Tras meses de tinieblas interiores, tuve de pronto y para siempre la certeza de que cualquier ser humano, aun si sus facultades naturales son casi nulas, penetra en ese reino de verdad reservado al genio, tan solo deseando la verdad y haciendo un esfuerzo permanente de atención por alcanzarla.
Simone Weil
El arraigo, página 6
El alma humana está exiliada en el tiempo y en el espacio, que la privan de su unidad; todos los procesos de purificación se reducen a librarla de los efectos del tiempo, de manera que llegue a sentirse casi en casa en el lugar de su exilio.”
Simone Weil
El arraigo, página 11
Existe obligación para con todo ser humano por el mero hecho de que es un ser humano, sin que tenga que intervenir ninguna otra condición y aunque él no reconociera ninguna.
Simone Weil
El arraigo, página 18
El hecho de que un ser humano tenga un destino eterno no impone más que una sola obligación, que es el respeto.
Simone Weil
El arraigo, página 19
Nacemos y crecemos en la mentira. La verdad nos viene de fuera, proviene siempre de Dios […]. Toda verdad que penetra en usted y usted acoge le ha sido personalmente destinada por Dios.
Simone Weil
El arraigo, página 19
Querida M[ime], crees que tengo algo que dar. Está mal formulado. Yo también tengo una especie de certeza interior creciente de que hay en mí un depósito de oro puro para transmitir. Solo que la experiencia y lo que observo en mis contemporáneos me convencen cada vez más de que no hay nadie para recibirlo.
Simone Weil
El arraigo, página 20
Lo real es trascendente; es la idea esencial de Platón.
Simone Weil
El arraigo, página 20
Hay una gran distancia entre la naturaleza de la necesidad y la naturaleza del bien.
Simone Weil
El arraigo, página 20
Solo la luz que cae continuamente del cielo suministra la energía a un árbol que hunde profundamente sus potentes raíces en la tierra. Verdaderamente, el árbol está enraizado en el cielo.
Simone Weil
El arraigo, página 22
El arraigo es quizá la necesidad más importante y más desconocida del alma humana.
Simone Weil
El arraigo, página 22
Cuando la inteligencia está a disgusto, el alma toda está enferma.
Simone Weil
El arraigo, página 23
Lo que rebaja la inteligencia degrada al hombre entero.
Simone Weil
El arraigo, página 23
El pecado de Níobe consistió en ignorar que la cantidad no tiene nada que ver con la bondad.
Simone Weil
El arraigo, página 24
Dinero, maquinismo, álgebra. Los tres monstruos de la civilización actual. Analogía completa.
Simone Weil
El arraigo, página 24
La destrucción del pasado es quizá el mayor de los crímenes.
Simone Weil
El arraigo, página 25
No hay verdadera dignidad que no tenga una raíz espiritual y, por consiguiente, de orden sobrenatural.
Simone Weil
El arraigo, página 26
Los hechos prueban que, salvo intervención sobrenatural de la gracia, no hay crueldad ni bajeza de la que no sean capaces las buenas gentes, en cuanto entran en juego los correspondientes mecanismos psicológicos.
Simone Weil
El arraigo, página 26
La corriente idólatra del totalitarismo no puede encontrar obstáculo alguno sino en una auténtica vida espiritual.
Simone Weil
El arraigo, página 27
Por suerte para nosotros, la materia tiene una propiedad reflectante. Es un espejo empañado por nuestro aliento. Basta limpiarlo para leer en él los símbolos escritos en la materia desde toda la eternidad.
Simone Weil
El arraigo, página 27
La estructura de un corazón humano es una realidad entre las realidades de este universo, al igual que la trayectoria de una estrella.
Simone Weil
El arraigo, página 29
La alegría es una necesidad esencial del alma. La falta de alegría, debida a la desgracia o simplemente al aburrimiento, es un estado de enfermedad en el que la inteligencia, el valor o la generosidad se apagan. Es una asfixia. El pensamiento humano se nutre de alegría.
