como en los viejos tiempos. ¡Podemos organizarnos en la oscuridad! —⁠rio un poco⁠—. Pero no creo que podamos conseguir la libertad sin ayuda. Tiene que haber un cambio. Los hombres creen que tienen que ser jefes. Tienen que dejar de pensar eso. Una cosa que he aprendido en la vida es que no se cambia la forma de pensar a golpe de pistola. Matas al jefe y te conviertes en el jefe. Tenemos que cambiar esa mentalidad. Es la mentalidad del esclavo, la mentalidad del jefe. Tenemos que cambiarla, señor Enviado. Con la ayuda de usted. Con la ayuda del Ecumen.
—Estoy aquí para servir de enlace entre el pueblo de usted y el Ecumen. Pero necesitaré tiempo —⁠dijo él⁠—. Necesito aprender.
—Todo el tiempo del mundo. Sabemos que no podemos cambiar la mentalidad de jefe en un día o en un año. Es una cuestión de educación. —⁠Pronunció la palabra como si fuese sagrada⁠—. Llevará mucho tiempo. Tómese su tiempo. Nos basta con saber que usted escuchará.
—Escucharé —dijo él.
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 154
 
 
La locuacidad es la mitad de la diplomacia. La otra mitad es el silencio.
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 157
 
 
—Entre los esclavos del Viejo Mundo —⁠dijo el Cacique⁠—, las mujeres eran caciques. Entre nuestra gente, los hombres son los caciques. Así son las cosas. Los esclavos del Viejo Mundo serán los hombres libres del Nuevo Mundo.
—¿Y las mujeres, señor Presidente?
—Las mujeres de un hombre libre son libres —⁠dijo el Cacique.
—Bien —dijo Yeron, y soltó un profundo suspiro⁠—. Supongo que tendremos que levantar un poco de polvo.
—En eso los polvorientos somos buenos —⁠dijo Dobibe.
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 159
 
 
—Uno no puede cambiar nada desde el exterior. Manteniéndose aparte, viéndolo desde arriba, con una visión panorámica, uno ve el dibujo. Lo que está mal, lo que falta. Para arreglarlo no se pueden utilizar remiendos. Hay que meterse dentro, hay que tejerlo. Uno tiene que formar parte de la trama.
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 169
 
 
—Las líneas y colores hechos con tierra sobre tierra encierran cierto conocimiento. Todo conocimiento es local, toda verdad es parcial —⁠dijo Havzhiva con una dignidad afable y coloquial que imitaba la de su madre, la Heredera del Sol, hablando con mercaderes extranjeros⁠—. Ninguna verdad puede convertir en falsa otra verdad. Todo saber es parte del saber completo. Una línea verdadera, un color verdadero. Una vez que se ha visto el dibujo completo, no se puede seguir viendo la parte como el todo.
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 172
 
 
Se abrazaron con fuerza y se besaron, y ella lo acarició y le dio palmaditas, sonriendo sin poder contenerse. Nunca habían hecho el amor, pero siempre había habido deseo entre ellos, un anhelo del otro, siempre habían encontrado un gran consuelo en el contacto del otro.
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 175
 
 
—No creas lo que dicen las noticias —⁠me aconsejó⁠—. Sobre todo, no creas lo que dicen las casirreales. Ni siquiera te conectes. Son tan falsas como el resto, pero si sientes y ves una cosa, la creerás. Y ellos lo saben. No necesitan armas si poseen nuestras mentes.
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 211
 
 
—Bueno, los libros significan tanto para mí porque yo era analfabeta cuando llegué a la ciudad, y fueron los libros los que me dieron la libertad, me dieron el mundo… los mundos… Pero ahora, aquí, veo que la red, la holovisión, las casirreales son mucho más importantes para la gente, porque les dan el tiempo presente. Quizá aferrarse a los libros sea aferrarse al pasado. Los yeowanos tienen que ir hacia el futuro. Y nunca cambiaremos la mentalidad de la gente solo con palabras.
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 243
 
 
Hay que salvaguardar las palabras.
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 243
 
 
Yo fui una de las setenta mil mujeres que se tendieron sobre los raíles del tren aquel caluroso día. Canté con ellas. Escuché cómo sonaban tantas mujeres cantando juntas, qué sonido poderoso y profundo producíamos.
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 246
 
 
—Las palabras pasan —dije—, y todas las palabras e imágenes de la red pasan también, y cualquiera puede cambiarlas. Pero los libros están ahí, permanecen. Son el cuerpo de la historia, como dice el señor Yehedarhed.
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 247
 
 
¿Qué es el amor y el deseo de un hombre y una mujer contra la historia de dos mundos, las grandes revoluciones de nuestro tiempo, la esperanza, la interminable crueldad de nuestra especie? Una pequeñez. Pero una llave es una cosa pequeña comparada con la puerta que abre. Si uno pierde la llave, quizá nunca pueda abrir la puerta. Es en nuestros cuerpos donde perdemos o nos damos la libertad, en nuestros cuerpos aceptamos o ponemos fin a la esclavitud.
 
Ursula K. Le Guin
Cuatro caminos hacia el perdón, página 255
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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