J. J. Benítez Están aquí

 
 
—Yo vi esa nave estrellada. Sucedió en una visita a una base, en las proximidades de la ciudad de Tampa, en la costa oeste de Florida. Allí están también las cuatro criaturas que la pilotaban. Todas muertas. — ¿Cómo son esas criaturas? —De enormes cráneos y pequeña estatura. No llegan a un metro. Son cíborgs. Es decir, robots orgánicos. Y Von Braun entró en detalles: —Según las autopsias carecen de aparatos digestivos y reproductores. Son máquinas vivientes. Piensan como un humano, pero no son humanos. Son los soldados perfectos. Para mí fue otro testimonio decisivo. Von Braun jamás inventaba.
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 27
 
 
«Mi padre (Philip Corso) fue asesinado. Sabía demasiado... Hoy es fácil provocar un infarto».
 
Me miró (Philip Corso Jr.) muy serio y soltó, de pronto: —Esos cadáveres no están en la base de Wright-Patterson, en Dayton, Ohio. Esta vez fui yo quien escuchó, desconcertado. ¿Qué sabía el norteamericano sobre aquel asunto? Y añadió con una seguridad que no dejaba lugar a la duda: —Los restos de esos alienígenas se encuentran en Tampa, en una base de alta seguridad. Tampa es una ciudad de la costa oeste de Florida. La manifestación de Danny Wilson coincidía con las versiones de Von Braun y de Corso. No había duda: las criaturas no humanas de Roswell se hallan (o hallaban) en Tampa. Naturalmente pregunté: —¿Cómo sabes eso? Danny sonrió con desgana y se limitó a guardar silencio.
 
—¿Qué sabes de Roswell?
 
Ella sonreía y cambiaba de tema. Pero en 2012, quizá cansada de tanta persecución, aceptó contarme lo que sabía con una condición...
 
Dije que sí, sin saber.
 
—Bajo ningún concepto deberás revelar mi identidad, ni proporcionarás pistas sobre mi lugar de residencia.
 
Le di mi palabra.
 
Nos reunimos en cinco oportunidades y grabé las conversaciones. Diez horas en total. De ese material he extraído una síntesis:
 
—Sucedió en el verano de 1995 —explicó Amada—. Yo me hallaba destinada en California, en una base especializada en experimentos con aviones de combate de la Navy, la Armada norteamericana. Un buen día me notificaron que debía participar en unas maniobras conjuntas con la USAF. Destino: algún lugar secreto en los estados de Arizona o Nevada. Y, en efecto, nos llevaron a ciertas bases, pero no se trataba de unas maniobras militares. Era otro asunto... Para entrar en esas bases se necesita un nivel de confidencialidad muy alto.
 
—¿En qué trabajabas?
 
—Lo hacía con un metal experimental...
 
—¿Qué grado de confidencialidad tenías?
 
—El nivel más alto de secreto. Lo llaman «SI». Para que lo entiendas: es el grado máximo que utiliza el FBI y la CIA. Por encima de «SI» hay tres niveles más. El presidente del país está dos grados por encima mío.
 
—¿Y el nivel máximo?
 
—Ese corresponde a determinados jefes del Pentágono.
 
Amada —creo haberlo mencionado— era ingeniera aeronáutica y especialista en sistemas hidráulicos y en metalurgia.
 
—Para conseguir el nivel «SI» pasaron años investigándome. Lo saben todo sobre mí...
 
—¿Y no tienes miedo?
 
—No.
 
Y la ingeniera continuó su relato:
 
—Al llegar a una de esas bases secretas reunieron un grupo de cinco personas. Todos trabajaban en metalurgia, electrónica, telemetría, radiocomunicaciones y sistemas de armamento. Yo era uno de los cinco.
 
—¿En qué trabajabais exactamente?
 
—Estudiábamos y modificábamos los aviones F-14 y F-18. Mejorábamos su tecnología y el resto de los sistemas.
 
—¿Y qué pasó?
 
—Una mañana, muy temprano, nos metieron en un coche.
 
—¿A los cinco?
 
—Sí. Nos taparon las cabezas con capuchas y nos trasladaron a un lugar. Allí, siempre con los ojos cubiertos, embarcamos en un bus y, de este, pasamos a un helicóptero. Y terminamos aterrizando en una base de la USAF, en Nevada. Por cierto, una base nada secreta: se llama Fallow. En ese lugar, la Marina hace pruebas con sus aviones.
 
—¡Qué absurdo! ¿Por qué os taparon los ojos para llegar a un lugar conocido?
 
Amada se encogió de hombros. Y susurró:
 
—Así son los militares...
 
Una vez en la base de Fallow, la ingeniera y sus compañeros emprendieron un largo y penoso periplo a través de los desiertos de Arizona y Nevada.
 
—Volvieron a cubrirnos las cabezas y nos metieron en un pequeño bus —siguió explicando Amada—. Creo que nos drogaron. Tras las comidas, todo se hacía borroso. No recuerdo bien.
 
—¿Llegaste a ver el paisaje?
 
—Muy poco. Circulábamos por una zona desértica, rodeada de montañas nevadas. Deduje que rodábamos por Nevada o Arizona. Finalmente llegamos a un lago. Después, consultando mapas, supe que se trataba del lago Tahoe, en Nevada. Parecía un cráter. Allí no había nada; ni vegetación, ni pueblos, ni instalaciones de ningún tipo. Bajamos del bus y nos encontramos con unas pequeñas escaleras, labradas en la roca, que descendían hacia un búnker subterráneo. Era como la entrada a una mina... Todo muy primitivo y sin ningún tipo de vigilancia. Nada de nada. Aquello me pareció el fin del mundo.
 
—¿Cuántos descendisteis del bus?
 
—Nosotros cinco, el conductor, y el militar que nos escoltaba. Al bajar media docena de peldaños vimos a un hombre...
 
La interrumpí de nuevo.
 
—¿No había vigilancia en los alrededores de las escaleras?
 
—Ninguna.
 
—¿Y los del bus?
 
—Se fueron.
 
—No entiendo. ¿No había carretera?
 
Amada negó con la cabeza, e insistió:
 
—Nada de nada. Puro desierto. No había señalizaciones, ni rodadas de vehículos, ni alambradas, ni vigilancia... Todo estaba minuciosamente estudiado. Las escaleras, por ejemplo, no eran visibles desde el exterior. Necesitabas acercarte para descubrirlas. Y, naturalmente, tenías que conocer su ubicación.
 
—¿Y las montañas?
 
—Era lo único que destacaba. Nos rodeaban por todas partes. No había ruido. Puro silencio. No había viento, ni pájaros...
 
—¿Qué hicisteis?
 
—Antes de partir, el chófer del bus y el soldado de escolta retiraron las capuchas que nos cubrían y nos invitaron a bajar las escaleras de piedra. Y, como te digo, algo más abajo nos esperaba un hombre. Estábamos en un búnker. Tenía tres niveles. Todo olía a humedad. Todo era metálico: paredes, suelos y techos. Todo eran tuberías y ventanas como ojos de buey. Era un metal muy fuerte. En el primer nivel estaban los baños compartidos. Las habitaciones se hallaban más abajo, sin ventanas. Allí había de todo: toallas, sábanas, útiles de aseo... Como te digo, me impresionó el olor a humedad. Era un búnker que hacía de hotel. Allí dormimos. A la mañana siguiente, a las cuatro y media de la madrugada, pasaron a buscarnos. Nos metieron en un coche normal y corriente y nos dirigimos a la base secreta...
 
—¿Os taparon los ojos?
 
—No. Salimos del desierto y entramos en un desfiladero entre las montañas. Era un corte artificial en la roca, de unos diez metros de altura y cincuenta de ancho. Permitía la circulación en los dos sentidos. Calculé que la carretera, desde el búnker a la base secreta, podía tener unos tres kilómetros.
 
—¿Base secreta?
 
—Sí, ese era nuestro verdadero destino. Una base secreta perdida en mitad de la nada. Y al final de la carretera nos encontramos con un espectáculo que nunca olvidaré: una valla metálica, electrificada, y, detrás, un muro de hormigón de cincuenta metros de longitud. Sobre el muro habían emplazado un larguísimo cristal curvo. En total calculé que muro y cristal sumaban tres o cuatro metros de altura. Pues bien, detrás del cristal —a prueba de balas—, conté entre quince y diecisiete soldados, armados con ordenadores. Y, por todas partes, cámaras de vigilancia... Y más allá, más soldados, armados con armas automáticas. Nos identificaron y cruzamos el muro por uno de los laterales. Y nos encontramos en el interior de una base..., como tantas.
 
—No entiendo...
 
—No era una base de la USAF o de la Marina, pero se parecía a las que conozco: pistas de aterrizaje, hangares y todo lo demás... El personal, sin embargo, no iba vestido con los uniformes habituales de la Navy o de la Fuerza Aérea. Vestían de azul, sin credenciales. La mayoría era gente de ciencia. Los había de muchos países: canadienses, norteamericanos, ingleses... El nivel de seguridad era altísimo. Nunca vi algo semejante. Nadie preguntó nada. Nos escoltaron hasta uno de los grandes hangares y allí descendimos del auto. Al entrar en el hangar quedé perpleja.
 
—¿Por qué?
 
—Un avión de combate, modificado, aparecía colgado en el aire mediante largos cables de sustentación. Dos enormes «pirámides electrónicas» de cuatro lados se entrecruzaban y protegían el recinto, de forma que ninguna señal podía entrar o salir. El «caza» se hallaba en el centro de las «pirámides». Nuestra misión era probar una serie de piezas en el avión que flotaba en el centro del hangar.
 
—¿Qué clase de identificación os dieron?
 
—Una banda de color, con el grado de secreto al que tenía acceso, foto, apellido, rango militar y, por detrás, un chip con la totalidad de mi vida (desde el nacimiento hasta ese momento). Con el chip sabían a qué tenía acceso y a qué no. Además incluía las huellas dactilares y las de la retina.
 
—¿Cómo era el procedimiento?
 
—Al entrar en el hangar, un militar abría un armario. Perfectamente alineadas distinguí unas cuarenta o cincuenta cajitas. El individuo tomaba una de las cajas, se dirigía a una especie de quiosco, y allí anotaba el número de la cajita, la hora, y la persona que recibía la pieza. Cada caja contenía varias piezas. Y nos hacía firmar. La primera pieza que me tocó en suerte fue la 123. Era muy raro... El armario tenía un gran candado y cada cajita otro candado. Al terminar el experimento se repetía la operación: entregabas la pieza, la revisaba, por si faltaba algo, y el militar tomaba nota de la hora y del número de la pieza de la cajita. Y volvías a firmar. Después nos metían en el coche y regresábamos al búnker. Así estuvimos durante tres semanas.
 
—¿Y en qué consistían las pruebas?
 
—Al entregarte la pieza te daban una lista con los experimentos que debías llevar a cabo. Te metías en el «caza» y todo se quedaba a oscuras. Y hacías las pruebas indicadas. En esas tres semanas me facilitaron cinco piezas. Pues bien, solo una respondió positivamente.
 
—¿Qué sucedió?
 
—Yo estaba atónita. Aquel avión militar tenía alas y timón, pero carecía de sistema hidráulico. En otras palabras: no tenía alerones o flaps. Tampoco disponía de cableado o remaches. Era todo sólido y de un metal muy fino. Aparentemente, en su forma exterior, era un avión normal. Pero no era así... Yo estaba desconcertada. Y me preguntaba: «Y esto, ¿cómo vuela?». Pues bien, una vez en el interior del «caza» tras introducir la pieza 123 en el ordenador, seguí un proceso establecido (a base de unos y ceros) y el resultado me dejó asombrada: ¡el metal se deformaba en la posición que tú desearas! Las alas, por ejemplo, se curvaban como si fueran flaps... Y lo mismo sucedía con el timón. Todo a voluntad... Yo pensaba algo y, al momento, el avión respondía, deformándose. ¡Genial! ¡Y todo gracias a la pieza 123! Desde abajo, por supuesto, los militares controlaban el proceso. Después, al cabo del tiempo establecido en el ordenador, el metal recuperaba su posición habitual. Al concluir el experimento elevábamos un informe al general y jefe de la base secreta.
 
—Dices que solo una pieza, la 123, dio resultado positivo. ¿Cómo era?
 
—Parecía un prisma; más o menos de las dimensiones de tu grabadora (unos diez centímetros). Era de metal, pero no supe identificarlo. El resto de las piezas era muy distinto: pequeñas esferas y láminas. Yo fracasé en todas las pruebas, menos en la 123. Recuerdo que otra de las piezas alteraba las lecturas del avión. Era como si el «caza» estuviera volando boca abajo, aunque, obviamente, el avión no se movía.
 
—¿Cómo era un día normal en la base secreta?
 
—Tocaban diana en el búnker a las cuatro y media. A las cinco y media estábamos en la base, trabajando. Hubo días en los que no comimos. Si los códigos no salían bien no bajabas del «caza». Comías en el hangar, llenos de grasa. La comida era horrible. La llamaban «MRE», especial para militares; toda deshidratada. Y fue en uno de esos almuerzos, en el hangar, cuando alguien preguntó: «¿De dónde proceden esas piezas?». Los militares que nos acompañaban empezaron a reírse. Fue así como supimos del origen de aquella asombrosa tecnología...
Por un momento imaginé lo que estaba a punto de revelarme la ingeniera... No me equivoqué.
 
—Uno de los militares —explicó Amada—, al que llamaré Alabama, hizo cierta confianza conmigo... Y un día me susurró: «¿Ves esos edificios del fondo?» Se trataba de enormes hangares. Estaban a doscientos metros. A esos lugares no tuvimos acceso. «Pues bien —declaró Alabama—, de ahí sale la tecnología con la que estás trabajando». Yo, entonces, me arriesgué: «¿Hablas de la nave que se estrelló en Roswell?». Mi confidente dijo que sí. ¡Dios mío, las piezas con las que experimentábamos procedían del objeto recuperado en las cercanías de Roswell...!
 
—¿Alabama era de confianza? ¿Crees que dijo la verdad?
 
—De toda confianza... Llevaba en esa base quince años. Era soltero y sin familia. Para ingresar en ese lugar tenías que ser muy especial. Solo los norteamericanos pueden trabajar en una base así. Y, poco a poco, me proporcionó otros detalles. En uno de los hangares —dijo— se encontraba la nave de Roswell, así como los restos de otro ovni. Su trabajo, en realidad, consistía en desmontar las piezas de esa nave. A ese despiece lo llaman tarachen. Cada año pasaban por el hangar de las «pirámides» decenas de técnicos y científicos que trataban de experimentar con las referidas piezas.
 
—En otras palabras, llevan más de cincuenta años experimentando sobre la nave de Roswell...
 
—Exactamente desde julio de 1947.
 
—¿Te dijo algo más sobre dicha nave?
 
—Que estaba suspendida en el aire, como el caza en el que experimentábamos, y que aparecía protegida por otras dos «pirámides electrónicas».
 
—¿Cómo era ese hangar?
 