Simone Weil
El arraigo, página 30
Las necesidades del alma
El objeto de la obligación, en el ámbito de las cosas humanas, es siempre el ser humano como tal. Existe obligación para con todo ser humano por el mero hecho de que es un ser humano, sin que tenga que intervenir ninguna otra condición y aunque él no reconociera ninguna. Esa obligación no se basa en ninguna situación de hecho, ni en la jurisprudencia, ni en las costumbres, ni en la estructura social, ni en las relaciones de fuerza, ni en la herencia del pasado, ni en la orientación supuesta de la historia. Porque ninguna situación de hecho puede dar lugar a una obligación. Esa obligación no se basa en ninguna convención. Porque todas las convenciones pueden modificarse según la voluntad de las partes, mientras que en esta ningún cambio en la voluntad de los hombres puede modificar nada de nada. Esa obligación es eterna. Responde al destino eterno del ser humano. Solo el ser humano tiene un destino eterno. Las colectividades humanas no lo tienen. Así pues, en lo que a estas últimas se refiere, no hay obligaciones directas que sean eternas. Solo es eterno el deber para con el ser humano como tal. Esa obligación es incondicionada. Si se basa en algo, ese algo no pertenece a nuestro mundo. En nuestro mundo, no se basa en nada. Es la única obligación relativa a las cosas humanas que no está sometida a ninguna condición. Esa obligación tiene no un fundamento, sino una verificación en el acuerdo de la conciencia universal. Viene expresada en algunos de los textos escritos más antiguos que han llegado hasta nuestros días. Está reconocida por todos en todos los casos particulares en los que no se le oponen los intereses o las pasiones. En relación con ella es como se mide el progreso. El reconocimiento de esa obligación se expresa de un modo confuso e imperfecto, aunque más o menos imperfecto según los casos, mediante los llamados derechos positivos. En la medida en que los derechos positivos están en contradicción con ella, en esa exacta medida llevan marchamo de ilegitimidad. Aunque esa obligación eterna responda al destino eterno del ser humano, no tiene ese destino como objeto directo. El destino eterno de un ser humano no puede ser objeto de ninguna obligación, porque no está subordinado a acciones externas. El hecho de que un ser humano tenga un destino eterno no impone más que una sola obligación, que es el respeto. La obligación se cumple únicamente si el respeto se expresa de verdad, de un modo real y no ficticio; solo puede expresarse a través de las necesidades terrenales del hombre. La conciencia humana nunca ha variado en este punto. Hace miles de años, los egipcios creían que un alma no puede justificarse después de la muerte si no puede decir: «No dejé que nadie pasara hambre». Todos los cristianos saben que están expuestos a que un día Cristo mismo les diga: «Tuve hambre y no me diste de comer». Todo el mundo imagina el progreso ante todo como la transición a un estado de la sociedad humana en el que la gente no pasará hambre. Si se plantea la pregunta en términos generales a cualquiera, nadie piensa que un hombre es inocente si, teniendo comida de sobra, se encuentra a alguien medio muerto de hambre en la puerta de su casa y pasa de largo sin darle nada. Es, por lo tanto, una obligación eterna hacia el ser humano no dejar que pase hambre cuando tenemos la oportunidad de socorrerlo. Dado que esa obligación es la más obvia, debe servir de modelo para elaborar la lista de los deberes eternos para con todo ser humano. Para establecerla con total exactitud, la lista debe proceder de ese primer ejemplo por vía de analogía. En consecuencia, la lista de obligaciones para con el ser humano debe corresponder a la lista de aquellas necesidades humanas que son vitales, análogas al hambre.
Simone Weil
El arraigo, página 35
Algunas colectividades, muy al contrario, en lugar de servir de alimento, se comen las almas. En tales casos, existe enfermedad social, y la primera obligación es intentar un tratamiento; en determinadas circunstancias, puede ser necesario inspirarse en métodos quirúrgicos.
