Un Dios provisor contempla desde arriba todas las cosas. Y
la siempre presente eternidad de su mirada coincide con la futura calidad de
nuestros actos, premiando a los buenos y castigando a los malos. No es vana,
entonces, nuestra esperanza en Dios, ni nuestras oraciones inútiles, pues, si
son rectas, no pueden ser ineficaces. Dejad, pues, los vicios; practicad las
virtudes. Levantad vuestros corazones a la más alta esperanza y dirigid al
cielo vuestras humildes oraciones. Tenéis sobre vosotros una gran necesidad, si
no queréis engañaros a vosotros mismos: la necesidad de ser buenos, pues vivís
bajo la mirada del juez que todo lo ve
Anicio Manlio
Torcuato Severino Boecio
La consolación de
la filosofía, página 12 Prólogo
¿Por qué los pobres miran impotentes y con rabia a los
tiranos crueles?
Nada esperes, nada temas,
y dejarás desarmado e impotente a tu enemigo.
Pero quien tiembla o vacila, porque no está seguro
ni es dueño de sí mismo, ha arrojado el escudo,
ha perdido su trinchera y ha atado a su cuello
una cadena que siempre arrastrará.
Boecio
La consolación de
la filosofía, página 31 Prólogo
Si buscas la ayuda del médico, será menester que descubras
la herida.
Boecio
La consolación de
la filosofía, página 32
Nadie pudo apartarme de la justicia por nada.
Y, sin embargo, ese mismo día informaron contra mí y fue
aceptada la denuncia. ¿Y cómo? ¿Merecía acaso mi conducta semejante condena? El
hecho de que mi condena estuviera cantada ¿hizo justos a mis acusadores? ¿O es
que la fortuna, que no se avergonzó de ver acusado al inocente, tampoco se
indignó de la vileza de los acusadores?
Boecio
La consolación de
la filosofía, página 34
Sólo quiero recordar que la carga final que la adversidad
cuelga a sus víctimas es que cuando se les acusa de algo se piensa que bien
merecido lo tienen.
Boecio
La consolación de
la filosofía, página 37
La carga final que la adversidad cuelga a sus víctimas es
que cuando se les acusa de algo se piensa que bien merecido lo tienen.
Boecio
La consolación de
la filosofía, página 12
Todas las cosas obedecen tu ley antigua
y todas realizan la tarea que les fijaste.
Todo lo gobiernas dentro de sus estrictos límites
y sólo te niegas a imponer tu voluntad soberana
a los actos humanos.
¿Cómo, si no, entender los cambios de la escurridiza
fortuna?
El inocente se ve aplastado por el peso
de un castigo debido al criminal.
Los corruptos son encumbrados a altos tronos,
y mientras el malvado pisa el cuello del hombre honrado,
la injusticia sigue dominando.
El brillo de la virtud se eclipsa bajo espesas nubes
y el justo es víctima de imputaciones que merecen los
malvados.
No hay castigo para los perjuros
ni se desenmascaran sus arteras mentiras.
Y cuando quieren probar hasta dónde llega su poder,
doblegan hasta a los mismos reyes, a quienes pueblos enteros
reverencian.
¡Oh tú, que fijaste las leyes del universo,
vuelve tus ojos a esta tierra miserable!
Somos los hombres una parte no despreciable
de tu gran creación y nos vemos vapuleados
por el agitado mar de la fortuna.
Señor del mundo, detén las olas enfurecidas
y da a la tierra estabilidad perpetua
con el mismo orden que riges el cielo.
Boecio
La consolación de
la filosofía, página 38
Lo que por métodos violentos rompe el orden establecido no
lleva a un feliz desenlace.
Boecio
La consolación de
la filosofía, página 12
La prudencia ha de saber prever el resultado de los
acontecimientos.
Boecio
La consolación de
la filosofía, página 12
I.» Con mano dominante,
la Fortuna cambia el rumbo de los acontecimientos;
y, precipitándose como las agitadas olas del Euripo,
aplasta a los reyes antes temidos
y levanta engañosa la frente humillada del vencido.
No atiende a los desgraciados, ni le importan sus lamentos.