—Grande. Similar al de la lanzadera Seatle, en cabo Cañaveral. Al lado se levantaba otro hangar, más pequeño, en el que trabajaban los científicos.
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 42
 
 
«Libro azul» fue la continuación de otros proyectos de la Fuerza Aérea Norteamericana para la recopilación e investigación de miles de casos ovni. Hasta 1969, la USAF había investigado unos 4.500 casos de encuentros, todos en Estados Unidos. El cuartel general fue ubicado en la base aérea de Wright-Patterson, en Ohio. Hasta allí llegaron miles de documentos y fotografías. Allí eran finalmente evaluados y archivados con la clasificación de «alto secreto». Y allí siguen... Tras el análisis de estos documentos, la USAF hizo público su veredicto sobre los «no identificados»: «Primero. Los ovnis no constituyen una amenaza para la seguridad nacional. Segundo. No hay evidencia de que los ovnis estén más adelantados que nosotros. Tercero. No hay pruebas de que los ovnis sean vehículos extraterrestres».
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 52
 
 
Siempre he considerado que la tecnología de los seres que tripulan esas naves es mágica. No podemos entenderla. Para aproximarnos a ella necesitaríamos cientos o miles de años de evolución...
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 59
 
 
He aquí un resumen de la experiencia sufrida por Antônio Vilas-Boas en la noche del 15 al 16 de octubre de 1957 en São Francisco de Sales, al sur de Mato Grosso (Brasil). Parte de la información me fue facilitada por el periodista João Martins.
 
«Ese día, debido al fuerte calor, Villas Boas decidió arar la tierra durante la noche... Su finca se hallaba en el estado de Minas Gerais, cerca de la pequeña población de São Francisco de Sales... Cuando estaba trabajando con el tractor, un objeto silencioso y lleno de luces aterrizó en las proximidades... El motor del tractor se paró... Antônio Vilas-Boas comprendió que algo no iba bien y escapó a la carrera... Pero, de pronto, fue atrapado por cuatro seres de pequeña estatura y cubiertos con cascos… Uno de ellos era una mujer... Peleó, pero fue derribado... Y el granjero —de veintitrés años— fue conducido al interior del ovni... Le quitaron la ropa, le hicieron un análisis de sangre, lo lavaron con un extraño líquido, y lo introdujeron en una cabina en la que había un sofá... El lugar se llenó de humo... Villas Boas sintió ganas de vomitar... Entonces, desconcertado, vio entrar a una mujer, totalmente desnuda... Era bajita (alrededor de 1,50 metros)... Según el testimonio del granjero era bella, “aunque diferente a las mujeres que conocía”... El pelo era casi blanco, suave, con las puntas hacia adentro y raya en el centro... Los ojos eran grandes, azules y rasgados... No parecía maquillada... La nariz era recta y los pómulos pronunciados... La barbilla era afilada... La cara, en definitiva, tenía forma triangular... Los labios eran muy finos, casi inexistentes... “El cuerpo era muy bello —dijo Villas Boas a los investigadores que lo interrogaron—. Era delgada, con los pechos altos y separados... La cintura era estrecha y las caderas y muslos poderosos... El vello del pubis era rojo, color sangre... Eso me llamó la atención... Las manos eran largas y estrechas... Me miró intensamente y caminó despacio hacia mí... Y, de pronto, me abrazó, frotando la cabeza contra mi rostro... Sentí su cuerpo, cálido... La piel era muy blanca, como la de las mujeres rubias... Tenía pecas en los brazos... No percibí ningún perfume... Se cerró la puerta de la cabina y, al comprender lo que deseaba, empecé a excitarme... Creo que fue el líquido con el que me frotaron lo que provocó la erección del pene... Y me excité como nunca... La agarré y respondí a sus caricias con otras más intensas... Después la penetré... La vagina estaba muy húmeda... Ella me mordía en la barbilla y lanzaba gruñidos... Eyaculé y me quedé unos segundos tumbado sobre ella... Me sentía con fuerzas para un segundo acto, pero la mujer me rechazó... Se levantó y vi aparecer a uno de los tripulantes junto a la puerta de la cabina... Portaba un casco sobre la cabeza... Llamó a la mujer y ella se dirigió hacia él... Pero antes de abandonar el lugar se volvió hacia mí, me miró, señaló su vientre con la mano derecha, me señaló, sonrió, y, finalmente, indicó hacia lo alto... Entonces entró el hombre... Cargaba mis ropas... Me hizo señas para que me vistiera y obedecí de inmediato... Salimos de la cabina y me llevó a otra habitación... Tres miembros de la tripulación estaban sentados en sillas giratorias... Conversaban... En realidad gruñían... Me quedé quieto, intentando fijar la atención en todo lo que me rodeaba... ¡Dios mío! Nadie me creería... En un momento determinado me fijé en una pequeña caja cuadrada con tapa de cristal... En el interior había algo parecido a la esfera de un reloj... Vi una aguja y una marca negra en el lugar que corresponde a las seis... Vi otras señales en los puntos correspondientes a las tres y a las nueve... Y pensé: ‘Si me llevo la caja me creerán’... Me aproximé despacio y agarré aquella cosa con ambas manos... Pero pesaba demasiado... No tuve tiempo de nada... Uno de los individuos saltó sobre mí y me quitó la caja... Me retiré hasta que noté la pared en mi espalda... La arañé, intentando arrastrar parte del metal en las uñas... Fue inútil... Las uñas resbalaron sobre la superficie pulida... Y allí permanecí, en silencio... Pocos minutos después, uno de los tripulantes se levantó e hizo señas para que le acompañara... Y abandoné la nave... Eran las cinco y media de la madrugada...”».
 
Algún tiempo después, el investigador inglés Gordon Creighton me facilitaba un dato que ignoraba: «Cuando la historia de Vilas-Boas fue publicada en la prensa, un agente de la CIA interrogó al testigo, y lo hizo durante seis horas... De inmediato, el Pentágono ordenó al Gobierno de Brasil que silenciara el asunto “a todos los niveles”».
 
Y, durante años, el secuestro de Vilas-Boas permaneció en el olvido... Así es y así funciona la Inteligencia USA en el asunto ovni.
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 82
 
 
EL YUNQUE
La presente información procede de una ciudadana norteamericana de toda confianza. No debo desvelar su nombre. Di mi palabra. En la actualidad sigue en activo. Trabaja para la CIA en Venezuela.
 
Esto fue lo que me contó:
 
«... Sucedió en la selva de El Yunque, en la isla de Puerto Rico... No estoy autorizada a revelar la fecha del encuentro y tampoco las identidades de los testigos... Mi amigo, el hoy general Fulgencio (nombre supuesto), trabajaba para la Navy norteamericana... Su labor se desarrollaba en la zona de Vieques, en la referida isla... Era uno de los responsables de la seguridad... En esa época apareció en El Yunque una criatura que atacaba al ganado, extrayéndole la sangre... Mató a decenas de gallinas y corderos... Y se formaron partidas de vecinos para tratar de matar o capturar al temido “chupacabras” … Fulgencio animó a otros militares norteamericanos y emprendieron una batida por El Yunque... Iban armados con rifles y pistolas... En total, seis cazadores... Y pasaron todo el día en los bosques... Al final de la jornada, hacia las seis de la tarde, cuando el sol empezaba a ocultarse, lo vieron... ¡Era el chupacabras! ¡Era una criatura extraña! Tenía casi dos metros de altura, los ojos grandes, redondos y rojos, y las orejas puntiagudas... El cuerpo aparecía cubierto de enormes escamas... La boca presentaba dos largos colmillos en la mandíbula superior... Parecía herido o agotado... Se hallaba en mitad de un calvero... Fulgencio y los militares se prepararon... Rodearon a la criatura y le apuntaron con sus armas... En esos instantes, cuando la partida se encontraba a cinco metros escasos del ser, se produjo un hecho no menos desconcertante... Tanto el general como el resto de los militares quedaron paralizados... Solo podían mover los ojos... Y, frente a ellos, vieron descender un objeto esférico... Era silencioso... Emitía una suave luz rojiza... Una vez en tierra se presentaron dos seres con buzos de color blanco... Eran calvos y de facciones hermosas... Parecían nórdicos... No supieron por dónde descendieron a tierra... Se aproximaron a los cazadores y, señalando al “chupacabras” comentaron: “Disculpen... Se nos ha escapado” ... La comunicación fue mental y en inglés... En ningún momento movieron los labios... Uno de los seres alzó el brazo izquierdo y, al momento, el “chupacabras” se vio envuelto en una luz naranja... Y la criatura caminó con dificultad hacia la nave... Después, los “nórdicos” dieron media vuelta y regresaron al ovni... Y el objeto se elevó de inmediato, desapareciendo a gran velocidad... Al instante, Fulgencio y sus amigos recobraron la capacidad de movimiento... Estaban temblando... Algunos se habían orinado en los pantalones... Y allí mismo juraron no decir nada a nadie... Los hubieran tomado por locos, o algo peor... Sus carreras, como militares, hubieran peligrado... Solo algunos amigos hemos sabido lo que sucedió en El Yunque».
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 91
 
 
Lo he repetido muchas veces: Jorge Martín es un excelente y veterano investigador del fenómeno ovni. Probablemente, uno de los mejores de América. En cierta ocasión logró entrevistar a Robert O. Dean, que fue sargento mayor de la OTAN en 1963. Después se retiraría como coronel de las Fuerza Aéreas Norteamericanas. Aquella histórica conversación entre Martín y Dean tuvo lugar en Puerto Rico. La ofreceré íntegra. La verdad es que no tiene desperdicio...
 
—En 1963 —empezó Dean— yo estaba destinado en el Centro de Operaciones de los Cuarteles Supremos de la OTAN en París... Para llegar allí tuve que pasar muchos controles de seguridad... Y me entregaron una credencial muy alta: Cosmic top secret (‘Secreto mayor cósmico’)... Entonces me asignaron al llamado Cuartel de Guerra (SHOC)... En esos momentos lo dirigía el general Lyman Lemnitzer, comandante supremo de las fuerzas aliadas en Europa...
 
Jorge Martín hizo un inciso:
 
—Debemos recordar que, en los años sesenta, el mundo se encontraba sumido en plena guerra fría. Tanto Oriente como Occidente se veían desconcertados por el continuo sobrevuelo de objetos no identificados... Europa pensaba que eran los soviéticos, y al revés...
 
Dean asintió en silencio y prosiguió:
 
—Se me informó que esos desconocidos volaban sin cesar sobre la Unión Soviética, sobre Alemania del Este y Francia y desaparecían en el canal de la Mancha... Los radares de la OTAN los captaban casi todos los días... Eran formaciones muy veloces y se desplazaban a alturas que nuestros aviones no podían alcanzar... Obviamente se trataba de aparatos controlados inteligentemente... En 1961 se produjo una alarma total... Cincuenta ovnis fueron detectados en los radares... Volaban desde Rusia hacia Europa a unos 33.000 metros de altura... Los soviéticos cerraron sus fronteras y se produjo un caos peligrosísimo... ¿Atacaban los rusos?... Y los sistemas armamentísticos de uno y otro bando apuntaron al contrario... Pensamos que había empezado la tercera guerra mundial... Afortunadamente, los cincuenta ovnis desaparecieron y regresó la normalidad... Pero la angustiosa situación se repitió dos veces más... Fue a partir de esas crisis cuando el mariscal del Aire, sir Thomas Pike, segundo en el mando de las fuerzas aliadas europeas, solicitó información a los servicios de Inteligencia de Londres y Washington... ¿Qué estaba pasando? ¿Qué eran aquellos objetos que aparecían y desaparecían? Y ordenó un estudio profundo con el fin de averiguar si tales objetos eran una amenaza para la seguridad de Europa...
 
—¿Y qué decía ese estudio? —se interesó Martín.
 
—La OTAN comprobó que no se trataba de armas secretas rusas, y tampoco norteamericanas... Entonces se llegó a un acuerdo entre el Pacto de Varsovia y la OTAN... Y se estableció un teléfono rojo entre París y Moscú... Cuando ingresé en el Cuartel de Guerra, en 1963, todo el mundo hablaba de esos malditos objetos volantes no identificados... Y llegó enero de 1964... Me tocaba guardia... Y a eso de las dos de la madrugada, el controlador entró en la bóveda blindada y regresó con un voluminoso informe... Me pidió que le echara un vistazo y se fue... Era un estudio ovni de doce pulgadas de espesor (unos treinta centímetros)... En la portada: «Asesoramiento: una evaluación sobre una posible amenaza militar a las fuerzas aliadas en Europa»... Era la copia número 3... Quedé asombrado.
 
—¿Por qué?
 
—Al final, en los apéndices, descubrí decenas de fotografías de ovnis...
 
—¿Creías en la existencia de esas naves?
 
Dean fue sincero:
 
—Era muy escéptico... Lo único que me importaba era mi carrera como militar.
 
—¿Y qué leíste en el dossier?
 
—De todo. Había informes, evaluaciones de los radares, autopsias practicadas a las criaturas capturadas, opiniones de relevantes científicos... Recuerdo aportaciones de las universidades de Oxford, la Sorbona, Cambridge, el MIT norteamericano...
 
—¿Autopsias a seres no humanos?
 
Dean fue rotundo:
 
—Las imágenes eran estremecedoras... Vi fotos de una nave estrellada en Timmendorfer, en Alemania, en 1961... La nave fue captada en los radares y, finalmente, no se sabe por qué, terminó cayendo cerca del mar Báltico... Una brigada de ingenieros militares británicos fue la primera en llegar... Encontraron doce cuerpos sin vida...
 
—¿Había fotos?
 
—Por supuesto. Eran criaturas de escasa estatura, alrededor de un metro, grandes cráneos, ojos enormes y negros, piel pálida, y brazos largos, hasta las rodillas... Leí las autopsias y quedé desconcertado... Según los médicos, aquellos doce seres eran idénticos...
 
—No entiendo —intervino Martín.
 
—Parecían copias... Clones... Pensaban que eran robots orgánicos y que habían sido creados en laboratorio... No tenían aparatos digestivo y reproductor... Carecían de dientes... En otras palabras: no ingerían alimentos; al menos como nosotros lo entendemos... La sangre también era distinta: incolora y fluyendo por un sistema circulatorio muy complejo...
 
—¿Y la nave?
 
—Contemplé decenas de fotos... Tenía cien pies de diámetro (30,48 metros)... Fue abierta en seis secciones y enviada a la base aérea de Wright-Patterson, en Ohio (USA).
 
—¿A qué conclusiones llegaba el dossier?
 
—Primera: la Tierra está siendo visitada por numerosas razas no humanas... Las más importantes son tres: una similar a la nuestra, que preocupa mucho a los Servicios de Inteligencia; otra de seres pequeños y grandes cráneos, y una tercera de aspecto reptiloide, con las pupilas verticales...
 
—Disculpa —le interrumpió Martín—, ¿por qué esa raza preocupa a los Servicios de Inteligencia?
 
—Simple. Al ser idénticos a nosotros podrían infiltrarse en la red social humana...
 