Simone Weil
El arraigo, página 39
La libertad de opinión
Una democracia en la que la vida pública está constituida por la lucha de los partidos políticos es incapaz de impedir la formación de un partido cuyo objetivo declarado es destruirla. Si dicta leyes de excepción, se asfixia a sí misma. Si no lo hace, estará tan a salvo como un pájaro frente a una serpiente.
Simone Weil
El arraigo, página 57
La experiencia ha demostrado que los Estados totalitarios los establecen los partidos totalitarios, y que los partidos totalitarios se forjan a base de exclusiones por delitos de opinión.
Simone Weil
El arraigo, página 60
Lo que se ha llamado libertad de asociación ha sido hasta ahora, de hecho, la libertad de las asociaciones. Ahora bien, las asociaciones no tienen por qué ser libres; son instrumentos, deben estar sometidas. La libertad solo es válida para el ser humano.
Simone Weil
El arraigo, página 61
En cuanto a la libertad de pensamiento, se está en gran medida en lo cierto cuando se dice que sin ella no hay pensamiento. Pero es aún más cierto decir que cuando el pensamiento no existe, tampoco es libre. Hubo mucha libertad de pensamiento durante los últimos años, pero no había pensamiento. Es más o menos la misma situación que la del niño que, no teniendo carne, pide sal para echarle un poco.
Simone Weil
El arraigo, página 61
La seguridad
La seguridad es una necesidad esencial del alma. La seguridad significa que el alma no está sometida al peso del miedo o del terror, salvo por efecto de un concurso de circunstancias accidentales y por algunos momentos poco frecuentes y breves. El miedo o el terror, como estados de ánimo duraderos, son venenos casi letales, ya sea por causa de la posibilidad del desempleo, o de la represión policial, o de la presencia de un conquistador extranjero, o de la expectativa de una probable invasión, o de cualquier otra desgracia que parezca superar las fuerzas humanas.
Los amos romanos ponían un látigo en el vestíbulo para que lo vieran los esclavos: sabían que aquel espectáculo ponía a las almas en un estado de semimuerte, indispensable para la esclavitud. Por otra parte, según los egipcios, el justo debe poder decir después de la muerte: «No le he causado miedo a nadie».
Incluso si el miedo permanente constituye tan solo un estado larvado, de modo que rara vez se siente como un sufrimiento, no deja de ser una enfermedad. Es una semiparálisis del alma.
Simone Weil
El arraigo, página 61
La verdad
La necesidad de verdad es más sagrada que ninguna otra. Sin embargo, nunca se menciona. Tiene uno miedo de leer cuando se ha dado cuenta una vez de la cantidad y de la enormidad de falsedades materiales que se exponen sin pudor, incluso en los libros de los autores más respetables. Se lee entonces como si se bebiera agua de un pozo dudoso. Hay hombres que trabajan ocho horas diarias y hacen el gran esfuerzo de leer por la noche para instruirse. No pueden dedicarse a comprobaciones en las grandes bibliotecas. Creen sin más lo que dice el libro. No hay derecho a darles de comer nada falso. ¿Qué sentido tiene alegar que los autores actúan de buena fe? No trabajan físicamente ocho horas diarias. La sociedad los alimenta para que tengan tiempo libre y se tomen la molestia de evitar los errores. A un guardavía que provoca un descarrilamiento no le admitirían que afirmara que actuó de buena fe. Con más razón aún es una vergüenza tolerar la existencia de periódicos de los que todo el mundo sabe que ningún colaborador podría quedarse si no alterara a veces la verdad a sabiendas. El público desconfía de los periódicos, pero su desconfianza no lo protege. Sabe a grandes rasgos que un periódico contiene verdades y mentiras; reparte entonces las noticias que lee entre esas dos rúbricas, pero al azar, a tenor de sus preferencias. Eso lo deja expuesto al error. Todo el mundo sabe que el periodismo, cuando se confunde con la organización de la mentira, constituye un crimen. Pero la gente cree que es un crimen no castigable. ¿Qué es lo que puede impedir que se castigue una actividad, una vez que se ha reconocido como criminal? ¿De dónde vendrá esa extraña idea de crímenes no castigables? Es una de las distorsiones más monstruosas del pensamiento jurídico. ¿No sería hora ya de proclamar que todo crimen discernible es castigable, y que estamos decididos, si se da el caso, a castigar todos los crímenes? Unas sencillas medidas de higiene pública protegerían a la población contra los ataques a la verdad. Para llegar a esa protección, la primera medida consistiría en instaurar tribunales especiales, muy honorables, compuestos por magistrados especialmente seleccionados y formados. Tendrían que castigar con la reprobación pública cualquier error evitable, y podrían imponer penas de prisión y de presidio en caso de reincidencia frecuente, agravada por una probada mala fe.
