Siempre había llovido en la parte occidental de Oregón, pero
ahora lo hacía sin cesar, con constancia, con tibieza. Era como vivir bajo un
aguacero de sopa caliente por toda la eternidad.
Ursula K. Le Guin
La rueda celeste,
página 31
Si pudiésemos hallar la llave maestra, capaz de abrir todas
las cerraduras… ¡El poder del sueño es algo insospechado!
Ursula K. Le Guin
La rueda celeste,
página 35
Hay caminos en la mente, y fuera de ella la simple
complejidad de la misma muestra sin ambages que, para haber llegado a ese
punto, es necesario haber tomado en algún momento el camino equivocado.
Ursula K. Le Guin
La rueda celeste,
página 42
Aquel hombre no era exactamente corto de entendederas, sino,
repugnantemente, simple.
Ursula K. Le Guin
La rueda celeste,
página 47
—Cuando duerme, la gente parece tan distante… —apuntó ella
sin quitar la vista de Orr—. ¿Dónde estarán…?
Ursula K. Le Guin
La rueda celeste,
página 73
—¿Alguna vez le ha dado por pensar, doctor Haber que podría
haber otros capaces de soñar como yo lo hago? —preguntó en voz baja, pero
tartamudeando un poco—. Que la realidad cambia bajo nuestros pies, sustituida,
renovada continuamente, sin que nosotros nos demos cuenta. Sólo el soñador lo
sabe, y quienes conocen su sueño. Si eso es cierto, supongo que tenemos suerte
de no saberlo. Esto ya es bastante confuso.
Ursula K. Le Guin
La rueda celeste,
página 78
Pero el hombretón era como una cebolla; quitas una capa y
sale otra de personalidad, de creencia, de respuesta, capas infinitas, un
sinfín de capas, imposible alcanzar el corazón. En ningún lugar donde se
detuviera, donde tuviera que pararse, donde dijera «¡Aquí me planto!». No había
un ser, tan sólo capas.
Ursula K. Le Guin
La rueda celeste,
página 90
—Está utilizando mis sueños efectivos para cambiar el mundo.
¿Por qué no me dice a la cara que eso es lo que hace? ¿Por qué no?
Ursula K. Le Guin
La rueda celeste,
página 90
—Volvió a oír su voz en la cinta diciendo—: «Paz. Se
acabaron los asesinatos en masa de humanos por humanos. Nada de luchar en Irán
y Arabia e Israel. Punto y final a los genocidios en África. Nada de arsenales
de armas nucleares y biológicas preparadas para su uso contra otros países.
Nada de investigar modos y medios de matar al prójimo. Un mundo en paz consigo
mismo. Paz como estilo de vida universal en la Tierra. Soñará usted en ese
mundo en paz consigo mismo. Ahora va a quedarse dormido. Cuando yo diga…».
—Detuvo abruptamente la cinta para evitar que Orr volviera a quedarse dormido
tras oír la palabra clave.
Ursula K. Le Guin
La rueda celeste,
página 94
—Es curioso que usted haya empleado la defensa de la Tierra
como símbolo o metáfora de la paz, del final de la guerra. Pero no es
inadecuado. Tan sólo muy sutil. Los sueños son perpetuamente sutiles.
Perpetuamente. Porque de hecho fue esa amenaza, ese peligro inmediato de
invasión por parte de alienígenas razonablemente hostiles y no comunicantes lo
que nos obligó a poner fin a nuestros mutuos conflictos bélicos, a volcar
nuestras energías agresivas y defensivas hacia afuera, a ampliar el empeño
territorial para abarcar a toda la humanidad, a combinar nuestras armas contra
un enemigo común. Si los alienígenas no se hubiesen rendido, ¿quién sabe? Puede
que siguiéramos combatiendo en Oriente Próximo.
Ursula K. Le Guin
La rueda celeste,
página 95
¿Quién tiene sueños humanitarios?
Ursula K. Le Guin
La rueda celeste,
página 95
Lo que nosotros llamamos el «mal» es fruto de la
civilización, sus restricciones y represiones que deforman lo espontáneo, la
libre expresión propia de la personalidad. El objetivo de la psicoterapia
consiste precisamente en eso, en retirar esas pesadillas y los temores
infundados para sacar a lo inconsciente a la luz de la conciencia racional,
examinarlo con objetividad y comprobar que no hay nada que temer.
Ursula K. Le Guin
La rueda celeste,
página 97
Ya no era agradable cruzar la mirada con la luna. Ya no
simbolizaba lo inalcanzable, como había hecho durante miles de años, ni lo
alcanzado, tal como había hecho durante unas pocas décadas, sino lo perdido.
