Empezamos por desparramar las cartas sobre la mesa, boca
arriba, como para aprender a reconocerlas y darles su justo valor en los
juegos, o su verdadero significado en la lectura del destino. Y sin embargo
parecía que ninguno de nosotros tenía ganas de iniciar una partida, y menos aún
de interrogar el porvenir, privados como estábamos de todo futuro, suspendidos
en un viaje ni concluido ni por concluir.
Italo Calvino
El castillo de los
destinos cruzados, página 10
Hay fuentes que, apenas se bebe en ellas, aumentan la sed en
vez de aplacarla.
Italo Calvino
El castillo de los
destinos cruzados, página 12
—¿Temes que nuestras almas caigan en manos del Diablo?
—habrían preguntado los de la Ciudad.
—No: que no tengáis alma que entregarle.
Italo Calvino
El castillo de los
destinos cruzados, página 21
Aquí la mímica del narrador ya no nos ayudaba y había que
recurrir a las conjeturas. Podíamos imaginar que en el interior de la Ciudad
del Todo y de las Partes nuestro bribón había oído que lo apostrofaban:
—¿Quieres la riqueza (Oros) o la fuerza (Espadas),
o bien la sabiduría (Copas)? ¡Rápido, elige!
Era un arcángel de resplandeciente armadura (Caballero de
Espadas) el que le hacía esta pregunta, y nuestro hombre, enseguida:
—¡Elijo la riqueza (Oros)! —gritó.
—¡Tendrás Bastos! —fue la respuesta del arcángel
jinete, mientras la ciudad y el árbol se disolvían en humo y entre un derrumbe
de ramas quebradas el ladrón se precipitaba en pleno bosque.
Italo Calvino
El castillo de los
destinos cruzados, página 25
En la última carta se ve al paladín atado cabeza abajo como
El Ahorcado. Y finalmente su rostro se vuelve sereno y luminoso, el ojo límpido
como no lo había sido ni siquiera en el ejercicio de sus razones pasadas. ¿Qué
dice? Dice: —Dejadme así. He dado toda la vuelta y he comprendido. El mundo se
lee al revés. Todo está claro.
Italo Calvino
El castillo de los
destinos cruzados, página 30
«Posadero», dijo el Cliente, «en tu taberna todo se mezcla,
los vinos y los destinos…».
Italo Calvino
El castillo de los
destinos cruzados, página 38
Al echar las cartas las manos del joven son cada vez más
lentas e inseguras, y tenemos tiempo de sobra para seguirlo con nuestras
conjeturas y de rumiar en silencio las preguntas que seguramente le habrán dado
vueltas en la cabeza, como ahora en la nuestra: «¿Qué ciudad es ésta? ¿Es la
Ciudad del Todo? ¿Es la ciudad donde todas las partes se juntan, las opciones
se equilibran, donde se llena el vacío que queda entre lo que esperamos de la
vida y lo que recibimos?».
Italo Calvino
El castillo de los
destinos cruzados, página 44
¿Cómo explicar que para la sed que siente en el cuerpo no le
basta ni este pozo ni aquel? Lo que él quiere es la cisterna donde las aguas de
todos los pozos y todos los líos desembocan y se confunden, el mar representado
en el arcano llamado de la Estrella o de las Estrellas,
donde se celebran los orígenes acuáticos de la vida como triunfo de las mezclas
y de los bienes del Señor que van a parar al mar. Una diosa desnuda toma dos
jofainas que contienen quién sabe qué jugos puestos al fresco para los
sedientos (alrededor están las dunas amarillas de un desierto quemado por el
sol) y las vuelca para regar la orilla de guijarros: y en ese instante los
sasafrás brotan en medio del desierto, y entre las gruesas hojas canta un
mirlo, la vida es derroche de materias errabundas que se dispersan, el gran
caldero del mar no hace sino repetir lo que sucede en las constelaciones que
desde hace milenios siguen machacando los átomos en los morteros de sus
explosiones, visibles aún aquí en el cielo color de leche.
Por el modo en que el joven echa esta carta sobre la mesa es
como si lo oyéramos gritar:
—¡El mar, lo que quiero es el mar!
—¡Y tendrás el mar! —La respuesta de la potencia astral no
podía sino anunciar un cataclismo, la subida del nivel de los océanos hacia las
ciudades abandonadas, hasta lamer las patas de los lobos refugiados en las
alturas aullando a la Luna, mientras el ejército de los crustáceos
avanza desde el fondo de los abismos a reconquistar el globo.
Italo Calvino
El castillo de los
destinos cruzados, página 46
—¿Pero no eras un ángel?
—Soy el ángel que habita en el punto donde las líneas se
bifurcan. ¡El que remonta las cosas divididas me encuentra, el que baja al
fondo de las contradicciones tropieza conmigo, el que vuelve a mezclar lo
separado recibe en la mejilla mi ala membranosa!