Se ríe, más bien, de los gemidos
que su mismo rigor hizo estallar.
Éste es su juego, y así mide sus fuerzas.
Hace ostentación de su gran poder:
en una misma hora ve pasar de la felicidad al
abatimiento.
Boecio
La consolación de
la filosofía, página 46
II.» Aunque la Abundancia
no cerrara su cuerno repleto y derramara tantos dones
como las arenas que remueve el embravecido mar,
o como las estrellas que brillan
en un cielo sereno,
el género humano seguiría lanzando al viento sus quejas y
miserias.
Aunque Dios escuchara atento las súplicas de los mortales,
prodigando sin límites el oro y la riqueza y colmando al
ambicioso de honores deslumbrantes,
todo lo repartido se consideraría nada.
La voraz codicia engulle su presa
y abre sus fauces pidiendo más.
¿Qué riendas podrían contener en su justo límite
la desbocada carrera de la avaricia,
si con la misma abundancia de generosos presentes
se enciende aún más la sed de poseer?
Nunca es rico quien tiembla y gime
creyéndose en la miseria.
Boecio
La consolación de
la filosofía, página 48
—Que tú sufras —replicó la Filosofía— por un error de tu
manera de pensar no puedes achacarlo al destino.
Boecio
La consolación de
la filosofía, página 52
Nadie, se contenta fácilmente con su suerte. En todos hay
algo que apetece el que no lo conoce y que aborrece el que ya lo ha
experimentado. No olvides que cuanto más feliz es el hombre, más ávido de
felicidad es. Y si no tiene a mano cuanto desea, se abate ante el menor revés.
¡Tan poco acostumbrado está a la adversidad! ¡Tan insignificantes son las
contrariedades que impiden a los privilegiados de la fortuna llegar a la
felicidad más perfecta!
Boecio
La consolación de
la filosofía, página 53
¿Por qué, pues, oh mortales, buscáis fuera una felicidad que
está dentro de vosotros? El error y la ignorancia os confunden. Te haré ver
brevemente la felicidad plena. ¿Hay algo más valioso para ti que tú mismo?
Boecio
La consolación de
la filosofía, página 54
¡Cuán pobres y miserables, por consiguiente, son las
riquezas! Nadie puede poseerlas todas juntas. Y si uno las hace suyas, trae la
pobreza a los demás.
Boecio
La consolación de
la filosofía, página 56
¡Rara felicidad la de las riquezas humanas, que cuando se
adquieren dejas de estar seguro!
Boecio
La consolación de
la filosofía, página 58
Si el universo en cambio constante conserva una armonía; si
los elementos sellan la paz, siendo entre sí dispersos y dispares; si Febo trae
en su carro de oro la luz rosada del día; si Febe preside las noches guiadas
por Héspero[36]; si el mar detiene las olas dentro de unos límites prefijados;
si la tierra indecisa no extiende a lo lejos sus fronteras, y si toda esta
serie de fenómenos se suceden en la tierra, en el mar y en el cielo, es por la
fuerza del amor. Si éste aflojara las riendas, todas las cosas que ahora viven
en paz, irían a una guerra cruel. Y si ahora la perfecta conjunción de todos
crea la armonía de sus movimientos, entonces librarían continua guerra para
destruir la máquina del mundo. Es el amor el que une a los pueblos y los
mantiene en el vínculo sagrado de la paz. Es el amor el que estrecha la
santidad del matrimonio con la más casta ternura. Es el amor el que promulga
las leyes de la más fiel amistad. ¡Oh, feliz género humano, si el Amor que rige
los cielos gobernara también los corazones!
Boecio
La consolación de
la filosofía, página 67
Decías que estabas ávido de escucharme. Lo estarías más si
supieras a dónde quiero llevarte.
—¿A dónde? —le dije.
—A la felicidad verdadera —contestó ella—. A esa felicidad
con la que sueñas, pero que no puedes ver porque tu mente está ofuscada por
sombras engañosas.