Todo el mundo sabe que el periodismo, cuando se confunde con la organización de la mentira, constituye un crimen.
La segunda medida sería prohibir absolutamente toda propaganda, de cualquier tipo, en la radio o en la prensa diaria. Esos dos instrumentos solo podrían servir para la información no tendenciosa. Los tribunales de los que acabamos de hablar velarían por que la información no fuera tendenciosa. En lo que se refiere a los órganos de información, esos tribunales podrían tener que juzgar no solo las afirmaciones erróneas, sino también las omisiones deliberadas y tendenciosas. Los medios en los que circulan ideas y que desean darlas a conocer tendrían derecho únicamente a publicaciones semanales, quincenales o mensuales. No es en modo alguno necesaria mayor frecuencia si lo que se quiere es hacer pensar en lugar de idiotizar. La corrección de los medios de persuasión estaría asegurada por la supervisión de esos mismos tribunales, que podrían clausurar una publicación en caso de alteración demasiado frecuente de la verdad. Pero sus redactores podrían recuperarla con otro nombre. En todo ello no habría la más mínima vulneración de las libertades públicas. Quedaría satisfecha así la necesidad más sagrada del alma humana, la necesidad de protección contra la sugestión y el error. Pero ¿quién garantiza la imparcialidad de los jueces?, podrá objetarse. La única garantía, al margen de su total independencia, es que procedan de medios sociales muy diferentes, que estén dotados por naturaleza de una inteligencia amplia, clara y precisa, y que se hayan formado en una escuela donde reciban una educación no jurídica, sino ante todo espiritual y, en segundo lugar, intelectual. En esa escuela es donde deben acostumbrarse a amar la verdad. No hay ninguna posibilidad de satisfacer en un pueblo la necesidad de verdad si no pueden encontrarse a tal fin hombres que amen la verdad.
