Los apocalipsis (Jerusalem)

Antonio Piñero Los apocalipsis (Jerusalem)

No es fácil caracterizar este tipo de libros ni hacer un repertorio de ellos, porque son a veces tan variados en forma y pensamiento, que en ocasiones resulta arduo precisar qué formas de lenguaje o qué contenidos han de aparecer exactamente en esos textos para que puedan designarse como «apocalipsis». Temas y motivos de estos libros se encuentran en otros escritos que no llamaríamos «apocalipsis» y, a la inversa, hay textos claramente apocalípticos que solo contienen algunos de los elementos, de forma o de contenido, que consideraríamos básicos en los apocalípticos. Por esta razón los estudiosos del tema prefieren hablar de un «género literario amplio», la apocalíptica, que se caracteriza, en primer lugar, por ciertos rasgos estilísticos o características literarias comunes. Estos son:
 
• Los apocalipsis son literatura de revelación, normalmente para un grupo restringido. No hay apocalipsis si el autor no atrae a su lector con el desvelamiento de nuevas y prodigiosas realidades, presentes o futuras, que ignora.
 
• Los apocalipsis ocultan normalmente el nombre del autor. El escritor apocalíptico no desvela prácticamente nunca su nombre (hay alguna excepción notable, casi única, precisamente el Apocalipsis de Juan, o la Primera Carta a los Tesalonicenses de Pablo), y suele amparar su escrito bajo el nombre de un gran héroe o personaje del pasado. Esta acción se denomina técnicamente «seudonimia», vocablo griego que significa «nombre falso». Este fenómeno de la seudonimia solía deberse a que el autor se creía un personaje poco importante, o bien porque sentía que estaba escribiendo con el mismo espíritu que dominaba a ese héroe célebre del pasado que lo amparaba, o bien —finalmente— porque era un auténtico impostor y pensaba que su libro tendría más difusión si se presentaba al amparo de un nombre ilustre. Respecto a los autores judíos, es posible pensar también que los «apocalípticos» pensaban que había pasado ya la época de los profetas en Israel, y que todo lo que sonara a los lectores como «profecía» debía ser adscrito de alguna manera a la escuela de algún «profeta», en sentido amplio, del pasado, cuando Dios se comunicaba con los hombres por medio de ellos.
 
• El autor es un visionario. Los secretos que desvela a su público los ha recibido de Dios por medio de una visión, un sueño inspirado, un viaje celeste, o un éxtasis del alma que se ve arrebatada a los cielos, donde contempla misterios que en la tierra son inaccesibles.
 
• Estas visiones se expresan en un lenguaje específico, la mayoría de las veces en forma de largos discursos, o bien de un diálogo entre el ser humano y un revelador divino. No es una terminología llana y directa, sino cargada de símbolos, de espectaculares imágenes, de especulaciones sobre números y fechas, de largas listas de eventos históricos —aunque presentados como futuro—, de escenas donde intervienen animales que hablan o se comportan como seres humanos.
 
Lo curioso del caso es que este mundo de imágenes y símbolos se repite en muchos libros apocalípticos. Parece, por tanto, que con el tiempo se había ido formando entre judíos y cristianos un repertorio tradicional de imágenes y símbolos apocalípticos que los autores usan o copian unos de otros. Los apocalipsis, tal como los leemos hoy, no son el reflejo sencillo de un trance visionario, sino un producto literario, confeccionado en la paz de un escritorio, incluso aquellos que parecen estar transmitiendo visiones absolutamente personales, como el Apocalipsis de Juan. La mayoría de los críticos modernos no dudan de que en el fondo de estas obras pueda haber una serie de visiones auténticas. Pero a la vez afirma que, casi en todos los casos, a la hora en la que el autor pasa a texto escrito sus experiencias «visionarias», lo hace valiéndose de imágenes que toma de otras obras del género. Un «apocalipsis» es, pues, un producto literario, no una transcripción más o menos exacta de visiones personales.
 
• En muchos casos interviene un ángel o un ser celeste que acompaña al vidente en su viaje celestial, o se le aparece posteriormente y le explica el tenor de sus visiones.
 
• El contenido de estas visiones trata de temas relacionados de algún modo con el origen del mundo o de la raza humana, o se ocupa del sentido final de la historia —de Israel, de los cristianos o del mundo en general—, del fin del mundo y de los procesos que lo acompañan: las batallas o conflagraciones cósmicas finales, la resurrección, el juicio, el paraíso o mundo futuro, con la suerte de justos y malvados, etc.
 
• La evolución o etapas de la historia realmente pasada ya en tiempos del vidente suelen ser presentados por este en forma de visión previa de lo que va ocurrir más tarde. Es decir, el autor presenta el pasado adornado de futuro. Pero, naturalmente, esta relación de los sucesos pasados es críptica y misteriosa, como si acabaran los apocalípticos de recibirla así en una visión de lo que va a ocurrir en el futuro. El lector tiene que esforzarse por entender lo que se le dice oscuramente y sentir que el pasado ocurrió realmente como el vidente lo había predicho. De este modo, el autor cree suscitar la confianza del lector: si todo ha ocurrido como predijo él hace siglos, es claro que ulteriores predicciones sobre el final del universo, que presenta el libro, se cumplirán también.
 
Antonio Piñero
Los apocalipsis (Jerusalem), página 6
 
 
El nacimiento de lo que hemos llamado «género apocalíptico» está íntimamente ligado a la historia de Israel y a los deseos de liberación que se van formando en el pueblo en general, y en especial en algunos grupos de piadosos, que se destacan de la masa por su conocimiento de las Escritura, por su observancia de la Ley o por su piedad en general. La apocalíptica tiene, pues, que ver con las esperanzas nacionales de salvación y con el concepto de «mesianismo» que poco a poco se va generando en Israel —en especial a partir de los siglos III y II a. de C.— y que luego heredarán los cristianos.
 
Antonio Piñero
Los apocalipsis (Jerusalem), página 13
 
 
¿Por qué se generaron los escritos apocalípticos?
 
El nacimiento de lo que hemos llamado «género apocalíptico» está íntimamente ligado a la historia de Israel y a los deseos de liberación que se van formando en el pueblo en general, y en especial en algunos grupos de piadosos, que se destacan de la masa por su conocimiento de las Escritura, por su observancia de la Ley o por su piedad en general. La apocalíptica tiene, pues, que ver con las esperanzas nacionales de salvación y con el concepto de «mesianismo» que poco a poco se va generando en Israel —en especial a partir de los siglos III y II a. de C.— y que luego heredarán los cristianos.
Desde el siglo VIII a. de C. el pueblo judío —formado por doce tribus que se habían ido asentando paulatinamente en el territorio de Israel/Palestina desde el siglo XII a. de C.— fue objeto de codicia y de ataques por monarquías o imperios exteriores, que fueron minando su existencia como pueblo independiente. El primer gran fracaso nacional, producto de estos ataques, fue la aniquilación de todas las tribus del norte junto con la caída de la capital, Samaria, en el 722 a. de C., tras el asedio del monarca asirio Salmanasar, y la consiguiente deportación de una buena parte del pueblo, que dejó muy desprotegido el territorio norte de Israel. Quedaron en el sur, con capital en Jerusalén, solo tres tribus: la de Judá, y la de José/Benjamín.
Pero en el siglo VI a. de C. ese resto de Israel es zarandeado por el Imperio babilónico, con su rey Nabucodonosor a la cabeza. Tras una serie de avatares, la historia concluye de un modo parecido a la del Reino del Norte. Después de varios asedios, Jerusalén cae definitivamente en manos de los babilonios: el Templo, llamado de Salomón, es destruido, y lo mejor de la población es deportada en dos tiempos a Babilonia (587 a. de C.). Se produce de nuevo un cierto vacío no solo de poder, sino de los estratos superiores de la población que se rellena con gente de otras procedencias.
El exilio en Babilonia no dura mucho, en realidad hasta la época del rey Darío I (521 a. de C.), poco menos de 70 años. Tras ese tiempo, parte de los deportados vuelve a Israel y reorganiza el Estado, no sin violencia contra los que se habían quedado. Es en ese momento cuando se reescriben, organizan y se editan las antiguas Escrituras sagradas y se recogen tanto los oráculos de los profetas como las historias de la monarquía en Israel y las narraciones sobre el comportamiento del pueblo. Pero tras el exilio Israel no es libre en realidad: durante doscientos años formará parte del Imperio persa, y bajo esa dominación es cuando el pueblo judío, y algunos grupos, comienzan a añorar el cumplimiento de la promesa de Dios a su rey amado David: «Nunca faltará sobre el trono de Israel un descendiente de esa estirpe: Yo consolidaré el trono de tu realeza… Tu casa y tu trono permanecerán siempre ante mí…» (2 Samuel 7, 12-16). Pero la realidad es muy otra: el pueblo siente la opresión política y religiosa; no se cumple la promesa divina al patriarca David; piensa que el dominio extranjero no es ayuda ninguna para cumplir la ley otorgada por Dios al pueblo; Israel no puede desarrollar su propia personalidad y no puede tener una constitución basada exclusivamente en la ley divina; la tierra de Yahvé no es en realidad propiedad de Dios (simbolizado en su pueblo elegido), sino de los monarcas extranjeros… Como Israel es tan pequeño y con tan pocas fuerzas, es absolutamente necesario que Dios intervenga para solucionar esta lamentable situación.
A pesar de estos deseos, por desgracia no había visos de solución. Tras las victoriosas campañas de Alejandro Magno, el poder mundial cambió. Ya no mandaban los persas sobre el Oriente Medio, sino los monarcas griegos, sucesores de Alejandro. Israel no quedó liberado del yugo extranjero, sino que pasó a poder de los reyes de Egipto, los Ptolomeos griegos, y —tras unos cien años, más o menos— cayó en manos de los monarcas seléucidas, también griegos, sucesores de Alejandro Magno en el Oriente Medio.
Bajo el dominio de estos reyes la situación de opresión política y espiritual empeoró muchísimo. Tanto que uno de esos reyes, Antíoco IV Epífanes, apoyado ciertamente en el interior del país judío por aristócratas israelitas, pretendió que Israel dejara de ser Israel y se convirtiera en un pueblo helenizado, como los demás del reino. Para ello tenía que cambiar su religión, sus costumbres e incluso su Dios. Yahvé había de ser sustituido por Zeus.
Estalló entonces la rebelión de los Macabeos, que se opuso a todas estas pretensiones de poder extranjero y de helenización por la fuerza. Pero ocurrió que, bajo estos monarcas, los sucesores de Judas Macabeo, judíos de pura cepa, la situación política y espiritual no mejoró. Con el paso de los años, los más piadosos del pueblo cayeron en la cuenta de que todo había sido un espejismo: Israel seguía espiritualmente tan mal como siempre; los reyes se comportaban en el fondo como déspotas extranjeros; la ley divina seguía sin cumplirse en su totalidad; más que nunca era necesaria la intervención de Dios para que toda la situación se enderezara. Es en esta época cuando se conformaron con mayor viveza las esperanzas claramente mesiánicas en un mundo mejor para Israel.
Hasta el momento la figura del Mesías como tal no había ocupado un espacio grande en la mentalidad del pueblo, como se desprende de las pocas menciones al Mesías en escritos de esos años. Pero, desde estos momentos de rápida evolución espiritual a finales del siglo II a. de C. y durante el siglo I a. de C., el Mesías y las esperanzas de renovación y bienaventuranza que este habría de aportar empezaron a ser fundamentales en el pensamiento religioso de la mayoría de la población. El pueblo creía cada vez más en ellas, y nuevos escritos espirituales reflexionaban sobre la figura del Mesías y la extendían sobre el pueblo.
El colmo del sentimiento de opresión política y religiosa llega con el dominio de los romanos, a pesar de que estos, en líneas generales, eran tolerantes en materias de religión. Este dominio romano se había sentido como latente detrás de la figura de los últimos monarcas macabeos, pues Roma se había ido haciendo poderosísima en el Mediterráneo desde el siglo III a. de C. e intervenía indirectamente en el país. Y fue en el 60 a. de C. cuando Pompeyo Magno, llamado por los judíos mismos para dirimir disputas domésticas sobre el trono, entró en Jerusalén, pisó los ámbitos prohibidos del Templo y desde ese momento, hasta pasados muchos siglos, la huella de la bota romana no dejó nunca de sentirse en Israel.
En esos momentos se enardeció la antigua esperanza de la salvación nacional y del dominio final de Israel sobre todas las potencias del mundo: los enemigos del pueblo serían aniquilados por la divinidad; los habitantes de Israel serían purificados por Dios; a Israel le aguardaba un futuro glorioso. Si este mundo era una injusticia viviente, el mundo por venir se vería libre de Satanás y sus satélites, todo Israel —y el universo entero— quedarían bajo el dominio de Dios; en ese mundo futuro dichoso e ideal prevalecerían la justicia y la felicidad de los justos, naturalmente judíos.
En este ambiente de exaltación nacional y religiosa, pleno de una tensa espera en un mundo mejor, se criaron los autores de los apocalipsis, tanto judíos como judeocristianos.
 