Boecio
La consolación de
la filosofía, página 69
Todas las cosas vuelven a encontrar su curso y todas se
alegran cuando lo han encontrado. No hay orden establecido duradero más que el
que une su principio con su fin y lo convierte en un círculo inmutable.
Boecio
La consolación de
la filosofía, página 74
VI.» Todo el género humano surge de un mismo origen.
Uno es el padre de todas las cosas.
Uno solo lo dispone todo.
Dio su luz al sol y sus fases a la luna,
puso a los hombres sobre la tierra
y a los astros en el cielo.
Trajo el alma del cielo
y la encerró en el cuerpo, dando así a todos los mortales
un noble origen.
¿Por qué, pues, os jactáis de vuestro linaje?
Si miráis a vuestro origen
y veis a Dios como Creador,
ningún hombre será un degenerado,
a no ser que reniegue de su origen
enfangándose en los vicios.
Boecio
La consolación de
la filosofía, página 81
Podemos, pues, definir el azar como un hecho o
acontecimiento inesperado, producto de la conjunción de causas que actúan en la
realización de un fin. La conjunción y coincidencia de causas procede del orden
inmutable del universo, que tiene su origen en la Providencia y ordena todas
las cosas en su tiempo y lugar
Boecio
La consolación de
la filosofía, página 139
Tampoco estoy de acuerdo —continué— con los argumentos con
que algunos pretenden cortar este nudo gordiano. Afirman que no porque la
Providencia haya previsto algo como futuro ha de suceder, sino al contrario,
que porque ha de suceder, no puede quedar oculto a la Providencia divina. De
este modo no hacen más que invertir la cuestión sin resolverla. No es
necesario, afirman, que se haya de realizar lo previsto, sino que se prevea lo
que ha de suceder. Esto equivaldría a preguntarnos si la presciencia es la causa
de la necesidad de que ocurra un acontecimiento, o más bien si esta necesidad
es la causa de la presciencia. Pero lo que se trata de demostrar es que,
cualquiera que sea el orden de las causas, los acontecimientos responden
necesariamente a lo previsto, si bien esta previsión o presciencia no implica
la necesidad de su realización.
Boecio
La consolación de
la filosofía, página 141
El consentimiento unánime de todos los seres dotados de
razón es que Dios es eterno. Consideremos, pues, qué es la eternidad. Ésta nos
descubrirá tanto la naturaleza de Dios como la ciencia o conocimiento divino.
La eternidad es la posesión total y perfecta de una vida interminable
Boecio
La consolación de
la filosofía, página 153
¿Y qué importa, dirás, que no sean necesarias, si por la
condición de la presciencia divina ocurrirán de todas las maneras, como si
fuesen necesarias? Te recordaré solamente lo que ya te adelanté más arriba: el
ejemplo del sol que sale y del hombre que camina. Mientras suceden no pueden
dejar de suceder. Pero uno de ellos, aun antes de existir, debía producirse por
necesidad, y el segundo no estaba sujeto a tal necesidad. De modo semejante,
las cosas que Dios tiene presentes existirán sin duda alguna, pero unas son
producto de la necesidad, y otras del poder de los que las realizan. No sin
razón te dije que, si consideramos estas cosas a la luz de la presciencia
divina, son necesarias, pero consideradas en sí mismas están exentas de toda
necesidad. De igual manera que la percepción sensible es universal considerada
en relación con la razón, pero en sí misma es particular.
Boecio
La consolación de
la filosofía, página 157
Un Dios provisor contempla desde arriba todas las cosas. Y
la siempre presente eternidad de su mirada coincide con la futura calidad de
nuestros actos, premiando a los buenos y castigando a los malos.
No es vana, entonces, nuestra esperanza en Dios, ni nuestras
oraciones inútiles, pues, si son rectas, no pueden ser ineficaces. Dejad, pues,
los vicios; practicad las virtudes. Levantad vuestros corazones a la más alta
esperanza y dirigid al cielo vuestras humildes oraciones. Tenéis sobre vosotros
una gran necesidad, si no queréis engañaros a vosotros mismos: la necesidad de
ser buenos, pues vivís bajo la mirada del juez que todo lo ve.
Boecio
La consolación de
la filosofía, página 158
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