Gianluca Marletta Ovnis y alienígenas: Origen, historia y prodigio de una pseudorreligión

 
De las Indias al planeta Marte
 
En la época de la llamada Belle Epoque, los “espléndidos treinta años” de la burguesía europea que preceden a la matanza de la Gran Guerra, “Hélène Smith” —en su momento Elise Müller de Ginebra— es solo una de las muchas médium que entretienen y fascinan a los innumerables estudiosos de lo oculto. Sin embargo, su nombre merece ser recordado no solo por haber sido objeto de estudio por el psicólogo ginebrino Theodore Flournoy, que anotará con positivista meticulosidad muchos de los contenidos de sus trances espiritistas, sino, especialmente, por sus “testimonios de vida en otros planetas”.14 Personalidad narcisista y egocéntrica, convencida al afirmar su especial “elección” y la grandeza de sus “dones espirituales”. Helene Smith relata durante sus trances las experiencias vividas durante presuntas vidas precedentes. Como ocurre a menudo con muchos otros “reencarnados”, también las “vidas precedentes” de Helene Smith aparecen como “nobles y gloriosas”: en una de estas existencias, la médium relata haber vivido en los zapatos de una princesa de la India meridional, y entrando en trance transcribe un texto en un sánscrito más bien macarrónico, sazonado con terminologías y conceptos claramente tomados de las ideas de la Sociedad Teosófica, de la cual la médium ginebrina era una partidaria incondicional. Pero la gran novedad respecto a otras experiencias mediúmnicas contemporáneas es que la médium de Ginebra no se limita a evocar espíritus de difuntos famosos o a rememorar vidas precedentes sólo sobre esta tierra: las “vidas precedentes” de Helene Smith, de hecho, comprenden también sucesivas y progresivas reencarnaciones sobre el planeta Marte, sobre un no precisado planeta ultra-marciano y sobre el planeta Urano. Tales reencarnaciones son vistas bajo la típica óptica evolucionista del espíritu decimonónico, como otros tantos pasajes de un “progreso indefinido” del alma. La médium incluso esboza expresiones en la presunta lengua de Marte y de Urano, describiendo el alto nivel espiritual de los seres allí presentes. El fruto de tales revelaciones será la publicación, por parte de Flournoy, de un ensayo bajo el título: De las Indias al planeta Marte, seguramente la primera obra sobre vida extraterrestre escrita en la era contemporánea. La joven médium no lo sabe, pero se ha convertido en la fundadora de una serie interminable de médiums, hipnotizadores y canalizadores que, desde ese momento hasta nuestros días, empezarán a “dar voz” a las llamadas “entidades extraterrestres”: hermanos del espacio normalmente presentados como “más evolucionados” y, entonces, “más espirituales”, a menudo portadores de mensajes o profecías de renovación relacionadas con nuestra “pobre humanidad terrestre”. El evento es de época, porque señala el paso del Espiritismo clásico —todavía tomado en su integridad de la evocación de los muertos— a otro fenómeno que, todavía en aquel momento, no tiene un nombre. Permanecen las técnicas, las sugestiones y los métodos del Espiritismo, pero cambian los sujetos y la “mitología” de referencia. El “mito extraterrestre”, después de decenas de incubaciones intelectuales, ha nacido: pero todavía deberán transcurrir muchos años antes de que asuma la forma con la que lo conocemos en la actualidad.
 
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Según Crowley, sin embargo, la gran revolución que arrasará a través del Cristianismo (y las demás “viejas religiones” como el Islam, el Judaísmo y el mismo Hinduismo) no sucederá sólo mediante un cambio “cultural”, sino también (quizás especialmente) a través de la evocación y la apertura de “puertas” a partir de las cuales las “entidades” destinadas a propiciar la Nueva Era podrán irrumpir en este mundo. Y es el aspecto más propiamente mágico-operativo del pensamiento crowleyano el que merece ser profundizado en nuestro contexto.
 
Crowley las había definido como Operaciones Amalantrah: o una serie de evocaciones mágicas que, a su parecer, habían terminado por “abrir portales” que permitirían el contacto con “inteligencias no humanas” que pudiesen ayudar al hombre a “evolucionar” hacia la Nueva Era. Tales seres no humanos eran definidos por Crowley como “transdimensionales”, pertenecientes entonces a dimensiones “no físicas”, pero cuya ubicación permanece vaga, ambigua y, de hecho, intermedia entre la dimensión sutil y aquella materia.
 
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El verdadero vínculo entre Crowley y el “mito extraterrestre”, sin embargo, tiene su origen en un rito particular efectuado por el “mago” inglés durante su estancia en Estados Unidos: la entidad contactada en aquella ocasión —un ser transdimensional que se presenta con el nombre de Lam— se verá retratada y exhibida por el mismo Crowley en el curso de una manifestación en el Greenwich Village de Nueva York en 1919. “La exhibición de las almas muertas”. Aquello que golpea inmediatamente del “retrato” de la entidad Lam, sin embargo, es la notable semejanza con las características de los “alienígenas” —en especial la categoría definida por los ufólogos como los “grises”— que se convertirán en una constante de los llamados “encuentros cercanos” a partir de la segunda posguerra mundial: un cráneo muy desarrollado y “abombado”, una boca muy pequeña y un mentón que tiende a formar una suerte de “V”. La imagen de Lam puede ser definida como una verdadera y justa precursora de la iconografía “alienígena” que se hará popular a partir de los años 60, pero el vínculo entre la doctrina y la praxis “crowleyana” y el mito extraterrestre será todavía más evidente a partir de las obras de algunos de sus “discípulos”.
 
Como habría “inspirado” la entidad Aiwass a Crowley en el Libro de la Ley:
 
¡Es su Dios y su religión lo que odio y quiero destruir!
 
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A pesar de que la elaboración del “mito” ya se hubiese forjado en los ambientes de nicho, es innegable que la verdadera explosión en masa del tema de los “extraterrestres” coincide esencialmente con la manifestación masificada del “fenómeno OVNI” en la segunda posguerra mundial. Es solo a partir de la primera oleada de avistamientos de los llamados “objetos volantes no identificados”, de hecho, cuando la figura del alienígena entra gradual pero abrumadoramente en el imaginario colectivo del hombre contemporáneo. En el transcurso de pocos años, la idea de que seres extraterrestres sobre astronaves están visitando la Tierra se hace muy popular, llenando las crónicas y generando un verdadero y justo “estado de espíritu” de masa, donde la curiosidad-temor ante los posibles “visitantes” alienígenas se mueve en el contexto de los temores suscitados por la Guerra Fría y los entusiasmos acumulados por las primeras exploraciones humanas fuera de la atmósfera terrestre.
 
Sin embargo, sería un error pensar que haya sido el “fenómeno OVNI” (al margen de lo que haya tras él) el generador del “mito extraterrestre”: más bien es la presencia de un “mito” ya definido en sus características por haber ofrecido, y diríamos que casi impuesto, una cierta interpretación de la ufología que se convertirá en la más popular. En efecto, los primeros “fenómenos OVNI” que salieron a la luz pública en la inmediata posguerra, en un primer momento no serán interpretados como “fenómenos de origen alienígena”, y tampoco en los decenios sucesivos, después de que la hipótesis Extraterrestre se haga más conocida, serán numerosos los “ufólogos” que terminarán por apoyar interpretaciones alternativas a aquella que vería en los Ovnis a los visitantes descendidos en astronaves de otros planetas. Pero para encontrar la maraña de la madeja en este laberinto de acontecimientos, hipótesis y sugerencias es necesario volver al principio de esta historia: y todo tiene origen, como a menudo en la historia moderna, en los Estados Unidos de América, apenas dos años después del final de la Segunda Guerra Mundial.
 
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Los ufólogos no dejan de recordar nunca como fenómenos bajo ciertos aspectos análogos a aquellos modernos también han sido testimoniados en las crónicas antiguas y medievales. Existen, en efecto, numerosos testimonios de apariciones de “objetos” o luces misteriosas en varias crónicas de siglos pasados: pensemos, por ejemplo, en autores como Plinio el VIejo, Tito Livio, Julio Obsecuente, en los Annales Laurissenses de época carolingia o en el célebre “fenómeno celeste de Núremberg”, descrito en una litografía del tipógrafo Hans Glaser, quien habría visto aparecer luces y símbolos como cruces y candelabros en los cielos de la ciudad alemana en 1561. Sin embargo, hay que recordar que tales fenómenos, en edad premoderna, eran comprendidos a la luz de la perspectiva cosmológica y metafísica tradicional: por lo tanto, tales manifestaciones eran interpretadas al modo de los fenómenos preternaturales o sobrenaturales de naturaleza divina, angélica, demoníaca o sutil, extraordinaria, pero “comprensible” y del todo coherente con las visiones sagradas del mundo que era propia entre los premodernos. Y con el avance de la secularización, los fenómenos “insólitos” se convierten, a los ojos del materialista moderno, en incomprensibles.
 
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1947: El año Cero de la ufología
 
Oficialmente, la llamada “ufología” tiene como fecha de nacimiento los avistamientos de “objetos volantes no identificados” (en inglés Unidentified Flying Object, U.F.O.), acontecida el 24 de junio de 1947 cerca del Monte Rainier, en el estado americano de Washington. El protagonista es un rico hombre de negocios cuyo nombre es Kenneth Arnold, que desde su avión privado afirmará haber visto en el cielo nueve vehículos de forma aplanada, bautizados por él como Flying Saucers (Platillos volantes, expresión transformada después en Discos Volantes). Arnold describió estos objetos como “muy brillantes”, de forma aplanada, calculando en cerca de 2700 kilómetros por hora su velocidad. Sin embargo, aquel de Kenneth Arnold no fue el primer evento de tal género registrado por las crónicas, sino que fue aquel que logró movilizar más a la prensa y a los mass media: el “caso” que dio origen al interés de la masa por los “extraños fenómenos del cielo”. A este episodio (que por lo demás no escatima en aspectos dignos de mayor profundización y que pondremos en evidencia más adelante) le seguirán, presuntamente, innumerables avistamientos, al principio especialmente en Estados Unidos, pero después también en Japón, la Unión Soviética, Europa y, finalmente, en todo el mundo. Por otro lado, los estudiosos del fenómeno empezaron a percibir muy pronto que los fenómenos OVNI (cualquiera que sea su naturaleza) conocieron verdaderos “períodos de apogeo” u “oleadas” (flaps) en los que parecían aumentar dramáticamente. Uno de los primeros flap coincidió justamente con los años 1947-1948, en el curso de los cuales tuvo lugar el episodio de Arnold, mientras que en 1950 el flap también afectó, más allá de Estados Unidos, al Centro-Sur de América y Europa Occidental (especialmente a España); en el flap de 1954, por el contrario, el fenómeno fue visto en casi todo el planeta. Esta tendencia a las “oleadas”, sin embargo, se hallaría, según muchos estudiosos del fenómeno, también en acontecimientos similares ocurridos antes de 1947: en una visión más cercana, de hecho, el fenómeno (o el conjunto de fenómenos) se puede adscribir en la categoría de los Objetos Volantes no Identificados que está presente en los cielos bastante antes de la segunda posguerra, en formas y modalidades a menudo extrañas que se remontan, si se quiere permanecer solo en la edad contemporánea, al menos a finales del siglo XIX.1 Es después de la Segunda Guerra Mundial, sin embargo, cuando se afirma el interés mediático por los OVNIs, un interés que se unirá, en los siguientes años, a la “hipótesis extraterrestre”. Pero este proceso, o la identificación colectiva de los OVNIs con la imagen de presuntas “naves espaciales alienígenas” es, él mismo, un fenómeno social y cultural que merece ser investigado.
 