Antonio Piñero
Los apocalipsis (Jerusalem), página 12
 
 
¿Quiénes están detrás realmente de los escritos apocalípticos?
 
En realidad, no lo sabemos: no conocemos a ninguno de sus autores, salvo a Pablo de Tarso. Ni siquiera sabemos con exactitud quién era ese misterioso Juan —desde luego no el apóstol, el hijo del Zebedeo, compañero directo de Jesús— que «firma» el Apocalipsis, ya que este escrito se compuso hacia el 96 d. de C., y hacía muchos años que el primer Juan, el Zebedeo, había muerto. Desde luego, el grupo de autores apocalípticos no formó secta ninguna en Israel, como pudieron ser los esenios, los fariseos, los saduceos o los zelotas. Si de alguno de estos grupos están cerca los autores es del de los esenios, con quienes comparten ese dualismo esencial entre el Bien y el Mal, entre este mundo perverso y el futuro dichoso por venir, ese amor extremado por la Ley y la voluntad divinas, y esa creencia acendrada en un final casi inmediato del mundo. Pero también otros grupos judíos podían participar más o menos de tales creencias. Estos misteriosos autores proceden probablemente del conjunto amplio y poco preciso denominado los «piadosos de Israel», que se formó como una suerte de grupo heterogéneo hacia principios del siglo II a. de C., y que constituyó el núcleo popular de la resistencia espiritual y material de los Macabeos contra la influencia del pensamiento griego en Israel. Sus miembros quizá fueran el germen tanto de los esenios, por un lado, como de los fariseos por otro, pero como grupo o secta concreta los apocalípticos no existieron nunca. Son un ejército de autores anónimos que ante todo persiguieron la pureza y la fidelidad de Israel a su pasado. Los cristianismos apocalípticos, con Jesús de Nazaret y luego Pablo de Tarso a la cabeza (véanse los capítulos 20 y 21 de la presente obra), son herederos de estos judíos fieles; solo que, a diferencia de la mayoría, creían que el Mesías de Israel había llegado ya, y que ellos —y solo ellos— formaban el Israel restaurado y renovado del final de los tiempos. Pero en lo demás sus creencias eran sensiblemente iguales a las de los grupos de «piadosos». En la formación de estas creencias apocalípticas los expertos han creído ver influencias del pensamiento religioso de fuera de Israel. Algo aparentemente extraño en gentes tan puristas. Pero es así. Desde luego las ideas sobre la inmortalidad del alma, la existencia de otra vida, la resurrección y los premios y castigos en un mundo no situado en la tierra no son ideas judías originarias y no existían entre el pueblo israelita en el siglo IV a. de C.; eran productos genuinos de la religiosidad y de la mística griega desde hacía siglos que se extendieron fuera de Grecia y que habían sido asimilados por el judaísmo desde la época de la invasión silenciosa en el Oriente del pensamiento helénico tras la muerte de Alejandro Magno. Otros estudiosos han visto en las concepciones dualistas de estos personajes apocalípticos —la confrontación de las dos edades de la historia; el determinismo férreo por el que el Espíritu del Bien, Dios, controla esa historia— ideas tomadas y asimiladas de la prestigiosa religión de los magos irano-persas. Esto último no es seguro, a pesar de que Israel había estado más de doscientos años bajo dominio persa, pero lo que sí parece cierto es que estos autores apocalípticos, tan misteriosos, que supieron esconder su verdadera personalidad tras atribuciones falsas de sus obras a otras personalidades, a pesar de que creyeron ser quizá los sucesores de los gloriosos profetas de Israel, han influido enormemente en el pensamiento religioso de la cristiandad hasta hoy día,
 
Antonio Piñero
Los apocalipsis (Jerusalem), página 16
 
 
PRIMER LIBRO DE LOS VIAJES
CELESTES DE HENOC
 
1 Henoc 17, 1-19, 16
 
Me llevaron (los ángeles) a un lugar donde los que están son como fuego abrasador, y cuando quieren se aparecen como hombres. Y me condujeron a un lugar tormentoso, a un monte cuya cima llega hasta el cielo. Vi los lugares de las luces y los truenos en los confines, en el fondo, donde está el arco de fuego, las flechas y sus aljabas, la espada ígnea y todos los relámpagos. Me llevaron hasta las aguas de la vida y hasta el fuego de occidente, que recibe cada puesta de sol. Llegué hasta un río ígneo, cuyo fuego fluye como agua y que desemboca en el gran mar situado a poniente. Vi grandes ríos, llegué a la gran tiniebla y anduve por donde ningún mortal va. Vi los montes de la tiniebla invernal y el desagüe del agua de todo el abismo. Vi las bocas de todos los ríos de la tierra y la boca del abismo.
 
Vi las cámaras de todos los vientos y cómo con ellas adornó Dios a toda la creación; vi los fundamentos de la tierra. Vi la piedra angular de ella, los cuatro vientos que la sostienen y el fundamento del cielo. Vi cómo los vientos extienden la bóveda celeste y están entre el cielo y la tierra; estos son los pilares del cielo… Marché hacia el sur y vi el lugar que arde día y noche, donde están los siete montes de piedras preciosas, tres hacia oriente y tres hacia el sur. De los que están hacia el oriente, uno es de piedra coloreada, otro de perlas, otro de antimonio […]. Vi una profunda sima de la tierra con columnas descendentes de fuego celeste de infinita altura y profundidad. Sobre aquella sima vi un lugar sobre el que no había firmamento, ni bajo él fundamento de tierra, ni agua, ni aves, sino que era un lugar desértico y terrible. Allí vi siete estrellas como grandes montes envueltos en llamas. Pregunté acerca de ellas y me dijo el ángel (Uriel):
 
—Este es el lugar donde acaban los cielos y la tierra, el cual sirve de cárcel a los astros y potencias del cielo. Los astros que se retuercen en el fuego son los que han transgredido lo ordenado por Dios antes de su orto, no saliendo a su tiempo. Dios se ha enojado con ellos y los ha encarcelado hasta que expíen su culpa en el año de misterio.
 
Antonio Piñero
Los apocalipsis (Jerusalem), página 22
 
 
 
LIBRO DEL CURSO
DE LAS LUMINARIAS CELESTES
 
1 Henoc 72, 1-81, 4
 
Vi cada una de estas luminarias cómo es según sus clases, ascendiente tiempo, nombres, ortos y meses, tal como me mostró Uriel, el guía, el santo ángel que estaba conmigo, y toda su descripción como él me enseñó según cada año del mundo, hasta la eternidad, hasta que se haga una nueva creación que dure para siempre […].
 
—Ahora, hijo mío, te he mostrado todo y ha terminado la disposición de todos los astros de los cielos.
 
Y me enseñó toda la disposición de estos cada día y en todo momento, junto con la mengua de la luna que tiene lugar en la sexta puerta, pues en esta es plena la luz y desde ella es el principio de su mengua. También me mostró su disminución, que se efectúa en la primera puerta a su tiempo, hasta cumplirse ciento setenta y siete días, es decir, en el cómputo de semanas, veinticinco semanas y dos días. Y cómo se retrasa respecto al sol, según la disposición de los astros, cinco días exactamente en un periodo de tiempo, y cómo se cumple esta posición que ves. Esta es la figura y modelo de toda la luz que me mostró Uriel, el gran ángel, que es el guía.
 
Maldición divina sobre los impíos
En aquellos días me dirigió la palabra Uriel y me dijo:
 
—Todo te lo he mostrado, Henoc, y todo te lo he revelado, para que vieras este sol, esta luna y a los que guían las estrellas del cielo, y a todos los que las cambian, su acción, tiempo y salida. En los días de los pecadores los años serán cortos y la semilla en sus predios y tierras será tardía; todas las cosas en la tierra se transformarán y no aparecerán en su tiempo: la lluvia será negada y el cielo la retendrá. Entonces el fruto de la tierra será tardío, no brotará a su tiempo, y el fruto de los árboles se retraerá de sazón. La luna cambiará su régimen y no se mostrará a su tiempo […]; muchos astros principales violarán la norma, cambiarán sus caminos y acción, no apareciendo en los momentos que tienen delimitados. Toda la disposición de los astros se cerrará a los pecadores, y las conjeturas sobre ellos de los que moran en la tierra errarán al cambiar todos sus caminos, equivocándose y teniéndolos por dioses. Mucho será el mal sobre ellos, y el castigo les llegará para aniquilarlos a todos.
 
Me dijo también:
 
—Mira, Henoc, las tablas celestiales, y lee lo que está escrito en ellas, entérate de cada cosa.
 
Miré las tablas celestiales, leí todo lo escrito y supe todo; y leí el libro de las acciones de los hombres y todos los seres carnales que hay sobre la tierra, hasta la eternidad […]. Exclamé y dije: «Bienaventurado el hombre que muere justo y bueno, sin que le haya sido adscrita ninguna iniquidad ni se la encuentre en el día del juicio».
 
Antonio Piñero
Los apocalipsis (Jerusalem), página 23
 
 
APOCALIPSIS DE LAS DIEZ SEMANAS DEL MUNDO
1 Henoc 93, 1-14 y 91, 12-17
 
Después comenzó Henoc a hablar sobre los libros. Dijo Henoc:
 
—Sobre los justos, los elegidos del mundo y el retoño recto, yo, Henoc, os hablaré y sobre ellos os haré saber, hijos míos, según lo que se me mostró en visión celestial y supe de palabra de los santos ángeles, y comprendí por las tablas celestiales.
 
Comenzó, pues, Henoc a hablar de los libros y dijo:
 
—Yo nací el séptimo en la primera semana, cuando el juicio y la justicia aún duraban. Tras mí surgirá en la segunda semana una gran maldad y brotará la mentira; habrá un primer final y entonces se salvará un hombre; tras cumplirse esto crecerá la iniquidad y habrá una ley para los pecadores. Después, en la tercera semana, en su final, será elegido un hombre como vástago del justo juicio, y tras él surgirá el vástago justo por siempre. Tras esto, en la cuarta semana, en su final, tendrán lugar las visiones de los santos y los justos, y se les dará una ley, un cercado para todas las generaciones. Luego, en la quinta semana, al concluir, se alzará eternamente la casa gloriosa y real. Luego, en la sexta semana, todos los que vivan en ella serán ciegos y todos sus corazones caerán en la impiedad, apartándose de la sabiduría. En ella subirá un hombre, y en su final arderá en llamas la casa del reino, y en ella se dispersará todo el linaje de la raíz escogida. Luego, en la séptima semana, surgirá una generación malvada cuyos actos serán muchos, todos ellos malignos.
 
»Al concluir serán elegidos los justos escogidos de la planta eterna y justa, los cuales recibirán sabiduría septuplicada sobre toda su creación. Pues ¿quién hay entre los hijos de los hombres que pueda oír la voz del Santo sin estremecerse? ¿Quién puede pensar como Él? ¿Quién puede contemplar toda la obra celestial? ¿Quién hay que pueda comprender la obra del cielo y ver el alma y el espíritu, que pueda hablar o subir y ver sus fines y comprenderlos, o hacer algo semejante? ¿Qué hombre hay que pueda conocer el ancho y la largura de la tierra y a quien se hayan mostrado todas sus medidas? O ¿es que hay quien sepa lo largo del cielo, cuál es su altura y en qué está fijado, y cuál es el número de las estrellas y dónde descansan todas las luminarias?
 
»Después habrá otra semana justa, la octava, a la que se dará una espada para ejecutar una recta sentencia contra los violentos y en la que los pecadores serán entregados en manos de los justos. Al concluir adquirirán casas por su justicia. Se construirá una casa para el Gran Rey para siempre.
 
El fin del mundo
»Luego, en la semana novena, se revelará el justo juicio a todo el mundo, y todas las acciones de los impíos desaparecerán sobre la tierra, y el mundo será asignado a eterna ruina, pues todos los hombres mirarán hacia caminos de rectitud. Luego, en la décima semana, en la séptima parte, será el gran juicio eterno, en el que tomará Dios venganza de los Vigilantes. El primer cielo saldrá, desaparecerá y aparecerá un nuevo cielo, y todas las potestades del cielo brillarán eternamente siete veces más. Después habrá muchas semanas innumerables, eternas, en bondad y justicia, y ya no se mencionará el pecado por toda la eternidad.
 