Y Dean continuó:
 
—Segunda conclusión del informe secreto: estas visitas de seres no humanos se vienen registrando desde hace milenios... Tercera: la raza humana podría ser la consecuencia del mestizaje con esas criaturas cósmicas... Esto también preocupaba mucho a los militares... Cuarta: el estudio aseguraba que algunas de esas civilizaciones podían proceder de dimensiones desconocidas o de más allá de nuestra galaxia... Calculaban el adelanto de las mismas en más de un millón de años... Y quinta conclusión: el informe insinuaba que los habitantes de la Tierra están siendo sometidos a un programa especial por parte de los extraterrestres... El dossier no daba más detalles.
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 117
 
 
—Bien, mi general (Felipe Galarza), pero dígame: ¿hasta cuándo se prolongará esta absurda situación? ¿Hasta cuándo el tema ovni será alto secreto? Los testigos se cuentan por millones...
—Lo ignoro. Quizá hasta que los norteamericanos...
Felipe Galarza rectificó:
... Quizá hasta que los militares norteamericanos lo decidan. Ellos mandan. No olvide, estimado amigo, que Occidente es una colonia USA.
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 179
 
 
Fue el 16 de abril de 1992 —según consta en uno de mis cuadernos de campo— cuando el comandante Juan Ignacio Lorenzo Torres me habló de aquel extraño suceso, ocurrido, al parecer, en un vuelo de Iberia entre París y Madrid. Testigo de la conversación: el periodista Ernesto Sainz de Buruaga. Años atrás, Lorenzo Torres había presenciado un caso ovni que me impresionó. Es bueno recordarlo:
 
«... Sucedió el 4 de noviembre de 1968 —narró Lorenzo Torres—. Procedíamos de Londres... Nuestro destino era Alicante... Ya había oscurecido... Estaban sirviendo la cena... Juan Celdrán, el segundo piloto, y yo acabábamos de recibir las bandejas... Volábamos por la aerovía B31 y, de pronto, Control Barcelona nos ordenó bajar de nivel... Descendimos a “280” (28.000 pies: 8.534 metros) y nos extrañó... Pensamos que, quizá, se debía a la proximidad de otro tráfico: un British Caledonia... Y al bajar de 31.000 pies a 28.000, el avión (un Caravelle) fue sacudido por una turbulencia... “Nos han fastidiado la cena”, comentamos... Entonces, por precaución, pedí al segundo que hiciera un poco de vigilancia exterior, con el fin de localizar el avión inglés... Y en ello estaba cuando Celdrán me alertó: “Mira —dijo—, ahí está” ... En un primer momento lo asociamos con el Caledonia... Pero no... Era una luz rarísima: demasiado grande para ser un tráfico... El susto fue de infarto... La luz venía de frente, en rumbo de colisión... Nos deshicimos de las bandejas y ahí empezó el “festejo” ... La luz se nos echó materialmente encima... Pudo llegar a diez metros del morro del avión... ¿Te imaginas lo que eso significa?... El ovni tuvo que decelerar, medir la distancia, y emparejarse con el reactor a la misma velocidad... Eso no lo hace nadie... Ni en 1968 ni ahora... Sinceramente: nunca lo había pasado tan mal... Era una luz central, de un tamaño aproximado al de un balón de fútbol, con una iluminación pulsante de color cobrizo-azulado... Parecía que respiraba... Era algo vivo... Y a los lados se distinguían otras dos esferas luminosas, pero más pequeñas, y del mismo color... La proximidad era tal que, tanto Juan Celdrán como yo, nos vimos parcialmente iluminados por aquel resplandor... En el interior del foco principal observamos algo semejante a venas... Unos conductos por los que circulaba un líquido, o algo similar... En las esferas laterales no se apreciaban detalles... El círculo grande me recordó un ojo humano... Y antes de que pudiéramos pestañear, las tres luces se apagaron, descendiendo a enorme velocidad... Pero, al poco, se presentaron de nuevo frente al Caravelle, con idénticas formas, iluminación y distancia... Llamamos a Barcelona y dimos cuenta del “regalo” que nos acompañaba... Y solicitamos información... ¿Qué demonios era aquello?... Pero el radar civil solo tenía una cobertura de sesenta millas y, al parecer, no lo detectaron... Nos dio la sensación de tres cuerpos que se movían al unísono o, quizás, de un solo objeto con tres focos... Al día siguiente supimos que los radares militares habían captado tres ecos... Es decir, que podía tratarse de tres objetos no identificados... Ante la lógica consternación de todos, incluido Pepe Cuenca Paneque, el mecánico de vuelo, tocamos el timbre e hicimos entrar en cabina a la azafata... La pobre se llevó un buen susto... Preguntó qué era aquello, pero nadie supo responder... Entonces, el ovni volvió a alejarse, regresando al poco... Y empezó un asombroso “baile” alrededor del avión... Las maniobras de las tres luces eran inconcebibles para la física humana... Volaban describiendo un ángulo recto o dibujaban hipérbolas, parábolas, o saltaban de un lugar a otro... ¡Era de locos!... Finalmente, el ovni se estabilizó de nuevo frente a la nariz del Caravelle... Fue en esos instantes cuando se me ocurrió lo de la comunicación... Y sucedió algo sorprendente... Tomé el micro y hablé en inglés y en español... Pregunté quiénes eran, de dónde procedían, si eran amigos o enemigos, y no sé cuántas cosas más... No hubo respuesta... Y probé con las luces... Establecí un código rudimentario: un cambio quería decir “sí” y dos significaban “no” ... Fue emocionante... ¡Habían comprendido!... Yo formulaba la pregunta, apagaba y encendía los focos del Caravelle y el objeto aumentaba o disminuía su luminosidad con la cadencia previamente “pactada” ... Y siguiendo este procedimiento entendimos que eran amigos y que su origen estaba en nuestra galaxia... Creo que formulé del orden de veinte preguntas... Después prendí los focos de aterrizaje, con el fin de verlo mejor, pero el objeto apagó sus luces y se alejó en dirección a Baleares... Ya no volvimos a verlo... Al aterrizar en Alicante llegamos a un acuerdo para silenciar lo ocurrido... Eran tiempos difíciles...
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 204
 
 
LUNA
 
Julio de 1969: la gran mentira... Mejor dicho: la madre de todas las mentiras. Los militares norteamericanos materializaron un objetivo largamente acariciado…
 
En la década de los años noventa (siglo XX), durante una larga e intensa investigación ovni por tierras de California (USA), tuve la fortuna de conocer a tres militares de alta graduación —todos ellos gringos— a los que llamaré «Mirlo rojo». Aquellos hombres —ya fallecidos—, un mayor y dos coroneles, no estaban de acuerdo con la política de secretismo de su país en relación a la conquista espacial y, sobre todo, al tema extraterrestre. Y me hablaron de diferentes e interesantísimos asuntos, todos confidenciales.
 
Me reuní con ellos en cinco ocasiones, siempre en Estados Unidos. Me exigieron una condición: bajo ningún concepto debía revelar sus identidades. Lo juré.
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 225
 
 
Tema ‹‹Apollo››
En síntesis, esto fue lo que expusieron:
1.    No es cierto que NASA sea una organización civil. Aparentemente sí. Son los militares quienes la utilizan como tapadera. Ellos controlan en secreto su funcionamiento y objetivos. Y lo hacen desde el 1 de octubre de 1958, fecha de la creación oficial de la National Aeronautics and Space Administration (NASA). Por encima de la investigación científica están los intereses militares USA.
 
2.    La gran mentira empezó el 4 de octubre de 1957, cuando la antigua URSS (actual Rusia) puso en órbita el Sputnik 1, el primer satélite artificial. Giraba alrededor del planeta en 95 minutos. El éxito soviético puso muy nerviosos a los militares norteamericanos.
 
3.    En abril del año siguiente (1958), la Fuerza Aérea Norteamericana (USAF) establece un borrador que bautizó como «Apollo». Había que dejar atrás a los rusos... Y crean la tapadera ideal: NASA.
 
4.    El 2 de enero de 1959, la sonda soviética Lunik 1 gira en torno a la luna en órbita solar. Los rusos consiguen cientos de fotografías de la superficie lunar (algunas de extraordinaria resolución). Es la primera vez que aparecen edificios extraños en dichas imágenes. Los rusos están eufóricos y desconcertados. «¿Qué son esas construcciones en la luna?».
 
5.    12 de septiembre (1959): la sonda Lunik 2 fotografía la superficie lunar antes de impactar en las cercanías del cráter Autolycus. Los rusos quedan perplejos: algunos edificios son circulares, con más de cinco pisos de altura...
 
6.    El 4 de octubre (1959), la Lunik 3 envía a la Tierra un total de 937 fotografías de la luna (incluida la cara oculta). En esa zona también descubren ruinas, carreteras ¡y un avión —intacto— de la segunda guerra mundial!... Los rusos no dan crédito. ¿Cómo ha llegado ese avión a la luna?
 
7.    El 17 de noviembre de 1959 debería recordarse como un día histórico en la carrera espacial. La CIA consigue robar 32 fotografías a los soviéticos. Son imágenes tomadas por la Lunik 3. En ellas se ven misteriosas construcciones en la superficie lunar. Los militares norteamericanos quedan conmocionados. Y aceleran el proyecto «Apollo». Tienen que ser ellos —los gringos— quienes lleguen primero a la luna. El plan es «alto secreto». No lo conoce ni el presidente.
 
8.    Enero de 1960. NASA presenta ante el Comité Científico del Congreso el plan decenal (1960-1970), con un presupuesto que supera los 20.000 millones de dólares. Entre las previsiones figura la posibilidad de enviar a un ser humano a la luna. Los militares no informan sobre las imágenes robadas a la KGB rusa. El Congreso USA acoge el plan con frialdad.
 
9.    El 1 de julio (1960), el MSFC (Marshall Space Flight Center), el centro más importante de experimentación e investigación norteamericano, pasa a formar parte de NASA. Lo dirige Wernher von Braun. Los militares no tienen más remedio que informar a Von Braun sobre las fotografías secretas robadas en Moscú.
 
10.                      El 17 de noviembre (1960), nueve días después de ser elegido presidente de Estados Unidos, Kennedy se reúne con la cúpula de NASA. Los militares presionan para conseguir la financiación (20.000 millones de dólares) y muestran a John F. Kennedy varias de las imágenes de los edificios y carreteras en la luna. Kennedy, impresionado, accede a impulsar la financiación del proyecto «Apollo», con la condición de que la noticia de las construcciones se haga pública. Los militares se niegan. Finalmente, tras una tensa reunión, se llega a una solución de compromiso: un organismo competente, y neutral, evaluará la idea de hacer pública la noticia de las misteriosas construcciones. Y los militares ponen condiciones: si prosperase la postura de dar a conocer la existencia de los edificios, la noticia solo podría materializarse tras el regreso de los astronautas a la Tierra. Kennedy aceptó. Ni una sola de las fotografías presentadas por NASA quedó en poder de la Casa Blanca.
 
11.                      El 30 de noviembre (1960), la Institución Brookings, con sede en Washington D. C., inicia los trabajos de evaluación de la referida noticia. Se terminan el 18 de abril de 1961. NASA (los militares) presiona hábilmente y consigue que la prestigiosa Institución Brookings se incline hacia el «no». Brookings dice: «... Las reacciones de la humanidad (ante una posible realidad extraterrestre) son impredecibles... Los individuos cambiarían para siempre y sus valores sociales serían socavados». Uno de los párrafos —en la página 215 del informe— resulta altamente revelador sobre las presiones de los militares: «... Mientras que encuentros cara a cara no ocurrirán dentro de los próximos veinte años (1961-1981) (a menos que su tecnología esté más avanzada que la nuestra, calificándolos para visitar la Tierra), artefactos dejados en algún punto en el tiempo por estas formas de vida podrían ser descubiertos a través de nuestras actividades espaciales en la luna, Marte o Venus».
 
12.                      Y los militares inician la selección de los astronautas que deberán participar en el proyecto «Apollo». «Todos deberán ser blancos y varones». «Mirlo rojo» estaba indignado.
 
13.                      Las sucesivas sondas lunares envían a la Tierra más de 250.000 fotografías. Ya no hay duda: los militares calculan en más de cincuenta las construcciones existentes en la luna. Y empieza la maquinación de un diabólico plan: llegar hasta la mayoría de los edificios, explorarlos, ¡y destruirlos!
 
14.                      El 25 de mayo de 1961, Kennedy pronuncia su célebre discurso, animando al pueblo norteamericano a emprender la aventura del espacio, y situar a un hombre en la luna antes de que acabe la década. Kennedy conocía el informe «Brookings», pero tenía sus propios planes... Y los militares lo sabían.
 
15.                      El 22 de noviembre de 1963, el presidente Kennedy fue asesinado en Dallas (USA). Hasta hoy, nadie sabe quién lo hizo. «Mirlo rojo» dijo saberlo... Y la conquista de la luna siguió adelante.
 
16.                      En el viaje de ida hacia la luna, el Apollo 11 fue acompañado por diferentes luces. El estado de ánimo de los astronautas se vio muy alterado.
 
17.                      Apollo 11 no tomó tierra en el lugar previsto. El intento de alunizaje se repitió tres veces. El módulo se posó cerca de un cráter, a cosa de doscientos pies (a algo más de sesenta metros). Las ruinas de uno de los edificios, similar a un hangar, se hallaban muy cerca: a trescientos pies (algo más de noventa metros). Ése fue el auténtico gran objetivo de Apolo 11.
 
18.                      A las pocas horas del alunizaje del Apollo 11, un potente foco iluminó el módulo. Armstrong —el hombre de acero— sufrió un ataque de pánico y empezó a gritar: «¡Nos espían!... ¡Quiero salir!».
 
19.                      Todos los Apollos (desde el 11 al 17) fueron provistos de armas tácticas nucleares «de baja intensidad». Cada bomba fue ubicada en el centro de las construcciones. Ninguno de los astronautas (salvo Cernan) supo del contenido de aquellos arcones, perfectamente sellados y camuflados. Pensaron que se trataba de instrumental científico. La bomba nuclear que transportaba Apollo 13 tuvo que ser arrojada al océano Pacífico. Los doce kilos de plutonio necesitarán 24.000 años para perder la mitad de su poder radioactivo.
 
20.                      El último Apollo (17) (diciembre de 1972) fue el encargado de hacer detonar las seis bombas atómicas en la superficie de la luna. Eugene A. Cernan fue quien apretó el botón, cuando la nave se hallaba a setenta kilómetros de altura de la superficie lunar. El escaso interés de la opinión pública por este último Apollo benefició a los militares. Desde ese mes de diciembre de 1972, la luna está contaminada. Por eso no se ha vuelto al satélite natural de la Tierra. Al conocer lo sucedido, Von Braun dimitió. Poco después fallecía de un no menos misterioso cáncer...
 
21.                      En cada regreso, los astronautas permanecían tres semanas en el Laboratorio de Recepción Lunar de Houston, relatando —con detalle— cuanto habían visto. Fueron sesiones cerradas y secretas. Las películas y las muestras de las construcciones quedaron bajo vigilancia militar.
 
22.                      Una de las películas de los edificios —tomada por el Apollo 11— fue copiada en la estación de NASA en la isla de Antigua, en el Caribe, antes de ser transferida a Houston. La película se la llevó uno de los técnicos: John Clouse. Y ahí empezó —por mi parte— una intensa persecución del tal Clouse...
 
Sí, la madre de las mentiras... Para la opinión pública mundial, la conquista de la luna fue un problema político y de prestigio... Sí y no.
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 232
 
 
Lo he comentado más de una vez. Para mí es una regla de oro en la investigación: si el investigador ovni es serio jamás reinvestigo —o pongo en duda— lo investigado por esa persona. Es un problema de lógica, de educación, y de eficacia.
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 242
 
 
Ingo Swann fue un extraordinario psíquico. La CIA lo utilizó muchas veces y lo denominó «el más grande de los psico-espías». Ingo, además, fue pintor y escritor. Sus obras pueden encontrarse en el Museo Nacional del Aire y del Espacio, en el Museo Americano del Arte Visionario y en la Asociación para la Investigación y la Ilustración. Los archivos, cartas y documentos de Swann pueden consultarse en la Biblioteca Ingram, en la Universidad de Georgia del Oeste (USA). Sus libros más conocidos son Arte cósmico, Adiós a la Tierra, Estrella de fuego, Tu factor Nostradamus y Penetración (todos ellos en inglés). Ingo falleció en 2013 en Nueva York a los ochenta años de edad. Pues bien, Founts se apresuró a enviarme un extracto del referido libro —Penetración—, con un comentario que decía: «“Mirlo rojo” e Ingo hablan de lo mismo... Juzga por ti mismo».
 