Simone Weil
El arraigo, página 65
Profesión de fe
Existe una realidad situada fuera del mundo, es decir, fuera del espacio y del tiempo, fuera del universo mental del hombre, fuera de todo el ámbito que las facultades humanas pueden alcanzar. A esa realidad responde en el centro del corazón del hombre la exigencia de un bien absoluto que habita siempre en él y que nunca encuentra ningún objeto en este mundo. También la hacen patente aquí abajo las absurdidades y las contradicciones insolubles con las que tropieza siempre el pensamiento humano cuando se mueve únicamente en este mundo. Así como la realidad de este mundo es el único fundamento de los hechos, así también la otra realidad es el único fundamento del bien. De ella únicamente es de donde desciende a este mundo todo el bien susceptible de existir en él, toda belleza, toda verdad, toda justicia, toda legitimidad, todo orden, toda subordinación de la conducta humana a obligaciones. El único intermediario por el que el bien puede descender desde donde se encuentra esa realidad hasta los hombres son aquellos hombres que tienen su atención y su amor dirigidos hacia ella. Aunque esa realidad se halla fuera del alcance de todas las facultades humanas, el hombre tiene el poder de dirigir hacia ella su atención y su amor. Nada puede nunca autorizar a suponer que un hombre, quienquiera que sea, se encuentra privado de ese poder. Ese poder solo es real aquí abajo en la medida en que se ejerce. La única condición para que se ejerza es el consentimiento. Ese consentimiento puede formularse. Puede no formularse, ni siquiera internamente, no aparecer claramente en la conciencia, aunque realmente tenga lugar en el alma. Es frecuente que no se produzca de hecho, aunque se exprese en el lenguaje. Formulado o no, la condición única y suficiente es que realmente tenga lugar. A quienquiera que de hecho consienta en dirigir su atención y su amor fuera del mundo, hacia la realidad situada más allá de todas las facultades humanas, dado le es alcanzarlo. En ese caso, tarde o temprano, habrá bien que descenderá sobre él y, a través de él, irradiará a su alrededor. La exigencia de bien absoluto que habita en el centro del corazón y el poder, aunque virtual, de orientar la atención y el amor fuera del mundo y recibir bien, constituyen juntos un vínculo que une a todo hombre sin excepción con la otra realidad. Quienquiera que reconozca esa otra realidad reconocerá asimismo ese vínculo. Por él, considerará a todo ser humano, sin excepción, como algo sagrado a lo que estará obligado a mostrar respeto. No hay otro móvil posible para el respeto universal de todos los seres humanos. Cualquiera que sea la fórmula de creencia o de incredulidad que un hombre haya elegido, aquel cuyo corazón se inclina a practicar ese respeto reconoce de hecho una realidad distinta a la de este mundo. A aquel a quien ese respeto le es de hecho ajeno, también le es ajena la otra realidad. La realidad de este mundo está hecha de diferencias. Objetos desiguales requieren desigualmente la atención. Determinado conjunto de circunstancias o determinada atracción brindan que se preste atención a la persona de algunos seres humanos. Por efecto de circunstancias diferentes y de cierta falta de atractivo, otros seres permanecen en el anonimato. Escapan a la atención o, si esta se dirige a ellos, solo distingue elementos de una colectividad. La atención que mora enteramente en este mundo está enteramente sometida al efecto de esas desigualdades, y es tanto menos posible que lo evite cuanto que no lo discierne. Entre las desigualdades de hecho, el respeto solo puede ser igual para todos si se refiere a algo idéntico en todos. Los hombres son diferentes en todas las relaciones que los unen a las cosas situadas en este mundo, sin ninguna excepción. Lo único idéntico en todos ellos es la presencia de un vínculo con la otra realidad. Todos los seres humanos son absolutamente idénticos en la medida en que pueden concebirse como constituidos por una exigencia central de bien, en torno a la cual se encuentra dispuesta la materia psíquica y carnal. La atención dirigida de hecho fuera del mundo es, de hecho, la única que tiene contacto con la estructura esencial de la naturaleza humana. Solo ella posee una capacidad siempre idéntica de proyectar luz sobre un ser humano, sea el que sea. Quienquiera que tenga esa facultad tendrá también su