(Traducción del griego y del etíope clásico de Federico Corriente y de Antonio Piñero, Apócrifos del Antiguo Testamento, vol. IV, pp. 39-157)
 
Antonio Piñero
Los apocalipsis (Jerusalem), página 25
 
 
La base del Libro de los secretos de Henoc fue compuesta muy probablemente hacia finales del siglo I de nuestra era, mientras que el Apocalipsis hebreo de Henoc debió gestarse entre los siglos V y VI d. de C.
 
Antonio Piñero
Los apocalipsis (Jerusalem), página 27
 
 
 
LIBRO DE LOS SECRETOS DE HENOC
 
La visión angélica (1, 1-10)
 
En aquel tiempo dijo Henoc: «Al llegar a los ciento sesenta y cinco años engendré a mi hijo Matusalén y después viví doscientos años más hasta cumplir los trescientos sesenta y cinco. En el mes primero, en el día designado del primer mes, en el primer día, me encontraba yo solo en casa y descansaba en mi lecho, durmiendo. Y durante el sueño invadió mi corazón una gran pena hasta el punto de que exclamé llorando a lágrima viva: “¿Qué querrá decir esto?”. En ese momento se aparecieron dos varones de una estatura descomunal, tal como no había tenido ocasión de ver sobre la tierra. Su faz era como un sol refulgente, sus ojos semejaban antorchas ardiendo y de sus labios salía fuego […] y poniéndose a mi cabecera me llamaron por mi nombre. Desperté de mi sueño y vi claramente a aquellos dos varones que estaban a mi lado […]. Me dijeron:
 
—Henoc, ten ánimo en verdad y no te asustes, pues el Señor eterno nos ha enviado a ti. Sábete que hoy vas a subir al cielo con nosotros. Comunica, pues, a tus hijos y a todos tus domésticos lo que tengan que hacer aquí abajo con tu hacienda mientras tú estés ausente. Y que nadie te busque hasta que el Señor te restituya a los tuyos […].
 
Ascensión al tercer cielo (5, 1-13)
 
Entonces los hombres me sacaron del segundo cielo y me llevaron al tercero, colocándome en medio del paraíso. Es este un lugar de bondad incomprensible, en el que pude ver toda clase de árboles en pleno florecimiento, cuyos frutos estaban en sazón y olían agradablemente. Vi asimismo alimentos de toda especie que habían sido traídos allí y que despedían al hervir un aroma suavísimo. Y en el centro se encontraba el árbol de la vida, precisamente en el mismo lugar en el que suele reposar el Señor cuando sube al paraíso. Este árbol, indescriptible tanto por su calidad como por la suavidad de su aroma, es de una hermosura superior a todas las cosas existentes. Por cualquier lado que se lo mire tiene un aspecto como de color rojo y gualda, parece como de fuego y cubre todo el paraíso; participa de todos los demás árboles y de todos los frutos y tiene raíces dentro del paraíso, a la salida de la tierra.
 
El paraíso está situado entre la corrupción y la incorrupción. Allí brotan dos fuentes: de una mana leche y miel; de la otra, vino y aceite, formando cuatro caudales que discurren plácidamente alrededor del paraíso, y salen al jardín del Edén entre la corrupción y la incorrupción. Desde allí siguen su curso dividiéndose en cuarenta brazos, atravesando palmo a palmo la tierra y observando la evolución de su ciclo como los demás elementos de la atmósfera. Allí no hay trazas de árboles estériles, sino que todos y cada uno producen frutos sazonados y es un lugar de bendición. De la vigilancia del paraíso están encargados trescientos ángeles, brillantes en extremo, que con voz incesante y canto agradable sirven al Señor todos los días. Y exclamé:
 
—¡Qué bueno es este lugar!
 
A lo que los dos hombres repusieron:
 
—Este lugar, Henoc, está reservado a los justos que estén dispuestos a soportar toda clase de calamidades en su vida y mortifiquen sus almas y cierren sus ojos a la injusticia y hagan un juicio equitativo, dando pan al hambriento, vistiendo al desnudo, levantando a los caídos y ayudando a los huérfanos y ofendidos; a los que caminan sin mácula ante la faz del Señor y a él solo sirvan. A todos estos está reservado este lugar como herencia sempiterna.
 
Entonces me llevaron aquellos hombres a la región boreal y me mostraron un lugar terrible, donde se dan cita toda clase de tormentos: tiniebla impenetrable y niebla opaca sin un rayo de luz, un fuego oscuro que se inflama continuamente y un torrente de fuego que cruza por doquier, fuego por una parte y hielo por otra, quemando y helando a la vez. Las cárceles son de espanto, y sus guardianes, brutales e implacables, llevan armas crueles y torturan sin compasión. Entonces exclamé:
 
—¡Ay de mí! ¡Qué lugar este tan terrible!
 
A lo que aquellos hombres respondieron:
 
—Este lugar está preparado, Henoc, para los que no veneran a Dios y cometen perversidades en la tierra, como embrujos, conjuros y encantamientos por malos espíritus; a los que se ufanan de sus propias fechorías; a los que asaltan a los hombres a escondidas, oprimiendo a los pobres y sustrayéndoles sus pertenencias; a los que se enriquecen a sí mismos a costa de aquellos a quienes humillan; a los que teniendo posibilidad de saciar a los hambrientos los matan de hambre; a los que pudiendo vestir al desnudo lo despojan en su misma desnudez; y finalmente a los que, lejos de reconocer a su Creador, adoran a dioses fatuos y sin alma, forjando ídolos y adorando la obra abominable de sus manos. A estos les está reservado este lugar como herencia perpetua […].
 
El séptimo cielo (9, 1-10, 9)
 
Entonces me levantaron de allí aquellos hombres y me llevaron al séptimo cielo. Allí percibí una gran luz y vi todas las grandes milicias de fuego formadas por los arcángeles y los seres incorpóreos: virtudes, dominaciones, principados, potestades, querubines […].
 
Y me mostraron desde lejos al Señor sentado en su altísimo trono. Y vi cómo los ejércitos celestiales, después de entrar, se iban colocando en diez gradas según su categoría y adoraban al Señor, retirándose después a sus puestos contentos y alegres, en una luz inmensa y cantando himnos con voz queda y suave. Pero los gloriosos que están a su servicio no se retiran ni de noche ni de día.
 
Cuando hube presenciado estas cosas, me dijeron los dos varones:
 
—Hasta aquí teníamos órdenes de acompañarte.
 
Luego se separaron de mí y no he vuelto a verlos. Así pues, me quedé solo en los confines del cielo, y lleno de angustia caí sobre mi rostro y me dije a mí mismo: «¡Ay de mí! ¿Qué es lo que me acaba de suceder?». Entonces envió Dios a uno de sus gloriosos arcángeles, Gabriel, que me dijo:
 
—Ten ánimo, Henoc, y no temas. Levántate y ven conmigo para permanecer ante la faz del Señor para siempre.
 
Entonces me tomó Gabriel como si fuera una hoja llevada por el viento, me levantó en vilo y me colocó ante la faz del Señor. Y lo vi cara a cara: su faz irradiaba poder y gloria, era admirable y terrible… ¿Quién soy yo para describirlo? […].
 
Entonces dijo el Señor a Miguel:
 
—Acércate y despoja a Henoc de sus vestiduras terrenales, úngelo con mi buen aceite y vístelo con mis vestiduras de gloria […].
 
Llamó entonces el Señor a uno de sus arcángeles, por nombre Vevroil, más ágil en sabiduría que todos los demás arcángeles y encargado de consignar por escrito todas las obras del Señor. Dijo este a Vevroil:
 
—Saca los libros de mis archivos, entrega una pluma a Henoc y díctale los libros.
 
Vevroil se dio prisa y me trajo los libros, excelentes por su aroma de mirra, y me entregó de su propia mano la pluma de taquígrafo. Luego fue recitando todas las obras del cielo, de la tierra y de todos los elementos […]; las vidas de los hombres, los mandamientos y enseñanzas […]. Y cuando al cabo de treinta días y treinta noches terminé, me dijo Vevroil:
 
—Esto era lo que tenía que contarte y tú lo has consignado por escrito. Siéntate y haz un registro de todas las almas humanas, incluso de las que no han nacido, y de los lugares que les están preparados desde siempre, ya que todas las almas están predestinadas antes de que fuera hecha la tierra.
 
Y me estuve sentado el doble de treinta días y treinta noches y apunté exactamente todo, llegando a escribir trescientos sesenta y seis libros […].
 
(Traducción del búlgaro medieval
 
de Aurelio de Santos Otero,
 
Apócrifos del Antiguo Testamento, vol. IV, pp. 161-203)
 
Antonio Piñero
Los apocalipsis (Jerusalem), página 28
 
 
 
APOCALIPSIS HEBREO DE HENOC
 
Este apocalipsis es denominado también Libro hebreo de Henoc o Libro Tercero de Henoc. El texto, sin embargo, se denominaba antiguamente «Libro de los palacios», título que hace referencia, dentro de la literatura de los rabinos antiguos, a las especulaciones sobre las moradas, o palacios, de Yahvé y la gloria del carro/trono sobre el que está sentado. Este apocalipsis es anónimo y tardío; fue compuesto en torno a los siglos V o VI de nuestra era, aunque todos los estudiosos están de acuerdo en que su desconocido autor utilizó materiales judíos muy antiguos, en torno a los siglos II o III d. de C. El texto trata cómo Rabí Yismael asciende al cielo para contemplar el trono de Dios. Allí un ángel llamado Metatrón (vocablo griego: «El que está detrás del trono») se hace cargo de él. Posteriormente se descubre que Metatrón es Henoc, que tras su ascenso al cielo fue transformado por la divinidad en este personaje angélico. Luego este espíritu informa al rabino sobre la organización y actividades del mundo celestial, particularmente todo lo que afecta a los ángeles y a lo que rodea al trono de Dios. Después Metatrón acompaña al rabino en un viaje celeste donde se le revelan abundantes secretos y en especial el significado de los nombres divinos. Este apocalipsis representa uno de los primeros momentos de misticismo y especulaciones judías que a partir del siglo X/XI acabarán en un sistema compacto de esoterismo místico que conocemos como la Cábala.
 
Rabí Yismael asciende al cielo (1, 1-12)
 
Dijo R. Yismael: Cuando ascendí a lo alto para contemplar la visión del carro/trono (merkabah), fui introducido en los seis palacios que están uno dentro del otro; tan pronto como alcancé la puerta del séptimo palacio, comencé a orar ante el Santo, bendito sea, y dirigiendo hacia arriba la mirada, dije: «Señor del mundo, te ruego que en esta hora hagas válido para mí el mérito de Aarón ben Amram, que amaba la paz y perseguía la paz, el cual recibió de tu gloria la corona del sacerdocio en el monte Sinaí para que Quesfiel, el príncipe (guardián del séptimo palacio) y los ángeles que están con él no me arrojen de los cielos». Inmediatamente me asignó el Santo, bendito sea, a Metatrón su siervo, el ángel, el príncipe de la Presencia (divina), el cual extendió sus alas y con gran alegría salió a mi encuentro para librarme del poder de aquellos. Ante sus propios ojos me tomó de la mano y me dijo:
 
—Entra en paz ante el rey altísimo y excelso para contemplar la imagen de su trono.
 
Entonces penetré en el séptimo palacio y él me condujo al campamento de la Presencia gloriosa y me colocó ante el Santo, bendito sea, para contemplar el trono.
 
En cuanto me divisaron, los príncipes del trono y los llameantes serafines fijaron su mirada en mí. A causa del aspecto fulgurante de sus ojos […] fui presa de temblores y estremecimientos, perdí el equilibrio y quedé aletargado hasta que el Santo […] dijo:
 
—Siervos míos […], velad vuestros ojos ante Yismael, mi hijo, mi amado y mi gloria, para que deje de temblar y estremecerse…
 
Pasada una hora, el Santo abrió para mí las puertas de la Presencia gloriosa, las puertas de la paz, de la sabiduría, las de la fuerza, las del poder, del lenguaje, las de la poesía, las puertas de la santidad y las del cántico. Iluminó mis ojos y mi corazón con expresiones de salmo, loa, júbilo, acción de gracias, cántico y glorificación, himno y proclamación del poder de Dios. Cuando abrí la boca y entoné un cántico de alabanza ante el Santo, bendito sea, respondieron a continuación los Vivientes, que están por debajo y por encima del trono de la gloria, diciendo:
 
—Santo, santo, santo, bendita sea la gloria de Yahvé desde su lugar.
 