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La hipótesis extraterrestre
 
Contrariamente a aquello que muchos imaginamos, la Hipótesis Extraterrestre no fue el único intento de explicar los “fenómenos OVNI”. Una investigación realizada por Gallup2, publicada el 14 de agosto de 1947, menos de dos meses después del episodio de Arnold, demuestra que a nivel popular la idea de que “visitantes extraterrestres” sobrevolasen los cielos terrestres a bordo de aeronaves estelares, no estaba todavía representada a nivel estadístico. Por el contrario, y según las primeras encuestas, el fenómeno Flying Saucers se debió, para el 29% de los entrevistados, a simples “ilusiones ópticas”, para el 15% a tecnologías militares secretas, mientras que una minoría bastante consistente tendía a identificar el fenómeno con armas secretas soviéticas o incluso con eventos de tipo religioso y apocalíptico (las “señales del cielo” de las que habla la Biblia en referencia al Fin de los Tiempos). El 33%, finalmente, declaró no tener una opinión precisa. Todavía tres años después, en 1950, y a pesar de la masiva irrupción mediática del tema “extraterrestre” a nivel cinematográfico y periodístico — una nueva encuesta de la revista Popular Mechanics ponía en evidencia como solo un 25% de los entrevistados se mostró dispuesto a aceptar la Hipótesis Extraterrestre, mientras que un sólido 53% continuaba considerando a los OVNIs mecanismos de origen terrestre. Por lo tanto, a comienzos de los años 50 el “mito extraterrestre” todavía estaba bien lejos de haber hecho brecha en el imaginario colectivo.
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Solo a partir de los años 50 Arnold empezará a abrirse a la Hipótesis Extraterrestre.
 
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A partir de los años 50, sin embargo, la creencia en el origen extraterrestre de los OVNIS conoce un crecimiento ininterrumpido y sorprendente hasta llegar, desde los años 90 hasta la actualidad, a conquistar a la mayoría absoluta de los Americanos4 además de una parte cada vez mayor de la opinión pública mundial. ¿Pero cuáles han sido las causas de tal éxito, o, por qué motivo un número creciente de personas empieza a identificar los “extraños fenómenos del cielo” con la acción de inteligencias alienígenas procedentes de otros planetas? Uno de los motivos es, indudablemente, el amplio uso de la figura del alienígena en los mass media, que va de la mano de la difusión generalizada de medios de comunicación como la televisión. A partir de la posguerra, de hecho, la televisión sirve para difundir una cultura de masas de origen esencialmente estadounidense que impregna todos los rincones del planeta. Regiones, ciudades y pueblos que, hasta unos pocos años antes, vivían en un relativo aislamiento de pronto son proyectados en la contemporaneidad, en sus mitos y en su imaginario, entre los que destaca la figura del alienígena. La identificación OVNI-extraterrestre, en definitiva, también debe muchísimo al trabajo de los llamados contactados: una corriente que a partir de los años 50 implica a un número creciente de personas que afirmarán, de hecho, ser “contactadas” (e incluso visitadas o “secuestradas”) por las “inteligencias extraterrestres” que controlarían el fenómeno OVNI. Estos contactados, que a menudo utilizaron “técnicas” muy similares a aquellas de los espiritistas decimonónicos para “comunicarse con las entidades OVNI”, serán, de hecho, los primeros en apoyar explícitamente un origen extraterrestre del fenómeno. El gran éxito del “mito extraterrestre” y de la interpretación alienígena de los fenómenos OVNI, paradójicamente, también se alimentará —como ocurre a menudo en la sociedad contemporánea— del “juego de los opuestos” que dividirá a la opinión pública entre “creyentes” y “escépticos”, pero que contribuirá, en cualquier caso, a generar un estado de espíritu y un imaginario ampliamente compartido.
 
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El mapa de un fenómeno complejo
 
El interés hacia los llamados OVNIs, indudablemente, crecerá en una medida directamente proporcional a la complejidad del fenómeno, que de simples “avistamientos en el cielo” de objetos “no identificados” comenzará a enriquecerse con diferentes y desconcertantes elementos, como presuntas apariciones de “humanoides” u “ocupantes”, los secuestros o “posesiones” por parte de las llamadas “entidades alienígenas”, las misteriosas “mutilaciones de animales” o incluso los mensajes y las “revelaciones” de contenido para-místico y para-religioso entregadas a los “videntes”. Otro aspecto que alimentará la Hipótesis Extraterrestre serán las características desconcertantes referidas a los testimonios de muchos “avistamientos” (velocidades increíbles, maniobras aéreas que parecen desafiar las leyes de la física etc), que convencerán cada vez a más personas de que se trata de un fenómeno “inteligente”, pero no atribuible al know how tecnológico de las potencias terrestres. Será justo esta creciente complejidad, la que sugerirá al astrofísico y estudioso del fenómeno Joseph Allen Hynek un intento de clasificación de los eventos “ufológicos”, que también tendrá mucha suerte más allá del ámbito de los expertos. Hynek, uno de los primeros académicos en ocuparse del fenómeno y el primero en sostener el origen “inexplicable” de al menos una parte de tales eventos, es más conocido, de hecho, por la célebre clasificación de los Encuentros Cercanos con los fenómenos OVNI en tres tipos: Primer tipo: avistamiento de fenómenos aparentemente inexplicables en el cielo; Segundo tipo: observación de fenómenos físicos permanentes vinculados a presuntos OVNIs (quemaduras sobre el terreno o sobre otros objetos, efectos sobre animales, interferencia sobre aparatos electrónicos etc); Tercer tipo: avistamiento o encuentros con “entidades animadas” (humanoides, etc) vinculados a los fenómenos OVNI. A estas tres categorías de Encuentros Cercanos, además, muchos ufólogos añadirán, en tiempos más recientes, una cuarta, las abductions: los presuntos secuestros de seres humanos por parte de las “entidades” que protagonizarían el fenómeno OVNI. Para hacer todavía más compleja la cuestión OVNI, será el descubrimiento de que este conjunto de fenómenos —al margen de su naturaleza y origen— tienen, por así decirlo, su “prehistoria” anterior a la segunda posguerra mundial. Ya a partir de finales del siglo XIX, de hecho, los periódicos americanos y de otras partes del mundo habían registrado oleadas de objetos volantes aparentemente inexplicables aparecidos en los cielos terrestres; fenómenos que, si en parte parecían remarcar algunas características de los OVNIs de la posguerra, en otros aspectos se diferenciaban por algunas importantes y significativas propiedades.
 
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Los antepasados de los OVNIS: Airships y Foo-Fighters
 