atención orientada de hecho fuera del mundo, se dé cuenta de ello o no. El vínculo que une al ser humano a la otra realidad está, como ella, fuera del alcance de todas las facultades humanas. El respeto que inspira nada más reconocerlo no puede demostrársele. Ese respeto no puede encontrar ningún modo de expresión directa aquí abajo. Si no se expresa, no tiene existencia. Hay para él una posibilidad de expresión indirecta. El respeto inspirado por el vínculo del hombre con la realidad exterior a este mundo se muestra a la parte del hombre situada en la realidad de este mundo. La realidad de este mundo es la necesidad. La parte del hombre que se encuentra situada en esa realidad es la parte abandonada a la necesidad y sometida a la miseria de la necesidad. Existe para el respeto que se siente para con el ser humano una sola posibilidad de expresión indirecta, proporcionada por las necesidades de los hombres en este mundo, las necesidades terrenales del alma y del cuerpo. Se fundamenta en un vínculo establecido en la naturaleza humana entre la exigencia de bien, que es la esencia misma del hombre, y la sensibilidad. Nada permite nunca pensar de ningún hombre que en él no existe ese vínculo. Por ese vínculo, cuando, a consecuencia de los actos o de las omisiones de los demás hombres, la vida de un hombre resulta destruida o mutilada por una herida o una privación del alma o del cuerpo, no es solo la sensibilidad en ese hombre la que sufre el golpe, sino también la aspiración al bien. Ha habido entonces sacrilegio contra lo que el hombre encierra de sagrado. La sensibilidad, por el contrario, puede ser lo único implicado, si un hombre sufre una privación o una herida por el mero mecanismo de las fuerzas naturales, o si se da cuenta de que quienes parecen infligírsela, lejos de desearle ningún mal, obedecen tan solo a una necesidad reconocida por él mismo. La posibilidad de expresión indirecta del respeto por el ser humano es el fundamento de la obligación. La obligación tiene por objeto las necesidades terrenas del alma y del cuerpo de los seres humanos, sean estos quienes sean. A cada necesidad responde una obligación. A cada obligación corresponde una necesidad. No hay otro tipo de obligación relativa a las cosas humanas. Si se cree percibir otras, o son engañosas, o es por error por lo que no están clasificadas en esa especie. Quienquiera cuya atención y amor se dirijan de hecho hacia la realidad exterior al mundo, reconoce al mismo tiempo que está ligado, en la vida pública y privada, por la obligación única y perpetua de remediar, en el orden de sus responsabilidades y en la medida de su poder, todas las privaciones del alma y del cuerpo susceptibles de destruir o mutilar la vida terrena de un ser humano, sea el que sea. El límite que responde a los límites del poder y al orden de las responsabilidades solo es legítimo si se ha hecho todo lo posible para que la necesidad que lo impone llegue a conocimiento de quienes sufren sus consecuencias, sin ningún engaño y de forma tal que puedan consentir en reconocerlo. Ningún cúmulo de circunstancias exime nunca a nadie de esa obligación universal. Las circunstancias que parecen dispensar de ella a un hombre o a una categoría de hombres no hacen sino imponerla aún más imperiosamente. El pensamiento de esa obligación circula entre todos los hombres bajo formas muy diferentes y con grados de claridad muy desiguales. Los hombres se inclinan con mayor o menor fuerza a aceptarla o a rechazar adoptarla como norma de conducta. El consentimiento está la mayoría de las veces mezclado de mentira. Cuando es sin mentira, la práctica no está exenta de desfallecimiento. El rechazo lleva a caer en el crimen. La proporción de bien y de mal en una sociedad depende, por una parte, de la proporción del consentimiento y del rechazo, y, por otra, de la distribución del poder entre los que consienten y los que rechazan. Todo poder, sea del tipo que sea, que se deje en manos de un hombre que no ha dado a esa obligación un consentimiento lúcido, total y sin mentira, es un poder que está mal ubicado. Por parte de un hombre que ha preferido el rechazo, el ejercicio de una función, grande o pequeña, pública o privada, que pone en sus manos destinos humanos, constituye en sí mismo una actividad criminal. Son cómplices todos aquellos que, conociendo su pensamiento, le permiten ejercer esa función. Un Estado