Una moneda perdida, el cañón de tu propia arma vuelto hacia ti mismo, redonda
oquedad en el tejido del firmamento. Los alienígenas tenían la luna. Su primer
acto de agresión, la primera vez que la humanidad tuvo constancia de su
presencia en el sistema solar, fue el ataque que efectuaron sobre la Base Lunar,
el horrible asesinato por asfixia de cuarenta hombres en la cúpula-burbuja. Y,
al mismo tiempo, el mismo día, habían destruido la plataforma espacial rusa,
esa enorme, extraña y hermosa construcción que era como un vilano y que había
orbitado la Tierra y desde la cual los rusos se habían propuesto dar el salto a
Marte. Sólo diez años después de la remisión de la Peste, la civilización,
rota, había resurgido como un fénix, en órbita, a la luna, a Marte, para
encontrarse con esto. Una brutalidad informe, indescriptible, demente. El odio
estúpido del universo.
Ursula K. Le Guin
La rueda celeste,
página 103
¿Existen de veras personas ajenas al resentimiento, al
odio?, se preguntó ella. ¿Gente que nunca maldice al universo? ¿Capaces de
reconocer la maldad, que se le resistan, que no les afecte lo más mínimo? Pues
claro que las hay. Innumerables, los vivos y los muertos. Quienes han regresado
por pura compasión a la rueda, quienes siguen el camino que no puede tomarse
sin saber por dónde se va, la mujer del aparcero de Alabama, y el lama del
Tíbet, y el entomólogo de Perú, y el molinero de Odessa, y el verdulero de
Londres y el pastor de Nigeria y el anciano, el viejo que talla la punta de un
bastón junto el cauce seco de algún rincón de Australia, y todos los demás. No
hay uno solo de nosotros que no los haya conocido. Son los suficientes.
Bastantes para que todos sigamos adelante. Tal vez.
Ursula K. Le Guin
La rueda celeste,
página 110
Aún no habían expuesto con claridad qué querían a cambio,
por qué habían viajado a la Tierra. Sencillamente parecían estar a gusto ahí. Y
siguieron comportándose como gente trabajadora, pacífica y respetuosa con las
leyes de la Tierra, y los rumores de «asimilación alienígena» e «infiltración
nohumana» se habían convertido en el coto privado de políticos paranoicos de
moribundos grupos de corte nacionalista y de aquellas personas que mantenían
conversaciones con los seres de los platillos volantes de verdad.
Ursula K. Le Guin
La rueda celeste,
página 145
Bueno, vaya tipo raro está usted hecho, George, ¡y lo más
raro acerca de usted es que no hay nada raro en usted!
Ursula K. Le Guin
La rueda celeste,
página 150
Fue consciente de que relegando de ese modo a la irrealidad
una parte importante de la única realidad, la única existencia, que de hecho
tenía, corría exactamente el mismo riesgo que corre el demente: la pérdida de
la sensación de libre albedrío. Sabía que mientras uno niega qué es, está
poseído por lo que no es, las compulsiones, las fantasías, los terrores que
acuden en manada a llenar el vacío. Pero el vacío estaba allí. Esa vida carecía
de autenticidad. Era hueca. El sueño, creando donde no había necesidad de
crear, se había desgastado y ensuciado. Si aquello era la existencia, quizá era
preferible el vacío. Aceptaría los monstruos y las necesidades que trascendían
la razón. Iría a casa, no tomaría la medicación, sino que dormiría, y tendría
cualesquiera que fuesen los sueños que acudieran.
Ursula K. Le Guin
La rueda celeste,
página 164
El amor no se limita a estar ahí como una piedra, debe
hacerse, igual que el pan; rehacerse continuamente, hacerlo nuevo.
Ursula K. Le Guin
La rueda celeste,
página 172
Ya está lloviendo. —Así era, la interminable llovizna cálida
de la primavera, el hielo de la Antártida que caía con suavidad en las cabezas
de los hijos de quienes habían sido responsables de fundirla—.
Ursula K. Le Guin
La rueda celeste,
página 174
Observó la máquina, que tenía abiertos todos los
compartimentos. «Debería destruirla», pensó. Pero no tenía idea de cómo
hacerlo, ni la voluntad de ponerse a ello. La destrucción no era su manera de
proceder, y una máquina está incluso más libre de culpa que cualquier animal.
Carece totalmente de intenciones, exceptuando las nuestras.
Ursula K. Le Guin
La rueda celeste,
página 189
—Sueño que devana la enmarañada madeja de las preocupaciones.
Ursula K. Le Guin
La rueda celeste,
página 192
Hay un pájaro en un poema de T. S. Eliot que dice que la
humanidad no puede soportar mucha realidad; pero el pájaro se equivoca. Un
hombre puede soportar el peso entero de un universo durante ochenta años. Es la
irrealidad lo que no soporta.
Ursula K. Le Guin
La rueda celeste,
página 194
—Tómese la tarde —le ofreció el alienígena—. Hay tiempo. Hay
regresos. Ir es regresar.
Ursula K. Le Guin
La rueda celeste,
página 198
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