Querubiel, príncipe de los querubines. Descripción de estos (22, 1-16)
 
Dijo R. Yismael: Me dijo Metatrón, el ángel, el príncipe de la presencia:
 
—Superior a ellas hay un príncipe noble, maravilloso, fuerte y alabado con toda clase de alabanza. Su nombre es Querubiel Yahvé, un poderoso príncipe lleno de fuerza y de potestad. Ante su cólera tiembla el orbe, ante su ira se conmueven los campamentos. Su cuerpo en toda su extensión está lleno de brasas; su estatura es como la altura de los siete cielos; su anchura como la anchura de los siete cielos, y su volumen como el volumen de los siete cielos. La abertura de su boca es como una antorcha ígnea […]. Sobre su cabeza hay una corona de santidad en la que está grabado el nombre inefable (de Dios) y de la cual surgen relámpagos, y el arco de la Presencia gloriosa está sobre sus hombros. Su espada ceñida a sus lomos, flechas como el rayo al cinto, un escudo de fuego devorador al cuello […]. Su cuerpo está lleno de ojos […].
 
¿Por qué se llama Querubiel Yahvé? Porque es el encargado del carro de los querubines […]. Él adorna las coronas de sus cabezas […], hermosea el ornato de su agradable encanto y embellece su magnánima belleza.
 
Los querubines están en pie junto a los santos Vivientes. Sus alas llegan hasta sus cabezas. La Presencia gloriosa reposa sobre ellos y el resplandor de su gloria sobre sus rostros. La Presencia gloriosa reposa sobre ellos, piedras de zafiro los rodean […]. Las alas de los querubines se rodean la una a la otra, y ellos las despliegan para entonar con ellas un cántico en honor del Habitante de las nubes y rendir con ellas un homenaje al Rey de reyes.
 
R. Yismael ve los acontecimientos pasados y futuros (45, 1-6)
 
Dijo R. Yismael: Me dijo Metatrón:
 
—Ven y te mostraré la cortina del Omnipresente que se extiende ante el Santo, bendito sea, en la que están grabadas todas las generaciones del mundo y todas sus obras, tanto las que se realizaron como las que se realizarán hasta el fin de todas las generaciones.
 
Fue y me indicó con los dedos, como un Padre enseña a su hijo las letras de la Ley. Vi cada generación y los gobernantes de cada generación, los pastores de cada generación, los guardianes de cada generación, los opresores de cada generación […]. Vi a Adán y su generación, sus obras y pensamientos; a Noé y su generación, sus obras y pensamientos; a la generación del diluvio, sus obras y pensamientos; a Sem y su generación, sus obras y pensamientos […].
 
Vi también todos los combates y guerras que llevaron a cabo las naciones del mundo contra el pueblo de Israel durante su reino. Vi al Mesías, hijo de José, y su generación, sus obras y sus hechos, que ellos realizarán contra las naciones del mundo. Vi al Mesías, hijo de David, y su generación y todos los combates y guerras, las obras y los hechos que realizarán con Israel, ya para bien ya para mal. Vi todos los combates y guerras que Gog y Magog librarán en los días del Mesías, y todo lo que el Santo, bendito sea, hará con ellos en el tiempo venidero.
 
Vi a todos los restantes dirigentes de las generaciones y todas las obras de las generaciones, tanto en Israel como en las naciones del mundo, tanto las que hicieron como las que harán en el futuro, hasta el final del tiempo: todo lo que está grabado en la cortina del Omnipresente.
 
Todos los tesoros de la sabiduría de Moisés fueron transmitidos por Metatrón (48D 1, 6-10)
 
Setenta nombres tiene Metatrón, los cuales tomó el Santo, bendito sea, de su propio nombre y se los puso a él […]. Estos nombres son un reflejo de los nombres inefables que están en el trono/carro, grabados sobre el trono de gloria […], veintidós letras que están en el anillo de su dedo con el que están sellados los destinos de los príncipes de los cielos […] y los destinos de cada nación y lengua.
 
Dijo Metatrón:
 
—Yahvé, el Dios de Israel, es mi testigo en este asunto: cuando revelé todos los secretos a Moisés (en el monte Sinaí), se irritaron contra mí las huestes todas de cada cielo en lo alto y me dijeron: «¿Por qué has revelado ese secreto a un hijo de hombre, nacido de mujer, corrompido e impuro, poseedor de una gota putrefacta? El secreto por el cual fueron creados cielo y tierra, mar y tierra seca, montañas y colinas […]. Pero no se tranquilizaron hasta que el Santo, bendito sea, los reprendió y los hizo salir con una amonestación de su presencia. Les dijo: «Yo me complací, deseé, confié y encargué a Metatrón, mi siervo, solamente; porque él es único entre todos los seres celestiales».
 
(Traducción del hebreo de Ángeles Navarro Peiro, Apócrifos del Antiguo Testamento, vol. IV, pp. 221-293)
 
Antonio Piñero
Los apocalipsis (Jerusalem), página 34
 
 
Apocalipsis de Abraham
 
Antonio Piñero
Los apocalipsis (Jerusalem), página 6
 
 
Apocalipsis de Elías
 
La venida del Impío o Anticristo (2, 38-3, 18)
 
» He aquí, pues, sus señales, que os voy a decir para que lo reconozcáis: Es un joven pequeño y de piernas delgadas, con un mechón de cabello blanco en la parte delantera de su cabeza; es calvo, sus cejas llegan hasta sus orejas y hay una costra de lepra en sus manos.
 
» Se transformará delante de quienes lo miren: se convertirá en un niño o en un anciano; podrá adoptar todas las señales, pero no podrán cambiar los rasgos de su cabeza. En esto reconoceréis que él es el Hijo de la Iniquidad.
 
Antonio Piñero
Los apocalipsis (Jerusalem), página 51
 
Apocalipsis de Elías
 
Aniquilación del mundo y de los pecadores (5, 7-14)
 
» Aquel día, pues, la tierra se conmoverá, el sol se volverá tiniebla; la paz será retirada de la tierra. Los pájaros caerán muertos sobre la tierra; esta se secará y las aguas del mar desaparecerán.
 
» Los pecadores gemirán sobre la tierra, diciendo: “¿Qué nos has hecho, Hijo de la Iniquidad, al decirnos: ‘Yo soy el Cristo’, siendo tú el Diablo? No tienes poder para salvarte con el fin de salvarnos a nosotros. Has realizado signos ante nosotros hasta hacernos extraños al Cristo que nos ha creado. ¡Ay de nosotros, porque te hemos obedecido! He aquí que ahora vamos a morir de hambre. ¿Dónde está ahora la huella de un justo al que supliquemos? ¿O dónde está quien nos enseñe para que lo llamemos? He aquí que vamos a ser aniquilados en la cólera, porque nos hemos hecho desobedientes a Dios. Hemos ido a las profundidades del mar y no hemos encontrado agua. Hemos cavado en los ríos dieciséis codos y no hemos encontrado agua”.
 
Antonio Piñero
Los apocalipsis (Jerusalem), página 52
 
 
Primer Apocalipsis de Baruc (Siríaco)
 
 
Plegaria de Baruc y anuncio de doce plagas: 21, 1-30, 5
Me marché de allí, me senté junto al torrente Cedrón […]. Al ponerse el sol, mi alma tuvo muchos pensamientos y comencé a hablar ante el Poderoso, diciendo:
 
—Tú que hiciste la tierra, escúchame […]. ¿De qué sirve la fuerza que se convierte en debilidad, el alimento que sacia pero se vuelve hambre y la belleza que se convierte en fealdad? […]. ¿Hasta cuándo durará el tiempo de los que pasan por el mundo mancillándolo con tanta impiedad? […]. ¡Muestra ahora rápidamente tu gloria y no retrases nada de lo que prometiste!
 
Ocurrió que, tras esto, se abrieron los cielos y tuve una visión. Se me dio fuerza y se oyó una voz de lo alto que me decía:
 
—¡Baruc, Baruc! ¿Por qué te conmueves por lo que no conoces? ¿Por qué te agitas por causa de aquello de lo cual no estás convencido? Igual que no me olvido de los hombres que existen y de los que pasaron, del mismo modo me acuerdo de los futuros y de los que han de venir […]. Tienes que escuchar lo que ha de venir después de estos tiempos. En verdad, mi salvación está cerca: ha de venir y no está lejos como antaño.
 
He aquí que vienen días en los que se abrirán los libros en los que están escritos los pecados de todos los que pecaron y también los tesoros en los que se reúne la justicia de los que fueron justificados en medio de la creación. En aquel tiempo sucederá que contemplarás, tú y muchos que contigo están, la paciencia del Altísimo, la cual existió de generación en generación: pues tuvo paciencia con todos los nacidos que pecaron y fueron justificados […].
 
Repuse, preguntando:
 
—¿Durará mucho tiempo esta tribulación? ¿Esa necesidad abarcará muchos años?
 
Respondió, diciéndome:
 
—Ese tiempo está dividido en doce etapas, y cada una está reservada para lo que se ha establecido para ella: en la primera etapa comenzarán las perturbaciones. En la segunda etapa, el asesinato de los nobles. En la tercera, la caída de muchos en la muerte. En la cuarta, el envío de la espada. En la quinta, el hambre y la sequía. En la sexta, los terremotos y los horrores. En la octava, abundantes fantasmas y visita de demonios. En la novena, caída de fuego. En la décima, rapiña y abundante opresión. En la undécima, iniquidad y lujuria. Y en la duodécima, la mezcla confusa de todo lo que se ha dicho antes. Las etapas de ese tiempo están reservadas: se mezclarán ambas y se utilizarán la una con la otra […].
 
Antonio Piñero
Los apocalipsis (Jerusalem), página 97
 
 
Evangelio de Marcos El «Apocalipsis sinóptico»
 
La llegada del Hijo del hombre. Otros signos precursores
 
26» Y entonces verán al Hijo del hombre venir entre nubes con gran poder y gloria. 27 Y entonces enviará a los ángeles y a sus elegidos de entre los cuatro puntos cardinales, los conducirá juntos desde el extremo de la tierra hasta el extremo del cielo.
 
28» Aprended del ejemplo de la higuera: cuando ya su ramaje está tierno y echa las hojas, sabéis que el verano está cerca; 29 de la misma forma, vosotros, cuando veáis que estas cosas suceden, sabed que Él está cerca, a las puertas.
 
30» Con certeza os digo que no transcurrirá esta generación hasta que todo esto suceda. 31 el cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.
 
32» Con respecto a aquel día y hora, nadie sabe nada, ni los ángeles del cielo ni el Hijo, solo el Padre.
 
33» Atended, vigilad, pues no sabéis cuándo es el momento. 34 tal como un hombre de viaje, cuando deja su casa y da a sus esclavos el poder de hacer cada uno su trabajo, y al portero le encarga vigilar. 35 vigilad, pues desconocéis cuándo vendrá el señor de la casa, si al atardecer, a medianoche, al cantar el gallo o de mañana, 36 no vaya a venir de repente y os encuentre dormidos. 37 lo que os digo a vosotros, lo digo a todos: ¡Vigilad!».
 
(Traducción del griego de Eugenio Gómez Segura, Nestle-Aland, Novum Testamentum graece, Stuttgart, 271984, pp. 133-136)
 
Antonio Piñero
Los apocalipsis (Jerusalem), página 210
 
 
Apocalipsis de Juan
 
ESTA obra es la que cierra el grupo de escritos que llamamos Nuevo Testamento, pero eso no significa que fuera la última en componerse. En su forma actual, el Apocalipsis es una obra muy compleja, compuesta quizá en dos etapas, que utiliza fuentes anteriores a ella y que tiene material de diversa procedencia cronológica. La mayoría de los estudiosos fecha su redacción definitiva en torno al 96 d. de C., durante el reinado del emperador Domiciano.
 
La tradición eclesiástica atribuye este escrito al apóstol Juan, hijo del Zebedeo, el mismo que compuso el Cuarto Evangelio. Pero tales atribuciones son imposibles por razones de cronología —el apóstol Juan murió mártir en la persecución desatada en el 44 d. de C. por el rey judío Agripa I—, de estilo y de pensamiento teológico divergente. Por estas mismas razones, los autores del Cuarto Evangelio y del Apocalipsis son también distintos entre sí.
 
Entre la literatura apocalíptica estricta es esta obra casi la única que no se presenta como anónima. Su autor es Juan, vidente desterrado a Patmos, pero lo malo es que no sabemos quién es exactamente.
 
El Apocalipsis se divide en dos grandes partes, precedidas por un prólogo (1, 1-11). La primera describe el presente: capítulos 2-3. La segunda parte (capítulos 4-22) representa lo que ocurrirá al fin de los tiempos, el futuro próximo, inmediato: «Escribe lo que has visto: lo que es y lo que va a suceder más tarde» (1, 19).
 