Una posible revisión de los OVNIs ante litteram, podría tener inicio, al menos limitándose a la edad contemporánea, en las “oleadas” de los llamados Airships: presuntos vehículos misteriosos que, según muchos testimonios, habrían surcado los cielos de los Estados Unidos (pero también aquellos del Norte de Europa e incluso del Extremo Oriente) a caballo entre los siglos XIX y XX. El fenómeno del Airship5 viene recogido por centenares de artículos de noticias redescubiertas y catalogadas años después gracias al trabajo de ufólogos como John Keel, Jacques Vallée y Michael Jacobs. El fenómeno habría conocido su punto culminante en el transcurso de los años 1896-1897, con centenares de avistamientos y millares de testimonios. Los avistamientos estarían relacionados con una serie de misteriosas “aeronaves” (en inglés Airships) de forma generalmente fusiforme, vagamente similar a los dirigibles, pero a menudo equipadas con instrumentación vistosa y extraña, con una velocidad estimada en un mínimo de 8 a un máximo de 300 kilómetros por hora. Muchos de estos avistamientos, que habrían tenido lugar invariablemente durante las horas nocturnas, comprenderían también el encuentro cercano con los “ocupantes” de tales aeronaves, descritos como humanos de aspecto caucásico y vestidos según la moda de la época en ocasiones, como personas de curiosos rasgos “orientales”, hablantes de lenguas desconocidas, o incluso como “humanoides” de aspecto insólito u horripilante. Además, un aspecto característico e inquietante presente tanto durante la oleada de los Airships como en los sucesivos flaps ufológicos de la posguerra, es el secuestro de animales o el hallazgo de cadáveres mutilados y desangrados en el lugar de las apariciones.6 Las interpretaciones del fenómeno que tuvieron mayor aceptación en la época se decantaron, especialmente, por un “misterioso experimentador” que se las habría ingeniado para construir en secreto prototipos futuristas de máquinas voladoras, mientras que la actitud de los académicos fue, generalmente, del escepticismo más absoluto, atribuyendo los presuntos avistamientos a las alucinaciones, equívocos o incluso a bromas ingeniosas. Fueron muy pocos los periodistas que, en la época, mencionaron “la hipótesis extraterrestre”, sugiriendo con una intención irónica que la procedencia de las enigmáticas aeronaves era del planeta Marte (era la época de los “canales de Schiapparelli”). Por supuesto, incluso ante el vago parecido con algunos vehículos experimentales que aparecieron en los años sucesivos, hay que decir que las características de maniobrabilidad y las prestaciones atribuidas por los testimonios a estos Airships, superaban ampliamente aquellas de cualquier dirigible o aeronave de la época. Y, sin embargo, justo el aspecto “grotesco” e improbable de los Airships de finales del Ochocientos (en ciertos casos más similares al “buque” de Robur el Conquistador descrito en las novelas de Julio Verne que a vehículos realmente adaptados al vuelo) serán la clave que impulsará a ufólogos como Keel y Vallée a hablar de un aspecto “deliberadamente engañoso” vinculado a los fenómenos OVNI, hasta elaborar hipótesis bajo ciertos aspectos más desconcertantes que aquella de los “visitantes” espaciales... Un fenómeno con características aparentes bastante diferentes tendrá lugar, por el contrario, durante el último conflicto mundial: hablamos de los llamados Foo Fighters (corrupción del término francés feu —fuego— con el término inglés que señalaba los “vehículos de guerra”), o “cazas de fuego”, objetos volantes que fueron avistados muy a menudo por pilotos durante la guerra. Descritos como esferas luminosas o ardientes que seguían a los aviones de combate y que parecían, a todos los efectos, guiados por alguna inteligencia, los Foo Fighters, llegarían a ser casi una presencia constante durante las misiones aliadas en los últimos años del conflicto. En noviembre de 1944, tras la continua aparición de tales objetos sobre el cielo de Alemania, y en particular en la zona del Rhin, la US Air Force se vio obligada a abrir una investigación para tratar de aportar luz sobre el fenómeno. Una de las hipótesis sostenidas fue que se tratase de “sondas” alemanas enviadas para espiar los aviones aliados, pero tales objetos no manifestaron nunca actitudes hostiles y por eso el fenómeno no alarmó nunca excesivamente al Mando aliado. El fenómeno, además, continuó repitiéndose también sobre los cielos del Pacífico hasta alguna semana después de la caída definitiva de Japón, pero será solo a partir del acontecimiento de Kenneth Arnold, en 1947, cuando algunos estudiosos empezarán a relacionar los Foo Fighters con los OVNIs. En cualquier caso, en relación a las “esferas ardientes”, ninguno de los testimonios de la época barajó un origen extraterrestre. Más allá de la hipótesis del arma secreta nazi, de hecho, entre los pilotos circulaban teorías que ponían en juego analogías con el Fuego de San Elmo7, con los rayos globulares o incluso con “entidades inmateriales” como Elfos y otras criaturas con un riquísimo folclore del Norte de Europa. Curiosamente, los avistamientos de los Foo Fighters en los años 40 se asemejan muchísimo a los “objetos” que aparecerán casi un siglo después en el curso de los últimos flaps ufológicos, a partir de los años 90 del siglo XX, los cuales, a diferencia de las estructuras “en forma de astronave” de los decenios precedentes, se presentan cada vez más bajo la forma de “esferas de luz” iridiscentes y etéreas, privadas de aquella “materialidad tecnológica” con la que el fenómeno parecía manifestarse precedentemente. Además, estos y otros testimonios históricos confundirán frecuentemente el mundo de la naciente “Ufología”, la cual, generalmente fascinada con la Hipótesis Extraterrestre, habría encontrado difícil incluir fenómenos tan heterogéneos y extraños en este esquema. Sin embargo, además de la Hipótesis Extraterrestre, se afianzará, especialmente entre los años 40 y 50, la hipótesis que vería en los fenómenos OVNI —al menos en una parte de ellos— la manifestación de tecnologías secretas terrestres. Por lo demás, son estos los años de la máxima tensión entre USA y la URSS, del terror atómico y de la sospecha recíproca entre las grandes potencias: años en los cuales el rádar y los instrumentos militares escrutaban los cielos esperando ansiosamente un ataque enemigo que podría haberse producido de un momento a otro.
 
Gianluca Marletta
Ovnis y alienígenas: Origen, historia y prodigio de una pseudorreligión
 
 
Cualquiera que sea la verdad sobre el accidente de Roswell —verdad que, casi con toda certeza, no conoceremos nunca en su totalidad— lo que prevalece en este imbricado acontecimiento es, especialmente, la extraordinaria e inquietante capacidad demostrada por los medios para crear en el imaginario de la masa una “leyenda” arraigada y duradera a partir de poquísimos elementos concretos. Hoy, la pequeña ciudad de Roswell, en Nuevo México, se ha convertido en una auténtica “Meca del mito alienígena”, con museos, negocios y restaurantes dedicados al tema OVNI y al célebre, y nunca demostrado, “incidente”. Pero otro dato que prevalece del acontecimiento de Roswell es el papel de determinados “poderes” (militares, mass media etc) en la difusión y recepción a nivel de masa del “mito extraterrestre”. Un papel que, en el transcurso de los años, se demostrará decididamente ambiguo y ambivalente, pero que justo por ello merece ser profundizado con mayor atención.
 
Gianluca Marletta
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El papel ambiguo de los “Poderes Fuertes”
 
EL CASO ROSWELL es paradigmático por la extraña relación que los “poderes fuertes” demostrarán tener, en el curso de los años, con el “mito extraterrestre”. Con la expresión “poderes fuertes”, además, queremos entender aquí, especialmente, el restringido mundo de aquellos que tienen en sus manos las grandes “fábricas del imaginario” —los mass media y la “cultura”— a través de las cuales es relativamente fácil gestionar la opinión pública, construir o deshacer mitos, modas y “estados de espíritu” colectivos y, entonces, en un último análisis, el “pulso” de una sociedad humana. Desde este punto de vista, especialmente en Occidente, los poderes “visibles” —o aquellos gobiernos electos, de las figuras institucionales más prominentes e incluso las fuerzas armadas — generalmente representan un sector derivado o, por el contrario, periférico en la gestión del poder, aunque, a menudo, las masas pueden tener la impresión opuesta. Por ejemplo, un presidente de los Estados Unidos podría ser investigado, chantajeado o incluso eliminado, pero, ciertamente, no es posible hacer lo mismo con algún quimérico “lobby”, invisible a los ojos de la mayoría, pero capaces de invertir dinero y, por lo tanto, gestionar la televisión, los periódicos y la cultura para guiar el “sentimiento colectivo” sin necesidad de manifestarse públicamente. Además, en ciertos momentos, también puede ocurrir que los poderes invisibles y aquellos visibles no se encuentren en sintonía o puedan llegar a estar en conflicto por un periodo; pero es muy probable que aún sea el Deep State (el “estado profundo”, como es denominado en los Estados Unidos) el que tenga ventaja a largo plazo, pudiendo contar con recursos y, sobre todo, por su inatacabilidad que, de hecho, los poderes visibles y “democráticamente elegidos” no poseen. Esta necesaria premisa quizás pueda ayudar a entender algo sobre la relación ambigua que el “poder” parece haber tenido a lo largo de los años respecto a la cuestión de los “alienígenas” y de los OVNIs: una relación construida en ocasiones en base a rígidas negaciones y otras veces de sorprendentes y aparentes “revelaciones”, de sutiles instrumentalizaciones y de declaraciones públicas cuyas razones permanecen más bien oscuras, pero que han contribuido, en general, a arrojar gasolina sobre el fuego del “mito”.
 
Gianluca Marletta
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¿Existe la conjura del silencio?
 
A partir de los años 50 se desarrolló una teoría en los ambientes ufológicos en función de la cual las “instituciones” (entendiendo con este término en especial a los gobiernos nacionales, los militares y las autoridades académicas) estarían firmemente decididas a ocultar la “verdad” sobre el origen extraterrestre de los OVNIs, por temor a que tales “revelaciones” pudieran llegar a erosionar las bases y el equilibrio de fuerzas sobre el planeta Tierra. La expresión Flying Saucers Conspirancy (“conspiración de discos volantes” o, en el lenguaje popular, “conjura del silencio”) fue acuñada a tal propósito por el Mayor Donald E. Keyhoe en 1955, al acusar a la US Air Force de aplicar una política de censura deliberada respecto a las noticias sobre los OVNIs. La teoría de la “conjura del silencio” se alimenta de un hecho innegable que implica que —especialmente en los años 50 y frente a la creciente popularidad del fenómeno— en los ambientes militares y académicos americanos se desarrolló la tendencia a desacreditar, ridiculizar o marginar cualquier testimonio relacionado con la cuestión OVNI. La explicación al desdén instintivo puede residir, por una parte, en el proverbial “racionalismo” del mundo académico —en general poco dispuesto a hipotetizar la existencia de cualquier fenómeno “no racionalizable”— y, por otra parte, especialmente en el ámbito militar, por la práctica necesidad de mantener el secreto sobre proyectos y operaciones Top Secret, especialmente en un periodo de tensiones como aquel de la “Guerra Fría”. Sin embargo, naturalmente, existe la posibilidad de que un aparato militar como era aquel americano de la Posguerra —todavía tendencialmente conservador y poseedor de un cierto “espíritu de casta”— no aceptase a la ligera reconocer la existencia de un fenómeno no controlable (cualquiera que pudiera ser su naturaleza) y mucho menos hacerlo demasiado público. Esto se debe a que, purgado de las alucinaciones, de los engaños, de los descuidos y de la tecnología militar intercambiada por vehículos “marcianos”, todos los estudios y comisiones de investigación organizados durante estos años parecían, forzadamente, reconocer la existencia de un porcentaje de “fenómenos OVNI” inexplicables. Y que algunas personas dentro del aparato de los servicios americanos habían tomado en serio estos “fenómenos”, se evidencia con claridad en algunos documentos recientemente desclasificados (de los cuales hablaremos a continuación), en los cuales, sin embargo, se plantean hipótesis sobre tales fenómenos quizás todavía más desconcertantes que aquella “extraterrestre” ... En cualquier caso, como ha afirmado alguien, los años 50 representan para la ufología un “periodo de pasión”; y los informes oficiales de las fuerzas armadas estadounidenses, en gran medida, parecen dominados por una actitud sectaria y escéptica. El llamado Blue Book Project (un estudio sistemático sobre casos de presuntos OVNIS, dirigido por la USAF entre 1947 y 1969)1 y el llamado Informe Condon (un proyecto de estudio sobre los OVNIs promovido por la Universidad de Boulder, en Colorado, y dirigido por el físico Edward Condon)2 se encuentran bajo acusación por parte de los ufólogos. Ambos informes, sometidos a lo largo de los años a feroces críticas por parte de los ufólogos, a pesar de reconocer un cierto porcentaje de fenómenos como “no explicables” entre aquellos tomados en examen (cerca del 5%), sin embargo, parecían reflejar una actitud preconcebida y negativa hacia el tema OVNI, bajo una tendencia apriorística a banalizar o eliminar el problema. Todavía más sectarias y hostiles aparecían, a los ojos de los ufólogos, las conclusiones del llamado Jurado Robertson, una comisión de investigación reunida en Washington en 1953 y formada por cinco eminentes científicos3, durante la cual se recibieron 1593 informes sobre presuntos “objetos no identificados” observados entre 1947 y 1952. El informe del Jurado se “declasificó”, definitivamente, en 1967, y aunque reconoció la existencia de un 26% de casos “inexplicables”, concluye, simplemente, en que el tema OVNI “no constituye un peligro para la seguridad nacional” y que, incluso, era aconsejable “desacreditar” (debunking) el fenómeno ante la opinión pública, para evitar que se generase una excesiva “histeria” en torno a éste. Y, sin embargo, a pesar de esta fase de “persecución y martirio” del movimiento ufológico, el interés por los “fenómenos extraños del cielo” conoció en aquellos años un crecimiento exponencial en popularidad. Como consecuencia de una aparente paradoja, de hecho, el efecto de la “persecución” por parte de las autoridades militares y académicas de “viejo cuño” —que aparecieron como la medida de viejos inquisidores y partidarios del status quo— habría tenido el efecto de reavivar el interés por el fenómeno, unido a la creciente sospecha de que las “autoridades” estuvieran ocultando realmente algo. Por otra parte, si los enemigos de la ufología podían contar con un grupo de “académicos barbudos” racionalistas, y de “mezquinos servidores de uniforme”, por otra parte, señales cada vez más evidentes confirmaban que a los verdaderos “poderes fuertes” (aquellos, para entendernos, realmente capaces de influir y forjar la opinión y la imaginación de las masas), el “mito de los alienígenas” no les disgustaba en absoluto. De hecho, por razones más bien oscuras, políticos de altísimo nivel, opinion makers y mass media parecían tener intereses concretos en que el “mito” se difundiese y conquistase cada vez a más seguidores.
 