La información decía así:
 
«... Ocurrió en febrero de 1975... Un par de años después de que la sonda espacial llegase a Júpiter, confirmando lo que Ingo había “visto”, recibió una llamada de un amigo suyo... Se trataba de un personaje bien situado en las altas esferas de Washington... Y el amigo le dijo a Ingo: “Un tal Axelrod te llamará por teléfono... Si fuera posible, accede a lo que te pida, pero, por favor, no hagas preguntas” ... E Ingo intervino: “¿Quién es Axelrod?” ... “No puedo decírtelo —replicó el amigo— porque ni yo mismo lo sé, pero es importante que le digas que sí” ... E insistió: “No le hagas preguntas... Haz lo que te pida” ... Ahí terminó la conversación... A pesar de la aparente urgencia, el misterioso Axelrod tardó cuatro semanas en llamarle, y lo hizo a las tres de la mañana... Ingo tomó el teléfono, pero, al principio, no supo quién era... Resuelto el asunto de la identidad, el señor Axelrod preguntó si Ingo podía viajar ese mismo día a Washington... Por supuesto, le compensaría... Ingo recordó la conversación con su amigo y no hizo preguntas... Accedió y Axelrod le dio algunos detalles: “¿Conoce el Museo de Historia Natural del Smithsonian?” … Ingo dijo que sí... “Bien —prosiguió Axelrod—. En cuanto llegue a Washington vaya allí y sitúese cerca del elefante que hay en la rotonda central. Asegúrese de estar allí a las doce en punto. Alguien contactará con usted. Lo único que le pido es que no hable de esto con nadie. Si piensa que no será capaz, dígamelo ahora y nos olvidamos del tema. ¿Le parece bien?” ... Ingo permaneció en silencio y terminó replicando: “Sí, supongo que sí. ¿Cómo reconoceré a la persona que se supone tiene que contactar conmigo?” ... Axelrod respondió: “No se preocupe. Sabemos quién es usted...”. Y colgó...
 
Ingo llegó con tiempo... Compró café, un pastel y unos puros... Después se dirigió a la zona del elefante y, mientras lo observaba como un turista cualquiera, oyó una voz a su espalda: “¿Señor Swann?”... Ingo se dio la vuelta y una persona le entregó un papel para que leyera... En la tarjeta decía: “Por favor, no hable ni haga preguntas. Esto es por su seguridad y la nuestra”... Aquel hombre le miraba con unos intensos ojos verdes... E Ingo pensó: “Esto va en serio”... El tipo era muy varonil y joven... Parecía salido de un póster de la infantería de Marina... El porte era totalmente militar... Lo asombroso es que eran dos individuos... Parecían gemelos... Una vez leída la tarjeta, uno de los hombres sacó una fotografía y la comparó con Ingo... Le agarró la mano como si se tratara de un apretón de manos y examinó el tatuaje que presentaba Ingo, comparándolo con una segunda foto... Satisfechos, los individuos se dirigieron a la calle... E introdujeron a Ingo Swann en un coche estacionado en la zona de “prohibido aparcar”... El conductor era una mujer... El vehículo era azul, grande y sucio en el exterior, pero inmaculado en el interior... Ingo se sentó en la parte de atrás, entre los dos “gemelos”... En ese instante, uno de ellos le entregó otro papel... “Por favor, no hable —decía la tarjeta—. Si quiere puede fumar”... Otros dos coches los escoltaban... Al salir de Washington le fue entregado otro papel: “Por favor, no se lo tome a mal pero debemos cachearle para asegurarnos de que no hay micrófonos ni armas”... Le cachearon a fondo... Ingo no sabía dónde se encontraba... Al principio creyó que iban en dirección al cuartel general de la CIA, en Langley, pero pasaron de largo y aceleraron... Nueva tarjeta: “Le llevamos a un helipuerto. Antes de que lleguemos le colocaremos un capuchón en la cabeza que será retirado al final del viaje. Si tiene hambre hay sándwiches”... Tras el viaje en helicóptero, y después de andar bastante, le introdujeron en un ascensor que les llevó hacia abajo... Salieron y empezaron a dar más vueltas... Bajaron por una especie de rampa, le sentaron en una silla, y le quitaron el capuchón... Ingo se encontró en una sala con una luz tenue... Los “gemelos” habían desaparecido... Al otro lado de la mesa se hallaba un tipo joven, sonriente, y vestido con un buzo verde... “Soy Axelrod —dijo—. Por supuesto, no es mi verdadero nombre. No puedo decirle dónde estamos ni lo que representamos pero, aparte de eso, estoy aquí a su entera disposición en lo que concierne a la labor a la que nos enfrentamos”... Ingo preguntó qué labor era esa y Axelrod, sonriendo, manifestó: “Primero le diré que le compensaremos por sus gastos y le daremos unos honorarios. ¿Le parecerían bien mil dólares al día? En metálico y antes de que se vaya”... Ingo estaba encantado y preguntó cuántos días... Axelrod replicó: “Sabemos que usted trabaja mejor por las mañanas y, como ya es tarde, comenzaremos mañana a la hora que le parezca. Después ya veremos. Sabemos mucho sobre usted, señor Swann. Aparenta ser un hombre excepcional y, por supuesto, son sus dotes psíquicas las que pretendemos utilizar en esta tarea”... Ingo contestó que sus dotes no son algo de lo que se puede depender y que trabajaba en situaciones experimentales... “Lo entendemos perfectamente —aclaró Axelrod—. No se preocupe. No vemos riesgo alguno en esta misión. Nos gustaría pedirle que nunca revele ningún detalle sobre todo esto, incluida su presencia en este lugar. En otras circunstancias le pediríamos que firmase un acuerdo secreto pero, para ser claro, nuestra existencia con respecto a la misión no consta en ningún documento. Por tanto, sin un juramento de secreto, usted no está obligado legalmente. Lo que sí esperaríamos de usted es que no revele nada de esto, al menos durante diez años. Le aseguro que existen muy buenas razones pero, pasados diez años, de nuestra misión no quedará rastro. Si piensa que será capaz de mantener este acuerdo le daremos una buena cena, charlaremos de visión remota, y le llevaremos de vuelta a Nueva York”... Una vez que todo fue acordado, Axelrod prosiguió: “Muy bien, aquí tenemos procedimientos específicos. Trabajaremos en esta habitación, si le parece adecuada. En la sala contigua hay una cama y televisión. Solamente me verá a mí y a los dos que lo han traído. Uno pasará las noches en esta habitación y el otro vigilará en la puerta. No saben por qué está usted aquí. Si desea hacer ejercicio tenemos un pequeño gimnasio. Le podemos proporcionar ropa adecuada y una piscina, si desea nadar. Si tiene preferencia por algún tipo de comida podemos conseguirla. Pida lo que quiera. Usted fuma puritos. Tenemos de los suyos y también mejores. ¿Cree que podrá trabajar en estas circunstancias?”... Ingo dijo que sí... Y Axelrod prosiguió: “¿Le parece bien que le llame Ingo? Usted puede llamarme Axel. Hábleme de la visión remota”... Ingo se relajó y explicó: “Como ya sabrá, llevé a cabo mis primeros experimentos sobre clarividencia en la Sociedad Americana para la Investigación Psíquica, en Nueva York. Conocí a Janet Mitchell y a Karlis Osis. Al principio veía cosas guardadas en cajas fuertes, pero aquello empezó a aburrirme. Después, desde un cuarto sin ventanas, empecé a ver a la gente que caminaba por las calles. Las describía y acertaba. Y a la vista del buen resultado fui más allá: y empecé a ver cosas que se hallaban lejos. Por ejemplo: el tiempo meteorológico que se daba en ciudades lejanas. Acertaba siempre. Así nació lo de ‘visión remota’. Era el mes de diciembre de 1971”... Axel le escuchó en silencio... E Ingo preguntó qué deseaba que viera... Axel respondió: “Entonces, después de la Sociedad Americana para la Investigación Psíquica, usted ingresó en el SRI (Instituto de Investigación de Stanford) y desarrolló un sistema de coordenadas para la ‘visión remota’... “Sí —contestó Ingo—, la CIA estaba muy interesada. Un día, en 1973, cuando estaba nadando en la piscina del complejo donde me alojaba en Mountain View, cerca de Palo Alto, en California, donde se encuentra el SRI, me preguntaba cómo podríamos identificar un objetivo distante sin utilizar el nombre. De repente vi un mapa en el que aparecían unas coordenadas y en mi mente ‘escuché’ una voz que me animaba a utilizar ese procedimiento: las coordenadas. Tras intentarlo cincuenta veces logramos identificar el objetivo”... Y Axel preguntó de nuevo: “Usted fue al planeta Júpiter por ese procedimiento de ‘visión remota’. ¿Utilizó las coordenadas?”... “Lo de Júpiter —respondió Ingo— fue para romper la monotonía en el SRI. NASA tenía la sonda Pioneer cerca de Júpiter y pensé que ‘volar’ al planeta gigante y describirlo antes de que llegara la Pioneer podría ser tan interesante como divertido. Y acertamos”... Axel, de pronto, preguntó: “¿Qué sabe usted sobre la luna?”... “Sé que está ahí —contestó Ingo—. Es un satélite muerto. Tiene cráteres y montañas...”. Y Axel insistió: “¿Ha estudiado o ido físicamente, con ‘visión remota’, a la luna?”... “No, nunca —replicó Ingo—. Y no lo hice porque se sabe mucho sobre ella”... “¿Y la cara oculta?”... La nueva pregunta de Axel dejó confuso a Ingo... “No entiendo”... Axel aclaró: “Esa, la cara oculta de la luna, nunca es visible desde la Tierra. Nadie podría acusarle de haberla visto previamente. En otras palabras, usted no estaría contaminado”... “Aún así —respondió Ingo— NASA ha tomado fotografías con las sondas”... Y Axel fue directamente a lo que le interesaba: “Queremos que ‘viaje’ a la luna y describa lo que vea. Tengo varias coordenadas preparadas. Diez. ¿Son demasiadas?”... Ingo dijo: “No, aunque todo depende del factor de estrés”... A la mañana siguiente, temprano, Ingo se reunió con Axel y comenzó el trabajo... Axelrod conectó una grabadora y le dio las primeras coordenadas —de viva voz— a Ingo... El psíquico se concentró y empezó a ver imágenes... Y salió de la Tierra... Vio su curvatura y fue acercándose a la luna... De repente se sintió atraído hacia la superficie lunar... Y vio rocas... Ingo empezó a hablar: “... Veo rocas y polvo... Repita la primera coordenada, seguida de la palabra una”... Axel obedeció pero no pasó nada... Ingo solicitó que Axel repitiera las coordenadas lentamente... En esos momentos sintió una especie de visión difusa, como si caminase por una llanura y entre montañas... E Ingo habló: “Todo está oscuro aquí. ¿Por qué?”... Axel guardó silencio... E Ingo comprendió: “¿Se trata de la cara oculta?”... Y el psíquico siguió hablando: “... Bien, parece que estoy cerca de un acantilado... Se levanta a bastante altura y es de roca oscura... Veo arena blanquecina... Más allá hay una planicie muy amplia... Veo marcas... Parecen carreteras”... Axelrod le interrumpió: “¿Qué forma tienen esas marcas?”... “Son como dunas —intervino Ingo, al tiempo que cerraba los ojos—. Dunas formadas por el viento... Pero, ¡en la luna no hay viento!... Parecen hileras, como las huellas que dejan las máquinas orugas... ¿Cómo es posible?”... Axel pasó a las siguientes coordenadas... La visión del acantilado y de la llanura se desvaneció e Ingo exclamó: “Parece que estoy de vuelta a la Tierra”... “¿Por qué dice eso?”, se interesó Axel... “Veo...”. Ingo se detuvo y solicitó café... “Pero ¿qué vio?”, preguntó Axel... “No tengo ni idea —aclaró Ingo— pero, sea lo que sea, no puede estar en la Luna”... Tomaron café... Axel estaba nervioso... Quince minutos después, Ingo volvía a concentrarse... “Ahora —dijo— me encuentro en un lugar bajo. Parece un cráter. Veo una extraña luminosidad verde.”... Ingo se detuvo: “Esto no le va a gustar —prosiguió—. Veo dos filas de luces, como las de los campos de fútbol. Están muy altas. ¡Son torres!”... E Ingo insistió: “Esto no puede ser la luna. Me estoy equivocando”... Axel, entonces, preguntó: “¿Está seguro de que son luces?”... “Sí —responde Ingo—, pero ¿cómo puede haber luces y torres en la Luna? ¿Acaso los rusos han construido una base? ¿Es eso lo que quiere que vea?” ... Axel guardó silencio... “Quizá debería darme esas coordenadas de nuevo”, sugirió el psíquico... Y así se hizo... Ingo, de vuelta al mismo lugar, comentó: “Las luces aparecen difusas, como si hubiera niebla. No, espere... ¡Es polvo! Polvo en suspensión... Escucho ruido, como un golpeteo... Ahora veo mejor una de las torres. Parece construida con tubos” ... Axel le interrumpió: “¿Qué altura tiene?”... Ingo contesta: “Suficiente. Veo también las huellas de las orugas de un tractor... Están en todas partes. Miden un pie de ancho (treinta centímetros). Las torres alcanzan más de cien pies (treinta metros). ¡Veo otra torre muy alta! Tanto como el edificio de la ONU en Nueva York (39 pisos).”... Se hace el silencio... Finalmente, Ingo comenta: “Entonces, debo admitir que estoy viendo la superficie lunar” ... Y pregunta a Axel: “Hay más de una base, ¿verdad?” ... Axel no responde... “Pero todo esto es enorme —interviene Ingo—. ¿La NASA o los soviéticos tienen la capacidad de llevar todo esto a la luna? ¿Todo esto es nuestro?” ... Axelrod, con una media sonrisa, responde: “¡Menuda sorpresa, verdad?” ... Ingo estaba perplejo... Y preguntó a Axel: “¿Por qué me ha metido en esto? Si posee suficientes pruebas, ¿para qué me necesita?” ... Axel replicó: “No puedo darle ninguna información. Si lo hiciera pondría en peligro nuestra misión y a nosotros mismos”... Pero Ingo no se resignó: “Axel, dígame de una vez por qué necesita mis servicios. Si todo eso está en la luna, ¿por qué no envían otra misión para echar un vistazo?”... E Ingo comprendió: “¡Os tienen cogidos por las pelotas! Por eso estáis recurriendo a la percepción psíquica... ¡Jesucristo!... Así que no son amistosos... ¿Es así, Axel?”... Y Axelrod respondió: “Hay dos razones principales por las que necesitamos su ayuda. Ha acertado en la primera, aunque no del todo. La segunda es más simple. Su información proporcionaría un punto de comprobación para las interpretaciones fotográficas y otras pruebas. Fue idea mía buscar a un psíquico que no supiera nada de la luna”... E Ingo sentenció, con razón: “Supongo que los rusos tienen el mismo problema y están recurriendo a los psíquicos. Ustedes tienen miedo de que Moscú se les adelante. Por eso estoy aquí”.
 