Italo Calvino
El castillo de los
destinos cruzados, página 47
¿Pero es él o más bien su sosias el que apenas restituido a
sí mismo se vio avanzar por el bosque?
—¿Quién eres?
—Soy el hombre que debía casarse con la muchacha que tú no
habrías elegido, que debía tomar el otro camino en la encrucijada, beber del
otro pozo. Al no elegir has impedido mi elección.
—¿Adónde vas?
—A una posada distinta de la que encontrarás tú.
—¿Dónde volveré a verte?
—Colgado de una horca distinta de aquella en la que te
habrás colgado tú. Adiós.
Italo Calvino
El castillo de los
destinos cruzados, página 49
Aunque la narradora es de las que saben lo que hacen, no
está dicho que su historia se siga mejor que otras. Porque las cosas que las
cartas esconden son más que las que dicen, y porque apenas una carta dice más,
otras manos tratan de apartarla para encajarla en otro relato. A lo mejor uno
empieza a narrar por cuenta propia, con cartas que parecen pertenecerle de modo
exclusivo, y de pronto la conclusión se precipita superponiéndose a la de otras
historias a través de las mismas imágenes catastróficas.
Italo Calvino
El castillo de los
destinos cruzados, página 53
—No sé si era mejor para ti que sobrevivieras, oh soldado.
La derrota y la matanza no caen sólo sobre las armas de tu bandera; el ejército
de las amazonas justicieras arrolla y destroza los regimientos y los imperios,
se propaga por los continentes del globo sometidos desde hace diez mil años a
la frágil dominación masculina. El precario armisticio que contenía a hombre y
mujer para que no se enfrentaran en las familias se ha roto: esposas, hermanas,
hijas, madres ya no reconocen en nosotros a padres, hermanos, hijos, esposos,
sino únicamente a enemigos, y todas acuden blandiendo armas a engrosar el
ejército de las vengadoras. Los orgullosos reductos de nuestro sexo se
desmoronan uno a uno; no hay gracia para ningún hombre; al que no matan, lo
castran; sólo a unos pocos elegidos como zánganos de la colmena se les ha
concedido un plazo, pero les esperan suplicios aún más atroces, como para
quitarles las ganas de jactarse. Para el hombre que creía ser el Hombre no hay
redención. Reinas castigadoras gobernarán los próximos milenios.
Italo Calvino
El castillo de los
destinos cruzados, página 58
No sé cuánto tiempo hace (horas o años) que Fausto y
Parsifal están empeñados en encontrar su itinerario, tarot tras tarot, sobre la
mesa de la taberna. Pero cada vez que se inclinan sobre las cartas sus
itinerarios se leen de otra manera, sufren correcciones, variantes, se
resienten de los humores de la jornada o del curso de los pensamientos, oscilan
entre dos polos: el todo y la nada.
—El mundo no existe —concluye Fausto cuando el péndulo llega
al otro extremo—, no hay un todo que se dé de una vez; hay un número finito de
elementos cuyas combinaciones se multiplican por miles de millares, y de éstas
sólo unas pocas encuentran una forma y un sentido y se imponen en medio de un
polvillo sin sentido y sin forma, como las setenta y ocho cartas del mazo de
tarots en cuyas combinaciones aparecen secuencias de historia que enseguida se
deshacen.
Mientras que ésta sería la conclusión (siempre provisional)
de Parsifal:
—El núcleo del mundo está vacío, el principio de lo que se
mueve en el universo es el espacio de la nada, en torno a la ausencia se
construye lo que hay, en el fondo del grial está el tao —y señala el rectángulo
vacío rodeado por los tarots.
Italo Calvino
El castillo de los
destinos cruzados, página 73
El Diablo debería ser la carta que con más frecuencia se
encontrase en mi oficio: la materia prima de la escritura ¿no es acaso un
aflorar a la superficie de garras peludas, dentelladas de perro, cornadas de
cabra, violencias contenidas que manotean en la oscuridad? Pero la cosa puede
verse de dos maneras: que ese hormigueo demoniaco en el interior de las
personas singulares y plurales, en las cosas que se hacen o se cree que se
hacen y en las palabras que se dicen o se cree que se dicen, sea un modo de hacer
y de decir que no está bien y convenga dejar caer todo, o bien que sea en
cambio lo que más cuenta, y puesto que está ahí sea aconsejable hacerlo salir;
dos modos de ver la cosa que se mezclan diversamente, porque podría ser que lo
negativo, por ejemplo, sea negativo pero necesario porque sin él lo positivo no
es positivo, o que no sea en absoluto negativo, mientras que lo único negativo,
si existe, sea aquello que se cree positivo.
Italo Calvino
El castillo de los
destinos cruzados, página 75
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