Los hechos que describe el autor aparecen en escena varias veces: los mismos acontecimientos se describen hasta en tres ocasiones, pero desde distinta perspectiva, utilizando normalmente el esquema del siete. La repetición triple es como la de una composición musical que presenta una obertura, la presentación del tema y luego el desarrollo pleno de este. Así: 4,1 y ss./5,1 y ss./6, 1 y ss. son en realidad la misma visión. Los ciclos de los siete sellos, siete trompetas y siete copas son sustancialmente la misma visión repetida tres veces: 6, 1-8, 1 son una descripción sumaria de los horrores que van a venir y preparan el Gran Día de la Cólera = los siete sellos; 8, 2-11, 19 forman una segunda descripción de los mismos horrores y castigos: comienza la Gran Cólera = siete trompetas; 15, 1-16, 21 constituyen la tercera y definitiva descripción de los mismos espantos de la Gran Cólera = siete copas. Por tanto, los siete sellos, las siete trompetas y las siete copas dibujan los mismos acontecimientos, pero en oleadas sucesivas.
 
Este es el eje central del Apocalipsis. Terminado este plan de triple repetición de los horrores de la Gran Cólera, viene la descripción del triunfo definitivo del Cordero Jesús y sus fieles, que es a su vez repetición y expansión de temas o anuncios anteriores.
 
Este triunfo largamente anunciado es el gran mensaje para los lectores: no hay que desanimarse; el fin del mundo es inmediato; después de las penalidades viene la gran gloria, si se es fiel a Jesús.
 
El Apocalipsis de Juan es una obra escrita para su momento histórico específico, con la idea de que el fin del mundo sería inmediato. Esta profecía no se cumplió, pero la obra del vidente Juan no vale para predecir —utilizando cualquier tipo de operaciones de interpretación— el verdadero fin del mundo, ya que los datos que ofrece su escrito están pensados para su tiempo histórico.
 
 
Prólogo y saludo
 
1, 1 Revelación de Jesús el Ungido que le entregó Dios para mostrarla a sus siervos, cuanto ha de suceder enseguida, e hizo ver a su siervo Juan gracias a su ángel tras enviarlo, 2 el cual testificó como palabra de Dios y prueba de Jesús el Ungido cuantas cosas vio. 3 Feliz sea quien lea y quienes escuchen las palabras de la profecía y los que observen lo escrito en ella, pues el momento está cerca.
 
Visión inaugural
 
9 Yo, Juan, vuestro hermano y copartícipe de la tribulación, el reino y la espera con Jesús, me encontraba en la isla llamada Patmos a causa de la palabra de Dios y el testimonio de Jesús. 10 Me encontraba con el espíritu en el día del Señor, y oí tras de mí una fuerte voz como de trompeta 11 que decía: «Escribe lo que ves en un libro y envíalo a las siete comunidades, a Éfeso, Esmirna, Pérgamo, Tiatira, Sardes, Filadelfia y Laodicea».
 
12 Y me volví para ver la voz que hablaba conmigo, y al volverme vi siete candelabros de oro, 13 y en medio de los candelabros a uno igual al Hijo del hombre vestido hasta los pies y ajustado en el pecho con un ceñidor de oro. 14 Su cabeza y cabellos eran blancos como lana blanca, como nieve, y sus ojos eran como un fulgor de fuego; 15 y sus pies eran iguales al latón cuando está en el horno, ardientes, y su voz era como el sonido de muchas aguas; 16 y tenía siete estrellas en su mano derecha y de su boca salía una aguda espada ardiente de dos filos, y su aspecto era como el del sol cuando brilla con su energía propia.
 
17 Y cuando lo vi, caí ante sus pies como muerto, y puso su derecha sobre mí, diciendo: «No temas. Yo soy, el primero y el último, 18 y el que vive, y llegué a muerto, y mira estoy vivo hasta siempre, y tengo las llaves de la muerte y del Hades. 19 Escribe, pues, cuanto ves y cuanto es y va a ser después de esto. 20 El secreto de las siete estrellas que ves sobre mi derecha y los siete candelabros de oro: las siete estrellas son los ángeles de las siete comunidades y los candelabros son las siete comunidades […].
 
Carta a una comunidad de cristianos
 
3, 7 Al ángel de la iglesia de Filadelfia escribe así:
 
Esto dice el santo, el veraz, el que tiene la llave de David, el que abre y nadie cierra, cierra y nadie abre. 8 Conozco tus obras; mira, ante ti dejo abierta una puerta que nadie puede cerrar, pues, aunque tu fuerza es pequeña, has hecho caso de mis palabras y no has renegado de mí. 9 Haré que algunos de la sinagoga de Satanás, de esos que dicen ser judíos (pero es mentira, no lo son), vayan a postrarse ante ti y se den cuenta de que te quiero. 10 Por haber seguido el ejemplo de mi constancia, yo te guardaré en la hora de prueba que va a llegar para el mundo entero y que pondrá a prueba a los habitantes de la tierra. 11 Llego enseguida, mantén lo que tienes, para que nadie te quite tu corona.
 
12 Al que vence lo haré columna del santuario de mi Dios, y ya no saldrá nunca de él; grabaré en él el nombre de mi Dios, el nombre de la ciudad de mi Dios, la nueva Jerusalén, que baja del cielo de junto a mi Dios, y mi nombre nuevo.
 
13 Quien tenga oídos, oiga lo que dice el Espíritu a las iglesias.
 
Primera visión
 
4, 1 Después de esto miré, y he aquí una puerta abierta en el cielo, y la voz primera que oí que me hablaba una trompeta y decía: «Sube aquí y te mostraré lo que ha de ocurrir después».
 
2 Al instante llegué con el espíritu, y he ahí que había un trono en el cielo, y sobre el trono alguien sentado, 3 y la persona sentada era, de aspecto, igual a una piedra de jaspe y coralina, y había alrededor del trono un arcoíris de aspecto igual al verde esmeralda. 4 Y alrededor del trono, veinticuatro tronos, y sobre los tronos, veinticuatro ancianos sentados vestidos con vestiduras blancas y sobre sus cabezas coronas de oro. 5 Y del trono surgen relámpagos, voces y truenos, y hay siete candelabros de fuego ardientes frente al trono, que son los siete espíritus de Dios, 6 y frente al trono había como un mar cristalino igual al hielo. Y en medio del trono, y en círculo alrededor del trono, cuatro animales llenos de ojos delante y detrás. 7 Y el primer animal era igual a un león, el segundo igual a un becerro, el tercer animal con el rostro como de hombre, y el cuarto animal igual a un águila voladora. 8 Y los cuatro animales, cada uno de ellos con seis alas hacia arriba, están llenas de ojos alrededor y por dentro, y sin descanso día y noche diciendo:
 
Santo, santo, santo es Dios el Señor Todopoderoso,
el que era, el que es y el que vendrá.
 
9 Y cuando los animales glorifican, honran y agradecen a quien se sienta en el trono, que vive hasta siempre, 10 caen los veinticuatro ancianos frente al sentado en el trono y se arrodillan ante el que vive a perpetuidad y lanzan sus coronas frente al trono diciendo:
 
11 Digno eres, Señor y Dios nuestro, de aceptar la gloria, la honra la fuerza, porque tú creaste todo, y gracias a tu voluntad todo vivía y fue creado.
 
5, 1 Y vi sobre la mano derecha de quien estaba sentado sobre el trono un libro escrito por dentro y por fuera, sellado con siete sellos. 2 Y vi un ángel poderoso que anunciaba con voz potente: «¿Quién es digno de abrir el libro y soltar sus sellos?». 3 Y nadie podía, en el cielo ni sobre la tierra ni bajo tierra, ni abrir el libro ni leerlo. 4 Y lloré abundantemente porque nadie fue hallado digno de abrir el libro y leerlo. 5 Y uno de los ancianos me dijo: «No llores; he aquí que el león de la tribu de Judá, estirpe de David, ha logrado abrir el libro y sus siete sellos».
 
6 Y vi, en medio del trono y de los cuatro animales y en medio de los ancianos, un Cordero en pie como sacrificado, con siete cuernos y siete ojos que son los siete espíritus de Dios enviados a toda la tierra. 7 Y echó a andar y tomó el libro de la mano derecha de quien estaba sentado en el trono.
 
Y cuando cogió el libro, los cuatro animales y los veinticuatro ancianos cayeron frente al Cordero, cada uno con una cítara y copas de oro llenas de perfumes, que son las plegarias de los santos, 9 y entonan un nuevo canto al decir:
 
«Digno eres de coger el libro y abrir sus sellos,
porque fuiste sacrificado y mediante tu sangre redimiste para Dios de toda tribu y lengua, pueblo y nación;
 
10 y los convertiste para nuestro Dios en reino y sacerdotes,
y reinarán sobre la tierra».
 
11 Y observé y escuché una voz de muchos ángeles circundando el trono y de los animales y ancianos, y su número era miríadas de miríadas y miles de miles, 12 diciendo con una gran voz:
 
«Digno es el Cordero sacrificado de tomar la fuerza, la riqueza, la sabiduría, el vigor, la honra, la gloria y la bendición».
 
13 Y a todo lo creado que esté en el cielo, sobre la tierra, bajo tierra y sobre el mar, y todo lo que hay con ellos, a todos les oí decir:
 
«Para quien está sentado en el trono y para el Cordero, la bendición, la honra, la gloria, el poder a perpetuidad».
 
14 Y los cuatro animales dijeron: «Que así sea». Y los ancianos cayeron a tierra y adoraron.
 
Los cuatro primeros sellos: Los jinetes
 
6, 1 En la visión, cuando el Cordero soltó el primero de los siete sellos, oí al primero de los vivientes que decía con voz de trueno: «Ven». 2 En la visión apareció un caballo blanco; el jinete llevaba un arco, le entregaron una corona y se marchó victorioso para vencer otra vez.
 
3 Cuando soltó el segundo sello, oí al segundo viviente que decía: «Ven». 4 Salió otro caballo, rojo, y al jinete le dieron poder para quitar la paz a la tierra y hacer que los hombres se degüellen unos a otros; le dieron también una espada grande.
 
5 Cuando soltó el tercer sello, oí al tercer viviente que decía: «Ven». En la visión apareció un caballo negro; su jinete llevaba en la mano una balanza. 6 Me pareció oír una voz que salía de entre los cuatro vivientes y que decía: «Un cuartillo de trigo, un denario; tres cuartillos de cebada, un denario; al aceite y al vino no los dañes».
 
7 Cuando soltó el cuarto sello, oí la voz del cuarto viviente que decía: «Ven». 8 En la visión apareció un caballo amarillento; el jinete se llamaba «Muerte», y el Abismo lo seguía. Les dieron potestad sobre la cuarta parte de la tierra, para matar con espada, hambre, epidemias y con las fieras salvajes […].
 
8, 1 Cuando soltó el séptimo sello, se hizo silencio en el cielo por cosa de media hora. 2 Vi a los siete ángeles que están delante de Dios; les dieron siete trompetas.
 
3 Llegó otro ángel llevando un incensario de oro y se detuvo junto al altar; le entregaron gran cantidad de aromas para que los mezclara con las oraciones de todos los consagrados sobre el altar de oro situado ante el trono.
 
4 De la mano del ángel subió ante Dios el humo de los aromas mezclado con las oraciones de los consagrados.
 
5 El ángel cogió entonces el incensario, lo llenó de ascuas del altar y lo arrojó a la tierra: hubo truenos, estampidos, relámpagos y un terremoto. 6 Y los siete ángeles que tenían las siete trompetas se aprestaron a tocarlas.
 
Las cuatro primeras trompetas
7 Al tocar su trompeta el primero se produjeron granizo y centellas mezclados con sangre y los lanzaron a la tierra: un tercio de la tierra se abrasó, un tercio de los árboles se abrasó y toda la hierba verde se abrasó.
 
8 Al tocar su trompeta el segundo ángel lanzaron al mar un enorme bólido incandescente: 9 un tercio del mar se convirtió en sangre, un tercio de los seres que viven en el mar murió y un tercio de las naves naufragó.
 
10 Al tocar su trompeta el tercer ángel se desprendió del cielo un gran cometa que ardía como una antorcha y fue a dar sobre un tercio de los ríos y sobre los manantiales. 11 El cometa se llamaba «Ajenjo»: un tercio de las aguas se convirtió en ajenjo y mucha gente murió a consecuencia del agua, que se había vuelto amarga.
 
12 Al tocar su trompeta el cuarto ángel repercutió en un tercio del sol, en un tercio de la luna y en un tercio de las estrellas: se entenebreció un tercio de cada uno y al día le faltó un tercio de su luz, y lo mismo a la noche.
 
13 En la visión oí un águila que volaba por mitad del cielo clamando: «¡Ay, ay, ay de los habitantes de la tierra por los restantes toques de trompeta, por los tres ángeles que van a tocar!».
 