cuya doctrina oficial constituye en su totalidad una incitación a ese crimen se sitúa por completo a sí mismo dentro del crimen. No le queda ningún rastro de legitimidad. Un Estado que no se basa en una doctrina dirigida en primer lugar contra todas las formas de ese crimen no posee la plenitud de la legitimidad. Un sistema de leyes en el que no hay nada previsto para impedir ese crimen carece de la esencia de la ley. Un sistema de leyes que prevé medidas para impedir algunas formas de ese crimen, pero no otras, solo posee en parte el carácter de ley. Un Gobierno cuyos miembros cometen ese crimen o lo permiten bajo su autoridad es traidor a su función. Cualquier tipo de colectividad, de institución o de modo de vida colectiva cuyo funcionamiento normal implique o acarree la práctica de ese crimen está marcado, por ello mismo, con el sello de la ilegitimidad y es susceptible de reforma o de supresión. Un hombre se convierte en cómplice de ese crimen si, teniendo una parte grande, pequeña o insignificante en la orientación de la opinión pública, se abstiene de reprobarlo cada vez que tiene noticia de él, o si se niega en ocasiones a enterarse para no tener que reprobarlo. Un país no es inocente de ese crimen si la opinión pública, teniendo libertad para expresarse, no reprueba su práctica corriente, o si, suprimida la libertad de expresión, las opiniones que circulan clandestinamente no contienen esa reprobación. El objeto de la vida pública consiste en poner todas las formas de poder, en la mayor medida posible, en manos de aquellos que consienten de hecho en estar vinculados por la obligación que todo hombre debe a todos los seres humanos, y que saben que tienen esa obligación. La ley es el conjunto de las disposiciones permanentes susceptibles de tener ese efecto. El conocimiento de la obligación es doble. Incluye el conocimiento del principio y el conocimiento de la aplicación. Como el campo de aplicación está constituido por las necesidades humanas en este mundo, le corresponde a la inteligencia concebir la noción de lo que es necesario y discernir, distinguir y enumerar, con toda la exactitud de que es capaz, las necesidades terrenas del alma y del cuerpo. Este estudio es aún susceptible de revisión.
Simone Weil
El arraigo, página 300
Exposición de las obligaciones
La obligación fundamental para con los seres humanos se subdivide, por la enumeración de las necesidades esenciales de la criatura humana, en varias obligaciones concretas. Cada necesidad es objeto de una obligación. Cada obligación tiene por objeto una necesidad. Se trata solamente de las necesidades terrenas, porque solo estas pueden satisfacer el hombre. Se trata de las necesidades del alma tanto como de las necesidades del cuerpo. El alma tiene necesidades y, cuando no resultan satisfechas, se encuentra en un estado análogo al estado de un cuerpo hambriento y mutilado. La mayoría de las necesidades del alma pueden agruparse en pares de contrarios que se equilibran y completan. El cuerpo humano necesita sobre todo alimento, calor, sueño, higiene, descanso, ejercicio, aire puro. El alma humana necesita igualdad y jerarquía. La igualdad es el reconocimiento público —expresado eficazmente en las instituciones y las costumbres— del principio de que se debe prestar el mismo grado de atención a las necesidades de todos los seres humanos. La jerarquía es la escala de las responsabilidades. Como la atención tiende a centrarse y a detenerse en lo alto de esa escala, son necesarias disposiciones especiales para hacer compatibles en la práctica la igualdad y la jerarquía. El alma humana necesita obediencia consentida y libertad. La obediencia consentida es la que se tiene ante una autoridad porque se entiende que es legítima. No es posible en el caso de un poder político establecido por conquista o golpe de Estado, ni en el caso de un poder económico basado en el dinero. La libertad es el poder de elección dentro del margen dejado por la coacción directa de las fuerzas de la naturaleza y por la autoridad aceptada como legítima. El margen debe ser suficientemente amplio, para que la libertad no sea una ficción, sino que se extienda solo a las cosas inocentes, sin que nunca ciertas formas de crimen se conviertan en lícitas. El alma humana necesita verdad y libertad de expresión. La necesidad de verdad exige que todos tengan acceso a la cultura del espíritu sin tener que