Gianluca Marletta
Ovnis y alienígenas: Origen, historia y prodigio de una pseudorreligión
 
 
Tras la fachada de este Contactismo “mediático” y de éxito, sin embargo, en los mismos años el fenómeno parece difundirse también de manera subterránea y menos visible con centenares de personas que afirman haber entrado en contacto con “visitantes”. John Keel, uno de los principales investigadores del fenómeno OVNI, escribirá: He encontrado y entrevistado a no menos de 200 contactados, la mayor parte de los cuales (...) han deseado permanecer anónimos. Ellos no han escrito libros o artículos y no se interesan por nada en cuestiones ufológicas. Y es interesante constatar como, al igual que el Espiritismo decimonónico, este tipo de Contactismo “general” no tenía, de hecho, características edulcoradas como aquel más mediático, pero se manifiesta más a menudo bajo formas angustiosas y aterradoras.
 
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Al igual que su predecesor directo, el Espiritismo, también el Contactismo parece manifestar el mismo doble rostro: uno grandilocuente y mesiánico, optimista y progresista; otro decididamente siniestro e inquietante.
 
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Jacques Vallée formula una hipótesis que asombra (especialmente considerando la formación científica del astrofísico): él mismo la define como Hipótesis Parafísica. Según Vallée, en esencia, el fenómeno OVNI tiene su origen en una “dimensión paralela” a la nuestra, no es de naturaleza “material” —al menos en el sentido que damos comúnmente a este término— y es asimilable a aquellos fenómenos presentes en el folclore de todo el mundo, allí donde se habla de elfos, gnomos, genios y otras criaturas “sutiles”.
 
Ya en 1969, en su libro más célebre bajo el título Passport to Magonia: from Folklore to Flying Saucers7 (Pasaporte a Magonia: del Folclore a los discos volantes), Vallée se lanzó a un apasionado como fascinante paralelismo entre los fenómenos tradicionales de encuentros con “criaturas sutiles” —de las cuales existe un riquísimo folclore, especialmente del Norte de Europa y de las tierras célticas— y las modernas fenomenologías OVNI. El resultado fue desconcertante: las dos fenomenologías, más allá de las apariencias, resultaban en realidad superponibles: apariciones y desapariciones, presuntos “secuestros”, posesiones, infestaciones, avistamientos de objetos y “vehículos” luminosos en la atmósfera; todo daba a entender que el fenómeno OVNI no era otra cosa que la “máscara moderna” de una fenomenología sin tiempo.
 
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En el libro Le Collège invisible (El colegio invisible) publicado en 1975, Vallée se interroga sobre las posibles razones de tal “enmascaramiento” y se pregunta por qué las “inteligencias” que presiden el fenómeno OVNI tienen necesidad de presentarse bajo el (falso) aspecto de visitantes espaciales. La respuesta que Vallée intenta dar es que tras el fenómeno OVNI está la obra de “poderes” de naturaleza no precisada, interesados en llevar a cabo un cambio (¿o una manipulación?) de la consciencia colectiva, aunque los objetivos últimos de tal “operación” permanecerían oscuros.
 
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Los OVNIS son inmateriales: palabra del FBI
 
La Hipótesis Parafísica, como se ha dicho, es acogida con escepticismo e incluso con una mal disimulada hostilidad por parte de la Ufología clásica, todavía hoy esencialmente asentada en la Hipótesis Extraterrestre. Sin embargo, a lo largo de los años han surgido declaraciones inesperadas, también en ambientes “institucionales”, algunas de las cuales sólo recientemente han sido desclasificadas y puestas a disposición del gran público. Ya en el fatídico año 1947, un docente de la University of Southern California, Meade Layne, había propuesto que la hipótesis de los llamados “discos volantes” no fuese de origen tecnológico, sino que procediesen de alguna dimensión que el profesor no alcanzaba a definir como etérea, dadas sus características del todo incompatibles con la materialidad. En 1955, en Gran Bretaña, Lord Hugh Dowding, el héroe de guerra de la RAF, que había dirigido las operaciones bélicas durante la Batalla de Inglaterra, afirmó en una entrevista9 su convicción de que los fenómenos OVNI se referían a un origen “inmaterial”: declaraciones que, en la época, en pleno clima de entusiasmo “extraterrestrerista”, pasaron casi inadvertidas en los ambientes ufológicos. Pero el testimonio indudablemente más curioso es aquel de un documento reservado por la Policía Federal americana (FBI), archivado como protocolo 6751, el 8 de julio de 1947 (pocas semanas después del avistamiento de Arnold que había desencadenado la “psicosis OVNI” en todos los Estados Unidos) y desclasificado sólo en abril de 2011. Este documento, rastreado y traducido al italiano por el investigador Adriano Forgione, es un Memorándum que tiene por tema justo los “objetos volantes no identificados”, cuyo contenido es verdaderamente singular. En este documento, se habla de informaciones obtenidas a través de “contactos mentales”, en los cuales se describe la realidad de los OVNIs y de sus ocupantes. Según lo descrito en el documento, los presuntos extraterrestres serían “similares a los hombres, pero de mayores dimensiones”, procederían de “un planeta etéreo” ubicado en una frecuencia vibratoria diferente respecto a nuestra materia, y tales seres “entenderían establecerse sobre este plano”. Sus intenciones, sin embargo, serían pacíficas. Se añade, además, que “la región de donde ellos proceden NO es el plano astral, sino que corresponde a los Lokas y a los Talas”. Los estudiosos de enseñanzas esotéricas “comprenderán estos términos”. Los Lokas y los Talas, en la Tradición Hindú, señalan, de hecho, “estados del ser” diferentes a nuestro “plano físico”, entre los cuales también están los Cielos y los Infiernos presentes en nuestras Tradiciones monoteístas occidentales. El sentido del Memorándum que, se agrega a modo de apostilla, “está respetuosamente orientado a algunos científicos de clara fama, a importantes autoridades de la aeronáutica y del sector militar y a un cierto número de funcionarios públicos”, resulta bastante claro: algunos “expertos” tienen la idea de que las autoridades deben ser puestas en conocimiento de que el conjunto de los fenómenos OVNI no tienen nada que ver con la dimensión grosera y visible en la que nos encontramos. Todo esto tiene lugar, en secreto, en los mismos días en los cuales la obsesión por los “discos volantes” está explotando a nivel mediático y el “mito extraterrestre” empieza a conquistar poco a poco las masas de los Estados Unidos y todo el mundo.
 
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Según los testimonios recopilados por Keel, gran parte de los avistamientos de OVNIs y, especialmente, de los “encuentros cercanos” con entidades “alienígenas” vendrían acompañadas de fenómenos poltergeist (en alemán, “espíritu burlón”), típicos de las infestaciones espiritistas. Se trata de fenómenos como el desplazamiento de objetos, los ruidos inexplicables, etc.
 
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Un aspecto particularmente siniestro de ciertos flap ufológicos sería, según Keel, la aparente vinculación con desgracias e incluso calamidades naturales.
 
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Será Jacques Vallée quien defina como “Encuentros Cercanos del Cuarto Tipo” a los eventos asociados a fenómenos OVNI cuyo testimonio tiene la sensación de una alteración general del sentido de la realidad, comprendiendo también la convicción de haber sido secuestrado3. Se trata de un fenómeno que, en los últimos decenios, ha conocido un aumento exponencial de casos, de los cuales han terminado por ocuparse psicólogos, antropólogos y médicos más allá de los simples apasionados.
 
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Las abduction se han convertido en un auténtico caballo de batalla de la Hipótesis Parafísica: la demostración, como afirmaba Keel y Vallée, de que en el fenómeno OVNI hay fuerzas que no tienen nada que ver con los “alienígenas” del imaginario Extraterrestralista.
 
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Las abduction comprenden una serie de fenómenos más bien complejos, dentro de los cuales se reconocen algunas constantes. Las principales son: A diferencia del Contactismo, el fenómeno del “secuestro” casi nunca viene buscado o “propiciado” por el sujeto (o mejor todavía, por la víctima); La experiencia es “subjetiva”, en el sentido que concierne al individuo y no es testimoniada directamente por otros (también si, en algunos casos, los fenómenos de “secuestro” conciernen a más de una persona y suceden en el contexto de fenómenos, como avistamientos de objetos volantes, percibidos por numerosos testimonios); Los fenómenos ocurren casi exclusivamente durante las horas nocturnas8, preferiblemente durante el sueño pero también, como hemos visto, en estado de vigilia; A menudo los testigos acuden al encuentro de la experiencia del missing time (tiempo perdido) y terminan por recurrir a la hipnosis regresiva para tratar de recordar lo que ha sucedido; Las “entidades” se presentarían con ostentación como extraterrestres en busca de conejillos de indias a los que someter a experimentos: muchas víctimas relatan haber sufrido extrañas “investigaciones médicas” con la introducción de objetos en el interior del cuerpo e incluso, en algunos casos, sufriendo violencias sexuales; Todavía más en el caso de los “avistamientos”, las abduction a menudo vienen acompañadas de fenomenologías preternaturales o sobrenaturales —muy significativos, como veremos, son los casos de las víctimas que parecen haber rechazado el intento de “secuestro” con la sola fuerza de los rezos y las invocaciones religiosas (acontecimientos estos, que han llevado a algunos investigadores a formular una verdadera y justa Hipótesis Demonológica del fenómeno OVNI). La constante de todas estas experiencias, en cualquier caso, parece ser especialmente el aspecto angustioso y terrorífico, en el cual la víctima se percibe como sojuzgada y a merced de un poder implacable en cuyas manos parece haber caído.
 