Los dos testigos
 
11, 1 Me dieron una caña como de una vara, diciéndome: «Ve a medir el santuario de Dios, el altar y el espacio para los que dan culto. 2 Prescinde del patio exterior que está fuera del santuario; no lo midas, pues se ha permitido a las naciones pisotear la ciudad santa cuarenta y dos meses; 3 pero haré que mis dos testigos profeticen vestidos de sayal mil doscientos sesenta días».
 
4 Ellos son los dos olivos y los dos candelabros que están en la presencia del Señor de la tierra. 5 Si alguno quiere hacerles daño, saldrá de su boca fuego que devorará a sus enemigos; así, el que intente hacerles daño, morirá sin remedio. 6 Tienen poder para cerrar el cielo y que no llueva mientras dure su profecía; tienen también poder para transformar el agua en sangre y herir la tierra a voluntad con plagas de toda especie.
 
7 Cuando terminen su testimonio, la fiera que sube del abismo les hará la guerra, los derrotará y los matará. 8 Sus cadáveres yacerán en la calle de la gran ciudad, llamada en lenguaje profético Sodoma o Egipto, donde también su Señor fue crucificado. 9 Durante tres días y medio, gente de todo pueblo y raza, de toda lengua y nación, mirarán sus cadáveres y no permitirán que les den sepultura. 10 Los habitantes de la tierra se felicitarán por su muerte, harán fiesta y se cambiarán regalos, porque estos dos profetas eran un tormento para los habitantes de la tierra.
 
11 Al cabo de los tres días y medio, un aliento de vida mandado por Dios entró en ellos y se pusieron en pie; el terror sobrecogió a todos los que lo veían. 12 Oyeron entonces una voz potente que les decía desde el cielo: «Subid aquí». Y subieron al cielo en una nube, a la vista de sus enemigos.
 
13 En aquel momento se produjo un gran terremoto y se desplomó la décima parte de la ciudad; murieron en el terremoto siete mil personas, y los demás, aterrorizados, dieron la razón al Dios del cielo.
 
14 El segundo ¡ay! ha pasado; el tercero va a llegar pronto.
 
La mujer y el dragón
 
12, 1 Y se vio un gran prodigio en el cielo, una mujer recubierta con el sol, y la luna bajo sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas, 2 y estaba encinta, y gritó al sufrir los dolores del parto al intentar dar a luz. 3 Y se vio otro prodigio en el cielo, un dragón rojo que tenía siete cabezas y diez cuernos, y sobre sus cabezas siete diademas, 4 y su cola arrastra la tercera parte de las estrellas del cielo y las arrojó a tierra. Y el dragón se quedó en pie frente a la mujer que iba a dar a luz para, cuando pariera, comerse su parto. 5 Y dio a luz un hijo varón, que apacentará todas las naciones con un bastón de hierro. Y su hijo fue arrebatado junto a Dios y su trono. 6 Y la mujer huyó al desierto, donde tenía un lugar preparado por Dios para que allí la alimenten durante mil doscientos sesenta días.
 
7 Y tuvo lugar una batalla en el cielo, Miguel y sus ángeles combatieron contra el dragón. Y el dragón y sus ángeles combatieron, 8 y no venció ni se encontró un lugar para ellos en el cielo. 9 Y fue arrojado el gran dragón, la serpiente antigua, llamado Diablo y Satanás, el que engaña a toda la tierra habitada; fue arrojado a tierra y sus ángeles fueron arrojados con él. 10 Y escuché una gran voz en el cielo que decía:
 
«Hoy mismo ha nacido la salvación, la fuerza
el reinado de nuestro Dios
el poder de su ungido,
porque fue arrojado el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusa a los ojos de nuestro Dios día y noche.
11 Y estos lo vencieron gracias a la sangre del Cordero
y gracias a la palabra de su testimonio,
y no amaron su vida ante la muerte.
 
12 Por eso, alegraos los cielos y quienes acampáis en ellos.
¡Ay de la tierra y el mar, porque bajó el diablo hasta vosotros
con gran ira, sabedor de que tiene poco tiempo».
 
13 Y cuando vio el dragón que era arrojado hacia la tierra, persiguió a la mujer que dio a luz al niño. 14 Y se le concedieron a la mujer las dos alas del gran águila para que volara hacia el desierto hasta su propio lugar, allí donde es alimentada una vez y más veces y media vez lejos de la presencia de la serpiente. 15 Y lanzó la serpiente de su boca un río tras la mujer para que fuera arrastrada por la riada. 16 Y la tierra ayudó a la mujer, y la tierra abrió su boca y tragó el río que lanzó el dragón desde su boca. 17 Y se irritó el dragón contra la mujer y salió para hacer la guerra contra el resto de la descendencia de esta, aquellos que cumplen los mandamientos de Dios y tienen dentro de sí el testimonio de Jesús.
 
Las dos fieras
 
12, 18 El dragón se detuvo en la arena del mar. 13, 1 Y vi salir del mar una bestia con diez cuernos y siete cabezas, y sobre sus cuernos diez diademas, y sobre las diademas blasfemias. 2 Y la bestia que vi era igual a una pantera, sus pies como de oso y su boca como la boca de un león. Y el dragón le otorgó su fuerza y su trono y enorme poderío. 3 Y vi una de sus cabezas como degollada hasta morir, y la herida de muerte fue curada.
 
Y toda la tierra siguió maravillada a la bestia, 4 y veneraron al dragón, porque concedió el poder a la bestia, y veneraron a la bestia diciendo: «¿Quién hay igual a la bestia y quién puede combatir contra ella?».
 
5 Y se le otorgó boca para hablar abundantemente y decir blasfemias, y se le dio el poder de actuar durante cuarenta y dos meses. 6 Y abrió su boca dispuesta para las blasfemias contra Dios, para blasfemar su nombre y su cabaña y a quienes acampan en el cielo. 7 Y se le concedió hacer la guerra contra los santos y vencerlos, y se le concedió poder sobre toda tribu, pueblo, lengua y nación. 8 Y la adorarán todos los que habitan sobre la tierra, cuyo nombre no está, a partir del comienzo del mundo, escrito en el libro de la vida del Cordero sacrificado.
 
9 Si alguno tiene oídos, que oiga.
10 Si alguien está destinado a la cautividad, sométase a cautividad;
si alguien está destinado a morir a espada, muera a espada.
Así es la paciencia y confianza de los santos.
 
11 Y vi otra bestia subir de la tierra, y tenía dos cuernos iguales a un cordero y hablaba como un dragón. 12 Y conservó todo el poder de la primera bestia ante ella, e hizo que la tierra y quienes habitan en ella veneraran a la primera bestia, cuya herida de muerte había sido curada. 13 Y hace grandes prodigios, incluso hizo que el fuego bajara del cielo a la tierra a la vista de los hombres, 14 y engaña a quienes habitan la tierra mediante los prodigios que le fue dado hacer ante la bestia, diciendo a quienes habitan la tierra que prepararan una imagen para la bestia que tiene la herida de espada y vivió.
 
15 Y le fue dado dar espíritu a la imagen de la bestia para que hablara la imagen de la bestia e hiciera que cuantos no adoraran a la imagen de la bestia murieran. 16 Y hace que todos, humildes y potentados, ricos y pobres, libres y esclavos, se les dé una señal sobre su mano derecha o sobre su frente, y 17 que nadie pueda comprar o vender, salvo quien tenga la señal, el nombre de la bestia o el número de su nombre. 18 Aquí está la sabiduría. Quien tenga inteligencia calcule el número de la bestia, pues el número es de hombre y su número es seiscientos sesenta y seis.
 
La caída de Babilonia
 
18, 1 Después vi otro ángel bajar del cielo con gran poder, y la tierra resplandeció dada su gloria. 2 Y gritó con potente voz al decir:
 
«Cayó, cayó la gran Babilonia, y se convirtió en residencia demoníaca y refugio de todo espíritu impuro, guarida de todo pájaro impuro, de toda bestia impura y odiosa, porque todas las naciones bebieron el vino de la ira de su fornicación y los reyes de la tierra fornicaron con ella y los comerciantes de la tierra se enriquecieron a causa de la fuerza de su lujuria».
 
4 Y escuché otra voz procedente del cielo que decía:
 
«Salid, pueblo mío, de ella para que no os unáis a sus pecados, y para que no compartáis sus plagas, 5 porque sus pecados fueron amontonados hasta el cielo y Dios recordó sus injusticias. 6 Devolvedle según ella también os dio, y doblando el doble según sus obras, en la copa en que las mezcló mezcladle el doble, 7 cuanto se enorgulleció y relajó sus costumbres, dadle eso como tormento y sufrimiento. Porque en su corazón dice: «Me siento como reina, y no soy viuda y no conoceré el dolor». 8 Por eso, en un solo día llegarán sus plagas, muerte, dolor, hambre, y se abrasará en fuego, porque Dios, el que la juzga, es señor fuerte.
 
Ruina de la fiera
 
19, 11 Y vi el cielo abierto, y un caballo blanco y quien lo cabalga, el llamado fiel y veraz, juzga con justicia y guerrea. 12 Sus ojos eran como un fulgor de fuego, sobre su cabeza tenía muchas diademas, tenía un nombre escrito que nadie salvo él mismo conocía, 13 y vestía un manto empapado en sangre y el nombre era «la palabra de Dios».
 
14 Y los ejércitos del cielo, enfundados en lino blanco y puro, lo seguían sobre caballos blancos. 15 Y de su boca surge una afilada espada para que con ella golpee a las naciones, y él mismo los guiará con firme bastón, y él pisará la prensa del vino del enfado de la ira de Dios todopoderoso, 16 y tiene sobre el manto y sobre el muslo un nombre escrito: rey de reyes y señor de señores.
 
17 Y vi un único ángel en pie en el sol y gritó con gran voz diciendo a todos los pájaros que vuelan en mitad del cielo: «Vamos, reuníos para el gran banquete de Dios, 18 para que comáis las carnes de los reyes, las carnes de los generales, las carnes de los poderosos, las carnes de los caballos y de quienes los cabalgan, y las carnes de todos los libres y esclavos, grandes y pequeños».
 
19 Y vi a la bestia, los reyes de la tierra y sus ejércitos reunidos para hacer la guerra contra quien cabalga el caballo y su ejército. 20 Y fue capturada la bestia, y con ella el falso profeta que hizo los prodigios ante ella, con los que engañó a quienes aceptaron la marca de la bestia y a quienes veneraron su imagen. Aún vivos, fueron arrojados los dos al estanque de fuego de la que ardía en azufre. 21 Y el resto fue muerto con la espada de quien se sentaba sobre el caballo, la que salía de su boca, y todos los pájaros banquetearon con las carnes de estos.
 
Derrota del dragón y reino de los mil años
 
20, 1 Y vi un ángel que bajaba del cielo con la llave del abismo y con una gran cadena sobre su mano. 2 Y dominó al dragón, la antigua serpiente, que es el Diablo y Satanás, y lo encadenó mil años, 3 y lo arrojó al abismo y lo cerró y selló encima de él para que no engañase de nuevo a las naciones hasta que se cumplieron mil años. Tras este periodo ha de ser librado un breve tiempo.
 
4 Y vi los tronos, y se sentaron en ellos, y se les concedió juzgar, y las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús y de la palabra de Dios, y quienes no se arrodillaron ante la bestia ni ante su imagen, y no aceptaron el signo sobre sus frentes ni sus manos. Y vivieron y reinaron con el Ungido mil años. 5 Los restantes muertos no revivieron hasta cumplirse los mil años.
 
Esta es la primera resurrección. 6 Feliz y santo quien tiene parte en la primera resurrección. Sobre estos la segunda muerte no tiene poder, al contrario, serán sacerdotes de Dios y el Ungido y reinarán con él mil años.
 
7 Y cuando se cumplan los mil años, será liberado Satanás de su prisión 8 y quedará libre para engañar a las razas en las cuatro esquinas de la tierra, a Gog y a Magog, para reunirse con ellas para la guerra, cuyo número es como la arena del mar. 9 Y subieron a la superficie de la tierra y rodearon el campamento de los santos y la ciudad amada, y bajó fuego del cielo y los engulló. 10 Y el diablo, que los engañó, fue arrojado al lago de fuego y azufre, donde también están la bestia y el falso profeta, y serán mortificados día y noche a perpetuidad.
 