ser trasplantados ni material ni moralmente. Exige que nunca se ejerza en la esfera del pensamiento ninguna presión material o moral procedente de una preocupación que no sea la preocupación exclusiva por la verdad; eso implica la prohibición absoluta de toda propaganda, sin excepción. Exige protección contra el error y la mentira, cosa que convierte en delito punible cualquier falsedad material evitable, afirmada públicamente. Exige una protección de la salud pública contra los venenos en el ámbito del pensamiento. Pero la inteligencia, para ejercerse, necesita poder expresarse sin que ninguna autoridad la limite. Hace falta, pues, un espacio de investigación intelectual pura, que sea distinto, pero accesible para todos y en el que ninguna autoridad intervenga. El alma humana necesita, por una parte, soledad e intimidad, por otra, vida social. El alma humana necesita propiedad personal y colectiva. La propiedad personal nunca está constituida por la posesión de una suma de dinero, sino por la apropiación de objetos concretos, como una casa, un terreno, muebles, herramientas, que el alma concibe como una prolongación de sí misma y del cuerpo. La justicia exige que la propiedad personal, así entendida, sea inalienable, como la libertad. La propiedad colectiva no se define por un título jurídico, sino por el sentimiento de un entorno humano que considere ciertos objetos materiales como una extensión y una cristalización de sí misma. Ese sentimiento solo es posible gracias a determinadas condiciones objetivas. La existencia de una clase social definida por la falta de propiedad personal y colectiva es tan vergonzosa como la esclavitud. El alma humana necesita castigo y honor. Cualquier ser humano al que un crimen haya puesto fuera del bien necesita reintegrarse en el bien por medio del dolor. El dolor debe infligirse con vistas a llevar al alma a reconocer algún día libremente que ese dolor se ha infligido con justicia. Esa reintegración en el bien es el castigo. Todo ser humano inocente, o que ha terminado de expiar su culpa, necesita que se reconozca su honorabilidad como igual a la de otro cualquiera. El alma humana necesita una participación disciplinada en una tarea común de utilidad pública, y necesita iniciativa personal en esa participación. El alma humana necesita seguridad y riesgo. El miedo a la violencia, al hambre o a cualquier otro mal extremo es una enfermedad del alma. El tedio causado por la ausencia de cualquier riesgo es también una enfermedad del alma. El alma humana necesita, por encima de todo, arraigarse en varios entornos naturales y comunicarse con el universo a través de ellos. La patria, los entornos definidos por la lengua, por la cultura y por un pasado histórico común, la profesión y la localidad son ejemplos de entornos naturales. Es criminal todo lo que tiene por efecto desarraigar a un ser humano o impedirle que eche raíces. El criterio que permite reconocer que en alguna parte se satisfacen las necesidades de los seres humanos es una explosión de fraternidad, de alegría, de belleza y de felicidad. Donde hay retraimiento sobre sí mismo, tristeza, fealdad, hay privaciones que deben sanarse.
Simone Weil
El arraigo, página 306
Aplicación práctica
Para que esta Declaración se convierta en la inspiración práctica de la vida del país, la primera condición es que el pueblo la adopte con esa intención. La segunda condición es que quienquiera que ejerza o desee ejercer un poder, sea de la naturaleza que sea —político, administrativo, judicial, económico, técnico, espiritual u otro— estará obligado a comprometerse a adoptarla como norma práctica de su conducta. En ese caso, el carácter igualitario y universal de la obligación se ve en cierta medida modificado por las responsabilidades particulares que un poder determinado implica. Por eso habría que añadir a la fórmula del compromiso: «… dejando de prestar especial atención a las necesidades de los seres humanos que dependen de mí». La violación de tal compromiso, ya sea de palabra o de obra, debería en principio ser siempre punible. Pero la aparición de instituciones y de costumbres que permitan castigarla exigiría en la mayoría de los casos varias generaciones. El consentimiento expreso a esa declaración implica un esfuerzo continuado por sacar a la luz lo más rápidamente posible esas instituciones y esas costumbres.
Simone Weil
El arraigo, página 309