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Experiencias chamánicas y alienígenas
 
Una de las investigaciones antropológicas más interesantes sobre el tema de las abduction es aquella publicada por el periodista escocés Graham Hancock, en su ensayo Chamanes. Los maestros de la humanidad11. En el curso de tal investigación, Hancock compara los modernos relatos de “secuestros” tanto con las experiencias de Chamanismo asiático y americano, como (a raíz de Vallée) con los testimonios tradicionales de contactos entre los hombres y criaturas “sutiles” (como los Jinn de la tradición islámica, los Elementales de la tradición hermética occidental o las leyendas sobre el “pueblo pequeño” de las Hadas en Irlanda y las tierras célticas). A partir de sus estudios personales sobre estados alterados de conciencia y sobre la visión mágico-chamánica de las culturas “primitivas”, Hancock hipotetiza una analogía entre las experiencias de los presuntos “secuestrados” y las visiones de los chamanes. El resultado de estas investigaciones —comprendida también la experimentación, por parte del autor, con las mismas drogas psicodélicas utilizadas en las culturas tribales— ha llevado a resultados sorprendentes: en la práctica, las experiencias chamánicas parecerían calcar punto por punto los testimonios de los presuntos “abducidos”. Tanto los chamanes como los “secuestrados”, de hecho, parecerían testimoniar el contacto con una idéntica realidad: la única verdadera diferencia estaría en la interpretación (¿o en la “máscara”?) que estos testimonios darían de su experiencia. Si para los chamanes, por ejemplo, las “entidades” halladas durante los trances serían espíritus de la naturaleza o figuras demoníacas, para los “abducidos” éstas tomarían la forma de alienígenas hipertecnológicos. En particular, resultarían absolutamente idénticos los testimonios concernientes a las extrañas operaciones quirúrgicas a las cuales serían sometidos los sujetos de los “secuestros”: también los chamanes, de hecho, afirman ser sometidos a extrañas manipulaciones por parte de los “espíritus” que incluso llegarían a introducir pequeños fragmentos de materia en su organismo con el objetivo de conferir al sujeto poderes mágicos (también en este caso, la analogía con los testimonios de abduction en los cuales las víctimas relatan haber sufrido “implantes” por parte de los seres alienígenas parece más evidente). La pregunta más herética e inquietante que Graham Hancock se hace, sin embargo, es otra y es aquella concerniente a la naturaleza real de este “universo visionario” tan común entre chamanes y abducidos. En esencia, se pregunta el investigador escocés, ¿Estamos frente a meras creaciones del cerebro o ante la percepción de otra realidad? ¿Y si tratase sólo de experiencias subjetivas, como se justificarían las características comunes existentes en este tipo de experiencias? ¿Y quizás es posible, se pregunta todavía Hancock, que nuestra mente, en ciertas condiciones, pueda convertirse en una suerte de antena receptora vinculada a una dimensión paralela no menos real que la nuestra? Hancock también plantea una hipótesis sobre cuál puede ser la “dimensión” de la que proceden estas manifestaciones: ésta sería aquella que, en muchas tradiciones, es definida como “mundo intermedio”, o aquella dimensión sutil, “anímica”, ni material ni realmente espiritual, donde se manifestarían toda suerte de influencias, a menudo entre las más ambiguas y peligrosas. Otra analogía propuesta por Hancock, de hecho, es aquella entre las experiencias OVNI y los innumerables testimonios, presentes hasta los tiempos recientes en el folclore de todo el mundo, de contactos con el variado mundo de las hadas, de los jinn o de los espíritus. Según Hancock, por ejemplo, ciertos relatos difundidos en Irlanda o en las tierras célticas concernientes al “secuestro” de adultos y niños por parte de hadas, serían demasiado similares a las modernas experiencias de abduction para ser consideradas casuales. Una increíble semejanza, en particular, se daría entre los presuntos relatos de relaciones sexuales entre los “secuestradores” y las víctimas y la inmensa tradición folclórica de los “acoplamientos” entre seres humanos y hadas: en ambos casos, según Hancock, nos encontraríamos frente a experiencias no materiales pero inherentes a una realidad “sutil” que entraría en comunicación con la nuestra: algo que permanecería en el mito de los demonios íncubos y súcubos ya presentes en la tradición clásica del Medievo. Hancock encuentra incluso una indudable semejanza entre la aparente “fisonomía” de las criaturas mágicas o demoníacas de la Tradición y las tipologías modernas de los alienígenas15: ellos se presentan preferentemente bajo la forma de enanos o de gigantes, a menudo con grandes cráneos de características antropomórficas o, a veces, teriomorfas (es decir, animalescas). Hancock tiene un enfoque puramente fenomenológico y, por lo tanto, no expresa un juicio “de valor” sobre estas manifestaciones ni presiona al juzgar que estos acontecimientos sean considerados como “positivos” o “negativos”. ¿De qué nivel del “mundo intermedio” provendrían los fenómenos que hoy llamamos OVNIs? ¿Son éstos “reflejos” luminosos de los estados angélicos o, más bien, manifestaciones infernales o demoníacas? A esta pregunta Hancock no responde, y sin embargo, él tampoco puede evitar encontrar engañosa la naturaleza de los fenómenos llamados OVNIs: “¿Qué tienen que ver con nosotros? ¿Por qué están aquí? ¿Qué quieren? ¿Cuál es su interés?16”. Se dice que la trampa más grande diseñada por el diablo es convencer al mundo de que el diablo no existe. (...) Nos hemos convencido, contra el sabio consejo de nuestros antepasados, de que no existe ninguna forma de inteligencia sobrenatural (...) Quizás estemos equivocados.
 
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De hecho, parece claro que Malanga no hace otra cosa que sustituir la imagen tradicional de los demonios por aquella moderna del alienígena. Según Malanga, de hecho, los “alienígenas” serían todos malvados y oscuros, también cuando se ocultan tras la máscara de un rostro benévolo. Simplemente sostiene, pese a todo, la Hipótesis Extraterrestre porque la aceptación del concepto de demonio significaría, al mismo tiempo, tener que casar una visión metafísica y cosmológica de tipo tradicional que el químico pisano rechaza de entrada.
 
En la visión malangiana, de hecho, los alienígenas se comportan como demonios, interactúan como demonios, provocan las mismas reacciones psicofísicas que la tradición atribuye a las influencias demoníacas (posesiones, acoso etc), pero son llamados “alienígenas” porque esta identificación surgiría de las palabras de los “hipnotizados”.
 
Es un dato de facto, sin embargo, que los “alienígenas” de la visión malangiana ya han perdido las características hipertecnológicas y materiales propios del “mito extraterrestre”: permanecen como “alienígenas” porque Malanga se obstina en definirlos como tales.
 
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EN FEBRERO DE 1960, sobre las páginas de la revista soviética Literaturnaja Gazeta, apareció un curioso artículo firmado por el matemático y físico Matest Agrest que, a su manera, habría hecho historia. Dentro del artículo, el estudioso afirmaba con convicción que gran parte de los episodios de apariciones y manifestaciones “sobrenaturales” presentes en los textos bíblicos debían ser interpretadas como testimonios (deformados por la mentalidad “primitiva”) de contactos entre nuestros antepasados y visitantes extraterrestres. En particular, Agrest sostenía que la destrucción de Sodoma y Gomorra narrada en el Génesis no había sido sino un bombardeo atómico ante litteram y que el mismo Jesús fue un “alienígena” transportado a Belén por una nave espacial confundida con una “estrella” por los famosos Magos.1 Estas “hipótesis”, en realidad, no eran del todo nuevas (ya las hemos visto expresadas por algunos entre los primeros “contactados”), pero nunca nadie había llegado a proponerlas en una revista oficial. Sin embargo, el énfasis que se le dará al artículo será realmente notable y, algo decididamente insólito en la época, retomado con celeridad excepcional por los diarios estadounidenses como el New York Times y Los Angeles Times, que publicaron extractos el día después de su publicación en la URSS.
 
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Retomada y reelaborada, readaptada y reinterpretada, la “teoría de los antiguos astronautas” (o “paleoastronáutica”) se convertiría, de hecho, en uno de los fenómenos más difundidos de la “cultura popular”, así como un intento de respuesta que se pretendería “convincente” ante los verdaderos o presuntos enigmas relacionados con nuestro pasado.
 
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Si los “fenómenos OVNI”, con sus anexos y conexiones, representan el aspecto prodigioso y milagroso de aquella que hemos definido como “pseudorreligión extraterrestre” y si los Contactados encarnan la función “profética” y “reveladora”, las hipótesis de la paleoastronáutica representan más el corpus doctrinal e interpretativo.
 
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Podemos decir, en un cierto sentido, que las hipótesis paleoastronáuticas se refieren al “mito extraterrestre” como los Textos Sagrados lo hacen respecto a las religiones: y no es casualidad que los impulsores de la hipótesis de los “antiguos contactos” hayan dedicado gran parte de sus esfuerzos a la “reinterpretación” en clave extraterrestre de las Escrituras de las distintas tradiciones. Entre los autores de mayor éxito del filón paleoastronautico podemos recordar, ya a mediados de los años 60, al francés Robert Charroux y al británico Walter Raymond Drake (este último, autor del primer libro dedicado específicamente a la interpretación “extraterrestre” de la Biblia).
 
El éxito popular de la hipótesis llega, sin embargo, al final del decenio con los libros del escritor suizo Erich Von Daniken, en particular con el best seller Los extraterrestres volverán (Erinnerungen an die Zukunft, 1968), donde se encuentran todas las interpretaciones y las afirmaciones que serán retomadas por la paleoastronáutica en los años sucesivos (exégesis “alienígena” de los Textos Sagrados —especialmente la Biblia y los relatos de la tradición hindú—, correlación entre las grandes estructuras arquitectónicas del pasado y presuntas intervenciones extraterrestres etc).
 