Juicio universal y derrota de la muerte
 
20, 11 Y vi un gran trono blanco y a quien se sentaba sobre él, de cuyo rostro huía la tierra y el cielo y no se encontró lugar para ellos. 12 Y contemplé a los muertos, grandes y pequeños, en pie frente al trono. Y se abrieron libros, y otro libro fue abierto, el de la vida, y fueron juzgados los muertos de entre los apuntados en los libros, según las obras de cada uno. 13 Y el mar devolvió a los muertos que estaban en él, y la muerte y el Hades devolvieron a los muertos en ellos, y cada uno fue juzgado según sus obras. 14 Y la muerte y el Hades fueron arrojados al pantano del fuego. Esta es la segunda muerte, el pantano del fuego. 15 Y si alguien no fue hallado en el libro de la vida, fue arrojado al pantano de fuego.
 
21, 1 Y vi un cielo nuevo y una tierra nueva. Pues el primer cielo y la primera tierra desaparecieron y no había ya mar.
 
Nuevo universo y nueva ciudad
 
21, 2 Y la ciudad santa de la nueva Jerusalén la vi bajar del cielo por obra de Dios, ataviada como una novia preparada para su marido. 3 Y escuché una gran voz procedente del trono decir:
 
«He aquí la cabaña de Dios ante los hombres, y acampará entre ellos y ellos serán su pueblo, y el mismo Dios entre ellos, 4 y barrerá toda lágrima de sus ojos y la muerte no existirá más, ni el dolor, ni el llanto, ni la pena, porque lo primero desapareció».
 
5 Y dijo quien estaba sentado sobre el trono: «Hete aquí que hago todo nuevo», y dice: «Escribe, porque estas son las palabras fiables y ciertas». 6 Y me dijo: «Ya está. Yo soy el alfa y la omega, el principio y el fin. Como regalo, yo daré al sediento de la fuente de agua de vida. 7 Quien venza heredará esto y yo seré su dios y él será mi hijo. 8 Los cobardes, infieles, los aborrecibles, asesinos, fornicadores, envenenadores, idólatras y todos los mentirosos, tienen su parte en el pantano ardiente de fuego y azufre, que es su segunda muerte.
 
La nueva Jerusalén
 
21, 9 Y vino uno de los siete ángeles, de los que tenían las siete copas de las siete últimas plagas, y me habló diciendo: «Ven, te mostraré a la novia como esposa del Cordero». 10 Y me transportó con el espíritu sobre un monte grande y alto y me mostró la ciudad santa de Jerusalén bajando del cielo por obra de Dios 11 con la gloria de Dios, su lucero igual a la piedra más preciosa, como jaspe transparente como cristal. 12 Con una muralla grande y alta con doce puertas, y sobre las puertas doce ángeles y con nombres inscritos, los nombres de las doce tribus de hijos de Israel; 13 por levante tres puertas, por el norte tres puertas, por el sur tres puertas, por poniente tres puertas. 14 Y el muro de la ciudad con doce cimientos, y sobre ellos los doce nombres de los doce enviados del Cordero.
 
18 Y el material de construcción de su muro era jaspe y la ciudad era oro puro igual a cristal puro. 19 Los cimientos de la ciudad estaban colocados con toda piedra preciosa: el primero, jaspe; el segundo, zafiro; el tercero, calcedonia; el cuarto, esmeralda; 20 el quinto, sardónice; el sexto, coralina; el séptimo, crisolito; el octavo, berilo; el noveno, topacio; el décimo, crisoprasa; el undécimo, jacinto; el duodécimo, amatista; 21 y las doce puertas eran doce perlas, es más, cada una de las puertas estaba hecha de una sola perla. Y la plaza de la ciudad era oro puro como cristal transparente.
 
22 Y templo no vi en ella, pues Dios, el señor todopoderoso, y el Cordero son su templo. 23 Y la ciudad no tiene necesidad de sol ni de luna que la iluminen, pues la gloria de Dios la ilumina y su candelabro es el Cordero. 24 Y las naciones pasean por su luz y los reyes de la tierra le aportan su gloria, 25 y sus puertas no serán cerradas de día, pues no habrá noche allí, 26 y le aportarán la gloria y la honra de las naciones. 27 Y no ha de entrar en ella nada impuro, ni quien comete atrocidades ni miente, solo los inscritos en el libro de la vida del Cordero.
 
(Traducción del griego de Eugenio Gómez Segura, Nestle-Aland, Novum Testamentum graece, Stuttgart, 271984, pp. 632-676)
 
Antonio Piñero
Los apocalipsis (Jerusalem), página 210
 
 
Didaché o Doctrina de los Doce Apóstoles
(Capítulo 16, 1-8)
 
ESTA pequeña obra, descubierta en 1875, es una especie de «regla y doctrina para el buen gobierno de una comunidad judeocristiana». La doctrina cristiana como tal, que es la base del grupo, se da más bien por supuesta en el escrito, y el autor se preocupa sobre todo de la enumeración de las normas morales y de gobierno que han de regir a la comunidad.
La Didaché es muy antigua, anterior incluso a algún texto del Nuevo Testamento. Los comentaristas están de acuerdo en que fue compuesta hacia el 110 d. de C., ya que es citada por otras obras cristianas de mediados del siglo II. Por su antigüedad nos pone en contacto con comunidades que quizá hubieran tenido contacto más o menos directo con los apóstoles. Su autor es desconocido, y se cree que fue redactada en la zona de Siria, o en el norte de Israel/Palestina. En su último capítulo la Didaché ofrece un pequeño apocalipsis con casi todos los rasgos propios del género, aunque no se especifique claramente la inminencia angustiosa de la venida de Jesús —que se da quizá por supuesta—. El contenido central de este apocalipsis (vv. 3-6) es tanto judío como cristiano, o mejor, apenas si tiene nada aún de específicamente cristiano. No en vano era el cristianismo una rama del judaísmo que en sus principios simplemente hacía especial hincapié en el mesianismo de Jesús, negado por otras ramas. Algunos estudiosos opinan que este apocalipsis de la Didaché es más una suerte de «catecismo» sobre los «novísimos» que un texto surgido de la angustia del fin inminente —que no se niega, ni mucho menos— o de la necesidad de consolar a una comunidad perseguida, como ocurre con el Apocalipsis de Juan.
 
16, 1-8:
 
Vigilad vuestra vida: que no se apaguen vuestras linternas ni se desciñan vuestros lomos, sino estad preparados, porque no sabéis el día ni la hora en la que va a venir nuestro Señor.
 
Reuníos con frecuencia, inquiriendo lo que conviene a vuestras almas. Porque de nada os servirá todo el tiempo de vuestra fe si no sois perfectos en el último momento.
 
Porque en los últimos días se multiplicarán los falsos profetas y los corruptores, y las ovejas se convertirán en lobos y el amor en odio.
 
Porque al crecer la iniquidad, los hombres se aborrecerán los unos a los otros y se perseguirán y traicionarán, y entonces aparecerá como hijo de Dios el Extraviador del mundo, y realizará milagros y prodigios, y la tierra será entregada a sus manos, y cometerá crímenes cual no se cometieron jamás desde los siglos.
 
Entonces la creación de los hombres vendrá a la hoguera de la prueba, y muchos se escandalizarán y perecerán. Mas los que permanecieren en su fe se salvarán por el mismo que fue maldecido.
 
Y entonces aparecerán los signos de la verdad. Primeramente, el signo de la apertura del cielo; luego, el signo de la voz de la trompeta y, en tercer lugar, la resurrección de los muertos.
 
No la resurrección de todos, sin embargo, sino como se dijo: «Vendrá el Señor y todos los santos con él».
 
Entonces verá el mundo al Señor que viene sobre las nubes del cielo.
 
(Traducción del griego de Daniel Ruiz Bueno, Padres Apostólicos, pp. 92-93)
 
Antonio Piñero
Los apocalipsis (Jerusalem), página 228
 
 
El Pastor de Hermas
 
ESTE libro fue compuesto hacia el 150 d. de C. en Roma por un personaje llamado Hermas, un ciudadano romano, comerciante, que, según una lista muy antigua de libros sagrados cristianos —el Canon de Muratori, quizá compuesto hacia el 200 d. de C.—, era hermano del entonces papa de Roma, de nombre Pío.
 
La obra se denomina El Pastor por el nombre del ángel intérprete, patrón de la penitencia, que acompaña a Hermas y le aclara el contenido de algunas de sus visiones.
 
El vocabulario, estilo y forma de El Pastor son los propios de un apocalipsis —visiones, éxtasis y arrebatos espirituales; aparición de la figura celestial que hace de intérprete—, aunque el contenido de lo revelado por la divinidad apenas hace referencia a las típicas desvelaciones de «misterios» sobre el fin del mundo y la realidad ultraterrena. La preocupación casi única del autor es la Iglesia de su momento y sobre todo su rectitud moral. Por eso su obra es ante todo una exhortación a la pureza y buen obrar de la Iglesia. Sin embargo, de lo que hay poca duda es que —a pesar de esta concentración en los momentos presentes y aunque sus intereses fueran más por la exhortación hacia la penitencia y buenas costumbres— el autor quiso escribir un apocalipsis cristiano.
 
La lengua original es el griego (a pesar de que el autor estaba y vivía en Roma, lo que da una idea de la atracción cultural de esta lengua y cómo era esta el idioma oficial de la cristiandad en esos momentos).
 
Reproducimos tan solo una de las múltiples visiones del escrito, la que parece acomodarse más al estilo de lo que hemos recogido hasta ahora.
 
 
VISIÓN CUARTA
 
La bestia de cuatro colores
 
He aquí, hermanos, la cuarta visión que tuve, veinte días después de la pasada, visión que representa la tribulación que está por venir.
 
Marchaba yo a mi campo por el camino de Campania, por un paraje situado a unos diez estadios de la vía pública y al que se llega con facilidad. Caminando, pues, solo, pedí al Señor que completara las revelaciones y visiones que me había mostrado por medio de su santa Iglesia, a fin de fortalecerme a mí y conceder penitencia a sus siervos que habían sufrido escándalo, con lo que sería alabado su nombre grande y glorioso, por haberme tenido por digno de mostrarme sus maravillas. Y mientras yo lo glorificaba y daba gracias, me respondió como un eco de voz:
 
—No dudes, Hermas.
 
Entonces me puse a discurrir para mis adentros y decir: «¿Por qué tengo que dudar yo, que así he sido asentado por el Señor y he visto cosas tan gloriosas?».
 
Avancé un trecho, hermanos, y he aquí que veo una polvareda como si se levantara hasta el cielo, y comencé a decir para mí: «¿Vienen por casualidad rebaños y levantan polvo?». La nube distaba de mí como un estadio. Pero como iba creciendo más y más, sospeché que fuera cosa divina. Brilló en aquel momento un poco el sol, y he aquí que veo una fiera enorme, como un monstruo marino, de cuya boca salían langostas de fuego. La fiera tenía unos cien pies de largo y su cabeza era como un tonel. Yo me eché a llorar y rogué al Señor que me librara de ella. Entonces me acordé de la palabra que había oído: «Hermas, no dudes». Revestido, por tanto, hermanos, de la fe del Señor y acordándome de las magnificencias que me había enseñado, me abalancé animosamente hacia la fiera; mas ella avanzaba con tal resoplido de fuego, que podría destruir una ciudad. Llegué cerca de ella y, entonces, monstruo tan enorme se tiende en tierra sin sacar fuera más que la lengua y no se rebulló absolutamente nada hasta que yo hube pasado. La bestia tenía sobre su cabeza cuatro colores: negro, luego rojizo de fuego y sangre, luego dorado, y blanco, por fin.
 
Pasado que hube la fiera, y habiendo avanzado unos treinta pasos, he aquí que me sale al encuentro una doncella, engalanada como si saliera de la cámara nupcial, vestida toda de blanco, con calzado también blanco, con velo hasta la frente y una mitra por toca. Los cabellos los tenía igualmente blancos. Conocí yo por las visiones pasadas que se trataba de la Iglesia, y me puse otra vez más contento. Me saludó con estas palabras:
 
—Dios te guarde, hombre.
 
Yo le devolví el mismo saludo:
 
—Señora, Dios te guarde.
 
Tomando ella la palabra, me preguntó:
 
—¿No te salió nada al encuentro?
 
—Señora —le contesté—, me salió una fiera tan enorme que era capaz de destruir pueblos enteros; mas por el poder del Señor y por su gran misericordia escapé de ella. Por eso envió su ángel, al que está al frente de las fieras.
 
—Enhorabuena. Has escapado —me dijo ella— porque pusiste tu cuidado en Dios y abriste tu corazón al Señor creyendo que por ningún otro podías salvarte sino por el grande y glorioso Nombre. Por eso el Señor envió su ángel, el que está al frente de las fieras, cuyo nombre es Tegri, y él cerró las fauces del monstruo para que no te devorara. De gran tribulación has escapado por tu fe, y porque —a pesar de ser tan enorme fiera— no has dudado. Anda, pues, y explica a los elegidos del Señor su magnificencia, y diles que esta fiera es figura de la tribulación que está por venir, que será grande. Ahora bien, si de antemano os aparejáis y os convertís de todo corazón al Señor, por medio de la penitencia, podréis escapar de ella, a condición de que vuestro corazón se torne puro e irreprochable y sirváis irreprensiblemente al Señor el resto de los días de vuestra vida. Arrojad sobre el Señor vuestros cuidados y Él os enderezará.
 