Tras un descanso regresaron al trabajo. Nuevas coordenadas... En algunas zonas solo aparecían los típicos paisajes lunares... En otras era diferente... Ingo percibía cosas que no entendía... Ingo dibujó y mucho... Axel se hizo con los esquemas e Ingo no volvió a verlos... El psíquico “vio” torres, edificios circulares, luces de diferentes colores, carreteras principales y secundarias, puentes de un acantilado a otro, excavaciones subterráneas (él las identificó con minas), cúpulas de diferentes tamaños, objetos redondos, gigantescos tubos, huellas de tractores orugas, discos con ventanas como ojos de buey, hangares, obeliscos sin función aparente, edificios en forma de cruz (algunos gigantescos), grandes plataformas (parecidas a pirámides), cráteres cubiertos por redes, casas, gente desnuda (trabajando en algo y envueltos en una iluminación verdosa)... Aquellos seres —de grandes cráneos— estaban cavando en la falda de una colina... No presentaban escafandras... Pero lo más asombroso es que Ingo sintió cómo le miraban... Algunas de aquellas criaturas gesticulaban —enfadadas— y le señalaban... “¿Cómo es posible? —se preguntaba Ingo—. Es mi mente (algo inmaterial) lo que está visitando la luna”... Y el psíquico sintió la necesidad de salir corriendo y ocultarse... Ingo exclamó: “Axel, creo que me han visto... Pero ¿cómo puede ser? A no ser que esos seres disfruten de una alta percepción psíquica”... En esos momentos, Axel ordenó: “Sal de ahí inmediatamente”... E Ingo replicó: “Usted ya sabía que esas criaturas son psíquicos, ¿verdad?”... Axelrod lanzó un profundo suspiro, cerró la carpeta, y dio por terminada la sesión de “visión remota” ...
 
Ingo estaba desconcertado... Y declaró: “En lo que concierne al tema psíquico no nací ayer. Usted, Axel, lo sabía: esas criaturas son capaces de percibir el origen de una sonda psíquica y podrían matar al que trate de espiarlos” ... Axelrod esquivó la cuestión: “No hay pruebas concluyentes al respecto”... Ingo: “¿Qué demonios significa eso?”... “Muy simple —prosiguió Axel—. Esos seres poseen capacidades que estamos intentando comprender. Es todo lo que puedo decirle” ... Y Axel concluyó: “De cualquier manera, no queremos que corra riesgos. Cenaremos y después lo devolveremos a Nueva York” ... “¿Riesgos? ¿Qué riesgos? —se interesó el psíquico—. No entiendo” ... Pero Axel siguió mudo... E Ingo siguió pensando en voz alta: “Ellos me ‘vieron’; eso está claro. Pero, si yo no estaba físicamente en la superficie de la luna, ¿qué vieron?... ¿Me sentían como algo dimensional? Yo había penetrado en su mundo, sin permiso...”. Axelrod solicitó que Ingo escribiera sus experiencias en la cara oculta de la luna. Y lo hizo: quince folios. Finalmente, tras un apretón de manos, lo devolvieron a Washington D. C. Ingo volvió a dibujar lo que vio en la luna y guardó los papeles en la caja fuerte de un banco».
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 232-242
 
 
A Miguel Galán, vecino de Madrid, le sucedió algo parecido. Esa noche del 21 de julio de 1969, cuando contemplaba el alunizaje del Apollo 11 en la compañía de su familia, se vio sorprendido por algo oficialmente imposible:
 
«... Cuando Armstrong puso el pie en la luna, y lo retiró como si quemase, vi aparecer en la pantalla dos caras... Eran muy etéreas... Tenían los ojos grandes y los rasgos extraños y estilizados... Parecían sonreír... Todos lo vimos».
 
La información me fue facilitada por Manolo Salazar, investigador madrileño. Él habló con el testigo.
 
El 7 de julio de 2009 me encontraba en Huelva (España), cubriendo otra investigación ovni. Pues bien, al conversar con Juan Carlos Vera, arqueólogo, surgió la noticia: su suegra había sido testigo de un suceso muy extraño...
 
El 8 de octubre de ese mismo año me reuní con Pilar Fernández León en su domicilio, en Madrid. La suegra del arqueólogo me contó lo siguiente:
 
—Ocurrió en julio o en agosto de 1971. No lo recuerdo bien... Fue por la tarde... Había puesto la tele y estaban dando el alunizaje de uno de los Apollos... Creo que se trataba del 15... Yo llevaba un cesto, para poner la lavadora, y pasé por delante del televisor... Miré durante unos segundos... Dos astronautas caminaban por la superficie lunar... Entonces los oí, en inglés... Hablaban entre ellos y decían: «¡Mira, han venido!... ¡Oye, están aquí otra vez!» ...
 
—¿Hablaban o gritaban?
 
—Gritaban...
 
Y Pilar, intrigada, permaneció frente a la pantalla.
 
—Entonces oí un ruido metálico, como si alguien hubiera tocado la base de la cámara... ¡Dios mío!... Por el ángulo inferior izquierdo del televisor apareció una carita humana... Se le veían los ojos perfectamente... Miraba asombrado al objetivo... Aquellos ojos reflejaban curiosidad... Después, aquel ser caminó hacia el centro de la pantalla y desapareció como si le hubieran empujado... Y vi salir a una segunda criatura, también por el lado izquierdo del televisor.
 
—Un momento —le interrumpí—. Dame detalles sobre la primera criatura.
 
—Los dos eran muy pálidos. Me pareció que llevaban algo que les cubría las cabezas. Eran totalmente calvos, con ojos negros y grandes. Los cráneos parecían bombillas. Noté una especie de protección en los ojos, pero no sé decirte qué era... No tenían orejas y tampoco nariz... O, al menos, yo no las vi... Los labios tampoco eran visibles...
 
—¿Qué altura podían tener?
 
—Pequeños... Alrededor de un metro.
 
Al ver a los seres, Pilar terminó sentándose, perpleja.
 
—No daba crédito —prosiguió—. Aquello fue tan real...
 
—¿Recuerdas si los ojos sobresalían?
 
—Formaban un todo con la cara... No sobresalían.
 
—¿Cómo era el segundo ser?
 
—Idéntico al primero.
 
En esos momentos, la testigo contempló algo más:
 
—Vi una cosa que reptaba por el suelo de la Luna... Era como esos túneles que se utilizan en las emergencias. Y en el horizonte apareció una tercera figura, igual a las dos primeras. Era un ser que se elevaba... No sé decirte nada más.
 
En esas mismas fechas, como ya mencioné en Mis ovnis favoritos, el gran pintor Fernando Calderón tuvo la oportunidad de contemplar una escena, casi idéntica, a la observada por Pilar Fernández. Fernando lo recordaba muy bien:
 
—Fue el 1 de agosto de 1971, a las 16:35 horas... Me encontraba en Borleña (Santander, España) ... Mi hijo no quería comer y la niñera lo sentó en sus rodillas... Los tres estábamos frente al televisor... Televisión Española daba el alunizaje del Apollo 15... Los astronautas aparecían en la superficie lunar, trabajando... Recuerdo que se hallaban de espaldas y en una zona próxima a los montes Apeninos... Y, de pronto, de izquierda a derecha, se presentó la «pareja de la Guardia Civil lunar» ... Los seres eran iguales: muy flexibles, con grandes cabezas, calvos, y sin nariz ni boca... Los ojos eran sorprendentes... Miraron a cámara y desaparecieron por el ángulo derecho de la pantalla... La presencia de los seres pudo durar tres o cinco segundos.
 
Por supuesto interrogué a «Mirlo rojo» sobre las pequeñas criaturas que fueron vistas en los alunizajes de los Apollos (probablemente por millones de testigos) y los militares confirmaron mis informaciones:
 
—Se trata —dijeron— de seres que no respiran, no se alimentan como nosotros, y no beben agua... El metabolismo de esas criaturas es distinto al nuestro... Se supone que habitan en el subsuelo de la luna... Tenemos fotos y películas que, naturalmente, no han sido mostradas al público.
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 276
 
 
El lector puede preguntarse: ¿cómo es posible que el ovni pueda desaparecer de forma instantánea? He investigado muchos casos similares —en los que la nave o naves (o tripulantes) se autoaniquilan— y he llegado a una conclusión, siempre provisional: estas civilizaciones tienen la capacidad técnica de «saltar» de una a otra dimensión cuando lo desean.
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 304
 
 
La ciencia, actualmente, ha demostrado —matemáticamente— la existencia de, al menos, doce dimensiones (nosotros vivimos en un mundo de cuatro: alto, ancho, largo y tiempo). Personalmente creo que existen millones de dimensiones; tantas como podamos imaginar, y muchas más. El día que el ser humano descubra cómo «saltar» de esta a otra u otras dimensiones habrá estrenado la más grande de las revoluciones.
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 304
 
 
Carter fue presidente de Estados Unidos entre 1971 y 1974. Consiguió sacar a la luz más de 3.000 folios relacionados con el asunto ovni, pero ninguno relevante.
 
Stevens sonrió con cierta amargura y contó lo siguiente:
 
—Carter lo intentó. En ese sentido fue honesto. Quiso cumplir...
 
—Pero lo desclasificado —intervine— fue escasamente importante...
 
—Déjame continuar —solicitó Wendelle—. Según mis informaciones, cuando el entonces presidente exigió la apertura de todos los archivos ovni...
 
Wendelle me miró y subrayó:
 
—Todos los archivos... Entonces, un avión lo trasladó a Tampa, en Florida. Allí descendió al sótano nueve de una base de máxima seguridad y le mostraron algo... Al día siguiente, al regresar a la Casa Blanca, Carter se encerró en el despacho oval y no salió en horas... Lloraba desconsoladamente. Nunca más solicitó esa apertura...
 
—¿Qué fue lo que le mostraron en esa base?
 
—Los restos de las cuatro criaturas que murieron en el supuesto accidente del ovni de Roswell...
 
—¿Supuesto accidente?
 
Retrato en blanco y negro de un hombre mayor sonriendo, con cabello canoso, camisa de rayas y chaqueta oscura.
Jimmy Carter. (Foto: Nobel Prize.)
 
Stevens rogó que no fuera ingenuo. Y añadió:
 
—No me tires de la lengua… Los investigadores serios saben que ese objeto fue estrellado por ellos mismos, por los extraterrestres.
 
J. J. Benítez
Están aquí, página342
 
 
Esta primera carta aparecía firmada por el sargento Charles L. Moody.
 
Wendelle Stevens se puso en contacto con otro excelente investigador —L. J. Lorenzen— y planificaron una investigación a fondo. Se concertó una primera cita. Stevens voló a Alamogordo el 2 de septiembre (1975) e iniciaron una ronda de preguntas con el sargento Moody. En el transcurso de esas pesquisas, Moody fue sometido a hipnosis... El resultado dejó perplejos a los investigadores... He aquí una síntesis de las sesiones de hipnosis: Moody había estado en el interior de la nave...
 
«Vi seres de cinco pies de altura (un metro y medio) —manifestó el sargento—. Eran semejantes a nosotros, con ligeras diferencias: no tenían pelo, las orejas eran muy pequeñas y los ojos algo más grandes que los nuestros... La nariz era igualmente reducida y los labios muy finos... Hablaban sin mover los labios y vestían una ropa ajustada, sin botones ni cremalleras... Todos de negro, salvo uno que lucía un mono plateado... Sabían quién era yo... Me llamaron por mi nombre —Charles— y transmitían las ideas mentalmente... Antes de formular la pregunta ya tenía la respuesta en mi cabeza... Después me llevaron a una habitación y el del mono plateado —seguramente el líder— me tocó en las piernas y en la espalda con una varilla... Le pregunté qué hacía y dijo que estaba aliviando el daño causado en la pelea inicial... Estaba confuso... Yo no recordaba ninguna pelea... Lo cierto es que después del avistamiento me dolía la espalda...
 
El interior del objeto parecía un quirófano... Todo estaba limpio y brillante... La luz era indirecta... Y pensé que sería interesante ver el sistema de propulsión de aquella cosa... El jefe me puso la mano en el hombro y me dijo que le siguiera... Llegamos a una habitación pequeña y permanecimos de pie, a un lado... El suelo se movía como el de un elevador... Descendimos unos seis pies (casi dos metros) y aparecimos en otra sala... En el centro vi una varilla, como de carbón, que cruzaba el lugar del suelo al techo... La varilla tenía tres agujeros cubiertos de cristal... Me dijeron que ésta era la unidad propulsora... No vi cables ni motores... Después me dijeron que aquella no era la nave principal... La usaban para explorar y observar... La nave madre o nodriza se encontraba a cuatrocientos millas de la Tierra... Después, el jefe puso sus manos sobre mi cabeza y dijo que era el momento de partir... “No recordarás nada durante dos semanas —afirmó—. Después deberás decirle al mundo que se prepare... Todo cambiará en 2027” ... Lo siguiente que supe es que estaba sentado en mi coche, observando el ovni... En esos momentos se elevaba y se alejaba...».
 
En el informe, Wendelle Stevens aportaba un dato interesante: los alienígenas que secuestraron a Travis Walton el 5 de noviembre de 1975 y los que abdujeron a Moody en agosto de ese mismo año parecían los mismos. 14
 
A mí, personalmente, me impactó la alusión a «2027». El caso tuvo lugar en 1975. ¿Cómo podían saber aquellos seres lo que —supuestamente— va a suceder en la Tierra en esas fechas? Qué pregunta tan tonta...
 
Según el informe de Stevens, el caso «Moody» no fue conocido por la USAF.
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 346
 
 
La información, facilitada por el investigador Bernardino Sánchez Bueno, me trajo a la memoria otros incidentes parecidos, registrados en todo el mundo. En mis archivos constan
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 395
 
 
Otoño de 1974
 
«... Aquella mañana, la base norteamericana de Binn, en Corea del Sur, entró en máxima alerta... Los radares detectaron un intruso, estacionado a 12.000 pies de altura (casi 4.000 metros) sobre la vertical de las instalaciones... Se trataba de un disco rojizo, de unos cien metros de diámetro... Presentaba luces rojas y verdes que giraban a su alrededor... Los militares intentaron comunicarse con el “desconocido” pero solo obtuvieron silencio... El comandante de la base consultó con el Pentágono y recibió una escueta orden: “¡Derríbenlo!” ... Ante la posibilidad de que se tratase de un enemigo (bien de Corea del Norte o de China), los militares lanzaron un misil Hawk... Dos segundos después del lanzamiento, un rayo blanco intenso partió del objeto, alcanzando de lleno al Hawk... Y el misil y el cohete que lo transportaba quedaron pulverizados... El ovni terminó alejándose a gran velocidad».
 
El suceso nunca fue desclasificado por la USAF.
 