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En cualquier caso, más allá del enfoque individual, las principales tesis de la paleoastronáutica pueden resumirse en las siguientes afirmaciones:
 
El planeta Tierra habría sido visitado en el pasado por criaturas alienígenas que influirían de manera determinante sobre la “evolución” de la civilización.
 
El origen mismo del Homo Sapiens, con su inesperada aparición, sería explicable gracias a la intervención de extraterrestres muy evolucionados que se habrían cruzado (o modificado genéticamente) con los homínidos ya presentes, dando origen a nuestra especie (tesis que se está convirtiendo progresivamente en el “caballo de batalla” de un cierto ateísmo de vanguardia, insatisfecho con las respuestas del viejo Darwinismo).
 
Los principales “enigmas arqueológicos” distribuidos por nuestro planeta (Pirámides, construcciones megalíticas, pistas, diseños de Nazca etc) serían explicables a partir del uso de una tecnología extraterrestre.
 
Los Textos Sagrados, los relatos, las crónicas e incluso muchas obras de arte serían el testimonio “ingenuo” y “primitivo” de estos contactos.
 
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¿Pero cuáles serían los “métodos” utilizados por los partidarios de la paleoastronáutica para recopilar eventuales pruebas y sustento para sus hipótesis?
 
Las características de su modus operandi son más simples en su resumen:
 
Un literalismo absoluto en la interpretación de los textos y los testimonios antiguos. La paleoastronáutica no sólo ignora, sino que desprecia cualquier tipo de interpretación tradicional: un Texto Sagrado, por ejemplo, debe interpretarse “literalmente”, prescindiendo entonces de la misma Tradición que lo ha generado. Por usar una expresión retórica más apreciada por el escritor Mauro Biglino, en la lectura de un texto antiguo es necesario “fingir que... Se dice aquello que se afirma”: esto es, concretamente, excluir cualquier significado que a nuestros ojos (de modernos) no sea aquel más aparente. Así, por ejemplo, dondequiera que en los textos tradicionales se hable de Cielos, del Reino de los Cielos, de “dimensiones superiores”4, no deberíamos ver otra cosa que una referencia al espacio y a eventuales planetas extraterrestres, más que diversos estados del ser. Pero también habrá quien, bajo este método, afirmará ver “naves espaciales” en antiguos cuadros e incluso un lejano recuerdo de “misiles extraterrestres” en la forma de campanario de los minaretes.
 
Los eruditos de la paleoastronáutica dejan a un lado cualquier conocimiento del simbolismo, la cosmología o la metafísica tradicional. Se ignora o se minimiza el mismo hecho de que los “antiguos” pudieran tener una visión del mundo tan compleja como “diversa” respecto a aquella de los modernos. Se ignora o se minimiza que “los antiguos” pudieran haber elaborado una forma de interpretación de las Escrituras o de los textos reunidos o compilados por ellos mismos.
 
Criticando seguramente, bajo ciertos aspectos, el evolucionismo y el darwinismo, la paleoastronáutica se jacta de ser “moderna”: la actitud hacia nuestros pobres antepasados primitivos es inequívoca y está marcada por la superioridad y el desprecio. Los eruditos de la paleoastronáutica, primeros en la historia, “descubrirían” finalmente el verdadero sentido de las Escrituras y de los testimonios del pasado que nuestros “ingenuos predecesores” ignoraban o erraban.
 
Además, es particularmente problemática la relación entre paleoastronáutica y arqueología. Después de los “rugientes años 70”, durante los cuales autores como Von Daniken afirmaban reconocer testimonios de “presencia alienígena” entre las ruinas esparcidas por todos los rincones del mundo.
 
La posterior crítica ha redimensionado totalmente los entusiasmos. Las más recientes obras de la paleoastronáutica (Sitchin y Biglino), de hecho, tienden a poner entre paréntesis el problema de la ausencia de testimonios arqueológicos para respaldar sus propias hipótesis e, incluso si intentan recurrir a supuestas “pruebas concretas”, éstas resultan invariablemente mixtificadas o incluso inventadas. La paleoastronáutica, además, también pretende prescindir de los estudios modernos de antropología o de la historia de las religiones. El contexto cultural, espiritual, mental y el valor de los pueblos antiguos se pasa por alto; los estudios de historia comparada de las religiones, que evidencian analogías entre ritos, símbolos y lenguajes entre las diversas culturas y poblaciones, son simplemente ignorados.
 
 
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En auxilio de Hoyle llegará entonces el ilustre premio Nobel Francis Crick, que en 1953 había identificado junto a James Watson la estructura del ADN, proponiendo una versión todavía más extrema e impactante de la Panspermia: la Panspermia Guiada. En esencia, aquello que se sostenía en este caso es que la difusión de la vida en el universo no tuvo lugar a través de vías “espontáneas” y casuales, sino porque estuvo guiada por una inteligencia: una inteligencia extraterrestre. Por obviar la aparente imposibilidad evidenciada por los cálculos de Wickramasinghe, Crick hipotetizó que el acontecimiento-vida ocurrió en un solo caso en algún lugar del universo (universo que, en su “inmensidad”, podía diluir la improbabilidad del origen de la vida de la materia inanimada). Una vez sucedido el acontecimiento y llegados, a través de la evolución, al nivel de una “civilización tecnológica” capaz de explorar los espacios cósmicos, esta “civilización” habría difundido, por razones que desconocemos, la vida en otros planetas, comprendido el nuestro. Crick revisará a continuación sus posiciones, afirmando preferir (a pesar de todo) la idea de que la vida se hubiese generado espontáneamente sobre la Tierra; pero su desconcertante hipótesis se ha convertido, con los años, en fuente de inspiración tanto para los partidarios de la paleoastronautica, como para los ateos más irreductibles. La hipótesis del alienígena “creador” (o cuanto menos inseminador) universal parece ser, de hecho, a ojos de muchos, la única alternativa aceptable para no “recaer” en la hipótesis-Dios: y ello ha contribuido, en los últimos años, a atraer hacia la tesis de los “antiguos astronautas” no solo a los apasionados del New Age o a los ufólogos, sino también a un creciente número de irreductibles ateos y anticlericales. El caso más impactante es, quizás, aquel de Richard Dawkins, divulgador científico conocido en todo el mundo por sus tesis ultradarwinistas y ateas que, en los últimos años, ha aceptado con mayor frecuencia, al menos en principio, la idea de la Panspermia Guiada.
 
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La hipótesis de Sitchin está esencialmente basada en una interpretación de los antiguos textos mesopotámicos (pero también en algunos pasajes bíblicos), a partir de los cuales el escritor azerí elabora una contra-historia de la humanidad intrigante como la trama de un relato de ciencia ficción.
 
Los puntos cardinales de esta fanta-génesis son especialmente tres: La interpretación en clave “planetaria” de la epopeya babilónica de la creación (el Enûma Elish6). La idea de que las antiguas poblaciones de Mesopotamia estuvieron en conocimiento, por revelación extraterrestre, de la existencia de Doce cuerpos celestes de nuestro sistema solar, entre los cuales figuraría un planeta de nombre Nibiru, caracterizado, según Sitchin, por una órbita excéntrica que lo llevaría periódicamente a las inmediaciones de la Tierra. La idea de que los habitantes de Nibiru (a los que Sitchin llama Annunaki, a partir del nombre de las divinidades mesopotámicas del cielo, o Nephilim, del nombre bíblico referido a los “Gigantes” que vivieron en épocas remotas) habrían llegado a la tierra cuando el hombre se encontraba todavía en un nivel semisimiesco y que generaron al homo sapiens mezclando sus propios genes con los de los homínidos ya presentes en nuestro planeta.
 
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Tomada del libro Ovnis y alienígenas: Origen, historia y prodigio de una pseudorreligión de Gianluca Marletta
 
Al libro-culto del 2010 seguirán en orden: Il dio alieno nella Bibbia (2011); Non c'è creazione nella Bibbia (2012); La Bibbia non è un libro sacro (2013); todos editados con la Uno Edizioni. A estos viene añadido un ensayo editado en esta ocasión por Mondadori en 2015 bajo el título: La Bibbia non parla di Dio. El contenido de todos estos ensayos se puede resumir en los siguientes puntos: La Biblia no es un libro religioso, no habla de nada que tenga que ver con cuestiones metafísicas, ni de Dios alguno; En una lectura estrictamente literal, se evidenciaría que la Biblia es, ante todo, un libro histórico que narra los acontecimientos de una estirpe presumiblemente “alienígena” conocida como los Elohim, de los cuales “el Elohim de Israel”, Yahweh, sería solo uno de muchos; Todos los términos hebreos de la Biblia, si se interpretan literalmente, harían referencia con evidencia a la historia de estos “alienígenas” llegados a la tierra; Cada interpretación de tipo religioso, esotérico o metafísico de las Escrituras sería solamente una “superestructura ideológica” impuesta sucesivamente por la casta de los sacerdotes para dominar al pueblo y las conciencias.
 
A partir de estas claves interpretativas, Biglino habría desvelado el verdadero significado de los acontecimientos bíblicos, que podrían resumirse de la siguiente manera: En un pasado remoto, una nave alienígena de los “Elohim” llega a la Tierra y decide transformarla en un lugar más hospitalario. Se asientan en un valle oscuro y brumoso, en gran parte ocupado por las aguas y... La nave de los Elohim flotó sobre la superficie de estas aguas encrespándolas con la vibración de los motores encendidos.2 Entonces los Elohim, por no trabajar en la oscuridad, decidieron encender las luces de la astronave (“¡Y se hizo la luz!” — Génesis 1, 1.3) y así pudieron organizar y planificar los trabajos de limpieza del territorio. En este punto, los Elohim alienígenas decidieron crear un dique para “separar las aguas de encima y aquellas de debajo3” (y aquella que en la Biblia, como en muchas tradiciones espirituales, viene descrita inequívocamente como la separación de las “aguas”, pero que en Biglino se interpreta como “un trabajo de limpieza”) y así, una vez aparecido lo seco, los alienígenas empezaron a cultivar alguna suerte de plantas, creando en probeta, mediante la ingeniería genética, peces, pájaros y animales selváticos. ¿Pero por qué eligieron la Tierra los Elohim? Sobre este punto, Biglino prosigue la narración de Sitchin: probarían con un planeta de órbita elíptica, Nibiru, que cada 3.600 años se acercaría a nuestro planeta. Según Sitchin-Biglino, la expedición de los Elohim probablemente tenía como objetivo encontrar oro que, atomizado en la atmósfera de Nibiru, ralentizaría un proceso de enfriamiento y rarefacción. El líder de los Elohim habría sido Anu (nombre del dios sumerio del cielo), que habría confiado a 600 alienígenas la misión de repartirse la Tierra. Además, por alguna razón, según Biglino, estos seres habrían tenido necesidad de aspirar el humo de las carnes quemadas, humo que contendría aquellas enzimas presentes en la atmósfera de su planeta, y cuya ausencia generaba frecuentes crisis respiratorias en los Elohim: pero es por esta razón, según el “biblista”, que habrían tenido origen los sacrificios presentes en todos los pueblos antiguos.
 
De la Biblia según Biglino A partir de estas claves interpretativas, Biglino habría desvelado el verdadero significado de los acontecimientos bíblicos, que podrían resumirse de la siguiente manera: En un pasado remoto, una nave alienígena de los “Elohim” llega a la Tierra y decide transformarla en un lugar más hospitalario. Se asientan en un valle oscuro y brumoso, en gran parte ocupado por las aguas y... La nave de los Elohim flotó sobre la superficie de estas aguas encrespándolas con la vibración de los motores encendidos.2 Entonces los Elohim, por no trabajar en la oscuridad, decidieron encender las luces de la astronave (“¡Y se hizo la luz!” — Génesis 1, 1.3) y así pudieron organizar y planificar los trabajos de limpieza del territorio. En este punto, los Elohim alienígenas decidieron crear un dique para “separar las aguas de encima y aquellas de debajo3” (y aquella que en la Biblia, como en muchas tradiciones espirituales, viene descrita inequívocamente como la separación de las “aguas”, pero que en Biglino se interpreta como “un trabajo de limpieza”) y así, una vez aparecido lo seco, los alienígenas empezaron a cultivar alguna suerte de plantas, creando en probeta, mediante la ingeniería genética, peces, pájaros y animales selváticos. ¿Pero por qué eligieron la Tierra los Elohim? Sobre este punto, Biglino prosigue la narración de Sitchin: probarían con un planeta de órbita elíptica, Nibiru, que cada 3.600 años se acercaría a nuestro planeta. Según Sitchin-Biglino, la expedición de los Elohim probablemente tenía como objetivo encontrar oro que, atomizado en la atmósfera de Nibiru, ralentizaría un proceso de enfriamiento y rarefacción. El líder de los Elohim habría sido Anu (nombre del dios sumerio del cielo), que habría confiado a 600 alienígenas la misión de repartirse la Tierra. Además, por alguna razón, según Biglino, estos seres habrían tenido necesidad de aspirar el humo de las carnes quemadas, humo que contendría aquellas enzimas presentes en la atmósfera de su planeta, y cuya ausencia generaba frecuentes crisis respiratorias en los Elohim: pero es por esta razón, según el “biblista”, que habrían tenido origen los sacrificios presentes en todos los pueblos antiguos. El gran descubrimiento de los Elohim, sin embargo, habría sido aquel de una curiosa criatura que vagaba por las sabanas de lo que hoy llamamos África: un homínido extraño pero fascinante que habría atraído rápidamente la atención de los “visitantes”. Dicho esto, los alienígenas habrían decidido que, modificando genéticamente aquel ser, se podrían resolver muchos de sus problemas. Y así fue. Mezclaron su ADN con aquel de los homínidos dando lugar, finalmente, al hombre. El hombre habría trabajado en las minas de oro de África en su lugar y... Al Séptimo día los Elohim pudieron descansar. Muchos siglos después, cuando la criatura de los Elohim ya había iniciado su fase histórica y comenzado a poblar toda la Tierra, los Elohim se dividieron en varios pueblos: y un joven Elohim cuyo nombre era Yahweh, decididamente desafortunado, le habría tocado en suerte solo un pequeño pueblo de beduinos errantes del Oriente Medio, los hebreos. Lleno de envidia e iracundo, pero también despiadado y ambicioso, el alienígena Yahweh comenzó a utilizar todo su arte militar para engrandecer a su pequeño pueblo: con la ayuda de sus fieles Malakim (aquellos que llamamos “ángeles”) y de los poderes tecnológicos de su astronave Kavod (término que la Biblia traduce normalmente como “gloria” de Dios), Yahweh el guerrero habría llegado a asentar a su pueblo de camellos y pastores en una hermosa región llamada Canaán o Palestina. Por alguna razón que ignoramos (¿Quizás el alejamiento de Nibiru de la órbita terrestre?), hacia los siglos IV-III a.C., los Elohim se habrían visto obligados a abandonar la Tierra, dejando a su suerte a los pueblos sobre los cuales habían reinado: pueblos que, en el deseo de recrear un contacto con sus creadores y señores, espiritualizarían gradualmente la memoria de estos seres mediante la creación de religiones.
 
Gianluca Marletta
Ovnis y alienígenas: Origen, historia y prodigio de una pseudorreligión
 
 
El método Biglino y las razones de su éxito pueden definirse en los siguientes puntos:
 
A diferencia de otros partidarios de la paleoastronautica, Biglino ostenta la cualificación de presunto “biblista”. Su historia personal (en realidad un poco mitologizada) se configura narrativamente en el modo de un ciclo del héroe donde el protagonista, inicialmente sobre posiciones “ortodoxas”, se dirige a los alienígenas en el camino hacia Damasco, convirtiéndose en el campeón del pensamiento libre frente al oscurantismo religioso. Esto genera una “empatía” inmediata y una identificación entre el autor y un público generalmente constituido por anti-clericales o, en cualquier caso, por personajes fuertemente contrarios a la religión, especialmente hacia aquella cristiana.
 
La idea de que el texto bíblico deba reducirse a su inmediato significado “literal”. Biglino condena anticipadamente como mixtificaciones todas las interpretaciones espirituales, simbólicas o metafísicas de las Escrituras. Es él quien crea la forma retórica del “Supongamos que...”; incluso si, sus interpretaciones “literales y objetivas” de los términos bíblicos son, muy a menudo, más “subjetivas” y unilaterales de cuanto pueda imaginarse de una lectura superficial de sus libros.
 
Biglino, como, o incluso más que los seguidores anteriores de la paleoastronautica, sobrevuela literalmente sobre el contexto antropológico, cultural e histórico: “su” Biblia es un texto descontextualizado, donde cada referencia a la cultura y a la visión tradicional es excluida de inicio. Para proponer a los lectores la idea de una “férrea coherencia” de su discurso, Biglino elimina cualquier enfrentamiento con otras disciplinas que no sean, precisamente, la lectura más inmediata del texto.
 
Una hipótesis sensacional como aquella de Biglino también habría necesitado, además, de un enfrentamiento con los datos arqueológicos; pero este aspecto, una vez más, es astutamente evitado por el autor. Las poquísimas veces que Biglino apela a descubrimientos arqueológicos, como veremos, los datos que aporta resultan completamente equivocados, lo cual (aunque se quiera creer en la buena fe del autor) es significativo en relación a su actitud. Uno de los “puntos fuertes” de Biglino es el uso desprejuiciado de las fuentes (no solo de Textos originarios, sino también de diccionarios, comentarios bíblicos etc.) que informan sobre extractos extrapolados o incluso, en algunos casos, manipulados en la medida de poder sostener su hipótesis. Todo esto, evidentemente, confiando en la dificultad o en la imposibilidad, por parte de su público, de consultar las fuentes originales.
 
Otro de los recursos retóricos frecuentes en la obra de Biglino es aquel de utilizar expresiones tan perentorias como vagas del tipo, “los investigadores afirman...”, “Todos los biblistas son de de la opinión de que...”, etc., pero observando cuidadosamente los detalles de sus afirmaciones.
 
Ovnis y alienígenas: Origen, historia y prodigio de una pseudorreligión
 
 
En primer lugar, hay que reconocer que el discurso de Biglino contiene alguna verdad: en la lengua hebrea no existe una palabra que pueda comprender el “concepto” de Dios, así como —y esto sorprenderá al “biblista” turinés— esta palabra no existe en ninguna lengua humana. Y en efecto, si tomamos el término “Dios” como sinónimo de Ser Supremo o incluso más que Absoluto, es evidente que ningún término podrá comprender nunca el “concepto” plenamente, pero podrá, como mucho, evidenciar algunos aspectos por analogía con las realidades terrenales. Así, por ejemplo, también en las lenguas indoeuropeas, el término “Dios” (al igual que el Gott germánico, el Deus latino, el Theos griego etc), derivan en su totalidad de una raíz indoaria, Djew, que significa literalmente “resplandeciente” (la misma de la cual deriva el término “día” en latín —dies— en inglés —day— etc.). Por lo tanto, si queremos “jugar el juego” de Biglino, ni tan siquiera nuestras lenguas europeas poseen una palabra que indique literalmente el concepto de Dios, aunque no se pueda decir que este “concepto” (si se quiere utilizar este término) no exista.
 
Gianluca Marletta
Ovnis y alienígenas: Origen, historia y prodigio de una pseudorreligión
 
 
Pero volviendo al término Elohim, también en este caso es evidente como Biglino utiliza la retórica de “la filología académica afirma que...”, sin tener que tomarse la molestia de citar textos oficiales concretos para sustentar su hipótesis.
 
Como alternativa, Biglino utiliza definiciones y conceptos retomados de algunos diccionarios de hebreo bíblico, pero adaptando las definiciones y los significados que podrían contradecir sus tesis.
 
A tal propósito, justo el diccionario más utilizado por Biglino, el Brown-Driver-Briggs Hebrew and English Lexicon, para la voz אלוהים Elohim (483)4, informa de tres significados
 
Gobernantes, jueces (...). Aquellos divinos, seres superhumanos comprendidos Dios y los ángeles (...) dioses, etc.
 
Plural intensivo. Dios o diosa (...)
 
El (verdadero) Dios. YHWH es (el) Dios.
 
Es inútil decir que, de las tres definiciones, Biglino apela solo a la primera (más genérica) y, naturalmente, pasa en total silencio por la tercera (más específica e inequívoca), en la cual el término Elohim es utilizado para designar “el verdadero Dios”, en oposición a las otras “divinidades” (el diccionario, en apoyo de tal significado, cita el uso hecho en algunos pasajes bíblicos: Dt 4, 32,39; 1Re 8, 60; 2Cro 33, 13 etc).
 
Por lo tanto, sí es evidente que la raíz de Elohim remite al concepto de “potencia”, de “juicio” y de “altura” (exactamente como nuestro término “Dios” se origina de la expresión que señala el “esplendor”), su uso extendido se refiere perfectamente al Supremo, o a Aquel que es, eminentemente, “Juez” y “Poderoso”.
 
La raíz de la cual extrae su origen el término Elohim, por lo demás, es utilizada para designar a los dioses o la Divinidad en todas las lenguas semíticas occidentales: se encuentra en el cananeo ugarítico como 'lhm, en el arameo bíblico como 'Ĕlāhā, y sucesivamente en el sirio Aalaha “Dios”, y en árabe para señalar genéricamente las “divinidades”, ilāh o como Allah para señalar “el” Dios único (artículo Al+'ilāh).
 
Sobre la cuestión del “plural” del término Elohim, que tantas ilusiones ha suscitado tanto en Biglino como en los precedentes estudiosos de la paleoastronautica, la Encyclopedia Judaica (edición 2006) informa de los siguientes ejemplos y explicaciones (las cursivas son nuestras):
 
La palabra eloah “Dios” y su plural elohim, es aparentemente una forma alargada de El (...). (Elohim) es usado muy raramente en referencia a un dios extranjero y solo en un periodo de demora (...) En todos los demás casos nos refiere al Dios de Israel (...). En referencia al “dios” de Israel viene utilizado muy a menudo —más de 200 veces— y frecuentemente con el artículo ha-elohim, “el (verdadero) Dios”. (...) algunos estudiosos lo consideran como un plural que expresa una idea abstracta (por ejemplo, zekunim, “vejez”, neurim “tiempo de la juventud”. (...) Es más probable, sin embargo, que haya venido de un uso general cananeo. En la carta al Faraón el-Amarna es designado a menudo como “mis dioses (ilani'ya) el dios-sol”.
 
Por lo demás, muchos términos hebreos, cuando expresan conceptos de gran importancia, son referidos en plural, entre ellos: hayim (vida), rahamim (misericordia), ba'alim (señor), etc.
 
El “concepto” de Dios, entonces, está perfectamente presente en Israel y en el ámbito semítico, y el uso del término en plural está ampliamente documentado en las culturas de aquella zona y de aquella época para designar conceptos eminentes, cuyo significado permanece en singular.
 
Queriendo, por lo tanto, dar por descontada la buena fe de Biglino, es evidente que su preparación como “autodidacta” de la lengua hebrea no es, de hecho, suficiente para dar sentido pleno a una traducción, especialmente en lo que concierne a un texto complejo y de significados poliédricos como la Biblia.
 
Gianluca Marletta
Ovnis y alienígenas: Origen, historia y prodigio de una pseudorreligión
 
 
Una vez más, a los ojos de quien quiera ver, el “método Biglino” aparece como una extraña macedonia de equívocos y boutade que seguramente puede resultar “seductor” a los ojos de muchos pero que, en un último análisis, está absolutamente desprovisto de cualquier fundamento.
 
Gianluca Marletta
Ovnis y alienígenas: Origen, historia y prodigio de una pseudorreligión
 
 
SI hay una cosa que ha caracterizado al “mito extraterrestre” desde su nacimiento es, seguramente, la fuerte referencia a una atmósfera que podemos definir como “religiosa” o “pseudorreligiosa”.
 
Gianluca Marletta
Ovnis y alienígenas: Origen, historia y prodigio de una pseudorreligión
 
 
A la espera del “Mesías alienígena”
 
Por otra parte, como hemos subrayado, el “mito extraterrestre” posee todas las características de una perfecta “parodia de la religión”: hay un aspecto prodigioso-milagroso, que se manifiesta en la interpretación en clave “alienígena” de los fenómenos OVNI y de las posesiones denominadas abduction; existe un aspecto profético-revelador que se manifiesta en el Contactismo; existe un aspecto doctrinal que se sustancia en la lectura en clave ufológica de los orígenes del hombre, de la vida y de los Textos Sagrados de las religiones.
 
Pero también existe, y quizás, sobre todo, un aspecto de espera mesiánica que subyace en toda la historia del “mito extraterrestre”: de los “alienígenas sutiles” de Crowley y Parsons destinados a destruir las religiones para abrir a la humanidad al Eón de Horus hasta la espera de las “impactantes revelaciones” por parte de Sitchin y Biglino que desvelarán la verdad oculta sobre los orígenes del hombre. De hecho, los “extraterrestrelistas” se configuran como una humanidad “en espera”. No en vano, es necesario tomar nota de que millones de personas, a día de hoy, viven en la certeza de un próximo “acontecimiento” que finalmente desvelará aquello que ha permanecido oculto: una suerte de “parodia del Apocalipsis” cristiano donde finalmente conoceremos aquello que, de buena o mala fe, las religiones, los gobiernos y la ciencia han tratado de “ocultar” a toda costa: la existencia de los alienígenas.
 
Desde este punto de vista, la parodia de la espera mesiánica propia de las religiones tradicionales no podría ser más oportuna: en el lugar del “desvelamiento” de la Verdad divina (es este el sentido literal del término griego “apocalipsis”) tenemos la revelación de la “verdad” sobre nuestros orígenes; en el lugar del retorno de Cristo o del Mesías esperado por el Cristianismo, el Islam y el Judaísmo, o del Kalki Avatara del Hinduismo, tenemos el futuro (¿próximo?) descenso del “cielo” de un mesías extraterrestre que vendrá a traer una Nueva Era, nos desvelará el verdadero sentido de nuestra existencia y, probablemente, nos salvará de la autodestrucción atómica o ambiental (así como durante decenios han predicado los contactistas).
 
Lo más significativo, además, es que esta expectativa mesiánica es compartida, aunque de formas diferentes, por personas de una extracción cuanto menos heterogénea: los contactistas que practican el channeling y la telepatía, por ejemplo, estarán muy lejos como visión del mundo, de ciertos fans ateos y materialistas de Biglino, pero sin embargo todos ellos están igualmente “a la espera” de un shock que sacudirá a la humanidad.
 
En aquel día, según los extraterrestralistas, no solo todos nosotros “conoceremos la verdad”, sino que finalmente los enemigos oscurantistas e intolerantes del saber serán definitivamente humillados y silenciados. Leyendo las páginas de Von Däniken o el blog de los partidarios de Sitchin o Biglino, es fácil encontrar declaraciones despectivas y burlonas dirigidas, especialmente, a los fieles de las religiones tradicionales: religiones que, según los extraterrestralistas, serán eliminadas cuando llegue a su fin la ansiada espera... ¡Confirmación oficial sobre los alienígenas!
 
Gianluca Marletta
Ovnis y alienígenas: Origen, historia y prodigio de una pseudorreligión
 
 
En aquel día, según los extraterrestralistas, no solo todos nosotros “conoceremos la verdad”, sino que finalmente los enemigos oscurantistas e intolerantes del saber serán definitivamente humillados y silenciados.
 
Gianluca Marletta
Ovnis y alienígenas: Origen, historia y prodigio de una pseudorreligión
 
 
La hipótesis demonológica
 
Las declaraciones de los exponentes de las Iglesias Ortodoxas informaron una vez más sobre la cuestión OVNI, sobre lo que ha sido definido como la Hipótesis Demonológica: una hipótesis que podría sonar inverosimil a los oídos del hombre moderno secularizado pero que hemos visto alentada, de una manera u otra, por estudiosos y ufólogos de extracción totalmente laica y a-religiosa.
 
El aspecto aparentemente inmaterial y “evanescente” de los fenómenos OVNI, sus características, a menudo angustiosas y terroríficas y su “máscara” engañosa despiertan en muchos la clara impresión de que tiene que ver con un fenómeno (o mejor todavía, con un conjunto de fenómenos, interpretaciones y repercusiones ideológicas) marcado por un sello decididamente siniestro.
 
Sobre esta hipótesis, un escritor francés de escuela “guenoniana”, Jean Robin, ha elaborado un ensayo que ha representado hasta hoy, la forma de crítica más radical al mito extraterrestre: UFO, la gran parodia (publicada en Italia por Edizioni all'Insegna del Veltro, Parma, 1984).
 
Según Robin, de hecho, el mito extraterrestre (con su corolario “prodigioso” constituido por los fenómenos OVNI), sería considerado como la forma más sofisticada de engaño del anticristo, utilizado para seducir a la ya desorientada humanidad moderna.
 
De esta manera, el mito de los OVNIs se prestaría a engañar en igual medida tanto a los “pseudo-espiritualistas” como a los seguidores del viejo materialismo, los cuales estarían muy dispuestos a acoger, en sus inciertas cosmogonías, a los “mutantes” extraterrestres para terminar por “jubilar” la idea de Dios.
 
Porque, afirma Robin, los OVNIs son ciertamente un hecho. El materialista, que es por definición un “empírico” pero que nada sabe de aquello que es metafísico, podría acoger tranquilamente “el engaño extraterrestre”, en la medida en que éste se manifiesta bajo formas aparentemente “tecnológicas” y futuristas.
 
Sin embargo, el aspecto original de la crítica de Robin reside en la idea de que todas las manifestaciones del “mito extraterrestre” sean, de cualquier modo, coherentes con un proyecto de manipulación general de la conciencia humana. Retomando las antiguas profecías bíblicas y las tradiciones apocalípticas del Islam y del Hinduismo, de hecho, Jean Robin identifica en la modernidad tanto materialista como neoespiritualista el “tiempo de la apostasía” previsto por San Pablo7; y, sin embargo, según Robin, está en el horizonte del ocultismo y del espiritismo, que deben identificar los rasgos verdaderos de esa subversión general y parodia de la espiritualidad que coincidirá con el Reino del Anticristo.
 
Desde este punto de vista, además, Robin no trata de identificar en los OVNIs uno de aquellos “prodigios” —quizás el más importante de todos— que según la Tradición distinguirá el advenimiento del antimesías.
 
La naturaleza más auténtica del Anticristo, de hecho, es esencialmente aquella de ser una parodia de Cristo, una mixtificación de la verdad y de la luz, un ángel de tiniebla que se reviste de un falso esplendor; ¿Y qué forma podría ser más eficaz y engañosa para los confusos hombres modernos, escribe Robin, que un Anticristo que se mostrase como un “salvador llegado del espacio”?
 
El Anticristo, líder de una jerarquía arruinada cuyo “vértice” será en realidad lo más cercano a los abismos infernales, no podrá sino encarnar la Mentira que en el modo más... Simbólico pueda imaginarse.8
 
Como el Cristo de la Segunda Venida descenderá de los cielos, según las tradiciones cristianas e islámicas, así el Anticristo —su parodia— podría manifestarse de forma similar.
 
Un cielo visible e inmanente en el lugar de los Cielos Superiores contemplados por las Tradiciones Espirituales.
 
Gianluca Marletta
Ovnis y alienígenas: Origen, historia y prodigio de una pseudorreligión
 
 
 
 
 
 
 

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