»Vosotros, los vacilantes, creed que el Señor todo lo puede, tanto apartar su ira como enviar azotes a los que dudáis. ¡Ay de los que oyeren estas palabras y no les prestaran atención! Más les valiera no haber nacido.
 
Simbolismo de los colores de la fiera
Le pregunté entonces acerca de los cuatro colores que la fiera tenía sobre la cabeza, y me contestó:
 
—Otra vez eres curioso acerca de tales cosas.
 
—Sí, señora —le contesté yo—, dame a conocer lo que significa eso.
 
—Escucha —me dijo—: el color negro representa el mundo en el que habitáis. El color de fuego y sangre quiere decir que este mundo ha de perecer por la sangre y por el fuego. La parte de oro sois vosotros, los que habéis escapado de este mundo. Porque a la manera que el oro se acendra por el fuego y se vuelve útil, así sois también acendrados vosotros los que habitáis en el mundo. Así pues, los que perseveréis y resistiereis la prueba del fuego a la que os someterá el mundo, seréis purificados. Como el oro arroja su escoria, así vosotros arrojaréis toda tristeza y angustia, y quedaréis limpios y seréis útiles para la construcción de la torre en el cielo.
 
»Finalmente, la parte blanca representa el mundo venidero, en el que habitarán los elegidos de Dios, porque limpios y sin mancha serán los que Dios escogiere para la vida eterna.
 
»Así pues, tú no ceses de decir estas cosas en los oídos de todos los santos. Ahí tenéis también la figura de la gran tribulación que está por venir. Mas si vosotros queréis, no será nada. Recordad lo anteriormente escrito.
 
Dicho esto, se fue sin que yo viera adónde iba, pues sobrevino en aquel momento un estruendo, y yo me volví espantado a mirar atrás, imaginando que venía la fiera.
 
(Traducción del griego de Daniel Ruiz Bueno, Padres Apostólicos, pp. 965-969)
 
Antonio Piñero
Los apocalipsis (Jerusalem), página 230
 
 
Apocalipsis de Pablo
 
Este apocalipsis es una expansión de lo que Pablo dice en su Segunda Carta a los Corintios 12, donde habla de sus visiones y raptos celestiales. Tal como se nos ha transmitido, el apocalipsis es un producto tardío, quizá del siglo V en adelante, pero los materiales que usa son muy antiguos. En su texto se notan reminiscencias del Apocalipsis de Pedro, del de Sofonías, del Apocalipsis de Elías y del Henoc eslavo.
 
Tenemos noticias de que ya Orígenes (siglo III) conocía un escrito con el nombre de Apocalipsis de Pablo, al igual que más tarde Epifanio de Salamina, Dionisio de Alejandría y Agustín de Hipona (siglo IV). Por la misma época el poeta cristiano Prudencio lo cita en una de sus composiciones, llamada Cathemerinon, y finalmente en el denominado Decreto Gelasiano (siglo VI) aparece este apocalipsis entre las obras rechazadas por la Iglesia.
 
El contenido del Apocalipsis de Pablo es el siguiente: descubrimiento de las revelaciones otorgadas a Pablo por medio de un ángel a un ciudadano de Tarso; ascenso de Pablo al tercer cielo, donde el apóstol oye las quejas de la creación entera contra la maldad de los hombres; informe de los ángeles sobre esas acciones y descripción del juicio divino sobre justos y malvados. Luego hay una primera descripción del paraíso, seguida de otra de las penas del infierno, donde Pablo consigue de Dios un alivio durante los domingos de las penas de los condenados. El apocalipsis termina con una segunda descripción del Paraíso en donde Pablo se encuentra con patriarcas y santos del pasado.
 
El texto solo se nos ha conservado en una antigua versión latina, y de una manera un tanto más fragmentaria en traducciones al copto, siriaco, armenio y al eslavo eclesiástico. El texto original fue compuesto, sin duda, en griego —por un autor desconocido, quizá un monje, ya que alaba el estilo de vida monacal—, pero de este presunto original solo se conserva un largo fragmento en un códice del siglo XV, editado por C. von Tischendorf. Este es el texto que seguimos, al que añadimos los complementos de la versión latina —que van en cursiva.
 
Apocalipsis del santo apóstol Pablo, que le fue revelado cuando ascendió hasta el tercer cielo y fue arrebatado al paraíso y escuchó palabras inefables […].
 
Primera descripción del paraíso (19-23)
 
Respondió el ángel y me dijo:
 
—Sígueme de nuevo; te tomaré y te mostraré los lugares de los justos.
 
Seguí al ángel y me subió hasta el tercer cielo y me colocó delante de la puerta de la ciudad. Miré y vi que las puertas eran de oro, y que había dos columnas también de oro, y encima dos tablas doradas llenas de letras. El ángel se volvió hacia mí y me dijo:
 
—Bienaventurado serás si entras por esas puertas, porque no todos entran, sino solo les está permitido a los que han mantenido la bondad, la sencillez y un corazón puro.
 
Pregunté entonces al ángel y le dije:
 
—Señor, dime: ¿por qué hay letras sobre esas tablas?
 
Me respondió:
 
—Son los nombres de los justos que sirven al Señor con todo su corazón mientras habitan la tierra.
 
Dije de nuevo:
 
—¿Están sus nombres escritos en el cielo mientras aún viven en la tierra?
 
Me respondió:
 
—No solo sus nombres, sino también los rostros y las imágenes de los que sirven a Dios están en los cielos. Y son conocidos por los ángeles: estos saben que aquellos sirven a Dios con todo su corazón antes de abandonar este mundo.
 
Rápidamente se abrió la puerta y me salió al encuentro un hombre de blancos cabellos y rostro brillante y me dijo:
 
—Salve, Pablo, amado de Dios. Me besó entonces con ánimo alegre y lágrimas en los ojos. Le dije:
 
—Padre, ¿por qué lloras?
 
Respondió:
 
—Nos sentimos heridos por los hombres y nos causan mucha tristeza, porque Dios ha dispuesto muchos bienes para los hombres y grandes son sus promesas, pero los humanos no cumplen su voluntad de modo que puedan disfrutar de ellas.
 
Pregunté al ángel:
 
—¿Quién es este?
 
Me dijo:
 
—Es Henoc, el testigo de los últimos días […].
 
Entré dentro de aquel lugar y vi al punto a Elías. Se acercó, me saludó alegremente dando muestras de gozo. Pero después de verme, se volvió y rompió a llorar. Me dijo:
 
—¡Ojalá recibas la recompensa por las tareas que has cumplido entre el género humano. En cuanto a mí, he visto los grandes y numerosos bienes que Dios ha preparado para todos los justos; grandes son las promesas divinas, pero la mayoría no las recibe. Y con mucho esfuerzo apenas entran uno o dos en estos lugares.
 
Me dijo el ángel:
 
—Mira, lo que yo te muestre en este lugar no se lo comuniques a nadie en la tierra, salvo lo que yo te diga.
 
Y me condujo y me enseñó cosas y oí palabras que no le es lícito pronunciar al hombre. Me dijo de nuevo:
 
—Sígueme una vez más y te mostraré las cosas que puedes contar y relatar abiertamente.
 
Me hizo bajar del tercer cielo y me condujo al segundo. Me trasladó de nuevo al firmamento, y desde allí me llevó a las puertas del cielo. Y sus fundamentos estaban sobre un río, cuyo nacimiento está situado en la órbita del cielo. Y este río es el que rodea toda la tierra. Me dijo el ángel:
 
—Este río es el océano.
 
Y luego salí del cielo y vi una luz celeste, enorme, que iluminaba aquella tierra que brilla siete veces más que la plata.
 
Pregunté:
 
—Señor, ¿qué es esto?
 
Me dijo:
 
—Es la tierra de los mansos de corazón. ¿No has oído lo que está escrito: «Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra?». Así pues, las almas de los justos se guardan en este lugar.
 
Pregunté al ángel:
 
—¿Cuándo se manifestarán claramente?
 
Me respondió:
 
—Cuando venga y tome asiento el Juez en el día de la resurrección. Dará entonces una orden, se disolverá la primera tierra, y se revelará esta otra con gran fulgor, y la tierra nueva será como el rocío o como una nube. Entonces se manifestará el Señor Jesucristo, el rey eterno con todos sus santos, para vivir en ella. Y el Señor reinará sobre ellos mil años en esa tierra, y se alimentarán de todos los bienes preparados para ellos desde la creación del mundo.
 
Y contemplé aquella tierra, y vi un río que mana leche y miel; y en sus orillas había plantados árboles llenos de frutos; cada árbol producía doce veces al año muchos y variados frutos. Y vi la constitución de aquel lugar y todas las obras de Dios. Vi también allí palmeras de veinte codos de alto junto con otras de diez codos. Y aquella tierra era siete veces más brillante que la plata. Y los árboles estaban llenos de frutos desde la raíz hasta la copa. Desde la raíz hasta su centro tenían esas palmeras diez mil ramas, y cada una de ellas diez mil dátiles. Y lo mismo ocurría con las viñas: cada una de ellas tenía diez mil sarmientos, y cada uno de ellos diez mil racimos, y cada racimo diez mil uvas. Y había allí otros muchos árboles, miríadas y miríadas, que tenían frutos en la misma proporción.
 
Pregunté al ángel:
 
—¿Por qué cada árbol produce tantos frutos?
 
Respondió:
 
—Porque el Señor Dios concede sus dones en gran abundancia a los que son dignos de Él, porque mientras vivían en el mundo se doblegaron voluntariamente haciendo todo en honor de su santo Nombre.
 
Pregunté entonces al ángel:
 
—¿Son estos las únicas promesas que el Señor ha prometido a sus santos?
 
Respondió:
 
—No. Las hay siete veces mayores que estas […]. Sígueme y te conduciré hasta la ciudad de Cristo.
 
Entonces se situó en la ribera del lago Aquerusio, donde se halla la ciudad de Dios. Pero no a todos les está permitida la entrada, sino a aquellos que se arrepientan de sus pecados. Y cuando el hombre se arrepiente y cambia de vida es entregado a Miguel, y este lo arroja al lago Aquerusio. Pero luego lo transporta a la ciudad de Dios, en la compañía de los justos. Me hizo embarcar en una barca dorada, y tres mil ángeles entonaban un himno delante de mí hasta que llegué a la ciudad de Cristo. Y los que habitaban allí se alegraron mucho cuando me acerqué a ellos. Entré y vi la ciudad. Era toda de oro, y tenía doce murallas que la rodeaban y en cada una doce torres. Y cada muralla estaba separada de la otra un estadio.
 
Pregunté al ángel:
 
—¿Cuánto es un estadio?
 
Me respondió:
 
—Es como la distancia que hay entre Dios y los hombres en la tierra, porque la ciudad de Cristo es inmensa. Y en el entorno de las murallas había doce puertas de extraordinaria hermosura, y cuatro ríos rodeaban la ciudad. Un río de miel, otro de leche, otro de vino y un último de aceite.
 
Pregunté al ángel:
 
—¿Qué son esos ríos?
 
Respondió:
 
—Son los cuatro ríos que fluyen abundantemente para disfrute de los que se hallan en esta tierra de promisión […]. Pues mientras los justos estaban en la tierra no dispusieron de estas cosas, sino que pasaron hambre y se mortificaron por Dios. Por eso, ahora, cuando entran en esta ciudad el Señor les concede estas cosas sin número y sin mesura…
 
Me admiré por todo y alabé a Dios por todo lo que vi.
 
(Traducción del griego de Antonio Piñero, edición de Tischendorf, pp. 48-52, con adiciones latinas de M. R. James)
 
Antonio Piñero
Los apocalipsis (Jerusalem), página 241
 
 
Apocalipsis de Adán
 
Rescate y salvación del «otro pueblo» (75, 20-76, 10)
 
Y descenderán sobre ellos grandes nubes luminosas y otras nubes luminosas bajarán sobre ellos desde los grandes eones. Descenderán Abrasax, Sablo y Gamaliel, trasladarán a aquellos hombres fuera del fuego y de la ira, y los pondrán por encima de los [eones] y de los príncipes de las potencias; los sacarán […] de allí con los ángeles santos y los eones. Los hombres llegarán a ser semejantes a aquellos ángeles porque no son extraños para estos, sino que se comportan según la descendencia incorruptible.
 
Antonio Piñero
Los apocalipsis (Jerusalem), página 258