La información, facilitada por el investigador Bernardino Sánchez Bueno, me trajo a la memoria otros incidentes parecidos, registrados en todo el mundo. En mis archivos constan más de treinta sucesos similares. Cuando el avión o el barco lanzan el misil, una luz de aspecto sólido —procedente del ovni— incide en el proyectil y este se desintegra. He meditado mucho sobre esta clase de «luz», muy común en ufología. La ciencia humana no ha conseguido materializarla (aún). «Ellos», en cambio, la utilizan para todo: escaleras, rampas, paredes... Algún día, esa «luz sólida» será la gran revolución... Algún día, la «luz sólida» sustituirá al hierro y al hormigón, y las autopistas y rascacielos serán de «luz sólida» ... Algún día, la hierba y la ropa serán de «luz sólida» ... Ya no será necesario planchar o cortar el césped... Algún día, al marchar de vacaciones, teclearemos en el ordenador y nos llevaremos la casa a la playa... Algún día, el plástico será sustituido por la «luz sólida» y desaparecerán los basureros...
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 394
 
 
Seis monolitos fotografiados por la sonda Orbiter 2 cuando sobrevoló la luna en el año 1966. La imagen nunca salió a la luz. Las medidas son idénticas para todas las estructuras: veinticinco metros de altura y 16.6 de diámetro en las bases.
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 466
 
 
Al día siguiente, a las cuatro de la tarde, Paco Julio Padrón me recibió en su casa, en la calle Real, en Guía. ¡Dios bendito!... Habían pasado diecisiete años desde la última conversación. Y el médico procedió a contar lo vivido en aquella inolvidable noche. La versión fue idéntica. Después declaró:
—La visión de la nave, y sus ocupantes, me cambió la vida. Ahora comprendo muchas cosas...
Le dejé hablar.
—... Ahora sé que todos somos hermanos... Los enfermos que vienen a mi consulta no son enfermos: son hermanos... Ahora sé que la creación es un todo... Todos dependemos de todos... Ahora sé que nadie es más que nadie... Ahora sé que Dios me habita... Ahora sé que Jesús de Nazaret es un Dios menor... Mi Dios...
Noté que la mente del médico había experimentado un notable cambio.
—¿Por qué crees que nos visitan?
El médico no dudó:
—Para que tomemos conciencia de que no estamos solos en el universo.
—¿Quieres decir que esos avistamientos están programados?
—Minuciosamente programados...
—Pero ¿quiénes son?
Paco Julio suspiró. Cerró los ojos durante algunos segundos y proclamó, rotundo:
—Ángeles... Ángeles al servicio de la Divinidad.
—No entiendo. ¿Cómo es posible que hables con tanta seguridad?
—Ellos me lo dijeron...
Quedé perplejo. Y el médico prosiguió:
—Después del avistamiento de la gran esfera transparente, ellos se presentaron en mis sueños. Y me hablaron. Ellos me lo dijeron: son ángeles... Son misioneros. Llevan la luz a miles de millones de mundos como el nuestro. Son parte de la Divinidad. Por eso el fenómeno ovni nunca será resuelto...
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 498
 
 
PARÁ
 
Conocí al comandante Brito en 1989 en Río de Janeiro (Brasil) durante el rodaje de unos documentales sobre ovnis y misterios. Me acompañaba el añorado doctor Jiménez del Oso. Fue en aquella ocasión cuando Marciel de Brito —que había tenido una interesante experiencia con los no identificados— me habló de la llamada operación «Prato» («Plato»). En 1977, durante los meses de julio a diciembre, decenas de vecinos del estado de Pará, al noreste del país, se vieron acosados por objetos voladores no identificados. Muchos resultaron con quemaduras. A otros les extrajeron sangre, y varios fallecieron. La situación fue tan dramática que algunos alcaldes solicitaron ayuda a las autoridades. Y la Fuerza Aérea Brasileña (FAB) decidió intervenir. Resultado: más de quinientas fotografías de ovnis y varias películas. Durante cuatro meses, un cuerpo especial —formado por militares de los Servicios de Inteligencia Aérea y Naval— se estableció en las selvas de Pará y vigiló los cielos.
Brito tuvo la oportunidad de ingresar en las instalaciones secretas del Primer Comando y pudo hojear algunos de los muchos documentos confidenciales sobre ovnis, relativos a la operación «Prato».
 
—Allí vi de todo —explicó a Jiménez del Oso y a este pecador—. Vi fotos impresionantes de objetos que volaban sobre las copas de los árboles. Vi documentos que nunca verán la luz... Vi películas en las que los ovnis sobrevolaban aldeas y ciudades. Vi a los militares brasileños en lo alto de plataformas de madera, en las copas de los árboles, provistos de toda suerte de cámaras e instrumentos. Vi muchas cosas, pero en Brasilia hay muchas más...
En sucesivos viajes a Brasil me entrevisté con los más prestigiosos ufólogos: Gevaer, Irene Granchi, Petit, Rebisso y otros. Todos coincidieron: lo sucedido en Pará, y otras regiones próximas, fue lamentable. Los ovnis atacaron a personas inocentes y desarmadas —especialmente mujeres— y les extrajeron la sangre. Y me facilitaron una información importante:
 
Ejemplos.
 
«Isla de los Cangrejos: Varios pescadores —entre los que se encontraban Firminio Sousa, Aurelio Álvarez, José Sousa y Apolinario Sousa— se hallaban faenando en el Atlántico cuando vieron aparecer sobre el barco una esfera de color rojo. Del objeto partió un haz de luz que incidió en los asustados testigos. José Sousa resultó muerto. Los otros sufrieron quemaduras.
 
Isla Colares: la doctora Wellaide Cecin Carvalho llegó a atender a cuarenta vecinos, heridos por los ovnis en aquellas fechas de 1977. El inquieto investigador Pablo Villarrubia entrevistó a Wellaide en la Secretaría de Sanidad Pública de Belém, de la que era directora.
 
—El alcalde de Colares —explicó la doctora a Villarrubia— decretó el estado de emergencia ante la gravísima situación provocada por esos objetos no identificados. Cada poco atacaban a las personas. Y llegó el día en el que los ochocientos pobladores de la aldea quedaron reducidos a doscientos. La gente huía, asustada... Muchos llegaban a mi consulta con quemaduras que oscilaban entre dos y doce centímetros de diámetro. Presentaban orificios semejantes a los producidos por agujas. Casi siempre en el pecho. En otras ocasiones en el cuello... El vello no volvía a crecer en la zona de la quemadura. A las pocas semanas, la huella de la quemadura desaparecía.
Al ser atacados por los haces de luz, los vecinos de Colares experimentaban también una paralización general. No podían hablar ni moverse. Los rayos —según los testigos— alcanzaban hasta quince centímetros de diámetro. Caían sobre la persona, lo bañaban durante segundos, y, después, el rayo era «recogido» por el ovni.
—Aquellas gentes humildes —prosiguió la doctora Wellaide—, la mayoría pescadores, viejos, amas de casa, y niños que vivían en chozas, llegaban tambaleándose a mi consulta... Presentaban signos de hipotensión (tensión baja), depresión, y debilidad muscular... Al hacer recuento de glóbulos rojos en las muestras de sangre de las personas atacadas observé una notable disminución; casi la mitad.
» Una mujer que vivía cerca del puesto de salud de Colares sufrió un fallo cardíaco seis horas después de ser atacada por uno de aquellos ovnis. La llevamos al hospital de Belém y allí murió. En otra ocasión, un hombre que descansaba a la puerta de su casa recibió el impacto de otro haz de luz y quedó en estado de coma durante dos horas. Después falleció.
El 1 de noviembre de 1977 varios vecinos de la isla de Colares fueron igualmente atacados por un objeto cilíndrico que emitía una luz verdosa. Algunos —paralizados— tuvieron que ser trasladados al Instituto Médico Legal de Belém. También presentaban importantes extracciones de sangre. Tres mujeres habían sido alcanzadas por un haz de luz que incidió en sus pechos, presentando sendas incisiones. Las tres se hallaban en estado de shock, con una notable debilidad. En la aldea de Jucarateua —cerca de Colares— dos muchachos de quince años declararon haber sido acosados por un misterioso rayo de luz que les dejó el cuerpo lleno de moratones. Durante un tiempo, los jóvenes hablaron de forma inconexa.
El peluquero Carlos Cardoso de Paula, de cuarenta y nueve años, manifestó que una luz le recorrió el cuerpo mientras se hallaba sentado en su casa fumando un cigarro:
—Una bola de fuego entró por la parte alta —explicó a las autoridades— y empezó a moverse por el cuarto... Llegó hasta la hamaca donde me encontraba y exploró mi pierna derecha, hasta la rodilla, pero sin tocar la piel. Después, la bola luminosa saltó a la otra pierna. Entonces empecé a sentir mucho sueño. El cigarrillo cayó al suelo y grité. Y la bola desapareció. Cuando aumentaba la luminosidad yo sentía una especie de gran calor en el cuerpo.
 
Isla de Mosqueiro, también en la costa de Pará: algunas mujeres fueron encontradas sin sentido y con quemaduras en el cuello y tórax. Presentaban idénticas incisiones a las encontradas por la doctora Wellaide. La anemia era generalizada. También se registraron ataques a jóvenes que pescaban en las proximidades de la isla. Objetos luminosos se situaban sobre las barcas y lanzaban haces de luz sobre los pescadores. Algunos murieron. También fueron atacados los municipios de Augusto Correa y Viseu.
Según los investigadores consultados, el acoso de los ovnis se fue extendiendo por el río Amazonas, alcanzando, incluso, Venezuela. El número de víctimas era incontable. Algunas mujeres —asaltadas por los haces de luz— abortaron o murieron.
 
Río Guajará: en noviembre de 1977, tres cazadores fueron testigos de un disco brillante. Por la zona inferior vieron aparecer a una criatura de aspecto humano y con ropas similares a las de los submarinistas. El ser disparó un haz de luz contra uno de los pescadores, que tuvo que ser socorrido por sus compañeros. La lancha huyó y se refugió en la selva.
 
Maranhão: también en 1977, un hacendado llamado Batista Sousa fue atacado por una criatura de un metro de altura que portaba una especie de «linterna». El ser le disparó un rayo luminoso de color violeta y el testigo quedó paralizado. Otras mujeres —igualmente atacadas por ovnis— presentaban signos de anemia. Los médicos comprobaron que les habían extraído tejido celular. Este fue el caso de la joven Aurora Fernández, de diecinueve años. Cuando se encontraba en su huerta vio llegar una esfera roja. Llamó a su madre, pero fue envuelta en una intensa luz naranja. Y notó cómo le pinchaban en el pecho. La mujer cayó desmayada. La joven fue examinada por el doctor Reis, profesor de la Universidad de Pará. Las lesiones fueron ocasionadas por un instrumento punzante.
 
Icoraci: el taxista José Rodrigues Lopes contó lo siguiente:
—Me hallaba descansando en mi casa cuando, a través de una rendija, en el techo, vi aparecer un rayo de luz... Y quedé inmóvil. Pero recuerdo todo lo que pasó. Un tubo estrecho surgió de la luz y sentí cómo me chupaban la sangre... En el pecho quedó una señal. Al día siguiente tuve que ser trasladado al hospital.
Otras víctimas fueron Raimundo Correira, Carmen Ferreira, María Augusta de Oliveira, Regina Álvarez, Socorro Lobo y João Brito. Los ovnis les extrajeron entre uno y dos litros de sangre. Según la doctora Wellaide, estas personas presentaban quemaduras parecidas a las que produce la bomba de cobalto.
La situación, como digo, fue tan crítica que los vecinos de las aldeas se encerraban en sus cabañas —aterrorizados— o huían. Algunos trataban de espantar a los ovnis con palos, piedras o escopetas».
 
Y llegó el momento en el que los alcaldes de Pará tomaron cartas en el asunto, reclamando la intervención de los militares. Fue así como nació la operación «Prato». En octubre de 1977, un grupo de élite de la Inteligencia Aérea y Naval de Brasil se dirigió a las selvas cercanas a Belém y montó un dispositivo para averiguar qué sucedía. La operación se prolongó durante cuatro meses. Al principio pensaron que se trataba de guerrilleros comunistas, infiltrados en la selva para desestabilizar al gobierno. Después comprobaron lo que estaba pasando...
 
Los militares —en su mayoría oficiales y suboficiales— construyeron plataformas de madera en las copas de los árboles y dedicaron 1.440 horas a la observación del cielo; siempre por la noche. Los equipos —formados por media docena de observadores— disponían de toda suerte de cámaras, teleobjetivos, telescopios, láseres de gran potencia, y radares móviles, así como varios helicópteros.
 
Resultado de la operación: 2.000 avistamientos ovni, más de quinientas fotografías y cuatro películas de ocho milímetros en color.
La documentación fue remitida a Brasilia («Candabra»), y a las bases de Campo dos Afonsos (Río de Janeiro) y Alcántara (Maranhão). Que yo sepa, el material sigue siendo secreto. Según mis informantes, las principales conclusiones de la operación «Prato» fueron las siguientes:
 
1.     El fenómeno es básicamente ovni.
2.     Fueron localizadas doscientas personas que sufrieron quemaduras y extracciones de sangre. Se tiene constancia de ocho muertos.
3.     El 99 por ciento de los sucesos se registró por la noche.
4.     Las naves localizadas sobrevolaban zonas y aldeas apartadas; nunca núcleos urbanos importantes.
5.     Los militares observaron que los ovnis se ocultaban en el mar. Posible base en el fondo del océano.
6.     Investigados ocho casos de encuentros con alienígenas. Seres de pequeña estatura. Salían de las naves mediante un haz de luz. Portaban linternas (?) con las que atacaban a los testigos.
 
La operación «Prato» fue bruscamente interrumpida. Uno de sus capitanes —Uyrangê Bolivar Soares Nogueira de Hollanda Lima— habló públicamente de lo llevado a cabo en Pará. La entrevista en televisión causó conmoción. Algún tiempo después, Hollanda, entonces coronel retirado, se suicidó en Río de Janeiro. Algunos investigadores pensaron que fue «suicidado» por su atrevimiento al hablar en público de una operación secreta. En 2008, la prestigiosa revista UFO Brasil —que dirige el investigador Gevaer— publicó una larga entrevista con el brigadier José Carlos Pereira, uno de los más cualificados militares brasileños. Pereira confirmó la realidad de la operación «Prato», con un total de 2.000 reportes de avistamientos ovni, cuatro películas con dieciséis horas de duración y más de quinientas fotografías (algunas muy nítidas). Los documentos —explicó— fueron dactilografiados por el sargento Flavio Costa, secretario de la operación que dirigía Hollanda. El propio capitán Hollanda fue testigo de la presencia de una gran nave de origen desconocido que se movía en silencio sobre la selva brasileña. Pereira defendió a Hollanda, afirmando que se trataba de un «hombre serio y de resultados, diligente, y respetado por todos». Hollanda era miembro de los Servicios de Inteligencia. «Por eso fue enviado a Pará». En mi opinión, la operación «Prato» ha sido una de las misiones más importantes del mundo en la investigación de los no identificados. Lástima que no haya salido a la luz...
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 542
 
 
Sir Eric Gairy era el primer ministro de la pequeña isla de Grenada, ubicada en el Caribe, relativamente próxima a las costas de Venezuela.
 
Aquella tarde del 28 de noviembre de 1977 alzó la voz en la asamblea de las Naciones Unidas para reclamar mayor atención a la realidad ovni y solicitar la creación de un departamento o comisión que estudiase —a fondo— el asunto de los objetos volantes no identificados. Fue apoyado por el ministro de Educación de Grenada, Wellington Friday.
 
Entre otras cosas dijeron:
 
«... La delegación de Grenada, como muchas personas individuales, grupos científicos, y quizá algunos gobiernos que no lo han expresado abiertamente, opina que la cuestión de la investigación de los ovnis corresponde a la comunidad internacional y, por tanto, a las Naciones Unidas, puesto que vemos en los ovnis —expresado simplemente— un nuevo campo, muy vasto, de importancia para toda la humanidad».
 
«... A la luz de los descubrimientos científicos sería más que falaz concebir a nuestro planeta como el único dominio de Dios».
 
«... El tema de que tratamos exige el establecimiento de un organismo o departamento de las Naciones Unidas encargado de realizar y coordinar investigación sobre los ovnis y los fenómenos en conexión y de difundir los resultados obtenidos».
 
«... Ese proyecto de resolución está cercano, pero, antes de presentarlo, mi delegación quisiera escuchar a otras delegaciones que tienen mucho interés en este tema y que están ansiosas por formular sus declaraciones. Mi delegación desea instar a los miembros de esta comisión a que acepten la invitación de nuestro primer ministro, Sir Eric Gairy, para que apoyen la iniciativa de nuestra declaración y se unan a Grenada a la hora de mantener esta importante cita con la historia para beneficio de nuestras naciones y de toda la humanidad, y en especial de nuestros jóvenes que —esperamos— vivirán mañana en esta Tierra».
 
«... Yo mismo he visto un objeto volador no identificado —dijo Friday—, y me impresionó lo que vi... Pero mi principal interés en esta materia no es científica, sino esencialmente política, puesto que creo que esta organización mundial debe interesarse legítimamente en cuestiones que han creado preocupación en todo el mundo, inclusive en los dirigentes de varios países».
 
