José T. Boyano

"El buen doctor Breuer empleó por primera vez el término lo inconsciente. Lo usó refiriéndose a la forma en que afectaban a Bertha Pappenheim algunos hechos del pasado, cuando los fantasmas y los miedos afloraban a su conciencia desde algún lugar oculto. Bertha —decía Breuer— «era normal en su sentir y su querer, siempre que en “el inconsciente” no surgiera como estímulo algún producto del estado segundo…». Es decir, cuando aparecían contenidos del «inconsciente» durante la hipnosis, la paciente se alteraba de forma notable."
 
José T. Boyano
Eso no estaba en mi libro de historia de la psicología, página 37
 
 
 En la maratón, los últimos kilómetros requieren sacar a relucir una capacidad especial, una fuerza oculta no se sabe en qué parte del organismo. En la ciencia, el sprint final requiere una energía creativa. En el campo de la física, frente a la indecisión de Poincaré, Einstein fue capaz de exhibir su valentía, su capacidad para detectar relaciones entre la luz y el tiempo y, apostándolo todo, concentrarse en sus consecuencias, por muy extrañas que parecieran. En las matemáticas, Turing descomponía los problemas en pequeños pasos e imaginaba máquinas que los realizasen. A veces, la pugna es tan cerrada que hay que empujar a un rival en la curva y echarlo de la pista. En una famosa carrera de la biología, Watson y Crick entraron al despacho de una colega, Rosalind Franklin, y le robaron la radiografía 51, imagen que les inspiró para construir su modelo tridimensional del ADN."
 
José T. Boyano
Eso no estaba en mi libro de historia de la psicología, página 19
 
 
 
 "En sus obras escritas, Pinel dejó constancia de dos necesidades: es preciso ver al enfermo como ser humano en toda su amplitud e integridad y entender cómo esta persona ha sido afectada por el desarrollo de la enfermedad. Esta fue una propuesta novedosa frente a duchas, sangrías y cadenas. ¿La conversación como medio de tratamiento? Sí, esto era una auténtica innovación, y muchos, por aquellos tiempos, aludían a Pinel y a sus colegas como «los charlatanes», los que charlaban."
 
José T. Boyano
Eso no estaba en mi libro de historia de la psicología, página 10
 
 
 
 LA SOLUCIÓN TECNOLÓGICA: LOS VIBRADORES EN EL CENTRO DE LA POLÉMICA

A partir de la publicación del libro La tecnología del orgasmo, de Rachel Maines, se ha difundido la idea de que los masajes en el clítoris eran una práctica habitual de la medicina victoriana. Cientos de páginas en internet han reproducido este relato, que ha acabado desembarcando en muchos libros y artículos con membrete científico. La hipótesis vibratoria afirma que estos médicos y mujeres del siglo XIX desconocían la función placentera del clítoris y, por consiguiente, las mujeres acudían a la consulta sin mala conciencia. El marido esperaba en la salita mientras el médico producía a la mujer histérica un orgasmo por vía digital. Se ha divulgado, incluso, que un pobre médico inglés, con el brazo lesionado, tuvo que inventar un aparato vibratorio que estimulara mecánicamente los clítoris y, con ello, se aseguraba sus ingresos sin necesidad de derivar a otros a sus pacientes. Por sí solo, se supone que el aparato podía dar abasto con la dura y aburrida labor de amasar clítoris, por mucho que aumentase la demanda. Estas historias, algo deformadas, podrían acabar conformando una leyenda urbana. En su génesis, tiene mucha similitud con el nacimiento de una leyenda negra o, en este caso, verde. En realidad, según los textos de la época, tales prácticas nunca formaron parte de la medicina victoriana ortodoxa. Examinemos el caso del presunto inventor del vibrador, Joseph Mortimer Granville (1833-1900). El aparato no era un juguete erótico ni mucho menos, se trataba de un vibrador eléctrico diseñado para ser aplicado a problemas musculares. En un sesudo volumen, el señor Granville explicaba con detalle los distintos usos terapéuticos. Es más, Granville niega tajantemente haber usado nunca el aparato en mujeres y, jamás de los jamases, para aliviar histéricas. A pesar de ello, Granville ha sido ridiculizado sin cesar hasta el día de hoy, hasta el infinito y más allá. En una película inglesa se le muestra como un pícaro que se enriquece a costa de las mujeres victorianas insatisfechas. Contra la opinión de Rachel Maines, muchos investigadores han negado que tales prácticas fueran usuales o admitidas en la Inglaterra victoriana. Antes que el vibrador, los médicos preferían la electroterapia, por lo que aplicaban un procedimiento llamado «faradización del útero», introduciendo un electrodo en la vagina. Todos los médicos ingleses rechazaban los rumores que llegaban de Francia. Se decía que, en el continente, había quien recomendaba masajes clitoridianos. Estas prácticas, si existían, eran marginales y claramente rechazadas por los médicos en su práctica profesional. Los investigadores críticos con la hipótesis vibratoria han rastreado la bibliografía, pero no han encontrado huellas de estos presuntos masajes de clítoris. Solo hallaron una referencia en Estados Unidos, una única referencia tras rebuscar entre todos los manuales médicos, en la que se describía un masaje pélvico e incluía una variante abdomino-vaginal utilizando dos dedos. Uno de ellos se introducía en la vagina para sujetar el útero, mientras la otra mano realizaba movimientos sobre el abdomen. Es decir, el único caso documentado en que se describe una introducción vaginal parece tener como finalidad estimular la pelvis.
 
José T. Boyano
Eso no estaba en mi libro de historia de la psicología, página 86
 
  
 LOS VIBRADORES: ¿PRÁCTICA MÉDICA VICTORIANA O PLACER SECRETO?

Para Rachel Maines, la masturbación del clítoris mediante vibradores era una práctica médica habitual, basada en el desconocimiento del papel del clítoris en la sexualidad y el placer femenino. Para los críticos, no es más que una extrapolación morbosa, creada a partir de un par de ejemplos distorsionados sin base empírica alguna. ¿Quién tiene razón? ¿Rachel Maines, autora de La Tecnología del Orgasmo o los investigadores críticos? Los principales manuales que hemos examinado anteriormente (Fabre, Compendium de medicina, José de Arce, Granville…) dan la razón a los historiadores críticos Hallie Lieberman y Eric Schatzberg. En primer lugar, los consejos que se daban a las chicas histéricas iban acompañados de recomendaciones para guardar la castidad y evitar el pecado: cansarse mucho, rodearse de personas piadosas, vigilar los momentos propicios para la masturbación… Parece que la sexualidad y sus tentaciones eran bien conocidas y la moral decimonónica predicaba contra ellas. En segundo lugar, los manuales indican un conocimiento bastante profundo de los mecanismos del placer femenino. Sin ir más lejos, en pleno siglo XIX, el conocido manual de Fleury considera como «órganos inmediatos del sentido genital el clítoris, los músculos constrictores de la vagina y las glándulas de Bartholin». El clítoris se considera el equivalente exacto de la verga (Fleury, p. 615) y, más particularmente, del glande, convirtiéndose el órgano de la sensación voluptuosa. Según Fleury, el coito completo exige una excitación clitoridiana suficiente, directa o indirecta. Es decir, la medicina del siglo XIX no era en absoluto ignorante de la función placentera del clítoris. Tampoco se debe olvidar la rica tradición libertina en la literatura francesa.

Es más, Fleury cuenta el caso de un médico sacerdote, el reverendo padre Debreyne, quien había llegado a obtener detalles muy específicos y jugosos, fruto de su estrecha relación de confianza con el género femenino. Este sacerdote había oído que existe una «exudación de secreciones» en los momentos culminantes. Este tipo de descripciones revelan el amplio conocimiento de la sexualidad por parte de la medicina de aquel tiempo. Otra cosa es que tales datos estuviesen más o menos difundidos entre las clases menos instruidas, cegadas por el oscurantismo.

Según Rachel Maines, en tiempo de nuestras tatarabuelas, hacia 1900, las mujeres compraban vibradores sin rubor, a troche y moche. Incluso había un modelo que tenía los adminículos intercambiables. Las mujeres podían usar un terminal fálico a media mañana y, a renglón seguido, tras sacudir los felpudos, podían cambiarlo por unas varillas para montar natas. Indudablemente, estos aparatos superaban a la Thermomix en cuanto a versatilidad. Para llegar a esta conclusión, se apoya en los sugerentes anuncios de los periódicos de la época: «Vibración es vida», proclamaban. En algunas estampas victorianas se ve cómo los médicos introducían sus manos bajo las faldas de las señoras. Estas imágenes recuerdan la necesidad de ser prudente en una consulta ginecológica. Miradas sin morbo añadido, más bien parecen prácticas de palpación bastante más castas de lo que Maines supone. Al igual que ocurre hoy, la palpación se realizaba por debajo de almidones, fajas y cortinajes. Al contrario de lo que Maines piensa, los grabados sugieren un examen médico típicamente victoriano, aséptico, moderno e ilustrado. Dudo mucho que nuestras tatarabuelas vieran en estas imágenes la sombra de la voluptuosidad.
 
José T. Boyano
Eso no estaba en mi libro de historia de la psicología, página 87
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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