«... El llamamiento a favor de una acción mundial concertada con respecto a los ovnis —prosiguió el ministro de Educación de Grenada—, que Sir Eric Gairy planteó a la asamblea general el 7 de octubre de 1977, lo había hecho antes en junio de este año en la Conferencia de Primeros Ministros de la Commonwealth, en Londres, y en el séptimo periodo de sesiones de la Organización de Estados Americanos, celebrada en Grenada. El fundamento ha sido siempre el mismo: un llamamiento a las naciones del mundo para que reconozcan la real posibilidad de que el planeta Tierra, después de todo, puede no ser el único lugar habitado por seres inteligentes, y de que el hombre debería considerar seriamente la vasta acumulación de datos sobre los ovnis y hechos relacionados con miras a establecer una estrategia internacional destinada a reglamentar el contacto y la comunicación entre los terrestres y otros seres inteligentes de origen extraterrestre, contactos que ya se han iniciado por parte de la comunidad científica».
 
La intervención de Friday —que sumó 45 páginas— terminó con un «especial agradecimiento» a los Estados Unidos porque —según dijo— «es sabido que este es el país que ha gastado más en la investigación de los ovnis y quizá esté dispuesto ahora a compartir lo que ha aprendido con los países pobres del mundo, que no tienen tanto dinero para gastar en esas cosas».
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 549
 
 
—¿Cómo desapareció la nave?
—Permaneció unos segundos en el bosquecillo —explicó Manuel Millán— y después se elevó a gran velocidad y sin ruido. Y dejó un intenso olor a ozono.
—¿De qué color era el OVNI?
—Naranja. Y, mientras permaneció sobre el radar, lo iluminó todo como si fuera pleno día. Después, cuando el objeto desapareció, vimos los cazas: los F-5.
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 554
 
 
Giorgio Bongiovanni visitó Rusia en 1992. Allí logró un éxito importante: entrevistar al general Kovalenok, un veterano cosmonauta. La charla resultó especialmente interesante. He aquí una síntesis de lo hablado, proporcionada por mi buen amigo Giorgio:
 
«... Kovalenok —hoy general de dos estrellas, cuenta Bongiovanni— se hallaba en octubre de 1977 a bordo de la estación espacial permanente… Eran las 18 horas... La estación rusa sobrevolaba en esos momentos Sudáfrica... “Miré por una de las escotillas —contó el cosmonauta— y vi algo desconcertante... Era una esfera enorme con varias filas de ventanillas... Conté veinticuatro ‘ojos de buey’ y tres ventanas más grandes, también circulares... ¿De dónde había salido aquello?... Y la esfera empezó a moverse, acercándose a cosa de trescientos pies (cien metros) ... A través de las ventanas grandes vi unas siluetas... Eran seres altos, de enormes ojos azules... Nos acompañaron durante cuatro días... Filmamos una película e intercambiamos gestos... Uno de mis compañeros mostró un mapa estelar y uno de los tripulantes de la extraña nave hizo otro tanto... Después levanté el pulgar, comunicándoles que todo estaba bien, y otro de los seres hizo lo mismo... ¡Fue asombroso y emocionante!... Al tercer día, aquellas criaturas salieron de la esfera y dieron un paseo por el espacio... Pero lo más increíble es que no portaban trajes espaciales... Flotaban y no necesitaban de cordones de sujeción... Después, la nave se alejó y la perdimos de vista” ... El asunto, y la película, fueron declarados “alto secreto”».
 
Para el general Kovalenok, aquellos seres eran pacíficos.
 
«En ningún momento nos sentimos amenazados —manifestó a Giorgio Bongiovanni—. Todo lo contrario. Fue un encuentro amigable que jamás olvidaremos. Me siento feliz al pensar que no estamos solos y que hay vida —mucha vida— en el universo e, incluso, más allá del universo. Estoy seguro: estos seres han alcanzado un grado de evolución muy superior al nuestro. Nos llevan miles o millones de años de ventaja. A su lado somos como cangrejos, arrastrándonos por el suelo».
 
Según mis informaciones, las declaraciones de los cosmonautas —y la película (en color)— siguen siendo «secreto militar».
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 589
 
 
La historia contada por Ricardo Jesús Velásquez es una de las más asombrosas que conozco. Llevo cincuenta años en la investigación —día a día— y he sabido de miles de historias. Pues bien —repito— la de Ricardo es, sencillamente, sobresaliente. El lector juzgará.
 
Las primeras pesquisas fueron hechas por un trío de investigadores de primera división: el doctor Hynek, el ya referido Virgilio Sánchez-Ocejo, de Miami, y el profesor Willy Smith, físico nuclear.
 
He aquí una síntesis de lo vivido (o sufrido, según se mire) por Ricardo Jesús, el testigo:
 
«... Ricardo era un obrero de la construcción... En aquellos momentos (23 de febrero de 1981) tenía treinta y un años... Estaba casado y tenía cuatro hijos... Vivía en Las Heras, cerca de la localidad argentina de Mendoza... Tenía una pasión: el béisbol... Aquel 23 de febrero, como casi todos los días, Ricardo salió a correr por los cerros cercanos... No había oscurecido... Eran las 20:20 horas... Y al descender por un cerro de unos treinta metros fue a encontrarse con dos individuos... “Vestían ropas oscuras —explicó a los investigadores—, parecidas a las que usan los karatecas... Eran altos: rondaban 1.90 metros... Eran delgados y musculosos. Quedé desconcertado: ¡flotaban!... ¡Se deslizaban a cosa de veinte o treinta centímetros del suelo!... Entonces, uno de los tipos accionó algo y me lanzó una luz hacia el pecho... Eso me detuvo y provocó algunas quemaduras... Dieron media vuelta y se fueron... Me enfadé tanto que empecé a gritar y a insultarles... Y los tipos se volvieron y preguntaron —mentalmente— si deseaba saber por qué ellos estaban allí... Podían ser las diez de la noche... Uno se puso a mi izquierda y otro a la derecha y noté cómo flotaba... ¡Me estaba elevando sobre el terreno!... Rodeamos uno de los cerros y fuimos a parar frente a una luz... Solo era luz —muy intensa— posada en tierra... La atravesamos y fuimos a parar a una segunda luz... Al cruzar esta segunda luz aparecimos, de pronto, en una sala... Todo era ovalado: techo, paredes, piso... Todo era amarillo clarito... Y yo seguía flotando... Al frente había una gran vidriera, de unos cuatro metros de lado... Me pareció una pantalla, pero no estoy seguro... Allí había cuatro seres: uno a mi izquierda, otro a la derecha y dos frente a mí... Estos últimos controlaban luces y máquinas... Todos eran hombres... Las máquinas eran como tableros de dibujantes, pero con muchas luces de colores... Y empecé a oír un zumbido, como el de una radio cuando tratas de sintonizar una emisora... Y aquella sala empezó a moverse... Y en la pantalla empecé a ver el terreno y los cerros por los que había corrido poco antes... ¡Estábamos viajando!... Reconocí algunos lugares: la ciudad de Tupungato, la Laguna Azul, la zona Chagra y, finalmente, las estribaciones de la cordillera de los Andes... Ellos, los que me acompañaban, nunca me tocaron, pero no podía moverme... Y llegamos frente a una montaña... La nave, entonces, se inclinó y el zumbido se intensificó... Yo veía la montaña, muy cerca, y pensé que nos estrellábamos... Sentí pánico... Pero, cuando íbamos a impactar, la montaña se abrió... Y entramos... Era una puerta negra, negrísima... Y, al penetrar, noté un ruido, como si la puerta se cerrase” ... Según el testigo, la nave cubrió los trescientos kilómetros en dos minutos o menos... “Entonces —prosiguió su relato— nos encontramos en mitad de un gran hangar, perfectamente iluminado... Calculé que dicho hangar podía estar a cuatro o cinco kilómetros en el interior de la montaña... Los cálculos los hice en base a los dos o tres segundos que estuvimos viajando sin iluminación... Salimos de la sala a través de otras luces, similares a las que había visto en los cerros... Siempre estuve acompañado por dos seres... ¡Era asombroso!... ¡Atravesábamos las paredes!... ¡No había puertas!... Entonces llegamos a otra sala, llena de máquinas y pantallas... Allí vi más seres... Todos eran idénticos... Parecían mellizos... Me fijé en las pantallas... En todas aparecían escenas diferentes: agricultores, gente paseando en una ciudad, caballos... Después me llevaron a otra sala... Allí había una pantalla enorme. Mediría seis metros de lado... Uno de los tipos que me acompañaba se aproximó a una de las máquinas —parecían computadoras— y me preguntó si deseaba ver algo del presente, del pasado o del futuro... Entonces me mostraron una ciudad casi vacía, con gente que circulaba en bicicleta... Unos eran blancos y otros negros... Y el que manejaba la máquina preguntó: “¿Quieres saber de dónde vienes?”... Respondí que procedía de mis padres... Y él dijo: “No. ¿Quieres saber de dónde procede tu alma?”... En la pantalla, entonces, apareció Jesucristo... Estaba predicando en lo alto de un peñasco... Cuando terminó, solo lo siguieron ocho personas: siete hombres y una mujer... Entonces dijo que a mí me pasaría lo mismo cuando explicase mi experiencia... Después me mostraron otras escenas sobre la vida de Jesús... A continuación, en esa misma pantalla, vi una guerra: hielo, soldados muertos, barcos y aviones bombardeando... Podía percibir el olor a pólvora... Interpreté que aquello eran las islas Malvinas... Ahí terminó la experiencia... Y me regresaron al cerro... Había transcurrido algo más de una hora».
 
Durante varios días, Ricardo se sintió confuso. No sabía qué hacer. ¿A quién le contaba su increíble viaje al interior de los Andes? Y alguien le recomendó que visitara a Faruk Allem, un prestigioso ufólogo de Mendoza. Ricardo le contó lo vivido en el interior de la montaña y Faruk grabó la entrevista. Hizo copias y una de ellas fue a parar a las manos de Pedro Romaniuk, otro investigador argentino. No se sabe por qué, Romaniuk terminó entregando la cinta a la Marina Argentina. Y los Servicios de Inteligencia de la Armada se pusieron en movimiento. En esas fechas (febrero de 1981) se estaba cociendo la invasión de las Malvinas por parte de los militares argentinos. Y la Armada se preguntó: «¿Cómo sabe este vecino de Mendoza que Argentina prepara una guerra con Inglaterra? ¿Se trata de un espía inglés?». Los militares lo localizaron, lo torturaron, y exigieron la verdad. Ricardo les dijo la verdad, pero no le creyeron. Trece meses más tarde (en abril de 1982) estalló la guerra de las Malvinas.
 
Si la historia es cierta —y no tengo por qué dudar de la pericia de Hynek, Virgilio Sánchez-Ocejo y Willy Smith— estas civilizaciones no humanas también controlan el tiempo...
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 599
 
 
Los polvorines son lugares especialmente visitados por los ovnis.
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 623
 
 
Tuve suerte. Me dirigí al entonces director general del CNI —general Calderón— y solicité audiencia. Ante mi sorpresa, Javier Calderón me invitó a comer ¡en la sede del CNI, en la carretera de La Coruña, cerca de Madrid! El almuerzo se celebró el jueves 6 de junio del año 2000, según consta en uno de mis cuadernos de campo.
 
Llegué al CNI a las 14 horas. Y sigo leyendo las anotaciones:
 
«... El taxi me deja en “La Casa” quince minutos antes de lo previsto... Este edificio impone... Todo son antenas, caras largas y prisas... Espero en una salita... Desde allí veo la mesa del comedor, perfectamente preparada... Un camarero esquelético trajina de aquí para allá... A las 14:15 —puntual— se presenta Javier Calderón Fernández, el director... Nos conocemos desde hace años... Traje azul perla, impecable, y una sonrisa franca... Nos sentamos y el camarero me taladra con unos ojos espantados... ¿Qué habrá oído este hombre en este pequeño comedor?... Miro disimuladamente a mi alrededor... Sé que hay cámaras, filmando, pero no las localizo... No importa... Trataré de ser prudente... Y, durante dos horas, hablamos mucho de algunos asuntos y muy poco —o casi nada— de lo que verdaderamente me interesaba: el supuesto archivo ovni en el CNI... Javier Calderón es un hombre culto, discreto, y sumido en una tristeza suave pero permanente... Eso me ha parecido... Ha sido militar, con una brillante hoja de servicios, psicólogo, paracaidista, experto en tanques, en unidades de montaña y en unidades operativas... Ha trabajado en Inteligencia y en Contrainteligencia... Colaboró en la creación de la clandestina UMD... Fue amigo incondicional de Gutiérrez Mellado... Nació en una familia humilde, y luchó por sobrevivir... Es ferviente católico... La pérdida de dos de sus hijos le dejó vacío... No comprende la vida... Y Calderón rompió el hielo:
 
—Así que, según tú, los ovnis existen...
 
—Según yo y según otros muchos investigadores...
 
—¿Y qué son?
 
—Naves no humanas procedentes de otros mundos y, casi con seguridad, de otras dimensiones...
 
Javier devoró la ensalada y siguió preguntando:
 
—¿Y tienen un Dios?
 
—Por lo que llevo investigado, y va ya para veintiocho años, sí tienen un Dios... Algunas civilizaciones lo llaman el Profundo.
 
—Y tú, ¿tienes un Dios?
 
—Claro. Yo lo llamo el Padre Azul...
 
—Pero tengo entendido que no eres muy religioso...
 
—Gracias a Dios... La religión es un lastre para el creyente. Te diré más: la religión es un naufragio.
 
Javier me mira, atónito.
 
—Eres valiente —susurra—. ¿Y por qué tu Dios, el Padre Azul, permite tanto horror, tanta sangre, y tanta confusión?
 
—Lo ignoro, pero se lo preguntaré en cuanto lo vea...
 
—¡Vaya!... ¿También crees en la vida después de la muerte?
 
—Por supuesto. He investigado mucho y sé que nos espera un futuro sin tiempo y espléndido...
 
Me miró con tristeza. Y supe que pensaba en sus dos hijos muertos.
 
—Morir —añadí— es volver a casa...
 
Me miró, perplejo. Y preguntó:
 
—¿A casa?... ¿No será a esta «Casa»?
 
A pesar de los pesares, el general Calderón gozaba de un excelente humor.
 
—¿Y qué opinas de Cristo?
 
Le corregí:
 
—Cristo no... Jesús de Nazaret.
 
Y expliqué el porqué de la corrección:
 
—Cristo es la traducción, al griego, de la palabra mesías. Pues bien, el Maestro fue lo contrario a un mesías, tal y como lo esperaban (y esperan) los judíos. Jesús no fue un libertador político, ni tampoco un guerrero, y mucho menos un rompedor de dientes.
 
Javier Calderón —que había trabajado con el padre Llanos en el Pozo del Tío Raimundo— asintió en silencio.
 
—Entonces, ¿qué es para ti Jesús de Nazaret? —volvió a preguntar.
 
—Mi Dios y Creador... Mi socio y mi amigo. Y un Dios menor.
 
Hablamos de Teilhard de Chardin. Calderón lo admiraba. Estuve de acuerdo con él, aunque le hice ver que el jesuita y antropólogo se quedó corto en sus apreciaciones.
 
—La creación —comenté— es mucho más de lo que Teilhard imaginó...
 
—No entiendo —replicó el general—. Su obra Ciencia y Cristo es genial...
 
—Sí —maticé—, pero olvidó algo: que ese Padre Azul nos habita desde los cuatro o cinco años... Y tampoco se refirió al regalazo del alma.
 
Devoramos la ternera asada y tomamos café. El camarero de los ojos espantados no pronunció una sola palabra en las dos horas que duró el almuerzo.
 
Al final —casi con calzador— conseguí introducir la pregunta que me interesaba:
 
—Mi general, ¿qué hay del célebre archivo ovni del CNI?
 
Javier Calderón no parpadeó. Y comentó:
 
—No hay tal archivo... Además, tus amigos no son una amenaza para la seguridad nacional.
 
—¿Y cómo sabes eso?
 
Pensé que lo había atrapado. Pero el general era hábil:
 
—Lo he leído en tus libros...
 
Javier Calderón estaba especialmente entrenado para esquivar la verdad. Casi le creí... Poco faltó para revelarle lo que sabía, pero me contuve».
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 658
 
 
LA PALMA
 
Como veremos, no solo los militares mienten en el asunto de los no identificados. También lo hacen algunos científicos. Y de prestigio...
 
He aquí lo investigado —en su día— por el gran Paco Padrón:
 
«... 7 de julio del año 1997... Noche calurosa... Isla de La Palma, en Canarias (España)... Observatorio astrofísico en el Roque de los Muchachos, a 2.426 metros de altitud... 31 Hora: tres y media de la madrugada... Cielo despejado...Tres técnicos —cuyas identidades no debo desvelar— deciden dar una vuelta por el observatorio. Necesitan fumar y estirar las piernas. Caminan por la carretera de acceso al complejo científico y, de pronto, ante la sorpresa de todos, la calzada se ilumina con una potente luz blanca... La luz parpadea... Los técnicos se dan la vuelta y contemplan —desconcertados— un objeto que se acerca en silencio. Está a cosa de cien metros... Y alguien grita: “¡Un ovni!” ... No se lo piensan y huyen... Corren algo más de cincuenta metros. La nave los sobrevuela y los tres tienen el mismo pensamiento... ¿O no es un pensamiento? “Es inútil correr… Los alcanzaremos” ... Los técnicos se detienen junto a la valla metálica que cierra el observatorio astrofísico y ven cómo la nave se coloca sobre sus cabezas, a poco más de diez metros...
 
Todo queda en silencio... Un silencio inexplicable... “No se escuchaban ni los grillos —declararon—. Era una ausencia total de ruido” ... Describen el ovni como un objeto metálico con la forma de dos platos encarados... Diámetro: unos treinta metros... En la zona del ecuador observan una hilera de luces de color azul y separadas entre sí por dos metros... De la panza de la nave sale un haz de luz blanca que ilumina la carretera y buena parte del entorno... La luz oscila rápidamente con un efecto estroboscópico... Los testigos tratan de escapar, pero no pueden... Están paralizados... “Las piernas quedaron como muertas —explicaron—. Nunca supimos si fue por el miedo o por la luz de aquella cosa” ... Segundos después, desde la base del ovni, aparece un rayo de luz, igualmente blanco, que desciende despacio hacia el suelo... Tiene forma de cono: fino en la parte de la nave y ancho en la carretera... Calculan unos diez metros de diámetro al incidir en la calzada... Parece luz sólida, tan frecuente en el fenómeno de los no identificados... Y, súbitamente, casi sobre la carretera, en el interior del cono de luz, se materializan dos seres... Flotan sobre el asfalto... Después abandonan el cono luminoso y avanzan hacia los aterrados testigos... No tocan el suelo... Levitan... Y se detienen a tres metros de los desconcertados técnicos... Les miran en silencio... “Eran criaturas de 1.20 metros de altura —aclararon los testigos—. Las cabezas eran como peras invertidas, pero muy grandes. Tenían una piel arrugada y casi negra. No vimos nariz, boca u orejas. Lo único que se distinguía eran unos ojos grandes, redondos y azules. No vimos pupilas. Nos miraban fijamente”. “Yo creo que nos hipnotizaron —manifestó uno de los técnicos—. Los brazos eran muy largos, casi hasta los pies, con manos de cuatro dedos, sin pulgares. Las piernas eran cortitas y terminaban en muñones” ... Tras unos tensos segundos, los seres se miran, pero no hablan; no emiten sonido... Y dan media vuelta, regresando al cono de luz sólida, siempre levitando a medio metro de la calzada... Al entrar en la luz son absorbidos hacia la nave y desaparecen... El ovni recoge el cono luminoso y se pone en movimiento... Se eleva, gira sobre sí mismo, y se aleja a gran velocidad hasta convertirse en una estrella más... Al retornar al observatorio, los testigos comprueban que la nave ha sido vista por otros compañeros; no así los tripulantes... Narran lo sucedido y los jefes los interrogan, obligándoles a guardar silencio... “De lo contrario —dicen— pondremos en peligro las subvenciones y la credibilidad del centro”... Los testigos no dan crédito... “La actitud de los jefes —dijeron— fue cobarde. Lo que vimos es de especial importancia para la humanidad y para la ciencia” ... En los días siguientes se repiten los interrogatorios y las amenazas... “Si hablan perderán sus puestos de trabajo” ... Esa fue la orden...».
 
Los testigos manifestaron a Paco Padrón su gran disgusto y su impotencia:
 
—Nos hubiera gustado dar a conocer la experiencia en su momento, pero tuvimos miedo.
 
Uno de los técnicos —dada su excitación— fue dado de baja durante una semana.
 
—La experiencia —comunicaron a Padrón— ha sido especialmente positiva. Ahora estamos en condiciones de dudar de los supuestos sagrados principios de la ciencia. Nada es como parece... Es duro tener que guardar silencio ante algo tan importante como lo que vimos. La historia pasará una dura factura a esos científicos mediocres y de mente obtusa...
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 663
 
 
Rodiónov era un científico triste. Y tenía razones para aquella suave melancolía: muy pocos le creían...
 
Viajé a Moscú en marzo de 1998. Deseaba hablar —cara a cara— con el científico que se había atrevido a decir, públicamente, que Europa (una de las dieciséis lunas de Júpiter) albergaba una posible civilización no humana.
 
Boris Ustinovich Rodiónov era entonces catedrático de Microfísica y Cosmofísica en el Instituto Estatal de Ingeniería Física de Moscú. Su currículum era impresionante.
 
Pues bien, Rodiónov había defendido —en la prensa y en la televisión— que, en Europa, habita una civilización antiquísima, muy superior a la nuestra, tanto en edad como en conocimientos técnicos y científicos. A finales de 1996, la sonda norteamericana Galileo empezó a aproximarse a Europa. Y en marzo de 1997 llegó a 588 kilómetros de la superficie de la luna. Y empezó a transmitir imágenes. En total más de 50.000. Algunas de esas fotos eran desconcertantes. Mostraban kilométricas «autopistas» que se cruzaban a diferentes alturas, cúpulas, torres, túneles y construcciones imposibles. NASA, desconcertada, solicitó información a diferentes centros científicos del mundo. Rodiónov estudió las imágenes proporcionadas por la sonda Galileo y respondió a Goldin, director de NASA en aquel tiempo. La carta fue lo que motivó mi viaje a Rusia. Decía así:
 
«... Estimado señor Goldin: Me apresuro a poner en su conocimiento que el esfuerzo llevado a cabo por los especialistas de la NASA en la investigación espacial puede haber conducido al descubrimiento de una civilización extraterrestre.
 
Estudiando las filmaciones de una de las lunas de Júpiter —Europa—, realizadas por la sonda Galileo, he descubierto que toda la superficie de dicha luna se presenta como una red de “tubos” en múltiples niveles, cubierta de hielo y nieve. Tanto la estructura general de esta gigante envoltura tecnológica como algunos elementos aislados libres de hielo nos hablan de una complejidad inaccesible para nosotros, los habitantes de la Tierra. Este sistema planetario (cósmico) de comunicaciones recuerda más que nada a un organismo vivo. Y prueba de que está vivo y activo son los numerosos elementos del paisaje “europeo”: junto a algunas construcciones “cálidas” se aprecian capas recientes de hielo brillante que aún no han sido cubiertas por la nieve ni dañado por los meteoritos. Cerca de algunas “líneas templadas” —surcos kilométricos sobre el hielo— los detalles del paisaje se difuminan, se enturbian, probablemente por acción del vapor. Por consiguiente, estas “líneas” tienen su efecto. Muchas cavidades (“grietas”, “cráteres”) no están cubiertas de nieve y en ellas se ven a menudo casquetes esféricos de unos cien metros de diámetro que a veces brillan al sol como si la pulimentada superficie acabara de ser limpiada de nieve. Al lado pueden encontrarse iguales casquetes, pero tapados por la nieve, opacos. En las imágenes ampliadas vemos en algunos puntos perfectas esferas de unos cien metros de diámetro que no parecen hundirse en el hielo, recordando más bien a un globo recién aterrizado en algún lugar de la Antártida (Foto Galileo P-48524 y 48532).
 
Por lo que todo apunta a que bajo ese “escudo” de hielo que protege de los meteoritos y de los fuertes cinturones de radiación de Júpiter, existe en Europa una civilización activa de escala planetaria. Algunos de los “tubos” actúan seguramente como túneles de transporte y deben formar parte de una red de comunicaciones; estimo que el diámetro oscila entre los diez y veinte metros.
 
En la imagen P-48227, aumentada al máximo, se ven claramente lenguas de hielo de más de cien metros que parten de los “tubos”, siendo especialmente grandes allí donde se cruzan un “tubo” situado a un nivel horizontal superior con otro más inferior que bloquea el flujo cálido procedente del subsuelo. Es decir, parece tratarse de túneles de comunicación construidos a distintos niveles, con complejas terminales, juntas e intersecciones. El relieve de la superficie demuestra que es una red enormemente compleja y que se encuentran en ella “crestas de hielo”, enormes diques entre los “tubos” paralelos y aberturas o fosos entre ellos. Por la regularidad y simetría en la disposición de los “tubos” a distintos niveles y la acción de los flujos térmicos y gaseosos del subsuelo sobre el hielo, podemos ver fosos y orificios perfectamente circulares o de la forma más caprichosa que, a menudo, se extienden regularmente a lo largo de hileras kilométricas. Asimismo se observan grupos de puentes entre los “tubos” tendidos horizontalmente y una serie de gigantescos carámbanos verticales que penden de ellos y se extienden sobre y bajo la superficie...».
 
Rodiónov nos recibió en su humilde y destartalado piso, en la calle Proletarsky, en la bulliciosa Moscú. Conversamos durante horas. Nos mostró imágenes y se reafirmó en lo expuesto en la carta:
 
—Bajo la superficie helada de Europa —aseguró, convencido— hay una o varias civilizaciones...
 
—Pero —insistí—, esas «canalizaciones» y «tubos» podrían ser formaciones naturales...
 
Boris negó con la cabeza. Tuve la sensación de que estaba cansado de oír la misma cantinela. Y replicó, algo enfadado:
 
—No soy tan estúpido... Mire usted. —Y me mostró varias de las fotos—. Esas «autopistas» se cruzan a diferentes niveles. Eso no lo hace la naturaleza... Ahí hay canales perfectos, con dimensiones iguales o mayores a nuestro canal de La Mancha.
 
—¿Podría ser obra de meteoritos?
 
Boris volvió a negar.
 
—¿Sabe cuántos cráteres he contado en la superficie de Europa?
 
—Ni idea...
 
—¡Nueve!... En nuestra luna hay miles... En consecuencia, esas construcciones, en Europa, tampoco han sido ocasionadas por los meteoritos.
 
—Por cierto, ¿por qué hay tan pocos cráteres en la superficie de Europa?
 
—Algo protege a esa luna de Júpiter... No sabemos qué, pero evita las colisiones de miles de rocas que llegan desde el espacio. Eso solo lo puede conseguir una civilización inteligente y muy avanzada.
 
—¿Cómo imagina usted a esa humanidad?
 
—Quizá son seres no respiradores... En el universo hay muchas formas de vida.
 
—¿Estima que esa civilización ha visitado la Tierra?
 
—Podría ser... Hace mucho que sé que los famosos ufos (ovnis) son reales...
 
Boris Rodiónov pensó que este pecador no creía en ovnis. Y esperó mi respuesta. Fui muy claro:
 
—Yo también sé, profesor, que el tema ovni es uno de los problemas más importantes del mundo...
 
Y maticé:
 
—He dicho importante, no urgente...
 
Rodiónov se sintió más tranquilo y proseguimos la charla.
 
—Pero, no comprendo —le dije—. Si está tan claro, si en Europa hay una civilización subterránea, ¿por qué NASA no lo reconoce?
 
Fue la única vez que lo vi sonreír.
 
—NASA —manifestó— tiene miedo... Son militares, no lo olvide...
 
Lo sabía. Y Boris habló también de algo fascinante. Según él, la totalidad del cosmos está cruzado y conectado por «hilos de vida». Así lo llamó.
 
—Se trata de la verdadera composición de la materia oscura —explicó sobre una pizarra—. Todo lo que vemos, y lo que no vemos, está unido por esos «hilos». Son estructuras sumamente finas. Usted y yo, y su esposa, y la traductora, estamos conectados, pero no lo sabemos.
 
Boris llamó a esas «estructuras» la «verdadera gravedad». La fuerza que cohesiona todo lo creado.
 
—–Esos «hilos» —redondeó— pueden atravesarlo todo: el plomo o el vacío... Y no se deforman ni sufren.
 
—¿Está usted hablando de Dios?
 
—No, yo soy ateo...
 
Finalmente, Rodiónov me sorprendió con otra noticia. El asunto lo conocía por «Mirlo rojo». El catedrático de Microfísica reconoció que el hallazgo de doce «ventanas», repartidas por la Tierra, le tenía obsesionado. Se refería a doce misteriosos «faros» o proyecciones, captados por los satélites artificiales desde 1957 («Faros» detectados por NASA: 1 (Alaska), 2 (México), 3 (Chile), 4 (Bermuda), 5 (Brasil), 6 (Antártida), 7 (España), 8 (Egipto), 9 (Japón), 10 (Rusia), 11 (India) y 12 (Australia).). Boris lo sabía por sus contactos en NASA. «Mirlo rojo», como creo haber mencionado, me habló del asunto «como uno de los grandes misterios de la ciencia». Los «faros» —también los llamaron «puertas o ventanas dimensionales»— aparecen en diferentes puntos del planeta y se pierden en el espacio. Nadie ha logrado averiguar hasta dónde llegan.
 
—Son conos de luz —explicó Boris— que parten del suelo y se dirigen al cosmos. Al parecer, en el interior de la tierra han sido enterradas pirámides de cuarzo rojo que son las responsables de las misteriosas emisiones. Casi todas se encuentran entre veinte y cincuenta metros de profundidad. Pero, según mis informantes, cuando han tratado de llegar a ellas, las pirámides desaparecen.
 
—¿Qué finalidad se supone que tienen esos «faros»?
 
—No lo saben. Solo especulan... Unos dicen que son zonas por las que entran y salen las naves alienígenas. Otros creen que son «ventanas dimensionales». Por ahí cambiarían de dimensión.
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 667
 
 
Entre 1992 y 1998 fueron desclasificados 83 expedientes ovni, con algo más de 1.800 folios. Buena parte de esos casos fue reducida a «chatarra espacial, planeta Venus, visiones y globos meteorológicos» gracias a la secreta participación de Ballester Olmos y sus «secuaces». Los que aseguramos que la desclasificación fue un fraude y una tomadura de pelo nos quedamos cortos...
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 678
 
 
Pedro Araneda se me quedó mirando y comentó:
 
—No me preguntes cómo... Esas civilizaciones dominan el tiempo y el espacio; eso es evidente...
 
J. J. Benítez
Están aquí, página 688
 
 

No hay comentarios: